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Cuando Julián empezó a salir con Enzo —de manera oficial, porque la verdad es que siempre salieron sin salir— pensó que las cosas iban a seguir más o menos igual. Seguirían compartiendo habitación, entrenarían, hablarían todos los días por celular, se contarían sus cosas, tomarían mate y el té de Julián por las noches, saldrían con sus amigos en común y quizás podrían irse de vacaciones juntos. No pensó nunca que Enzo sería tan novio. Onda, novio, novio. La verdad, es que pensó que lo único nuevo que tendría su relación (gracias a Dios) sería que ahora iban a garchar.
Pero se sorprendió. El tema es que nunca lo había visto comportarse con sus parejas. Incluso, Julián no había llegado a conocer a todas las chicas con las que salió. En ese entonces, las chicas con las que estaban no era un tema del que hablaban. Pasaban el tema de largo, no mencionaban sus encuentros y, si Enzo tanteaba el terreno mencionando un garche por ahí, Julián no le seguía la conversación.
— Me vi con esta mina, no creo que la conozcas. Es actríz, pero no la vi en ningún lado.
— Ah, mirá.
— Si… estuvo bien, sí. Qué se yo, medio aceler…
— Ta bien, amigo.
— Bue loco, no te puedo contar nada. ¿No te importa a vos con quién garcho?
— No, Enzo. La verdad que no, ¿qué me tendría que importar a mí eso?
Enzo no respondió, lo miró con cara de culo unos segundos y chitó. Quedó de mal humor todo el día después de eso. Antes de cenar, cuando se cambiaron el su habitación de hotel compartida, Julián trató de acercarse contando algo suyo, así quizás Enzo aflojaría y podrían hablar algo.
— Este… emmm, yo también estuve con una chica. Hace unas semanas, maso…
Enzo, que se estaba atando los cordones, lo miró al instante con los ojos bien abiertos. Resopló y fingió indiferencia.
— Ah, mira’ vos. No me dijiste nada, ¿quién mierda es?. — El tono le salió un poco a la defensiva, no tan despreocupado como había esperado.
— Una chica de un boliche, es amigo de un compañero del Atleti.
— ¿A si que te empomaste a una que ni conocías? Mirá, no te tenía así.
— ¿Que tiene de malo? No es que no la conocía tampoco. Qué se yo, no sé…
— Si bueno, ta. A mi ni me importa igual, no me tenes que pedir permiso tampoco.
— No, ya se que no te tengo que pedir permiso.
Enzo levantó un hombro e hizo un gesto con el brazo de desinterés. Se fue pegando un portazo y Julián cree que lo escuchó decir la concha de mi madre. A la distancia, Julián puede identificar que ambos sentían malestar en lo que respectaba a la vida amorosa del otro. Enzo se enojaba y Julián ni quería preguntar. Así que podía decir que nunca había visto a Enzo enamorado, ni mucho menos accionando libremente al respecto.
De igual manera, Julián ya lo conocía muy bien. Enzo es intenso, frenético, pegote, pasional, puteador, toquetón, franelero y calentón. Canta canciones de cancha todo el tiempo, mastica con la boca abierta, le manosea el culo frente a todos, se sienta con las piernas abiertas, habla desatado y se desboca, compite sin piedad, pelea en todos las partidas de truco, es mañoso con sus cosas, se acomoda el bulto en cualquier lugar, se tatuó todo el cuerpo con diseños ordinarios, se come algunas eses, escupe en la calle, besa desenfrenado y coge como un animal. A veces está distraído y Enzo se acerca por detrás, le susurra al oído guarangadas, le muerde el cuello y le besa el rostro. “¿Tan lindo y tan solo?” “Mamita, mirá lo que encontré acá” “Vayámosno’ a la pieza y te cojo todo” “Estás precioso”
Porque además de boca sucia, era tierno. Tiernísimo. Enzo demostraba desvergonzadamente todo el amor que le tiene, le sostiene la mirada y nunca flaquea. Le dice que le quiere romper toda “esa colita hermosa toda mía” y al segundo le toma las manos y le da besitos en las muñecas mirándolo a los ojos. Lo mira siempre, cuando le dice que lo ama, cuando lo putea, cuando hablan, cuando se lavan los dientes, cuando lo piropea, cuando Enzo está encima suyo tocándole todo el cuerpo, cuando están acostados uno frente al otro y Julián le rasca el cuero cabelludo, Enzo le confiesa “Me gustaste siempre, ¿sabés? pasa que antes era re wachin, ahora no te suelto más”.
