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No estaban saliendo. Claro que no. Cualquiera que insinuara semejante disparate merecía, cuando menos, una revisión urgente de la vista y del juicio, porque si Matsumura Kousei y Nakamura Okuto coincidían en un mismo lugar era únicamente por una desafortunada acumulación de casualidades, una de esas bromas pesadas que el universo insiste en repetir hasta que dejan de parecer coincidencias y comienzan a sentirse como un castigo divino.
Incómodo, repugnante, insoportable.
Aquella era la naturaleza de su convivencia, una convivencia que ni siquiera podía llamarse así, pues convivir implicaba cierta disposición mutua y ellos apenas toleraban la existencia del otro con el mismo entusiasmo con el que una persona aceptaría tener una piedra dentro del zapato durante una caminata de varios kilómetros. Si permanecían bajo el mismo techo sin arrancarse la cabeza era únicamente porque ambos custodiaban con un celo casi religioso la imagen que deseaban proyectar delante de la persona más importante de sus vidas, el eje invisible alrededor del cual giraban todos sus pensamientos, el dueño involuntario de sus nervios, de sus esperanzas y de una cantidad preocupante de sus conversaciones internas: Aiki Hirose.
Un tesoro imposible de tasar, demasiado brillante para este mundo, demasiado amable para sospechar siquiera que dos completos idiotas organizaban buena parte de su existencia alrededor de su sonrisa.
Los sentimientos que ambos albergaban por él eran distintos en su naturaleza, aunque igual de profundos, y precisamente por eso el destino insistía en cruzarlos una y otra vez. Habían coincidido tantas veces que ya no necesitaban verse para reconocerse; bastaba escuchar un ritmo particular de pasos, una manera específica de acomodarse la mochila o incluso aquella irritante forma de suspirar para saber, con una precisión casi sobrenatural, que el otro estaba acercándose.
Aquello era ofensivo; repugnante... Cuánto menos Inaceptable,y sin embargo, inevitable.
Porque si existía una única razón capaz de obligarlos a compartir oxígeno sin provocar un incidente diplomático era Hirose, y ambos estaban dispuestos a tragarse cantidades industriales de orgullo con tal de proteger, aunque fuera un poco, la felicidad de aquel muchacho... Al menos hasta que llegó ese día.
Un hermoso día de verano.
El centro comercial rebosaba de familias, parejas y adolescentes que deambulaban sin rumbo fijo mientras el aire acondicionado combatía heroicamente el calor del exterior. En uno de los locales más concurridos, Aquapet anunciaba una lotería especial por mercancía de edición limitada, pequeños artículos promocionales que seguramente Hirose ya habría ido a intentar conseguir por su cuenta... Sin embargo, el solo hecho de no ayudarlo a conseguir un buen artículo, naturalmente, les resultaba inaceptable.
Si existía la más mínima posibilidad de ampliar la colección de recuerdos de la banda, de regalarle un llavero, una placa acrílica o cualquier objeto cuya utilidad práctica fuera cercana a cero pero cuya capacidad para iluminar el rostro de Hirose fuera inmensa, ambos estaban dispuestos a gastar dinero, tiempo, dignidad y, llegado el caso, hasta un poco de sangre.
La tregua nació exactamente con esa intención...
Y murió aproximadamente siete minutos después.
—¡Cállate, degenerado! ¡Ya te dije que no te acerques a él! ¡Eres un peligro para toda la humanidad!
—¿¡Ah!? ¡¿Pero de qué estás hablando?! ¡Tengo exactamente el mismo derecho que tú a ser amigo de Hirose!
—¡Perdiste ese derecho el día que empezaste a comportarte como un fan obsesionado!
—¡No es mi culpa que no tengas el valor de permanecer a menos de dos metros de él sin que te empiecen a sudar hasta las pestañas, idiota!
—¡Eso no es asunto tuyo!
—¡Claro que lo es! ¡Yo tengo muchas más probabilidades de seguir siendo su mejor amigo porque, por lo menos, puedo decir una oración completa cuando él me habla!
El ceño de Nakamura se frunció hasta alcanzar niveles casi arquitectónicos.
Resultaba curioso cómo toda aquella imagen de muchachos reservados, educados y silenciosos desaparecía en cuanto el otro aparecía en escena. Era como si la prudencia hubiera decidido abandonar el cuerpo de ambos al mismo tiempo, dejándolos entregados a una discusión tan estridente que ya varias personas habían dejado de fingir discreción y los observaban con la fascinación que normalmente se reserva para los accidentes de tránsito o las peleas entre mapaches.
Pero nadie parecía realmente interesado
—¡Claro que me da vergüenza hablar con Hirose! —replicó Nakamura, levantando la voz con una sinceridad casi ofensiva—. ¡Hablar con él se siente como hablar con Dios! ¡Cada palabra tiene que salir perfecta o siento que el universo entero me está evaluando! ¡Y, además, no debería estar desperdiciando la poca batería social que me queda discutiendo con un poste que aprendió a caminar! Estoy completamente seguro de que tendría conversaciones mucho más enriquecedoras con un nabo... ¡Y el nabo, al menos, tendría más personalidad que tú, pervertido!
Aquello fue exactamente lo que terminó de incendiar la poca paciencia que aún le quedaba a Matsumura. Se quedó inmóvil durante apenas un segundo, respiró profundamente por la nariz, carraspeó con una solemnidad tan exagerada que cualquiera habría pensado que estaba a punto de pronunciar un discurso histórico y, acto seguido, sonrió con una malicia infantil que no anunciaba absolutamente nada bueno... Ni tampoco algo medianamente inteligente.
—¿Quieres hablar de verduras? Muy bien... hablemos de verduras, señor betabel.
Nakamura tardó apenas una fracción de segundo en procesarlo.
—¿¡Cómo me llamaste!?
—¡Betabel!
Y antes de que pudiera reaccionar, Matsumura estiró un dedo índice cargado con la misma malicia con la que un hermano mayor fastidia al menor.
—¡Betabel! —poke.
Otro golpecito.
—¡Betabel! —poke.
Y uno más, acompañado ahora de una sonrisa insoportablemente satisfecha.
—¡¡BETABEL!!
Aquello ya era demasiado.
Nakamura le apartó la mano de un manotazo que sonó con suficiente fuerza como para hacer girar la cabeza de un par de curiosos; incapaz de tolerar que invadieran su espacio personal de aquella manera tan irritante, y casi en el mismo movimiento ambos volvieron a abalanzarse sobre el dichoso boleto de la lotería como si estuvieran disputándose el último salvavidas de un barco que se hundía.
Llegados a este punto, cualquiera con un mínimo de sentido común podría preguntarse por qué demonios dos estudiantes aparentemente tranquilos estaban protagonizando semejante espectáculo en medio de una tienda.
La explicación, por absurda que pareciera, era extraordinariamente sencilla.
Nakamura había conseguido un boleto de la lotería común.
Matsumura, en cambio, había obtenido uno de categoría superior.
Eso era todo.
Ningún insulto imperdonable, ninguna tragedia, ninguna traición... Simplemente un boleto ligeramente mejor que el otro.
Naturalmente, si cualquiera de los dos hubiera poseído el desarrollo emocional correspondiente a su edad, la situación habría terminado con un «felicidades» y quizá una leve punzada de envidia perfectamente disimulada.
