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No vayas a atender cuando Cupido llama

Summary:

Julián tiene un don de un linaje divino que nunca pidió y un tropezón amenaza con arruinarle la vida. Por otro lado, Enzo solo sabe que encontró al chico de sus sueños y no piensa dejarlo ir.

O: Cuando la magia antigua de Afrodita se desvía por culpa de un cordón desatado, Julián se encuentra atrapado en las consecuencias de su propio hechizo.

Chapter 1: Corriendo solo en la persecución

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

El frío de la noche se colaba incluso entre lo repleto que parecía estar el auditorio de la facultad, y el murmullo ansioso de miles de estudiantes esperando para ver al invitado especial comenzaba a provocar un entusiasmo palpable. Valentina, su amiga, lo había invitado a esta charla con la intención de poder sacar algo de provecho para la cátedra de Entrevista I. Sin embargo, utilizaron todo el tiempo para prolongar la conversación que venían teniendo desde hacía varios días: el mismo tema recurrente.

—Era un pelotudo, te lo juro —susurró su amiga, muy resignada y con los brazos cruzados—. No entiendo cómo todos los pibes con los que salí fueron uno peor que el otro. Quizás soy yo, que soy un imán para los boludos de mierda.

Se corren un poco al notar que más gente sigue ingresando, por lo que quedan en una esquina al lado del escenario.

—Hay muchos boludos, pero también hay buenos tipos —murmura Julián—. ¿No te hizo gancho Adri con uno de sus amigos? Quizás...

—No, gracias, príncipe —resopla Valentina con una sonrisa, pero sin ningún tipo de diversión en la voz—. Ya me amargué suficiente la semana.

Las luces del escenario parpadean.

— ¿Es tan difícil encontrar a alguien decente? —pregunta con resignación. Luego parece pensarlo mejor—. O que mínimamente no sea un pelotudo.

El cosquilleo de algo familiar burbujea en el pecho de Julián. No es que fuera una tarea imposible de realizar, sino que requeriría mucha paciencia y, en algunos casos, una gota de buena suerte.

O de magia.

Julián apretó los labios con fuerza. No, no podía hacerlo porque nunca lo había realizado. Tenía un don muchísimo más fuerte y especial que la mayoría de sus tíos y primos, que solo habían heredado belleza hipnótica o «la parla mágica» para encantar. Julián había recibido algo distinto. Algo preciso y más peligroso. Desde que lo había obtenido a los doce años, como un regalo de los vestigios de la gracia divina, de la chispa errante en su sangre de la antigua diosa Afrodita, su padre jamás había dejado de advertirle que no era un juguete, que debía tratarlo con el respeto y la importancia que tenía un regalo así.

Ahora, viendo la tristeza genuina en la mirada de Valentina, realmente quería hacer algo.

—Buenas noches a todos —resonó una voz a través de los parlantes del auditorio.

Todos se merecían a alguien que los mirara como si fuera el centro de su universo.

El murmullo general se transformó en un aplauso cerrado. Al escenario subió el decano del Departamento de Deportes, seguido por un joven que caminaba con la desenvoltura propia de quienes están acostumbrados a ser observados: Enzo Fernández. Estaba vestido con una campera oscura bien abrigada y unos jeans azules. Llevaba un flequillo milimétricamente cortado al ras de las cejas y portaba una sonrisa de un millón de voltios.

Ambos se acomodaron en las sillas altas desplegadas y tomaron los micrófonos que ya estaban preparados.

—Bueno, primero que nada, gracias por la invitación —empezó Enzo, y su voz, grave y rasposa, sonó por todo el lugar—. Para mí es un honor estar aquí y poder compartir un poco de lo que es la vida de un deportista profesional, el esfuerzo y el sacrificio que...

El sentimiento familiar, el calor en su pecho que le publicidad sobre sus sentidos desarrollados, se convirtió en un tintineo de campana potente en su oído. Giró lentamente la cabeza, dejando que la percepción divina se sobrepusiera al parpadeo lento de sus ojos. Alrededor de las personas se trazaban finos hilos de luz dorada y plateada. La mayoría se extendían hacia afuera, pero Julián mira a Valentina y su hilo está ahí, muy tenue, buscando desesperadamente dónde engancharse.

Además, la luz en los ojos de Valentina delata que Enzo le gusta básicamente.

No tiene que pensarlo mucho más cuando decide que su amiga merece que le dé una mano.

Espera a que la conferencia termine y la gente comienza a levantarse entre aplausos, con Enzo agradeciendo y bajando del escenario para sacarse unas fotos con los estudiantes.

—Valen —la llama, poniéndole una mano en el hombro—, voy al baño. Salgo por el pasillo de atrás, así que esperame ahí.

—¿Por qué?

