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Predicción

Summary:

Seis años después de conocer a Kohaku, Senku encuentra una vieja servilleta olvidada entre las notas de un congreso. Lo que comienza como un viaje por antiguos recuerdos termina obligándolo a admitir que la primera hipótesis que formuló sobre ella... nunca fue realmente sobre ciencia.

Work Text:

Seis años podían parecer insignificantes cuando se medían en publicaciones, proyectos de investigación o expediciones científicas. Sin embargo, en una casa, seis años bastaban para transformar por completo el significado del silencio.

Senku lo comprendió apenas cruzó el umbral.

La puerta se cerró a su espalda con un chasquido seco mientras dejaba el maletín junto al perchero y se desabrochaba distraídamente el primer botón de la bata que aún llevaba sobre la ropa. Había sido una jornada larga en el laboratorio, una de esas en las que los cálculos parecían multiplicarse conforme avanzaba el día y en las que la única recompensa consistía en regresar a casa antes de que anocheciera por completo. Esperaba encontrar el aroma de la cena escapando desde la cocina, alguna conversación a medio volumen o, en el peor de los casos, el sonido de un documental marino que Kohaku dejaba reproduciéndose mientras revisaba informes. En cambio, no encontró absolutamente nada.

La quietud envolvía cada rincón de la casa con una perfección casi artificial. No había pasos sobre el piso de madera, ni puertas cerrándose, ni el inconfundible roce de páginas al pasar. Incluso el viejo reloj del recibidor parecía marcar los segundos con una solemnidad exagerada, como si fuese el único dispuesto a romper aquella calma.

Senku permaneció inmóvil durante unos instantes, escuchando… nada. Ni una sola voz, frunció ligeramente el ceño. La experiencia le había enseñado que el silencio absoluto rara vez era una buena noticia. En un laboratorio solía anunciar una reacción que estaba a punto de salirse de control. En una embarcación de investigación, significaba que la tripulación había visto algo inesperado bajo el agua. Y en esa casa...

Bueno… en esa casa casi siempre significaba que alguien estaba concentrando toda su energía en una idea que probablemente terminaría requiriendo reparaciones. Exhaló despacio por la nariz, más divertido que preocupado, mientras dejaba las llaves sobre el pequeño mueble de la entrada.

- Qué sospechoso... -murmuró para sí con una media sonrisa que apenas alcanzó a dibujarse en sus labios.

Esperó unos segundos, convencido de que bastaría con hacerse notar para escuchar una respuesta desde algún lugar de la casa. Kohaku solía saludarlo en cuanto oía abrirse la puerta, aunque estuviera ocupada preparando muestras o terminando algún informe de última hora.

Pero nadie respondió.

La sonrisa desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido. Recorrió el primer piso con la mirada. El living estaba impecablemente ordenado, demasiado quizá, considerando quiénes vivían allí. Sobre la mesa de centro descansaban un par de revistas científicas abiertas y una taza vacía que todavía conservaba un leve aroma a té, señal de que alguien había estado allí hacía poco. En la cocina tampoco había nadie. Una olla reposaba sobre la encimera junto a varias verduras recién lavadas, como si quien estuviera cocinando hubiera abandonado la tarea en mitad del proceso para atender algo más urgente.

Aquello no encajaba, Kohaku jamás dejaba una preparación a medias si no existía un motivo de peso.

Senku levantó la vista hacia el segundo piso. Desde allí tampoco llegaba el menor sonido.

Durante un instante consideró llamarla por su nombre, pero descartó la idea casi de inmediato. Si realmente estaba concentrada en algo, interrumpirla solo conseguiría que luego le recordara, con toda la razón del mundo, que él era incapaz de distinguir una emergencia real de un experimento doméstico.

Negó apenas con la cabeza-. Veamos qué variable se salió del modelo esta vez...

Con esa mezcla de resignación y curiosidad que tantos años de convivencia habían perfeccionado, tomó el maletín nuevamente y comenzó a subir las escaleras, convencido de que el silencio nunca era el verdadero problema. Lo preocupante era descubrir qué lo estaba provocando.

El despacho ocupaba una de las habitaciones del segundo piso. Con el paso de los años había dejado de pertenecer exclusivamente a Senku para convertirse, casi sin que ninguno de los dos lo planificara, en un espacio compartido. La mitad de los estantes seguía organizada con la precisión casi matemática que él imponía a todo cuanto consideraba importante, mientras que la otra mitad estaba colonizada por carpetas de trabajo de Kohaku, cuadernos de campo, mapas costeros y pequeñas cajas etiquetadas con una caligrafía sorprendentemente prolija para alguien que prefería pasar más tiempo en una embarcación que detrás de un escritorio.

