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Donde aún te reconozco

Summary:

Tras un accidente, Lu Guang pierde los recuerdos de los últimos años y deja de reconocer a Cheng Xiaoshi. Mientras regresan a Studio Time, ambos deberán reconstruir su relación a través de la convivencia, sus habilidades y los fragmentos de memoria que comienzan a regresar.

Chapter 1: Accidente

Chapter Text

Punto de vista de Cheng Xiaoshi

—Te dije que podíamos comprar algo cuando llegáramos al estudio.

Lu Guang ni siquiera volvió la cabeza. Caminaba medio paso por delante de mí, con las manos en los bolsillos y esa expresión serena que parecía inmune tanto al cansancio como a mis quejas.

—¿Y si me muero de hambre antes de llegar?

—Llevas diez minutos muriéndote entonces.

—Precisamente. Es una agonía lenta.

—No parece especialmente grave.

Hice una mueca que él no se molestó en mirar y hundí las manos en los bolsillos de la sudadera. A esa hora, la calle estaba llena de gente regresando del trabajo. Las bicicletas se abrían paso junto a la acera, algunas tiendas comenzaban a bajar las persianas y el olor de un puesto de comida cercano flotaba entre el humo de los vehículos. Giré la cabeza de inmediato, siguiendo con la vista una bandeja de brochetas recién sacadas del aceite.

—Mira eso. Hasta el universo está de mi lado.

—No.

—¿Cómo que no?

—Lo que está de tu lado es el aceite.

La risa se me escapó antes de que pudiera contenerla. Lu Guang siguió caminando como si no hubiera dicho nada, aunque, cuando aceleré para volver a ponerme a su altura, alcancé a distinguir una curva mínima en la comisura de sus labios.

—Algún día voy a descubrir que en realidad haces mejores bromas que yo.

—Ese día seguirá siendo mentira.

—Qué carácter…

No respondió. Tampoco necesitaba hacerlo. Después de tantos años, había aprendido a reconocer las pequeñas grietas en aquella apariencia imperturbable: la forma casi imperceptible en que relajaba los hombros cuando estábamos solos, el brillo fugaz que aparecía en sus ojos antes de una réplica, aquella sonrisa tan leve que cualquier otra persona habría podido confundirla con un cambio de luz. A mí me bastaba. Siempre me había bastado.

Seguí caminando junto a él y, durante algunos segundos, me permití disfrutar del ruido de la ciudad, del calor que escapaba de los restaurantes y del roce ocasional de nuestros hombros cuando la acera se estrechaba. Había días en los que todavía me costaba creer que aquello fuera real: regresar juntos al estudio, discutir por la cena, avanzar entre desconocidos sin tener que vigilar cada reflejo en los escaparates. Durante demasiado tiempo, cualquier momento tranquilo había sido solo el intervalo entre dos desgracias. Incluso ahora, cuando se suponía que todo había terminado, algunas noches despertaba con el corazón golpeándome las costillas y la certeza de que algo iba mal. Antes de abrir bien los ojos buscaba la silueta de la litera superior; después esperaba, inmóvil, hasta escuchar la respiración de Lu Guang. Solo entonces conseguía convencer a mi cuerpo de que podía volver a dormir.

—¿Qué pasa?

Levanté la cabeza. Lu Guang se había detenido unos pasos más adelante y me observaba con una ligera arruga entre las cejas.

—¿Eh?

—Dejaste de caminar.

Bajé la vista. Tenía razón. Me había quedado parado en mitad de la acera sin darme cuenta, con una pareja rodeándome mientras murmuraba algo molesta.

—Nada. Estaba pensando.

Lu Guang me sostuvo la mirada un instante.

—Eso es raro.

—¡Oye!

La sonrisa que apareció esta vez fue un poco más evidente. Apenas duró un segundo antes de que volviera a darse la vuelta.

—Vamos.

Lo alcancé enseguida.

—Cuando lleguemos prepararé la cena.

—¿Otra vez ese guiso con demasiado ajo?

—Eso pasó una sola vez.

—Tres.

—Está bien, varias veces. Pero estaba bueno.

—Nadie ha dicho lo contrario.

—Entonces deja de hablar como si comerlo hubiera sido un sacrificio.

Estaba buscando una respuesta lo bastante ingeniosa como para borrar aquella expresión satisfecha de su rostro cuando un chirrido atravesó el ruido de la avenida. Fue un sonido metálico, prolongado y violento, tan distinto del murmullo habitual del tráfico que toda la calle pareció volverse hacia él al mismo tiempo.