—Porque el de enfrente va a estar muy lleno y vamos a tardar mucho en salir —razona en voz alta mientras ambos se mueven un poco cuando la gente comienza a evacuar el auditorio—. Así por lo menos llegamos antes a la parada del colectivo.

—Dale, dale —Valentina asiente, de acuerdo—. No tardes mucho.

—No, no —miente—. Ahora vengo.

Julián se despega de la pared y atraviesa la multitud, rodeando a un par de personas y poniéndose en paralelo para seguir los movimientos de Enzo y de las dos personas de seguridad que se le acercan. Cuando llega a la puerta trasera, sale y se apoya contra la pared con la mayor tranquilidad que es capaz de aparecer. El pasillo estaba medio en penumbras, iluminado únicamente por un tubo fluorescente que titilaba en el techo como un mal tic en un ojo.

Calma su corazón lo más que puede y reza: Invoca un murmullo encantador que se parece a las canciones de cuna que le cantaba su padre cuando era niño, aunque esta era solo una variación más cautivadora que la misma diosa le había regalado. Extiende el brazo izquierdo hacia el frente y aprieta el aire con fuerza hasta sentir la forma de su arco formándose alrededor de él. Un fulgor dorado comienza a brotar desde sus yemas y la estructura empieza a tomar forma: un arco estilizado, con grabados dorados en forma de laureles, se materializa.

Corre hacia la esquina del pasillo y toca con la punta del arco su frente, sintiendo cómo desaparece su presencia física. Se coloca en posición y tensa la cuerda, dejando que una luz brillante dé forma a una flecha de punta rosada. El aire se contrae en tensión a su alrededor.

Espera.

Espera.

Espera.

La puerta se abre y aparece Valentina.

Mira hacia todos los lados, claramente buscándolo, y camina en su dirección. No lo nota gracias a la invisibilidad, así que refunfuña, golpeándose los costados. Luego, gira la cabeza hacia el otro extremo del pasillo y lo llama:

—¡Juli!

Espera.

Espera.

Espera.

—¡Julián!

Las puertas vuelven a abrirse y sale primero uno de los hombres de seguridad; Luego, Enzo. Mantiene la sonrisa y deja escapar una risa perfecta ante un comentario del segundo hombre de seguridad que camina detrás de él.

Julián contiene la respiración, apunta, traza la trayectoria y fija el pulso en un ritmo firme.

—¡Julián!

Enzo gira levemente la cabeza en dirección a la voz.

Julián suelta la cuerda.

El sonido del disparo fue como el chasquido de un látigo de seda en el aire espiritual. La flecha salió disparada a toda velocidad, trazando una línea dorada en la penumbra del pasillo. Sin embargo, la fuerza del tiro lo hizo trastabillar un poco y, al dar un paso hacia adelante, por pura inercia, pisó el cordón de su zapatilla.

—¡La puta...

Tropieza violentamente y se desploma hacia adelante. La magia se disipa de golpe, haciendo que el arco y el manto de invisibilidad se esfumen apenas cae, provocando un golpe con un eco seco que resuena por todos lados.

—¡No! —gritó alguien.

—¡Puf! —exclamó otro—. ¡Qué golpazo!

—Ey. —Alguien se acercó. Unas zapatillas aparecieron en su campo de visión y una mano se extendía hacia él—. ¿Estás bien?

Julián se ríe como si no fuera un boludo cósmico, pero siente la cara completamente caliente.

—Sí, sí. —Toma la mano, usándola de apoyo para ponerse de pie—. Me di un golpazo, pero estoy bien...

Al levantar la vista, ve a Enzo Fernández.

El silencio que surgió en el pasillo es aplastante, ensordecedor, y parece aplastarle todos los órganos dentro del cuerpo en un pánico inigualable. Una sensación de frío le recorre el estómago y el terror absoluto lo congela por completo.

No, no, no, no. Por favor. Decime que no. Decime que no, por favor.

La flecha estaba incrustada en el pecho del jugador, atravesándolo de lado a lado, y las pupilas de Enzo se expandían en cuestión de microsegundos. Lo miraba como si no fuera una bolsa de papas despatarrada en un pasillo semioscuro, sino como si fuera el sol y la adoración absoluta de todas aquellas cosas que se colocaban en un altar.

La cagó.

La recontra mil cagó.

—¿Golpazo? Un poco más y te rompés la carita linda que tenés —la voz de Enzo es suave. Su sonrisa de costado se acentúa mientras le recorre el rostro con la vista. Luego parpadea y frunce el ceño—. Pará, ¿te lastimaste?

—¿Qué? —Se siente un tonto—. No, no...

—Pablo —el jugador lo ignora y mira a uno de los hombres de seguridad—. ¿Hay una enfermería por acá?

El hombre se recompone rápidamente y reorganiza sus facciones.

