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Me ama, me cuida

Summary:

Cuando abrió la puerta de casa, Enzo lo estaba esperando parado en el recibidor, descalzo, con un short deportivo de River enganchado a la altura de la cola y un buzo sin cierre enorme. Se quedaron quietos uno frente al otro mirándose unos segundos, hasta que el silencio se rompió con un suspiro hondo de Julián y caminó hacia su novio, que lo esperaba con los brazos abiertos. El abrazo fue fuertísimo y escondieron sus rostros en el cuello del otro. Se quedaron así, con los cuerpos pegados y quietos hasta que Enzo los empezó a mecer y Julián le acarició la espalda.

— Hola, mi amor.

— Hola, En. Te extrañé.

— Yo también, tardaste banda en llegar.

Notes:

Otro más de esta serie que re mil amo. Espero que les guste!!
VIVO por sus comentarios, así que si les pareció copado o una poronga, igual agradezco la charla

Work Text:

El vestuario estaba húmedo e impregnado de olor a chivo, pasto y vapor. Había sido un entrenamiento pesado, el equipo estaba un poco oxidado por el calor sofocante y Julián tampoco se había lucido, para su pesar. La verdad es que estaba acostumbrado a hacer las cosas bien, a esforzarse y recibir felicitaciones o comentarios de sus compañeros y entrenadores. Este no fue el caso y, en el fondo, le molestaba. No se sintió realizado al terminar, tampoco se sintió con ese agotamiento satisfactorio propio de una buena práctica. Estaba abombado, algo distraído y fastidioso, quería esperar a que sus compañeros terminaran de ducharse para estar un poco solo. Agarró su celular y vio que tenía varios mensajes que Enzo le envió mientras entrenaba. La calidez se extendió por su pecho, la misma calidez que siente desde hace años cada vez que Enzo lo buscaba.

Mensajes de Enzo

10:21: hola mi amorrrrr espero que no te anden relojeando mucho el orto esos giles ehh q se pudre todo

10:21: y digo mucho porq hay que no ver esa burra

10:47: recien me aparecio una entrevista tuya ahí en ig

10:48: como vas a decir que preferis que te recuerden por ser buena persona??? yo te tengo que comer a vos

11:14: te deben estar dando lindo en el entrenamiento sino me respondes todavía

11:43: vos te acordás dónde dejamos la poronga esta de las cintas? tengo el gemelo re tenso boludo

11:43: eso es porque mi cuerpo no se acostumbra a no darte masa lcdll

11:44: a este muñeco hay que darle cuerda sino se tensa deaa

11:44: igual si no sabes lo al palo que me despierto todas las mañanas sin tenerte pegadito al lado mío

12:01: ahora estoy re caliente loco te re comeria esa cola linda toda mía

12:05: avisame cuando termines así hacemos videollamada

12:05: y ojito donde me atendes que vas a tener mi choto en primer plano

A Julián lo llamaron para jugar un torneo en el exterior con su club europeo, así que les tocó despedirse por un par de semanas. Anteriormente, ya habían estado periodos muchísimos más extensos uno en una punta y el otro en otra, pero desde que empezaron a convivir hace unos meses que no les había tocado darse un beso de despedida.

La distancia le pegaba mal a Enzo. Se ponía un poco verborrágico y pegote, no toleraba no saber qué estaba haciendo Julián durante el día así que le escribía como si estuvieran uno al lado del otro. Si pensaba en algo, lo escribía. Si estaba comiendo, le mandaba foto de su plato. Si miraba una peli, se la relataba. Si entrenaba, le mandaba fotos en cuero todo transpirado. Si se calentaba, le describía cómo, en dónde y por cuánto tiempo se lo cogería. Su novio siempre fue demandante: demandaba atención, tiempo, mimos y sexo. La lejanía no atenuaba esa demanda. A Julián lo enternecía y divertía en partes iguales, además, funcionaba como un bálsamo para el dolor de la distancia. También trataba de mandarle la mayor cantidad de mensajes posibles y, como le gustaba más de lo que admitía, lo provocaba.

