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En mis sueños
La vida de Wirt había cambiado para bien tras la aventura que él y su hermano menor, Greg, tuvieron en Lo Desconocido, que en realidad habían sido ellos casi muriendo ahogados en un lago tras haber ido más allá del jardín del cementerio en una noche de Halloween. Wirt tomó valor para confesar sus sentimientos a su interés amoroso, Sara, y se habían vuelto novios, que con el paso del tiempo, se convirtieron prematuramente en padres de una niña talentosa llamada Elaine, posteriormente casándose y teniendo otro hijo, llamado Patrick. El joven adulto había aprovechado su creatividad para dedicarse a componer e interpretar música, y esto ayudó a mantener estable a la feliz familia. En su aventura por Lo Desconocido, Wirt y Greg habían sido acompañados por Beatrice, una joven de la edad de Wirt quien había sido convertida en un azulejo debido a una maldición, la cual fue rota cuando los dos hermanos, con ayuda del Leñador, vencieron a La Bestia y devolvió a Beatrice a su forma humana. Aunque Wirt solo la vio así por unos minutos, se le quedó impregnada en la mente por el resto de su vida: era una chica pelirroja con unas diminutas pecas en sus mejillas que usaba un vestido azul elegante y unas zapatillas del mismo color. La familia de Beatrice era muy numerosa: un total de once hijos, incluyendo dos pares de gemelos de ambos sexos. Wirt, durante su aventura, había logrado confiar en Beatrice y le contó sobre su enamoramiento por Sara, a lo que la joven ave lo animó a ser valiente y hablar con ella sobre lo que sentía.
En más de una ocasión, Wirt llegó a preguntarse si se sentía atraído por Beatrice, incluso siendo ya novio de Sara. Sentía afecto por ella, pero como la lógica lo dictaba, era imposible que él pudiera involucrarse románticamente con alguien que vivía en otro plano al que solo era posible llegar en sueños o directamente dejando de existir, lo cual Wirt de ninguna manera quería hacer. Se sentía feliz y satisfecho con su vida, y no podía cometer un acto egoísta rompiendo el corazón de sus seres amados por un capricho de su propio corazón. Cuando en una ocasión, Wirt le comentó a Sara sobre Beatrice y como se sentía confundido al respecto, su novia le dijo que era normal admirar a alguien que lo había animado a ser valiente y vivir su vida al máximo, y que, sabiendo que Beatrice no se encontraba en este plano, no sentía ningún tipo de celos o enojo hacia Wirt, pues ella sabía que él la amaba incondicionalmente y eso era todo lo que importaba. Así, la vida siguió su curso, pero una noche, mientras Wirt dormía, no esperaba que en su sueño volvería a encontrarse con aquella chica que había sido un ave, ya también convertida en adulta y con su propia familia.
Wirt se encontraba de nuevo en ese familiar bosque, el cual en su mayoría estaba en silencio, pero no era un silencio inquietante, sino uno suave, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración. El hombre caminaba entre los árboles reconociendo aquel lugar, sin saber por qué exactamente. La luz que iluminaba el lugar era extraña, como si fuera el atardecer y el amanecer al mismo tiempo. No sentía miedo, sino una suave nostalgia, como la de un recuerdo que nunca termina de irse.
- Este lugar otra vez – murmuró Wirt - ¿seguirá recordando lo que Greg y yo hicimos por ellos al liberarlos de La Bestia?
Wirt entonces escuchó pasos muy cerca de él. Se asustó y tomó una linterna moderna de baterías para apuntar con la luz hacia lo que fuera que se le estuviera acercando.
- Wirt, ¿eres tú? No te asustes – dijo una voz femenina que le pareció familiar.
Entre los árboles apareció una figura. Era una mujer joven con cabello largo y pelirrojo, con una vestimenta campesina, y una mirada vivaz con una postura segura. No tenía alas, pero Wirt la reconoció al instante a pesar de ya no lucir como la adolescente que había visto solo por unos minutos en su aventura junto a Greg en aquel lugar.
- ¿Beatrice?
La mujer le sonrió, cruzándose de brazos.
- La misma que viste y calza, Wirt, ¿o esperabas que otra vez fuera un ave?
- N-no, pero creí que nunca volveríamos a vernos – dijo Wirt con una sonrisa nerviosa - ¿No estoy muerto, verdad?
- No, Wirt, solo estás soñando, no te preocupes – le respondió Beatrice, poniendo una mano sobre su hombro.
- Veo que has cambiado mucho – le respondió el hombre un poco más tranquilo.
- Lo mismo digo de ti, chico poeta.
Wirt se miró a si mismo por reflejo, confundido.
- No me siento tan distinto.