—Sí, el edificio de Medicina, que está al lado, tiene el stand de primeros auxilios más grande —explica—. Lo puedo llevar...

—¡No! —La mano de Enzo aprieta la suya y no aparta los ojos de él. La adoración sin filtros explota por fin y la flecha se desvanece en un brillo de pequeñas burbujas. El jugador tose y se acerca un paso —. Perdón, no quería gritar...

—¡Julián!

La voz de Valentina resuena desde el otro extremo del pasillo y Julián jamás había estado más agradecido.

Da un tirón brusco para soltarse del agarre de Enzo y le sonríe como un loco a su amiga mientras se acerca.

—¡Valentina!

Ella, al llegar, mira la escena confundida.

—¿Qué pasó...?

—¡Gracias y perdón por molestarlos! —Julián agradece en voz alta y comienza a caminar hacia atrás hasta llegar al lado de Valentina. La toma del brazo con fuerza—. Vámonos.

— ¿Eh? —Ella sigue sin comprender.

—¡Chau!

—Pará... —La voz de Enzo suena como un susurro a la distancia mientras Julián tira de su amiga, arrastrándola hacia la salida lateral—. ¡Dame un segundo!

La sonrisa de ganador se desvanecía, reemplazada por un ruego sincero, el de alguien que siente que la vida se le escapa entre las respiraciones de la persona que se aleja de él.

Julián siente ganas de vomitar.

—¡Julián! —Valen protesta, pero no interrumpe la escapada. Ambos corren hasta salir de la facultad y dirigirse hacia la parada del colectivo—. ¡Julián! ¿Qué carajos pasaron? ¡Contestá, nene!

La brisa helada de la noche les estrelló de lleno en la cara, pero no alcanza para enfriar el calor que siente en el rostro. Sigue caminando a paso apresurado, con el ruido lejano de los autos y el murmullo de las calles acompañándolos hasta la parada del colectivo.

—¡Basta! —Valentina se zafa de su agarre en el momento en que comienzan a hacer la fila y la ira se refleja en toda su expresión—. ¡¿Qué te pasa?!

—Me mandé una cagada. —La honestidad se le escapa impulsada por la adrenalina. Se arrepiente al instante—. No, es...

Era un tonto. Un tonto. Un pelotudo monumental.

—¿Qué? —La ira desaparece del tono de su amiga y ahora está visiblemente preocupada. Le agarra el brazo—. ¿Qué hiciste? ¿Qué hiciste, Juli? Por favor, contame...

Hay un semáforo que hace meses anda mal en la esquina de enfrente de la facultad. Es viejo, sucio, pero su presencia es indiscutible en el paisaje. Recuerda que hace unos meses su primo Lisandro, su primo lejano, muy lejano, e hijo de la descendencia de Apolo, había  intentado convencerlo, cuando lo llevó en auto, de hablar con un amigo de la rama de Hefesto para que lo arreglara.

El semáforo vuelve a parpadear con una luz roja intermitente frente a Julián y la idea de una solución apresurada estalla en su cabeza como un globo amarillo.

—Me caí —traga saliva y mente. Mira la luz roja un segundo antes de volver la vista hacia su amiga—. Me pisé los cordones y rodé por el piso como una bolsa de papas. Creo que le pegué el susto de su vida.

—A mí también me pegaste un susto terrible, príncipe —le asegura.

Ambos avanzan en la fila cuando llega el colectivo.

—Encima después saliste corriendo y no entendía nada.

—Me dio vergüenza —explica con una sonrisa ensayada. Aprovecha que su cara todavía debe verse ruborizada y se ríe, tratando de parecer tan avergonzado como realmente se siente—. Es un jugador muy conocido y yo casi me rompo todo ahí delante de él.

Valentina lo observa unos segundos, buscando una grieta en su expresión, pero no prolonga demasiado el silencio. El rugido del colectivo, a pocos metros, termina interrumpiéndolo.

—Dios, Juli, sos un peligro —se ríe ella, como si fuera una ocurrencia.

Es una verdad.

Se despiden con un beso apurado en la mejilla y un breve abrazo cuando la morocha sube al colectivo. Julián aguarda un instante, esperando que el transporte se pierda en la distancia. Una vez que hasta la patente desaparece de su vista, se da la vuelta y echa a correr. Alcanza, por muy poco y con el chasquido del cordón de su zapatilla golpeando contra el suelo, a sumarse a la fila que ya avanzaba en la parada de la línea que lo dejaría en el departamento de Lisandro.

 

Presiona con insistencia el timbre del departamento 3.º B hasta que alguien descuelga.

—¡¿Qué?! —La siempre adorable voz del Cuti suena a través del aparato.

—¡Hola, Cuti, soy Julián! —se atropella con la velocidad de sus palabras—. ¡Abrime, es urgente!

La puerta emite un chirrido unos minutos después.

