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EL PRECIO DEL SILENCIO

Summary:

En la Fórmula 1, los Alfas dominan las pistas, los equipos y los secretos del paddock.

Franco Colapinto llegó a la F1 dispuesto a demostrar que merece su lugar, pero carga una verdad que podría destruir todo lo que consiguió: no es un Beta como todos creen. Es un omega oculto entre alfas, sobreviviendo con supresores ilegales y un corazón demasiado acostumbrado al aroma de Lando Norris.

Lando fue su refugio cuando llegó a Williams, siendo el único que sabe su condición de omega, se convirtio en su protector durante meses… hasta que la distancia, el campeonato y una traición que Franco no puede perdonar los separaron.

Lo que no espera es que Oscar Piastri, termine convirtiéndose en su nuevo refugio.

Pero su cercanía despertará algo más que sentimientos: una rivalidad inevitable entre los dos alfas de McLaren.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

El reflejo en el espejo del baño no mentía.

Franco se inclinó sobre el lavamanos de mármol frío, los nudillos blanquecinos por la fuerza con que se aferraba al borde. Las lámparas del hotel cinco estrellas no eran lo suficientemente benevolentes como para ocultar la translucidez de su piel, el sudor perlado en su sien, el gris bajo sus ojos que ni siquiera las horas de sueño podían borrar.

Era febrero de 2026. La pretemporada de Fórmula 1 estaba por comenzar en Bahrain, y Franco Colapinto, nuevo piloto titular de Alpine F1 Team, estaba vomitando sangre.

Bueno, no sangre real. Pero el regusto metálico en su boca era tan violento que podría haberlo jurado. Se secó los labios con el dorso de la mano, dejando una mancha húmeda que brilló bajo la luz antes de que él la limpiara con un puñado de papel higiénico. Su estómago se retorció otra vez, una protesta silenciosa pero feroz contra las tres pastillas que había tragado veinte minutos atrás.

Tenían una etiqueta que indicaba que eran genéricas de laboratorio clandestino, donde lo unico que resaltaba era la palabra "fiable" en inglés.

Mentira. Eran veneno barato y estaba completamente seguro que no eran fiables.

Franco cerró los ojos, respirando hondo contra la náusea. El aire acondicionado soplaba desde el techo, artificial y estéril, pero bajo su piel ardía. Su naturaleza —ese reloj biológico traicionero que llevaba años intentando silenciar— estaba despertando, estirándose como un gato después de una siesta larga, exigiendo atención.

"No ahora", pensó, apretando los dientes. "Por favor, no ahora." Su omega lloraba silenciosamente dentro de su pecho.

Se enderezó, midiéndose en el espejo. El cuello de la remera de Alpine, color azul eléctrico y rosado, colores que aún no se sentían suyo, ocultaban la piel de su pecho y garganta baja, donde sabía que debía haber una tenue coloración roja. Su celo no estaba completo, pero se acercaba. El calendario en su teléfono lo confirmaba: diez días. Normalmente tendría tiempo de sobra para prepararse, pero estos supresores de contrabando... estos químicos que compraba con dinero contado en estacionamientos oscuros de contrabando estaban fallando. O quizás su cuerpo finalmente se había rendido ante meses de abuso hormonal.

Abrió el grifo, dejó correr el agua fría sobre sus muñecas. El shock térmico ayudó, un poco.

—Solo tienes que aguantar —murmuró a su reflejo, con la voz ronca por el ácido. —Solo... hasta que pase la temporada. Hasta que encuentres otra salida.

Pero no había otra salida. Esa era la verdad que se sentaba pesada en su pecho cada mañana.

Alpine pagaba menos de lo que había ganado en Williams. Significativamente menos. Como piloto titular novato en una escudería de media tabla, su contrato era un reflejo triste de la realidad: estaban apostando por él, sí, pero no lo suficiente como para pagarle como a un verdadero contendiente. Y los supresores de grado Omega —esos que la FIA hace años no proporcionaba por la falta de omegas, costaban una fortuna. Eran diseñados específicamente para la biología Omega, formulados para no dejar rastro en controles antidoping, para no afectar los tiempos de reacción, para ser indetectables para los olfatos Alfa.

