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Howard no podía creer lo que veía y escuchaba.
Un Alfa. Un estúpido Alfa estaba sentado en su casa diciendo la cosa más estúpida que había escuchado jamás (la había escuchado en otras ocasiones, pero seguía siendo un desvarío).
Strange. Stephen Strange, el amigo de su hijo, le pedía su aprobación para cortejar a su hijo. Maldito manipulador mentiroso.
Esto era una formalidad, porque su hijo estaba sentado a su lado, no como con el resto de Alfas que se habían presentado en su casa. Tony siempre los veía con indiferencia, casi con desagrado, sabiendo la respuesta que su padre les daría: un rotundo "no”.
Pero ahora era diferente, porque Tony parecía querer a este Alfa, y por eso estaba a su lado apoyándolo. Lástima que su respuesta sería la misma. Nadie merecía a su hijo, ni mucho menos un Alfa, aceptaría a un Beta o incluso a un Omega, los Alfas son seres del diablo, dominados por sus instintos.
-No- respondió Howard a la petición de cortejo, como muchas tantas veces antes.
María sonreía a su lado, parecía muy divertida con la situación, como si no quisieran arrebatarle su tesoro más preciado, su joya de la corona, su vida entera.
Pero Tony nunca antes había refutado, que los había visto con una mirada de satisfacción burlona, esta vez habló antes de que Howard pudiera levantarse y dar por terminada la conversación.
-Papá…por favor- y después de pronunciadas esas palabras se inclinó más acerca del alfa. Veía como sus dedos se movían, inquietos, impacientes, como si quisieran alargar la mano y sostener la del Alfa manipulador.
Stephen Strange, era amigo de su hijo, desde hacía meses, Howard no lo vio mal, Tony tenía a Rhodes y Banner como amigos, otros Alfa mínimamente confiables, así que pensó que uno más no debía suponer un problema, pero debía haber sido más atento.
Porque Tony empezó a mencionarlo con más frecuencia, y con una sonrisa demasiado extraña en su rostro, pero no le prestó atención, Tony siempre sonreía, siempre reía, siempre hablaba de sus amigos con el mismo entusiasmo que de sus proyectos, no había sido demasiado raro.
Debió darse cuenta. Strange era un Alfa astuto, no sabía si quería esas cualidades demasiado cerca de su hijo.
María puso una mano en su hombro para detenerlo y para darle apoyo hacia lo que se avecinaba. Cedería. Nunca pudo negarle nada a su hijo, ninguno de los dos, lo amaban demasiado, pequeños limites aquí y por allá para que no se descarriara, pero era todo.
No sabía qué responder a ese “por favor”. –Pensé que no querías a ningún alfa- respondió viendo directamente a su hijo, ya hablaría con ese estúpido alfa más tarde.
-Solo a este- dijo Tony con una muy pequeña sonrisa sincera y burlona. No podía esperar menos de su hijo.
-¿Por qué?- quería saber qué lo hacía especial, Tony se había negado incluso más que él a atarse a alguien, fuera quien fuera, sin importar la casta.
-Porqué me conoce de verdad y aun así quiere estar conmigo. No me limita, me entiende, me escucha y me valora como persona y no como Omega. Y yo también lo quiero.- Tony lo veía con ojos tristes, suplicantes.- Me preguntó primero a mí si quería que me cortejara. Me ofreció su amistad en caso de que dijera que no. Y cuando le dije que sí me prometió que se esforzaría hasta que aceptaras. Que te demostraría una y mil veces que aunque no me merezca luchará toda su vida por ser digno. Así que escúchalo antes de decir un "no" definitivo esta vez.- Tony habló con toda la determinación que siempre lo había acompañado a lo largo de su vida, estaba claro que no solo Strange estaba dispuesto a luchar por esta oportunidad.
Howard sabía que era una pelea perdida, pero, primero se aseguraría de saber si su hijo tenía razón, si ese Alfa merecía la pena, asegurarse de que podía arriesgarse a entregarle un trozo de su corazón y su vida, si siquiera lo merecía. Nadie era lo suficientemente bueno, pero podría ser aceptable.
Howard por fin dirigió su mirada a Strange. –Solo porque mi hijo me lo pidió te daré la oportunidad de hablar. Habla con honestidad, cada palabra que salga de tu boca no debe ser más que la más pura de las verdades, porque al mínimo indicio de mentiras te echaré de mi casa y no volverás a ver a mi hijo ni siquiera en una fotografía. Dime las intenciones que tienes con mi hijo- Howard levantó un dedo comenzando a enumerar.- 2. ¿Y porqué él y no cualquier otro Omega?. 3. ¿Y qué me asegura que mantendrás su corazón y sonrisas intactas?-
Vio por el rabillo del ojo a su hijo sonreír. Y también quería hacerlo, pero primero tendría que probar a ese Alfa.
Strange respondió a todas las preguntas con una sinceridad absoluta, no dudó, pero tampoco parecían respuestas predeterminadas ensayadas para ese momento. Hablaba con la mente y el corazón, sus respuestas eran inteligentes, pero cálidas, llenas de una devoción profunda hacia Tony.
María parecía feliz pues apretaba su brazo en aprobación y sonreía.
Él también lo estaba, Stephen hablo de Anthony como la persona maravillosa que era, de su inteligencia, su arrogancia, su terquedad, su alegría que iluminaba la vida de cualquiera que estuviera cerca para verla, su bondad, y todas esas cualidades que los padres ven en los hijos y desean que el resto del mundo también lo haga, y al parecer Stephen lo había hecho, lo veía y hablaba como quien conoce a una persona y aun así decide elegirla todos los días por el resto de su vida.
Entonces tuvo un raro presentimiento, una certeza, y supo que Stephen nunca le devolvería a su hijo a sus brazos destrozados de amor, no lo conocía lo suficiente para asegurarlo, pero lo veía en sus ojos, la voluntad de hacerlo feliz, en sus promesas de dar lo mejor de sí todos los días para ser digno de Tony, de querer ser él a quien Tony llamara hogar, de pertenecer a su familia. Lo veía en cada átomo de su ser, en la forma en que sostuvo la mano de Tony, como la presionaba y como lo miró en un momento determinado como si fuera su fuerza, la luz que iluminaba sus palabras para poder llegar a Howard y que les diera la oportunidad de ser felices, de pertenecerse para siempre.
Se amaban, probablemente no se lo habían dicho todavía, era demasiado pronto, pero Howard supo que llegarían ahí. Y después de las palabras de Stephen, los observó de nuevo, y los vio como si fuera la primera vez, como un amanecer, siempre igual pero con una luz cálida nueva todos los días, listos para descubrir un nuevo mundo. Y por primera vez no sintió miedo de entregar a su hijo a alguien más, se permitió confiar en los dos y dejar que su amor hablara por ellos.
