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Gil nunca había cuestionado su sexualidad.
Bueno, realmente nunca había tenido tiempo de cuestionar nada cuando su vida se revolvía alrededor de entrenamientos, partidos, juntas con su agente, y (a veces) tareas.
Además de que nunca había tenido dudas de cómo su trayecto de vida se iba a desenvolver. Gil siempre había imaginado que su debut en la selección mexicana le abriría las puertas a las ligas mayores para convertirse en un jugador de élite. La meta desde un principio fue muy clara: salir a la cancha y dejar que su trabajo hablará por sí mismo.
Y pues claro que con el paso del tiempo se imaginaba que encontraría una pareja linda y genuina. Alguien con quien compartir una vida e incluso hasta tener un bodorrio y toda la cosa. Tal vez se convertiría en papá y le enseñaría a sus hijos a jugar fútbol de la misma manera en que su propio padre lo hizo con él. El plan era linear y claro. Todos los futbolistas recorren ese camino y en el momento adecuado él también seguiría los mismos pasos.
Pero todavía faltaba mucho para que todo eso ocurriera porque a sus diecisiete años Gil no tenía tiempo para nada que no se tratará de fútbol.
O al menos eso creía Gil antes de empezar a tener una crisis por culpa de sus compañeros.
Lo primero que descontroló por completo la vida de Gil fue conocer a Brian Gutiérrez y Armando “Hormiga” González.
Al ser convocado, Gil entendía que muchos de sus compañeros ya tenían vínculos establecidos en el equipo. La gran mayoría se conocen desde hace años y hasta juegan para los mismos clubes. Lo que el joven mediocampista no esperaba era ver que tan cómodos Brian y Armando estaban con sus demostraciones públicas de afecto.
Los dos eran inseparables. No importaba donde se encontrará Gil, su mirada siempre caía fija en el par de amigos quienes se la pasaban abrazados, dándose zapes, despeinándose el uno al otro y hasta cargándose de caballito por todas las instalaciones.
Al principio Gil no le había tomado mucha importancia a esos detalles porque era común que cada quien encontrará un compañero con quien se creaba un lazo más cercano. Incluso él ya comenzaba a sentir una inclinación hacia Obed Vargas (con quien era más cercano en edad y resultó ser su vecino de cuarto) y hacia Israel Reyes (que siempre estaba feliz de aconsejarlo y ya hasta tenían apodos entre ellos).
Lo mejor era que ninguno de los dos esperaba mucho afecto de parte de Gil. De vez en cuando había un choque de hombros o un roce de manos, pero más que nada se conformaban con la presencia y la conversación del más joven.
En el pasado, el contacto físico con sus amigos siempre lo había incomodado un poco. Especialmente si Gil los estimaba profundamente.
Era difícil de explicar cómo cada vez que su codo o rodilla rozaba con la de alguien más, su piel le dejaba una sensación ardiente, y que, si pensaba mucho en el por qué, un escalofrío le descendía por todo el cuerpo.
Gil se preguntaba cómo una amistad podía llegar a desarrollar ese tipo de comodidad y seguridad tal como Brian y Armando lo demostraban. Típicamente esa confianza solo se encontraba entre parejas.
Durante el inicio de la concentración, Gil decidió descartar la idea de que había algo más entre ellos dos porque eso lo hacía sentir ridículo.
Y no necesariamente por el hecho de que había una probabilidad (quizás muy baja pero tampoco nula) de que sus compañeros estuvieran en una relación más romántica que platónica. Sino que Gil sentía una curiosidad inmensa al no poder descifrar la dinámica del par.
Se le hacía imposible apartar la vista de ellos cuando los encontraba en el mismo espacio que él. Era como si una fuerza exterior y completamente fuera de su control lo obligará a examinar cada interacción meticulosamente.
Había veces que cuando Brian y Armando cruzaban miradas en la cancha o en las juntas de táctica, tenían una conversación silenciosa que soltaba una tensión palpable. Esas ocasiones hacían que Gil se sintiera como si se estuviera entrometiendo en un momento privado. Intimo.