Pero el problema era precisamente ese, pues en cuanto aquellos dos se encontraban frente a frente dejaban de comportarse como estudiantes de preparatoria y retrocedían, sin escalas, hasta el jardín de niños. Los pequeños de cinco años resolvían sus conflictos con bastante más elegancia y autocontrol que ese par de energúmenos.
Desde el otro lado del mostrador, el empleado de la tienda llevaba ya varios minutos siguiendo la escena con los ojos, observándolos rodear los exhibidores, esquivar clientes, girar alrededor de un estante de novedades y volver a lanzarse uno contra otro con una determinación casi deportiva.
Parpadeó lentamente.
Tal vez...
Tal vez aquella era la juventud de esos tiempos...
O quizá él debió terminar la universidad cuando todavía estaba a tiempo de elegir una profesión que no implicara presenciar semejantes acontecimientos.
Ninguno estaba dispuesto a ceder porque aquello ya había dejado de ser un simple boleto.
Era una declaración de principios.
Era el privilegio de provocar una sonrisa en Hirose...
Era la posibilidad de entregarle personalmente aquel premio y quedarse grabado, aunque solo fuera por unos segundos, en su memoria.
Y semejante honor era absolutamente irrenunciable.
—¡Yo soy quien le dará este boleto a Hirose!
—¡No! ¡Seré yo! ¡Tú no te lo mereces!
—¡Suéltalo!
—¡Suéltalo tú!
—¡Nabo!
—¡Betabel!
Y entonces ocurrió... Tan repentinamente que ni siquiera ellos mismos alcanzaron a comprender en qué instante el universo decidió perder toda lógica.
Los dos tiraban del mismo boleto, forcejeaban sin coordinación alguna, trastabillaban hacia adelante y hacia atrás intentando recuperar el equilibrio, hasta que, por una mezcla irrepetible de mala suerte, exceso de impulso y una física que probablemente preferiría no verse involucrada en semejante episodio, terminaron chocando de frente... Y se besaron.
No fue un beso romántico, ni apasionado... Ni mucho menos uno de esos besos torpes que acaban despertando sentimientos ocultos.
No.
Aquello fue algo parecido a cuando una parte del cuerpo comienza a picarte por dentro, en un lugar donde rascar resulta imposible, y el cerebro, desesperado por encontrar una solución, termina recurriendo al recurso más absurdo imaginable: morder la zona de escozor como si eso pudiera mejorar la incomodidad.
Como si ambos organismos, agotados de acumular tanta hostilidad, hubieran decidido por su cuenta resolver el conflicto mediante un cortocircuito monumental.
Duró apenas un instante; un instante ridículamente corto, pero infinitamente largo para los involucrados.
Cuando por fin se separaron, ambos retrocedieron de un salto con los ojos tan abiertos que parecía que acababan de contemplar el fin del mundo.
Nakamura llevó una mano temblorosa a sus propios labios.
Matsumura hizo exactamente lo mismo.
Los dos estaban completamente pálidos.
El silencio que cayó sobre la tienda fue tan espeso que incluso el zumbido del aire acondicionado adquirió protagonismo. Nadie habló. Nadie respiró demasiado fuerte.
El empleado observó alternativamente a uno y a otro con el rostro descompuesto, incapaz de decidir si acababa de presenciar una pelea, una confesión amorosa, un accidente laboral o algún ritual desconocido para la gente de su generación.
Después de varios segundos de absoluto desconcierto llegó, por fin, a la única conclusión que le pareció sensata.
Quizá... Sí.
Quizá sería prudente avisarle a Hirose-san que sus dos admiradores estaban completamente locos y que, por el bien de su propia integridad física y mental, procurara mantenerse a una distancia considerable de ambos.
Ninguno de los dos se atrevió a mirarse después de aquello.
No hubo insultos; No hubo reproches, ni siquiera hubo una de esas discusiones absurdas que hasta unos minutos antes parecían formar parte natural de su existencia cada vez que coincidían en el mismo espacio.
Nada.
El silencio cayó sobre ellos con un peso rarísimo, incómodo, casi solemne, como si ambos hubieran firmado un acuerdo invisible en el que se comprometían a fingir que aquel momento jamás había ocurrido, porque admitirlo en voz alta significaba darle una existencia real, y ambos estaban desesperadamente interesados en negar que la realidad acababa de cometer una de sus peores bromas.
Así que, hicieron lo único que dos personas completamente incapaces de afrontar sus emociones podían hacer: se hicieron los desentendidos.
Salieron de la tienda sin intercambiar una sola palabra, caminando con una rigidez tan exagerada que parecían dos desconocidos que acababan de encontrarse por casualidad y no dos personas que, minutos antes, habían estado peleando por un boleto de lotería y habían terminado besándose contra toda ley de sentido común.
Al llegar a la entrada de la tienda se detuvieron y, por pura educación o por costumbre, o quizá por una última chispa de humanidad que todavía sobrevivía dentro de ellos, se hicieron una pequeña reverencia.
Una reverencia tan formal que habría parecido apropiada para dos empresarios cerrando un trato importante y no para dos adolescentes que acababan de protagonizar el momento más vergonzoso de sus vidas.
Después, cada uno tomó una dirección distinta.
Diez pasos.
Solo diez pasos fueron capaces de mantener la dignidad.
Diez pasos en los que ambos caminaron fingiendo que nada había pasado, que sus corazones no estaban golpeando contra sus pechos como si quisieran escapar, que sus cerebros no estaban repitiendo la escena una y otra vez con una crueldad insoportable.
Entonces ocurrió.
Al mismo tiempo, como si ambos hubieran recibido la misma orden secreta del universo... Corrieron; corrieron como si el centro comercial estuviera incendiándose; como si alguien los persiguiera; como si la única forma de sobrevivir a lo que acababa de pasar fuera poner la mayor distancia posible entre ellos y ese recuerdo.
No.
No, no, no, no.
Aquello no podía estar pasando.
Simplemente no podía.
Nakamura siguió avanzando sin rumbo mientras su mente intentaba desesperadamente encontrar una explicación lógica para aquel desastre. Porque debía existir una explicación. Era imposible que la vida real fuera tan cruel, tan absurda y tan perfectamente diseñada para humillarlo.
Aquello tenía que ser un sueño: un sueño ridículo.
Una pesadilla especialmente extraña creada por su propio cerebro.
Sí. Eso era.
Y en cualquier momento despertaría. Solo tenía que esperar. Ser paciente y dejar que la consciencia hiciera lo suyo.
Miró a su alrededor con una esperanza casi desesperada, buscando alguna señal que confirmara sus sospechas.
Porque los sueños tenían reglas:
En los sueños aparecían cosas imposibles; cosas extrañas; cosas que nadie cuestionaba porque el cerebro aceptaba cualquier absurdo con una tranquilidad aterradora.
Vamos.
Era el momento perfecto... ¡Debía aparecer algo!
Quizá Icchan, su pequeño y adorable pulpo mascota, flotando por el aire con una expresión preocupada, usando un diminuto sombrero de copa y diciendo con su voz cantarina: "Despierta, Okuto".
