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you tore me up more than you know

Summary:

Se le quebró la voz. “Pero soy yo el que le recuerda todo lo que perdió. Odio ser el que lo incomoda, el que lo mira esperando algo que no puede darme.
Bajó la vista. “Y no sé cómo vivir con ello.”

Notes:

estoy obsessed con ellos😭 he estado trabajando esto hace un rato, tengo otras partes y el final pero necesito organizar ideas y ajustar todo así que espero publicar el resto pronto

Chapter 1: So, tell me you’ll come home

Chapter Text

Eran las cuatro de la tarde de un sábado cuando Gavi llegó a la casa después de salir con su novia. Traía algo de comida que había comprado de paso en una cafetería, encontró la casa vacía así que subió las escaleras y encontró a Ferran tirado en la cama mirando cualquier cosa en su celular.

“No has almorzado, ¿verdad?” dijo Gavi, era una pregunta pero no necesitaba respuesta.
“Déjame en paz” murmuró Ferran cuando Gavi prácticamente lo sacó de la cama para que comiera algo.

“No” respondió, guiándolo hasta la mesa donde lo esperaba la comida. “Sabes que en cualquier momento despertará y no quiero que me culpe porque te pasó algo mientras estaba así”.

Gavi y Dani se turnaban para hacerle compañía a Ferran, eran los más cercanos a Pedri y él respectivamente. Sabían que eran inseparables y que Ferran necesitaba ánimos en esos momentos. Se sentaron, el silencio era cómodo, pero incompleto.

Habían pasado más de un mes desde el accidente. Después de un entrenamiento y una discusión sin aclarar, había tropezado en las escaleras golpeándose la cabeza. Los doctores dijeron que el golpe lo mantendría en coma por un tiempo, pero que se recuperaría sin secuelas.

Luego de un mes, Pedri aún no daba señales de despertar. Ferran evitaba pensar en el momento antes del accidente, no porque no lo recordara, sino porque lo hacía demasiado bien. Las palabras seguían ahí, intactas.

Iba al hospital todos los días, le contaba sobre su día, el entrenamiento, sobre lo que hacían los más jóvenes, lo actualizaba sobre la vida de sus amigos. Le pedía que despertara, a veces también se disculpaba.

Después de todo, siempre le había hecho sentir que no estaba solo. Aunque tuviera a su familia y amigos, la conexión con él era diferente. Lo extrañaba mucho.

No era la primera vez que sentía ese vacío. Ya lo había conocido antes, años atrás, cuando su esfuerzo no le daba resultados, las expectativas eran demasiado altas, lo abrumaba y se aislaba.

Aprendió a acostumbrarse, a no necesitar a nadie, a convencerse de que estar solo era más fácil, a esconder todo lo que sentía.
Ferran y Pedri se conocieron sin saber quiénes iban a ser. Al principio su relación no fue la mejor, Pedri veía al mayor como alguien presumido. Tuvieron pequeños roces y peleas en el proceso de conocerse. Pero poco a poco, eso fue cambiando, pasaron por diversas etapas juntos, momentos en los que se ayudaban a superarse y a seguir adelante en sus carreras. Intentando comprenderse mutuamente y siempre apoyándose.

La convivencia les enseñó las partes que nadie más veía, el miedo de Ferran al qué dirán y la costumbre de protegerse con una máscara. Se conocieron de verdad, las inseguridades, las partes que no solían mostrar a nadie más. Podían ser quien en realidad eran, sin intentar encajar, sin que los buscaran por su estatus ni los rechazaran por ello.

Ferran dejó de ser el chico que pretendía ser, y Pedri, sin darse cuenta fue quien le dio espacio para hacerlo. No hubo un momento exacto en el que se volvieran importantes el uno para el otro. Simplemente ocurrió. Algo fue creciendo sin que lo notaran, sin necesidad de nombrarlo, en miradas que duraban un poco más de lo normal, en la costumbre de buscarse sin pensarlo.
Hasta que un día, sin darse cuenta, ya no supieron existir el uno sin el otro.

 

La habitación estaba en silencio, salvo por el sonido de las máquinas. Ferran estaba sentado a su lado, como siempre. Ya sabía exactamente dónde colocarse sin estorbar a las enfermeras que entraban a revisar a Pedri, se había vuelto parte de su rutina en los últimos días.

“Hoy Lamine se cayó” dijo, mirando al chico dormido. “No sé cómo lo hizo, estaba corriendo normal, para ser tan talentoso a veces también es un poco tonto”
Silencio.
“Te están esperando” continuó, “Dicen que te estás tomando mucho tiempo”
Tragó saliva.
“Yo…” empezó, se detuvo.
Intentaba no romperse, quería ser fuerte. No saber si podía escucharlo o no era lo que más lo asustaba.
“Tengo miedo.” admitió. Las máquinas seguían sonando normalmente.
“No de que no despiertes” se corrigió rápido. “De estar solo otra vez, siempre pensé que estaba bien con eso, que sabía estarlo, pero cuando llegaste tú… fue distinto. Siempre estás cuando todo se pone difícil y no te alejas.”
Tomó su mano, con cuidado.
“No me sigas haciendo esto” murmuró casi rogando.

Se quedó a su lado un par de horas más, en silencio. Antes de irse, dejó un suave beso en su frente.
“Regresa conmigo” susurró, “por favor.”

 

A la mañana siguiente, como todos los días antes del entrenamiento, se dirigió al hospital. Entró por la puerta principal al ser un hospital privado no necesitaba andar con tanto cuidado así que como ya era costumbre desde hacía un mes, se acercó a recepción para saludar.

Una de las recepcionistas lo miró con una sonrisa distinta, casi expectante mientras le preguntaba cómo se sentía ese día.

Ferran respondió con educación, restándole importancia. Dijo que era lo mismo de siempre, aunque en su voz se colaba un matiz apagado que no lograba ocultar del todo.

La mujer insistió en que debería estar más emocionado pero entonces se detuvo de golpe, como si acabara de recordar algo. El gesto hizo que Ferran frunciera el ceño y preguntara qué ocurría.

Ella comenzó a hablar, mencionando que Pedri había despertado esa mañana, pero no alcanzó a terminar la frase porque Ferran ya estaba corriendo por los pasillos del hospital, dejando atrás las voces que intentaban detenerlo.

El corazón le latía con fuerza en el pecho, mientras las lágrimas comenzaban a deslizarse por su rostro sin que pudiera controlarlas. Empujó la puerta de la habitación con urgencia, sobresaltando a la única persona que se encontraba dentro.

Pedri.

Ferran se quedó inmóvil, mirándolo, tratando de convencerse de que era real.
“Pepi…” susurró, casi sin voz.
“Eh… hola” respondió Pedri con voz ronca.
“Acabo de correr hasta aquí como un loco” dijo, respirando agitado. “Dame un segundo”.
“¿Estás bien?” preguntó, confundido.
Su piel estaba más pálida de lo normal, su cabello un poco más largo, su barba había crecido. Estaba más delgado, los músculos menos definidos pero era él. Ferran caminó hasta la camilla y tomó su mano, lo abrazó.
Pedri no correspondió.
Se quedó quieto. Sorprendido.
El más alto se separó lentamente, aún sosteniéndole la mano.
“¿Cómo te sientes?”
Pedri retiró la mano. Ferran se quedó congelado. “¿Estás bien?” repitió.
“Sí, estoy bien” respondió. “Pero… ¿qué hago aquí? Y qué haces tú aquí?”
“Tuviste un accidente”, explicó con suavidad. “El doctor dijo que estarías bien”.
“Entiendo” dijo, frunciendo el ceño. “Pero no respondiste por qué estás aquí, Ferran”.
“Ferran…?” parpadeó confundido, la forma en que dijo su nombre no le sonaba bien.
“Es tu nombre, ¿no?” dijo con indiferencia.
Este último abrió la boca para responder, pero Pedri continuó: “Ah, espera… tú fuiste el que me atropelló?”