Sus sospechas fueron confirmadas solo semanas después de conocerlos.
Gil pasó la tarde libre revisando las redes sociales días antes del partido inaugural. El público mexicano estaba ansioso por el comienzo de la Copa Mundial y cada minuto que pasaba lo llenaba de inquietud y emoción. Nunca se dio cuenta de que su celular estaba a punto de morir hasta que ya era demasiado tarde.
Después de buscar su cargador por varios minutos en su habitación finalmente recordó que lo había usado esa tarde en la sala común.
—No mames —susurró para sí mismo mientras se ponía sus sandalias.
El reloj de la pared marcaba más de las once y estaba seguro de que era el único despierto a esa hora. El entrenamiento comenzaba temprano al día siguiente y no había manera de que Gil logrará levantarse a tiempo sin la alarma de su celular.
El pasillo estaba desierto y solo las pequeñas luces de las lámparas iluminaban el camino. Unos pasos antes de llegar a donde se conectaban el pasillo de las habitaciones y la sala común, un par de voces hizo que Gil se congelara por completo.
—Ya, amor. Vámonos que ya es bien tarde y alguien nos va a ver. —Esa era definitivamente la voz profunda de Armando.
—Todos están dormidos. —Y esa era indudablemente la voz de Brian—. One more. One more, please?
Gil podía escuchar las sonrisas de ambos con solo el tono de voz, y se dio cuenta de que tan rápido empezaba a latir su corazón.
Inconscientemente sus pies caminaron los últimos pasos para inclinar la cabeza un poco y echar un vistazo hacia la sala. Sus compañeros se encontraban sentados en el sillón uno frente al otro, y aunque no alcanzaba a distinguir demasiados detalles, el movimiento de sus cabezas era inconfundible.
Fue en ese instante que sus oídos lograron registrar un ruido húmedo y rítmico que hizo que todo el aire se le saliera de los pulmones.
Brian y Armando se estaban besando.
Justo ahí en la sala del CAR.
Gil dejó de respirar.
El sonido de dos bocas chocando con placer era el único ruido en aquel espacio. Uno de los dos (Gil no estaba seguro quien) soltó un gemido bajo que le creó un nudo en el estómago, pero por alguna razón no podía apartar la vista de ellos.
Fue el sonido de cuerpos separándose que finalmente obligaron a su cerebro a reaccionar.
Gil salió corriendo de regreso a su habitación antes de ser visto por la pareja. Cerró la puerta cuidadosamente para evitar hacer más ruido de lo necesario y se tiró en la cama boca arriba.
¿Por qué chingaos me pasan estas cosas a mí?, pensó con un suspiro.
¿Sabrán los demás? ¿O por qué ellos nunca han dicho nada?
Gil frotó su rostro con ambas manos con un cansancio y frustración que no recordaba haber tenido antes. Entre más le daba vueltas al asunto, más prominente se hacía ese sentimiento que tenía tanto tiempo guardando dentro de sí.
De acuerdo con todos, la vida de futbolista estaba escrita en piedra. No existían discrepancias ni excepciones.
Solo que Brian y Armando acababan de mandar todo lo que Gil creía a la mierda.
Sin más preámbulo, giró su cuerpo para acomodarse e intentar dormir. Quería olvidar ese peso que se había sentado justo sobre su pecho y que lo sofocaba con una intensidad desconocida.
*
La rutina de concentración continuó después del accidente (como Gil decidió nombrarlo). Nada había cambiado objetivamente. La inauguración fue exitosa, todos continuaron entrenando para la siguiente ronda de fase de grupos, y la pareja seguía sin disimular su necesidad por estar tan físicamente cerca como fuera posible.
Gil seguía sin superar lo que había visto esa noche.
Se suponía que eran amigos. Ya llevaban semanas conviviendo a diario como para que no existiera esa confianza entre ellos.
A lo mejor piensan que no aprobarías su relación o que los tratarías diferente al saber.