A Julián le encanta. Le encanta verlo tan amigo y tan novio.
Siempre fueron un poco dependientes, y desde los dieciséis años que lo recuerda a Enzo pegado al lado suyo. Siempre un poco posesivo, un poco caprichoso, completamente jodón y leal. Julián se dio cuenta que le tenía ganas a su amigo cuando, luego de haber jugado ellos solos a la pelota en un día de descanso, Enzo se levantó la remera y se rascó la panza. Fue solo eso, verlo medio transpirado y con los ojos achinados por el sol rascándose la panza con una mano. No hubo vuelta atrás después de eso. Pero lo peor fue darse cuenta que no solo estaba estaba re caliente sino que también estaba re enamorado. La vez que su amigo le pidió que le haga la segunda con una mina e, inexplicablemente, le dieron terribles ganas de llorar, fue una señal clara. Julián deseó con todas sus fuerzas que no se le diera con esa mina ni con ninguna otra, la verdad. Luego se dio cuenta que le estaba deseando algo malo a su mejor amigo y se sintió culpable, porque Enzo siempre lo alentaba a que salga con minas, aunque cuando lo hacía nunca le terminaban de convencer “Ta linda, pero medio cortina”, “Se, qué se yo… si a vo’ te gusta”, “¿Qué? ¿Vas a salir? no daaale acompañame a cortarme el pelo, después vamos a tomar algo”.
Fue así durante años. Julián siempre lo supo, fingió normalidad durante todos los años de amistad, todos los partidos, festejos, grabaciones, salidas, cumpleaños, entrevistas, sesiones de fotos y todas las veces que compartieron habitación y asientos de micros y aviones. Todo aquello, con el profundo dolor de saberlo imposible, de correr la mirada y esperar que, en algún momento, todo aquello se desvaneciera. Qué desaparezca esto, pensaba Julián. Que desaparezcan las ganas de darle la mano, acomodarle el pelo, pasarse a su cama, que desaparezcan las ganas de que me busque, que quiera estar conmigo, que me elija por sobre los demás. Que festeje conmigo, que corra luego del gol a abrazarme, que me lo dedique. Enzo no ayudaba a su desamor, porque para ser realistas, muchas de todas esas cosas las hacía.
Hasta que, inevitablemente, las cosas estallaron. Mientras se preparaban para Qatar, a Enzo le agarró un ataque de bronca en su habitación porque Julián se iba una semana de la intensificación para hacer publicidad con otro jugador.
— Te tomás el palo mientras que estamos todos deslomados entrenando y te va’ a re atrasar por culpa del otro pelotudo y esa publicidad de mierda que no te sirve para nada.
— Calmate, culiado. Si Scaloni me dio el permiso y además es por contrato.
— Me chupa bien la pija el contrato.
— ¿Pero que mierda te pasa, pelotudo? No te la agarrés conmigo. Vés cómo sos.
Enzo se incorporó de golpe y se le acercó en dos pasos. Quedaron enfrentados muy cerca uno del otro, respiraban fuerte y Enzo tenía la mirada sacada. Julián sintió que se ponía colorado y, como no le gustaba pelear, tenía miedo de que se le trabe la lengua.
— ¿Qué? A ver, dale ¿cómo soy?
— Así… celoso por nada.
— Obvio que soy celoso si el otro te quiere re entrar. Vos no te das cuenta porque no te fijas, pero yo miro, ¿sabés? me doy cuenta que los otros te miran el orto.
— ¡¿Pero qué decís?! ¡Y qué te importa a vos!
