Actions

Work Header

El sol está solifican12

Summary:

Valentín es uno de los miles descendientes de Hermes: Rápido, gracioso y poco talentoso para todo lo demás que no sea hacerle pasar un mal rato a alguien.

No es especial, pero puede vivir con eso.

Pero, ¿para Nicolás Paz, un chico adoptado desde España, con miles de secretos, que ha escapado de una guerra mágica y de la muerte?
Valentin es su sol, su luna y la esperanza: Valentín lo es todo.

Chapter 1: Veo luz en tus males

Notes:

¡Hola!
Buenas, ¿cómo están? Gracias por seleccionar esta historia para leer. Este fic es un un agregado y pertenece al mundo de NVACCL. Si tienen ganas de leer está en la colección de arriba de “Hijos de Dios”, sino también pueden leerlo de forma independiente. De todas formas recomiendo darle una lectura rápida para entender algunas cositas.

¡Gracias por su atención!

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

No conoce la historia completa porque cuando las conversaciones de adultos se tornan más una cagada a pedos que una intrigante conspiración dejan de importarle, así que no conoce todos los tratados diplomáticos involucrados en esto. Pero conoce, cree hacerlo, lo básico: Hace unos años, el submundo de lo divino estuvo demasiado cerca de irse al carajo. La tensión entre Buenos Aires con las demás provincias, entre las líneas más poderosas de hijos de Dioses, estaba tan al limite que cualquier excusa era válida para que comenzaran a volar trompadas. 

De manera interna, lo hicieron. 

Su papá, Pablo, le contó a Valentin lo mucho que tuvo que luchar para consolidar su posición como cabeza de la tienda principal de pócimas más prestigiosa dentro de los hijos de Afrodita. Una posición que no heredó en lo absoluto. 

Por lo que, en esta nueva generación, se comenzó a implementar la idea del Campamento. Tres semanas en invierno y cuatro en verano, en un predio inmenso lejos de los radares del GPS, era lo que el Alto Consejo decidió como una solución acorde para que hubiera paz y, más específicamente, que ciertas familias se declararan la guerra. 

Julián, su hermano mayor, se salvó por completo al ser muy grande cuando el proyecto comenzó a implementarse. Franco, su otro hermano, estaba instalado ya en Europa una vez que arrancó la primera tanda. Entonces, como la vida lo odiaba, Valentin era el único de su hermanos que tenía que sufrirlo. 

No es que lo odiara, porque odiar era una palabra demasiado grande, pero la idea principal del Campamento era socializar, por lo que la tecnología estaba prohibida; ¿El teléfono? Estaba habilitado, pero solo tenía señal cerca del mástil en el medio del lugar y, con suerte, alguna tablet vieja para leer. Todo lo demás, absolutamente incapacitado, obligándolos a quemarse abajo del sol y, lo peor de todo, hablar con los demás chicos. 

Y Valentín odia hablar con gente por obligación.  

—No hagas esa cara, Valentín —le dice Pablo apenas lo ve. 

Están terminando de cargar el baúl del auto para emprender viaje ya que este año la logística era un poco diferente. Muy diferente. Este año su papá, Lionel, fue asignado como el encargado general del Campamento, por lo que iban a ir hasta allá juntos por las casi tres horas que dura el viaje hasta el predio. 

Hermoso.

—No quiero ir —rezonga Valentín, por quinta vez en la mañana. 

—No entiendo —dice Pablo, acomodando cosas en la parte de atrás del auto —. ¿No lo habías pasado bien el año pasado? 

—No. 

Es mentira. El verano anterior, ya que cumplir condena en el predio solo era obligatorio una vez de los 365 días, había disfrutado de competencias salvajes sin reglas y sin horario de toque de queda, solo porque el director general de la programación fue el Cuti. 

No cree que vaya a ser nada divertido cuando su papá no lo deje entrar a jugar siquiera un fútbol 5 con los pibes. 

—¿No podes venir vos, pa? 

—Ya te dije que no luego dejar la tienda tanto tiempo sola, Colo. —Su papá pone las manos en su cadera, observando su trabajo. Satisfecho, cierra el baúl. Se acerca y le tira de la nariz, en un gesto cariñoso a Valentín —. Tengo que trabajar para mantener a tu familia. 