Un automóvil había frenado bruscamente en mitad de la calzada. El vehículo que venía detrás giró para evitarlo, pero lo hizo demasiado tarde y con demasiada fuerza. Las ruedas se deslizaron sobre el asfalto. El coche quedó atravesado, avanzando de lado mientras el conductor luchaba inútilmente con el volante.

Durante una fracción de segundo nadie se movió. Vi el rostro del conductor detrás del parabrisas, los ojos abiertos, la boca deformada por un grito que no podía escuchar. Vi a las personas junto al paso peatonal retroceder. Vi cómo la parte delantera del coche saltaba el bordillo.

Y comprendí que venía hacia nosotros.

—¡Lu Guang!

No hubo tiempo para pensar. Giré hacia él y lancé ambas manos contra su hombro. En el mismo instante, algo me golpeó con fuerza en el pecho: Lu Guang también había intentado apartarme. Nuestros cuerpos salieron despedidos en direcciones opuestas. Escuché un impacto seco, el crujido de algo rompiéndose y después el golpe de mi propia espalda contra el pavimento.

El aire desapareció de mis pulmones. Durante unos segundos solo existieron el dolor ardiente del brazo izquierdo y una presión confusa en el pecho que me impedía respirar. Las voces a mi alrededor llegaban deformadas, como si alguien hubiera hundido la calle bajo el agua. Intenté incorporarme y el mundo se inclinó. La palma de mi mano resbaló sobre la grava, arrancándome un gemido, pero logré apoyarme sobre un codo.

—Lu…

El nombre no llegó a salir completo.

Parpadeé hasta que las formas dejaron de moverse. A pocos metros, junto al borde de la acera, Lu Guang yacía de lado. Uno de sus brazos había quedado extendido frente a él y el cabello blanco le cubría parte del rostro.

No se movía.

Mi cuerpo reaccionó antes de que mi cabeza pudiera aceptar la imagen. Me puse en pie de un tirón. Un dolor agudo subió desde el tobillo y casi me hizo caer de nuevo, pero lo ignoré. Crucé la distancia que nos separaba trastabillando entre las personas que empezaban a acercarse.

—¡Lu Guang!

Caí de rodillas a su lado. El impacto contra el suelo me hizo arder las piernas, aunque apenas lo sentí. Una herida en su frente comenzaba a teñirle de rojo el cabello junto a la sien. Tenía los ojos cerrados y el rostro demasiado quieto.

—Lu Guang.

Le apoyé una mano en el hombro. No respondió. Deslicé los dedos hasta su cuello sin estar seguro de qué buscaba, porque el miedo me había dejado las manos torpes y la mente en blanco.

—Vamos. Abre los ojos.

Lo moví apenas, con cuidado de no hacerle daño. Nada.

—Lu Guang.

Mi voz sonó más baja aquella vez. Más parecida a una súplica que a una llamada.

Le sostuve el rostro entre las manos. Su piel estaba tibia. Me incliné hasta acercar el oído a su boca y durante un instante no escuché nada, solo el martilleo de mi propia sangre. Entonces un soplo leve rozó mi mejilla.

Respiraba.

El aire salió de mis pulmones en una exhalación temblorosa. Cerré los ojos un segundo, aferrándome a aquella certeza antes de que el miedo pudiera arrebatármela.

—Bien —murmuré, aunque no sabía a quién intentaba tranquilizar—. Estás respirando. Está bien.

No lo estaba. Lo sabía. Lu Guang seguía inconsciente y la sangre continuaba avanzando lentamente entre los mechones de su cabello, pero su pecho subía y bajaba, apenas unos milímetros, y convertí aquel movimiento en el centro de todo lo que existía.

Alrededor de nosotros se reunió más gente. Alguien dijo que ya había llamado a una ambulancia. Otra persona me preguntó si yo también estaba herido. Las palabras apenas llegaron a mí. Tenía una mano sobre el hombro de Lu Guang y la otra cerrada alrededor de sus dedos, como si sostenerlo pudiera impedir que se alejara.

—Oye —murmuré mientras le apartaba el cabello de la frente, procurando no rozar la herida—. Ya puedes dejar de asustarme.

Su mano permaneció inerte entre las mías.

La visión de aquella sala de interrogatorios apareció sin permiso. Una mesa fría. El rostro grave de un policía. Una frase pronunciada con demasiada cautela.