Se sentía desconsolado por el baño de realidad.
Se imaginaba que en el momento dado él los confrontaría sobre el tema porque no entendía el por qué lo ocultaban. Y de paso también le gustaría aclarar que él no era intolerante ni tiene prejuicios, y que bajo ninguna circunstancia su relación cambiaría el cariño que ya les tenía a los dos.
Pero no te deben ninguna explicación, razonó consigo mismo. Ni tampoco necesitan de tu aprobación.
Gil estaba exhausto de pasar tanto tiempo pensando en el tema. No sabía cómo dirigirse hacia ellos ni cómo resolver la confusión que su mente seguía desarrollando.
Para sorpresa de Gil, fue Piojo quien aclaró un poco las cosas.
Una noche libre, a poco de enfrentarse contra Corea del Sur en el siguiente partido, varios decidieron ver una película juntos para pasar el rato.
A media película, Gil se levantó para buscar más palomitas del otro lado de la sala. Las botanas y bebidas que habían juntado para la ocasión estaban encima de la barra justo al lado de donde Piojo estaba distraído con su celular.
Gil mantuvo la mirada sobre Brian y Armando en el sillón. La verdad era que el joven ni había puesto mucha atención a la película por estar vigilando a esos dos.
Se sentaban juntos con los hombros pegados y sus caras demasiado cerca como para aparentar ser amigos. Desde que la película comenzó, se susurraban comentarios el uno al otro en el oído y se tapaban la boca para no interrumpir a los demás con sus risas.
Era absurdo que tan respetuosos eran en espacios compartidos.
A nadie más parecía importarle el rollo que traían. Gil, con el ceño un poco fruncido como ya era de costumbre cuando observaba a la pareja, vació una bolsa de palomitas en su tazón. Sus ojos voltearon hacia arriba en el momento exacto para ver a Brian plantarle un beso a la mejilla de Armando.
Gil se quedó quieto y con los labios partidos en sorpresa.
Casi la mitad del equipo estaba presente. ¿Cómo podían actuar tan natural en frente de todos?
—Hey, Morita, si no cierras la boca se te va a meter una mosca —sonó la voz de Piojo a su derecha.
—¿Qué? —Gil desvió la mirada del sillón para voltear a ver a Piojo. El delantero seguía sentado encima de la barra con una rodilla doblada y el codo sobre ella.
—Te digo que los dejes de mirar tan intensamente antes de que piensen que eres homofóbico o algo así, wey. —Piojo levantó las cejas mientras le dio un trago a su bebida.
—No pues la verdad yo no juzgo ni nada —respondió Gil mientras se rascaba la nuca—. Digo, cada quien ¿no?
Piojo entrecerró los ojos poniendo a Gil un poco nervioso. Cuando el delantero cruzó los brazos, Gil siguió hablando impulsivamente.
—Digo, cada quien tiene sus propios gustos, ¿no? —Gil encogió los hombros y miró a su compañero directamente a la cara—. Sabía que Armando y Brian eran buenos amigos desde hace tiempo, pero no sé… —Gil desvió los ojos al piso.
—A ver, wey. Dime ahorita que estás pensando porque si dices algo que no debes, aquellos cabrones no te van a dejar en paz el resto de la concentración.
Gil volvió a levantar la mirada y se encontró con el rostro más serio que había visto en Piojo desde que lo conoció.
Aunque Piojo era bromista y muy buena onda con todo el mundo, cuando se trataba de algún tema importante, le gustaba ir directamente al grano. El delantero demostraba ser un buen compañero y amigo para muchos de la misma manera que un hermano mayor se ríe de ti cuando te tropiezas antes de estirarte la mano y ayudarte a levantar.
Piojo era un líder nato y le gustaba que su personalidad juguetona lo ayudaba a pasar desapercibido. Sin embargo, cuando era necesario, se tomaba en serio su papel de líder para poner orden.
—Es que el otro día… —Comenzó Gil con timidez—. Salí en la noche a buscar mi cargador que deje en la sala y pues me tope con Brian y Hormiga.