Mensajes de Julián

12:07: Hola gordo recién terminé, medio que sí es como decis vos, me mataron. Si me vieron o no la burra no sabría decirte. Quizás sí como quizás no, a chequear

12:07: Lo de la entrevista te pareció medio cualquiera? Yo creo que está bien va es lo que pienso qcyo, no quiero quedar como un goma

12:08: Las cintas y elásticos están en el mueble grande del gimnasio pajero, buscá bien

12:09: Vos como te pensas que me levanto yo?? Te re extraño En, acá es todo medio una mierda y ya quiero volver a casa

12:09: No te das idea las ganas que tengo de que me ahogues con tu pija.

Bloqueó el celular para no responderle por una hora, hora y media. Sabía que Enzo no jodía con abrir la llamada en pija y no estaba en el lugar adecuado para tener ese tipo de llamada, así que agarró su toalla y fue caminando hacia la ducha con una sonrisa en la cara, sabiendo que tendría que hacerse una paja rápida pensando en lo caliente y enojado que estaría Enzo en la casa, su casa.

El resto de los entrenamientos de la semana no se sintieron mejores. Julián sentía una pequeña, pequeñísima y casi inexistente molestia en su tobillo izquierdo. Al principio pensó que pisó mal o que era la humedad, quizás no estiró correctamente y necesitaba frenar para elongar un rato. Pero no se quería quedar atrás ni que los coaches lo vieran con fatiga, así que siguió pensando que ya le faltaba poco y que en su cuarto podría tomar algo y estirarse. Pero, en uno de los últimos ejercicios donde tenían que llevar la pelota de un lado a otro esquivando conos, Julián pisó mal y esa pequeña molesta ya no era pequeña ni era una molestia: le dolía mucho el pie y, al putear en voz alta, el entrenador pitó el silbato y lo sacó de la práctica para llevarlo adentro, donde supuso que lo harían ver al kinesiólogo del equipo. Sus compañeros lo palmearon en la espalda y algunos se ofrecieron a hacerle compañía, pero rengueando fue solo a la sala médica esperando que le dieran hielo, un analgésico y le dejaran libre el resto del día.

La noticia de que tenía un leve esguince no solo fue sorpresiva sino que devastadora. No le dieron lugar al reproche, no lo dejaron insistir para jugar ni le permitieron seguir entrenando. El director técnico apareció en minutos y, con rostro apacible, le dijo que jugaría el próximo partido, quizás, pero que éste definitivamente no. El rostro de Julián habrá estado lo suficientemente desencajado como para que el técnico le haya dado la opción de quedarse hasta la próxima semana y tratarse con el equipo médico del lugar o irse a su casa y seguir con el tratamiento local del club. Julián no respondió, sentía la garganta apretada y los ojos picorosos. Antes de dejarlo solo le palmearon el hombro y, en el silencio total, Julián puso sentir el bombeo en sus oídos y la ropa pesada en su cuerpo, como si fuese una segunda piel. Con la respiración un poco agitada, agarró su celular del bolso y sin buscar el contacto, directamente marcó el número. En dos timbres, Enzo atendió.

— Buuenas bueeenaas churrito, qué sorpresa que me llames, no me quejo igual…

— Enzo.

Enzo se calló en ese instante, entendió a la perfección el tono tajante de Julián.

— ¿Qué pasó, mi amor?

— Me esguincé, me esguincé, boludo. No juego este partido, andá a saber si el próximo también. La re cagué, la concha de mi madre. Ahora no remonto más.

— Pará, pará. Tranquilo, gordo, ahora me contás bien. Pero tranquilo, vos sos una bestia, esto no te va a cagar la carrera, Juli.

— No boludo, venía medio medio y ahora se me da por esguinzarme. Ya está, ahora quedo en banca hasta quedarla. No puede ser, la puta madre, no sé qué hacer…

— No vas a quedar en banca, te tenés que recuperar unas semanas, nada más.

