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Domesticado

Summary:

A Julián lo enternecía ver que habían armado una rutina donde las cosas de los dos estuvieran juntas. Era un poco tonto, pero verlo a Enzo haciendo la cama de los dos, cortando el pasto de su jardín, rebuscando cubiertos en sus cajones, lavar los platos de su almuerzo, renegar con el control de su tele... eran cosas pequeñas, cotidianas y suyas. Verlo a Enzo moviéndose en cuero por el living o limpiando la pileta en su short deportivo lo enloquecía. Debía admitir que desde que conviven estas cosas no solo lo ablandan sino que lo calientan. Es absurdo ponerse colorado cuando Enzo dobla la ropa de los dos, pero hay algo tan íntimo en todo lo que hacen que, a veces, se van a dormir y piensa que viven juntos hace mucho, pero nunca tan juntos como ahora.

Notes:

Girlsss esta sería la segunda parte de Novio, novio. Todavía no sé si armarla tipo serie pero bueno, de a poco.
Gracias por todas las cosas preciosas que me escribieron, yo escribo para ustedes. Ojalá les guste!!!

Work Text:

Julián estaciona el auto fuera del garaje y camina hacia la puerta de su casa. Es de madera clara y bien alta, en el piso está la alfombra que dice “casa” porque a Enzo no le gusta que las cosas estén en inglés. “Acá se va a hablar en criollo, corta. Nada de happy, ni dream, ni home ni no se que poronga”. Cruza la entrada y escucha muy al fondo lo que parece ser un tema de reggaeton saliendo de un parlante. Suspira porque ya sabe lo que se viene. Camina hacia el jardín y lo vislumbra a Enzo tirado en una reposera, en cuero, con el termo de mate al lado y un parlante sonando bastante fuerte. En cuanto Enzo lo ve, sonríe de costado y se incorpora. Lo espera mientras se acerca haciendo trompita con los labios para recibir su beso de bienvenida. Julián lo besa y el otro lo tira del brazo para que se siente entre sus piernas con su espalda apoyada en el torso de Enzo. Hablan un poco, se preguntan sobre su día, se miman y toman mate. Enzo le cuenta que sacó turno para tatuarse la pierna, se quiere hacer un diseño con animales o algo así. Le insiste a Julián si no quiere hacerse algo, aunque ya sabe la respuesta.

— Yo prefiero que no, además no sabría qué hacerme. ¿Y si después me arrepiento? tampoco me gustan las agujas, convengamos.

— Cómo quieras, igual me gusta tu piel así. Limpita, sin nada, toda prolijita, lisa, pura…

— Siempre te las rebuscas para sonar como un degenerado.

— Soy un degenerado y te encanta.

Julián suspira. Tiene razón, así que decide apoyarse en el pecho de su novio y cerrar los ojos.

Le encantaba esto de vivir juntos: llegar y que Enzo esté, volver a casa sabiendo que lo esperan. Esperarlo él con el mate listo, pensar en el resto del día sabiendo que iba a volver a verlo.

Siempre les costó vivir separados, la verdad. Durante toda su carrera tuvieron períodos donde vivían juntos durante meses y luego meses separados de nuevo. El tiempo entre encuentros era difícil y angustiante. Cuando no jugaban con Argentina les costaba mucho encontrarse, ambos tenían horarios estrictos y un entrenamiento intensivo, sumado a los partidos jugados en cualquier parte del mundo. Aunque se escribieran todos los días e hicieran videollamada, nunca terminaba de alcanzar. Llegó un momento en el que el tiempo en que volvían a estar juntos no alcanzaba porque estaban interrumpidos por lo mismo de siempre: horarios, entrenamiento, publicidades, entrevistas y pruebas de rendimiento. Pero incluso cuando estaban separados, tenían sus rutinas. Julián recibía todas las mañanas un mensaje de Enzo. No importaba en dónde estuvieran jugando, Enzo calculaba la diferencia horaria para ponerse la alarma y mandarle un mensaje.

