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Language:
Español
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Published:
2026-07-21
Words:
1,334
Chapters:
1/1
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26
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58
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378

amor (con amor se paga)

Summary:

El santafesino no tardó mucho en encontrarlo, el cierre de la campera inflable subida hasta arriba, la nariz escondida en su cuello y los rulos despeinándose por el viento. Y las puteadas, claro.

—Perdimos, lo acepto, pero, ¿de verdad tenía que hacer este clima del culo? —se escuchaba la queja del cordobés a Marito—. ¿Tantas desgracias juntas nos iban a tocar?

La Selección argentina vuelve a su tierra. Pablo tiene frío, Lionel tiene dudas, la gente no tiene nada más que amor.

Notes:

inspirado en este tuit y bueno, en los últimos días que venimos viviendo los argentinos.

volvería mil veces a nacer acá. nos amo.

espero que les guste <3

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El frío de Buenos Aires era una caricia necesaria.

Después de tantos días de ese calor infernal, que se pegaba a la ropa y los hacía sentir como si estuvieran sentados en el bordecito de una olla a presión constantemente, esperando a estallar. Después de sol radiante y música tropical y olor a asado y año nuevo.

Después de todo eso, el manto gris que parecía haberse extendido sobre toda la República Argentina era casi un mimo. Fue lo primero que pensó Lionel al levantar, a pedido de las azafatas, la cortina de su ventanilla en el avión: gracias. Gracias por no brillar, le dijo al sol, gracias por no quemar. Gracias por dejarnos este momento a solas, este rincón de intimidad, al pueblo y a nosotros. 

Cuando se pasaron al micro descapotable agradeció, una vez más, el frío y la lluvia. Siempre le gustó más el frío que el calor —su teoría era que si tenías frío te podías abrigar, pero si tenías calor no podías arrancarte la piel— y había algo solemne y paciente en el ademán de esconder las manos en los bolsillos, en hundir la nariz hacia el pecho y calentarse en el polar de su campera. En que sus lágrimas se confundieran con la llovizna, en que el cielo acompañara con truenos la magnitud del momento que vivían.

Había prometido no llorar. Había una parte suya que pensaba que no se lo merecía — ¿Qué derecho tenía él, después de haber hecho llorar a un país entero? ¿Con qué cara miraría a la gente que depositó en él sus esperanzas, su confianza más preciada, más difícil de ganar que cualquier trofeo? Sus lágrimas pertenecían a la oscuridad de una habitación, al cerrojo echado, a la soledad a la que se condena a quien ha traicionado a su amor más querido. El pueblo no debía verlo llorar.

Aún así, un río de lágrimas brotaba de sus ojos, hinchados y cansados de tanta tensión acumulada. Sin embargo, la emoción que inundaba su pecho no era vergüenza, ni culpa, ni arrepentimiento; era una mucho más curiosa, algo deforme y nuevo que se parecía más al orgullo, al agradecimiento, al amor. Los rostros de los hinchas que pasaban y se confundían entre los miles que eran le devolvían una mirada de devoción y entrega total, entre cánticos, banderas y sonrisas que no necesitaban un sol alto en el cielo para brillar con fuerza. 

Olé olé olé, olé olé olé olá, cada día te quiero más cantaban juntos. Lionel se sentía fundido con la gente, su gente, aquellos cuya mirada más temía, cuyo castigo creía que merecía. Había vuelto a su país preparado a ser estaqueado, ninguneado, obligado a dimitir; ahora, cantando y alentando con sus compañeros, con sus jugadores y con sus hinchas, lo único en que podía pensar era cuántas alegrías más quería darles. 

En un momento se acercaron el Ratón y Walter. A ambos lados de Lionel alentaron con la gente, rieron y tomaron fotos. No había vasos circulando —aunque Lionel hubiera matado por un vino— pero el clima de festejo se sentía igual. No necesitaban más que los afectos. Cantando y abrazándose con sus amigos, se dio cuenta de que faltaba Pablo.

Obviamente Pablo había subido con ellos al micro; si había algo que no podían quitarle al cordobés era la voluntad férrea de dar la cara por sus acciones. Lionel supo desde el primer momento, desde aquella caminata salida de un cuento en las playas de Valencia, que si agarraban el mando eso significaba que agarraban el mando. Que se mostraban en las victorias y que se mostraban en las derrotas, codo a codo, hombro a hombro. 