Julián sentía su corazón apretado, no podía respirar del todo bien. Estaba agitado y nervioso, no sabía qué decir que no sea su quilombo mental. Enzo se quedó en silencio escuchando respirar fuerte a su novio.

— Ju, respirá un poco, ¿si? Como hacemos los dos juntos, inhalá, retené cinco segundos y exhalá. Lo hacemos lo’ do’, ¿dale? ahí va, uno, dos, tres…

Respiraron un rato, y solo eso. Enzo guió la respiración y Julián cerró los ojos. Se lo imaginaba a Enzo como tantas otras veces; al lado suyo, poniéndole la mano en el corazón, esperándolo, acariciándole la mano, peinándolo, quedándose en silencio hasta que Julián estuviese listo para hablar. Esto que Julián llama “ataques de drama” le pasan desde los 15 años, cuando se fue solo en micro desde Córdoba a Buenos Aires con la peso y la esperanza de quedar en River. Recuerda ver a su mamá llorar desde la vereda y la presión en el pecho que sintió cuando el micro tomó la ruta y se dio cuenta de que estaría solo desde ese instante y por muchos meses más. No los tenía tan seguido, pero sí en momentos importantes y decisivos. Enzo lo acompañó, al principio como amigo y después como amante. La primera vez que Julián se “alteró” luego de un entrenamiento previo a un partido, Enzo se quedó al lado suyo y le sacaba charla para que se distraiga.

“Perdona, boludo. Me pongo así y parezco un pelotudo”

“Qué decís, amigo. No pasa na’. Además ya sabés que dicen…”

“¿Qué?, ¿qué dicen?”

“Boy don crai”

“Se dice boys don't cry, amigo. Y eso significa que los hombres no lloran, ¿sos gil vos?”

“Uh mal ahí boludo, alto burro”

Julián se rio y se secó las lágrimas bruscamente con una sola mano. Se dio cuenta que la mano de Enzo estaba en su espalda, entre los omóplatos. Sintió la cara colorada.

“Desde que llegué que me agarran estos ataques de drama, me altero como un pibito”

“Estás estresado nomá’. El doctor Enzo te recomienda una paja y dejar de pensar tanto”

“¿Cada cuantas horas la paja?”

Enzo se rió mucho, agarrándose la panza y diciéndole que con esa cara de angelito era tremendo “jeropa”. Julián ahora no solo tenía la cara caliente, sino el pecho.

Julián se tranquilizó un poco, y ahora que podía respirar mejor sintió como los ojos se le inundaron de lágrimas sin esforzarse en nada. Lloró, desde el pecho y con congoja.

— No llores mi príncipe lindo, todo va a estar bien. Volvé a casa, ¿si? ¿Querés que te vaya a buscar?

Enzo lo haría, pensó. Se tomaría un avión privado, dejaría todas sus cosas, faltaría a su entrenamiento, se pelearía con su representante, su contador, su entrenador, gastaría millones, se fumaría los retos y los problemas para ir a buscarlo a la otra punta del continente solo para que no viaje en avión solo. Lo haría, definitivamente es algo de lo que sería capaz. “Me ama, Dios, me re ama” Julián se rio llorando, porque su novio era pasional y atento y paciente y sensible y…

— Sos hermoso, Enzo. Pero no, tranqui. Ahora arreglo con el club y supongo que ya mañana estoy allá, no te preocupes.

— Como vos quieras, gordo.

— Si, si. Tranqui. Me quiero pegar una ducha y juntar las cosas. Mañana ya estoy en casa.

— Te espero. Te llamo más tarde, atendeme ehh, no te hagas el gil. Sé que te gusta hacerte el difícil.

— Nunca me hago el difícil.

— Sí, ¿qué no? pero después siempre caés ante mis encantos.

— Basta, sos un boludo. Te hablo después. Te amo, gracias.

— Gracias nada. Te amo, mi wacho lindo.

El viaje de vuelta fue un poco largo, pero Julián ya se encontraba en el auto a unos minutos de su casa. Lo despidieron en el club y le dieron la orden de hacer kinesiología cuatro veces por semana e ir informando su evolución al equipo médico. Estaba cansado y un poco dolorido, tenía puesta una tobillera y se puso una remera de Enzo porque, pese a todos los lavados, en el fondo seguía teniendo su olor.

