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Pink caminaba entre grupos de estudiantes que no conocía, sosteniendo una copa de ponche que no había tocado, pensando que el amor —o cualquier cosa parecida a eso— era siempre así de complicado, o que ella simplemente tenía una habilidad especial para hacerlo más difícil de lo necesario. Se preguntó, sin demasiada seriedad, qué detalle exacto se le habría escapado a Cupido para que ella siguiera ahí, sola, entre un mar de caras nuevas, sin ningún interés real en ninguna de ellas.
El salón de Auradon brillaba esa noche con motivo de la bienvenida a los nuevos estudiantes, las luces suspendidas en el aire proyectando un resplandor dorado sobre la pista de baile, la orquesta tocando algo suave que apenas lograba abrirse paso entre el murmullo de cientos de conversaciones cruzadas. Pink se había puesto su mejor vestido, había practicado su sonrisa frente al espejo esa tarde, y aun así se sentía, en medio de todo ese brillo, completamente fuera de lugar.
No esperaba encontrarse con nadie conocido esa noche. Menos con él.
Del otro lado del campus, Max había pasado la última semana dando vueltas en la cama cada noche, sin lograr conciliar el sueño, la cabeza demasiado llena de pensamientos como para permitirle descansar. Una noche, sin buscarlo, alguna canción romántica y cursi había sonado en la radio de su habitación, de esas que parecen escritas específicamente para meter el dedo en cualquier herida que uno prefiera ignorar, y desde entonces no había logrado sacarse de encima esa sensación incómoda de que le faltaba algo, aunque no supiera bien nombrar qué.
Había llegado tarde al baile a propósito, quedándose un rato más de lo necesario junto a la entrada, observando el salón desde la distancia con esa vieja costumbre de calcular cada situación antes de meterse de lleno en ella. No esperaba que esa distracción tuviera nombre y apellido.
La vio desde el otro lado del salón, casi por accidente, un destello de algo rosa entre tanto azul y dorado, y el reconocimiento le llegó antes incluso de que su mente terminara de procesar por qué esa cara le resultaba tan increíblemente familiar.
Pink.
No la había visto desde que eran niños, desde antes de que todo se complicara, desde las tardes interminables jugando bajo la mesa del té mientras los adultos hablaban de cosas que a ninguno de los dos le importaban entonces. Habían pasado años. Suficientes años como para que ninguno de los dos esperara volver a cruzarse así, sin ningún aviso, en medio de un salón lleno de desconocidos.
Pink lo vio también, casi al mismo tiempo, y por un instante el ruido del salón entero pareció apagarse, reducido a ese único punto fijo al otro lado de la pista: un chico con el pelo negro y violeta despeinado y un sombrero que le resultaba, de alguna forma imposible, tan familiar como si lo hubiera visto ayer. Fue como si sus propios pasos, sin que ella lo decidiera del todo, empezaran a moverse en su dirección, como si algo más grande que la simple casualidad estuviera reacomodando el salón entero a su alrededor.
—¿Max? —dijo, aunque él estaba demasiado lejos para escucharla, la pregunta saliéndole más como un suspiro de sorpresa que como una llamada real.
Él ya estaba caminando hacia ella, con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y algo mucho más cálido, y Pink sintió que el corazón le daba un vuelco extraño, un reconocimiento que le llegaba desde algún lugar mucho más profundo que la simple memoria. Se encontraron a mitad de camino, casi exactamente en el centro del salón, y por un momento ninguno de los dos dijo nada, demasiado ocupados en confirmar, con los ojos, que esto no era ningún truco de la imaginación.
—No puedo creerlo —dijo Max, deteniéndose frente a ella, con una sonrisa que se le escapaba a pesar de todos sus esfuerzos por parecer sereno—. Pink. De verdad eres tú.
—Max Hatter. —Pink sonrió, sintiendo que algo cálido y familiar se le instalaba en el pecho—. Han pasado... no sé cuántos años. Demasiados, creo.
—Demasiados —coincidió Max, todavía sin poder apartar la mirada, como si necesitara confirmar una y otra vez que no se trataba de una jugada extraña de su imaginación—. Pensé que jamás te iba a volver a ver. Y menos aquí, en Auradon.
—Yo pensé lo mismo. —Pink dejó la copa de ponche olvidada sobre una mesa cercana, sin ningún interés ya en sostenerla—. ¿Dónde has estado, Max? Todo este tiempo. Sé que suena raro preguntarlo así, de golpe, después de tantos años, pero es lo único que se me ocurre ahora mismo. Yo, ya sabes, seguí en Wonderland, con mi vida de siempre. Pero tú desapareciste, y nunca supe bien hacia dónde.
