Work Text:
— Oscar dale, haceme el favor de apurarte que ya esta por salir Hamilton. —Los ojos de Franco saltaban de la tele a la puerta esperando a que su novio aparezca, impaciente sus manos empezaron a mover, rotar, acomodar de mil formas el almohadón que descansaba en su regazo, mismo en el que Oscar había apoyado su cabeza.
Se podían escuchar algunos ruidos viniendo de la cocina como la pava avisando que ya había calentado el agua, el sonido de yerba usada siendo tirada en el tacho de basura, el termo siendo llenado, el mate siendo preparado. Mientras tanto el conteo en la tele de cuánto faltaba para que se levante la bandera roja iba acercándose cada vez más a su fin y los pilotos estaban empezando a meterse a sus autos de vuelta.
Justo cuando empezaron a sonar los motores y cada auto comenzó a salir uno detrás del otro por la pit line cierto australiano finalmente apareció cargando un termo y un mate.— Ya está, ya estoy acá, solo a vos se te ocurre mandarme a preparar mate cuando quedaban unos minutos nada más. —A pesar del tono de voz y del rodeo de sus ojos se podía ver como una sonrisa se asomaba por los labios de Oscar mientras dejaba las cosas en la mesita que estaba al lado de Franco.
— Bueeeno, uno le puede errar al tiempo che. —Por su parte el argentino acomodó el almohadón en su regazo por última vez y le dio unas palmaditas para que su novio capte el mensaje y vuelva a retomar la posición en la que estaban.— Dale, vení, necesito mi cábala. —Cábala que se había empezado a sentar hace tres carreras cuando Hamilton acabó en buenas posiciones o en podio y, por la seriedad que poseía Franco al decirlo, ya se notaba que estaba para quedarse así que lo único que podía hacer Oscar era.
Apoyar una de sus manos en el respaldar y la otra en la rodilla de su novio, apretando este lugar con la suficiente fuerza para captarle la atención.— Franco, mírame. —Un par de ojos verdes enseguida chocaron con los suyos, marrones, y por un momento su mente se puso en blanco. Siempre pasaba cuando estaban demasiado cerca, cuando podía contar cada pestaña, cada destello de verde que se mezclaba con el marrón sutil que se asomaba por las esquinas, cada sentimiento que empezaba a reflejarse en estos que lo apuraban a terminar su oración.— Controla tu fuerza, la última vez casi me arrancas los pelos porque Hamilton se fue de pista.
La recompensa que recibió ante el sarcasmo de su propio comentario fue una risa y un golpe en su hombro que lo empujó un poco para atrás por un segundo, solo un segundo ya que la misma mano que lo hizo fue la que volvió a agarrarlo para acercarlo.— Sí, sí, obvio yo inventé el auto control, dale no me hagas esperar más y vení.
Y con solo esas palabras Oscar se dejó caer y se volvió a acomodar como estaba antes en su lugar sintiendo, casi al instante, como una mano se posaba en sus cabellos y empezaba a acariciarlos de manera suave y tranquila, por ahora.
(. . .)
— Pero qué hijos de puta, investiguen ese Red Bull y ese Mercedes. —Afortunadamente, antes de que su agarre se vuelva más tenso por la bronca que sentía, se dio cuenta y lo relajó aunque eso no evitó que sintiera un repentino dolor viniendo del costado de su muslo.— ¡Ay! ¿Qué me pellizcas vos? Lo arreglamos afuera a esto si querés.
— Gordo, yo no le digo nada a tu Ferrari, vos no le decís nada a mi Red Bull ese es el trato. —Mientras que el Disney en la tele avisaba que el evento terminó Oscar se acomodó una vez más pero ahora para estar boca arriba y así poder ver bien a su novio que todavía no le había sacado la mano del pelo, de alguna forma había logrado cebarse mate con una sola mano.
— Dios, qué trato pelotudo, a quién se le ocurrió.
— A vos.
— …Ehh, sí, bueno, falta un toque para las motitos, ¿no? —Aclarando su garganta, fingiendo una tos, Franco sacó su celular para fijarse bien los horarios y reconfirmarse a sí mismo que faltaba poco más de una hora para que inicie el evento de motogp, la pregunta ahora era, ¿qué hacer mientras tanto?
Después de todo, por lo menos hasta ahora, habían prácticamente saltado de una cosa a la otra entre moto3, f3, moto2, f2 dando como resultado que a penas tengan tiempo para pensar en algo.
Aunque la verdad no sabía de qué se preocupaba, si con Oscar más de una vez habían tenido momentos donde cada uno andaba en la suya y estaban en silencio, simplemente disfrutando de estar en el mismo espacio sin necesidad de estar constantemente encima del otro o llenando el silencio.
Pero hoy algo se sentía diferente, quizá era porque hace mucho no se desvelaba, había olvidado la sensación que a veces le daba el sueño, el cansancio, el sentirse en una nube donde los pensamientos más rebuscados aparecían de la nada y que, por alguna razón, sentía que tenían sentido.
Obviamente tampoco ayudaba el hecho de que estaba bastante cómodo en su lugar, tranquilo con su pareja, mirando como sus dedos se enredaban y desaparecían en el cabello de este quien se encontraba con su celular, probablemente informándole a alguno de sus amigos cómo había salido su piloto.