Saluda, al pasar, con un gesto rápido de cabeza al encargado de la limpieza del turno noche, que estaba en el hall de entrada. El hombre le dedica una mirada curiosa y Julián alcanza a escucharlo contener una risa cuando encara hacia las escaleras y casi vuelve a caerse. Siente demasiada culpa sobre los hombros por lo que hizo, así que un poco más de calor en la cara le parece aceptable. Se impulsa con fuerza hasta el tercer piso. Llega sin aire, pero no se detiene. Alza la mano para golpear la puerta y antes de que lo consiga, esta se abre de golpe.

Cristian Romero se apoya contra el marco, en cuero, llevando un short deportivo de Belgrano que parecía haber vivido mejores épocas hacía doscientos años.

—¿Sabés qué hora es, pibe? —rezongó el cordobés con la voz rasposa, entornando los ojos—. La gente que trabaja tiene que dormir, ¿sabés?

El Cuti era descendiente de la estirpe del linaje de Ares. Julián recuerda que la primera vez que lo conoció, cuando se lo presentaron como el, en ese momento, novio de Lisandro, no podía entender cómo su primo se había enamorado de un sujeto tan brusco, directamente ofensivo y lleno de tatuajes muy mal hechos. Si bien seguía siendo el sujeto más terrible si tenía que recibir una patada en los tobillos, porque era posible que los perdiera, el tiempo había dejado en claro por qué Licha lo amaba tanto como para haberse casado con él y tener un hijo juntos.

Era una masita por dentro.

—Hola para vos también, Cuti —responde, sin muchas ganas de seguirle el juego—. Tengo que hablar con Lisandro. Permiso.

Intenta pasar por un costado, pero el mayor hace fuerza con el hombro, cortándole el paso.

—¿Qué te pensás? —le sonríe con desafío—. Son las once de la noche, hermano. Volvé mañana.

Era una masita cuando quería, porque la mayor parte del tiempo era un hijo de puta.

—Dale, Cuti, correte. —Empuja, aplicando su peso.

El cordobés se ríe abiertamente y disfruta oponiendo resistencia.

—¡Cuti!

—¡Tío!

Nico, el hijo de los dueños del departamento, estaba despierto.

—Basta, son bastante grande para pelear así, ¿no les parece?

Y Lisandro Martínez también.

Las luces del salón se encienden por completo y el niño de trece años está más que contento de poder prender la televisión.

—Hola, Julián —Licha lo saluda. Lleva ropa descolorida que probablemente use como pijama y no se lo ve nada contento con su aparición—. ¿Se puede saber qué...

—Perdón por venir tan tarde —se apresura a explicar—. Pero tengo un problema gravísimo. Enorme. Y necesito que me des una mano, Licha.

La molestia en las facciones de su primo se desvanece de inmediato ante su pedido y le hace un gesto a su marido.

—Vamos a hablar con el tío Juli, ¿sí? —Cuti se agacha a la altura de su hijo, que había aprovechado para sentarse en el sillón—. A las once y media quiero que apagues la tele.

—Pa...

Ambos primos se escabullen hacia la cocina.

—¿Qué pasó? —pregunta Lisandro—. ¿Es otra vez un problema de límites con los chicos de Dionisio? Porque no me gusta repetirme. Si siguen jodiendo, voy a hablar con...

—No, no es eso...

—¿No? —Ahora se lo ve confundido—. Entonces, ¿qué? ¿Te peleaste otra vez con tu viejo?

—No... —Julián duda y hace un movimiento de cabeza—. Todavía no.

—¿Cómo que “todavía no”?

—¿Qué hiciste ahora, nene? —pregunta Cuti, uniéndose a ellos de repente.

—Disparé una flecha —suelta Julián de golpe.

Cristian lo mira y levanta ambas cejas. Aplaude con lentitud en un gesto de burla.

—Debutaste, pibe.

Lisandro le pega un sopapo en la nuca a su marido. Ignora el quejido de Cristian y pregunta:

—¿Una flecha?

La confusión en su voz es profunda, pero al final aparece una sensación de comprensión. Niega con la cabeza e indaga:

—No entiendo. Pensé que no usabas tu don.

—No lo hago. —La culpa le brota por todo el pecho—. No lo uso.

Licha se queda helado.

—Jodeme que te mandaste una cagada —comenta Cuti con una sonrisa muy tensa.

El silencio de Julián hace que toda la diversión desaparezca de su cara.

—Me estás cargando, Julián...

—¡Le iba a hacer un favor a una amiga! —expresa con ímpetu. Se pasa ambas manos por la cara, intentando defender su inocencia—. Valentina viene hace meses saliendo con pelotudos e imbéciles y quería hacerle un favor. Sé que jamás lo usé de manera explícita con personas, pero se dio todo en el momento. Encontré al tipo y...