O quizá Hirose aparecería desde algún rincón imposible del centro comercial, iluminado por una luz celestial que nadie sabría de dónde provenía, vestido con un elegante traje de novio y diciendo con una sonrisa: "Llegas tarde, Okuto. Icchan está a punto de comenzar nuestra boda".
Sí.
Eso tendría sentido. Era absurdo, pero al menos era el tipo de absurdo que esperaba de un sueño... Pero no ocurrió nada.
Ningún pulpo con sombrero... ni ningún Hirose vestido de novio... Ni alguna señal divina que le indicara que todo era una mentira fabricada por su imaginación.
La cruel realidad permanecía exactamente igual.
Nakamura seguía ahí, en el mundo real... En ese mundo horrible en dónde se había besado a Matsumura Kousei.
La comprensión llegó lentamente, como una tormenta que se forma en la distancia antes de caer sobre una ciudad desprevenida.
Se apoyó contra una columna, dejando que su espalda chocara suavemente contra ella mientras miraba al vacío con la expresión de alguien que acababa de descubrir que no había ninguna cámara escondida ni ningún set de grabación de ningún experimento social...
¿Por qué? , ¿Por qué tenía que pasar eso? , ¿Por qué de todas las personas posibles, por qué él?
—¿¡Por qué!? —susurró primero.
Y después, incapaz de contener la tragedia interna que se estaba desarrollando en su pecho, lo gritó con toda la fuerza de su alma.
—¡¡¡¿POR QUÉ?!!!
Las personas que pasaban cerca lo observaron durante unos segundos, pero Nakamura ya había dejado de percibir el mundo exterior.
Su mente estaba atrapada en una sola idea:
Ese había sido su primer beso...
Su primer beso.
Ese momento que, en su imaginación, había construido cientos de veces. Ese momento especial que debía ocurrir con Hirose Aiki. Quizá bajo un cielo bonito, quizá después de una conversación sincera, quizá en una situación perfecta que seguramente jamás tendría el valor de provocar, pero que al menos podía existir dentro de sus fantasías.
Y si por alguna razón no era Hirose... Bueno.
Quizá podía aceptar que fuera otra persona: Alguien que le gustara; alguien por quien sintiera algo... Alguien que no fuera...
—Ese maldito galán...
La frase salió con un dolor casi religioso.
Se dejó caer de rodillas en el suelo, apretando los puños con fuerza mientras su expresión se convertía en una mezcla imposible entre vergüenza, desesperación y una profunda sensación de injusticia cósmica.
No había explicación. No había lógica... No había salvación.
La única conclusión posible era aterradora:
Estaba loco. Completamente loco. ¡Era lo único lógico posible!
Porque una persona cuerda no podía sobrevivir a semejante situación sin perder un poco la razón.
Sí. Eso tenía que ser... Nakamura Okuto estaba oficialmente, irremediablemente y absolutamente loco.
Había transcurrido una semana, o sea, siete días completos.
Ciento sesenta y ocho horas que, para cualquier otra persona, habrían sido suficientes para convertir un accidente vergonzoso en una anécdota incómoda destinada a perderse entre los recuerdos sin importancia. Pero Nakamura Okuto destacaba precisamente por sobrepensar y su cerebro, lejos de colaborar con él, había decidido transformar aquel instante de absoluto sinsentido en un huésped permanente de sus pensamientos.
Dormir se había convertido en una tarea sorprendentemente complicada.
Durante el día conseguía distraerse, aunque fuera a ratos, entre las clases, los apuntes, los deberes y el simple esfuerzo de aparentar que todo marchaba con normalidad. Sin embargo, cuando llegaba la noche y el cansancio comenzaba a envolverlo con esa tibieza que anuncia el sueño, bastaba un solo descuido para que una desagradable sensación de frío le naciera en el estómago y ascendiera lentamente hasta el pecho... y entonces volvía a recordarlo.
Ese maldito beso.
No.
Aquella cosa que, por cortesía hacia el idioma, seguía llamando beso.
Abría los ojos de golpe, como si acabara de despertarlo una pesadilla, y permanecía inmóvil en la oscuridad, contemplando el techo mientras deseaba con todas sus fuerzas que la tierra se lo tragara.
Lo peor era que ni siquiera podía decir que hubiera sido un beso horrible... No había sido malo, pero tampoco bueno.
Ni apasionado... Ni dulce... Ni torpe.
Había sido... nada.
Dos bocas chocando por accidente durante una pelea tan estúpida que de haber sabido que resultaría así, simplemente hubiera preferido aceptar la derrota, y sin embargo, precisamente porque no significó nada, porque no hubo música, ni fuegos artificiales, ni confesiones, ni mariposas en el estómago... el recuerdo se negaba obstinadamente a desaparecer.
Más de una vez se descubrió rozándose los labios con la punta de los dedos, no porque extrañara aquel contacto, sino porque intentaba convencerse de que ya no quedaba rastro alguno de él.
Entonces una pregunta, siempre la misma, terminaba colándose entre sus pensamientos:
Si aquello ni siquiera podía considerarse un beso... ¿Cómo sería uno de verdad?
Uno dado con alguien a quien realmente quisiera.
Alguien como Hirose.
Solo imaginarlo bastaba para que el rostro se le encendiera de vergüenza, no podía soportar la idea de que ese maldito y guapo idiota le haya robado su más grande fantasía... Jamás lo perdonaría.
Al terminar las clases, Hirose caminó junto a él unos metros con esa preocupación tranquila que parecía formar parte inseparable de su carácter.
—Nakamura, ¿te encuentras bien? Últimamente te ves más pálido de lo normal.
Aquellas palabras hicieron que el corazón de Nakamura diera un vuelco. No porque creyera que Hirose sospechara algo... Él jamás sospechaba nada.
Sino porque era incapaz de soportar la idea de mentirle una vez más.
—Sí... solo estoy un poco cansado.
Hirose lo observó durante unos segundos.
—Si quieres, puedo acompañarte a casa.
Durante una fracción de segundo, Nakamura estuvo a punto de aceptar únicamente porque se trataba de Hirose. Después recordó cuál era realmente su destino aquella tarde y sintió que la sangre abandonaba su rostro.
No. Eso sería muchísimo peor.
Sería inevitable que Hirose preguntara adónde iban y él tendría que inventar alguna historia absurda.
Otra más.
Así que, reuniendo toda la naturalidad que fue capaz de fabricar, negó con una sonrisa nerviosa.
—No te preocupes. Hoy... tengo que pasar a otro lugar.
Hirose asintió sin insistir.
—Está bien. Cuídate mucho.
Qué persona tan buena. Qué persona tan condenadamente buena. ¡Que bueno es Hirose, tan amable por preocuparse por él; tan gentil!
Nakamura sintió que la culpa le pesaba incluso más que la semana anterior.
Días atrás había reunido el valor suficiente para pedirles a sus padres que le consiguieran una cita con un terapeuta.
Cuando ellos le preguntaron qué ocurría, respondió que los exámenes estaban comenzando a ponerlo muy nervioso, que últimamente le costaba dormir y que se sentía algo inquieto.
No era exactamente mentira... Solo estaba... omitiendo un pequeñísimo detalle... Uno extremadamente específico.
