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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-07-20
Words:
1,823
Chapters:
1/1
Comments:
7
Kudos:
77
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9
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640

Lo que no se dijo

Summary:

Un "y si" de la escena del bosque en Wicked Wonderland. En la película, es Red quien va a hablar con Max después de la discusión. Aquí, es Pink quien decide buscarlo. Una pequeña disculpa que la película nunca nos dio.

Work Text:

El bosque seguía a oscuras cuando Max se alejó del grupo, con las manos hundidas en los bolsillos y la mandíbula apretada, dejando atrás las voces que todavía discutían entre los árboles.

"Podría estar trabajando en conjunto con su padre."

Las palabras de Pink se le habían quedado clavadas en algún lugar del pecho, afiladas de una forma que no esperaba que le dolieran tanto, considerando todo lo que ya llevaba escuchando de boca de gente que ni siquiera lo conocía. Llevaba meses —¿o eran años? ya ni siquiera estaba seguro de cuánto tiempo llevaba sintiendo que caminaba con una diana pintada en la espalda— escuchando susurros a su paso, miradas que se apartaban rápido cuando él las notaba, la misma pregunta silenciosa repitiéndose en cada rincón: ¿será igual que su padre?

Pero viniendo de Pink dolía distinto. Ella no lo había mirado nunca así. Ni una sola vez, desde que todo esto empezó, le había hecho sentir que su apellido pesaba más que él mismo. Y ahora, de la nada, en medio de una discusión que ni siquiera tenía que ver directamente con él, se había convertido en el blanco más fácil al que apuntar.

Claro, pensó, con una amargura que le costó reconocer como propia. Tenía que pasar tarde o temprano. Siempre pasa.

No caminó muy lejos. Se sentó sobre una roca cubierta de musgo, lo bastante alejado como para no escuchar el resto de la discusión, lo bastante cerca como para seguir formando parte, técnicamente, del mismo bosque desesperante en el que estaban todos atrapados esa noche. Se quedó ahí, con los codos en las rodillas, la vista perdida en la oscuridad entre los árboles, preguntándose si debería sentirse aliviado de haberse ido antes de que la discusión escalara más, o si el alivio era solo otra forma más educada de decir que estaba huyendo, como llevaba huyendo de todo desde que su padre decidió convertirse en la peor versión posible de sí mismo.

No soy él, se repitió, apretando los puños sobre las rodillas. No importa cuántas veces tenga que decirlo, no soy él.

El problema era que decírselo a sí mismo nunca terminaba de sonar tan convincente como necesitaba que sonara.

 

Pink no supo cuánto tiempo se quedó parada en el mismo sitio después de que Red se alejara, todavía repitiéndole que no debería haber dicho eso, todavía sin lograr que las palabras le entraran del todo. Se sentía como si tuviera la lengua todavía caliente por lo que acababa de decir, un peso incómodo instalado en el estómago que no terminaba de bajar.

Sabía que Red tenía razón. Lo supo casi en el instante en que las palabras le salieron de la boca, esa sensación fría y pesada que se siente cuando uno dice algo y, en el mismo segundo, quiere tragárselo de vuelta sin poder hacerlo. Había visto la cara de Max cambiar, ese instante exacto en que dejó de parecer solo cansado y pasó a parecer, además, herido, y ese recuerdo se le quedó pegado como una mancha que no sabía cómo limpiar.

"Al menos soy lo suficientemente valiente como para decir lo que todos piensan."

Excepto que no era valentía. Era miedo, disfrazado de valentía, agarrándose del razonamiento más fácil y más cruel que tenía a la mano en ese momento: que si Max no era de fiar, entonces no tenía que preocuparse por lo mal que se sentía haberlo señalado así, frente a todos, sin ninguna prueba real más que su propio pánico por su madre, encerrada quién sabía dónde, a merced de quién sabía qué.

Y encima estaba esa voz burlona que solo ella parecía escuchar del todo, susurrándole justo la frase exacta que necesitaba para prender la mecha. "¿Acaso tu hermana olvidó quién secuestró a tu madre?" Como si Pink necesitara que alguien más le recordara eso. Como si no llevara cargándolo cada segundo desde que todo empezó.

Pero la culpa de haberlo dicho en voz alta era completamente suya. Nadie más la había obligado a abrir la boca.

Se giró hacia Hazel, que todavía la miraba con una expresión que no era exactamente enojo, sino algo más parecido a la decepción, el tipo de mirada que dolía más que cualquier grito.

—¿Hacia dónde se fue? —preguntó Pink, en voz baja, con la garganta apretada.

Hazel señaló, sin decir nada, hacia un sendero estrecho que se perdía entre los árboles, y Pink caminó hacia allá antes de que el miedo a lo que fuera a encontrar del otro lado la convenciera de quedarse donde estaba.

 

Lo encontró sentado sobre una roca, con la vista fija en algún punto de la oscuridad, y se detuvo a unos pasos de distancia, de pronto sin saber qué hacer con las manos, con las palabras, con nada. El corazón le latía de una forma incómoda, no del todo por miedo, aunque el miedo seguía ahí, sino por esa sensación pesada de saber que estaba a punto de tener que decir algo difícil, sin ninguna garantía de que fuera a arreglar nada.

—Vete —dijo Max, sin girarse, la voz cansada más que enojada—. Ya cumpliste con hacerme sentir mal allá. No hace falta una segunda ronda.

—No vine a eso.

—¿Entonces a qué viniste?