Max se quedó callado un segundo, la pregunta pesándole más de lo que hubiera esperado, aunque no había ningún reproche en la voz de Pink, solo curiosidad genuina.
—Estuve ocupado, aunque, para serte sincero, ahora no entiendo en qué. —Pink soltó una risita que hizo que a Max se le erizara la piel bajo el traje—. Estem... también estuve con mi papá en la isla de los perdidos. Hasta hace poco, cuando la Reina decidió perdonarlo y dejarlo volver a Wonderland. Todavía estoy procesando qué hacer con esa noticia, si te digo la verdad. Se siente como si el mundo entero se hubiera reacomodado de golpe, sin darme tiempo a prepararme para el cambio.
—Eso es maravilloso, Max. —Y lo dijo en serio, con una sinceridad que a Max le llegó directo al pecho—. Me alegra tanto escuchar eso.
Se quedaron ahí un momento, cada uno absorbiendo la presencia del otro, tratando de reconciliar al niño que recordaban con la persona que tenían enfrente ahora, hasta que Max, con un gesto que no había planeado del todo, le tendió la mano.
—¿Bailas conmigo? —preguntó—. Por los viejos tiempos. O por lo que sea esto, en realidad, no tengo ni idea de cómo llamarlo.
Pink no dudó ni un segundo. Tomó su mano, dejando que la guiara hacia el centro de la pista, donde otras parejas ya se mecían despacio bajo las luces doradas, y fue justo ahí, en el momento en que sus manos se entrelazaron por primera vez en años, que la orquesta cambió de pieza, deslizándose hacia algo más lento, como si también ella hubiera estado esperando ese instante exacto para empezar.
Max la tomó por la cintura con una mano, sosteniendo la otra entrelazada con la suya, y empezaron a moverse despacio, con una torpeza compartida al principio, ninguno de los dos particularmente hábil en el arte de la coreografía, riéndose de sus propios pasos equivocados hasta que encontraron, sin mucho esfuerzo, un ritmo simple que les permitía simplemente estar cerca sin preocuparse demasiado por la técnica. Él la giró despacio, con cuidado, dejando que la falda del vestido ondeara un instante antes de atraerla de vuelta hacia sí, un poco más cerca esta vez de lo que había estado al principio, sin que ninguno de los dos hiciera nada por corregir esa cercanía nueva.
—¿Sabes? —dijo Pink, con la cabeza ligeramente inclinada hacia él, sintiendo el calor de su mano en la cintura como algo que llevaba, sin saberlo, esperando desde hacía tiempo—. Llevo toda la noche pensando en lo complicado que es esto de conectar con la gente. Vine sin conocer a casi nadie, sintiéndome completamente fuera de lugar, y de pronto apareces tú, de la nada, como si el universo hubiera decidido hacerme un favor justo cuando más lo necesitaba.
—Yo tampoco esperaba esto —admitió Max, girándola de nuevo, esta vez más despacio, disfrutando del movimiento simple de tenerla cerca—. Llevo semanas sin poder dormir bien, dándole vueltas a la noticia de mi papá, sin saber qué hacer con tanto pensamiento acumulado. Y entonces decidí venir aquí, sin ninguna expectativa real, y apareces tú, justo cuando más falta me hacía algo, o alguien, que me sacara la cabeza de tanto darle vueltas a lo mismo.
—¿Crees que es el destino? —preguntó Pink, con una media sonrisa, apoyando la mano libre con más confianza sobre el hombro de Max, mientras él la hacía retroceder un paso y volver a acercarla, meciéndose los dos al mismo compás—. ¿O es solo una casualidad enorme que decidiéramos aparecer en el mismo lugar la misma noche, después de tantos años?
Max lo pensó un momento, sin dejar de moverse al ritmo lento de la música, la pregunta calándole más hondo de lo que hubiera esperado, mientras deslizaba la mano un poco más firme sobre su cintura, atrayéndola apenas más cerca, lo suficiente para que sus frentes casi se rozaran cuando ella levantó la vista hacia él.
—No sé si creo en el destino —dijo, al final, con honestidad—. Pero tampoco creo que esto se sienta como una simple casualidad. Se siente como algo intermedio. Como si el mundo, de alguna forma extraña, hubiera estado reacomodando las piezas todo este tiempo para que volviéramos a encontrarnos justo ahora, cuando los dos teníamos algo que necesitábamos soltar.
—Eso es sorprendentemente poético para alguien que se burlaba de mí por llorar viendo cuentos de hadas cuando éramos niños.