Sus padres intercambiaron una mirada discreta. Desde hacía algún tiempo lo notaban más silencioso, más distraído, más encerrado en sí mismo, de modo que aceptaron sin hacer demasiadas preguntas. Pensaron que quizá la presión escolar estaba empezando a pasarle factura.
Nakamura agradeció profundamente que ninguno preguntara nada más, porque ¿Cómo iba a explicar que el origen de su crisis existencial era haber besado accidentalmente al único ser humano cuya boca jamás habría querido encontrar?
Mientras pedaleaba rumbo a la clínica, las ruedas de su bicicleta avanzaban con un ritmo constante que contrastaba con el desorden absoluto de su cabeza.
Su primer beso.
Había perdido su primer beso.
Desde hacía mucho tiempo se había resignado a aceptar que las probabilidades de compartir uno con Hirose eran prácticamente inexistentes. Si era optimista, podía concederse un uno por ciento. Quizá medio.
Era una fantasía.
Dolorosa, sí, pero una fantasía al fin y al cabo.
Sin embargo, aquello... Aquello era infinitamente peor que no besar nunca a Hirose, porque el destino no solo le había negado su sueño, sino que además había decidido burlarse de él con una precisión casi artística.
Al llegar a la clínica dejó la bicicleta en el estacionamiento, respiró hondo un par de veces y levantó la vista hacia la sala de espera y entonces el universo, satisfecho al comprobar que todavía le quedaban formas de atormentarlo, decidió regalarle una nueva manera de hacerle sentir miserable: Sentado a pocos metros de la recepción estaba Matsumura Kousei.
Los dos se miraron al mismo tiempo y palidecieron exactamente igual después se señalaron el uno al otro con un dedo tembloroso.
—¿¡Qué haces aquí!?
—¿¡Tú qué haces aquí!?
—¡Tengo una cita!
—¡Yo también! ¡Y aunque a ti claramente te hace muchísima falta, hoy yo la necesito más!
Durante unos segundos permanecieron inmóviles, como dos animales que acaban de encontrarse en el mismo territorio y todavía están decidiendo quién debe salir huyendo primero.
La recepcionista, que había estado revisando unos documentos, levantó la cabeza al escuchar el escándalo y se acercó con una sonrisa profesional que comenzó a desmoronarse en cuanto comprobó los nombres escritos en su agenda.
—¿Matsumura-san y Nakamura-kun?
Ambos giraron la cabeza hacia ella con una expresión cargada de esperanza.
La joven hizo una pequeña reverencia, visiblemente avergonzada.
—Lo siento muchísimo. Acabo de darme cuenta de que cometí un error al organizar las citas. Sin querer los agendé el mismo día... y exactamente a la misma hora. Si alguno de ustedes desea reagendar, puedo solucionarlo enseguida.
Nakamura abrió la boca dispuesto a decir que no importaba, que volvería otro día, que después de todo esas cosas pasaban, sin embargo no alcanzó a pronunciar ni una sola sílaba pues Matsumura le dio un discreto codazo para apartarlo.
No fue violento, pero sí lo bastante descarado como para dejar claras sus intenciones.
—Yo la necesito más. Mi rendimiento ha bajado muchísimo.
Nakamura respondió empujándolo con el hombro apenas un instante después.
—No. Yo la necesito más. Tengo exámenes la próxima semana.
La recepcionista los observó en silencio.Había trabajado allí durante tres años y había visto pacientes discutir por horarios, por formularios, por seguros médicos e incluso por quién había llegado primero... pero jamás, en toda su carrera, había presenciado a dos personas peleándose con semejante entusiasmo por quién tenía más derecho a entrar primero... a terapia.
La recepcionista volvió a inclinarse sobre la agenda con una expresión cada vez más angustiada, pasando las hojas de un lado a otro como si existiera la remota posibilidad de que, con suficiente insistencia, la tinta decidiera reorganizarse por sí sola y borrar el desastroso error que acababa de descubrir. A su alrededor seguían resonando las voces de Nakamura y Matsumura, quienes discutían con una pasión impropia de dos muchachos que, en teoría, habían acudido precisamente porque atravesaban una crisis emocional.
El alboroto terminó por llamar la atención de la terapeuta y entonces la puerta del consultorio se abrió con suavidad y apareció una mujer de mediana edad, impecablemente vestida, con esa clase de serenidad que solo poseen quienes llevan años escuchando problemas ajenos sin perder la paciencia. Ajustó discretamente sus gafas antes de dirigir una mirada inquisitiva hacia la recepción.
—Señorita Yumi... ¿dónde está mi paciente?
La joven dio un pequeño respingo, como si la hubieran sorprendido copiando en un examen.
—Bueno... —murmuró con una sonrisa nerviosa, mientras señalaba discretamente a los dos muchachos, que seguían demasiado ocupados intentando demostrar cuál de los dos estaba psicológicamente peor como para notar que ya tenían público—. Cometí un error terrible al programar las citas. Ambos vienen... bueno... por el mismo motivo, así que al registrar los datos no me di cuenta de que había duplicado el horario. Los cité el mismo día... a la misma hora.
La terapeuta dirigió entonces la vista hacia ellos.
Primero observó a Nakamura, que sostenía la correa de su mochila entre sus puños, con tanta fuerza que se veían los nudillos blancos.
Después miró a Matsumura, cuya expresión dejaba claro que estaba a escasos segundos de iniciar una segunda discusión si eso le garantizaba conservar su turno.
La mujer suspiró para sus adentros.
La juventud de aquellos tiempos parecía haber declarado una guerra abierta contra el silencio.
Aunque, siendo justos, el motivo de consulta que figuraba en ambos expedientes explicaba, al menos parcialmente, semejante nivel de irritabilidad.
Con una calma que contrastaba dolorosamente con el desastre que tenía delante, sonrió.
—¿Qué les parecería hacer una sesión conjunta?
El efecto fue inmediato.
Los dos muchachos dejaron de discutir, no porque estuvieran de acuerdo, sino porque aquella posibilidad acababa de resultarles mucho más aterradora que seguir peleando entre ellos.
La terapeuta, interpretando aquel silencio como una señal de interés, continuó hablando con toda naturalidad.
—Ambos vienen por un problema muy parecido y, en ocasiones, escuchar a otra persona atravesando una situación similar puede ser de mucha ayuda. Además, si ninguno puede reagendar para otro día, esta parece la solución más práctica. Después corregiremos los horarios para las siguientes sesiones.
Durante un brevísimo instante, Nakamura y Matsumura sintieron el impulso casi instintivo de gritar un «¡NO!» tan fuerte que probablemente habría podido escucharse desde el estacionamiento. Sin embargo, consiguieron contenerse... Por muy poco.
—No... usted no entiende... —dijo Nakamura, procurando mantener un tono respetuoso mientras sentía que el sudor comenzaba a recorrerle la espalda—. Nosotros... no podemos estar juntos en el mismo lugar.
—Exactamente —añadió Matsumura con una seriedad casi solemne—. Es una situación... complicada.
La terapeuta sonrió con una ternura profesional que, lejos de tranquilizarlos, los hizo sentir todavía más condenados.