Desde la llamada del día anterior que habían hablado casi todo el tiempo. Enzo estaba ansioso y con miedo a que Julián se angustie otra vez, así que le preguntó unas quince veces si estaba seguro de querer viajar solo. A la noche, hicieron llamada hasta quedarse dormidos. Julián recuerda que, en el umbral entre el sueño y la lucidez, Enzo le cantó bajito una de las canciones que compartían.

Cuando abrió la puerta de casa, Enzo lo estaba esperando parado en el recibidor, descalzo, con un short deportivo de River enganchado a la altura de la cola y un buzo sin cierre enorme. Se quedaron quietos uno frente al otro mirándose unos segundos, hasta que el silencio se rompió con un suspiro hondo de Julián y caminó hacia su novio, que lo esperaba con los brazos abiertos. El abrazo fue fuertísimo y escondieron sus rostros en el cuello del otro. Se quedaron así, con los cuerpos pegados y quietos hasta que Enzo los empezó a mecer y Julián le acarició la espalda.

— Hola, mi amor.

— Hola, En. Te extrañé.

— Yo también, tardaste banda en llegar.

Se separaron y Enzo lo tomó de la mandíbula con una sola mano, lo miró de la boca a los ojos y se mordió el labio antes de darle un beso húmedo. Cuando se separaron, le dio un chirlo en la cola a Julián y le preguntó, solo para hacerlo reír, si tenía que escoltar a upa a su príncipe hacia la pieza para comenzar el festín. Julián, pese a su tristeza, rio y se tapó el rostro negando con la cabeza. Estaba a punto de decirle que no lo tratara como un inválido hasta que Enzo se agachó a la altura de su panza y lo levantó en su hombro. Julián quedó colgando boca abajo, con el culo mirando al techo y la cabeza colgando a la altura de la cola de su novio, a las puteadas y riendo. Enzo trotó hasta su habitación sosteniéndolo por las piernas, con sumo cuidado de no forcejear con el tobillo. Cuando llegaron a la pieza, lo tiró en la cama y él arriba suyo. Los dos sonreían.

— Sos un pendejo.

— Callate vo’, ahora contame quién te tiró los perros la semana que te tomaste el palo.

— Che, Juli…

A Julián le pasaba algo con Enzo: a veces, podía saber a la perfección qué es lo que el otro iba a decir. Sabría palabra por palabra lo que dirá, adivinaría hasta el tono de su voz o el apodo que usaría para referirse a él (gordo, mi wacho lindo, mi príncipe, Ju, mi amor). Otras veces, no tenía ni la menor idea de lo que saldría de la boca de su novio. Podía saltar con cualquier ocurrencia o con apodos sacados de la nada misma (mi potro precioso, la bestia incansable, mi alfajor cordobés, mi abanderado, churrito). Enzo era así, aunque se conocieran hace años siempre estaría el factor sorpresa.

Estaban en la cocina ordenando todo después de merendar. Enzo en cuero con la remera colgada del pantalón deportivo —siempre, siempre un poco más abajo de la cadera— estaba picoteando cereales y masticando con la boca abierta. Julián podía oler su perfume intenso y masculino que irradiaba de su piel llena de tatuajes de todo tipo. “Qué villero que es, por Dios. Cómo va a estar tan fuerte.” Tomó aire, tratando de pensar con qué saldría ahora. Quizás pregunte cuántas sesiones de kinesio tenía que hacer o qué cenarían esa noche. También puede ser un comentario acerca de la visita de su familia o…

— La chabona de la entrevista estuvo bastante atrevida con vos, eh.

Bueno, no había manera de anticiparse a eso.

— ¿¡Qué!?

— Esa… la que le puso quichicientas cosas al mate. Ya sabes de quien te hablo.