Beatrice alzó una ceja, e instintivamente abrazó a Wirt. Quizá no quisiera admitirlo, pero lo había extrañado mucho. Wirt sonrió y abrazó de vuelta a la mujer, en señal de cariño y respeto mutuos.
Hubo un silencio cómodo entre los dos, mientras de fondo el viento movía suavemente las hojas de los árboles.
- Escuché sobre ti – dijo Beatrice finalmente – Que lograste salir de aquí y encontraste tu camino junto a tu hermano.
- Si, lo logré, Beatrice, y soy una mejor persona de lo que fui hace años, antes de conocer este lugar, de conocerte a ti. No fue fácil – le respondió Wirt.
- Me lo imagino, y sé que no es lo único. Sé que lograste conquistar el corazón de Sara y formaste una familia con ella, ¿o me equivoco? – preguntó la mujer.
- Sí, con Sara – respondió Wirt cálidamente.
Beatrice lo observó en silencio unos segundos. Esta vez no había sarcasmo como cuando interactuaron hace años, por el contrario, con su mirada la mujer le dio a Wirt su aprobación sincera.
- No debe ser fácil salir de un lugar como este y construir algo real y duradero junto a alguien que amas.
- Tú me ayudaste con eso, a afrontar mis temores y no huir de ellos, a escuchar a mi corazón el que también a veces me hizo pensar que sentía algo más que amistad por ti.
- ¿Tú... estabas enamorado de mi, Wirt? – preguntó Beatrice algo atónita.
- A veces me sentí así, aún estando ya con Sara – respondió Wirt algo avergonzado.
- Pero sabes que no podíamos estar juntos, ¿verdad? Y no habría sido nada justo para Sara que tú la engañaras conmigo, no ganarías nada con eso excepto que ella te odie – replicó la mujer, con un tono serio.
- Si, lo sé, Beatrice. Jamás engañaría a Sara ni haría nada que la lastimara. Pero, ¿por qué tenía esos pensamientos sobre ti? ¿Mi subconsciente me quería decir algo?
- Supongo que me extrañabas mucho, y quizás también tus hormonas estaban muy alborotadas – le respondió Beatrice, soltando una risita.
- Je, supongo que eso es cierto. Pero ya maduré, soy un adulto responsable con una hermosa esposa y dos hermosos hijos. Pero a veces siento como si fuera a perderme de nuevo en un lugar como este.
- Pero no lo haces, porque ya demostraste que eres valiente, Wirt – le respondió su amiga.
- ¿Cómo lo sabes? – preguntó Wirt.
- Porque ya no estás huyendo de ti mismo y cuidas bien de las personas a quienes amas – respondió Beatrice.
El comentario de la mujer pelirroja dejó a Wirt en silencio, y luego asintió lentamente.
- Tienes todo allá afuera, Wirt. Disfrútalo – dijo Beatrice.
Wirt pensó en su casa, en su vida, en su familia, en todo.
- Sí. Lo disfruto y voy a seguir disfrutándolo.
Beatrice dio un paso atrás, como preparándose para irse.
- Me alegra verte otra vez, Wirt, aunque sea en tu sueño. Hay algo que necesito decirte.
- ¿Qué cosa? – preguntó el hombre.
- Quiero agradecerte por lo que tu hermano y tú hicieron por este bosque, salvándonos a todos de La Bestia.
- No fue nada, Beatrice. También el Leñador nos ayudó a eso, por cierto, ¿sabes algo de él? ¿Pudo encontrarse con su hija? – preguntaba Wirt.
- Sí, por cierto, su hija, llamada Anna, se casó con uno de mis hermanos mayores y tiene un bebé con él, actualmente tienen su propia granja y les va de maravilla – respondió Beatrice muy risueña.
- Me alegra saber que están bien – dijo Wirt, sonriendo con una gratitud tranquila – Y a propósito, ¿qué has hecho tú con tu vida?
- Me dedico a confeccionar ropa, es algo que me enseñaron desde que era una niña pequeña y soy toda una profesional.
- Pues yo, en nuestro mundo, me dedico a escribir canciones para otros artistas y a practicar mis instrumentos. Eso nos ha ayudado mucho. Por cierto, ¿tú encontraste a alguien especial así como yo encontré a Sara? – preguntó Wirt.
Beatrice asintió, y luego suspiró, pero se le escapó una sonrisa leve.
- Si... digamos que yo también hice algo con mi historia. En el taller de ropa conocí a un muchacho guapo llamado Jacob, y nos volvimos muy buenos amigos. Conforme ambos crecimos, pues, una cosa llevó a la otra y nos casamos. Él ayuda al pastelero de la taberna, y a muchas personas le gustan sus pasteles. Además, mmm... también ya tenemos un hijo.
Wirt se sorprendió.
- ¿Me creerías si te dijera que mi hija mayor nació cuando Sara y yo solo teníamos 16 años? – preguntó.
- ¿En serio? ¿No pudieron aguantarse a por lo menos cumplir la mayoría de edad? Algo así aquí sería todo un escándalo – le respondió Beatrice, para quien una pareja de novios menores de edad sin casarse teniendo relaciones sexuales y encima resultando en un embarazo le parecía algo indecente, pero no iba a juzgarlo por ello pues no era de su incumbencia.
- Bueno, es que digamos que lo que usamos para evitar un embarazo falló, pero eso, lejos de estropear nuestras vidas, nos volvió más unidos y jamás nos ha preocupado lo que la gente pueda decir de nosotros. Nuestra hija es preciosa y talentosa, y nuestro hijo menor sigue el mismo patrón – dijo Wirt, con la voz llena de orgullo.
- Te entiendo. Nuestro hijo tiene cinco años y se llama Arnold. El día que nació había una tormenta terrible la cual se calmó de pronto en cuanto lloró por primera vez, como si la naturaleza le hubiera dado la bienvenida. Y fue una experiencia milagrosa, pero muy dolorosa, me parece increíble que Mamá haya pasado por eso once veces – recordó Beatrice – Me ayudó Melanie, la partera que vimos en la taberna, ¿recuerdas? La acompañaba también su hija, Stella, aunque ella fue un poco más fría e incluso me hizo un comentario hiriente mientras daba a luz.
- ¿En serio? ¿Qué fue lo que te dijo?
- Básicamente me preguntó, en tono de burla, si también me había quejado y gritado de dolor cuando Jacob y yo concebimos a Arnold. Evidentemente Stella no tenía la menor idea de lo que se siente dar a luz, afortunadamente su madre le llamó la atención y no me volvió a decir nada – dijo Beatrice, aún algo molesta por el recuerdo.
- Sé a lo que te refieres y no puedo creer que existan personas que menosprecien algo así, especialmente otras mujeres. Yo estuve al lado de Sara en el nacimiento de nuestros dos hijos, y vi lo doloroso que fue para ella traerlos al mundo, pero todo vale la pena en cuanto el bebé está cómodo sobre el pecho de su madre e inicia su nueva vida – dijo Wirt, con nostalgia – yo siempre he apreciado y respetado a las mujeres, pero presenciar eso solo hizo que las apreciara y respetara aún más.
- Vaya, aquí no le permitieron a Jacob estar presente mientras yo daba a luz, dicen que eso es algo que los hombres no deben presenciar. Pero cuando Arnold nació y Melanie le dijo que podía entrar a vernos, a Jacob le brotaron lágrimas de profunda alegría y nos abrazó como si fuera la persona con más suerte en el mundo.
- Supongo que aquí hacen las cosas de otra forma, y está bien.
- ¿Quieres venir a mi casa a conocerlos, Wirt? – preguntó Beatrice.
- Me encantaría – respondió el hombre.
Wirt y Beatrice caminaron un rato por el bosque hasta llegar a esa casa que Wirt reconoció de inmediato. En el patio, el pequeño Arnold jugaba con su carretilla de juguete y recogía hojas secas del suelo. El niño tenía el cabello un poco desordenado, una mirada curiosa, y una energía inquieta que de inmediato a Wirt le recordó a Greg cuando tenía esa edad. De pronto, Arnold volteó hacia donde estaba su madre acompañada de alguien a quien no conocía en persona, pero de quien su madre ya le había hablado, y lo observó sin ningún miedo.
- ¿Tú eres Wirt?
- Sí, pequeño. Ya sé que tú te llamas Arnold, encantado de conocerte – dijo el hombre con voz amable.
- ¿Es el chico que me decías que era raro, mamá? – le preguntó Arnold inocentemente a su madre, quien le dio un ligero toque en el hombro.
- Cariño, no hay que ser groseros con la gente. Además, yo no dije que Wirt fuera raro, si no más bien peculiar.
- Pero eso también significa raro, mamá – le respondió el niño.
- No te preocupes, ya me han dicho cosas peores – dijo Wirt entre una risa nerviosa.
Arnold se acercó un poco más, mirándolo con una curiosidad total.
- ¿De verdad te perdiste en este bosque y sobreviviste?
- Claro, pequeñito. Yo junto con mi hermano quien estaba como de tu edad en ese tiempo. Los dos salvamos este lugar de La Bestia.
El niño asintió, impresionado.
- Es genial. ¿Has vivido muchas aventuras en tu vida, Wirt?
Beatrice suspiró.
- No lo animes, Wirt.
- Es una historia complicada – dijo Wirt encogiéndose de hombros.
- A mi me gustan las historias complicadas – le respondió Arnold.