—Muchachos, no tienen por qué avergonzarse. Créanme, el primer paso siempre consiste en aceptar que existe un problema, y el suyo es mucho más común de lo que imaginan. Se sorprenderían de la cantidad de personas que llegan aquí convencidas de que son las únicas a las que les ocurre algo así.
Ninguno de los dos tuvo el valor suficiente para responder porque, técnicamente, ella estaba equivocada.
Terriblemente equivocada.
Pero explicar la verdad habría sido muchísimo peor.
Antes de que pudieran inventar una excusa convincente, la mujer les hizo un amable gesto con la mano para que la siguieran hacia el consultorio. Detrás de ellos, la recepcionista continuaba inclinándose una y otra vez en profundas reverencias mientras repetía disculpas cada vez más desesperadas, convencida de que aquel error administrativo terminaría costandole una buena "retroalimentación" más tarde.
El consultorio era acogedor, luminoso y extrañamente tranquilo. Había una estantería llena de libros, varias plantas cuidadosamente acomodadas junto a la ventana y un difusor de aromas que impregnaba el ambiente con un ligero perfume a lavanda, como si el lugar entero hubiera sido diseñado para convencer al cerebro de que preocuparse era una pérdida de tiempo.
No funcionó.
Apenas cruzaron la puerta, Nakamura eligió el asiento más alejado de Matsumura.
Matsumura hizo exactamente lo mismo.
El resultado fue una escena casi cómica: los dos terminaron sentados en extremos opuestos del sofá, dejando entre ellos una distancia suficiente como para acomodar cómodamente a otra persona... o quizá un pequeño rinoceronte.
La terapeuta tomó asiento frente a ellos, cruzó una pierna sobre la otra, abrió una libreta y les dedicó una sonrisa tan cálida que parecía inmune a cualquier clase de tensión.
—Bien. Sus padres me comentaron que ambos han tenido problemas para dormir desde hace algunos días —dijo con voz pausada, alternando la mirada entre uno y otro—. Me gustaría empezar por una pregunta muy sencilla... ¿Hay algo que les preocupe?
El silencio que siguió fue absoluto.
Nakamura miró a Matsumura; Matsumura miró a Nakamura.
Y ambos llegaron exactamente a la misma conclusión.
Como el otro abriera la boca y contara lo del beso, uno de los dos no saldría vivo de aquel consultorio.
Nakamura fue el primero en romper el silencio, aunque hacerlo le costó un esfuerzo que cualquiera habría confundido con el intento de levantar una montaña utilizando únicamente las pestañas. Bajó la vista hacia sus propias manos, que descansaban rígidas sobre las piernas, y habló tan despacio que la voz parecía escapársele a regañadientes.
—Digamos... que la semana pasada ocurrió... algo bastante vergonzoso.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Matsumura, que hasta ese momento había permanecido con los brazos cruzados y el gesto obstinadamente dirigido hacia la pared opuesta, carraspeó con discreción antes de añadir, casi a la fuerza:
—Yo también tuve... un incidente. Formo parte del equipo de atletismo y normalmente soy de los que mejor rinden en los entrenamientos. Nunca había tenido problemas para concentrarme, pero desde hace unos días... esto me está sobrepasando.
La terapeuta no respondió de inmediato.
Había aprendido, después de muchos años de profesión, que los silencios bien administrados solían decir bastante más que las palabras, y aquellos dos muchachos estaban produciendo una cantidad francamente extraordinaria de información sin proponérselo. No solo evitaban mirarse, sino que parecían coordinar involuntariamente sus movimientos; cuando uno bajaba la cabeza, el otro hacía exactamente lo mismo; cuando uno suspiraba, el otro encontraba un motivo para hacerlo apenas un instante después.
Demasiadas coincidencias o al menos, demasiadas para dos completos desconocidos.
Apoyó la pluma sobre la libreta y preguntó con absoluta naturalidad:
—¿Ustedes se conocen?
La reacción fue inmediata.
Los dos dieron un respingo tan sincronizado que cualquiera habría pensado que llevaban meses ensayándolo. Nakamura agitó ambas manos delante del pecho con un entusiasmo digno de quien intenta espantar un enjambre entero de mosquitos.
—¡No, no, no! Bueno... sí, digo... lo conozco de vista, pero conocidos, conocidos... no. No podríamos llamarnos así de ninguna manera.
Matsumura asintió con una rapidez casi alarmante.
—Exacto. Él y yo no tenemos absolutamente nada que ver. Nada. En lo más mínimo.
La terapeuta sonrió.
Mentir delante de un psicólogo era una costumbre sorprendentemente frecuente, aunque rara vez se hacía con semejante falta de coordinación.
—Entiendo...
No parecía entenderles en absoluto o quizá entendía demasiado.
Cerró la libreta unos segundos y cruzó las manos sobre el escritorio.
—En ese caso no debería existir ninguna incomodidad entre ustedes. Podemos hablar con tranquilidad. Nakamura-kun, ¿por qué no comienzas contándome qué ocurrió exactamente?
Nakamura tragó saliva. Sintió que la garganta se le había convertido en papel de lija, después miró el piso, luego al techo y finalmente miró una planta decorativa situada junto a la ventana como si esperara que esta acudiera en su auxilio, finalmente murmuró:
—Yo... besé a alguien la semana pasada.
La terapeuta esperó y al advertir que el silencio seguía allí, comprendió que tendría que continuar.
—Y... preferiría no volver a pensar en eso nunca más.
La profesional inclinó apenas la cabeza.
—¿Fue una mala experiencia?
—N-no... no exactamente.
La respuesta salió tan rápido que ni él mismo alcanzó a pensarla. ¡Maldita fuera su honestidad!
—Entonces... ¿qué es lo que te preocupa tanto?
Nakamura respiró hondo.
Después señaló discretamente hacia un punto indeterminado del consultorio, procurando bajo ninguna circunstancia dirigir el dedo hacia Matsumura.
—Es que... Aunque esa persona es lo que se considera alguien bastante atractivo, también es un completo degenerado. Un pervertido de los peores. De esos que parecen inocentes para engañar a la sociedad, pero en realidad esconden un alma de acosador profesional. Tiene una cara tan tranquila que cualquiera confiaría en él... y justamente por eso resulta todavía más peligroso.
Cada palabra era una puñalada.
Matsumura sintió cómo una vena comenzaba a palpitarle en la frente... Así que esa era la imagen que aquel idiota tenía de él.
Muy bien. Perfecto.
Respiró profundamente y duró exactamente tres segundos antes de explotar.
—Ah, claro... y tú hablas como si fueras un santo. Estoy segurísimo de que también eres un pervertido.
Nakamura giró la cabeza con indignación.
—¿¡Qué!?
—Lo eres. Solo que eres un cobarde y te da vergüenza quitarte tu carita de mojigato.
La terapeuta levantó lentamente la vista de sus apuntes... Aquello estaba empezando a desviarse del formato habitual de una primera sesión.
—Te haces el tímido y el inocente —continuó Matsumura con una serenidad sospechosamente teatral—, pero apuesto lo que sea a que más de una vez te has imaginado casándote con Hirose.
El efecto fue inmediato.
Todo el rostro de Nakamura adquirió el color de un tomate perfectamente maduro.
No. Era incluso más intenso: Las orejas, las mejillas, el cuello; hasta la nuca parecía haber decidido participar en aquella demostración pública de vergüenza.