Pero Franco no podía pedirlos oficialmente. No sin firmar papeles. No sin que el médico de Alpine viera su categoría. Y si él sabía, Briatore sabía. Y si Briatore sabía...
su carrera terminaba.

En la F1, en este mundo de alfas donde el agresivo olor a testosterona y ambición saturaba cada garage, ser un omega era sinónimo de debilidad. Era una sentencia. No importaba que los omegas técnicamente tuvieran los mismos derechos; la realidad del paddock era otra. Los omegas eran raros en el automovilismo de élite. Eran considerados "demasiado emocionales", "distractibles", "propensos a ciclos que interferían con el rendimiento". Eran objetos de deseo peligroso, competencia desleal, o víctimas. Eso lo supo desde que quiso convertirse en piloto de carreras.

Franco no podía ser ninguna de esas cosas. Así que era Beta. Un Beta común y corriente. Alguien a quien los Alfas podrían ignorar, pisotear políticamente, pero nunca... nunca poseer o aprovecharse de su estatus.

Se secó las manos y salió del baño, caminando hacia la habitación principal de la suite. El hotel era un palacio de cristal en medio del desierto, todo blancos inmaculados y ventanales que mostraban las luces de la pista a lo lejos. Mañana sería el primer día de pruebas. Debería estar durmiendo. Debería estar enfocado.

En cambio, cayó de rodillas junto a la cama.

Allí, escondido bajo el somier, estaba su maleta negra. No la oficial de Alpine. La otra. La que nadie debía ver. La abrió con dedos temblorosos, revelando un caos organizado de ropa: una bandera argentina arrugada, una camiseta de boca, una bufanda de su hermana, fotos plastificadas de su familia en Pilar, y...

Y allí, en el fondo, cuidadosamente doblada como si fuera una reliquía, una remera de McLaren. Vieja, desgastada por los lavados, del año 2024. Con el logo del equipo apenas visible.

Franco la tomó con delicadeza y la apretó contra su rostro, inhalando profundamente. Odiaba ser tan dependiente de ese olor.

El olor aún estaba ahí. Aterradoramente presente, a pesar de los meses de separación.

Tierra mojada. Bosque después de la lluvia. Ese aroma específico a musgo y hojas caídas que solo podía pertenecer a un Alfa, y no a cualquier Alfa.
El olor de Lando Norris.

Franco gimió, un sonido que no pudo contener, enterrando su rostro en la tela. Su cuerpo —traidor, desesperado, cansado de la química barata— reaccionó instantáneamente. Un escalofrío recorrió su espalda. Las lágrimas, esas que había estado conteniendo durante meses, quemaron detrás de sus párpados.

"Te extraño", pensó, y la verdad de esa declaración fue físicamente dolorosa. "Te extraño tanto que no puedo respirar." Todavía dolia su traición.

Pero Lando no estaba ahí. Lando estaba en alguna parte del mismo hotel, quizás, o en una villa privada cercana. Campeón del Mundo 2025.
Y Franco... Franco era el chico que había reemplazado a Jack Doohan bajo una nube de polémica, el intruso que había robado el asiento, el mentiroso que se escondía en la sombra de supresores de contrabando.

Franco se acurrucó en el suelo de mármol, envolviéndose en la remera. El material contra su piel era un consuelo primitivo, básico y con su corazón roto por un Alfa que ya no le hablaba, Franco Colapinto finalmente dejó que el recuerdo lo inundara.

***

*Hace dieciocho meses. Noviembre de 2024. Interlagos, Brasil.*

El calor era diferente allí. Húmedo, denso, un manto tropical que envolvía el Autódromo José Carlos Pace. Franco recuerda cada segundo de ese día con la claridad cristalina del pánico.

Había sido su cuarta carrera en Fórmula 1. Su gran oportunidad. Williams había decidido darle el asiento a Logan Sargeant después de un año complicado, y Franco, con apenas veinte años y recién presentado había aterrizado en el paddock como un meteorito. Todo era nuevo. Todo era ruido. Los motores, los fotógrafos, los ingenieros hablando en cinco idiomas a la vez, la exigencia, la presión y —lo peor de todo— el olor de ellos.

Los Alfas. La mayoría eran Alfas.
Siempre lo habían sido en el deporte motor. Piastri, Verstappen, Leclerc, Russell, Hamilton y Lando Norris, por supuesto. El Alfa de McLaren que se había acercado amistosamente con la sonrisa fácil y los ojos que Franco había aprendido a leer con facilidad.

Porque cuando Franco llegó a la F1, ya estaba en modo supervivencia. Ya llevaba meses tomando supresores —los buenos entonces, los que conseguía con contactos médicos discrecios y pagando con sus ahorros.

Pero ese día en Interlagos, algo falló.

Fue el estrés, quizás, o simplemente la biología, imparable y cruel. Lo cierto es que estaba en la zona mixta, respondiendo preguntas de un periodista de sobre su adaptación al coche, cuando sintió el primer espasmo.

Un calor bajo en su vientre. Un hormigueo en la nuca. Y luego, el terror absoluto.

Su olor. Estaba saliendo a la superficie.

Franco recuerda haber cortado la entrevista a la mitad de una frase, el micrófono cayendo de su mano sudorosa. Recuerda haber caminado —corriendo casi— hacia los baños del paddock, consciente de que algo estaba terriblemente mal. Su celo no debía llegar hasta dentro de dos semanas. Pero su cuerpo, estresado, desregulado, había decidido adelantarse.

Y allí, en el pasillo estrecho detrás de los garages, con las paredes de metal reverberando el calor, sucedió.

Franco se desplomó contra la pared, jadeando. El olor a caramelo quemado y miel salvaje comenzó a emanar de su piel, dulce y denso, imposible de ignorar en el aire cerrado. Sus rodillas cedieron. La visión se le nubló. El primer día de celo siempre era el peor, un tsunami de sensibilidad y necesidad que dejaba a los Omegas vulnerables, expuestos y listos para recibir el nudo de un alfa.

—Mierda —susurró, temblando. El pánico lo paralizaba. Si alguien lo encontraba así... si un Alfa lo olía...

—¿Colapinto?

La voz lo atravesó como un relámpago.

Franco levantó la vista, el corazón deteniéndose. Allí, al final del pasillo, con su mono de McLaren naranja y blanco parcialmente desabrochado, el cabello castaño despeinado por el casco recién quitado, estaba Lando Norris.

El Alfa lo miró fijamente. Sus fosas nasales se dilataron casi imperceptiblemente. Un destello de algo —shock, reconocimiento, algo más oscuro— cruzó sus ojos.

Franco intentó hablar, pero solo emitió un sonido ahogado. El olor de Lando llegó hasta él entonces, flotando en el aire cálido. Tierra mojada. Bosque. Seguridad primitiva. Y Franco, en su estado de vulnerabilidad absoluta, tuvo que morderse el labio hasta sangrar para no gemir.

Lando dio un paso adelante. Luego otro. Se movía con cuidado, como quien se acerca a un animal asustado.

—No —logró decir Franco, con la voz rota. —Por favor... no...

No sabía qué estaba pidiendo. Que no lo oliera. Que no lo denunciara. Que no... que no hiciera lo que los Alfas hacían con los Omegas en celo cuando no había testigos.

Pero Lando se detuvo a un metro de distancia. Lo suficientemente cerca para que su olor envolviera a Franco como una manta, pero sin tocarlo.

—¿Cuánto tiempo tienes? —preguntó Lando. Su voz era diferente a la de las entrevistas. Más grave. Más controlada. Sin rastro de la broma habitual.

Franco negó con la cabeza, avergonzado, las lágrimas corriendo por sus mejillas.

—No... no es lo que... —intentó mentir.

—Franco... —Lando suspiró, y había algo casi tierno en su tono. —Puedo olerlo. Eres Omega. Estás en celo. Y estás a punto de desmayarte.

Franco cerró los ojos. La vergüenza era un fuego peor que el calor del celo. Su carrera. Todo. Terminado.

—P-por f-favor —susurró llorando —No se lo digas a nadie. Por favor.

Un silencio. Luego, el sonido de tela moviéndose. Franco abrió los ojos para ver que Lando se arrodilló lentamente, quedando a la altura de los ojos de Franco, y desprendio su aroma para tranquilizar al omega.

—Mis supresores —explicó Franco, tartamudeando. —Fallaron. No sé qué pasó. No debería... no soy...