Piojo asintió lentamente para que Gil continuará su historia.
—Y pues la verdad no era mi intención, pero…—Inhalo profundamente—. Los vi besarse.
Gil desvió la mirada al piso. Pensó que decirlo en voz alta lo iba a hacer sentir mejor pero una punzada de culpa le pegó en el pecho por contar algo tan íntimo que francamente no le pertenecía.
—Ay, niño —rio su compañero—. ¿A poco no sabías que esos dos weyes son novios?
Gil solo se le quedó mirando con el rostro en blanco.
—¿No mames? —Frunció el ceño Pijo antes de continuar—. ¿En serio no sabías?
Se sonrojó el joven mediocampista.
—La verdad eh… no –susurró la última palabra.
Piojo comenzó a reírse suavemente.
—¿Entonces qué pensabas? ¿Qué solo son buenos amigos?
—Pues…sí.
—Ay, Morita —suspiró el delantero—. Es cierto que la concentración hace que el equipo sea más cercano pero esos dos traen otro rollo. Digo, también hay que saber tener límites, ¿no?
Gil frunció el ceño. Piojo explicó antes de que pudiera responder.
—Dos compas que son buenos amigos no se echan esas miraditas. Ni tampoco se andan manoseando a media cancha al menos que signifique algo más.
—¿Entonces todos saben?
—Pues no lo gritan a los cuatro vientos, pero si les preguntas, tampoco no lo niegan.
—¿Y no les dará miedo que todos se enteren? —Gil desvió su mirada del rostro de Piojo—. Me refiero a que sus carreras pueden destruirse si la persona incorrecta se entera.
Piojo encogió los hombros.
—Todo es un riesgo en esta vida, niño. Solo con el tiempo aprendes que riesgos valen más la pena.
Gil se le quedó viendo mientras el delantero se bajaba de la barra y abría una bolsa de sabritas. Piojo miró hacía el sillón donde la pareja seguía acurrucada en un medio abrazo antes de volver a ver a Gil otra vez.
—Mira, Morita, estás muy joven todavía, pero eso solo significa que tienes mucho tiempo para averiguar qué es lo que quieres.
—Pues quiero… jugar fútbol —contestó Gil un poco confundido.
—No me refiero a eso —aclaró tranquilamente el mayor—. Solo digo que si tienes curiosidad es mejor que vayas y les preguntes directamente en vez de quedarte viéndolos con la boca abierta. Lo digo porque si no saben que estás pensando te va a tocar un sermón de la chingada sobre aceptar al prójimo, el amor es amor, es nuestra vida privada, blah blah blah.
Piojo puso los ojos en blanco y se echó un puño de sabritas a la boca antes de continuar.
—Yo no sé mucho de esas cosas, pero respeto el rollo que traen. Al final, cada quien tiene sus gustos, ¿no? —La sonrisa que dibujó en su rostro le dejó saber a Gil que el bromista de siempre había regresado.
Dando la conversación por terminada, los dos se movieron de la barra hacia la sala para terminar de ver la película.
Cuando aparecieron los créditos en la pantalla, Gil seguía sin saber de qué se trataba la trama. La verdad eso ni le importó porque después de su plática con Piojo, él ya se sentía con el cuerpo más ligero y la mente un poco más despejada.
*
La crisis (como Gil decidió nombrarla seguido del accidente y de la charla con Piojo) comenzó después de ganar contra República Checa en el último partido de la fase de grupos. Los vestidores eran un caos de festejo y emoción. Nadie podía ocultar la euforia que había producido conseguir un lugar en dieciseisavos de final.
En el autobús de regreso, la conversación se convirtió en planes para celebrar aquella noche dentro de las instalaciones del CAR. La adrenalina seguía recorriendo sus cuerpos y junto con la confirmación de un día entero libre a la mañana siguiente nadie estaba dispuesto a irse a la cama temprano.
La noche comenzó como planearon. Todos se reunieron en la sala común luego de abandonar sus pertenencias en las habitaciones, y para pronto Piojo ya había conectado su música a la bocina para poner ambiente.