Pero, así como Lionel era simpatizante del invierno, su opuesto complementario claramente lo detestaba. El santafesino no tardó mucho en encontrarlo, el cierre de la campera inflable subida hasta arriba, la nariz escondida en su cuello y los rulos despeinándose por el viento. Y las puteadas, claro.

—Perdimos, lo acepto, pero, ¿de verdad tenía que hacer este clima del culo? —se escuchaba la queja del cordobés a Marito—. ¿Tantas desgracias juntas nos iban a tocar?

Lionel se acercó sigiloso, como siempre que se movía hacia él. Pablo era como un gato, había aprendido el DT hace un tiempo: no se bancaba movimientos bruscos ni los pasos certeros de alguien buscándolo con intención. Había que deslizarse como quien no quiere la cosa, como si fuera casualidad encontrarse con él.

(Como si las casualidades existieran. Como si, de alguna forma, hubiese sido casualidad que ambos se encontraran).

—Aimar —lo llamó una vez que estuvo cerca, cuestión de ser oído—. Dejalo tranquilo a Marito, querés, que está disfrutando de la gente. 

Y es que el enano era así: se quedaba refunfuñándole a cualquiera que estuviera cerca, ensimismado en su fastidio. Una de las cosas favoritas de Lionel era patearle el tablero cuando se ponía berrinchudo.

—Venite —le dijo, sonriendo cuando Marito aprovechó para escapar—. Es un rato nomás, aprovechá de ver a la gente. Te va a subir el ánimo.

Pablo lo miró de costado. —Mi ánimo está bien subido, gracias. 

Ah, ese cuento Lionel lo conocía. 

—Dale, venite con nosotros. Vamos a hacerle bullying a Walter que anda diciendo que se quiere retirar.

Pablo alzó las cejas. —Vos también andás diciendo eso, Gringo. 

Lionel hizo una mueca. Él era muy emocional, todos lo sabían, pero también amaba la selección. Eso también lo sabían.

Lionel se encogió de hombros. —Dale, hacete amigo y no me hagas renegar, querés.

La respuesta de Pablo fue un murmullo perdido entre los gritos de la gente y los integrantes del micro.

—¿Qué? No te entendí nada —dijo Lionel, agachándose para escuchar mejor.

—Que tengo frío —respondió Pablo con voz queda— y se me mojó toda la campera.

Lionel sonrió. Debió haber sabido que eso era lo que lo tenía tan quieto. Sin decir nada, se sacó el camperón impermeable que se había traído y le quitó a Pablo su campera antes de que pudiera negarse. Primero una manga, después la otra. Pablo, con las mejillas enrojecidas por el frío, lo dejó hacer, siguiendo sus movimientos con la mirada. 

Su campera empapada quedó a un lado, y Lionel le terminó de subir el cierre con cuidado. Le pasó las manos por los hombros, como quitando pelusas inexistentes, y una de sus manos subió hasta la cabeza de Pablo, alisando sus rulos con dulzura. Pablo le agradeció con una tácita sonrisa, esas que guardaba solo para Lionel. Sus ojos se encontraron y, en el medio del festejo, solo quedaron ellos dos. 

—Mirá lo que es la gente, Lio —dijo Pablo, y se sintió como un susurro—. Mirá cuánto te quieren. 

Lionel miró a su alrededor. A los jóvenes, corriendo a la par del micro; a los niños, sentados en los hombros de sus padres; a los ancianos, agitando sus banderas y entonando las mismas canciones que el resto. A un pueblo apasionado, que siente todo a flor de piel, que se deja la vida por lo que realmente quiere. Que ama y odia por partes iguales, pero que cuando ama, se siente como la gloria más grande del mundo.

Sintió a Pablo acercarse, pararse a su lado, cruzar su brazo por su cintura. Acentuar con su calor lo que Lionel sentía quemando en su corazón.

—Cómo te vas a ir —le dijo, mirando a la gente igual que él—. Cómo los vas a dejar. 

Soy argentino, es un sentimiento, no puedo parar.

Se acercaron a la baranda del micro. Abrazados, alentaron junto con la hinchada, tanto que, por momentos se olvidaban de todo lo que había pasado, todo lo que se había dicho, lo que se había hecho y no hecho. Por primera vez en cincuenta días, Lionel sintió que no eran ellos contra el mundo. Por primera vez en cincuenta días, riendo y agitando los brazos al ritmo de la gente, sintió que el mundo estaba de su lado: que ya no era un extranjero. 

Que estaba justo donde debía estar.

Notes:

gracias por leer!
estoy en twitter como cowboylikemessi.