Sí, sabía perfectamente de quién estaba hablando. Esa fue una entrevista normal, bastante tranquila. La chica fue amable y respetuosa y Julián se sintió cómodo, para ser una entrevista. A veces se ponía tan nervioso que ni siquiera miraba demasiado al entrevistador. De igual manera, siente que mejoró un poco en eso. Pero sí, entendió el porqué del comentario de Enzo.

— Ay, gordo… era copada nada más.

— Si, si, para vos son todos copados, son todos buena onda, todos compañeros… nadie te quiere entrar como rengo a la muleta, no, no.

Julián ignoró la provocación. A veces Enzo pensaba que el mundo funcionaba así: todos le querían entrar a Julián. Esa es la ley primera, un dato fáctico, una teoría indiscutible. Todos piensan que Julián es hermoso, todos piensan que es adorable, todos quieren empomárselo y, por defecto, robárselo a Enzo “A mí nadie me va a dormir, loco. Ese ojete lo rompo yo nomá’, que vuelen de acá los cuervos”.

Para Julián, las cosas no podrían ser más diferentes. No era boludo, tampoco. Podía identificar que muchas personas le han tirado onda o se lo intentaron chamuyar, pero lo normal para cualquier jugador de fútbol. No llamaba particularmente la atención y lejos estaba de ser el jugador más fachero que hay, ni siquiera lo era dentro de la selección, piensa.

Enzo siguió protestando mientras ordenaban la cocina, Julián le respondía cansinamente.

— Vos hacete el boludo, pero te tiró los perros y a mí no me cabe una.

— Es una profesional, Enzo. No me tiró los perros.

— Cuando te dijo “ay, ñeñe, ochenta y cinco grados te parece bien, ñeñe. Ay, no estarás muy caliente, ñeñe”

— No me dijo eso ni en ese tono.

— Ay, ñeñe, ¿lo aprobás Juli?, ¿te gusta, Juli? ñeñe, ¿te gusto? ay, jaja.

— Tampoco me dijo eso, Enzo.

No había caso. Enzo estaba ensimismado maquinando algo que claramente no fue. No sabe hasta qué punto es una joda para molestarlo o hasta qué punto le molesta a él en serio. Julián se queda callado escuchando la diatriba.

“Y vos ahí sentado haciéndote el canchero, bien pancho”, “le hiciste bastante’ chistes también. Tenías razón en todos y fueron graciosos, obvio, pero qué te comiste ahora, ¿un payaso?”, “encima le dijiste que aprobabas ese mate de hippie pata sucia que tenía frula casi”, “a vos no te gustó ese mate pero ay, ñeñe, está rico, ñeñe”, “no te parabas de jijear, eh”, “te hiciste bien el lindo”.

Bueno, suficiente. Julián también tenía cosas que decir “ahora me va a escuchar el culiado este”

— Vos también te haces el lindo en las entrevistas. Siempre les pones tonito y te peinas el pelo a propósito, ¿o te pensas que soy boludo yo?

— Ahh bueno, bueno, bueno ehh… provechito mi amor. Te lo tenías guardado ese reclamo. — Enzo sonreía socarrón. Lo estaba pinchando a propósito.

— Siempre les sonreís y les haces carita de nene malo, después te levantan en todos los portales poniendo “Sexo Fernández”. Andá.

— Irradio sexo, se me tiran todos encima.

— Me tenes cansado con esos aires de ganador. Sos una trola.

— Yo soy un chamuyero, la rompo.

— La cabeza te tendría que romper a vos, culiado. ¿Vos te podes hacer el lindo y yo no?

Enzo lo miró con cara de soberbio, como si la pregunta de Julián fuese obvia. Levantó las cejas y sacudió un poco la cabeza, los señaló a los dos con la mano en la que tenía la pulsera roja que compartían. Julián estaba al palo y Enzo, que se acercaba lentamente hacia él, también. Cuando habló, sabía que la discusión iba a culminar.

— Vo’ sos mío.

Julián no iba a achicarse, estaba enojado y caliente. Enzo se lamió los labios esperando la respuesta.

— Vos también sos mío.