El silencio seguía acompañándolo, no obstante, no era un silencio incómodo, sino extraño. Cada casa desarrollaba con el tiempo una identidad sonora propia. La de ellos solía estar llena de pequeños ruidos cotidianos: el roce de páginas cuando Kohaku leía artículos en el sofá, el golpeteo de un lápiz contra la mesa mientras intentaba ordenar una idea, el zumbido lejano de la cafetera o, simplemente, algún comentario dirigido a nadie en particular que terminaba convirtiéndose en una conversación porque el otro respondía desde cualquier habitación. Aquella tarde no había nada de eso.

Senku dejó el maletín sobre el escritorio y abrió el cajón donde estaba convencido de haber guardado un informe que Chrome le había pedido revisar. Recordaba haberlo archivado años atrás, cuando el proyecto dejó de requerir modificaciones constantes, así que la búsqueda no debería tomar más de un par de minutos… o al menos, esa era la teoría.

Después de apartar tres carpetas mal etiquetadas y un montón de documentos que evidentemente no correspondían a ese cajón, comprendió que su memoria había sobreestimado considerablemente su capacidad para mantener el orden.

Chasqueó la lengua con resignación-. Cero puntos de eficiencia. -murmuró mientras retiraba una carpeta con fotografías de una expedición que llevaba años sin revisar.

Continuó buscando con paciencia. Entre los documentos aparecieron antiguos borradores de artículos, informes con anotaciones en los márgenes, planos de prototipos descartados y un cuaderno cuya portada estaba atravesada por una nota adhesiva escrita con la letra de Kohaku.

No mover. Está ordenado.

Senku soltó una breve exhalación por la nariz-. Esa afirmación requiere evidencia experimental, leona. -La nota llevaba, probablemente, varios meses allí… o más, conociéndola, era perfectamente posible.

Terminó por sacar todo el contenido del cajón y colocarlo sobre el escritorio para revisar desde el principio. Fue entonces cuando advirtió una caja de cartón escondida al fondo del armario, parcialmente cubierta por archivadores más recientes.

La deslizó hacia él y limpió con la palma de la mano la fina capa de polvo acumulada sobre la tapa, una sola palabra aparecía escrita con plumón negro: Ponencias. Arqueó ligeramente una ceja porque hacía años que no pensaba en aquella caja.

Al levantar la tapa encontró un pequeño archivo de otra época. En el interior descansaban acreditaciones todavía colgadas de sus cintas, programas de congresos cuidadosamente doblados, libretas repletas de apuntes escritos con la rapidez propia de quien intenta seguir el ritmo de una exposición y un puñado de tarjetas de presentación de investigadores con los que, en la mayoría de los casos, nunca volvió a coincidir. Todo estaba exactamente donde lo había dejado años atrás, como si aquella caja hubiera permanecido ajena al paso del tiempo.

Fue revisando el contenido con calma. Cada objeto parecía conservar un fragmento distinto de su memoria: algunos apenas despertaban la imagen difusa de un auditorio o el recuerdo de una discusión académica que había perdido relevancia con los años. Otros, en cambio, le devolvían con sorprendente nitidez el instante preciso en que una hipótesis comenzó a tomar forma, una conversación cambió el rumbo de una investigación o un comentario aparentemente insignificante terminó convirtiéndose en el punto de partida de un proyecto entero.

Sin embargo, por mucho que sus manos siguieran pasando de un documento al siguiente, su atención permanecía dividida. Una parte de su mente continuaba intentando resolver el pequeño enigma que lo había recibido al llegar a casa. La evidencia era sencilla: alguien había estado allí hacía poco. La taza de té sobre la mesa y las verduras preparadas en la cocina lo confirmaban. Aun así, Kohaku no respondía. Consideró la posibilidad de que hubiera salido, pero la descartó casi de inmediato al recordar que las llaves seguían colgadas junto a la entrada. ¿Estaría descansando? Poco probable, ella era incapaz de tomar una siesta cuando sabía que tenía trabajo pendiente. ¿Tal vez una videoconferencia? Tampoco, si hubiese estado reunida con alguien, habría alcanzado a oír su voz desde el primer piso.

Chasqueó la lengua con una ligera muestra de frustración puesto que no tenía suficientes datos para sostener ninguna hipótesis.

Levantó la vista hacia la puerta entreabierta del despacho, esperando que, en cualquier momento, el sonido de unos pasos o la voz de Kohaku resolvieran por sí solos aquel problema. Lo único que recibió como respuesta fue el leve crujido de la madera acomodándose al descenso de la temperatura.

Resignado, volvió a concentrarse en la caja. Continuó apartando documentos con movimientos casi automáticos, más interesado en encontrar el informe que había subido a buscar que en seguir recorriendo recuerdos de hacía seis años. Un programa de conferencias dio paso a otra acreditación, después apareció un cuaderno con anotaciones al margen, seguido por un folleto institucional y varias hojas sueltas que apenas merecieron un vistazo.

Fue entonces cuando sus dedos rozaron un papel completamente distinto al resto.

No era una hoja de cuaderno ni un documento impreso. Era más pequeño, de un tono marfil envejecido y con los bordes ligeramente irregulares, como si hubiese sido arrancado con prisa: una servilleta.

La sostuvo entre los dedos durante un instante antes de desplegarla con cuidado. Una sonrisa apareció casi sin que fuera consciente de ello, no necesitó leer una sola palabra para reconocerla: las líneas de tinta morada seguían cruzándose sobre el papel con el mismo desorden aparente de hacía seis años. Flechas, pequeños esquemas y anotaciones escritas a toda velocidad ocupaban casi toda la superficie de la servilleta, componiendo un razonamiento que solo una persona habría sido capaz de construir de aquella manera.

Deslizó el pulgar con cuidado por uno de los dobleces. El papel había amarilleado con el paso del tiempo y estaba visiblemente más frágil, pero había sobrevivido a mudanzas, cambios de oficina y proyectos que parecían mucho más importantes cuando comenzaron. Ni siquiera recordaba haberla guardado, pero estaba claro que, en algún momento y sin proponérselo, simplemente había decidido conservarla.

Resultaba curioso. Durante años había pensado que lo único valioso que se había llevado de aquel congreso eran las ideas que surgieron esa tarde. Sin embargo, allí estaba la prueba de que, incluso antes de comprenderlo, había querido conservar algo mucho más sencillo. Bastó con volver a mirar el dibujo para que el recuerdo terminara de abrirse paso.

La cafetería del centro de convenciones estaba casi vacía después de la conferencia. Entre dos tazas que llevaban demasiado tiempo enfriándose sobre la mesa, Kohaku había interrumpido la explicación durante un momento para tomar una servilleta y empezar a dibujar. El bolígrafo se movía con una rapidez que apenas dejaba espacio entre una idea y la siguiente, primero apareció una flecha, después un par de círculos unidos por una línea y, poco a poco, el mismo esquema que ahora descansaba entre sus manos.

Para ella, en cambio, tenía todo el sentido del mundo. Mientras hablaba, sus manos apenas se detenían. Cada vez que una idea encontraba una nueva conexión, el bolígrafo volvía a moverse sobre la servilleta con la misma naturalidad con la que otros acompañaban una conversación con gestos. No parecía consciente de que estaba dibujando, simplemente pensaba de esa manera.

Y él... había dejado de escuchar durante unos segundos. No porque la explicación hubiera perdido interés. Todo lo contrario, su atención ya no estaba concentrada únicamente en las conclusiones del modelo, sino en la mente que las estaba construyendo. Había algo extraordinariamente elegante en la forma en que Kohaku enlazaba disciplinas distintas, encontraba relaciones donde otros solo veían datos aislados y convertía preguntas complejas en razonamientos de una claridad casi irritante.

Todavía podía recordar el momento exacto en que su propio cerebro decidió seguir un camino completamente ilógico.

"Qué capacidad para establecer relaciones entre disciplinas...". Después vino la pregunta, "¿Cómo se desarrolla una mente así?". Y, casi sin pedir permiso, la respuesta comenzó a construirse sola... "Si una capacidad como esta tuviera un componente hereditario...". La siguiente conclusión había llegado antes de que pudiera detenerla, "Nuestra descendencia tendría..." nunca terminó aquella frase.

Se obligó a interrumpir el razonamiento en el mismo instante en que comprendió el absurdo que acababa de cometer. Había imaginado descendencia con una mujer cuyo apellido acababa de descubrir esa misma mañana, mientras ella seguía hablando con absoluta naturalidad sobre modelos ecológicos sin sospechar el disparate que estaba ocurriendo al otro lado de la mesa.

En ese momento le había parecido, sin discusión posible, la hipótesis más ridícula que su cerebro había formulado en años… Senku dejó escapar una risa baja y negó apenas con la cabeza mientras volvía a observar el dibujo sobre la servilleta.