Ferran apenas logró reaccionar, un “¿qué?” se le escapó, atónito, seguido de una pregunta incompleta que murió en su garganta cuando el doctor entró en la habitación acompañado de una enfermera.

El doctor murmuró que no debería ser nada grave mientras revisaba unos papeles, luego alzó la vista y, al notar su presencia, se detuvo un instante, en ese momento, María, su suegra entró a la habitación. Ferran no lo pensó; se lanzó hacia ella y la abrazó con fuerza, como si necesitara sostenerse de algo real.

La reacción de Pedri fue inmediata. Confundido, preguntó por qué Ferran Torres estaba abrazándola de esa manera. El doctor intervino con suavidad, llamando a Ferran y guiándolo fuera de la habitación.

Una vez en el pasillo, le explicó que no lo habían contactado porque, al despertar, Pedri había pedido que llamaran a su mamá. Le habían realizado algunas evaluaciones y todo indicaba que presentaba amnesia retrógrada.

Ferran sintió cómo el mundo se le venía encima.

El doctor continuó, con el mismo tono medido, aclarando que no recordaba algunos años de su vida. Aún no sabían exactamente cuántos.

Llamó a Dani sin pensarlo demasiado. No sabía qué más hacer. Pedri había vuelto a ser alguien distante, a quien no le agradaba. La ansiedad le recorría el cuerpo de forma incontrolable; su pie no dejaba de moverse y la pulsera giraba entre sus dedos una y otra vez, intentado que el gesto pudiera sostenerlo en algo firme.

Cuando Dani llegó, apareció con varios de sus compañeros del club y su entrenador, sus presencias lograron estabilizarlo un poco. Ferran apenas y pudo contarles lo que sucedía así que se quedaron en la sala de espera, atrapados en un silencio denso que parecía alargarse con cada segundo.

Cuando su suegra finalmente apareció, lo hizo caminando por el pasillo junto al doctor, en una conversación que parecía demasiado seria como para traer buenas noticias. Todos se levantaron de inmediato, acercándose con una mezcla de urgencia y miedo.

María decidió que los chicos fueran primero con Pedri, dejando a Ferran atrás con ella mientras que el doctor hablaba con el entrenador.

La explicación llegó con cuidado, pero no por eso fue menos devastadora. Pedri no recordaba casi seis años de su vida. La mayor parte de todo lo que había sido, de todo lo que habían sido.

Ferran sintió el golpe de la información como algo físico, directo al pecho, dejándolo sin aire.

Habían pequeños detalles que hacían la situación aún más extraña. Pedri recordaba a algunas personas, a sus amigos del club y la selección, a los más nuevos incluso. Recordaba fragmentos y momentos sueltos. Pero no recordaba nada de lo que vino antes del accidente. Y aunque podía reconocer a Ferran, no lo hacía desde el lugar que alguna vez ocupó. Había historia entre ellos, pero no su historia, no en su memoria.

La idea se asentó en su mente con una claridad dolorosa, Pedri no solo había perdido años de su vida. También había perdido todo lo que los unía. Incluso aquello que había quedado inconcluso entre ellos.

La incertidumbre llegó enseguida, inevitable, aferrándose a lo único que podía ofrecer una mínima esperanza. La posibilidad de que esos recuerdos regresaran existía, pero era incierta. Podía tomar horas, semanas, meses. No había forma de saberlo. Y mientras tanto, lo único que quedaba era esperar.

La respuesta que recibió no fue complicada, pero sí difícil de aceptar. Tenían que ser pacientes. Darle tiempo y ayudarlo sin presionarlo. Pequeñas cosas podían marcar la diferencia: la música, las imágenes, las sensaciones, serían capaces de despertar algo dormido en su memoria. Reconstruir, poco a poco, sin forzar.