El tiempo se congela en suspenso.

—Cuando disparé, me tropecé y la flecha salió disparada y...

El rumor de la heladera es todo lo que se escucha de fondo.

—Me estás contando —Lisandro parpadea muy lentamente luego de una eternidad, procesando la información— que... ¿te autoflechaste por accidente?

—¡No me fleché yo! ¡Lo fleché a él hacia mí! —corrige Julián al borde del colapso nervioso—. Y... me vio a mí en vez de a mi amiga.

Cristian todavía no había dicho una sola palabra. Julián espera su burla más que nada para aliviar la tensión, pero el cordobés ni siquiera lo mira. En cambio, se acerca a su esposo.

—Amor...

—Estoy pensando —Lisandro suelta un suspiro largo y profundo. Se lleva los dedos al puente de la nariz—. Dame un segundo.

Su primo era una gran persona, Julián tenía que reconocerlo, porque se notaba a la distancia la vena marcada en su frente de frustración. Pero, además de ser médico residente de cirugía, era descendiente de Apolo y debía tener muchísimos conocimientos de artes curativas.

—La magia de tu rama no es un juego, pendejo. —Julián se remueve un poco ante el tono. Estaba enojado, muy enojado. Lisandro se refriega el puente de la nariz con fuerza—. La reestructuración de la percepción afectiva no es una boludez...

—¡Ya sé! Por eso vine para acá. —Se acerca a Licha—. Vos sabés muchísimo de cortes espirituales y pensé que podías tener algo que rompiera...

—No creo que sea tan fácil como tirar un polvo o tomar un té de manzanilla, Julián —dice Cuti, interviniendo muy serio—. Y el don de Lisandro tampoco es algo para andar arreglando pavadas así.

Tenía razón. Sabía que tenía razón. Otro motivo más que suficiente para que su primo se hubiera casado con ese tipo era que Cristian jamás, nunca desde que lo conoció, dejaba que alguien menospreciara el talento de su esposo.

—Supongamos que te doy una mano —dice Licha, cerrando los ojos un momento—. La única manera que se me ocurre ahora sería la cirugía del mal de amores: entrar en el otro plano y cortar el hilo que los une.

Julián deja de respirar.

Curar un corazón roto podía volverse imposible incluso para cualquier portador del dios Sol en sus venas, así que era normal escuchar sobre esa intervención quirúrgica como una última solución para cortar lazos de manera definitiva. El problema, el riesgo al que se sometían los clientes al solicitarla, era que, dependiendo del tipo de vínculo que hubieran tenido, podían sufrir síntomas de apatía hacia lo romántico a largo plazo o dejar de ser capaces de sentir algo en general para siempre. Incluso algunos habían llegado a morir al sentir la pérdida de esa unión en sus corazones.

—No... No, eso no se puede —murmura. Julián siente que una palidez lo engulle —. Es muy reciente... Podría arruinarle la vida.

—¿No se la arruinaste ya? —pregunta el marido de su primo, con ambas cejas levantadas.

El descendiente de Afrodita lo mira con el ceño fruncido.

—Sos malo.

—Escuchame, Juli. —Licha da un paso hacia él. Ahora se lo ve notablemente cansado—. No tengo mucha experiencia con esto, pero si no querés empeorar todo mucho más vas a tener que ir a la biblioteca de tu papá.

Pablo Aimar, su padre, era la cabeza de la familia y responsable activo de la custodia de más de cien mil libros, y contando, que contenían miles de conocimientos. Los descendientes de Afrodita que nacían sin don, obteniendo únicamente la gracia de la belleza, habían concentrado su poder en el arte más antiguo del mundo: la magia. Y ellos ofrecían la más poderosa de todas: la del amor. Por eso la obtención de libros invaluables como recompensa gracias a sus pociones de amor era el motivo por el cual eran una rama de sangre divina con la que no se podía joder.

Y por ese mismo motivo su papá era un tipo jodido del carajo.

Lo cagaba a pedos por todo.

Todo el tiempo.

Se había mudado de casa poco después de cumplir veintiún años a un monoambiente cerca de la facultad y ni así el regaño se detuvo: por su elección de carrera, por su mala postura, porque no se lavaba bien la cara y, sobre todo, por el don que había heredado. Su padre estaba absolutamente convencido de que el regalo de poder unir a las personas, manipular las hebras del deseo ajeno, era demasiado peligroso para que lo manejara un joven y que, más temprano que tarde, terminaría en desastre.

Y qué razón tenías, viejo del demonio, pensó Julián.

No tenía otra opción. Era drástico, humillante, doloroso y su último recurso, pero la falta de ayuda de su primo no le dejaba más margen.