- Qué desastre de predicción... -Resultaba casi ofensivo admitirlo, pero el tiempo había terminado demostrando que aquella conclusión improvisada no estaba tan equivocada como él se había empeñado en creer.

Un golpe seco resonó en algún punto del segundo piso. No fue especialmente fuerte, apenas el sonido de algo ligero chocando contra el suelo, pero bastó para arrancarlo del recuerdo con la misma facilidad con que un dato inesperado obligaba a abandonar una hipótesis. Permaneció inmóvil durante un instante, todavía con la servilleta entre los dedos.

Entonces llegó otro sonido, una risa. Aguda, breve y desordenada, de esas que aún no conocían la diferencia entre una carcajada y un balbuceo. La expresión de Senku se suavizó casi sin que él mismo lo advirtiera. Guardó la servilleta con el mismo cuidado con que la había desplegado, volvió a colocarla dentro de la caja y cerró la tapa antes de salir del despacho.

La puerta de la habitación permanecía entreabierta, desde el interior volvió a escucharse aquella risa, seguida por la voz de Kohaku respondiendo con un murmullo cariñoso que no alcanzó a distinguir.

“Así que ahí estabas, leona...”, con una sonrisa apenas insinuada, se acercó en silencio hasta el marco de la puerta procurando no hacer ruido, más por curiosidad que por verdadera necesidad de pasar inadvertido.

La habitación estaba inundada por la luz tibia de la tarde. Sobre la alfombra, una manta acolchada ocupaba buena parte del suelo y, alrededor de ella, se repartían varios juguetes que alguien había considerado imprescindible durante los últimos meses: un sonajero abandonado de lado, un libro de tela abierto por la mitad y una pequeña colección de peluches marinos que crecía cada vez que Ryusui encontraba un nuevo pretexto para aparecer con regalos.

Kohaku estaba sentada sobre la manta, con las piernas cruzadas. Frente a ella, una pequeña figura permanecía boca abajo, apoyándose con esfuerzo sobre los antebrazos mientras levantaba la cabeza con toda la determinación que podían reunir cinco meses de vida. Delante tenía una ballena de felpa que intentaba alcanzar una y otra vez con una concentración absoluta.

- Muy bien -decía Kohaku con absoluta seriedad, como si estuviera impartiendo una conferencia-. Esta es una ballena jorobada, Megaptera novaeangliae.

El bebé respondió llevándose la aleta del peluche directamente a la boca. Kohaku asintió con solemnidad.

- Correcto. Esa no suele ser la metodología de identificación recomendada.

Senku tuvo que contener una risa.

Ella todavía no lo había visto, se acercó más a la bebé y con infinita paciencia, retiró la ballena de aquellas pequeñas manos y tomó otro peluche, esta vez un pulpo de color anaranjado.

- Este es un pulpo común. Octopus vulgaris. Tiene ocho brazos, no tentáculos. Es una diferencia importante. -El pulpo siguió exactamente el mismo destino que la ballena.

Kohaku observó la escena durante unos segundos antes de suspirar con fingida resignación-. Parece que hoy estamos priorizando el análisis organoléptico. -Fue entonces cuando levantó la vista.

Sus ojos encontraron a Senku apoyado en el marco de la puerta, observándolas con una sonrisa apenas insinuada.

- ¿Cuánto tiempo llevas ahí? -preguntó sin moverse de su sitio.

- El suficiente para confirmar que tus clases todavía necesitan algunos ajustes metodológicos.

Kohaku soltó una risa baja-. Tiene una actitud muy participativa.

Como si hubiera reconocido la voz de su padre, la pequeña giró torpemente la cabeza hacia la puerta. Tardó apenas un instante en encontrarlo antes de que una sonrisa inmensa iluminara todo su rostro y un balbuceo entusiasta llenara la habitación. Sus piernas comenzaron a agitarse sobre la manta con una energía completamente desproporcionada para un cuerpo tan pequeño, mientras los dedos seguían aferrados a una de las patas del pulpo de felpa.

Senku sintió que algo se acomodaba silenciosamente dentro de él. Hacía apenas unos minutos se estaba riendo de aquella predicción imposible que había formulado seis años atrás. Ahora la tenía delante ya no como una hipótesis absurda nacida de un razonamiento que se le había escapado de las manos, sino convertida en aquella escena doméstica que nunca habría sido capaz de imaginar mientras escuchaba una conferencia sobre restauración de ecosistemas marinos.