—Lo sé —dijo Lando, asintiendo. —Y no voy a decir nada. Pero tenemos que sacarte de aquí. ¿Tienes un hotel cerca? ¿Alguien que te cuide?

Franco negó con la cabeza. Su familia estaba en Argentina y no sabían de su condición de omega. Sus representantes —María y Jamie— eran betas y tampoco sabían Estaba solo.

Lando suspiró, pasándose una mano por el cabello.

—Mierda. Ok. Ok, escucha. Voy a llevarte a mi motorhome. Está en el área exclusiva, nadie entrará sin permiso. Tengo supresores de grado Alfa que uso para... bueno, para cuando las cosas se ponen intensas en fiestas. No son lo ideal para un Omega, pero podrían ayudarte a estabilizarte hasta que consigas los tuyos.

—No puedo —protestó Franco débilmente. —Si alguien nos ve...

—Nadie nos verá —cortó Lando, firme pero gentil. Se acercó un poco más, y Franco tuvo que contener el impulso de inclinarse hacia él, de buscar el calor de ese cuerpo que olía a salvación. —Confía en mí, Franco. No voy a... no voy a aprovecharme. Lo juro.

Y había algo en sus ojos, una sinceridad cruda, que hizo que Franco asintiera.

Lando lo ayudó a levantarse, sosteniéndolo por la cintura con una mano firme pero respetuosa. Franco se apoyó en él, más de lo que quería, menos de lo que necesitaba. Juntos, caminaron por pasillos traseros, evitando cámaras, evitando miradas. Lando usó su acceso VIP para abrir puertas y entraron sin ser visto por ninguna persona.

El motorhome de McLaren era un santuario de madera oscura y tecnología. Lando lo sentó en el sofá, le trajo agua, y luego desapareció en el baño. Franco se quedó allí, temblando, confundido por la amabilidad.

Cuando Lando regresó, traía una caja de pastillas blancas.

—Son fuertes —advirtió. —Mitad de lo normal. Y bebe esto. Electrolitos.

Franco obedeció, sus dedos rozando los de Lando al tomar el vaso. Un chispazo eléctrico recorrió su brazo. Ambos lo sintieron; Lando retiró la mano rápidamente, tragando saliva.

—Gracias —dijo Franco, su voz pequeña.

Lando se sentó en el suelo, frente a él, manteniendo una distancia respetuosa pero presente.

—¿Cuánto tiempo llevas escondiéndolo? —preguntó.

Franco bajó la vista.

—Desde la F2. Mi familia no sabe. Nadie sabe.

—¿Y cómo...? —Lando frunció el ceño. —¿Cómo manejas los celos solos?

—Supresores. Los compro en el mercado negro. Son caros. Pero funcionan... hasta hoy.

Lando maldijo suavemente.

—Esto es peligroso, Franco. Si alguien se entera... si un Alfa te encuentra vulnerable sin protección...

—Lo sé —interrumpió Franco, con un destello de su antigua fiereza. —Pero no tengo opción. ¿Sabes cuántos omegas hay en la F1 actualmente? Ninguno. Somos... somos considerados un riesgo. Una distracción. Si el equipo lo sabe, me bajan. Si la FIA lo registra oficialmente, "por mi seguridad" me pondrán restricciones de viaje durante los celos. Perdería carreras. Perdería puntos. Perdería todo.

Lando lo estudió en silencio durante un largo momento. Afuera, se escuchaba el zumbido distante de los motores de práctica.

—Entonces seré tu secreto —dijo finalmente.

Franco lo miró, confundido.

—¿Qué?

—Cuando necesites ayuda... cuando esto pase de nuevo, porque pasará, estaré ahí. —Lando se inclinó hacia adelante, sus ojos intensos. —No te voy a tocar. No te voy a reclamar. Solo... quiero protegerte. Si me dejas.

Franco sintió que se le cerraba la garganta. La oferta era demasiado buena para ser verdad. Demasiado peligrosa.

—¿Por qué? —repitió. —No me conoces.

Lando sonrió, y esta vez fue genuina, aunque melancólica.

—Porque cuando llegue al paddock también estuve solo, sé lo que es sentirse solo aquí dentro, Franco. Sé lo que es tener que ser perfecto mientras te desmoronas.