—¡¡Eso no te importa!!
—Entonces acerté.
—¡¡No significa que acertaras!!
—Claro que sí.
Matsumura sonrió con esa expresión insoportable de quien acaba de resolver un misterio largamente investigado.
—Sabía que sí. Seguro ya hasta escogiste dónde vivirían, cuántas plantas tendrían en la sala y qué nombre llevaría el perro.
—¡¡¡CÁLLATE!!!
La terapeuta tomó nota.
"Paciente presenta intensa reacción emocional al mencionar a cierto Hirose."
Todavía no sabía quién era Hirose.
Pero empezaba a sospechar que, de una forma u otra, aquel muchacho invisible ocupaba un lugar peligrosamente importante dentro de todo aquel desastre.
Matsumura, completamente satisfecho con el resultado de su provocación, decidió rematar la faena con la elegancia emocional de un niño de ocho años.
Se inclinó apenas hacia delante, sonrió de oreja a oreja y, con una voz insoportablemente cantarina, dijo:
—Betabel...
Nakamura cerró los ojos.
—Betabel...
Sus manos comenzaron a temblar.
—Betabel...
La terapeuta dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
—...Betabel.
Nakamura abrió los ojos de golpe.
—¡¡¡DEJA DE DECIRME BETABEL!!!
—¿Lo ve? —exclamó Matsumura, volviéndose hacia la terapeuta con una indignación casi teatral, como si acabara de presentar la prueba irrefutable de un crimen largamente investigado—. ¡A esto me refiero exactamente! ¡Es agresivo! ¡No sabe controlar sus emociones!
Nakamura dio un respingo en la silla.
—¡¿Agresivo yo?! ¡Tú me estás provocando desde que entraste!
—¡Yo ni siquiera te hago caso!
—¡Entonces deja de contestarme!
Durante unos segundos dejaron de hablar.
No porque hubieran recuperado la compostura, sino porque ambos se enfrascaron en una batalla infinitamente más antigua que las palabras: una guerra de miradas.
Los dos fruncieron el ceño con tal intensidad que parecía un concurso para determinar quién podía expresar mayor desprecio utilizando únicamente los músculos de la frente. Ninguno pestañeaba. Ninguno cedía un milímetro. Era una especie de duelo silencioso, solemne en su ridiculez, como si el destino entero dependiera de cuál de los dos desviaría primero la vista.
Perfecto. Aquel era el escenario ideal: Tenían una psicóloga delante y con ella un terreno neutral.
Por fin podrían dejar perfectamente claro quién era el verdadero culpable de aquella desgracia.
Porque aquello ya había dejado de ser una discusión, ahora era el juicio definitivo: La gran batalla por Hirose.
La última oportunidad de limpiar su honor y Nakamura fue el primero en disparar.
—Eres un espanto... un espanto horrible.
Matsumura arqueó una ceja.
—Qué argumento tan elaborado, tonto
—¡Me robaste mi primer beso con Hirose!
La terapeuta levantó lentamente la cabeza.
Aquello era... una frase inesperada.
Matsumura soltó una carcajada incrédula.
—Vaya autoestima tienes para asumir que Hirose iba a darte tu primer beso. Ni siquiera has podido invitarlo a salir, bobo.
Aquellas palabras dieron exactamente donde más dolían. Nakamura sintió que el corazón se le hacía añicos.
—¡Hubiera preferido besar una babosa llena de lodo, pegajosa y apestosa antes que besarte a ti!
—¡Pues qué mala suerte! —respondió Matsumura, cruzándose de brazos con una satisfacción casi infantil—. Porque si yo no pude besar a Hirose por primera vez...
Se inclinó apenas hacia delante y sonrió rematando con una crueldad absolutamente innecesaria.
—...tú tampoco.
El silencio que siguió fue tan denso que casi podía tocarse.
La terapeuta permaneció inmóvil unos instantes, repasando mentalmente todas las piezas de aquel rompecabezas.
Problemas para dormir; Un incidente embarazoso.
El mismo día y el mismo origen.
El mismo nombre mencionado una y otra vez: Hirose.
Respiró profundamente antes de hablar con esa calma que solo poseen quienes están acostumbrados a recibir confesiones inesperadas.
—Entonces...
Su voz atravesó el consultorio con una suavidad que contrastaba violentamente con el caos emocional de los dos adolescentes.
—¿Lo que intentan decirme es que ambos se besaron accidentalmente... y desde entonces ninguno de los dos se siente cómodo con lo ocurrido?
Los dos muchachos quedaron completamente inmóviles y palidecieron exactamente igual... Otra vez.
La sangre parecía haber abandonado sus rostros para ir a esconderse quién sabía dónde.
Se miraron, después miraron a la terapeuta y después volvieron a mirarse. Entonces y solo entonces, comprendieron, con un horror perfectamente compartido, que acababan de reconstruir toda la historia delante de una completa desconocida.
Habían ventilado el asunto y esta vez con apoyo audiovisual proporcionado por sus propias bocas.
Nakamura fue el primero en reaccionar.
—¡No fue a propósito!
Matsumura asintió tan rápido que casi se lastima el cuello.
—¡No! ¡Claro que no! ¡Ni en mis peores pesadillas!
—¡Fue un accidente!
—¡Uno espantoso!
—¡Asqueroso!
—¡Traumático!
—¡Humillante!
La terapeuta los observó con atención y después bajó la vista hacia su libreta y escribió con absoluta tranquilidad unas cuantas líneas más.
"Ambos describen el beso con una intensidad emocional extraordinaria. Sin embargo, coinciden en los hechos con sorprendente precisión, terminan las frases del otro y reaccionan de forma casi sincronizada."
Levantó de nuevo la cabeza y les sonrió con amabilidad.
Todavía no tenía claro qué estaba ocurriendo entre esos dos muchachos, pero sí estaba completamente segura de una cosa: Aquello iba a requerir más de una sesión.
La terapeuta permaneció unos instantes en silencio. No escribía. No preguntaba. Simplemente observaba a aquellos dos muchachos con la paciencia de quien contempla una ecuación complicada y descubre, poco a poco, que la respuesta siempre estuvo delante de sus ojos.
Finalmente cerró la libreta con un movimiento suave.
—Hay algo que todavía me gustaría saber... ¿Hirose-san está al tanto de todo esto?
El efecto fue inmediato.
Durante toda la sesión habían ido dejando escapar información como quien pierde monedas por un agujero en el bolsillo sin darse cuenta. Primero el beso, luego los problemas para dormir, después aquel misterioso Hirose que aparecía mencionado cada tres palabras y, ahora que lo pensaban con un poco de calma, también habían confesado, delante de una mujer a la que no conocían desde hacía ni media hora, que ambos estaban enamorados exactamente del mismo chico.
Era un desastre.
Un desastre perfectamente ejecutado.
Ninguno respondió.
El silencio volvió a instalarse en el consultorio.
Matsumura mantenía la vista fija en el suelo. No era únicamente vergüenza. Desde hacía mucho tiempo había aprendido a esconder con un cuidado casi enfermizo todo aquello que sentía por Hirose. Sabía perfectamente que, visto desde fuera, buena parte de sus acciones podían interpretarse de maneras poco favorecedoras. ¿Cuántas veces había modificado su ruta para encontrárselo "por casualidad"? ¿Cuántas fotografías mentales conservaba de él sonriendo? ¿Cuántos detalles de sus gustos recordaba con una precisión que ni siquiera tenía sobre sí mismo?