Empujó la puerta con suavidad y terminó de entrar en la habitación. No buscó una silla ni permaneció de pie, simplemente cruzó los pocos pasos que lo separaban de la manta y se dejó caer sobre ella junto a Kohaku. El movimiento era tan natural que ninguno de los dos tuvo que hacerse espacio, tan sólo se acomodó a su lado, como si aquel rincón del suelo les hubiera pertenecido desde siempre.

La pequeña emitió otro balbuceo, esta vez todavía más entusiasta, y abandonó por completo al pulpo para estirar ambos brazos hacia él.

Kohaku observó la escena con una sonrisa tranquila-. Creo que alguien acaba de cambiar de tema de investigación.

Senku dejó escapar una breve risa por la nariz mientras extendía un dedo hacia la bebé. Ella lo sujetó con sorprendente firmeza, satisfecha con aquel nuevo descubrimiento.

- La fuerza de prensión está dentro de lo esperado -comentó con absoluta seriedad.

- Claro -respondió Kohaku divertida-. Esa era exactamente la conclusión importante.

Él levantó apenas una ceja antes de volver la vista hacia ella-. ¿No lo es?

Kohaku negó con una risa baja y, casi sin pensarlo, apoyó la cabeza sobre su hombro.

- Pensé que te habías quedado trabajando en el despacho.

- Me distraje un poco.

- ¿Encontraste algo interesante?

Senku permaneció unos segundos en silencio, sin apartar la vista de la pequeña, que seguía aferrada a su dedo con una concentración absoluta, como si aquel fuera el descubrimiento más importante de la tarde. Ella respondió con un balbuceo alegre y volvió a agitar ambos brazos hacia él, impaciente por acortar la escasa distancia que todavía los separaba.

Una sonrisa casi imperceptible apareció en el rostro de Senku, con un movimiento lento, deslizó una mano bajo su pequeño cuerpo y la levantó de la manta con una seguridad que solo daba la costumbre. La acomodó contra su pecho con absoluta naturalidad, sosteniéndole la espalda mientras ella se acurrucaba de inmediato, como si aquel hubiera sido exactamente el lugar que estaba buscando desde el principio. Durante un instante no hizo nada más.

El científico bajó apenas la cabeza y hundió la nariz entre los suaves cabellos que comenzaban a crecer sobre su coronilla. El inconfundible aroma tibio de su piel arrancó una nueva exhalación de su pecho, una de esas que no respondían al cansancio, sino a una calma mucho más difícil de explicar.

Solo entonces levantó la vista hacia Kohaku-. Más de lo que esperaba.

Ella conocía demasiado bien esa respuesta para saber que, tarde o temprano, él terminaría contándole qué había encontrado entre aquellas cajas, de momento, no hacía falta. Se acercó un poco más hasta quedar apoyada contra su hombro y pasó un brazo alrededor de ambos con cuidado, procurando no incomodar a la pequeña, que seguía perfectamente instalada entre los brazos de Senku. Depositó un beso distraído sobre su mejilla antes de volver la atención hacia la bebé, que respondió con un balbuceo satisfecho sin dejar de juguetear con uno de los mechones verdosos de su padre.

- Bienvenido a casa.

Él volvió el rostro hacia ella. Había pasado unos minutos recordando una conferencia, una cafetería y una hipótesis tan absurda que todavía era capaz de avergonzarlo seis años después. En aquel entonces había hecho todo lo posible por interrumpir aquel razonamiento antes de que llegara demasiado lejos, convencido de que su cerebro acababa de producir el mayor disparate de su carrera.

Ahora, sentado sobre el suelo de su habitación, con Kohaku apoyada contra él y una pequeña exploradora empeñada en descubrir el mundo a través de una ballena de felpa, comprendió que la vida había encontrado una forma extraordinariamente elegante de demostrarle que estaba equivocado.

Buscó la mirada de Kohaku. Ella la sostuvo apenas un instante antes de comprender, como siempre, aquello que él no necesitaba decir. Se inclinó despacio hasta quedar a pocos centímetros de él y, con el mismo cuidado con el que ambos parecían hacer todo desde que la pequeña había llegado a sus vidas, unió sus labios a los suyos.

Senku no respondió de inmediato, permaneció allí apenas un instante más de lo habitual, con los ojos cerrados y la tibieza de aquella cercanía envolviéndolo con una calma que todavía le costaba poner en palabras. Cuando Kohaku hizo el amago de apartarse, él inclinó apenas el rostro para impedir que la distancia terminara de instalarse entre ellos. La besó una vez más, despacio, sin prisa, como si necesitara agradecerle algo para lo que no existía una fórmula ni una explicación suficientemente precisa.