Alexis Vega salió de su habitación cargando un par de cajas de cervezas heladas (para sorpresa de nadie) y las repartió entre sus compañeros.
—No mames, Vega, no le des al niño —reclamó Piojo al ver Alexis pasarle una cerveza a Gil—. Que no ves que se va a poner pedo con la primera.
Las risas flotaban por toda la sala mientras la cara de Gil se empezaba a poner roja.
—Wey, ya se fueron los técnicos. ¿A quién le importa? —contestó Alexis con una sonrisa—. Si el morro se pone pedo, pues lo cargamos a su cama y ya. —Alexis estiró la mano para darle la cerveza ya destapada al más joven—. ¿O no, Gil?
Todos volvieron a reír y Gil tomó esa oportunidad para empinarse la cerveza a la boca y evitar tener que contestar la pregunta.
La posibilidad de hacer el ridículo en frente de todos sus compañeros (¿o amigos? Gil seguía sintiéndose inseguro sobre cómo etiquetarlos) y convertirse en el hazmerreír por el resto del mundial le preocupaba.
La verdad era que podía contar con una mano cuántas veces había tomado alcohol antes en su corta vida. Entre los entrenamientos, la escuela y las altas expectativas de su familia, el tiempo no rendía para andar en el desmadre con sus amigos de la prepa.
De alguna manera se había saltado esa etapa de desarrollo de personaje, y realmente no había espacio para quejarse cuando estaban un paso más cerca de convertirse en campeones del mundo.
Las cervezas se repartieron, las risas incrementaron, y la música subió de volumen. Lo que se sintió como un instante se convirtieron en horas y pronto se dieron cuenta de ya pasaba de la medianoche así que los jugadores mayores comenzaron a retirarse para descansar.
—¡No aguantan nada! —gritó Piojo cuando Erik Lira y Johan Vásquez también se retiraron del festejo—. Nombre, si a esta edad ya no pueden con unas cervezas y una desvelada, ni me los imagino en unos diez años.
Con la mayoría ya retirados, los asientos vacíos fueron llenados por los más jóvenes que se quedaron para disfrutar del argüende. Tala Rangel, Santiago Giménez y Jorge Sánchez habían ocupado la mitad del sillón desde hace rato mientras que Brian, Armando, Mateo y Obed compartían la otra mitad. Piojo, Alexis y César Huerta optaron por jalar sillas para quedarse cerca de la bocina en frente de la televisión.
Israel y Gil dejaron de recargarse de la mesa de billar para rodear el sillón. Gil se sentó a lado de Obed y justo a su lado Israel jalo otra silla.
—Si tomas desde la secu, entonces sí. Ya cumpliendo los veinticinco ya valió madres —dijo Israel mientras se acomodaba.
—¿Neta? —preguntó Brian frunciendo el ceño ligeramente—. ¿Desde la secundaria?
El mediocampista tenía su brazo encima de los hombros de Armando quien casi estaba recargado sobre el pecho de Brian.
En ese momento, Armando volteó la cabeza como si pudiera sentir como Gil los miraba con una intensidad inusual. Al hacer contacto visual con el delantero, Gil rápidamente desvió la mirada al piso y pretendió limpiar la boca de su botella con su camisa.
—Créeme que sí, cabrón —continuó Jorge—. En la secu uno se llevaba la botella durante todo el turno para andar pisteando a la hora de la salida.
—No pues aquí sí es otro pedo. Allá casi nadie sale de fiesta hasta que entras a la high school.
—Para esa edad uno ya hasta tiene pisto favorito, wey —anunció Piojo antes de empezar a repartir otra ronda de botellas abiertas. Gil tomó otra de su mano a pesar de que los pensamientos ya le flotaban sin su permiso.
—Y eso que aquí puedes tomar desde los dieciocho, wey. Imagínate allá. Hasta los veintiuno porque si no te la arman de pedo en todos lados.