"Buen día mi wacho lindo"

"Me desperté al palo pensando en vos"

"Me puse tu perfume para hacerme una paja"

"Te extraño gordo, quiero dormir con vos"

"Cómo amanecimos? Extrañandome? Mas te vale que si"

"Que tengas lindo día gordo"

A Julián le encantaba esa atención, y se sentía juguetón al responderle a sus provocaciones. A veces las charlas eran un poco más melancólicas y otras más picantes. Enzo tenía esa habilidad a flor de piel: ser tierno y ser un insolente. Julián era más tímido que otra cosa pero a veces se animaba a ponerse a la altura de su pareja, y aunque sentía vergüenza al decírselo, también extrañaba garchar con él todos los días. Un día le envío una foto en orto frente al espejo, dudó en enviarla pensando que quizás era un poco extraño, pero Enzo lo llamó al minuto de recibir el mensaje y le pidió que hagan videollamada así se pajeaba “mostrame ese culito todo mío juli, dale”.

Fue justo después del mundial de Qatar cuando, entre la euforia, los festejos, las fiestas, los llantos, las miles de fotos y los abrazos, Enzo lo agarró en el vestuario y frente a todos le comió la boca. Julián escuchaba los chiflidos de fondo y cómo revoleaban toallas mojadas de sudor mientras que metía la lengua en la boca de Enzo. Al separarse, el morocho juntó sus frentes y le dijo “vos te venís conmigo después, a partir de ahora te voy a tener cerquita” le dio una palmada el en culo y se fue saltando a festejar con otros del equipo. Julián pensó que era la adrenalina del momento, una idea medio loca y una forma de hacerse el canchero frente a los chicos. No le dio mucha bola, la verdad. Eran escenas de su novio para marcar territorio y dejarlo a Julián descolocado, cosa que lo divertía mucho.

Pero, a los días siguientes, lo encontró a Enzo buscando una casa desde su celular y hablando de un futuro en conjunto, planeando la ubicación de la casa, la cantidad de habitaciones, con o sin gimnasio, pileta sí o sí, y que tenga una cama de dos plazas, pero no más que eso.

— Dos plazas nos va a quedar chica, dormís despatarrado.

— Dos plazas es un exceso, te quiero bien cerquita en la cama.

La casa que eligieron era preciosa y la decoraron entre los dos. A Enzo no le importaban mucho los muebles ni todos los utensilios de cocina, pero sí pidió poner en el living un cuadro de un león que, a criterio de Julián, era sumamente ordinario. Convenció a Enzo de ponerlo en un lugar un poco más discreto y, a cambio de un masaje en la espalda y darle un beso “con la boca toda para mí”, lo convenció. Hubo algunos indiscutibles, como el parque en el fondo, un cuarto estilo sala de trofeos, el cuarto de ellos en el piso de arriba (mañas de Enzo) y muchos sillones para dormir la siesta y cojer.

Ahora estaban aprovechando el último sol del día, ambos cansados por sus entrenamientos y con ganas de franelear. Enzo le propone que se vayan a meter a la bañera juntos y a Julián le parece un planazo, así que se van de la mano a su baño y se pasan la siguiente hora boludeando con las burbujas y dándose besos.

— Noo wacho, me dejaste zarpado gusto a jabón en la boca.

— Callate, culeado. Vení y dame otro beso.

Y otro, y otro, y otro.

Vivir juntos lo hizo darse cuenta que muchas de las rutinas no eran nuevas, sino que siempre se comportaron un poco como si estuvieran casados. De igual manera, se sorprendió al ver a Enzo tan doméstico. Enzo siempre fue un poco caprichoso y a veces malcriado. Lo que quería lo quería ya, sin más. ¿Por qué no lo tendría ahora mismo? Si quiere salir, sale. Si quiere comer, come. Si quiere cojer, coje. Si quiere agarrar a Julián en el baño del vestuario para hacerle un pete, qué le importa a él que cualquiera puede entrar. Si quiere dormir siesta, se apoya en el hombro de Julián y se baja la capucha. Si quiere escuchar música, prende el parlante. Es impaciente y demandante. No entiende lo que es un no o un pero. No concibe reprimir el deseo ni aguantarse las ganas. Julián temía, entonces, que Enzo no se pueda acostumbrar al ritmo de una casa compartida. Pero tomó actitudes increíblemente familiares que lo desconcertaron pero aliviaron en igual medida. Por ejemplo, fue Enzo quien dijo que quería a la menor cantidad de empleados trabajando en su casa.

