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Lo primero que Howard vio al abrir la puerta de su mansión fueron los ojos de su hijo llenos de una tristeza resignada, no la tristeza esperanzada de cuando lo encontraron en Afganistán. Esta era diferente, más profunda, como si estuviera en sus huesos. Tony parecía que, en lugar de haber ganado una lucha que no había querido, esta vez había perdido algo por lo que nunca por lo que creyó que tendría que luchar.
-Tony, hijo, ¿qué sucedió?- dijo Howard mientras abría más la puerta para que entrara e inmediatamente movió la mano que tenía libre para alcanzar a su hijo y consolarlo. Entonces se dio cuenta que faltaba alguien en esa visita. Tal vez su ausencia era la causa de malestar de su hijo, pero su pensamiento del por qué estaba muy alejado de la verdad. -¿Está bien Stephen?- y con esa última pregunta vio a su hijo tensarse y llenarse de lágrimas.
Tony vio la preocupación de su padre y, aunque no quisiera hablar del asunto de inmediato, no quería que pensara que algo peor que su accidente le había pasado a Stephen, y que por eso había llegado solo y desolado a su casa. Su antigua casa. Su nueva casa pronto.
-Se fue…a recuperar su manos- eso fue todo lo que respondió mientras su papá lo abrazaba para darle algún tipo de consuelo. Pero sintió que Howard se tensaba y lo apretaba un poco más después de escucharlo.
-¿Hizo qué?- Howard no podía creer lo que su hijo decía, porque cuando Stephen le había rogado por cortejar a Tony -su hijo, su corazón, su sol, la mitad de su vida- le había prometido nunca hacerle daño, hacerlo feliz cada día de su vida y mantener su sonrisa como la más reluciente de las perlas. En el altar había jurado quedarse en las buenas y en las malas. Y Howard había creído en él, porque había visto la verdad en sus palabras, la convicción inquebrantable de cumplirlas al precio que fuera necesario. Y ahora su hijo estaba en sus brazos llorando porque Stephen había decidido que recuperar sus manos era más importante que Tony. ¡COMO SI ALGO FUERA MÁS IMPORTANTE QUE SU HIJO! Lo iba a matar. No podía esconderse de él. Nadie podía.
-Está pasando por un mal momento, papá. Necesita descubrir quién es, de nuevo, pero ahora sin sus manos, sin su carrera, sin su prestigio, sin todo lo que alguna vez deseó y amó, sin todo por lo que lucho tan arduamente. No solo perdió su carrera, se perdió a sí mismo. Y aunque esperaba que yo pudiera ayudarlo creo que es mejor que esta vez busque solo, pero eso no lo hace más fácil, me siento abandonado, aunque sé la verdad -Tony no se movió de su abrazo. Sus palabras estaban amortiguadas por el pecho de Howard donde buscaba consuelo. Sintió su ropa mojarse por las lágrimas de su hijo y sintió su propio corazón romperse.
Howard también lo sabía. Era mejor un respiro entre ambos para que no se siguieran haciendo daño. Ambos perdieron a Stephen en ese choque. Pero, igual que su hijo, esperaba que Stephen encontrara el camino a casa y el sentido de su vida en Tony.
Todos sabían que, aunque no operara, no era el fin de su carrera. Todavía podía hacer grandes cosas por la medicina: investigaciones, asesorías, ayudar en diagnósticos, etcétera. No tenía que estar en una mesa de operaciones para salvar vidas. Su sueño no tenía que terminar. Su esfuerzo no tenía por qué ser en vano, todavía podía ser alguien reconocido -si eso es lo que quería-, alguien rico, ser todo lo que era, pero de forma un poco diferente.
El único problema es que Stephen siempre había deseado cosas que no podía tener. Le gustaba que fueran un reto, un imposible que estuviera al alcance de suficiente esfuerzo, y sus manos se habían convertido en uno más. Se negaba a perder ante la vida, ante la fatalidad de su diagnóstico. No, no podía, ni siquiera era una opción considerable.
Había trabajado sin descanso en encontrar una cura, algo que lo revirtiera, que le regresara lo que perdió: sus manos, su trabajo, su vida, su confianza…su identidad. Había gastado millones en operaciones, sin ningún resultado. Intentó e intentó e intentó y de nuevo y de nuevo y de nuevo, muchas, muchas, muchísimas veces. Y en algún punto lo supo: que no tenía solución, que esa era su nueva vida y el simple pensamiento de aquello resultaba tan doloroso que le era insoportable, así que lo negaba, y buscaba algo nuevo, lo que fuera. Se aferraba a la mínima esperanza para no hundirse en un dolor del que no se sabía capaz de salir, como un náufrago a una boya en medio del mar, un condenado a muerte a su última cena y un moribundo al pensamiento de una recompensa eterna. Así que cuando encontró ese lugar, ese destello de luz en medio de tinieblas lo persiguió incesantemente. Pero esta vez solo, porque ya había arrastrado suficiente a Tony con él.
Tony, lo había cuidado: lo había vestido, lo había bañado, le había dado de comer, había limpiado los destrozos de sus ataques de ira, había aguantado los reproches, lo llantos, las maldiciones, el derroche de recursos, los fracasos, y sobre todo los fracasos -y hubo muchos, cada uno trayendo consigo un dolor nuevo-. Siempre había estado ahí.
Stephen debía darse cuenta que no había perdido todo en ese accidente. De que ya no podría volver a lo de antes, que su vida había cambiado irreparablemente, pero todavía había cosas valiosas por las que continuar luchando. Y entonces, solo entonces, podría empezar a reconstruir su vida y a el mismo.
Y es por eso que Tony lo había dejado ir. Debía encontrar ese camino hacia sí mismo solo.
No le dolía menos, pero a veces no es suficiente el amor y el apoyo si ese alguien no busca cambiar, sino quiere mejorar, si en lugar de escoger un sendero diferente se empeña en escalar una montaña para llegar a un lugar que ya no le pertenece, que fue destruido con el tiempo. A veces se tiene que tocar fondo para encontrar el impulso suficiente para salir a la superficie.
Hay muchos caminos por los que puede llevarnos la vida a nosotros mismos. El de Tony fue Afganistán y el de Stephen es este: el accidente, la pérdida de algo que siempre creyó indiscutiblemente suyo, de lo que creía una verdad inamovible. Tony lo sabía mejor que nadie: no hay nada más doloroso que seguir el camino que conduce a sí mismo, y es por eso que Stephen debe a estar solo.
Stephen será capaz de seguir adelante. Tony lo sabe y Howard también. Confían profundamente en esa verdad. Pero primero Stephen debe rendirse, y para eso debe primero agotar todas las posibilidades. Debe dejar de luchar contra el mundo, contra de sí mismo y contra la verdad. Y solo cuando obtenga un poco calma en su tormenta emocional podrá ver con claridad su nueva vida y decidir qué hacer con su infortunio. Debe encontrar un camino, aunque ese camino primero lo aleje de su hogar, de Tony.
Regresará y mientras Howard se encargara de cuidar a su hijo.