En cierto punto sus ojos decidieron enfocarse en algo en específico encontrando el lunar que decoraba la sien de su novio y, como si de un efecto domino se tratase, un lunar llevó al otro y al otro, y al otro, y al otro.
Sin estar del todo consciente de ello, de sus movimientos, del como su mano había cambiado su rumbo y ahora con su dedo índice se encontraba uniendo los lunares que tenía el australiano en su mejilla, luego se deslizó hacia el costado de su cuello, siguiendo un sendero imaginario hasta su manzana de adán, se quedó un momento estacionado ahí, pensando, sentía el sueño hacerse presente por la manera en la que sus párpados le pesaban pero la voz curiosa de su cabeza fue lo suficiente ruidosa para empujarlo a preguntar lo que tenía en la punta de su lengua.
— ¿Vos decís que en otra vida también estuvimos juntos? —Automáticamente el australiano paró de mover sus dedos sobre la pantalla de su celular, un ‘hum’ se pudo escuchar viniendo de este, quizá considerando seriamente sus palabras por un momento. No importaba, él siguió con su propio tren de pensamiento.— Sabés que dicen que cada lunar es una marca, un beso que te dejó alguien en tu vida pasada, lo leí una vez por ahí o capaz Charles me lo contó, no sé.
Hubo un momento de silencio entre ellos pero no se sintió ansioso, no fue como cuando se dijeron ‘te amo’ por primera vez, el nerviosismo de haberlo dicho demasiado pronto que luego este mismo procedió a derretirse ante una ola de ‘te amo’s repetidos con besos de por medio, tampoco fue como cuando se sugirieron vivir juntos, cada uno tirando su palo por su cuenta intentando que el otro lo agarre.
Este silencio era tranquilo, no los apuraba a hablar, las palabras que habían quedado en el aire se veían como un simple pensamiento tirado, una idea de último momento que podían tratar con seriedad, podían joder o solo ignorarla. Considerando las horas iba a ser comprensible si sucedía pero Oscar raramente era alguien que dejase las cosas de lado o que fingiera que no existen especialmente cuando se trataba de su novio a quien le seguía hasta la idea más boludo.
— Mirá vos. —Su celular cayó en uno de sus costados, alzó su vista e inmediatamente volvió a encontrarse con esos ojos verdes, después de pensar bien cómo debería tratar esta situación llegó a una simple y única solución, mitad en serio y mitad en joda como solía hacer Franco. Se quedó mirando el rostro del castaño, su expresión que intentaba verse indiferente se rompió formando una sonrisa en sus labios.— No te deje tantas marcas entonces.
Oscar observó en vivo como la cara de Franco se transformaba de sorpresa ante la respuesta que no esperaba a una de burla, venganza. Siempre rápido para recomponerse o bueno, por lo menos eso parecía, porque las puntas de sus orejas habían empezado a enrojecerse, aún así eso no evitó que salga a relucir su caradura de chamuyero.— Y vos estás lleno de lunares, justo en los lugares que siempre te doy besos, significa que gané.
— Ah, ¿ahora es una competencia esto? —Como si de unas palabras mágicas se tratasen el australiano no tardó en levantarse, agarrar la pierna de Franco y tirar de esta lo suficiente para que los roles se inviertan, apoyando cada una de sus manos a los costados de la cabeza de su novio. A veces la competitividad que tenían ambos podía dar buenos resultados.— Bueno, vamos a ver quién va a salir más marcado después.
Obviamente, el argentino no se iba a dejar intimidar, jamás de los jamases, menos ahora. No, él iba a redoblar la apuesta rodeando el cuello del más alto con sus brazos, obligándolo a acercarse lo suficiente para poder rozar sus narices.— Apa, Piastri, ¿acaso esa es una declaración de que me vas a seguir buscando para comprobarlo?
Mil respuestas diferentes podrían ser dichas en ese momento y Oscar justo decidió dar la peor para Franco, la peor porque desde antes de poder oírla ya sentía como su corazón saltaba y retumbaba en sus oídos al ver la expresión del mayor llenarse de un cariño puro y sincero, como su tono de voz al pronunciar su respuesta bajó a uno que sonaba casi como un susurro, algo que solo él tenía permitido oír.— ¿No querés? ¿Esta es suficiente para vos?
‘Qué hijo de puta, me la devolvía, lo odio’ fue lo que pensó Franco aún sonriendo, aún intentando contener la forma en la que quería comer su novio a besos sin dejarle un segundo de descanso como castigo. Va, si eso podía ser considerado un castigo.
Cualquier sea la competencia que sentía que se había formado era claro que Oscar lucía como si ya hubiese ganado y ahora le tocaba tener su premio. Por su parte él, sin tanto rodeo y medio impulsivo, agarró una parte del cabello ajeno y lo obligó a tirarse un poco para atrás, suficiente para dejar su cuello expuesto y dejar un beso específicamente en esos dos lunares que descansaban uno al lado del otro, sin separarse todavía murmuró lo suficiente alto contra la piel del otro.— Ya te gustaría a vos que te deje en paz y libre tan fácil.