— ¿En serio me decis? Pensé que ibas a querer que haya gente que haga todas las cosas de la casa.

— No, ni en pedo. Mirá si te quiero empomar ahí en la cocina y hay gente en nuestra casa. No quiero, no pinta nada.

“Nuestra casa” pensó Julián, con el pecho cálido y la cara colorada.

— Bueno, como quieras. A mí me gusta la idea de que sea más íntimo, también. Pero mirá que vas a tener que mover el orto eh, ni debes saber pasar la escoba vos.

— ¿Ehhh? mirá que yo de vago tengo la cara noma’, después soy re buena ama de casa, vas a ver. Te voy a esperar con la comidita hecha y la casa limpita, te pego una ducha, te rompo el culito ese hermoso mío y al sobre. Tomá pa’ vo’.

A Julián lo enternecía ver que habían armado una rutina donde las cosas de los dos estuvieran juntas. Era un poco tonto, pero verlo a Enzo haciendo la cama de los dos, cortando el pasto de su jardín, rebuscando cubiertos en sus cajones, lavar los platos de su almuerzo, renegar con el control de su tele... eran cosas pequeñas, cotidianas y suyas. Verlo a Enzo moviéndose en cuero por el living o limpiando la pileta en su short deportivo lo enloquecía. Debía admitir que desde que conviven estas cosas no solo lo ablandan sino que lo calientan. Es absurdo ponerse colorado cuando Enzo dobla la ropa de los dos, pero hay algo tan íntimo en todo lo que hacen que, a veces, se van a dormir y piensa que viven juntos hace mucho, pero nunca tan juntos como ahora.

El día anterior, Julián había vuelto muerto de un entrenamiento donde la había pasado como el orto. Se lo había comentado a Enzo por mensaje, pero nada más que eso. Cuando llegó a su casa, Enzo había sacado del freezer una docena de empanadas de carne que había guardado de la última vez que la mamá de Julián los visitó y las cocinó en el horno. Estaban listas en cuanto cruzó la puerta. Julián no supo cómo reaccionar, se sentía tan conmocionado por la delicadeza del gesto que si se ponía a hablar muy probablemente lloraría, así que lo arrinconó a Enzo contra la mesada y lo peteó con todas sus ganas. “La próxima te cocino directamente… Así, mi amor, así… comemela así”.

Enzo también disfrutaba de su convivencia, solía expresarlo haciendo comentarios sobre que ahora lo tiene a “mí Julián” a la hora que quiera cuando quiera sin que el resto le rompa las pelotas. Pero Julián se había dado cuenta que Enzo estaba más tranquilo, menos acelerado o arrollador. Vivir juntos lo amansó, fue como ver a un perro de la calle siendo domesticado. Aunque las mañas siempre le quedan, porque, según él “yo no tendré carita de príncipe abanderado como vos, pero sí soy un alfa y me tienen que atender, loco”. Ante el comentario claramente provocador, Julián ni se inmutó. Le bastó mirarlo unos segundos con su mejor cara de indiferente y darse la vuelta para seguir su camino al living para que Enzo se bajara de la palmera y lo siguiera abrazándolo por detrás “Mentira, gordo, ya sabés que jodo, acá al único que se lo atiende sos vos. ¿O no? veni mi amor, regalale un beso a éste mamarracho, mi principe Juli”

—¿Sabes de qué me acabo de acordar?

Enzo se lo pregunta boca abajo, con el culo sin tapar y los brazos cruzados bajo su cabeza. Entre las sábanas asoman sus piernas fuertes y grandes, todavía tiene olor a desodorante de hombre fuerte y esa mezcla entre sal y perfume. Julián le acaricia el pelo y éste cede, se ablanda. Le encanta, le encantaba cuando tenía 17 años y le encanta ahora, así, tan animal y tan guarro, pero a la vez tan familiar y tan manso bajo su toque. Está tan, pero tan fuerte. Acababan de cojer “completito”, como dice Enzo. O sea, lamido entero, mordido, chuponeado, con pete profundo, a pelo y acabando adentro. Enzo lo sigue mirando esperando una respuesta, pero como tarda en llegar y él siempre fue impaciente, se responde solo.