Cuando finalmente se separaron, Kohaku permaneció unos segundos con la frente apoyada contra la suya, sonriendo de esa manera tranquila que siempre conseguía desarmar cualquier intento de Senku por racionalizarlo todo.

Un pequeño balbuceo los hizo volver la vista hacia la diminuta observadora que descansaba entre los brazos de Senku. Había conseguido atrapar uno de los mechones verdosos que caían sobre su frente y lo estudiaba con absoluta concentración, tirando de él con la solemnidad de quien acababa de descubrir un fenómeno completamente nuevo.

Senku hizo una leve mueca-. Eso explica bastantes cosas.

Kohaku soltó una carcajada-. Creo que acaba de confirmar que el cabello del padre es un excelente objeto de estudio.

La pequeña respondió con otro balbuceo satisfecho, completamente convencida de la validez de su metodología, Senku dejó escapar una exhalación por la nariz mientras acomodaba con cuidado el pequeño cuerpo contra su pecho.

Afuera, la tarde continuaba apagándose lentamente, mientras que dentro de la habitación no había más sonido que aquella risa infantil, la voz serena de Kohaku y la respiración acompasada de los tres.

Senku no volvió a pensar en la conferencia, tampoco en aquella hipótesis absurda que había formulado seis años atrás. Ya no hacía falta.

***

La noche había terminado por instalarse sobre la casa.

Después de la cena, los juguetes volvieron a su cesta, la cocina recuperó el orden habitual y la pequeña terminó rindiéndose al cansancio mucho antes de lo que cualquiera habría esperado. Kohaku la había llevado a la habitación con esa paciencia infinita que parecía reservar exclusivamente para ella. El suave murmullo con el que le hablaba mientras la alimentaba apenas alcanzaba a llegar hasta el living, donde Senku permanecía sentado revisando distraídamente un artículo que llevaba varios minutos sin leer realmente.

Cuando Kohaku regresó, cerró la puerta con cuidado para no despertarla.

Se dejó caer en el sofá junto a él con un suspiro satisfecho-. Se quedó dormida al instante.

Senku dejó el artículo sobre la mesa-. Lo imaginé.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. No era un silencio incómodo, después del tiempo conviviendo juntos, habían aprendido que no todas las conversaciones necesitaban empezar inmediatamente.

Fue Senku quien terminó rompiéndolo-. Encontré una cosa hoy.

Kohaku volvió apenas la cabeza para mirarlo-. ¿Qué encontraste?

Senku se inclinó hacia la mesa de centro y tomó una carpeta de cartón que había bajado consigo cuando regresó del despacho. Dentro, protegida entre dos hojas transparentes para evitar que el papel siguiera deteriorándose, descansaba la vieja servilleta.

La colocó sobre la mesa con el mismo cuidado con el que habría manipulado un documento histórico-. Creo que merece un lugar mejor que una caja.

Kohaku tardó apenas un instante en reconocerla. Sus ojos recorrieron las flechas, las anotaciones escritas con tinta morada y aquel esquema imposible que solo ella había conseguido entender seis años atrás.

Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro-. Pensé que la había perdido.

- Yo también.

Ella pasó la yema de los dedos por uno de los dobleces del papel-. No puedo creer que todavía exista.

Senku permaneció observando la servilleta unos segundos más. Después habló con la misma naturalidad con la que habría comentado el resultado de un experimento.

- Ese día pensé una estupidez.

Kohaku levantó la vista-. ¿Qué clase de estupidez?

Él exhaló lentamente por la nariz-. Empezó durante tu conferencia, antes de que habláramos. Al principio solo estaba intentando entender el modelo que estabas presentando, pero en algún momento dejé de fijarme en las conclusiones y empecé a observar cómo llegabas a ellas. Seguías enlazando disciplinas distintas con una facilidad ridículamente elegante y terminé preguntándome cómo funcionaba una mente capaz de establecer conexiones como las tuyas. -Kohaku permaneció en silencio, esperando que continuara-. Después vino la parte vergonzosa.

Kohaku arqueó apenas una ceja, claramente intrigada.

- Mi cerebro decidió seguir desarrollando la hipótesis por su cuenta.

Kohaku frunció apenas el ceño. Había curiosidad en su expresión, pero también esa paciencia tranquila con la que siempre esperaba que Senku terminara de ordenar una idea antes de interrumpirlo. Apoyó un codo sobre el respaldo del sofá y volvió ligeramente el cuerpo hacia él.

- ¿Qué hipótesis?