Demasiados.
Los suficientes para que cualquier observador desprevenido terminara etiquetándolo como un acosador.
Y, siendo completamente honesto consigo mismo... No estaba seguro de poder defenderse demasiado bien de esa acusación.
Lo verdaderamente humillante era que la primera persona que había descubierto semejante colección de secretos no había sido un amigo, ni un familiar, ni siquiera un terapeuta... Había sido Nakamura.
Y aquello le producía una indignación difícil de describir.
Nakamura, por su parte, tampoco encontraba palabras.
Todo ese tiempo había escondido con un cuidado casi religioso aquello que sentía por Hirose. Había practicado sonrisas, excusas, respuestas ambiguas y una cantidad francamente agotadora de conversaciones imaginarias para evitar que alguien sospechara siquiera la dirección de sus sentimientos.
Y ahora...Ahora acababa de admitirlo en voz alta y delante de una desconocida.
Había pronunciado, aunque fuera entre líneas, aquello que jamás creyó tener el valor de decir más que en sus más dulces sueños.
Estaba enamorado de otro chico.
La idea le revolvía el estómago más por el miedo que por la vergüenza.
La terapeuta pareció comprender el peso de aquel silencio.
Su expresión se suavizó todavía más.
—No tienen que preocuparse —dijo con tranquilidad—. Todo lo que se habla dentro de este consultorio permanece aquí. Esa no es solamente una norma profesional; también es una promesa. Nada de lo que me cuenten saldrá jamás de mi boca.
Los hombros de ambos descendieron apenas unos centímetros.
No era un alivio completo pero era suficiente para volver a respirar.
La mujer esperó unos instantes antes de continuar, acomodando con calma la libreta sobre sus piernas.
—He estado escuchándolos desde que entraron, y creo que ambos están interpretando el problema desde el lugar equivocado.
Los dos levantaron la vista casi al mismo tiempo.
—No me parece que el beso sea realmente el conflicto.
Nakamura y Matsumura fruncieron el ceño.
—Tampoco creo que el verdadero problema sea Hirose-san, aunque evidentemente ocupa un lugar muy importante en la vida de los dos.
Hizo una breve pausa.
Después sonrió con esa delicadeza con la que los médicos anuncian un diagnóstico que el paciente todavía no sospecha.
—Creo que lo que verdaderamente los está desvelando es que ninguno de ustedes soporta la idea de que, cada vez que intenta olvidar aquel accidente, termina pensando inevitablemente en el otro.
El consultorio quedó completamente en silencio.
No era incómodo, sino más bien uno de esos silencios extraños que aparecen cuando alguien pronuncia una verdad tan evidente que resulta imposible discutirla.
Nakamura giró apenas la cabeza y Matsumura hizo exactamente lo mismo.
Sus miradas se cruzaron durante un instante brevísimo.
No había rabia, solo una incómoda comprensión.
Era cierto.
Cada noche, cuando Nakamura recordaba el beso, inevitablemente recordaba a Matsumura.
Y cada vez que Matsumura intentaba convencerse de que aquello no había significado nada, la imagen del rostro escandalizado y sonrojado hasta las orejas de Nakamura volvía a aparecer sin pedir permiso.
No era el beso.
Era el recuerdo.
Era la insoportable obligación de dedicarle espacio en sus pensamientos a la última persona del mundo a la que deseaban concedérselo.
Los dos apartaron la vista exactamente al mismo tiempo y la terapeuta sonrió con discreción, por supuesto que había acertado.
—Por eso creo que lo más saludable sería hacer justamente aquello que ambos han estado evitando durante toda la semana.
Los dos sintieron un mal presentimiento.
—Hablar.
Nakamura cerró los ojos y Matsumura también, casi como condenados caminando por la milla verde.
—Pero hablar de verdad. Sin gritar. Sin interrumpirse. Sin llamarse "betabel", "nabo", "degenerado" o cualquier otro adjetivo o sobrenombre que decidan incorporar a la discusión. Solo expresar lo que sintieron aquel día, escuchar al otro y dejar que ese recuerdo termine, por fin, de ocupar el lugar que le corresponde: el de un accidente desafortunado y nada más.
Los dos permanecieron inmóviles.
La propuesta era razonable en exceso.
Y precisamente por eso resultaba aterradora, porque implicaba conversar civilizadamente con la persona cuya sola existencia bastaba para elevarles la presión arterial.
Nakamura soltó un largo suspiro y Matsumura hizo otro inmediatamente después.
Por primera vez desde que aquella desastrosa sesión había comenzado, coincidieron por completo en un mismo pensamiento: lo único que querían... Era volver a casa.
Cuando por fin salieron de la clínica, ninguno tuvo la menor prisa por despedirse.
Era extraño.
Hasta hacía unas horas habrían hecho cualquier cosa con tal de alejarse el uno del otro lo antes posible, pero después de una sesión completa dedicada a exhibir, sin querer, sus miserias emocionales delante de una perfecta desconocida, la idea de marcharse sin decir nada resultaba, por algún motivo, todavía más incómoda.
Caminaron en la misma dirección, no porque quisieran, simplemente ocurría que sus caminos coincidían durante varias calles.
Entre ambos existía una distancia cuidadosamente calculada, casi científica, y Nakamura llevaba la bicicleta a su lado de tal manera que esta actuaba como una frontera móvil, una muralla improvisada que impedía cualquier posibilidad de proximidad accidental. Ninguno parecía dispuesto a repetir la experiencia de la semana anterior por culpa de una mala distribución del espacio personal.
Las ruedas avanzaban lentamente sobre el pavimento mientras el atardecer comenzaba a deshacerse en tonos anaranjados.
Durante varios minutos ninguno habló.
No era el silencio agresivo que había acompañado sus discusiones habituales. Era uno mucho más pesado, casi reflexivo.
Cada uno parecía ocupado revisando el desorden que acababa de descubrir dentro de sí mismo.
Finalmente fue Matsumura quien suspiró.
—Creo... que de muy poco sirvió ir a terapia.
Nakamura acarició distraídamente el manubrio de la bicicleta antes de asentir.
—Sí.
Hubo otra pausa.
—¿Te sientes diferente?
Nakamura reflexionó unos segundos.
La respuesta era sencilla.
—No.
Siguieron caminando con las ruedas de la bicicleta marcando un ritmo tranquilo sobre el suelo mientras ambos evitaban mirarse, y al cabo de unos metros, Matsumura volvió a hablar.
—He estado pensando...
Nakamura no respondió, pues sabía que iba a continuar de cualquier forma.
—Creo que la doctora tiene razón... Pero al final no nos ayudó en nada. Además, lo que pasó fue un accidente. Nadie lo planeó. Es como cuando te tropiezas delante de toda la escuela. En realidad no ocurre nada grave, nadie sale herido, y probablemente mañana nadie lo recuerde, pero la vergüenza es tan grande que tu cerebro insiste en reproducir el momento una y otra vez durante semanas.