No lo logró.

Sentí que el pecho se me cerraba. Durante un segundo volví a ser aquella persona incapaz de ponerse en pie, convencida de que la estaban llevando a reconocer un cadáver. Bajé la cabeza y apreté los dedos de Lu Guang con más fuerza.

—No —susurré—. Esto no va a pasar otra vez.

Quise decirlo con firmeza. La voz, sin embargo, se quebró en la última palabra.

Las sirenas empezaron a escucharse a lo lejos. Me concentré en ese sonido y en la respiración de Lu Guang. Una. Después otra. Luego una tercera. Mientras siguiera respirando, todavía podía hacer algo. Mientras siguiera respirando, no era el final.

Cuando los paramédicos llegaron, tardé en darme cuenta de que intentaban apartarme.

—Señor, necesitamos espacio.

Negué con la cabeza y mantuve la mano cerrada alrededor de la de Lu Guang.

—Puedo sujetarlo.

—Necesitamos examinarlo.

—No lo estoy moviendo.

Uno de los paramédicos se agachó frente a mí. Tenía una voz serena, quizá demasiado acostumbrada a personas que se aferraban a alguien en mitad del pavimento.

—Lo sé. Pero para ayudarlo tiene que dejarnos trabajar.

Miré a Lu Guang. Su pecho volvió a elevarse bajo la tela de la sudadera. Conté la respiración entera, desde el inicio hasta que el aire salió de nuevo. Después abrí los dedos, uno a uno.

La mano de Lu Guang se deslizó fuera de la mía.

Tuve que apartarme antes de volver a tomarla.

Los paramédicos se movieron a su alrededor. Uno inmovilizó su cuello; otro abrió uno de sus párpados y examinó la pupila con una linterna. Escuché fragmentos de una conversación que no llegaba a comprender.

—Pulso estable.

—Traumatismo craneal.

—Preparad la camilla.

Me quedé a un lado, con las manos vacías y los dedos todavía curvados como si siguieran sujetándolo. Esperaba cualquier reacción: que frunciera el ceño por la luz, que intentara apartar a quien lo tocaba, que murmurara mi nombre con fastidio. No ocurrió nada.

Cuando aseguraron las correas de la camilla y comenzaron a empujarla hacia la ambulancia, reaccioné.

—Voy con él.

Uno de los paramédicos me miró de arriba abajo.

—Usted también necesita atención.

Solo entonces reparé en la manga desgarrada, en la sangre mezclada con polvo sobre mi antebrazo y en el temblor que me recorría las piernas. El tobillo palpitaba con cada latido.

—Estoy bien.

—Puede tener una lesión.

—Estoy bien.

No lo estaba, pero podía mantenerme de pie. Lu Guang no podía. Aquello era suficiente.

Subí a la ambulancia antes de que alguien volviera a discutirlo. Me senté junto a la camilla, procurando no interferir con los paramédicos, y busqué la mano de Lu Guang en cuanto tuve oportunidad. Estaba un poco más fría de lo habitual. La envolví entre las mías y bajé la mirada hacia sus dedos.

El trayecto estuvo lleno del traqueteo del vehículo, el sonido regular de los monitores y las indicaciones breves que los paramédicos intercambiaban. Yo seguí observando su rostro.

—Vas a estar bien —dije en voz baja.

No sabía si podía escucharme. Aun así, continué.

—Todavía me debes una cena. Y no pienso aceptar una de esas cosas insípidas que preparas cuando dices que no tienes tiempo.

Intenté sonreír. Los músculos de la cara no obedecieron.

Mi pulgar empezó a deslizarse sobre el dorso de su mano, repitiendo un gesto que ya no necesitaba pensar. Había ocurrido muchas veces desde que todo había terminado: después de una pesadilla, al regresar de una misión particularmente difícil, cuando alguno de los dos despertaba en mitad de la noche y fingía que solo había bajado por agua. Lu Guang nunca preguntaba más de lo necesario. Se limitaba a sentarse cerca, a esperar conmigo, a dejar que el silencio hiciera lo que las palabras no podían.

Aquella vez era yo quien esperaba que él regresara.

Al llegar al hospital, las puertas automáticas se abrieron y el mundo se convirtió en luces blancas, voces apresuradas y ruedas golpeando las uniones del suelo. Empujaron la camilla por un pasillo mientras una enfermera me sujetaba del brazo sano.