Enzo lo empujó hacia él agarrándolo de la remera con una fuerza rápida y brutal, lo besó con desesperación siendo brusco y demandante. Lo besaba exigiendo, reclamando con rabia. Cuando Julián le peleó con la lengua para metersela en la boca, Enzo lo tomó de las piernas y lo alzó para llevarlo a la cama. A Julián le encantaba que lo levante, lo volvía loco que su novio tenga tanta fuerza. Podía sentir como le apretaba el orto y, para provocar, se meció para que sus pijas se rocen. Enzo le mordió el labio y lo soltó para empujarlo por los hombros hacia abajo.

— Vos vas a hacer lo que yo te diga, no te me hagá’ el arrebatado.

Julián lo desnudó con prisa para tener la verga de su novio en la boca en cuanto antes. Cuando la sacó el bóxer, la pija salió casi que rebotando, paradísima y lista para comerla.

— Decime que querés que te la chupe yo solo.

— Chupámela ya, es sola tuya mi amor. Toda para vos siempre. Así, así, comemela.

Enzo lo tomaba del pelo y lo empujaba. Julián la tenía entera en la boca y chupaba, chupaba, chupaba. Escuchaba los gemidos, quejidos y frases de Enzo “Dale, dale. Bien hasta el fondo, así”, “si, si mi amor así”, “ufff mirá cómo me la pones”, “no puede ser loco, no puede ser que me la comas así”, “te quiero así toda la vida”, “ah, ah, dale wachito lindo te cojo toda la boca”.

No le faltaba mucho para acabar y Julián no aguantaba más. Sentía la pija tan dura que le dolía. Así que con un último cabezazo se incorporó para chapárselo con toda la boca. Se tiraron en la cama y Enzo encima suyo para saborearlo entero. Gemían ambos, sin dejar de tocarse, besarse, chuparse y arañarse. Los dedos de Enzo en su culo tenían prisa, descuido.

— Ya está, ya está. Metemela ya boludo.

— Levantá la’ piernas.

Julián estaba boca arriba con las piernas sobre sus hombros. No había una sola parte de su cuerpo que no haya tocado la boca de su pareja, se sentía lamido y mordido entero. Enzo estaba despeinado y transpirado, tenía un moretón enorme cerca de su pezón producto del entusiasmo de Julián de hace un rato. Sus huevos le cacheteaban el culo en cada embestida fuerte y profunda. La pija de Julián rebotaba entre ambos cuerpos hasta que Enzo bajó la mano que le sostenía el abdomen pálido hasta agarrarlo y empezarlo a pajear.

En este punto, Julián solo gemía y Enzo, siempre verborrágico, no paraba de hablarle. “Te gusta, ¿no? Cómo te gusta eh, wachin”, “decime cómo te gusta que te coja”, “¿Queré’ que te acabe adentro, no? Si te encanta”, “así, así, dámelo así”, “te amo, mirá lo que sos”, “decime que sos mío, hijo de puta”. Julián no entendía cómo es que podía formular oraciones, todas tan sucias y tan exactas. Enzo respiraba como un búfalo y no paraba de metérsela una y otra vez, tan profundo y tan grande.

— Dios, Enzo, cómo me encanta tu pija. Metémela más, más, más, más. No pares, dámela toda. Mío, sos mío, mío, mío…

Sintió un escupitajo cerca de su pezón y más presión en su pija. En cuanto Enzo le dijo que nadie lo coge como él, Julián acabó furiosamente llenándole de semen el abdomen a su novio. Enzo siguió después, al grito de "así, así mi amor, así".

Enzo sacó su pija del orto de Julián y, como último gesto, le dio un beso en su tobillo lastimado antes de lanzar un suspiro ronco tirándose al lado suyo. Cruzó sus brazos sobre su cabeza y cerró los ojos. Le gustaba ver a su novio así; dócil, rendido, con el cuerpo desaarmado y relajado. Le recuerda a los caballos de carrera, a los perros que corren los autos de la ruta por kilómetros, a cuando corre toda la cancha y se levanta la remera para festejar.

— Cómo me calienta que me hables así, culiado.