Según los médicos, lo mejor era guiarlo con cuidado a través de su propia vida, contarle fragmentos, devolverle pedazos de lo que había perdido sin abrumarlo. Como si estuvieran armando a alguien desde cero, con la esperanza de que en algún momento, todo encajara por sí solo.

Y Ferran entendió, en silencio, que lo más difícil no sería esperar a que Pedri recordara, sería quedarse, aun cuando para él, ahora, era casi un desconocido.

 

De regreso en la habitación, Pedri le hacía preguntas a Gavi. Lamine y Pau ya habían llegado y hablaban sin parar, felices de que su amigo estuviera despierto, incluso De Jong había venido. La puerta se abrió y Ferran entró.

Las miradas de todos vacilaron. Sabían que Pedri no recordaba algunas cosas, pero no que había olvidado varios años de su vida. Ferran empezó a explicarles lo que su suegra le había dicho, usando casi las mismas palabras, eso logró que dejaran de verse tan confundidos.
“Eso no explica qué haces tú aquí”, espetó Pedri. “¿Qué? ¿En los últimos años nos hicimos amigos? Creí que no me soportabas”
La expresión de Ferran se apagó, no le gustaba cómo Pedri le hablaba.
“Creo que deberíamos dejarlos un momento” sugirió Gavi, haciendo una seña para que los demás salieran. Antes de irse, le dio un apretón en el brazo a Ferran.
“Hay algo que debes saber acerca de nosotros” empezó cuando quedaron solos. Se acercó a la camilla, Pedri lo miraba fijamente.
Ferran sacó la mano del bolsillo con lentitud y mostró una pulsera plateada, idéntica a la que el otro llevaba en la muñeca.
“Tú y yo estamos saliendo” dijo. “Hace cuatro años, vivimos juntos”.
La cara de Pedri fue un espectáculo. Era imposible de creer lo que estaba escuchando, para empezar, Ferran lo odiaba y segundo… ¿por qué saldría con él? De todas las personas.
Llevó la mirada de la muñeca del otro a la suya, las pulseras eran idénticas.
La habitación seguía en silencio.
Ferran permanecía de pie junto a la camilla, con la pulsera plateada aún en la mano, no la soltaba, sus dedos la apretaban como si fuera lo único real en ese cuarto.
Pedri bajó la vista apenas un segundo y luego volvió a mirarlo a la cara.
“¿En serio?” dijo, soltando una risa corta. “¿Eso es todo?” parpadeó.
“Pepi… yo no estoy bromeando.”
“Claro que sí” respondió Pedri. “Mira, no sé si esto es culpa del golpe o qué, pero no tiene sentido.”
Hizo un gesto vago con la mano. “Tú y yo no somos… esto.”
Dio un paso más cerca. “Vivimos juntos” dijo en voz baja. “Desde hace años.”
Pedri negó despacio, casi con paciencia. “No” repitió. “¿Por qué estaríamos juntos?”
La frase cayó pesada. Ferran tragó saliva.
“Hablamos porque somos compañeros pero nada más” añadió sin dureza.
Ferran sintió el golpe en el pecho.
“Si esto es una broma” continuó, “ya puedes parar, no es gracioso.”
El más alto negó con la cabeza, desesperado. “No lo es, tenemos casi cinco años juntos.”
El silencio se estiró, Pedri bajó la vista otra vez, esta vez hacia su propia muñeca. La pulsera estaba ahí, idéntica. La rozó con los dedos, sin terminar de entender por qué la llevaba puesta. “No me mires así” añadió. “Me estás haciendo sentir culpable por algo que no recuerdo.”
Ferran dio un paso atrás, sus ojos ardían. “Lo siento, no es mi intención. Creo que debería irme.”
Pedri apartó la mirada. “Sí.”

Ferran salió de la habitación sin mirar atrás, la pulsera seguía apretada en su mano. Mientras caminaba por el pasillo, pensó que había pasado semanas suplicándole a Pedri que volviera.

Ahora había vuelto, pero todo lo que eran… solo uno lo recordaba.