— Me re importa, ¿sabes? Si vos sos mí Julián nomá’…
— Enzo, te juro que no te entiendo, chabon, estás re mal de la cab…
No terminó nada de lo que quería decir porque Enzo lo agarró de la nuca y le partió la boca de un beso. Lo agarró del cuello, de la cara, de los hombros, del pelo, le tocó todo el torso, le apretó la cintura y el culo. Le metió las manos por dentro de la remera y Julián se dejó tocar, con los ojos cerrados y metiéndole la lengua en la boca. Enzo murmuraba y gemía, no se quedó callado en ningún momento. “Sos mío nomás”, “no te va’ nada vos” “Así, así, comeme la boca” Julián no pudo responder mucho, no le daba ni la cabeza ni la boca para decir nada que no sea un sí o un mmnnh. Enzo después de chapárselo entero se separó y le dijo muy firmemente que Julián era suyo nada más, y que ni se le ocurra ver a otros, que de ahora en más solo iban a ser ellos y que le encantaba verlo con el pelo despeinado. Julián quedó tieso.
— ¿Qué?
— Que me gusta tu pelo así, despeinado. Te deja pinta de príncipe medio salvaje.
Julián se rio y Enzo también. Qué irreal todo, no lo podía creer, no podía procesar todo lo que acababa de pasar. Se abrazaron riendo, sin dejar de tocarse.
— Estas loco, vos. Pero sí, dale. No lo puedo creer, Enzo, ¿qué te agarró?
— ¿Qué me va a agarrar? Lo de siempre boludo, no me gusta que me dejes de lado. Y cómo es eso de “Si, dale” te acabo de decir que me gustas de toda la vida y vo’ ahí re seco. Así no va ehh.
— En ningún momento me dijiste que gustabas de mí de toda la vida…
— Bueno, bueno ehh. Ya está, ya lo sabés. Ahora acostate boca arriba que te voy a garchar todo.
Julián no fue a hacer la publicidad, y nunca más se separaron. Hoy hace cuatro años de su declaración y las cosas siguen igual. Julián al principio temió que haya sido un capricho de Enzo del momento, temió que nunca sean parejos sus sentimientos y que, para su amigo, las cosas sean más livianas. Resultó todo lo contrario, de hecho. Enzo era un amante devoto, entregado, paciente, bestial y gentil. Lo acariciaba con suma ternura y lo cogía con bestial pasión. Le curaba las heridas de la cancha, le pasaba cremas y lo envolvía en hielos, le armaba los rulos luego de la ducha, le recordaba que tome su medicación para el acné, lo esperaba siempre a la noche con un té, le servía el plato en todas las comidas, lo esperaba fuera del baño del vestuario cuando iban juntos a entrenar. Halagaba su cuerpo con las palabras más suaves y más guarangas, elogiaba sus logros frente a todos y, lo que más avergonzaba a Julián, era que siempre lo nombraba reiteradas veces en las entrevistas. Siempre se la rebuscaba para mencionarlo en cualquier pregunta que le hicieran.
Julián siempre fue tímido y algo vergonzoso, y Enzo a veces le exigía todo lo contrario. Siempre comenzaba los movimientos su pareja, ya sea la provocación previa al garche, los piropos o los planes. Enzo un día se lo recriminó.
— Podes ser vos a veces el que se me tire encima, ¿sabes, no? Siempre soy yo el desesperado.
— No, Enzo… perdoná. No creo igual que vos seas el desesperado. Pero me da vergüenza, gordo, ya sabes que soy medio boludo…
— ¿Vergüenza de qué? ¿Alguna vez te rechacé yo? Si siempre te tengo ganas. Además, sí estoy desesperado por vos.
Julián le sonrío y le dio un beso, le susurró que era un tarado y que le encantaba así. Pero tenía razón su novio, siempre esperaba que comience todo el otro por miedo a quedar como un goma o que Enzo no quiera. Pero siempre quiere y tiene ganas, si ya lo conoce. Cuando se separaron del beso, Enzo puso cara de malo y le dijo que todo mal con él, que iba a pensar cómo se la iba a cobrar. Julián revoleó los ojos y le dijo, aguantando toda la verguenza posible y tratando de sonar despreocupado, que se calle la boca y que vaya para la pieza así “te chupo la pija como a vos te gusta”. Enzo, con cara de santurrón, lo agarró de la cara con una mano y le dijo que lo quería así, “bien sucio, mi wacho lindo”.
Las cosas eran así, entonces. No siempre perfectos, a veces algo brutos y toscos, pero siempre buscándose.