—Pues... he cambiado —dijo Max, con una sonrisa torcida, girándola de nuevo, esta vez con un giro más largo que terminó con la espalda de Pink apoyada apenas contra su pecho por un instante, antes de que él la hiciera girar de vuelta hacia sí, ambos riéndose del movimiento improvisado que ninguno de los dos había planeado con demasiada elegancia.
—Ten cuidado, Hatter, o vas a hacer que me maree antes de que termine la canción.
—Sobrevivirás. Siempre lo has hecho.
Siguieron bailando, la conversación fluyendo con una facilidad que ninguno de los dos hubiera anticipado después de tantos años de silencio, sus pasos ya encontrando un ritmo más seguro, más cómodo, la mano de Max firme en su cintura y la de Pink descansando con naturalidad sobre su hombro, como si sus cuerpos recordaran, incluso sin que sus mentes lo hicieran del todo, cómo moverse juntos. Hablaron de lo que habían hecho durante todo ese tiempo separados, de los recuerdos borrosos de la infancia que fueron reconstruyendo entre los dos con cada giro y cada paso, de lo raro y maravilloso que resultaba encontrar, en medio de un salón lleno de desconocidos, a la única persona que todavía recordaba las tardes bajo la mesa del té con la misma claridad que ella.
—Perdón por no haberte buscado antes —dijo Pink, en un momento de pausa, con una vulnerabilidad que no intentó esconder, mientras Max la hacía girar despacio una vez más, sus manos reencontrándose apenas terminado el giro—. Sé que suena raro decirlo así, después de tantos años, pero es lo único que se me ocurre ahora mismo. Debí intentarlo. Preguntar, buscar alguna forma de saber de ti.
—Yo tampoco lo intenté —admitió Max, atrayéndola de nuevo hacia sí, más cerca esta vez, el espacio entre los dos reduciéndose sin que ninguno lo comentara—. Supongo que ninguno de los dos supo cómo mantener algo que se sentía tan lejano, tan de otra vida. Pero no importa ahora. Ya estamos aquí.
—Ya estamos aquí —repitió Pink, con una sonrisa suave, dejando que la música los envolviera un momento más, sus pies moviéndose casi sin esfuerzo ya, acostumbrados al ritmo compartido, la cabeza de ella inclinándose despacio hasta apoyarse contra su hombro mientras seguían meciéndose bajo las luces doradas—. Eso tiene que contar para algo.
—Cuenta para mucho, la verdad.
La noche avanzó despacio a su alrededor, las horas deslizándose sin que ninguno de los dos les prestara demasiada atención, demasiado ocupados en recuperar el tiempo perdido entre risas, recuerdos compartidos, y esa cercanía extraña de dos personas que sienten que deberían ser desconocidos después de tanto tiempo separados, y sin embargo no lo son en absoluto. Bailaron canción tras canción, sin ninguna prisa por detenerse, ajenos por completo a las miradas de otros estudiantes que, al pasar cerca de ellos, se quedaban un segundo de más observando esa cercanía tan natural, ese aire casi mágico que parecía envolverlos, como si presenciar algo así les recordara, aunque fuera solo por un instante, que el amor —el de verdad, el que no se explica del todo— todavía era posible en un mundo tan complicado como el que todos habitaban.
—Sea lo que sea esto —dijo Pink, ya cerca del final de la noche, con la cabeza todavía apoyada ligeramente contra su hombro mientras se mecían al ritmo de una última canción lenta, la más lenta de toda la noche, casi como si la orquesta también quisiera prolongar ese momento—, destino, casualidad, o alguna combinación extraña de las dos cosas, me alegra muchísimo que haya pasado.
—A mí también —dijo Max, con una calidez genuina llenándole todo el pecho, deslizando la mano despacio por su espalda en un gesto casi involuntario, como si necesitara asegurarse de que ella seguía ahí, real, entre sus brazos—. Y esta vez, no pienso dejar que pasen otros mil años antes de volver a verte.
—Eso espero, Hatter. —Pink levantó la vista, sonriendo, sin ninguna prisa por separarse de él todavía—. Porque no pienso dejarte escapar tan fácil dos veces.
Afuera, la noche seguía extendiéndose sobre Auradon, la luna todavía alta a pesar de lo avanzado de la hora, como si también ella hubiera decidido quedarse un rato más solo para presenciar cómo dos personas que la vida había separado sin ninguna razón clara, esa noche, sin ningún plan de por medio, habían vuelto a encontrarse bajo las mismas luces doradas, dejando que el resto del mundo especulara si lo que estaba pasando entre ellos era, en el fondo, cuestión de destino, o simplemente la casualidad más bonita que ninguno de los dos hubiera podido imaginar.