Nakamura volvió a asentir lentamente.
Aquella comparación era, sorprendentemente, bastante acertada. No era el beso... Era la vergüenza.
Era la sensación de haber perdido para siempre el control de una escena que llevaba imaginando desde hacía años.
—Entonces... —continuó Matsumura—¿Quieres intentarlo otra vez?
Nakamura giró la cabeza.
—¿Intentar qué?
Matsumura respondió con una naturalidad casi ofensiva.
—Besarnos otra vez.
Por un instante pareció que el cerebro de Nakamura se había negado a procesar la frase, después abrió los ojos de golpe.
La bicicleta estuvo peligrosamente cerca de caerse.
—¡¡¿Te volviste completamente loco?!!
—¡Todavía no! —respondió Matsumura con una seriedad que hacía todavía más absurda la conversación—. ¡Pero voy en camino si sigo otra semana sin poder dormir!
Nakamura lo observó como si estuviera delante de un paciente escapado de un hospital psiquiátrico.
Matsumura, sin embargo, parecía convencidísimo de su teoría.
—Escucha. El primer beso fue un accidente. Ninguno de los dos estaba preparado. Nuestro cerebro sigue tratándolo como un acontecimiento traumático porque nunca tuvo oportunidad de entender qué pasó. Pero si ahora nos besamos otra vez... conscientemente... sabiendo exactamente lo que estamos haciendo... entonces el segundo recuerdo sustituirá al primero.
Hizo un gesto con las manos, como si estuviera resolviendo una compleja ecuación matemática.
—Es una especie de... actualización.
Nakamura permaneció varios segundos completamente inmóvil.
Aquello tenía muy poco sentido, o mejor dicho, nada de sentido.
Si los traumas pudieran solucionarse repitiendo las acciones que los provocó una y otra vez los libros de psicología serían mucho más cortos.
Y, sin embargo... Había una lógica extrañamente consistente dentro del disparate. No una lógica brillante, pero sí una lógica construida por alguien que llevaba una semana durmiendo tres horas por noche.
—Creo...—Vaciló—Creo que... entiendo lo que quieres decir.
Los dos se detuvieron en medio del sendero.
La tarde había terminado de extinguirse y las primeras lámparas del parque comenzaron a encenderse una tras otra, dibujando pequeños círculos de luz sobre el camino casi vacío. Ambos se miraron y asintieron con una solemnidad ridícula.
Era la clase de gesto que uno esperaría antes de una misión militar de alto riesgo y no antes de ejecutar el plan más estúpido concebido por dos adolescentes privados de sueño.
Respiraron al mismo tiempo y se acercaron con una rigidez casi mecánica.
Y ocurrió otra vez.
Esta vez nadie tropezó, nadie perdió el equilibrio; nadie fue víctima de una desafortunada combinación de física y mala suerte.
Los dos sabían perfectamente lo que estaban haciendo.
Fue un beso torpe, un beso extraordinariamente inexperto. Más largo que el primero, aunque no necesariamente mejor.
Ninguno tenía idea de cuánto debía durar un beso, de modo que ambos permanecieron allí un tiempo absurdamente prolongado, demasiado incómodos para separarse y demasiado avergonzados para continuar.
Cuando finalmente retrocedieron, permanecieron inmóviles.
Ninguno hablaba ni respiraba con normalidad.
Las cigarras parecían hacer muchísimo ruido.
Después de un silencio que se sintió eterno, Matsumura preguntó con cautela:
—¿Funcionó?
Nakamura hizo una pausa para revisar muy seriamente el estado de su conciencia y después la respuesta llegó enseguida.
—No.
Matsumura dejó caer los hombros.
—Ah...
Nakamura levantó una mano con desesperación.
—¡Sabía que era una idea completamente estúpida!
—¡Perdón por ser el único que intenta encontrar una solución!
—¡Pues gracias! ¡Ahora tengo dos besos horribles de los que arrepentirme!
—¡No son horribles!
—¡No me refiero a la técnica! ¡Me refiero a ti..!
—¡Ah...!
—¡¡No digas "ah"!!
Y reanudaron la marcha, esta vez el silencio era mucho más ligero. No porque hubieran solucionado el problema... Simplemente ya estaban demasiado cansados para seguir dramatizando.
Después de unos minutos, Matsumura habló otra vez.
—Para ser una primera cita...
Nakamura ya estaba preparado para ignorarlo.
—...creo que una sesión de terapia no es un destino muy recomendable.
Nakamura giró tan deprisa que casi atropelló un arbusto con la bicicleta.
—¿Cuál primera cita?
—Esta.
—¿¡Cuál "esta"!?
—No me vas a negar que lo es...
Levantó un dedo, como un profesor enumerando evidencias.
—Salimos después de la escuela
Otro dedo.
—Fuimos al mismo lugar.
Otro más.
—Hablamos durante una hora de nuestros sentimientos.
Otro.
—Después dimos un paseo.
Y finalmente levantó el último.
—Y terminamos besándonos por decisión propia.
Hizo una pausa.
—Suena bastante parecido a una cita.
Nakamura sintió un escalofrío recorrerle la espalda... Qué concepto tan espantoso.
En todas las fantasías románticas que había construido durante años siempre aparecía Hirose. Había cerezos floreciendo, conversaciones tímidas, manos rozándose por accidente, quizá un festival de verano o una caminata junto al río... Jamás había imaginado una clínica psicológica, un diagnóstico compartido y dos besos con el único ser humano capaz de sacarle canas verdes en cuestión de segundos.
Hizo una mueca de absoluto desagrado.
—Jamás saldría con un nabo—miró a Matsumura con el ceño profundamente fruncido—Así que deja de decir cosas tan asquerosas.
Matsumura resopló.
—Perfecto. Porque yo jamás saldría con un betabel sin iniciativa.
—Bien.
—Bien.
Y, curiosamente, aquella fue la primera vez que el "bien" de ambos significó exactamente eso: bien.
Mientras caminaban, descubrieron algo que ninguno habría admitido en voz alta:
Los dos estaban perdidamente enamorados del mismo sol, del centro inmóvil alrededor del cual giraban sus días sin que él siquiera lo sospechara: Aiki Hirose.
Los dos eran, en el fondo, muchachos bastante amables, solo que esa amabilidad parecía evaporarse misteriosamente cuando el otro aparecía.Y, también, los dos acababan de protagonizar, muy probablemente, la sesión de terapia conjunta más absurda que aquella clínica habría visto en muchos años.
Aquella noche, por primera vez desde el accidente en la tienda, ambos durmieron profundamente.
Creyeron que había sido el segundo beso el que, de algún modo incomprensible, había puesto punto final al tormento pero se equivocaban.
Lo único que realmente necesitaban era dejar de imaginar el accidente una y otra vez y, por fin, enfrentarlo hasta descubrir que no era un monstruo, sino apenas un recuerdo ridículo.
El segundo beso nunca fue necesario, aunque ninguno de los dos estaría dispuesto a reconocerlo.
Porque aceptar semejante conclusión implicaría admitir que habían besado dos veces a la persona equivocada... Y eso era un pensamiento demasiado humillante incluso para discutirlo en terapia.
Nadie besa a la persona equivocada tres veces... Espera. ¿Dije tres?