La resignación terminó de asentarse cuando se acostó en el sillón del living. Lisandro le había proporcionado una almohada y varias sábanas para que pasara la noche, argumentando que era muy tarde para que anduviera por la calle.

—Además no te podemos sacar los ojo' de encima, culia' —agrega Cristian, ya encarando por el pasillo con su hijo dormido en brazos. Quería aliviar el ambiente, pero también empezaba a filtrársele el cansancio en la tonada—. Un paso, una cagada nomá'.

—Qué gracioso que sos, Cuti, de verdad —ironiza Julián—. Graciosísimo.

El morocho se ríe antes de irse.

—¿A qué hora te vas mañana? —le pregunta su primo mientras apaga las luces.

—Temprano. —Se acomoda debajo de las mantas—. Tengo que tomarme dos colectivos para ir hasta allá.

Licha murmura algo que Julián no logra captar, pero no insiste y él tampoco le pide que lo repita. Apaga todas las luces por completo, dejándolo en penumbras. Julián mira fijamente el techo, una sombra que no logra cubrir por completo el borde de una de las esquinas.

A su lado, sobre la mesa ratona, la pantalla de su teléfono se enciende. Lo toma solo porque el insomnio, producto de todas las emociones que lo atormentan, tiene al menos la amabilidad de hacerle saber que no va a dormir. Tiene mensajes de Valentina, buscando confirmación de que había llegado bien a su casa, y algunos stickers ante la falta de respuesta. Luego están el chat de la facultad y el de su edificio. Sin darles demasiada importancia, va deslizándolos para despejar la barra de notificaciones hasta que lee ese nombre.

enzojfernandez.

De alguna forma, lo había encontrado en Instagram.

Julián, con un terror meciéndose al borde del pánico, mueve el dedo índice para abrir el contenido de los mensajes directos.

Hola, soy Enzo. Soy el chico que fue a dar una charla informativa en la facultad.

Como si no se acordara de que su cordura y su dignidad pendían de un hilo por culpa de su nombre.

Pregunté por ahí si alguien te conocía para sacar tu nombre y, perdón si te jode, pero quedé muy preocupado por la caída que te pegaste. Quería saber si llegaste bien a tu casa o si necesitás ir al médico. Avísame. Cualquier cosa que necesites y te pueda facilitar, nomás chiflame. De vuelta, disculpá si te jode que te haya buscado.

Si no fuera por la punta de su flecha clavada en su corazón, Julián creería que Enzo era un tipo al que podría amar por el resto de su vida.

Hay un mensaje más sin leer.

Ojalá que no te hayas lastimado por esperarme porque me podría morir.

Julián deja caer el teléfono sobre su cara y eleva las manos por encima de la cabeza con absoluta exasperación. Una punzada amarga se instala en su estómago. Si la magia de su don funcionaba como los hechizos de amor de su familia, entonces Enzo estaba experimentando una necesidad pura de cuidar y amar a la persona, utilizando sus propias formas de demostrar afecto. La culpa vuelve a instalarse con fuerza.

Tiene que revertirlo.

No espera ni siquiera al primer rayo de luz antes de levantarse y ordenar el sillón. Dobla las sábanas, se lava la cara con agua helada de la canilla de la cocina y junta sus cosas. Se despide rápidamente del Cuti, que estaba saliendo de su habitación, y sale hacia la calle. Trata de concentrarse en el paisaje y en la actividad matutina de Buenos Aires durante el viaje, todo lo que puede. Sin embargo, cuando se detiene frente a su casa de la infancia, no puede evitar apoyar la frente contra el metal frío de la reja y cerrar los ojos un momento.

No puede postergarlo para siempre. Así que toma aire y toca el timbre. El aire fresco y el leve sol entre las nubes del amanecer bonaerense eran muy bonitos si Julián no estuviera aguardando, con los brazos cruzados, su sentencia. Se escuchan unos pasos rápidos sobre el caminito de piedras del jardín que anuncian que alguien se acerca. Era Valentín, su hermano menor. En realidad, su medio hermano. Que, en realidad, era su hermanastro. Pero si su papá lo escuchaba decir eso y hacía sentir mal a su padrastro, Lionel, le iba a dar un sopapo mucho más fuerte del que ya le correspondía por arruinarle el corazón a un chico.

El adolescente de quince años llevaba unos pantalones flojos, medias con crocs y la chomba del colegio con una remera térmica debajo. Era evidente que recién se había levantado. Al verlo, se acercó más rápido para abrir la reja.

—Juli, ¿qué hacés acá? —La voz de su hermano está absolutamente ronca por el sueño. Parpadea mientras intenta embocar la llave en la cerradura y finalmente lo deja pasar—. ¿No habías dicho que ibas a venir el fin de semana?

—Hola, Colo. —Saluda a su hermano con un beso en el cachete y comienza el recorrido hacia la puerta principal de la casa—. Eh... sí. ¿Dónde anda papá?

