Chapter Text
Cristian mira la hora en el reloj y descubre que todavía le quedan diez minutos de espera.
Diez minutos hasta que Vale salga del colegio.
Se guarda las ganas de putear porque sabe que hacerlo delante del grupo de mamis y papis es una idea terrible. No por él, porque desde el minuto uno supo que sus opiniones no tenían cabida en su vida. Lo hace por Vale, su amado hijo.
Y por Lisandro, el hermoso ser que lo convirtió en padre hace tiempo.
El jueves que viene, Cristian y Lisandro cumplen exactamente medio año de separación. La noticia de su ruptura cayó como un baldazo de agua fría para todos sus seres queridos.
Sin poder evitarlo, la chusma y los rumores alcanzaron los oídos de su pequeño hijo en el ámbito de la escolaridad. Aunque los dos pusieron todo de sí para tratar de mitigar el impacto de la decisión en la vida de Vale, lo cierto es que las personas a su alrededor no conseguían acostumbrarse a la idea de verlos separados todavía.
En cierta parte era una actitud predecible; la verdad es que digerir esa nueva realidad no estaba siendo tarea sencilla para nadie. No era fácil ni para el grupo de padres de la escuela que tan acostumbrados estaban a verlos llegar juntos para buscar a Vale, ni tampoco lo era para sus amigos de toda la vida que nunca habían concebido una juntada sin ninguno de los dos presentes.
Quizás ni siquiera el propio Cristian conseguía asimilarlo del todo, porque en cuanto su celular vibró en el bolsillo del pantalón no tardó ni dos segundos en revisarlo, aguantando la respiración por un nerviosismo absurdo imaginando que sería Licha reclamando su atención por algún motivo que no se atrevía a mencionar.
Pero la decepción fue instantánea: en su lugar, el nombre de Nahuel brilló en las notificaciones de mensajería.
''buen díaaaaaa''
''descuidando a tu hombre, perri?''
Buenísimo, justo lo que le faltaba. Cristian viró los ojos y con bronca tipeó.
''que pesado de mierda que sos''
''dejá de acosarlo al licha haceme el favor''
''después voy a tener problemas por tu culpa''
La respuesta no tardó en aparecer.
''jodete culiao
es mi amigo también''
''no te pinta saber lo que está haciendo?''
Cristian apretó el celular entre las manos consumido por una cruel amargura. Tratar de superar a Lisandro teniendo que verlo constantemente por Vale ya era una mierda de lo más difícil. No necesitaba que Nahuel le recordara a diario que él sí tenía el privilegio de pasar tiempo con Licha a causa de su trabajo.
Molina no colaboraba en nada al desasosiego que su corazón sentía desde el día en que Lisandro le negó un beso antes de irse a dormir.
Pero no lo hacía por mal amigo, sino por mala influencia.
Sí, mala influencia. Porque Molina nunca perdía la oportunidad de hincharle las pelotas para que dejara de hacerse el pelotudo y luchara por recuperar a Licha antes de que fuera demasiado tarde según él.
Uno de sus métodos infalibles era picarlo con cualquier novedad que surgiera en la vida laboral de Lisandro. Y con novedad se refería a cualquier potencial pretendiente que se cruzara en su camino.
''no, dejalo tranquilo ya te dije'' contestó Cuti finalmente.
''daleee, si te morís de ganas de saber, yo sé''
Cristian mantuvo el visto por unos segundos. Su incertidumbre despertó la ansiedad en Molina.
''bue, acá anda un carilindo tirándole los palos''
''yo te digo nomás, vos fijate lo que hacés
o no hacés''
El cordobés sintió que se le inundaba la boca con un sabor desagradable que ya conocía. Escribió y borró varias veces lo que quería decir. No le correspondía saber de la vida de Licha, pero con la herida abierta y todavía sangrante era complicado no caer en la tentación.
El timbre de la escuela lo salvó de cometer una estupidez. Pero claro, Molina no iba a quedarse de brazos cruzados esperando que su amigo admitiera algo que nunca iba a pasar. Entonces, ni corto ni perezoso se decidió a actuar.
Y cuando Cuti vio que había una imagen descargándose en el chat de texto, un profundo suspiro se escapó de sus labios en el instante previo a la calamidad.
En cuanto se reveló el contenido de la foto, Cristian casi que deseó no haber caído ante las insistencias de Molina. Enfurecido, pulsó el botón para grabar un audio y acercó el celular hasta sus labios, olvidándose momentáneamente de todo lo demás.