— A mí también me encanta hablarte mientras te revuelvo el guiso.

Julián se rió mucho, muchísimo, la verdad. Enzo se le sumó y giró sobre su costado para mirarse mejor.

— Naa, ¿ves? Sos un ordinario.

— Me acabas de pedir que te la de toda y el ordinario soy yo, mamita... lo que hay que escuchar.

— Callate vos, que esto empezó porque te haces el lindo.

— Sos re chinchudo, gordo. Si antes yo era ateo, hasta que te comí la cola y ahora le rindo culto.

— No me gusta que te hagas chamuyero frente a los otros, ¿ta?

— Te re calienta que me haya el chamuyero.

Bueno, eso es un poco verdad.

— Me gusta que después de hacerte el coqueto vengas y estés solo conmigo.

Enzo se ríe y le besa el rostro, todo el rostro. Julián cierra los ojos y se deja mimar.

— Me matas, Juli, ¿cómo vas a decir “coqueto”? Hablás como una vieja. — Enzo le acariciaba el pelo, metía sus dedos entre sus rulos despeinados. — Me encanta que te pongas posesivo, cuando te pones como loquita con los celos me garchas re bien.

Julián revoleó los ojos pero sabía que era cierto. En parte era un juego, porque sabía que Enzo era fiel, ferozmente fiel. “A quién me voy a querer garchar yo si tengo a mi abanderadito en casa? Con ese culo de araña galponera que tenes… que los demás hagan la fila”

— Sos como la canción de Bad Bunny… “Ella es callaitaaa pero pal sexo atrevidaaaa”

Julián le corrió la cara con la mano y aprovechó para levantarse. Probó girando su pie herido a ver hasta dónde le dolía. Enzo se levantó y, supuso Julián, se fue a pegar una ducha. Pero al minuto volvió con un vaso de agua y la pastilla antiinflamatoria que le habían recetado dos veces al día. Julián no se había dado cuenta que ya era hora de la dosis, pero Enzo sí, obviamente. Estaba parado frente a él con la palma abierta esperando a que su novio agarre la pastilla y la tome. Cuando Julián tragó, hizo trompita con los labios esperando un beso que fue recibido al segundo. Fue solo un pico, pensó Julián, pero le daba ternura tener a Enzo tan a disposición.

Ambos se bañaron por separado y se acostaron en el sillón para ver una peli. Enzo se sentó para que su novio pueda apoyar su pie en sus piernas cruzadas “te pongo varios almohadones así lo tenés en altura”. Julián no le prestó mucha atención a la película, la verdad. No paraba de pensar en cosas, todas feas; la banca, el dolor, los medios, las críticas, el reemplazo, si el reemplazo iba a ser mejor que él, si se oxidaba, si quedaba muy atrás, darle la noticia a su familia, la evolución con el kinesiólogo, qué le iban a decir de la AFA cuando se enteren, cuánta repercusión tendría…

Sintió una cosquillita en el pie y levantó los ojos hacia Enzo, que lo estaba mirando con una sonrisa chiquita. Negó con la cabeza y le guiño un ojo.

— Shh, pensás muy fuerte.

Julián le sonrió y volvieron a mirar la tele. Tampoco se concentró en la película, pero al menos pensaba en otras cosas, como que no pasaba nada malo si descansaba unos días en casa, que Enzo lo iba a cuidar, que incluso le podía pedir a él que le avise a su familia, que le podía armar una escenita haciéndose el convaleciente para que Enzo lo vuelva a subir a upa a la pieza, recordó la emoción que le dio ver que su novio tenía programadas las alarmas para la medicación en su celular y que había llenado el freezer de hielo para que tenga siempre que quiera, también pensó en que desde que volvió a casa, cada que quiere algo del piso de arriba, apenas llega a pararse que Enzo corre subiendo las escaleras para traérselo. Pensó, por sobre todo, que era tan profundamente amado ahora como cuando tenía 17 años y Enzo le acarició la espalda en su ataque de angustia, atento, sensible y leal. "Me cuida, Dios, me re cuida".

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