— Me acordé de cuando estábamos separados cada uno en su club y me mandaste un mensaje a la madrugada diciendo que soñaste que te hacía la cola re fuerte.

— No te dije eso, te dije que soñé que habíamos garchado.

— No te hagas el santo que aunque tengas carita de príncipe sos tremendo bocasucia. Soñaste que te llenaba el orto de leche y te encantó, así que te pajeaste mientras nos mandábamos mensajes.

Julián se quedó en shock, porque pasó exactamente eso, pero nunca se lo había confesado. Enzo al ver su cara de poker se acercó riendo y lo abrazó, le dijo que lo tenía re calado y que le había fascinado.

— Allá eran como las 9 de la mañana, así que me fui al baño a pajearme con vos, para que te llegue mi guasca a la distancia.

— Enzo, sos un ordinario.

— Soy una masa.

— Sos un asqueroso.

— Un león, una bestia, zarpado pijud…

— Sos un guaso, pero no dejes de decir nunca cosas así. Me encantan, me hacen reír.

— Me encanta hacerte reír.

Eso también era verdad, siempre notaba como Enzo hacía chistes que sabían que le causarían gracia. Lo hacía cuando estaban solos, con amigos o familia. Y siempre que reía, Enzo lo miraba satisfecho.

— También sos un bufón, entonces.

— Soy todo lo que quieras, mi wacho lindo.

Se abrazaron más fuerte y Enzo quedó casi que encima suyo. Sabe que el silencio no va a durar mucho, porque Enzo siempre tiene cosas que decir, le incomoda hasta físicamente que no estén hablando. Espera pacientemente a que lo salude, le deseé las buenas noches o haga un comentario a modo de cierre de la garchada de recién. Pero, una vez más, Enzo lo sorprende.

— Pensé en esa vez que estábamos separados porque siempre pienso en lo mucho que me gusta que vivamo’ juntos acá, los dos. No me bancaba más verte tan poco. Ahora está bueno, ¿no?, ¿a vos te gusta?

Y no fue la ternura o la blandura la causa de la sorpresa, fue que Enzo en serio haya preguntado si era feliz en su casa. Julián se castiga mentalmente, porque reprime lo que siente y se guarda lo que tiene para decir. Es que es mucho, a veces, todo lo que siente o todo lo que quiere expresar, y no siempre están las palabras tan a disposición, no conoce aquellas que puedan hacerle justicia a lo mucho, pero lo mucho que ama todo lo que hacen juntos. Entonces, respira y piensa unos segundos, siendo consciente de que Enzo lo mira detenidamente esperando la afirmación. Pero Julián quiere buscar esas palabras, hacerle saber a su amante todo aquello que le acalora el pecho.

—Me encanta que digas “nuestra” casa, me encanta que hayas querido vivir conmigo. Me arrepiento de no habertelo propuesto yo, vos siempre me ganas de mano con esas cosas. Pero sí, me encanta verte caminar por nuestra casa y que me preguntes dónde dejé el control, o que me ayudes a bajar los limones del limonero, que quieras colgar adornos grasas, me encanta que quieras garchar en todos los cuartos y que hayas escrito en el espejo con el vapor de la ducha “te amo, Ju”. Me encanta, me encanta todo. Te amo, sos precioso, Enzo.

Se miran a los ojos, juntísimos, uno arriba del otro. Dejaron la ventana abierta y uno de los dos —Enzo— se va a levantar a la noche a cerrarla, Julián va a poner las botellas de agua en la heladera porque Enzo siempre se olvida, ambos dejarán las reposeras sin guardar y se mojarán con la lluvia, Julián se va a comer todos los frutos secos y Enzo se va a terminar los cereales y no va a avisar, los dos dejan la ropa sucia durante todo el fin de semana hasta que las trabajadoras la laven, Enzo no le pone la tapa al dentífrico y Julián deja su pastillero en cualquier lugar de la casa.

Ambos están domesticados, al final. Ambos se rinden hacia el otro y se perdonan sus despistes y abrazan las virtudes. Funcionan, como funcionaron siempre. Se confiesan, se esperan, se incitan a hablar y a callar, a ser mejor, a amar desde un mismo hogar.

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