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Esa tarde, las pantallas del CAR en Chicago reflejaban las repeticiones del último partido que disputó. Estaba agotado tras una sesión pesada de videoanálisis, pero aún así se quedó sentado frente al monitor, tratando de descifrar en qué se había equivocado en una jugada concreta.
Tras quince minutos de repetir el mismo clip, con la mirada clavada en sus propios errores, sintió una presencia que se acercaba. Era uno de los asistentes del cuerpo técnico, que se quedó mirando la pantalla a su lado.
—¿Otra vez con el mismo ángulo, Bri? —le preguntó el asistente con una sonrisa leve, apoyando una mano en el respaldo del sillón—. Te vas a volver loco de tanto buscarle fallas a cada movimiento. Con lo pegado que te la pasas viendo partidos de la liga mexicana con tu familia, parece que buscas esa misma intensidad acá.
Brian soltó una exhalación corta, sin apartar los ojos del monitor, y el asistente aprovechó el momento para continuar, cambiando a un tono más de consejo futbolero:
—Oye, hablando de eso... si de verdad quieres estudiar a un delantero letal que te cambia el ritmo de una jugada en una baldosa y exprime cada espacio, deja de ver solo los partidos de aquí y échale un ojo a lo que se mueve en la Liga MX. Hay un chavo de tu misma generación, un tal Armando González, que no da una sola pelota por perdida —le dijo, dándole un apretón amistoso en el hombro antes de despedirse y recordarle que tocaba entrenamiento temprano al día siguiente.
Las palabras se quedaron rondando en su cabeza durante todo el camino de regreso. Mientras manejaba bajo el cielo gris de Chicago con la calefacción a tope —y más tarde, mientras cenaba algo rápido en la barra de la cocina—, la curiosidad fue ganándole terreno.
Aquellas referencias conectaban demasiado con algo íntimo: dentro de él siempre había latido el deseo de jugar algún día en la Liga MX —en gran parte por la influencia de su familia—, y la idea de pisar canchas mexicanas era un pensamiento recurrente que lo acompañaba en silencio.
Así que esa misma noche, ya en la tranquilidad de su casa, Brian no aguantó más la espinita, tomó su iPad y buscó la transmisión.
En la pantalla apareció el terreno de juego con todo el peso de la división de plata mexicana: una cancha maltratada, el sonido lejano de una tribuna empacada de pasión y los gritos de un comentarista con exceso de energía.
Los defensas centrales rivales medían casi un metro noventa y no dudaban en dejar la pierna fuerte en cada choque.
Al principio de la transmisión, Armando estaba en la banca, abrigado con la sudadera del equipo, analizando los espacios con la mirada fija en el campo mientras se mordía los labios en un gesto nervioso, esperando su momento.
Cuando el técnico le dio la orden de entrar, Brian vio cómo Armando saltó al terreno de juego no a trotar, sino a revolucionar todo. Lo observó picar a los espacios imposibles, fajarse con defensas que lo doblaban en fuerza, y pelear cada balón dividido como si fuera el último minuto de una final.
No importaba que lo derribaran; el delantero se levantaba inmediato, acomodaba las ideas y volvía a presionar.
Desde ese rincón en Chicago, viendo a un joven de su misma edad rompiéndose el alma en las canchas mexicanas para ganarse un sitio en el primer equipo, a Brian se le encendió una chispa muy adentro.
Quería convencerse de que era pura admiración deportiva, un respeto genuino por la fuerza y la resistencia que tuvo un chico de su misma edad para llegar hasta ahí.
Incluso se justificaba a sí mismo repasando en secreto la carrera de Armando, habiéndola estudiado de pe a pa durante toda una madrugada por si alguien se atrevía a preguntarle cualquier detalle — arrepintiéndose a medio camino pues seguro mañana en el entrenamiento traería una ojeras inmensas —
Sin embargo, había algo más que Armando provocaba en él, un cortocircuito que Brian prefería no nombrar cada vez que lo veía festejar un gol frente a la cámara.
Se veía ridículamente bien, y Brian era incapaz de ignorarlo: el cabello pegado a su frente por el sudor, las mejillas encendidas tras noventa minutos de esfuerzo puro, y esas cejas —dios, sus cejas— que parecían ir a mil por hora acompañando cada palabra cuando gesticulaba ante los micrófonos.
El leve entrecejo que se le formaba al concentrarse le revolvía el estómago de una forma extraña. No sabía exactamente qué era, pero tenía claro que Armando era el único culpable.
A partir de esa noche, seguir los partidos del Tapatío se convirtió en su ritual secreto. Entre jugadas y diagonales, comenzó a estudiar los movimientos de Armando, imaginando mentalmente el día exacto en que sus dos realidades paralelas cruzarían la frontera y coincidieran sobre el mismo césped.