—Si, si. 

—Y, por amor a la Diosa, no pelees con tu papá en el viaje. 

Valentín tiene quince años y detesta discutir con su papá. Lo amaba. Hace mucho tiempo atrás, muchísimo, solo eran ellos dos: Cuando su mamá biológica los abandonó, Lionel se convirtió en todo el mundo que Valentín conocía. Era un padre soltero que tenía un don alucinante como hijo de Hermes que nadie valoraba lo suficiente. Incluso después de que Pablo les hiciera un hueco en su casa, y en su corazón, seguía amando a su papá por encima de todo. Pero Valentín tenía quince años y era obvio que se iba a pelear con su padre. 

—¡Hola, hola! ¡Buenas! 

Una voz demasiado alegre irrumpió desde la calle. Su hermano mayor, Julián, entró trotando por la reja abierta del frente con la sonrisa más brillante de todas; desde que se había puesto de novio, oficialmente presentándolo en la mesa familiar durante fin de año, andaba en una nube. 

Valentín ya se había ganado un par de coscorrones por parte de Pablo al hacer comentarios guarangos sobre el porqué de tanta carita de felicidad. 

—¡Si, si, si, llegó tarde! —Junta las manos, en una señal de clemencia cuando ve salir a su papá y Lionel de la casa —. Perdón y hola. 

—Hola, Valen —dice de forma irónica al sentirse ignorado. 

—¡Hola, Valen de mi vida! —Su hermano corre a darle un beso ruidoso en el cachete. 

—¡Ay, salí, pesado! 

—¡No peleen! —les grita Lionel. 

Terminaban de acomodar todo, desde cajas de cosas inútiles y las bolsas llenas de cosas que no van a usar para nada, y se despiden con un beso antes de partir a la ruta. 

—Te quiero. —Su papá besa a Pablo. El Colo y Julián hacen una mueca de asco en conjunto —. Te llamo apenas llegue. 

—Más te vale porque te mato. —El padre de Juli le devuelve el beso —. Te quiero. 

Salen dos horas más tarde de lo que tenían pensado. 

El viaje es largo y caluroso porque enero es un sinsentido de humedad que te fusiona con los asientos de cuero del auto. Además, cada tanto su padre frenaba en alguna estación de servicio para comprar comida o cargar el mate.

—¡Dale, pa! —se queja el Colo cuando ve que su papá tarda más de quince minutos en el shop. Se estira sobre el tablero y toca la bocina —. ¡Pa! 

Lionel sale por la puerta de vidrio con el mate cargado y una bolsa de comida en el otro. 

—Bueno, bueno, ché.

Llegan al predio alrededor de las tres de la tarde. Ya hay varios autos aparcados en la entrada, con decenas de chicos a los gritos. 

—¡Hola, profe! —Apenas bajan del vehículo, ven a Lisandro acercarse a ellos mientras se levanta sus lentes de sol —. Hola, Colo. 

—Licha, por favor. —Su papá suspira con un falso cansancio. 

—Uh, disculpe, profe. —Se ríe el hijo de Apolo. 

Valentín los deja hablar y abre la puerta trasera del Volkswagen; sus bolsos estaban ahí, junto con algunas cajas pequeñas con papeles. Parpadea, marcando un plan en su cabeza que pasa desde la practicidad hasta la vagancia, por lo que se apila varias cosas en mis brazos. 

Se encuentra un poco ciego por la cantidad de cosas pero aún así se encamina hacia la entrada. Por suerte, los póster de mármol blanco de estilo griego siguen siendo lo suficientemente altos para poder guiarse. 

Avanza con cuidado y al momento de cruzar el umbral, siente un cuerpo rebotar contra él. 

—¡Ah, ah, ah!

Todas sus cosas caen al suelo de inmediato. 

—¡Perdón! —chilla una voz—. ¡Perdón de verdad! 

Lo iba a cagar a palos; Se prepara para pegarle una buena puteada al boludo que se mandó como un bólido pero se congela cuando ve, frente a él, a un chiquito rubio de expresión nerviosa. 

Lo conoce.