Pink respiró hondo, obligándose a acercarse un poco más, aunque cada instinto le pedía darse la vuelta y huir de esa conversación antes de que se volviera más difícil de lo que ya era.

—Vine a decir que estuvo mal. Lo que dije. —Se sentó en el borde de otra roca, no muy lejos de él, sin atreverse todavía a mirarlo directamente—. Estaba asustada, y en vez de decir eso, decidí que era más fácil convertirte a ti en el problema. Fue injusto, Max. Y lo siento.

Max la miró, por primera vez desde que se había sentado ahí, con una sorpresa que no intentó disimular, algo defensivo todavía instalado en la línea de sus hombros.

—No esperaba eso —dijo, con cautela, como si no confiara del todo en que la disculpa fuera a durar—. La gente no suele venir a disculparse conmigo. Suelen quedarse con lo que dijeron y ya está, como si yo tuviera que acostumbrarme a cargarlo sin más.

Algo en esa frase le dolió a Pink más de lo que hubiera esperado, la idea de Max acumulando, uno tras otro, comentarios crueles que nadie se molestaba en retractar, aceptando cada uno como si fuera simplemente parte del peso que le tocaba llevar por el apellido que no había elegido.

—Yo tampoco esperaba decirlo tan rápido, si te digo la verdad —admitió, con una risa pequeña y sin gracia—. Pero Red tenía razón. No debí decir eso. Ni siquiera lo pienso de verdad, y aun así lo dije, solo porque en ese momento se sentía más fácil que admitir lo aterrada que estoy por mi mamá.

—Yo también estoy aterrado —dijo Max, en voz baja, algo quebrándose apenas en el tono—, por si eso no había quedado claro. Mi papá se volvió alguien que no reconozco. Alguien que ni siquiera sé de dónde salió, si te digo la verdad, porque el que yo recuerdo no se parecía en nada a esto. Y lo último que necesito, encima de perder a mi papá de la forma que sea que lo estoy perdiendo, es que la gente asuma que yo soy igual que él, solo porque compartimos apellido.

—Lo sé. —Pink se atrevió, por fin, a mirarlo directamente, sintiendo el peso completo de lo que acababa de escuchar—. Y sé que no cambia nada que lo diga ahora, pero no pienso que estés trabajando con él. Para nada. Fue lo peor que se me ocurrió decir en el peor momento posible, y la única que tiene la culpa de eso soy yo. No tú.

Se quedaron un momento en silencio, el bosque crujiendo suavemente a su alrededor, ninguno de los dos con ninguna prisa por llenar ese silencio con nada más, aunque tampoco era un silencio incómodo del todo, sino uno cargado de algo que ninguno de los dos sabía todavía cómo nombrar.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Max, después de un rato, con la voz más baja—. Que una parte de mí, la parte más cansada y más asustada, casi te creyó a ti antes que a mí mismo. Como si tuviera tan poca confianza en quién soy que bastara un comentario en medio de una pelea para hacerme dudar.

—Eso no debería pasar —dijo Pink, con firmeza—. No deberías dudar de ti mismo solo porque yo tuve un mal momento y decidí lanzarte encima mi propio miedo.

—Es más fácil decir eso que sentirlo, la verdad —admitió Max, con una sinceridad cruda que Pink no esperaba—. Llevo tanto tiempo escuchando versiones distintas de lo mismo que a veces ya ni siquiera sé distinguir cuál es la voz de la gente que me conoce mal, y cuál es, en el fondo, mi propio miedo hablando con la voz de otra persona.

Pink sintió que el pecho se le apretaba, entendiendo, de golpe, el peso exacto de lo que le había hecho cargar sin pensarlo.

—Gracias por decir esto —dijo Max, al final, con algo más suave asomándole en la voz, casi sorprendido de sí mismo por decirlo—. No tenías que venir hasta aquí a hacerlo. Pudiste quedarte allá, dejar que Red se disculpara por ti, o simplemente no decir nada más y seguir con la noche.

—No me gusta dejar las cosas rotas sin intentar arreglarlas, aunque sea un poco —dijo Pink, con un encogimiento de hombros que no lograba disimular del todo lo mucho que le importaba—. Y menos cuando la que las rompió fui yo.

Max asintió, sin decir nada más por un momento, y algo en su expresión se aflojó, la tensión de antes cediendo apenas, dando paso a algo mucho más tranquilo, casi aliviado.

—Deberíamos volver —dijo, finalmente, poniéndose de pie—. Antes de que a Red le dé algo pensando que también me convertiste a mí en villano oficial de la noche.

—No eres un villano —dijo Pink, poniéndose de pie también, con una sinceridad tan directa que no dejaba espacio para la duda—. Ni siquiera un poquito. Y si alguien más lo dice, quiero que sepas que no es verdad. Nunca lo fue.

Max no respondió eso directamente, pero la sonrisa pequeña que se le escapó, la primera desde que se había alejado del grupo, dijo bastante más de lo que cualquier palabra hubiera podido decir, algo cálido asomándose por debajo de todo el cansancio acumulado de esa noche.

Caminaron de vuelta juntos, en un silencio mucho más ligero que el de hacía unos minutos, cada uno todavía procesando a su manera lo que acababa de pasar, pero sintiendo, los dos, que algo entre ellos había cambiado apenas, lo suficiente como para que el resto de esa noche en Wonderland se sintiera un poco menos solitaria de lo que había sido hasta ese momento.