—Pero la re puta madre que te parió Nahuel, ¿ves que sos un tarado? —murmuró Cuti, poniendo el mejor tono de enojo que le salía. Le hervía la sangre como loco de solo imaginar la sonrisa de satisfacción que seguro traía Molina—. Para qué mierda me mandás estas cosas si sabes que me re caliento yo.
Soltando un profundo suspiro a mitad del audio, exigió.
—Decime ya quién es ese pelotudo que está al lado del Licha.
Sin esperar confirmación de la identidad del hombre que en ese preciso momento se encontraba almorzando con Lisandro, entre risas y comodidades tal y como se podía ver en la imagen, Cristian se guardó el teléfono con desesperación al notar las miradas juzgadoras de algunas mamás cercanas que habían llegado a escuchar el mensaje que grabó.
Se pasó una mano por el rostro sin poner cuidado antes de que llegara la personita que le ahuyentó el mal humor apenas recibió el sonido de su voz.
—¡Pa! ¡Pa! —. Vale saltó a sus brazos en cuanto llegó a él a través de la multitud.
Cristian lo abrazó con fuerza, incluso lo zarandeó un poco, robándole unas tiernas carcajadas que se mezclaron con su propia felicidad producto de la cálida bienvenida de su hijo.
—Hola campeón —saludó, plantándole un beso entre sus cabellos—. ¿Cómo te portaste hoy?
(...)
Cuando se hicieron las cuatro en punto de la tarde, Cristian ya se encontraba estacionado frente a la vivienda que hasta hace poco fue considerada su hogar.
Antes de su separación con Lisandro, el cordobés nunca se había dado cuenta de la diferencia abismal que existía entre considerar a un lugar de convivencia como casa y hogar.
Una casa era lo que él tenía ahora mismo. Un lugar deprimente con todo fraccionado como unidad. Un recordatorio permanente de su amarga soledad. No existían besos de bienvenida cuando llegaba del laburo, ni abrazos excesivamente largos cuando tenía un mal día. Tampoco había juguetes desparramados que luchaba por esquivar cuando iba a preparar el mate; mucho menos se reproducían canciones infantiles de fondo desde el televisor de un comedor.
No, él no tenía un hogar. Un hogar era lo que había formado con Lisandro. Esa esencia, tan dulce y embriagadora pero al mismo tiempo sutil y peligrosamente resuelta, había comenzado a instaurarse en esas cuatro paredes que compartían desde el primer momento en que se fueron a vivir juntos cuando cumplieron los veinte años de edad.
Teniendo a Lisandro como compañero de vida, Cristian se encargó de luchar a diario por construir un futuro próspero para ambos. Cada uno se dejó el alma tratando de sostener una relación que, a pesar de verse abrumada por las problemáticas del mundo adulto, jamás se permitió perder esa chispa de romanticismo que las parejas jóvenes necesitaban para sobrevivir.
Con la llegada de Vale, el amor que existía entre ellos no hizo más que afianzarse en una promesa que parecía consolidarse hacia los infinitos del mundo. Fue complicado, sí, pero nunca se les pasó por la cabeza soltarse la mano en ningún momento.
Entonces, ¿qué había fallado?
El sentimiento era simple y llanamente desolador. Por más que Cristian repasara una y otra vez los sucesos del pasado hasta ahora, nunca conseguía hacerse de una razón lo suficientemente coherente que le sirviera para comprender el por qué se encontraba a día de hoy en una situación tan miserable con Lisandro, golpeando la puerta de un amado hogar desde el destierro y el dolor de la ruptura.
La puerta tardó unos segundos en abrirse. En cuanto el entrerriano se reveló, Vale saltó entusiasmado a los brazos de su adorado padre. Lisandro lo sostuvo y le llenó los cachetes de besos.
—¡Papi! ¡Me hacés cosquillas! —. Vale se reía, tratando de alejar el mentón de su papá que presentaba una barba de pocos días sin afeitar.
—Perdón amor —. Licha se rió, dándole un último beso en la frente antes de bajarlo con cuidado hasta que sus piecitos estuvieron firmes en el suelo—. Es que te extrañé un montón.
El niño entró a su hogar apresurado después de darle un abrazo fugaz a su padre cordobés. Vale arrojó su mochila al sillón más cercano que encontró y su atención se volcó enteramente en la criatura que agitaba la cola y pegaba saltitos de acá para allá en medio de ladridos y aullidos nacidos desde la emoción del reencuentro.