—Tenemos que revisar sus heridas.

—Después.

—Solo tardaremos unos minutos.

—Tengo que ir con él.

—No puede entrar mientras lo examinan.

Vi cómo Lu Guang desaparecía detrás de unas puertas dobles. El impulso de seguirlo fue tan fuerte que di un paso antes de que la enfermera volviera a detenerme.

—Estará atendido —dijo.

No respondí. Me dejé conducir hasta una camilla cercana porque ya no podía verlo y, sin él frente a mí, el dolor del tobillo y del brazo empezó a hacerse más nítido. Me limpiaron las abrasiones, comprobaron que no hubiera fracturas y vendaron mi muñeca. Durante todo el proceso mantuve la cabeza girada hacia el pasillo, como si hacerlo pudiera obligar a alguien a regresar con noticias.

Cuando me dejaron levantarme, recorrí urgencias preguntando por Lu Guang hasta que una enfermera me señaló una sala de espera. Las puertas frente a ella estaban cerradas. No había ninguna ventana por la que mirar ni nada que pudiera hacer.

Me senté.

El silencio fue peor que el accidente.

Mientras había sostenido su mano, podía contar sus respiraciones. Mientras los paramédicos trabajaban, podía observar cada uno de sus movimientos y convencerme de que todo estaba bajo control. Allí no tenía nada: ni información, ni tareas, ni siquiera la posibilidad de verlo. Solo una hilera de sillas de plástico, el zumbido de las luces y un reloj cuyo segundero parecía avanzar con una lentitud cruel.

No sé cuánto tiempo pasó antes de escuchar pasos apresurados. Qiao Ling apareció al final del pasillo, con el cabello desordenado y el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo. En cuanto me vio, aceleró.

—¿Cómo está?

Abrí la boca. No salió nada.

Qiao Ling se detuvo frente a mí y su expresión cambió al observar el vendaje de mi brazo.

—Cheng Xiaoshi. ¿Cómo está Lu Guang?

Bajé la mirada hacia mis manos.

—No lo sé.

Pronunciarlo hizo que todo lo que había estado conteniendo se desplazara dentro de mí. No estalló de golpe; fue peor. Empezó con una respiración que no conseguí completar y con un temblor en las manos que tuve que esconder entre las rodillas.

—Estaba hablando conmigo —dije—. Hace un momento estaba… estaba caminando a mi lado.

La voz se me apagó. Qiao Ling se sentó junto a mí sin interrumpirme.

—Lo empujé, pero él también intentó apartarme y después… —Apreté los párpados—. No se despertaba.

Ella apoyó una mano sobre mi espalda. No dijo que todo estaría bien. Los dos habíamos aprendido hacía tiempo que algunas promesas no debían hacerse antes de conocer la respuesta. Permaneció allí, firme, mientras yo intentaba volver a respirar con normalidad.

En algún momento una enfermera me ofreció un vaso de agua. Lo acepté por inercia y lo sostuve entre ambas manos sin beber. El hielo terminó derritiéndose. Qiao Ling miraba el reloj de vez en cuando y levantaba la cabeza cada vez que un médico cruzaba el pasillo. Yo imaginaba a Lu Guang al otro lado de las puertas: abriendo los ojos, quejándose del vendaje, preguntando cuánto tiempo había estado inconsciente. Me obligaba a construir esas escenas porque la alternativa era escuchar otra vez la voz del policía y sentir que regresaba a aquel día.

Esta vez era diferente. Los paramédicos habían dicho que su pulso estaba estable. Había respirado durante todo el trayecto. Diferente. Repetí esa palabra hasta que perdió el sentido.

Cuando un médico salió y pronunció el nombre de Lu Guang, me puse de pie tan deprisa que la silla cayó detrás de mí.

—¿Familiares?

—Sí —respondí antes de que Qiao Ling pudiera hacerlo.

El médico consultó la carpeta que sostenía.

—Ha recuperado la consciencia hace unos minutos.

Sentí que las piernas cedían. Apoyé una mano contra la pared y dejé salir el aire que llevaba demasiado tiempo reteniendo.

Despierto.

Lu Guang estaba despierto.

Me cubrí la boca con la mano. Una risa breve y temblorosa escapó entre mis dedos antes de que pudiera evitarla. Noté humedad en los ojos y parpadeé con fuerza, tratando de recomponerme antes de que el médico continuara.