Se hizo el silencio. El aire entre ellos vibraba con algo nuevo, algo que no era solo la dinámica Alfa-Omega, sino algo más humano. Reconocimiento.
***

Los meses siguientes fueron... diferentes.

Franco nunca olvidó el pacto silencioso establecido en aquel motorhome. Pero tampoco esperaba que Lando cumpliera su palabra con tanta... devoción.

El Alfa de McLaren se convirtió en su sombra protectora. No de forma obvia —eso habría levantado sospechas— sino en los pequeños gestos que solo Franco podía interpretar. Lo acompañaba cuando estaba en celo, le llevaba ropa que estaba impregnada intencionalmente con el olor de Lando para ayudarle a calmar sus nervios antes de una calificación difícil, pasaban horas charlando por telefono y volviendose grandes amigos.

Y Lando nunca pidió nada a cambio. Nunca intentó marcarlo, tocarlo inapropiadamente, o usar su posición de Alfa dominante —porque Lando era dominante, su olor a tierra mojada era el de un Alfa de alto rango— para coaccionarlo.

Franco, a su vez, se encontró buscando la compañía del inglés. Al principio por necesidad práctica; Lando tenía recursos, contactos médicos discretos, acceso a supresores de mejor calidad que conseguía a través de "amigos" en Londres. Pero pronto fue más que eso.

Descubrieron que compartían muchas cosas en común. Que a ambos les gustaba el mismo tipo de música. Que Franco podía hacer reír a Lando y que ambos podían calmar a sus lobos con solo sentarse a su lado en el hospitality, hablando de tonterías mientras el mundo del paddock giraba a su alrededor.

Había momentos, sin embargo, donde la tensión subyacente afloraba. Donde la naturaleza de ambos —Alfa protector y Omega vulnerable— creaba una electricidad que ninguno podía ignorar del todo.

Franco recuerda una noche en Silverstone, julio de 2025. Había sido una carrera catastrófica para Williams, y Franco estaba al borde del colapso emocional. Los supresores que tomaba estaban interactuando mal con un nuevo medicamento para la concentración, y se sentía enfermo, agitado, solo.

Lando lo había encontrado en el área de estacionamiento trasera, sentado en el borde de una caja de neumáticos, temblando.

—Vamos —había dicho Lando, sin preguntar. —Mi hotel. Ahora.

Franco había intentado protestar, pero las palabras murieron cuando Lando lo tomó de la mano. El contacto piel con piel —algo que evitaban cuidadosamente normalmente— fue una descarga. Franco jadeó. Lando apretó su mano con más fuerza.

—Solo para estabilizarte —murmuró Lando, aunque su propia voz sonaba tensa. —Vamos.

En la habitación de hotel de Lando, con vista a las luces de Northamptonshire, Franco había sufrido uno de los peores ataques de pánico de su vida. El mundo se encogía. No podía respirar. Los supresores le estaban jugando una mala pasada, acelerando su corazón hasta límites peligrosos.

Lando había actuado con rapidez. Lo había acostado en la cama, le había quitado la camisa sudada, y luego... se había acostado junto a él. No encima, no de forma sexual, sino paralelo, cara a cara. Y había tomado la mano de Franco y la había colocado sobre su propio pecho, sobre el corazón que latía fuerte y estable bajo la camiseta.

—Siente esto —había ordenado Lando, su voz baja, hipnótica. —Siente mi ritmo. Respira conmigo. Inhala cuando yo inhale.

Y Franco lo había hecho. Inhalando el olor a bosque que emanaba de Lando, siguiendo el movimiento de su pecho, dejando que el ritmo cardíaco del Alfa anclara su propio corazón desbocado.

Habían permanecido así durante horas. Hablando en susurros a veces. En silencio otras. Lando le había contado sobre su miedo a fallar, sobre la presión de ser "el siguiente campeón", sobre la soledad y exigencias del equipo. Franco había hablado de Argentina, de su familia que creía que era un beta normal, del peso de representar a un país entero y del miedo a fallarle a todos.

Y en algún momento, entre la medianoche y el amanecer, cuando el ataque de pánico se había disipado en algo más suave, más cálido, Lando había roto una regla tácita.