—Pues no que muy progresistas y la verga, wey. —Se burló Alexis—. ¿Cómo para unas cosas sí y para otras les vale?
—Puras apariencias. —Alzó la voz Obed—. A nadie le gusta decirlo, pero es verdad. —El joven encogió los hombros y le dio un trago a su botella.
—Eso es verdad —explicó Brian—. En Chicago nadie me dijo nada sobre mis parejas. —Eso hizo que Armando girara la cara para ver a Brian mientras respondía—. Bueno siempre fui muy… um… lowkey, pero ellos conocían mi vida personal y nunca me trataron diferente.
Antes de que Gil logrará procesar lo que Brian estaba compartiendo, Piojo captó la atención de todos.
—Pues sí, wey. —El delantero no podía contener la risa al hablar—. Tu trabajo es jugar fútbol. Que les valga madres quien te la mete a ti mientras tú la metas dentro de la portería, ¿no?
La cara de Brian rápidamente se puso roja hasta el cuello. Todos los demás soltaban carcajadas tan fuertes que unos hasta se iban de lado al no poder ni respirar.
El mediocampista solo soltaba una pequeña sonrisa de vergüenza. Aunque lo que llamó más la atención de Gil fue la reacción de Armando. El delantero se había sumido un poco más al sillón como si quisiera desaparecer de la vista de los presentes. Sus mejillas también se habían puesto de un color rojo intenso y la mitad de su cara seguía escondida sobre el pecho de Brian.
Tal vez ya le estaba pegando el alcohol porque Gil no podía creer que estaban confirmando su relación enfrente del todo el grupo.
Su corazón comenzó a latir un poco más fuerte de lo normal. No había explicación para el sentimiento que recorría dentro de él y que le causaba una profunda calidez dentro su pecho.
—Aguas, Tala. Con tan poquito que se la deja meter este wey te va a quitar el puesto —contestó Mateo creando otra ola de risas burlonas.
—Ya cállate, wey. —Armando se despegó del pecho de Brian para defenderlo—. Así como la metiste hoy bien que te gusta meterla en otros lados también, cabrón.
Armando levantó una ceja y su rostro dibujó una sonrisa enorme que hizo que algunos hasta aplaudieran al unísono.
—A ver, espérate tantito —declaró Piojo apuntando un dedo índice entre Armando y Mateo—. Si quieren sacar sus trapitos al sol, tienen que contar bien el chisme.
—¿Quién diría que unas chelas les afloja la lengua? —añadió Israel con una sonrisa.
—A ver síganle, yo sí quiero saber —dijo Tala inclinándose hacia enfrente y recargando sus codos sobre sus rodillas.
—Pues quien no ha besado a su compa, ¿eh? —Cruzó los brazos Mateo con una sonrisa juguetona—. ¿O qué? ¿A poco ahora todos son santos?
Mateo tiene novia…, recordó Gil.
… ¿O tenía?
Empezaba a ser un poco difícil para él seguir la conversación.
—Perdiendo una apuesta y en retos pues sí, cabrón —dijo Alexis—. De piquito nada más, wey, pero así porque así pues no.
La mayoría asintió lentamente con la cabeza como si Alexis hubiera contestado por todos los presentes.
Mateo puso los ojos en blanco.
—Pues no saben de lo que se están perdiendo —contestó el defensa con una sonrisa.
—Pero tu novia. ¿Qué ya no…? —Gil dirigió la pregunta hacia Mateo sorprendiendo a todos al hablar.
—Exnovia —contestó Mateo encogiendo los hombros—. Pero juego para ambos equipos.
—A la bestia —respondió Gil en automático con un rostro de sorpresa.
¿Desde cuándo eso era una opción?
—No mames, wey, vas a espantar al niño —gritó Alexis.
—Morita, no te nos vayas a infartar. —Se burló Piojo.
—Soy bisexual. Significa que me gustan ambos —expresó Mateo con orgullo—. Lo supe desde que era niño.
Armando volvió la cabeza para compartir una mirada con Mateo y ligeramente sacudió la cabeza de lado a lado. Mateo soltó una sonrisa y continuó sin permiso de su amigo de la infancia.