Él guardó silencio un instante, no porque estuviera buscando las palabras adecuadas, sino porque seguía considerando que aquello había sido uno de los razonamientos más improcedentes de toda su carrera científica.

- Pensé que, si esa capacidad para establecer relaciones entre disciplinas tenía algún componente hereditario... -Desvió la vista hacia la servilleta-. ...nuestra descendencia sería extraordinaria.

El silencio que siguió duró apenas un segundo, Kohaku parpadeó una vez, después otra. Su expresión pasó de la sorpresa a la absoluta incredulidad y, finalmente, una carcajada escapó de sus labios antes de que pudiera contenerla. Se llevó ambas manos a la boca por puro reflejo, lanzando una rápida mirada hacia el pasillo para comprobar que la pequeña seguía dormida.

- ¡¿Qué?!

Senku permaneció completamente impasible, aunque solo en apariencia. Un leve tono rojizo comenzaba a instalarse sobre el puente de su nariz-. Lo sé.

Ella volvió a reír, esta vez inclinándose hacia él hasta apoyar la frente contra su hombro mientras intentaba, sin demasiado éxito, recuperar el aire. Cada vez que conseguía serenarse, la imagen de aquel joven científico imaginando hijos con una desconocida durante una conferencia regresaba con más fuerza que antes.

- ¡Pero si ni siquiera me conocías!

- Ese era precisamente el problema.

Aquella respuesta solo consiguió que Kohaku volviera a doblarse de la risa-. ¡Senku!

- No fue una conclusión voluntaria.

- ¡Eso no lo hace mejor!

Él suspiró con resignación-. Mi cerebro decidió ejecutar una simulación sin solicitar autorización previa.

Kohaku ya estaba riéndose tanto que tenía que sujetarse de su brazo para no terminar completamente recostada sobre él-. ¿Una simulación?

- Fue un error metodológico.

Ella negó una y otra vez con la cabeza mientras intentaba recuperar la compostura-. Llegaste bastante lejos para alguien que acababa de descubrir mi apellido.

Senku reflexionó unos segundos-. Técnicamente... todavía no lo conocía.

Hubo un brevísimo silencio.

Kohaku volvió a estallar en una carcajada, esta vez mucho más sonora que las anteriores.

Senku giró inmediatamente la cabeza hacia el pasillo-. Leona...

Ella siguió riendo. Intentó contenerse llevándose una mano a la boca, pero apenas consiguió negar con la cabeza mientras las lágrimas comenzaban a asomar en las comisuras de sus ojos.

- No... soy... una leona... -murmuró entre una carcajada y la siguiente.

- Podrías convencerme mejor si dejaras de rugir. -Aquello solo consiguió que volviera a doblarse de la risa. Él la miró con una mezcla de resignación y un pudor que seguía tiñéndole discretamente las mejillas-. Vas a despertar a la pequeña.

Kohaku intentó responder, pero apenas consiguió negar con la cabeza mientras volvía a cubrirse la boca con una mano-. No... puedo...

Respiró hondo un par de veces, volvió a mirarlo. Y entonces, con una sonrisa inmensa todavía instalada en el rostro, terminó por acercarse hasta rodearle el cuello con ambos brazos.

- Eres imposible.

Senku dejó escapar una breve exhalación por la nariz antes de apoyar la frente contra la de ella-. Lo sé.

Kohaku sonrió con esa expresión que siempre aparecía cuando una idea terminaba de encajar en su cabeza-. ¿Sabes qué es lo peor? -Senku levantó apenas una ceja-. Que ahora entiendo por qué insististe tanto en invitarme a ese café después de la conferencia.

Él negó con calma-. No, ese café fue porque quería seguir hablando de tu investigación.

Ella lo miró con una sonrisa claramente incrédula-. Claro...

Senku sostuvo la mirada sin inmutarse-. Es cierto.

Hubo un breve silencio, Kohaku terminó soltando una risa por la nariz.

- Entonces explícame otra cosa.

- ¿Qué cosa?

- Si ya habías llegado a esa... -hizo un gesto hacia la servilleta-... "simulación no autorizada", ¿por qué te demoraste cuatro años en invitarme a salir?

Senku permaneció completamente inmóvil, como si estuviera evaluando seriamente la pregunta.

- Porque una hipótesis no constituye evidencia.

Kohaku lo observó durante unos segundos, después volvió a reír-. ¿Me estás diciendo que necesitabas cuatro años para comprobarla?

Él negó apenas con la cabeza-. Necesitaba datos suficientes.

- ¿Y cuánto tiempo te tomó reunirlos?

