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El peor error en los mil veintidós años de existencia de Brian Gutiérrez no fue confiar en un licántropo en los años ochenta, ni haber invertido en la bolsa justo antes del crac del 2008. No. Su peor error fue haber aceptado el traspaso millonario de la MLS a la Liga MX y haber tomado un vuelo directo desde el invierno congelante de Chicago hacia el aeropuerto de Guadalajara a las dos de la tarde de un maldito mes de mayo.
Cuando las puertas automáticas de la terminal se abrieron, la ráfaga de aire no fue una brisa, fue un bofetón de vapor y asfalto derretido que le erizó la piel. Incluso sintió como el suelo se movía del calor insoportable.
—Oh, my God... This is hell —susurró Brian, ajustándose las gafas de sol oscuras tratando de ocultarse detrás de ellas.
Brian sabía muy bien los peligros del sol, aunque dejemos algo claro, los vampiros reales no se prendían en llamas ni se hacían cenizas al tocar el sol. Eso era un mito ridículo de Hollywood. Sin embargo, lo que el sol sí les hacía era mil veces más molesto, una comezón insoportable, como si miles de hormigas rojas caminaran bajo la piel, seguida de una urticaria roja que tardaba días en quitarse. Para un atleta de alto rendimiento que venía a ser el fichaje bomba de las Chivas, entrenar bajo el sol de mediodía de Guadalajara iba a ser una tortura.
La inquisición se quedaba pendeja ante el sol de Guadalajara.
Iba vestido con jeans negros de marca, una playera de algodón premium y una sobrecamisa abierta. Pero el clima tapatío no sabía de modas, mucho menos de su condición. Sentía la piel del cuello empezando a picarle, esa molesta advertencia de que los rayos UV ya estaban haciendo de las suyas.
Sacó su teléfono, buscando el contacto del compañero de equipo que la directiva le había dicho que pasaría por él. Supuestamente, querían que un jugador del plantel lo recibiera para que hicieran química desde el día uno.
Contacto: Armando González (Chivas).
Brian suspiró, arrastrando su maleta de diseñador hacia la zona de pick-up, buscando sombra debajo del techo de la terminal. Se aplicó discretamente una capa extra de protector solar dermatológico FPS 100 en los brazos.
—¿Brian? ¿Brian Gutiérrez? —una voz clara, un tanto cantadita y ridículamente alegre, rompió el ruido del tráfico.
Brian bajó la mirada por encima de sus lentes. Apoyado contra el cofre de un auto deportivo, vistiendo la playera polo oficial de entrenamiento de las Chivas, shorts y tenis, estaba un chico de su misma edad. Tenía el cabello castaño, una sonrisa enorme y una vibra completamente relajada. Se veía insultantemente fresco.
Era Armando González, el delantero canterano del que tanto le habían hablado. Y Brian, cuyo corazón no latía, sintió un extraño vuelco en el pecho que prefirió atribuir al heatstroke.
—Yeah, that’s me —dijo Brian, manteniendo su postura firme, cruzándose de brazos con esa actitud de estrella que traía desde la MLS—. ¿Tú eres Armando?
—¡Qué onda, crack! Bienvenido al equipo más grande de México —Armando se acercó a paso ágil y, antes de que Brian pudiera poner su distancia de "gringo soberbio", Armando ya lo estaba envolviendo en un abrazo cálido y efusivo—. Chale, estás helado, cabrón. ¿Seguro que no te dio el torzón con el aire del avión?
Brian se tensó, abriendo los ojos de par en par detrás de las gafas. El contacto humano siempre era demasiado... desagradable. Pero, Armando olía a césped recién cortado, a loción cítrica combinada con la lavanda de su detergente de ropa y, a algo puramente vivo. Una energía tan vibrante que a Brian le dio una sed muy específica. Se soltó del abrazo con elegancia, acomodándose la playera.
—I’m totally fine, thanks. Solo que... el clima aquí está de locos. It’s literally burning —dijo Brian, con su marcado acento estadounidense, mirando el auto—. ¿Este es el coche del club? Not bad.
Armando soltó una carcajada, tomándole la maleta a Brian antes de que este pudiera protestar y metiéndola en la cajuela.
—Nombre, mi buen, esto no es nada. Ahorita estamos tranquilos a 36°C, espérate a que nos toque entrenar a las doce en Verde Valle. Súbete ya, antes de que el sol te termine de apachurrar, porque traes una cara de que te urge sombra, güero.
Brian no se lo hizo decir dos veces. Se deslizó en el asiento del copiloto y casi suelta un suspiro de alivio cuando las ventilas del aire acondicionado le pegaron directo en la cara. Cerró los ojos, aliviando instantáneamente el sutil picor de su piel.
Armando subió al lado del conductor, le dio marcha al carro y miró a Brian de reojo con una chispa de diversión. El gringo traía cara de pocos amigos y una pose de divo que a Armando le daba más risa que otra cosa.
—A ver, mi buen. Primera regla de Guadalajara: el sol aquí no perdona. Vi que te estabas rascando los brazos en cuanto saliste. Traes la piel bien sensible, ¿verdad? Mucho skincare en la MLS o qué onda.
Brian abrió un ojo, mirándolo de reojo con superioridad fingida.
—Excuse me, se llama cuidar el cuerpo. Tengo una condición médica, ¿okay? El sol me da una alergia terrible. It itches like crazy. La directiva me prometió que entrenaría con manga larga térmica y que habría sombras en el training ground.
—Sí, ya nos avisaron que traías tus especificaciones de superestrella —bromeó Armando, metiendo velocidad para salir del aeropuerto—. Pero no te preocupes, carnal. En Chivas te vamos a cuidar. El utilero ya tiene listas tus playeras de manga larga. Y mira, te compré esto en el Oxxo porque me imaginé que ibas a llegar sufriendo por el heat.
Armando le extendió una botella, en la botella se leía “SUEROX” acompañada de la imagen promocional del coco.
—¿Qué es esto? What is it?
—Un suero de coco bien helado. Tómatele, no seas fresa. Te va a enfriar el cuerpo de volada.
Brian miró la botella y si, estaba helado, incluso vio pequeños hielos flotando en el electrolito, después miró a Armando. El canterano lo miraba con una autenticidad y una calidez que a Brian le costó trabajo repeler con su habitual soberbia. Los vampiros no necesitaban electrolitos, pero el hielo raspado dentro le estaba haciendo ojitos para bajar su temperatura interna y calmar la hipersensibilidad de su piel.
Le dio un trago enorme. El dulzor del coco y el frío congelaron su garganta, calmando el malestar de la urticaria casi al instante.
—Wow... —admitió Brian, bajando las gafas de sol para mirar a Armando directamente a los ojos, dejando escapar una sonrisa pequeña y genuina—. This is actually good.
—Te lo dije, mi buen. Confía en mí —Armando le guiñó un ojo, completamente relajado, y aceleró por la avenida—. Te voy a llevar a tu departamento para que dejes tus cosas de diseñador. Mañana te presento con los muchachos en Verde Valle temprano, antes de que el sol se ponga pesado. Vas a ver que te vas a aclimatar rápido a México.
Mientras el auto avanzaba hacia la ciudad y Armando se ponía a canturrear una canción de la radio, Brian se recostó en el asiento.
Guadalajara iba a ser un reto físico enorme con ese sol que picaba como los mil demonios, pero tenía a Armando y entonces Brian pensó que tal vez, solo tal vez, su estancia en las Chivas no iba a ser tan terrible.