—De hecho, Hormiga fue mi primer beso de chiquito. —Comenzó a reír y su cuerpo se sacudió con fuerza—. Me dijo que teníamos que casarnos si queríamos jugar en el mismo equipo.
La sala estalló en un conjunto de risas y esta vez Gil se unió al grupo.
—Estábamos bien chiquitos, wey, no mames —dijo Armando sin ningún rastro de ira—. Teníamos como seis años.
Brian intentó darle un manotazo con la mano que seguía extendía sobre Armando a Mateo, pero este saltó más cerca de Obed para evitar el golpe.
—Pinche, gringo. Eres bien celoso, cabrón —reclamó Piojo con una sonrisa en el rostro.
—No es cierto, wey —protestó Brian mientras intentaba no sonreír.
—Si Hormiga no se quiere casar contigo en un futuro, wey, ya sabemos que es porque no ha tramitado el divorcio con Mateo todavía —dijo Piojo antes de esquivar una almohada que Brian le lanzó desde el sillón.
La conversación cambió de tema otra vez y la noche continuó tan ordinaria como una parranda dentro del CAR les permitía.
Gil (quien no tuvo que ser encaminado ni cargado hasta su habitación esa noche) ya estaba acostado en su cama tarde por la madrugada y mirando al techo mientras sus pensamientos flotaban en su mente sin inhibición.
Era imposible dejar de pensar en cómo Brian reveló su identidad sin ningún miedo y con total seguridad esa noche. Mateo también había abierto otra caja de Pandora con su identidad bisexual en la mente de Gil.
Las palabras de sus compañeros transmitían orgullo y libertad. Eso era algo digno de admirarse. Más aun considerando que su área de trabajo les podía arrebatar todos sus logros y sueños justo de las palmas de sus manos. Se requiere cierta valentía para elegirse así mismo por encima de las expectativas de los demás.
Gil anhelaba ser así de valiente.
El trayecto de vida que sus padres y la sociedad le habían impuesto desde pequeño comenzaba a desmoronarse en las palmas de sus manos.
Gil se sentía listo para finalmente enfrentar esa parte de sí mismo que había mantenido encerrada en la oscuridad durante tanto tiempo.
*
A la mañana siguiente, Gil les dio gracias a todos los dioses en el cielo por no haber amanecido crudo.
El sol ya entraba por las ventanas, pero al salir al pasillo en su short y sudadera, Gil notó que nadie tenía ganas de levantarse aún. Vistiendo sus sandalias y con el almohadazo en el pelo, se dirigió a la cafetería para buscar algo que desayunar.
El cansancio del partido y la desvelada no dejaron que se diera cuenta que Armando ya estaba sentado al final de una de las mesas. Solo cuando ya traía su charola en las manos descubrió que eran las dos únicas personas ahí.
No tuvo otra opción más que caminar hacia el delantero.
—Buenos días, Morita. —Sonrió el mayor tan pronto Gil se sentó a su lado—. ¿Cómo amaneciste, brother?
—Bien, algo cansado. —Se frotó las manos sobre la cara para despertar un poco más—. ¿Y tú? ¿Por qué andas despierto tan temprano?
—No tomé tanto. —Armando encogió los hombros—. De hecho, no me gusta tomar mucho en general y menos cuando tengo que cuidar al lightweight del Brian. El wey no sabe controlar su alcohol.
Su compañero mayor puso los ojos en blanco y levantó una cucharada de cereal hacia su boca. La sonrisa delicada que apenas se notaba en su rostro le dejó saber a Gil que Armando estaba acostumbrado a la rutina.
No significaba que ser el cuidador de Brian era una carga para él, sino que, al contrario, la dulzura en su voz apuntaba a que era un placer ser esa persona para su novio.
—Y todos burlándose de mí, no mames. —Sacudió la cabeza Gil antes de tomarle a su café.