No sabe de dónde pero el recuerdo tira dentro de Valentín como una sensación de reproche, como si insultarlo fuera fallar en algo. Hay una alarma en su cabeza que no es una alarma pero se siente como frenar en seco delante de un pozo sin fondo. 

—¡Nico! —Licha lo llama. 

Ah, claro, piensa, es él nene de Lisandro.

—¡Perdón! —repitió el chico, haciéndose chiquito sobre sí mismo. No tendría más de nueve o diez años—. Estaba buscando mi mochila y no te vi venir.

Había escuchado rumores en la familia, pero, de nuevo, cuando las conversaciones de adultos se tornan más una cagada a pedos o un sermón le dejan de importarle. Así que no lo había asimilado hasta ahora: Sus primeros lejanos habían adoptado a un chico español, un huérfano de la rama de Apolo que quedó desamparado tras algunos conflictos horrendos en Europa. 

—Valen… —Escucha a su papá advertirle. 

Dioses, quiso rodar los ojos con absoluta mala onda pero aún así forzó una sonrisa. 

—Tranqui —le asegura al chico, calmando las cosas de nuevo en su brazos —. No pasa nada. 

—Pero… 

Valentín se apresura, con los brazos cargados nuevamente, y sale disparado hacia el interior del predio. A diferencia del año pasado, el Campamento se veía muchísimo mejor: Las cabañas ahora lucían alrededor de una plaza céntrica, en forma de media luna, con el edificio central en el medio y el de la enferma al final de todo. La cancha de fútbol, que había sido más pequeña y menos elaborada, ahora era amplia con un sendero lateral que conectaba hacia un arroyo artificial. 

Parecía que habían invertido plata. 

La cábalas tenían nombres con sus asignaciones por rama de descendencia de Dios pero, sinceramente, a todos les chupaba un huevo. Al fin y al cabo, la idea fundamental era fomentar la confraternización entonces tenía más sentido que todos se acoplaran de manera mezclada en distintos lugares. 

La cábala de Hermes ya de por sí era la casa de los viajeros entonces siempre estaba llena con amigos de amigos de otros amigos que nunca conocía del todo. Al verla de lejos, con bolsos siendo arrastrados y risas fuertes, Valentín reza al Dios para que su cama cucheta favorita esté desocupada. 

Camina hacia el edificio principal, patea la puerta y deja caer todo en el hall principal. 

—Eu, cuidado. 

De otra puerta, desde el pasillo, aparece Thiago. Descendiente de Zeus, segundo hijo mayor de Lío y el Kun, vestía ella colada y un corto de pelo al ras, permitiendo ver que la adolescencia con sus cambios no había atrapado solo a Valentín. 

—Hola, Thiaguito. —Se acerca, pasando por encima de los objetos en el suelo, y se saludan chocando los puños —. ¿Cómo andas? 

—Todo bien, Colo. Acá andamos —hace una mueca —. Renegando con papá. 

Valentín se emociona. Hace mil años no veía al mejor y más fuerte hijo de los de Zeus. 

—¿Leo anda por acá? 

—¿Eh? No, Colo —niega con la cabeza —. Con papá Kun. No sabes cómo anda. 

—¿Por? 

—Este año tendría que ser el codirector con tu viejo pero no quiere quedarse. —Thiago se rasca la cabeza —. Nos levantó con Benja temprano para llegar acá y dejar todo ordenado para Scaloni e irnos. 

No lo puede creer. 

—¿Se van? 

—No sé qué bicho le picó a mi papá pero si —dice Thiago, resignado —. Anda a sacarlo de encima de papá Leo. Imposible. 

—Por ahí está preñado. 

Thiago le pega en el brazo. 

—¡Ay, nene! 

—¡Ni en pedo digas eso vos! —Se estremece visualmente —. ¿Otro mono más con todos los que ya somos en casa? ¡Deja! 

Ambos se ríen y se quedan hablando un rato de cosas sin importancia, chusmerio del Campamento. Hasta que el sonido de unas palmas, y la voz de uno de los chicos más grandes de Hermes, los interrumpe:  

—¡Valén! —lo llamaron—. ¡Dale que faltan manos para acomodar los troncos de la fogata antes de que caiga la tarde!

—Bueno, me llaman para laburar —dijo Valentín, despidiéndose —. Si no nos vemos después, te mando un mensaje. 