Hoy estaban sentados almorzando con todo el equipo. Julián comía de su plato servido por Enzo —le puso más papas de lo normal porque sabe que la nutricionista le dio la orden de más carbohidratos días antes de un partido importante— y, bajo la mesa, éste pone su pierna pegada a la suya para siempre tocarse. A Julián le daría más ternura sino fuera porque habla a los gritos con la boca llena de comida.
Mientras charlan entre todos, arranca la ronda habitual de chistes sobre el celibato previo al partido. Julián mira su plato sin participar, sabe que si lo piensa mucho se pone colorado. Enzo jode sin pudor, habla de su instinto animal y sobre lo maniceros que son los demás. Bromea con Rodri y se tiran servilletas, una cae sobre el plato de Julián y éste no llega a sacarla antes que Enzo la agarre, la moje en su vaso y la estrole en la cara de Rodrigo.
— Dejalo comer al Juli, no ves que ni bola te da, gil.
Rodrigo responde con burla e imita con tono chillón a Enzo.
— Ay, dejalo comer al Juli, ay ay ay. Pollera. Juli tendría que agradecer la concentración, así te saca de encima un poco y se ahorra el disgusto. Dejalo descansar una vez al culiado.
Enzo estaba por responder, pero Julián sintió que siempre lo dejaba solo en la defensa de las jodas. Todo era con cariño entre sus compañeros, pero a veces Enzo se calentaba pensando que habían incomodado a su novio. Pensó en el reclamo de aquella vez, y cómo le costaba manifestar su deseo y sentirse expuesto. Pensó que a Enzo quizás sí le dolía el resguardo de Julián, y que siempre era él el que saltaba por los dos. Sintió que se la debía, y que por una vez podía ser él el valiente aunque no tuviera el berretín de Enzo ni su rapidez. Juntó coraje y elevando un poco la voz, respondió con la altura que pensaba acorde a la conversación.
— Nosotros cogemos antes de todos los partidos y rendimos igual de bien. Si a vos no te da la nafta para garchar y jugar no sé, amigo. No sabría qué decirte. Yo garcho bien y juego bien.
Hubo un silencio de dos segundos antes de que todos estallaran en risas y gritos. Lo empezaron a cargar a Rodrigo, que reía, lo puteaba y lo felicitaba en igual medida. Algunos de sus compañeros lo palmearon o le alborotaron el pelo. Enzo, a su lado, no dejaba de mirarlo con asombro, sonriendo muy chiquito. Le tomó la mano por debajo de la mesa y la apoyó sobre su pierna. No dijo nada más y el resto del almuerzo se mantuvo silencioso. No le soltó la mano en ningún momento, ni cuando terminaron de comer, ni cuando se levantaron, ni caminando hacia las habitaciones con el resto de sus compañeros. En cuanto cruzaron la puerta de la habitación, Enzo lo rodeó por la cintura metiendo sus manos bajo su ropa y lo trajo hacia él para comérselo. El beso fue profundo y le metió toda la lengua en la boca. A Enzo le encantaba besar dominando, siendo bruto y sucio. A Julián le calentaba que sea tan desacatado.
— Miralo eh, miralo a mi wacho así tan boca floja. ¿Cómo es eso que le andas diciendo a todos que te rompo el orto antes de cada partido?
— Callate, boludo. Qué querías que dijera.
Enzo le apretó el orto y se mordió los labios. Lo miraba con hambre, con orgullo. Julián se sintió cálido por dentro.
— Me encanta que se los digas, que tengan bien claro que sos una bestia y que sos mío.
— No te lo esperabas, ¿no? te quería sorprender. Además, a mí también me gusta que sepan que te quiero.
Enzo se quedó callado de nuevo. Lo miró unos segundos y le empezó a besar el rostro. Primero los cachetes, la comisura de la boca, la nariz, las orejas, el cuello. Le besó la boca, despacio y suave. Lo llevó hasta la cama y se acostó arriba suyo. Le besaba entero mientras que le agarraba la pija. No lo dejaba de tocar, y tampoco dejaba de hablar “me encantás”, “mirá cómo me la ponés”, “hablame así toda la vida”, “tocame, tocame entero”, “estás re fuerte, gordo”, “te la voy a comer entera”.
Enzo era invasivo garchando, era ruidoso, desinhibido y guarro. Le gustaba decir qué querían que le hagan y qué le iba a hacer al otro, gemía, mugía, respiraba fuerte, puteaba, decía cosas amorosas y violentas. A veces, podía decirle, “así, mi amor. Así, Juli, dale precioso haceme tuyo” y al segundo decirle “te la vas a comer toda y te la voy a dar yo, wachin. Abrime las patas que te re cojo”. Enzo era así, imposible y volátil. Pasional y hermoso. A Julián le costaba un poco más, pero era inevitable no ser verborrágico si lo tenía a Enzo metiéndosela hasta el fondo o cacheteándolo con la pija en la cara. Aprendió a decir lo que le gustaba a Enzo, y sobretodo a decir lo que quería él.
— Enzo.
Enzo paró de chuparle los pezones y lo miró atento, esperando la orden de su deseo. Julián se relamió los labios.
— Reventame el orto mirándome a la cara, no frenes aunque te lo pida, pajeame mientras me la metes y no pares de hablar en ningún momento.
En cuanto lo dijo sintió la cara hirviendo pero la pija al palo. Enzo se incorporó hasta que quedaron sus rostros enfrentados. Le mordió el labio como un perro y le dijo que le encantaba cuando se ponía así “decime lo que queres que te haga y yo no te paro de decir cómo te voy a romper el orto”.
Enzo cumplió palabra por palabra. Lo bombeó rápido y rítmico, le escupió directo en la pija para pajearlo y le cacheteó el rostro luego de comerse la boca. A Enzo le calentaba que los besos sean con mucha lengua, así que Julián metió entera la suya en la boca de su novio, que gimió y le tiró del pelo. Fue bestial, lleno de saliva, gemidos, respiraciones roncas, lamidas, mordiscos, semen y muchas, pero muchas palabras.
Cuando terminaron, Enzo se tiró sobre el cuerpo de su novio y escondió su cara en su cuello, oliéndolo y dejándole besos chiquitos, mudos. Se quedaron un rato abrazados y en silencio. No duró mucho hasta que Enzo interrumpió la calma.
— Me encanta que siempre tengas olor a vos.
Julián se ríe y Enzo pregunta que qué tiene lo que acaba de decir.
— Nada, que sos como un animal.
— Así somos los de San Martín. En los boliches me decían el lobo.
— Te rebotaban en todos los boliches por ciruja y negro.
Enzo lo ataca con cosquillas y Julián se defiende haciendo lo mismo, pero están tan pegoteados que necesitan pegarse una ducha.
— Andá vos primero, gordo.
— ¿Seguro? Me da igual.
— Si, Ju, andá. Después de la primera ducha no sale el agua tan caliente como la usas vos, te va a dar frío si vas después que yo. Además aprovecho y pido agua caliente para tu té.
Julián lo mira porque le da mucha ternura que le diga Ju, aunque nunca se lo dijo —sospecha que lo sabe— lo ve a Enzo tendido, desnudo, transpirado y mordido, tiene el pelo un poco revuelto y los ojos brillosos. Ve que la pulsera roja que comparten está un poco gastada y el tatuaje de la marca de beso en su pelvis brillando de saliva. Es hermoso, está desquiciado y muerto de amor por él.
Recuerda lo mucho que se esforzaba hace unos años para que no se le note el enamoramiento, todo el tiempo calculando los gestos, las palabras y las miradas, fantaseando con besarlo en cualquier lugar y diciéndole todo lo que sentía. Piensa, entonces, que ahora sí puede, y que como un boludo se priva de ser tan afectuoso como Enzo merece y desaprovecha de, por ejemplo, ver la cara de su novio derretida de amor cuando le dice…
— Enzo, te amo, ¿sabes? amo que estés conmigo y amo que hagamos todo esto juntos.
Enzo queda ensimismado y asiente sonriendo con esos dientes blanquísimos.
— Yo también te amo, Ju. Andá que preparo el té y cambio las sábanas que están todas wasqueadas.
Bueno, Enzo así. Ordinario, mimoso, desmedido y atento. Antes, Julián no hubiese usado la palabra novio para describirlo, pero ahora sí. Enzo es atento, fiel, ocurrente y novio, muy, muy novio. Novio, novio.