—Ya sé. —Siguió sonriendo el delantero sin quitarle la vista de encima—. Muchas cosas no son lo que parecen, ¿verdad? —Alzó las cejas mientras masticaba otra cucharada de cereal.
Las mejillas de Gil se sonrojaron y se quedó sin palabras.
—Nomás te estoy vacilando, Morita. No eres tan sutil espiando a la gente, ¿sabes?
—La v-verdad yo eh… —Tartamudeó el joven al contestar.
—Ah, entonces no lo niegas.
De alguna forma la cara de Gil se puso incluso más roja.
—N-No, la verdad no. —Suspiró el menor, dándose por vencido—. Solo que yo pues noté que tan cercanos son tú y Brian y no sé… —Encogió los hombros—. Tenía…
—¿Curiosidad?
—Algo así —contestó el mediocampista en un susurro.
—Es natural tener curiosidad. —Armando admitió con un tono tranquilo y paciente—. La gente sigue creyendo que es algo extraño y anormal cuando la realidad es que el mundo está lleno de personas que no se identifican como heterosexuales. Es un privilegio poder crecer con la libertad de explorar tu propia identidad sin una lluvia de críticas. No todos tienen esa suerte. Y es… muy triste cuántos terminan odiándose a sí mismos por algo que no pueden controlar.
Armando frunció el ceño y mantuvo una expresión desgarradora.
Mirar a su amigo de esa forma le causó a Gil un dolor en el pecho que se extendió por todo su abdomen. Gil sintió un hormigueo comenzar en las palmas de sus manos y sintió un vuelco en el estómago.
—Sí es un riesgo. Además de que los técnicos y la directiva se hacen pendejos con estos temas. A veces quieren hacerme la vida imposible. —Armando puso los ojos en blanco con ira—. Pero si todo este martirio significa que alguien allá afuera, quien está cuestionando su existencia por pinches constructos sociales, llega a verme jugar y dice, “Si este cabrón es futbolista, tiene novio, y el que opine mal de ellos se la pela, ¿por qué yo no puedo?” Para mí eso es más que suficiente.
Armando suspiró profundamente antes de continuar.
—Me daba un chingo de miedo salir del closet, pero al final no tuve de que preocuparme. Soy muy afortunado de tener a mi familia que me ha amado y sostenido durante todo este proceso. Mateo también ha sido un gran amigo y confidente. Más cuando nos enteramos de que teníamos más cosas en común de lo que creíamos. —El mayor soltó una risa ligera llena de cariño—. Y ahora tengo a Brian. Creo que pase lo que pase, nunca me voy a arrepentir de ponerme a mí mismo en primer lugar. Querer ser feliz no es pecado y nunca lo veré como tal.
Gil no estaba seguro cuando las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. Se las limpió con el dorso de las manos cuando noto la sonrisa frágil que le dedicaba el delantero.
Sus labios temblaban demasiado para soltar siquiera una palabra así que su cuerpo respondió de la segunda mejor manera posible.
Gil se lanzó sobre el pecho de Armando y rodeo el cuello del mayor con sus brazos. Toda esa ansiedad que llevaba semanas cargando se transformó en una calidez dentro de él que le llenaba los ojos de más lágrimas.
—Gracias, Hormiga —susurró Gil cerca de su cuello.
No tenía las palabras para expresar como su corazón se sentía como si fuera a estallar.
—Nada que agradecer, Gil. —Armando le dio otro apretón estando abrazados—. Cuando quieras platicar, aquí estoy.
Los dos se separaron y soltaron una risa húmeda llena de claridad y cariño.
El siguiente respiro que dio Gil se sintió como el comienzo de algo nuevo. Prometedor.
Gil no tenía todas las respuestas. Al contrario, más preguntas surgieron dentro de él durante estas últimas semanas. Sin embargo, con el espíritu más tranquilo y el corazón más abierto, estaba dispuesto a ir en busca de las respuestas que anhelaba sin miedo.
Después de todo, ser convocado para el mundial fue lo mejor que le pudo haber pasado en el inicio de su carrera y de su vida.