- Bueno, Arnold, luego de que mi hermano Greg y yo salimos de este lugar y ayudamos a tu madre a recuperar su forma humana, yo me animé a salir con una chica llamada Sara, quien ahora es mi esposa y madre de nuestros dos hijos, Elaine y Patrick.
- ¿Y te gustan mucho los niños, Wirt? – preguntó Arnold.
- Sí, sobre todo mis hijos. No los cambiaría por nada del mundo – le respondió Wirt.
- ¿Son como yo?
- Elaine es más tranquila, y a Patrick le gusta hacer muchas preguntas – dijo el hombre.
- Entonces si son como yo dijo – respondió Arnold contento.
Beatrice no pudo evitar sonreír al ver como su hijo interactuaba con Wirt. Hubo un momento de calma, donde el viento movía las hojas suavemente. Ella y Wirt se miraron, mientras Arnold se dejó caer sobre el pasto.
- Oigan... ¿este lugar es real o es un sueño? – preguntó Arnold mirando al cielo.
Wirt y Beatrice intercambiaron la mirada.
- Es ambas cosas, pequeño – dijo Wirt.
Arnold parecía estar satisfecho con esa respuesta.
- ¿Crees que algún día conozca a tus hijos o ellos vendrán aquí?
- No lo sé, Arnold. Y espero que falte muchísimo tiempo para eso.
- No hace falta pensar en eso, hijo – le dijo Beatrice.
En ese momento, entró por la puerta Jacob. Era un hombre de cabello rubio, complexión robusta, y con un traje de repostero completamente blanco.
- Hola, qué sorpresa. ¿Quién es este hombre, Beatrice?
- Él es Wirt, aquel joven que hace años salvó este lugar de La Bestia. Ya creció y tiene su propia familia al igual que nosotros, amor – respondió Beatrice.
- Encantado de conocerlo, señor Jacob – dijo Wirt.
- El gusto es todo mío, Wirt. Mi esposa me ha hablado mucho sobre ti.
- ¿De verdad?
- Sí, ella me contó sobre ese chico tímido que logró encontrar su camino tras su aventura aquí, y créeme, eso es digno de admirarse.
- Me tomó tiempo, pero si, lo logré – respondió Wirt, muy orgulloso.
- ¿Tú ya tienes una familia? – preguntó Jacob.
- Sí, una esposa y dos preciosos hijos a los que amo con todo mi corazón. Jamás habría tenido el valor de declararle mis sentimientos a mi hoy esposa de no ser por Beatrice.
- Definitivamente así es ella y me alegro que en su momento te haya alentado, Wirt.
Wirt y la familia de Beatrice charlaron por un rato sobre sus vidas, hasta que llegó el atardecer, lo que Wirt interpretó como que, en su mundo, estaba empezando un nuevo día y debía despertar.
- Creo que ya es hora de irme. Me encantó volver a verte y conocer a tu adorable familia, Beatrice.
- Gracias por tus palabras, hermoso error de la naturaleza – dijo Beatrice en tono de broma, pero con gratitud sincera.
La mujer abrazó a Wirt, y él después estrechó la mano de Jacob y la del pequeño Arnold.
- Quizás nos volvamos a ver algún día. Hasta entonces, nunca cambien – dijo Wirt, viendo como el paisaje a su alrededor se desvanecía poco a poco, hasta que todo se puso negro.
El sonido de su despertador lo volvió a la realidad. Era un sábado por la mañana, y su esposa estaba en la cocina mientras preparaba el desayuno para toda la familia. Wirt abrió los ojos con la luz del amanecer entrando por la ventana. Se quedó mirando el techo, pensativo tras aquel sueño. Fue ahí donde se dio cuenta que su corazón no se había equivocado al elegir a Sara como la persona con quien quería estar el resto de su vida. Admiraba mucho el como Beatrice lo había ayudado a salir de su zona de confort, pero no podía confundir eso con un sentimiento romántico cuando no existía manera de que él pudiera serle infiel a aquella mujer que lo aceptaba tal como era. El hombre se levantó de la cama, sintiendo una calma extraña pero reconfortante.
- Gracias por todo lo que hiciste por mi, Beatrice. Esto va por ti – dijo Wirt mientras abría la ventana del cuarto y veía a los pájaros cantar afuera. Muchos eran azulejos, tal como había sido Beatrice, y Wirt lo interpretó como una señal de que ese sueño había sido algo real, en un lugar donde las historias nunca terminan del todo. Luego, Wirt fue a la cocina donde, durante el desayuno, les contó sobre su sueño y sobre como Beatrice, ya también con su propia familia, estaba muy orgullosa de a donde habían llegado, y que no podía pedir nada más. Wirt abrazó y besó a Sara, mientras sus hijos los veían con cariño. Todo estaba bien, la vida era bella, y tocaba disfrutarla.
FIN