—Estamos todos en la cocina —responde Valen, confundido—. ¿Qué pasó...

Julián cruza el recibidor de la casa sintiendo que el aroma a madera lustrada, té de hierbas y flores frescas lo envuelve como un abrazo sofocante. A pocos metros, la puerta de la cocina estaba entreabierta y desde adentro se escuchaban los sonidos suaves de utensilios en movimiento.

—Valen, andá a terminar de ordenar la pieza. Movete.

Su padrastro, Lionel Scaloni, aparece desde el pasillo del fondo.

Julián recuerda que, cuando lo conoció, no podía creer que un hombre que parecía tan serio y estoico fuera descendiente del dios Hermes. Pero con el tiempo, cuando su familia terminó de ensamblarse tras el casamiento, comprendió que el don que poseía era el más acertado para su linaje.

Era un ladrón espectacular.

Su padre, Román, una vez le había dicho que robarle el marido y el hijo había sido el mayor robo de toda su vida.

Su hermano hace un gesto de puchero y se va, no sin antes empujar a Julián de manera juguetona al pasar. El descendiente de Afrodita se ríe, algo aliviado por la dinámica doméstica, y hace el amague de tirarle de los rizos rojos. Valentín se ríe al esquivarlo y corre escaleras arriba.

—Hola, Juli —lo saluda su padrastro.

—Hola, Leo —responde.

La diversión comienza a evaporarse poco a poco y mira al mayor.

—Vine a hablar con papá.

Lionel lo observa unos segundos y tararea algo. Luego le da una palmada en el hombro.

—Está en la cocina, pero fijate que está muy enojado porque Valentín sigue saliendo sin ordenar la pieza, así que hoy lo levantó bien temprano para que lo hiciera —le explica, a modo de advertencia. La palmada se convierte en una caricia—. No dejes que se la agarre con vos.

Julián aprieta los labios en una línea fina y asiente.

Se despiden brevemente.

Al ingresar en la cocina, la figura de Pablo Aimar se materializa en una presencia impecable y fluida mientras toma los que deben ser sus primeros mates de la mañana. Para cualquiera en la calle, su padre sería una de esas personas por las que el mundo se detendría. Su rostro había sido, y seguía siendo, la razón suficiente para despertar magnetismo y locura; una belleza capaz de hacer que cualquiera lo amara a primera vista. Todos los descendientes de Afrodita que no habían recibido dones parecían haber adquirido uno de todas formas, porque todos eran bellísimamente irreales. Pero para Julián, que compartía la misma sangre divina, aquella hipnosis de belleza no funcionaba como en los seres humanos comunes.

El velo de fascinación no servía y su encanto no podía atenuar la realidad.

Su papá estaba muy enojado.

—¿Vos me estás diciendo que disparaste a ciegas, en un pasillo, sin fijarte el terreno, sin medir la fuerza del pulso, y terminaste flechando a un chico que ni siquiera conocés, todo por no atarte los cordones?

La voz de su papá resonó contra las paredes como una sentencia de muerte.

—Papá, fue un accidente... —intentó excusarse.

—¡Un accidente es tirar un vaso de agua, Julián! —lo interrumpe—. Te lo dije mil veces desde que manifestaste el arco: no se puede jugar con los lazos de las personas y nuestra magia no es un caprichito de boliche. El deseo de un mortal es...

La cagada a pedos duró exactamente cuarenta minutos corridos.

—Ahora —sentenció finalmente Pablo—, a la biblioteca.

Antes de que Julián pudiera articular una respuesta, su padre lo agarró de la oreja sin piedad.

—¡No, papá! —chilla. La fuerza del tirón lo obliga a inclinar la cabeza—. ¡Soy un tipo grande, papá!

—Caminá.

La biblioteca estaba en el sótano de la casa. Era un búnker levantado después de miles de generaciones, con paredes pintadas de rojo y olor a incienso permanente en el aire. Los muebles estaban distribuidos de manera que el lugar pareciera un laberinto de libros y estantes, mientras que en el centro se encontraba el escritorio principal junto a un sillón de cuero costoso.

Pablo lo empujó hacia la silla, con la oreja ardiéndole como el demonio, y dejó caer sobre el escritorio un enorme libro.

—Podés comenzar a buscar una solución acá, en Herbología para tontos —señaló el ejemplar. Después caminó hacia el estante lateral, sacó otro volumen y también se lo dejó enfrente—. Si no encontrás nada ahí, continuá con este.

Hola, demonio, más que hola, Afrodita, pensó Julián mientras miraba a su papá.

Estuvo toda la mañana ahí y buena parte de la tarde. Le envió un mensaje a sus compañeros cuando la hora en la pantalla del teléfono marcó el momento en que normalmente comenzaría a prepararse para salir, avisándoles que no podría ir a clases por una situación familiar.

