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En retrospectiva, debería haber sabido desde un principio que Pedri le iba a dar suerte.
Y no, no solamente se refiere a todas esas asistencias ni a esa magia tan característica de él por cómo maneja el balón, por la que le llamaban mago.
No, simplemente se refiere a ese beso que le dio antes de salir al campo.
No es el primer beso que le ha dado; ha habido otras (muchas) ocasiones en las que Ferran, a falta de palabras para expresar lo que siente, le ha dado un beso. En la mejilla, en el pelo. Y si no era un beso, siempre había algún tipo de contacto físico entre ellos. El brazo de Ferran rodeándole los hombros, en su cintura, sus manos en el cuello. La calidez de Pedri le llamaba, parece que incluso le reclamaba,a veces.
También esos abrazos. Todos aquellos que se daban, aquellos que las cámaras habían captado (y otros muchos que no habían captado).
Cuando suena el silbido del final del partido, Ferran suspira. Después sonríe y sus ojos inconscientemente buscan a ese chico unos centímetros más bajo que él. Cuando le ve, Pedri ya le estaba mirando, sonriendo.
Se unen en un abrazo, uno en el que parece que Ferran quiere fundirse con él, derretirse hasta convertirse en un solo ser. Uno tan cálido del que, a pesar de la humedad y el calor que hace en el estadio americano, no quiere soltarse.
(Todavía no sabe si es que no quiere soltarle ahora o nunca más.)
Cuando se separan para mirarse a los ojos, no hace falta que se digan nada. Los ojos de Pedri le están diciendo todo aquello que en este momento no se puede decir con palabras.
Pero a pesar del ruido de sus compañeros celebrando la victoria y los vítores del público, Pedri le vuelve a sorprender una vez más. Y son palabras sencillas, pero el tono tan cálido y la mirada que tiene cuando se las dice hacen que el estómago de Ferran tenga esa sensación tan rara.
Como cuando estás en una montaña rusa y bajas de repente. Aunque te esperes esa sensación, a Ferran nunca dejará de sorprenderle todo lo que Pedri le provoca.
–Nos has dado la victoria, Ferri.
Y sus ojos… Ferran adora la manera en la que le salen esas arruguitas cuando sonríe, como sus labios esbozan esa sonrisa que es solo para él. (Ferran sabe lo afortunado que es de tenerle; no sabe qué hizo bien en su anterior vida para merecer a esta persona que es igual de cálida que el sol.)
–Hemos sido todos, Pedri –responde Ferran, aunque le cuesta encontrar las palabras mientras mira a Pedri. No le distrae el ruido de su alrededor, al contrario. Cuando mira al hombre enfrente de él, no hay nada que pueda hacerle apartar la mirada de él. –Tú también nos has llevado a la victoria.
Pedri suelta una risa, apretando por un instante sus manos alrededor de su cintura y Ferran se estremece.
–Espero que gracias a esto veas que eres capaz de tener el mundo entero a tus pies.
Su corazón empieza a latir, casi desbocado. El momento no es íntimo de por sí. Están rodeados de muchísimas personas, pero en sus ojos y en su mente solo existe Pedri.
Pedri, quien tantas veces le ha susurrado palabras de ánimo en medio de abrazos apretados, quien tantas veces le ha mirado como si fuera Ferran quien pone las estrellas en el cielo, quien había estado con él esas noches en las que las inseguridades y la tristeza le pesaban más de lo habitual.
Pedri, al que conoció en aquella playa hacía tantos años, como una casualidad que, al final, se había convertido en una especie de bendición en su vida.
Lo que Ferran quiere decirle es que él no necesita el mundo entero a sus pies. No necesita la fama, no quiere nada de eso. Lo único que necesita es que Pedri esté a su lado.
Es el turno de Ferran de reír, y por un momento, se permite ser indulgente con él mismo. Sube una de sus manos de los hombros de Pedri a su mejilla y simplemente la deja ahí, notando su calidez y la suavidad de la piel.
Pedri, inconscientemente, se apoya ligeramente en la palma de su mano y cierra los ojos, sonriendo.
–Gracias por todo, Pedri.
Por haber estado ahí, a mi lado. Por todas esas palabras de ánimo que me has infundido, por tus abrazos, por ser tú.
Por estar conmigo en los momentos malos y acompañarme en los buenos. Por ser el sol de mi vida y la luna en las noches más oscuras.
Muchas veces Ferran se da cuenta de que a pesar de que sea Pedri el que le mira como si pusiera las estrellas en el cielo, se detiene a pensarlo y se da cuenta de que él piensa que es el mismo Pedri quien hace eso mismo en su vida. No hay chico más brillante que él.
Es su sol, las estrellas y todo el sistema solar entero.
–No tienes que dármelas, Ferri. Como has dicho, hemos sido todos.
Ferran solo puede sonreírle. Un día, uno no muy lejano –espera–, será capaz de encontrar las palabras para decirle que es la luz de sus días, que es la bendición que llegó a su vida en el momento en el que más lo necesitaba.
Pero, por ahora, se limita a dejar una breve caricia en su mejilla y vuelve a abrazarlo, dejando un breve beso en su frente.
Espera que, aunque aún no sea capaz de convertir todo aquello que le quema dentro en palabras, ese beso le pueda decir a Pedri todo aquello que de momento no puede.
Y Pedri, conociéndole, sonríe.
Ferran nota la forma en la que los labios de Pedri esbozan una sonrisa contra su cuello.
Pero no dice nada más porque le conoce.
Y para Ferran, ese momento –estar con Pedri en sus brazos, siendo campeones del mundo– es más que suficiente.