Mientras tanto, Cristian permanecía estático en el marco de la puerta, esperando. Pero había algo en su interior que punzaba cada vez que se detenía a admirar el semblante de Lisandro.
Después de tantos años en intimidad, Cuti era perfectamente capaz de saber cuando algo no andaba bien con tan solo observar el semblante del entrerriano. Era obvio que luchaba por esconder un agotamiento que, en parte, se debía a su separación.
Las ojeras pronunciadas debajo de los ojos, un cabello inusualmente despeinado y una sonrisa que se desdibujaba en cuanto su pequeño no lo veía eran síntomas de una fatiga mental.
—Gracias por traerlo, Cristian —. Aún así, el gualeyo se esforzó por mirarlo a los ojos y agradecerle algo que en realidad estaba de más.
Después de todo, Cuti seguía siendo el padre de Vale. Su responsabilidad nunca iba a desaparecer por más que ya no estuvieran juntos.
—¿Cómo estuvo la tarde con Vale? —quiso saber Licha, intrigado.
—Re bien —contestó Cuti, con la voz un poco ahogada por la tristeza. Se pasó una mano por el pelo con nerviosismo al darse cuenta—. Vos sabes que es un nene re tranquilo y se porta muy bien. Ya hicimos la tarea juntos, así que no te hagas problema por eso.
Lisandro lo miró con sorpresa pero no dijo nada. En cambio, se dedicó a mantener el silencio asfixiante entre los dos, obligando a Cristian a permanecer rígido en su lugar, temeroso de hacer cualquier cosa que volviera el momento más incómodo de lo que ya era.
Pero como su boca va más rápido que su cabeza, no pudo evitar preguntar.
—¿Cómo estuvo el laburo hoy?
Bueno, oficialmente Cristian era un boludo importante.
Licha pareció descomprimirse con esa pregunta, soltando una suave risita antes de apoyar una mano en la puerta para recostarse ligeramente y mirarlo con esos ojitos caramelos nublados por el cansancio.
Cuti se moría por consolarlo.
—Bien, bien. Bueno, terrible como siempre —contó, sin querer entrar en muchos detalles al final—. Nahue se atrasó con una entrega y nos tuvo con el jefe hinchando toda la tarde. Pero salió bien, por suerte, así que salimos un poquito más temprano en compensación.
Cristian quiso hacer bromas. Decir algo, una chicana sobre su amigo en común. Pero no pudo. Las palabras se le quedaron atascadas en cuanto su mente le arrojó distintos escenarios donde Licha compartía el rato libre con ese carilindo que había visto en la foto que Nahuel le pasó al mediodía.
Tuvo que morderse la lengua para no indagar sobre ese aparecido y cagarla una vez más.
—¡Papi! ¡Mirá!
Ambos progenitores se giraron hacia la dirección del llamado solo para encontrarse con una escena de lo más dulce y cotidiana. Vale sostenía a Polito con esfuerzo mientras el perrito le lamía la cara por demás contento. La correa del bulldog estaba enredada en ese tierno abrazo de amistad, anticipando una petición a la que ninguno sería capaz de negarse.
—¿Podemos sacar a pasear a Polito? —preguntó el pequeño esperanzado.
Lisandro pareció dudar por un momento. En esa actitud insegura, Cristian adivinó lo que no quería admitir. Sin embargo, esbozando una ligera sonrisa que solo su hijo pudo recibir, terminó diciéndole que sí con la cabeza.
A Cuti se le estrujó el corazón.
—¿Querés venir? —. Licha le preguntó, tomándolo de imprevisto—. Así charlamos un par de cosas, si te parece bien.
Cristian accedió a sabiendas de lo que se venía. Todavía no estaba lo suficientemente resentido como para no darse cuenta de que Lisandro no lo estaba invitando a pasar el rato juntos porque tuviera ganas de estar con él. No, en el fondo había una razón más importante que lo animaba a dejar el orgullo de lado para tratar de ponerse de acuerdo con su ex.
Y es que el cumpleaños de su hijo estaba a la vuelta de la esquina y, por primera vez en años, una enorme angustia lo consumía al pensar en la celebración.
—Yo ando con la nave —dijo Cuti deslizando una sutil broma en su habla, agitando las llaves que sostenía en su diestra—. Hacete unos mates y nos vamos hasta el parque en auto así no caminamos tanto a la vuelta.
Lisandro le agradeció con la mirada antes de dirigirse al interior de la casa.