—Las pruebas no muestran lesiones que requieran una intervención inmediata. Permanecerá en observación por el traumatismo craneal, pero, por el momento, su estado es estable.

Estable. Aquella palabra bastaba.

—¿Podemos verlo? —preguntó Qiao Ling.

—Unos minutos. Procuren no alterarlo.

Yo ya me había movido antes de que terminara la frase. Recorrí el pasillo siguiendo el número que nos habían indicado y me detuve ante una puerta entreabierta. Tuve que respirar una vez antes de empujarla.

La habitación era pequeña. La luz del final de la tarde entraba por la ventana y teñía una pared de naranja. El monitor cardíaco emitía un pitido constante, regular, casi tranquilizador.

Lu Guang estaba recostado sobre la cama, con un vendaje alrededor de la cabeza y una vía conectada al brazo. Miraba hacia la ventana. Parecía cansado, pero despierto; entero.

Al escuchar la puerta, giró despacio.

Nuestros ojos se encontraron.

La presión que había mantenido dentro del pecho desde el accidente cedió de golpe. Crucé la habitación en dos pasos y me detuve junto a la cama, demasiado cerca, sin saber si quería abrazarlo, sacudirlo o comprobar con mis propias manos que seguía allí.

—Idiota.

La palabra salió acompañada de una risa rota.

—Eres un completo idiota. ¿Sabes el susto que me diste?

Lu Guang no respondió. Sus ojos recorrieron mi rostro con atención y luego bajaron hacia el vendaje de mi brazo. Yo interpreté aquel silencio como cansancio.

—Pensé que…

La voz se me detuvo. No quería terminar la frase. No allí, cuando podía verlo respirar.

Apoyé una mano en el borde de la cama y bajé la cabeza. Mis dedos temblaban. Un instante después sentí un contacto ligero sobre ellos.

Levanté la vista.

Lu Guang había apoyado la mano sobre la mía, aunque su gesto no contenía la familiaridad que yo esperaba. Parecía un movimiento incierto, casi instintivo, como si hubiera visto mi expresión y hubiera decidido consolarme sin saber exactamente por qué. En sus ojos había preocupación, pero también una cautela que no reconocí.

—Tuviste un accidente —dije, apresurándome a llenar aquel silencio—. El coche subió a la acera. Te golpeaste la cabeza, pero ya pasó. Los médicos dicen que vas a estar bien.

Lu Guang miró alrededor de la habitación.

—¿Un accidente?

—Sí.

Frunció el ceño. Parecía buscar algo detrás de los párpados, intentando ordenar imágenes que no conseguían aparecer.

—Qiao Ling también está aquí —continué—. Se preocupó muchísimo cuando la llamé. Pasamos toda la noche…

—Perdona.

Su voz me interrumpió con una cortesía extraña.

La mano que había apoyado sobre la mía se retiró lentamente.

—No quiero ser grosero.

Esbozó una sonrisa pequeña y tensa, una que nunca le había visto. No era la leve curva que aparecía cuando conseguía provocarme. Era la expresión prudente de alguien que intentaba suavizar una pregunta incómoda.

—Pero ¿nos conocemos?

La sonrisa se me quedó inmóvil.

—¿Qué?

Lu Guang bajó la mirada. Parecía avergonzado por no poder ofrecerme la respuesta que yo esperaba.

—Tengo la impresión de que debería recordarte.

Se llevó dos dedos a la sien y cerró los ojos por un momento. Esperé. Me aferré a aquel gesto como si estuviera a punto de encontrarme dentro de su memoria.

Cuando volvió a mirarme, la distancia seguía allí.

—Pero no puedo.

El alivio que había sentido al entrar en la habitación se quebró con tanta suavidad que al principio no entendí lo que estaba ocurriendo. Era la confusión del golpe. El cansancio. Los medicamentos. Tenía que serlo.

—Lu Guang.

Me acerqué un poco más.

—Soy yo.

Esperé que mi voz bastara. Esperé que algo cambiara en su rostro, que aquella arruga entre sus cejas desapareciera y me respondiera con un «ya lo sé» impaciente. Esperé que mi nombre regresara a él con la misma naturalidad con la que yo había pronunciado el suyo en mitad de la calle.

Lu Guang me observó durante varios segundos. Después negó muy despacio.

—Lo siento.

No había crueldad ni frialdad en su voz. Solo una sinceridad cautelosa que no dejaba espacio para fingir que aquello era un malentendido.

—¿Quién eres?