Senku hizo un cálculo mental tan exageradamente serio que Kohaku ya sabía cuál iba a ser la respuesta-. Tres años, once meses... aproximadamente.

Ella soltó otra carcajada-. Y después recuperaste el tiempo perdido de una manera bastante eficiente.

La sonrisa de Senku se volvió apenas perceptible-. Eso parece.

Kohaku dejó escapar una sonrisa todavía incrédula. Sin soltarlo del todo, volvió lentamente el rostro hacia la puerta entreabierta del dormitorio donde estaba descansando la bebé. Durante unos segundos permaneció observándola en silencio, como si detrás de aquella madera pudiera verse condensado todo lo que había ocurrido desde aquella conferencia.

Levantó una mano y comenzó a contar distraídamente sobre sus propios dedos-. Primero nos hicimos colaboradores. -Bajó el índice-. Después pasaste cuatro años reuniendo "datos suficientes". -Un segundo dedo-. Cuando por fin decidiste comprobar tu hipótesis, apenas nos tomó unos meses empezar a salir. -El tercero-. Nos casamos casi sin avisarle a nadie. -Una risa suave escapó de sus labios al recordar aquella mañana-. Solo un trámite en el Registro Civil, dos firmas, Chrome y Gen haciendo de testigos... y Ryusui ofendido durante semanas porque no le dimos tiempo para organizar una boda con helicópteros.

Senku dejó escapar una exhalación divertida por la nariz-. Habría sido un desperdicio de recursos.

- Eso mismo dijiste ese día-. Terminó de doblar el último dedo-. Después nos fuimos a vivir juntos... -Su mirada volvió a perderse un instante en la habitación-. ...y antes de que pudiera darme cuenta... -Sonrió con una ternura imposible de disimular-. ...ya estaba enseñándole nombres científicos a una bebé de cinco meses.

Senku siguió el mismo recorrido con la mirada hasta detenerse en la puerta entreabierta del dormitorio. Detrás de ella, la casa había recuperado finalmente aquel silencio que tanto lo había desconcertado al llegar. Ya no era una quietud extraña ni sospechosa, sino esa calma tibia que solo aparecía cuando la jornada terminaba y cada uno ocupaba el lugar al que pertenecía.

Permaneció contemplándola unos segundos antes de bajar la vista hacia la servilleta extendida sobre la mesa. Las flechas, las anotaciones apresuradas y aquel esquema improvisado seguían exactamente donde Kohaku los había dibujado seis años atrás. Después volvió a mirarla a ella.

Kohaku sostenía su mirada con una sonrisa serena, todavía divertida por aquella confesión tan absurdamente propia de él.

- Entonces... -preguntó con suavidad-, ¿cuál es la conclusión?

Durante unos segundos, Senku pareció ordenar sus propias ideas con el mismo cuidado con el que habría revisado los resultados de un experimento antes de presentarlos.

- Durante mucho tiempo pensé que aquella había sido una hipótesis sobre genética. -Hizo una breve pausa-. Estaba equivocado. -Kohaku inclinó apenas la cabeza, esperando que continuara, él dejó escapar una exhalación tranquila por la nariz-. Creí que estaba intentando predecir cómo sería nuestra descendencia. -Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro-. Ahora creo que, en realidad, estaba intentando entender por qué ya no podía dejar de pensar en ti.

El silencio que siguió fue muy distinto a todos los anteriores. Los ojos de Kohaku permanecieron fijos en los de él, como si aquella confesión hubiera logrado sorprenderla mucho más que la absurda hipótesis de la que ambos se habían estado riendo hacía apenas unos minutos.

Se acercó despacio hasta acariciar su mejilla con la yema de los dedos-. Te tomó seis años llegar a esa conclusión.

Senku arqueó apenas una ceja-. Cinco años, once meses... aproximadamente.

Aquello bastó para que una sonrisa inmensa volviera a dibujarse en el rostro de Kohaku, negó con la cabeza, divertida y enternecida al mismo tiempo-. Eres un caso perdido.

Él sostuvo su mirada sin apartarla-. Diez mil millones por ciento.

Kohaku volvió a besarlo, esta vez sin prisas, sonriendo contra sus labios.

Cuando finalmente se separaron, apoyó la frente contra la suya y murmuró apenas un susurro:

- Me alegra que nunca dejaras de hacer preguntas.

Senku volvió la vista hacia la servilleta, después hacia la puerta del dormitorio y, finalmente, otra vez hacia ella.

Una sonrisa discreta terminó por instalarse en su rostro-. Yo también.

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