Por su idiotez.

El silencio de la biblioteca solo se rompía por el sonido seco de las hojas al pasar y por los suspiros de Julián, a quien ya le empezaba a doler la espalda.También los ojos, porque algunos libros estaban muy mal traducidos al español y otros directamente estaban escritos en griego, idioma que su dislexia podía leer, aunque obligándolo a repetir varios párrafos para que tuvieran sentido.

A las seis de la tarde se rindió.

—Juli.

Su papá entró a la habitación con una bandeja de madera que llevaba una taza de mate cocido y un plato con tres medialunas.

Colocó todo frente a él.

—Comé algo —le dice—. A ver si se te aclaran las ideas.

—Pa...

—No, nada de "pa". —No le da lugar a la lástima. Mira alrededor, observando todos los libros sobre el escritorio y los que habían quedado sobre el sillón—. ¿Aprendiste algo?

—Sí. —Apoya la cabeza en la palma derecha—. Creo que ya sé cómo hacer para que vuelen los chanchos, pero nada sobre cómo deshacer la magia de la flecha.

—Es que no lo vas a encontrar acá. 

—¿Qué?

La sonrisa en el rostro de su padre era la encarnación misma de la maldad absoluta.

—No hay una "cura" o una "pócima" —explica, mientras comienza a ordenar todo sobre el escritorio—. Porque la magia del amor no tiene que solucionarse si no se consume.

La ficha cae como una placa de hierro sobre su cabeza cuando por fin logra razonar. Los hilos imaginarios que habían sostenido sus extremidades como un título se cortan de golpe y pueden respirar un alivio indescriptible.

—No lo puedo creer. —Realmente no puedo creerlo, porque la solución era tan fácil que había estado a punto de llorar—. ¿Y por qué me hiciste leer todo esto?

—Para que aprendas.

Julián masculla un insulto.

—Te tiene que servir como escarmiento para que no vuelvas a intentar jugar así porque sí —lo regaña nuevamente, como si no hubiera sido suficiente—. Algún día de estos me vas a agradecer que te cuide tanto.

— ¿Cuánto tiempo? —es todo lo que pregunta Julián.

—Las pociones de amor verdadero o de obsesión suelen durar entre tres y cinco días —tararea su papá, pensativo—. No sé muy bien cómo funciona tu magia ni cuáles son sus síntomas, pero debe tener cierta sintonía con las pócimas de amarre, así que, mientras no se consuma sexualmente, debería diluirse en una semana como máximo.

Hay esperanza.

—Julián.

Una sombra de incomodidad cruza el rostro de su padre.

—Por el amor santo de la Diosa... —baja la voz hasta volverla peligrosamente seria—. Ni se te ocurre, bajo ninguna circunstancia, tener relaciones sexuales con ese chico mientras la flecha esté activa.

La cara de Julián se enciende como un bosque en llamas.

—¡¿Qué?! —el grito que emite es agudo—. ¡No!

—Sabes lo que va a pasar si dejás que te chupe el pito.

Oh, Dioses. Trágame, tierra.

—Papá, por favor, no...

—No hace falta que lleguen hasta el final —insiste Pablo, mirándolo fijamente—. Con intercambiar fluidos ya es más que suficiente para sellar el vínculo. Si tocás a ese chico de esa manera antes de que la magia se disuelva, van a quedar amarrados espiritualmente de por vida. ¿Entendés?

—¡Ni lo conozco, literalmente ni lo conozco! ¿Cómo... cómo...

—Te lo digo porque hace más de treinta años que estoy en el trabajo de las pociones de amor y sé cómo funcionan las fijaciones en los mortales —comenta sin inmutarse ante el drama de su hijo—. Ese chico va a buscar cualquier excusa para acercarse, para tocarte, para convencerte. Si cedes...

—¡Entendí!

No hacía falta que siguiera explicando.

Notes:

¡Buenas! ¿Como están? ¿Yo? Estresada por este fic (y lo escribiste vos, nena)

Comenzó como una idea rápida debido a toda la ola de inspiración en mi tl de X y se empezó a complicar demasiado (como todo lo que escribo) De igual forma, espero que les guste. Es algo divertido y interesante, sin nada mas que profundizar. También quiero dejar la advertencia que esta caracterización son obviamente fuera de personajes porque no conozco a las personas y todo esto es ficticio. Si no logran entender eso, no se metan a leer.

De nuevo, mi otra advertencia ya conocida: No cuento con lectores beta y sufro de dislexia así que ya saben. ¿Todos esos dedazos y errores de ortografía? Completamente míos.

Pd: ¿Otro fic con temática sobre alguna canción de Lali? Culpable y condenada.

Aprecio los comentarios. Los amo. Gracias por leer. Con mucho cariño, La.