—Dale, si. —Thiago le sonríe. Antes de que pueda irse, lo detiene y le señala con el dedo al montón de cosas aún en el suelo —. Para, ¿y esto? 

—Ahí viene mi papá a arreglarlo. 

—¡Ay, Valentín! 

La tarde avanza entra alojamientos desbordados y miles de más gritos en el aire. Para las siete de la tarde, Valentín ya tiene las manos ásperas y le duelen los pies. 

—¡Todos al círculo! —grita su papá —. ¡Rápido, rápido! 

Una vez que se acomodaron, entre empujones simpáticos y risas, Valentín se da cuenta que son casi el doble de los que eran el año pasado. 

—Primero, buenas tardes a todos —empieza Lionel, dando un paso adelante con las manos en su cintura —. Para los que no me conocen, soy Lionel Scaloni, hijo de Hermes, y voy a estar a cargo de la dirección general del Campeonato este verano. 

Hay una ronda de aplausos como bienvenida y chiflados. 

—Si este es su primer incursión en el Campamento quiero decirles que no se preocupen por nada más que aprender a convivir, a entender las responsabilidades de nuestra sangre divina… 

Un murmullo de abucheos corre entre los adolescentes de las filas traseras. 

—Y a divertirse. 

Otra ronda de aplausos con agite de palmas se hace presente. 

—Ahora, las reglas son pocas pero se van a cumplir —levanta la mano, para comenzar a enumerar —. Primero: A las diez y media de la noche todo el mundo adentro de sus cabañas. Luces apagadas a las once. Segundo: La barrera de protección se activará a la medianoche por lo que salidas sin supervisión están prohibidas. Y tercero: Cualquier intento de usar su don, magia o hechizos para hacer alguna “jodita” se paga con tres días de guardia en la cocina y limpieza de los baños. 

—Mamita —dice un chico al lado del Colo —. Es el ejército. 

—¿Quedó claro? —pregunta Lionel, dando por terminado el discurso. 

Un "sí, profe" medio cansino resonó en el perdió.

—No los escuché —presionó Lionel, entornando los ojos.

—¡Sí, profe! —respondieron esta vez con más ganas.

—Bien. Ahora, con algunos de los adultos responsables les vamos a repartir los horarios de los talleres y las asignaciones de tareas para la primera semana. 

La noche cae rápido y el sueño los alcanza a todos por lo que, luego de una cena ruidosa en el comedor, todos comienzan a acomodarse para descansar. 

Y, en teoría, Valentín no tendría que estar a punto de hacer esto pero, de nuevo, tiene quince años y está listo para desobedecer. 

Sale, de manera sigilosa, de la casa principal en donde se hospedan y corre todo el sendero lateral hacia la cabaña de Hermes. Quiere ver a sus amigos, jugar un partidita de Uno y comer boludeces que hayan traído de sus casas. 

Sin la luces de Capital, el cielo es increíble: Estrellas que brillan como faroles y procesan suelo de promesas muy antiguas en formas de constelaciones. 

De pronto, hay algo que le llama la atención: Hay pasos, pequeños y espaciados, que se alejan en un repiqueteo alarmante. No capta quién es porque está oscuro pero la sombra que proyecta es suficiente para avivar su curiosidad y lo sigue. 

Frente al lago artificial está Nico. 

—¿Qué estás haciendo acá? 

El chico, que parecía estar buscando algo con una energía nerviosa y una linterna, da un saltito por el susto, trastabillando hasta salpicarse las zapatillas por el agua. La luz del foco encandila al Colo un instante y hace que toda la situación sea mil veces más incómoda que la de más temprano. 

Parecen condenados a encontrarse a destiempo. 

—¡Hola! —chilla el nene rubio —. ¡Hola, yo… 

—Baja la linterna, amigo. 

Nico parece terriblemente avergonzado y esconde las manos detrás de su espalda, pareciendo aún más ridículo en medio de la oscuridad y sumergido en el agua. 

—¿Qué haces acá? —Valentín repite —. Es tarde y te van a cagar a…

—Se me cayó una piedra.

¿Eh? 

—¿Eh? —El pensamiento se le escapa al hijo de Hermes en voz alta. 