Había acariciado el cabello de Franco. Una vez. Dos veces. Un gesto tan tierno, tan posesivo y a la vez tan dulce, que Franco había gemido suavemente, inclinándose hacia el toque como una flor hacia el sol.

—Eres increíble —había susurrado Lando en la oscuridad. —Lo que estás haciendo... es imposible. Y lo estás logrando.

—Gracias a ti —había respondido Franco, su voz dormida, vulnerabilidad pura.

Lando había suspirado, y cuando Franco abrió los ojos, vio algo en la mirada del Alfa que lo asustó y lo emocionó por igual: deseo. Puro, crudo, pero contenido con una fuerza de voluntad sobrehumana.

—No —había dicho Lando, casi para sí mismo. —No ahora. No así.

—¿Qué? —había preguntado Franco, confundido, su cuerpo Omega respondiendo instintivamente a la proximidad, pidiendo algo que no sabía nombrar.

—Te deseo —admitió Lando, honesto brutalmente. —Pero no voy a... no cuando estás así. No cuando soy la única opción que tienes. Sería... sería aprovecharme. Y tú mereces que elija estar contigo, no que me necesites para sobrevivir.

Franco había procesado esas palabras durante días después. La nobleza de ellas. El dolor también. Porque en el fondo, en lo más profundo de su naturaleza Omega, sabía que ya era demasiado tarde. Ya necesitaba a Lando. Ya había elegido, aunque el Alfa no lo supiera. Pero ese día, todo cambio, nunca más volvio a ser como antes, Norris se alejo de él y todo se rompió.

***

La temporada cambió a Lando Norris.

Franco lo vio suceder gradualmente. Era la presión, suponía. La posibilidad real del campeonato. Los medios. La expectativa.

El Lando que sonreía fácilmente en la zona mixta comenzó a desaparecer. Fue reemplazado por un hombre de mandíbula apretada, de respuestas cortas a los periodistas, de entrenamientos obsesivos hasta tarde en la noche. El peso de ser el favorito lo estaba moldeando en algo más duro, más frío.

También tuvo que adaptarse a los nuevos cambios, Franco se quedó sin asiento titular para la temporada 2025 debido a que la escudería ya tenía contratos firmados con Alex Albon y Carlos Sainz Jr. Ante esto, Alpine negoció con Williams y se convirtio en pilotodo de reserva.
La estadía de Franco Colapinto como reserva duró apenas unos meses. El australiano Jack Doohan, quien había iniciado el 2025 como el piloto titular junto a Pierre Gasly, tuvo un comienzo de año muy complejo, por lo que bajaron a Doohan y promovieron a Franco como piloto titular.
Lo que vino después fue un infierno mediático.

Los fanáticos de Doohan desataron una campaña de odio en redes sociales contra Franco. Amenazas de muerte. Acusaciones de que había "usado influencias" para robar el asiento. Sugerencias de que su "relación especial" con ciertos personajes del paddock (siempre insinuando, nunca nombrando) había allanado el camino.

Y luego estalló Mick Doohan.

En una rueda de prensa televisada que hizo eco en todos los circuitos, el campeón de motociclismo acusó a Alpine de decisiones "corruptas". Sostuvo que Franco no había ganado el asiento "por talento puro", sino por "razones que no puedo decir pero que todo el mundo sospecha", insinuando acuerdos económicos oscuros o peor.

Franco estaba destrozado. No por las acusaciones profesionales —sabía que había ganado el asiento con su rendimiento— sino por la implicación sucia, la sospecha de que había algo más detrás. Como si su presencia en F1 necesitara una explicación ilícita. Por suerte, nadie sospechaba de su verdadera naturaleza, si descubrian que era un omega lo habrían hecho trizas.
Y en medio de este huracán, cuando más necesitaba a su... a Lando, el Alfa no estaba.

O peor: estaba, pero del otro lado.

Franco lo vio por primera vez en Mónaco, una semana después del anuncio. Estaba caminando por el pit lane, tratando de ignorar los susurros cuando vio a Lando salir del garage de McLaren.

No estaba solo.

Jack Doohan estaba con él.

Rieron juntos. Lando puso una mano en el hombro de Doohan y dijo algo que hizo sonreír al australiano. Una sonrisa genuina, sin la tensión que Franco había visto en Lando durante meses.

Franco se detuvo en seco. El mundo giró ligeramente.

Lando levantó la vista y sus ojos encontraron los de Franco. Por un segundo, algo pasó —reconocimiento, culpa, algo roto— pero luego Doohan dijo algo más, y Lando apartó la mirada. Volvió a reír con el australiano. Se alejaron juntos hacia el hospitality.

Franco se quedó allí, sintiendo cómo se le partía algo en el pecho. No era celos profesionales. Era algo más profundo, más biológico. Su Omega, que había aprendido a asociar la seguridad con el olor de Lando, chilló de traición.

"¿Cómo podía?", pensó Franco, caminando aturdido hacia su propio garage. "¿Cómo podía elegirlo a él, sabiendo lo que me hizo? Sabiendo las amenazas, el odio..."

No sabía entonces —no lo supo hasta meses después, viendo la temporada de Netflix— que Lando no estaba eligiendo a Doohan. Estaba haciendo lo que hacen los campeones: jugar al juego político. Mantener a sus enemigos cerca. Neutralizar una amenaza mediática aliándose públicamente con el rival herido.

Pero para Franco, en ese momento, con los supresores fallando y el estrés del cambio de equipo, fue un golpe mortal.

Dejó de responder los mensajes que le mandaba de vez en cuando Lando, se habían alejado, pero seguía pendiente de él durante los celos, escribiendole si necesitaba ayuda o quería algo. Cuando se cruzaban en la zona mixta, Franco miraba hacia otro lado, y Lando, confundido y herido por el rechazo repentino, respetaba la distancia, creyendo que Franco necesitaba espacio.

El espacio se convirtió en un abismo.

Para cuando Lando ganó el campeonato mundial en Abu Dhabi, noviembre de 2025, ya no se hablaban.

Franco observó la ceremonia desde lejos, en el hospitality de Alpine, con una copa de champán que no probó en la mano. Vio a Lando levantar el trofeo, vio la euforia en sus ojos, la sonrisa que irradiaba felicidad genuina. Vio cómo el mundo lo celebraba.

Y luego vio a Jack Doohan acercarse para felicitarlo. Vio cómo Lando abrazaba al australiano. Cómo reían juntos, unidos en ese momento de gloria.

Franco dejó la copa sobre la mesa y salió del salón. No regresó a la fiesta.

***

Ahora, en febrero de 2026, tumbado en el suelo de mármol de un hotel de lujo en Bahrain, envuelto en una remera vieja que olía a un pasado irrecuperable, Franco sentía las consecuencias de ese año de soledad.

Su cuerpo estaba fallando. Los supresores baratos de Europa del Este eran veneno acumulativo. Le causaban sudoraciones frías, náuseas constantes, dolores de cabeza que lo dejaban ciego durante segundos. Le estaban dañando el hígado, lo sabía. Podía sentirlo en el color de su orina, en el sabor amargo permanente en su boca.

Pero no podía dejarlos. No podía permitirse los oficiales que eran realmente caros. No podía revelar su secreto a Alpine, no después de cómo había llegado allí, bajo la sombra de las acusaciones. Si ahora resultaba que era Omega, que había estado engañando al sistema todo el tiempo... lo iban acusar de cosas peores.

Y Lando... Lando estaba aún más lejos que antes. El Campeón del Mundo tenía una nueva imagen: serio, enfocado, distante. Las bromas en redes sociales habían disminuido. Aparecía en eventos con otros Alfas de alto rango, construyendo su red de poder. Franco lo veía en las revistas, en los anuncios estaba impecable, inalcanzable.

Había una foto reciente que dolió especialmente. Lando y Jack Doohan, cenando juntos en un restaurante de Londres. Para Franco, era una puñalada. Sabía lo que Doohan había dicho de él. Sabía las amenazas que había recibido de los fanáticos del australiano. Y ver a Lando —su Lando, el que había jurado protegerlo— sonriendo con ese hombre...

Se sentó en el suelo, apretando la remera contra su rostro una última vez. Su celo estaba más cerca ahora. Cinco días, quizás cuatro. Podía sentir el calor creciente en su bajo vientre, la sensibilidad de su piel, el deseo irracional de un nido seguro, de un Alfa que lo protegiera. Odiaba saber que su omega se había acostumbrado al alfa idiota.

"No", se dijo firmemente. "No pienses en eso. No es real. Nunca lo fue. Era... era comodidad. Amistad. Nada más."

Pero su cuerpo sabía la verdad. Los Omegas no podían mentirse a sí mismos sobre estas cosas. No cuando estaban tan cerca de su ciclo.

Franco se levantó con esfuerzo, guardando la remera de nuevo en la maleta, escondiéndola bajo la ropa como si fuera algo prohibido. Se vistió con el mono de Alpine —azul y rosa— y se miró en el espejo de cuerpo entero.

Se veía profesional, pero debajo, su piel olía a caramelo y miel, dulce y peligroso.
Recogió su casco y salió de la habitación.
Era hora de ir a la pista.

***

El Bahrain International Circuit bullía con la energía de una nueva temporada.
Franco caminó por el paddock con la cabeza alta, saludando a mecánicos y periodistas con una sonrisa profesional que no llegaba a sus ojos. Su cuerpo aún protestaba —un dolor sordo en los riñones, mareo ligero— pero lo ignoró. Había aprendido a funcionar así. A existir en el dolor.

Alpine tenía un garage nuevo y moderno, Briatore estaba allí, con sus gafas de sol interiores y su sonrisa de tiburón, hablando con el jefe de ingenieros. Cuando vio a Franco, extendió los brazos.

—¡Colapinto! —exclamó con ese acento italiano exagerado que usaba para las cámaras. —El hombre del momento. ¿Listo para defender nuestros colores?

—Siempre —respondió Franco, estrechando la mano que le ofrecían, sintiendo el sudor frío bajo las axilas.

—Bien. Porque hoy no es solo un shakedown. Quiero que saques el coche a pista. Que muestres a todos que Alpine no está aquí para hacer turismo.

Franco asintió, aunque el estómago se le revolvió. La primera salida, con los supresores fallando, era un riesgo enorme. El casco ayudaría —contenía filtros especiales que él mismo había instalado para ocultar su olor— pero el estrés de pilotar a 300 km/h podría desencadenar cualquier cosa.

Se dirigió a su box, donde su compañero, Pierre, le entregó el briefing. Pero mientras revisaban datos, Franco sintió que lo observaban.

Una sensación primitiva, instintiva, le erizó el vello de la nuca.

Se giró discretamente.

Al otro lado del pit lane, en el garage de McLaren —papaya brillante, imposible de ignorar— dos figuras lo miraban.

Uno era Lando Norris. Campeón del Mundo, con su mono nuevo con el número 1. Estaba hablando con un ingeniero, pero sus ojos... sus ojos estaban fijos en Franco. Y había algo allí, una intensidad que hizo que Franco sintiera que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Lando parecía diferente. Más brillante, quizás. Más afilado. Pero sus ojos... seguían siendo los mismos. Verdes. Penetrantes. Viendo demasiado.

Y junto a él, Oscar Piastri.

El otro Alfa de McLaren. El australiano serio, de expresión inescrutable, olor a chocolate amargo y té negro. A diferencia de Lando, Piastri no disimulaba. Miraba directamente a Franco con una atención que podría describirse como clínica, evaluadora. Como si estuviera estudiando un problema interesante.

Franco se volvió rápidamente hacia sus papeles, el corazón martilleando.

"Mierda. Mierda, mierda, mierda."

—¿Todo bien, Franco? —preguntó Pierre, notando su palidez, pero al ser beta, no detectaba su condición.

—Sí —mintió Franco. —Solo... calor. Voy a prepararme.

Se alejó hacia los vestuarios, necesitando un momento, necesitaba recomponerse. Pero mientras caminaba, pasó junto al garage de McLaren. No pudo evitarlo. Era la ruta más corta, necesitaba otro supresor y un nuevo parche de olor.

—Colapinto.

La voz lo detuvo. Grave. Controlada. Un fuerte olor a chocolate y té lo invadio.

Franco se giró. Oscar Piastri estaba allí, apoyado contra el muro del garage, con los brazos cruzados, observandolo detalladamente.

Notes:

Creo que va a tener entre 10 o 15 capítulos.