—¡No…! ¡No es una piedra… —explica Nico. Parece frustrado con sus palabras y emite una expresión graciosa en su rostro. Suspira y su flequillo rubio largo enmarca aún más sus facciones cuando lo mira cabizbajo —. Mi papá Cuti me dio una pulsera con una piedra protectora. Y la perdí hoy aquí, cuando estábamos ordenando. Estaba viendo si… si la podía recuperad. 

Es tonto. Un tonto porque aunque el lago sea artificial hay una rendija que drena, haciendo que si algo es víctima de ella sea para siempre. Así que si se le cayó por acá, debe estar ahora flotando con la basura del plástico y los peces. 

—No creo que la encuentres. —Valentín suelta un bufido y niega con la cabeza —. Dale, veni, vámonos. 

—Pero… —murmura y su balbuceo se convierte lentamente en terquedad en una línea dura de sus labios fruncidos —. Me la dio mi papá apenas llegué a la Argentina. 

Hay algo que no se dice pero cruza el aire como una vibra eléctrica que somete el pecho de Valentín a contraerse en consideración. No es lástima o pena, es más extraño, como algo viscoso arrastrándose de forma incómoda que lo hace querer retroceder. 

—¿Es muy importante? —Sabe la respuesta pero aún así hace la pregunta. 

—Es un regalo que me hicieron para que me sienta más cómodo aquí sin sentirme raro por ser español. 

Eso le molesta. Eso sí le incumbe y le genera una incomodidad porque atenta directamente contra las emociones de dos personas que conoce y admira. 

—Los gallegos son todos unos boludos. 

Nico se encogió visiblemente, haciéndose más pequeño.  

A Valentín eso le molesta muchísimo más.

—Pero vos no sos gallego, ni español, ni nada de esas giladas, ¿entendes? —señala el hijo de Hermes y hunde su dedo índice en el pecho del chico —. Vos sos argentino. 

Los ojos de Nico brillan con fuerza. 

—Gracias. 

El destello en la mirada del chico rubio parece perseguirlo. Lo hace estremecerse cuando siente que lo puede capturar en sentimientos aún más extraños de los que se puede permitir así que, como el Colo tiene los pies alados, atribuido a las oraciones de los viajeros, evita la trampa: Carraspea fuerte, para eclipsar el ardor en sus cachetes y se lanza al agua. 

—¡¿Qué?! —El niño de Apolo grita. 

—Voy a buscar tu pulsera —anuncia y no mira sobre su hombro cuando grita —: ¡Alúmbrame! 

Es su imaginación pero jura que puede sentir que hay un trueno a la distancia.  

Media hora más tarde, con la pertenencia recuperada de Nico de nuevo en su muñeca, ambos están siendo regañados por Lionel en el edificio principal. 

Valentín no se arrepiente. 

 

 

 

—A todo esto —dice Valentín cuando cumplen castigo limpiando los baños—. ¿Cuántos años tenes? 

—Eh, ¿yo? —Nico sonríe como si nunca le hubieran hecho esa pregunta —. Trece. 

—¡¿Qué?! —No le cree. Lo mira de arriba a abajo, asegurándose de su estatura diminuta y su cara de bebé —. ¡Pero si sos un enano! 

Notes:

Si tuviera una moneda por cada vez que la chica carpincho me tocara la corteza cerebral tendría TRES monedas, lo cual no es mucho, pero es raro que me haya pasado TRES veces…

Obviamente volvía a caer en la obsesiones del ship del momento, así que acá estamos.

Si están curiosos, así como me inspiro en alguna canción o canciones para escribir, esta vez estoy utilizando a Milo j como fuente de magia. Si no lo escucharon aún, se los recomiendo.

Si quieren saber en qué ando o qué pequeños updates tengo, pueden ir a seguirme acá: ”X”

¡Advertencias! Este capitulo, así como todos lo que escribo, no están bajo un lector beta y están sesgados, y son victimas, de mi dislexia. Así que no esta editado, ni corregido, y debe tener muchísimas faltas de ortografía. Todas son mías.

Mil gracias por la paciencia y el amor. Ojalá vernos pronto. Realmente los quiero.

Con amor, La.

Series this work belongs to: