Actions

Work Header

nico pah y sus desaventuras mágicas (amortentia edition)

Summary:

—¿Y? ¿A qué huele el amor?

Se inclinó otra vez, respirando el aroma nuevamente solo para estar seguro.

—… al perfume ese que te ponés siempre antes de salir con Cuti.

—¿Paco?

Paco

La carcajada que soltó Lisandro sonó muy similar al aullido de un lobo marino congestionado y con falla de riñón. Y por primera vez desde que lo conoció, Nico sintió el impulso de golpearlo.

O:
Barcopaz en el mundo mágico: Amortentia, mucha mágica y un par de boludos enamorados.

Notes:

no sé nada de fútbol, pero no por nada tuve una época harry potter

quería hacer las cosas lo más apegadas al mundo de hp posibles pero es increible la AUNSENCIA de info sobre castelobruxo (lit la usé toda en UN SOLO PÁRRAFO). sé q lugar q no sea europa te re chupa un huevo, jk., pero si vas a mandar a toda sudamérica a una escuela en brasil lo MÍNIMO que te pido es q me des algo con lo q trabajar. así q me tomé MUCHAS libertades.

solo voy a decir que nunca chamuyé tanto en toda mi vida.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Un día en la vida de Nico Paz: ¿Qué puede salir mal?

Summary:

Nicolás Paz llegó a Castelobruxo hace casi tres años. Sobrevivió hechizos, bromas y la rareza conjunta de sus compañeros. Lástima que no estaba preparado para la Amortentia de la clase de pociones.

Chapter Text

Cuando Nico se transfirió hace dos años y medio desde Beauxbatons a Castelobruxo, lo primero que le llamó la atención fue la arquitectura de la escuela.

En comparación con el castillo casi principesco de Europa, Castelobruxo, con su roca dorada e imponentes proporciones, parecía mucho más un hermoso templo. En lugar de jardines bien cuidados, la vegetación crecía libre e indómita. El bosque amazónico era hogar de una gran variedad de criaturas mágicas, y todo el escenario en su conjunto hacía que el cambio fuera un bienvenido respiro de la estructurada Europa.

Lo segundo que le llamó la atención fue la gran capacidad de sus veintiséis compañeros de clase para mandarse cagadas. Ya el hecho de que el primer día que llegó le hicieran un rito de iniciación debería haber sido una clara señal de alarma.

—Te vamos a hechizar —le había dicho uno de ellos.

—¿Qué?

—Te explicás para el orto, Rodri —se quejó otro mientras le pegaba a su amigo en el brazo—. No te vamos a hechizar. Osea sí, pero no. Mirá, es que en primer año creamos un hechizo-

—Querrás decir que yo creé el hechizo.

—Bue, sí, Leandro, vos creaste el hechizo. No me interrumpas —Cristian rodó los ojos antes de continuar—. Lo llamamos el guarangómetro.

—¿Guarangó- qué?

Era su primer día y Nico ya empezaba a sentirse perdido. Nadie le había advertido que en Castelobruxo, a diferencia de todas las demás escueles de mágia, no había casas designadas según las cualidades de cada estudiante, sino que, al haber tantos países y diferencias culturales involucradas, los estudiantes se dividían según nacionalidad.

En consecuencia, sentía que ya estaba teniendo una sobredosis de argentinidad.

—Guarangómetro —repitió con la paciencia de un santo—, la mezcla entre medidor y guarangada. Se le ocurrió a Enzo el nombre —una voz al fondo gritó "Culpable"—. Lo que hace básicamente es que, cada vez que alguien se zarpa con una guarangada, el guarangómetro la mide en una escala del uno al diez, y en base a ese número tenemos permitido tirarle a esa persona determinados hechizos.

—Es básicamente una excusa para poder cagar a maldiciones a alguien sin que pueda defenderse.

—Exacto

—El diez permite el hechizo más fuerte y el uno el más débil, obviamente.

—¿La escuela lo permite esto?

—¿Sos joda? ¡Claramente sí!

—Una vez hasta el profe Aimar me tiró una maldición. No por nada es el profesor de Encantamientos, che, que un día entero tuve que estar en la enfermería para que pudieran sacarme ese hechizo de encima —aportó Emiliano. Nico lanzó una mirada cautelosa a su alrededor, pero ninguno parecía preocupado por lo que estaba contando. La anécdota era bien conocida—. Scaloni nunca se une, pero yo siempre lo veo con ganas. Algún día alguien va a lograr que deje esa fachada de tipo serio.

Todos hicieron silencio, dándole a Nico un instante para asimilar todas sus explicaciones. Lo miraban expectantes, con emoción apenas contenida.

Se puso a pensar. La propuesta en sí era rara, un nivel de rareza que en España era difícil de encontrar. Pero, a su vez, era tranquilizador saber que ese ritual ridículo se ofrecía como una rama de olivo, una idea para hacerlo sentir incluido. Consideraban que ya era uno de ellos, no lo veían como un extranjero con acento extraño sino como una persona con la que podían amigar y compartir risas.

—¿Entonces, gallego? —preguntó Rodrigo, cortando con éxito su línea de pensamiento, mientras le ofrecía la mano—. ¿Estás adentro?

Nico no dudó más. Estrechó su mano y la habitación estalló en gritos de ánimo. Con unos rápidos movimientos de varita de Leandro y una pequeña explosión de luces de colores, el guarangómetro apareció sobre su cabeza un par de segundos antes de desaparecer.

—Ahí está. Ahora va a aparecer cada vez que te la mandes.

Hubo otra ronda de aplausos y vitores. De alguna forma, a pesar de llevar conociéndolos apenas un par de horas, Nico nunca se había sentido más bienvenido en toda su vida.

—Oficialmente sos un miembro de la autodenominada Scaloneta —le dijo un colorado que no había notado antes, con una sonrisa que solo podía pronosticar cosas malas. Por algún motivo, su corazón de aceleró.

Al menos no podía quejarse de que las cosas en Castelobruxo fueran aburridas.


Casi tres años después, mientras recorría los pasillos del castillo rumbo al comedor, con el escudo albileceste cosido en su túnica justo sobre el corazón, Nico podía decir con seguridad que ya se consideraba a sí mismo un argentino hecho y derecho. Había adquirido los modismos y el acento con facilidad, lo que hizo que bajara exponencialmente la probabilidad de que lo llamaran gallego por los pasillos.

Se lo debía todo a sus amigos. No es que alguna vez estuviera dispuesto a decírselos, no con las cargadas que se comería por tal sentimentalismo.

Con un último giro a la derecha, finalmente llegó al comedor, que era un espacio muy concurrido por definición, pero que lo era aún más a la hora del desayuno. La hermosura de su aspecto nunca fallaba en robarle el aliento.

Más que un comedor era un pabellón a cielo abierto, protegido por hechizos que evitaban la entrada de agua en los días con lluvia. Llamaba entonces la atención la ausencia de un techo y la presencia de columnas que reemplazaban la existencia de una pared oeste, dejando al descubierto el bosque y su naturaleza. Más de una vez Nico pudo ser testigo de la curiosidad de los animales que se acercaron a comer con ellos.

Todo en Castelobruxo parecía incentivar a sus estudiantes a tomar aire fresco. Era precioso.

—¡Nico! —una voz lo sacó de su ensoñación. Valentín lo estaba llamando, haciéndole un gesto para que se sentara con el grupo en una de las mesas—. ¡Acá!

Al acercarse, sin poder evitarlo, Nico sonrió.

La mayoría del curso estaba disperso por diferentes mesas. A lo lejos pudo ver a Lionel y a Emiliano junto a los tres Nicos charlando con algunos de los chicos de Brasil. Y más allá, Rodrigo y Leandro se reían con un diverso grupo de centroamericanos. El ambiente era ligero, vívido.

—Buenos días —saludó mientras tomaba asiento en la banca frente a Valentín al mismo tiempo que su desayuno se manifestaba mágicamente delante de él.

Ellos dos eran los únicos presentes hasta el momento. Los demás probablemente estaban en camino.

—¿Dormiste bien o Cuti y Licha no te dejaron dormir otra vez?

—No sé a quién le pareció buena idea dejarlos dormir juntos. Dios sabe las veces que los encontré haciendo cosas que me gustaría olvidar. Ni el Obliviate más fuerte podría ayudar.

Valentín se rió. Y por algún motivo, el sonido lo hizo sentir cálido. ¿Tenía fiebre?

—Eh, algún día de estos vas a caer, Paz —Nahuel apareció de la nada, cortando el momento. Le robó a Nico una tostada y se sentó a su lado—. Es imposible que hayas usado guarangómetro solo cuatro veces en todos estos años. ¡Y encima nunca superó el seis!

Se acercó Lisandro por atrás, siendo seguido de cerca por Cristian, y le dio un golpe en el brazo a Nahuel, que se hizo a un costado con un quejido exagerado.

—No lo escuches, está enojado porque acaba de ligar un par de encantamientos aturdidores —interrumpió Cuti.

—Ni quiero saber lo que dijo esta vez.

—Rajá de acá vos, dejá a mi pimpollo en paz —Liasandro se dejó caer en el banco al otro lado de Nico, pasando un brazo sobre sus hombros en un movimiento fluido—. ¿No ves que él no es un violento como el resto de ustedes? ¡Animales!

Cuti se sentó junto a Valentín. Una vez que la comida de los recién llegados apareció, todos empezaron a desayunar.

—Animales me parece un poco débil. No llega a describir a la perfección el desastre que son. El único que zafa es Lio. Pero Lio es Lio así que no cuenta.

El resto del desayuno pasó entre risas y conversación amena. Cristian contó una historia de sobre la vez que Walter, el profesor de Historia de la Magia, castigó a todo el curso por una broma inofensiva que involucraba un sacrificio humano y un par de capoiras, mientras que Valentín, por otro lado, empezó a teorizar que Scaloni pensaba que por ser colorado traía mala suerte.

—Les juro que lo he visto agarrarse el huevo izquierdo más de una vez cuando pasa al lado mío —argumentó, rozando lo paranoico. Los ojos de Nico fueron hasta su pelo. Era muy rojo, como el fuego y las hojas en otoño. No entendía como algo que parecía tan suave podría ser considerado un mal augurio—. Está a un paso de pedirle a Ayala que le haga una poción Felix Felicis, solo para contrarrestar el efecto negativo de existir a un metro de distancia de mí. Cero pruebas, cero dudas.

Todos rieron. Nico recibió un suave codazo en las costillas por parte de Lisandro y solo entonces se dio cuenta que se había quedado mirando durante mucho tiempo. Lo disimuló tomando un sorbo de su mate cocido. Le quemó la lengua y el dulzor hizo poco para distraerlo.

—¿Qué tenemos ahora? Casi es la hora.

—La primer clase es Pociones.

—Uh, no me la contés. No hice la tarea —Nahuel se puso de pie en un salto, su bolso colgando de un hombro—. Todavía tengo tiempo para pedirle las cosas a Rodri.

—Ayala te va a matar. "Mi hipogrifo se comió la tarea" fue una excusa de mierda. No hay hipogrifos en América.

—¡Mejor pedíselas a Gio o al Flaco! —gritó Lisandro a la figura que ya se alejaba—. Dios sabe que Rodrigo no sabe distinguir las alas de billywig de las alas de hada.

—¿Y vos sí sabes? —preguntó Nico, presintiendo que ya sabía la respuesta.

—Ni idea. Pero sé que una diferencia existe. Algo es algo.

—¿Vamos yendo?

Todos agarraron sus bolsos y mochilas. Habiendo cumplido su función, ni bien se levantaron, el desayuno desapareció de la mesa. Cómo los elfos domésticos hacían que todo funcionara era algo que Nico nunca podría comprender.

Según Valen, antes de que él se transfiriera, las chicas de Paraguay idearon una protesta para liberarlos del trabajo no pago y darles vacaciones. Los sindicalizaron básicamente. Parecía que ya no trabajaban en negro.

—¿Carrerita hasta las mazmorras?

—Ni en pedo corro. Me acabo de clavar cinco medialunas, si me muevo las vomito.

—¿Ustedes dicen que si hacemos una petición el director pondría un ascensor?

—Ni ahí. Es más rata ese.

Entre charla sin sentido, finalmente llegaron al aula de Pociones. Estaba bajo el colegio, en unas catacumbas mal iluminadas con velas antiguas, donde el aire era húmedo y olor a incienso se usaba para disimularlo. Ayala ya los esperaba adentro, con un reloj de bolsillo en la mano. Nico estaba seguro de que el constante tic-tac de las manecillas estaba encantado para que sonara más fuerte de lo que debería.

Lástima que la actitud intimidante de Roberto Ayala haya durado hasta alrededor de segundo año, cuando los estudiantes se dieron cuenta que lo único oscuro era su túnica y que tenía la personalidad de un tío copado que se hacía el serio.

—Martinez, Barco, Paz y Romero. Cinco minutos más y les cerraba la puerta en la cara.

—¡Dale, profe! ¿Qué te hacés el que llegamos tarde si faltan todavía quince minutos?

—¡Faltan más de la mitad del curso encima! No te hagas el picante.

El suspiro que soltó el profesor casi hizo que Nico sintiera pena por él. Murmuró un "Qué falta de respeto estos pendejos" por lo bajo antes de que toda su mala actitud se disipara como por arte de magia.

—Pónganse de a dos.

Estaba a punto de girarse hacia Valen y preguntarle si quería que sean compañeros cuando sintió que Leandro enganchaba su brazo con el de él.

—Conmigo, gallego —había una sonrisa en su voz—. Te veo después, lindo —le guiñó un ojo a su novio, que resopló pero también parecía divertido mientras arrastraba a Barco al fondo del salón.

Nico, por otro lado, fue arrastrado a una mesa en la esquina contraria. Se sentó frente al caldero mientras Leandro se dejaba caer a su lado.

—¿Qué pensás que vamos a hacer?

Nico tarareó, mirando los ingredientes enumerados en el pizarrón. Poco a poco más gente empezaba a llegar al salón.

—Ni idea. Me fijo si tengo algo en mis notas. ¿Vas buscando lo que dice ahí?

—Dale.

Rebuscó entre sus pergaminos y su libro por información. Para cuando Lisandro volvió, con los brazos llenos de diferentes ingredientes, diez minutos después, no había tenido éxito en su tarea.

—No encontré nada —advirtió mientras miraba a su amigo dejar todo sobre la mesa. Reconoció algunos ingredientes que no deberían haber estado ahí.

—Cuanto más mejor.

—Asi no funciona la magia —comentó, más divertido que otra cosa antes que Ayala llamaba la atención de todos.

—Buenos días a todos.

Todos respondieron al saludo casi en sincronía. El silencio respetuso que siguió duró solo unos instantes antes que el bullicio, propio de muchas conversaciones sucediendo a la vez, iniciara.

—¡Tranquilos! Antes de empezar, dejen los pergaminos de sus ensayos sobre el Veritaserum en mi escritorio. Les traigo la nota la clase que viene —hubo quejas generalizadas en toda la habitación, pero Ayala las ignoró con practicada facilidad mientras señalaba el pizarrón—. Ahora, empezando con la clase, ¿alguien sabe para que poción se usan estos ingredientes?

Una única mano se levantó. Sorpresivamente, era Enzo.

—¿Si, Fernández?

—¿Viagra casero?

El aula estalló en risitas.

—¡Silencio! ¿Qué tienen, cinco años? —suspiró otra vez—. Le bajo dos puntos por maleducado pero le subo tres por el ingenio.

Gritos y aplausos por todos lados. Nico intercambió una mirada divertida con Valentín al otro lado del aula.

—Bueno, continuando —volvió a llamar la atención de todos sin necesidad de levantar la voz—, no, Fernández. No es viagra —Ayala movió su varita y el pizarrón se borró solo. Agarró una tiza, usándola para escribir una única palabra bien grande—. Amortentia.

Hubo silbidos y aullidos, pero Ayala parecía acostumbrado a esa reacción en particular.

—Me voy a ahorrar la explicación porque asumo que ya saben lo que es; y si no, háganme el favor de volver a primer año porque estoy seguro de que lo di en el segundo cuatrimestre.

—¡Nos habías hecho un trabajo práctico re largo con preguntas chotísimas!

—Gracias por la información, Simeone —Ayala se aclaró la garganta—. Consideren esta clase como un modelo de examen. Tienen tres horas para aplicar todo lo que sé que saben y crear una Amortentia que me haga sentir orgulloso. Las instrucciones generales van a estar en el pizarrón, no prometo responder todas las preguntas porque conociéndolos la mitad van a ser boludeces. Ahora pueden empezar.

Mágicamente, las instrucciones aparecieron. Con una rápida lectura, Nico notó que estaban escritas para ser lo más intrincadas posibles.

—¿Divide y vencerás?

—Preparo los ingredientes. Vos leés las instrucciones y decime lo que necesites.

Una vez que los dos estuvieron de acuerdo, se pusieron manos a la obra.

El trabajo era metódico. El zumbido tranquilizador del fuego bajo el caldero, el traqueteo del cuerno de unicornio siendo manipulado en el mortero en manos de Lisandro y el suave susurro de algunas voces que ya estaban entrando en ligero pánico.

A Nicolás Paz le gustaba Pociones. Eso parecía ser un hecho.

Al otro lado de la habitación, sus ojos se encontraron con el resplandor del pelo de Valentín; las velas hacían que pareciera aún mas anaranjado. Su mirada se detuvo en la curva de su garganta, en su cara de concentración. En la forma en la que inclinaba la cabeza mientras escuchaba atentamente lo que Cuti decía.

Las frutillas trozadas se le deslizaron de la mano y se calleron al piso. Rápidamente se agachó para buscarlas. Licha le envió una mirada curiosa, a lo que él solo sacudió la cabeza. Volvió a enfocarse en la poción con renovado interés.

Puso las frutillas y revolvió. Dos veces según las agujas del reloj y una en contra. La Amortentia ya estaba empezando a agarrar color.

—¿Falta mucho?

—Treinta segundos de reposo antes de poner la malva dulce.

Lisandro se inclinó hacia adelante, la nariz tan cerca del caldero que Nico temió que se fuera a quemar. Lo vio tomar aire, fosas nasales expandiéndose.

—Café, lluvia y palo santo —su sonrisa era suave. Había algo dulce en la forma en la que entonaba las palabras—. Huele a Cris.

—Nunca te tomé por romántico —Nico dijo, pero no había burla en su voz sino delicadeza.

—No soy.

Nico puso la malva y volvió a revolver cinco veces en rápida sucesión.

Logró resistir cinco segundos más antes de que la curiosidad se apoderara de él. Hizo como su amigo, olfateando la fragancia que la poción desprendía.

Un olor levemente cítrico y especiado, picante. Jengibre. Acompañado de un aroma mucho más fresco y terroso, como pasto recién cortado. Además de eso, había un tercero. Olía a…

—¿Y? ¿A qué huele el amor para nuestro gallego residente? ¿A una hermosa francesa? ¿O a un lindo portugués?

Se inclinó otra vez, respirando la mezcla de nuevo solo para estar seguro.

—… al perfume ese que te ponés siempre antes de salir con Cuti.

—¿Paco?

Paco

La carcajada que soltó Lisandro sonó muy similar al aullido de un lobo marino congestionado y con falla de riñón. Y por primera vez desde que lo conoció, Nico sintió el impulso de golpearlo. Cosa extraña, porque nunca antes se había considerado una persona con impulsos violentos. Después de dos años y medio, vivir rodeado de boludos definitivamente lo estaba convirtiendo en un argentino más.

Él suspiró. Pensando que bien podría hacer algo útil mientras su compañero escupía su pulmón, se puso a separar los ingredientes que se necesitaban para poder terminar. El bezoar molido no era necesario, no sabía porque Lisandro lo trajo en primer lugar. El polvo de perlas tenía que ponerse después de dos minutos de revolver, y la malva dulce ya había cumplido su función.

Cuando Lisandro finalmente dejó de reír, Nico ya había sepado con éxito tres cuartas partes de los ingredientes de la mesa.

—¿Terminaste?

—Sí —se aclaró la garganta. La seriedad le duró exactamente dos segundos, porque al tercero ya estaba riendo otra vez. Esta vez Nico no pudo resistir la tentación de patearlo por abajo de la mesa—. Perdón, ¡perdón!

Distraídamente, todavía medio tentado, su amigo agarró un par de ingredientes al azar y los tiró dentro del caldero. La poción con seguridad no debería tener ninguno de esos.

Nico no llegó a advertirle porque él ya se había puesto a hablar otra vez.

—Toda la población masculina del castillo usa ese perfume —aclaró lo que Nico claramente ya sabía mientras sacaba su varita. La agitó un par de veces, revolviendo la poción en contra de las agujas del reloj en lugar de a favor. El color nácar y luminoso al que lentamente había estado llegando la mezcla, ahora se tornaba de un verde tormentoso—. Incluso si patearas para el otro lado, existe gran porcentaje de minas que también lo usa. Literalmente no existe olor más genérico, amigo. La Amortentia te cagó.

Soltó otra risotada. Y, como si fuera una señal, el caldero explotó.

La poción los salpicó a los dos, manchándoles la cara y las túnicas. El ruido llamó a atención de todos, incluido el profesor. Se escuchó risitas por toda la habitación.

—Fue su culpa —dijo Nico inmediatamente, señalando a Lisandro, quien ni siquiera tuvo la decencia de parecer arrepentido.

—Che, Cris —llamó la atención de su novio en su lugar. La sonrisa pelotuda que se extendió por su cara debería haber sido prueba suficiente de que lo que se avecinaba iba a ser el peor chamuyo del mundo—. Así te voy a dejar la cola hoy a la noche.

Ayala, más que acostumbrado a las pavadas de sus estudiantes, pareció decepcionado, pero no sorprendido, cuando el guarangómetro sobre la cabeza de Lisandro mostro un diez sobre diez perfecto. Todos agarraron sus varitas a la vez.

La cantidad de maldiciones que recibió Lisandro fueron suficientes como para mandarlo a la enfermería el resto del día.


Después de Pociones tuvieron Magizoología. La clase se impartía en los terrenos limítrofes al bosque, en un gran claro donde era mucho más sencillo maniobrar los animales mágicos sin estresarlos demasiado.

Esta vez, Nico intentó mantener la cabeza gacha. Ya había llegado a la cantidad máxima de explosiones que podía hacer en un día, así que podría morir de vergüenza si pasaba algo parecido otra vez. Para su suerte, tratar con los clabbert y sus pequeños dientes afilados fue un asunto relativamente tranquilo. La clase terminó con una promesa del profesor Tocalli de traer un vipertooth peruano la semana siguiente.

Tenían algunas horas que matar antes del almuerzo, así que con Giuliano y Valentín decidieron irse a la biblioteca a terminar tarea pendiente (o, mejor dicho, a copiar lo que Nico había hecho). Cristian se despidió de ellos con la promesa de volver a encontrarlos más tarde durante el almuerzo, alegando que iba a visitar a su novio en la enfermería.

—Ya quiero que termine el día y ni siquiera va por la mitad —Giuliano se quejó mientras se sentaba en la mesa que habían elegido.

Valentín se dejó caer a su lado, quedando Nico frente a ellos. Dejó su bolso en el piso, no sin antes sacar sus libros y pergaminos. Se los ofreció a sus amigos, que rápidamente encontraron la tarea de Encantamientos y se pusieron a copiar.

—Tranquilo que ya es viernes. Acordate que el domingo nos juntamos con los chicos para jugar el torneo.

—No lo consueles, Nico. Es un exagerado —Valentín lo pateó suavemente por debajo de la mesa.

—Soy realista —lo corrigió. Mojó su pluma en el tintero y empezó a escribir—. ¿Qué piensan de la clase de Ayala hoy?

—Divertida.

—Obvio que fue divertida si explotaste un caldero. No cuenta.

—Nunca pensé que iba a vivir el día que el gran Nicolás Paz se mandara una cagada así.

—Tuve que hacerlo para recordarles que soy humano y cometo errores —puso los ojos en blanco—. Me mantiene humilde.

—Humilde las pelotas. ¡Sos el favorito de Ayala!

—Ayala no tiene favoritos.

—Eso es exactamente lo que diría su favorito, chupamedias.

Valentín lo golpeó de nuevo, más fuerte. Giuliano se quejó esta vez, murmurando algo por lo bajo que Nico no llegó a escuchar. Lo que sea que haya sido hizo que Valen se pusiera colorado y le pegara a su amigo con aún más fuerza.

—Relajá la tanga, colorado. Vos también, gallego. Qué juventud de cristal esta, que no se les puede hacer ni una joda —resopló el italiano—. A lo que quería llegar es qué onda el tema de la Amortentia.

—¿Era necesaria semejante forma de dar vueltas para hacer una sola pregunta?

—Cerrá el culo.

La bibliotecaria les siseó para que hagan silencio. Todos se disculparon a la vez antes de volver a su conversación entre susurros.

—¿A qué huele la suya?

—No sé. Con Cuti no llegamos a terminarla —respondió Valen, dejando su pluma a un lado para enfocarse completamente en lo que decían—. En la mesa de al lado, Alexis había retado a Lautaro a comerse todas las frutillas. Además de casi atragantarse, el genio nos dejó sin ingredientes para terminar. ¿Vos, Giu?

—Huele a castañas asadas. De esas que te venden en las calles de España —la cara de asco que le hizo Nico fue motivo suficiente para un buen zape en la cabeza—. No sos vos, gallego, así que ni te ilusiones. Es de una chica que conozco de allá. Irene. Seguro voy a visitarla en vacaciones. Castañas, lilas y verano. A eso huele.

Ninguno sus amigos tenía el corazón para burlarse de un Giuliano enamorado. Verlo tan honesto era enternecedor y escalofriante en partes iguales.

—Re bien, amigo —Velentín le dio una palmaditas en el hombro, sonando más que sincero. Giu les sonrió a ambos—. Seguro es una mina copada y linda. Cuando te vayas contanos como te va.

—Para las cartas, Blanquita se re banca un viaje a Europa, no sería la primera vez que lo hace —Nico ofreció a su lechuza.

—Gracias. De verdad. Se ve que pueden ser buenos amigos cuando se lo proponen.

El silenció que siguió fue cómodo, interrumpido únicamente por el suave roce de las plumas contra el pergamino y el ocasional susurro furioso de la bibliotecaria cagando a pedos a algún estudiante.

Cómodo en su silla, pensando que la conversación había terminado, Nico se permitió cabecear. Tal vez una siestita antes del almuerzo no le vendría mal. La noche anterior se había desvelado para poder terminar ese ensayo sobre el Veritaserum, así que se merecía el descanso.

Pero al parecer, Valen tenía una idea diferente.

—¿Y vos? ¿A qué olía tu Amortentia?

Nico abrió los ojos, encontrándose con que Valentín ya lo miraba con curiosidad.

—Paco.

—Paco, ¿Paco? ¿El perfume?

—No se rían que con Licha ya tuve suficiente —advirtió, pero ya era demasiado tarde. Los otros dos ya estaban tentados.

Con un golpe seco, su cabeza tocó la superficie fría de la mesa. Cerró los ojos y puteó silenciosamente a cualquier deidad que lo escuchara por rodearlo de boludos.

—Che, ¿pero el Paco no es un perfume de hombres?

El silencio fue súbito e instantáneo. Nico levantó la cabeza lentamente, una ceja alzada. Giuliano tenía un expresión de cautela idéntica.

Nico no lo había imaginado. Giuliano también había escuchado algo raro en la voz de Valentín. A pesar del calor de octubre, Nico sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo

—¿Perdón? —su tono no era agresivo, pero sí contenía una especie de amenaza implícita. Tanto él como Giu estaban al pendiente de lo que Valentín iba a decir a continuación.

—¡No! Quiero decir, está bien, piola. No hay problema que te guste un pibe —se defendió, gesticulando rápidamente con ambas manos. Su pluma quedó olvidada sobre la tarea, formando una mancha de tinta oscura en el pargamino—. Muy linda la pija, me encanta que te encante. Solo que pensé que eras, ya sabés, heterosexual.

—¿Sos homofóbico? —la seriedad en la voz de Nico era palpable. Valen le sostuvo la mirada, serio y escandalizado a la vez.

—¡Obvio que no! Si soy colorado.

—Pensé que todos sabíamos que ser parte de la Scaloneta automáticamente implicaba ser puto en mayor o menor grado —dijo Giuliano, interrumpiendo con éxito su desacuerdo en un intento por apaciguar la conversación. La tensión no se disipó completamente, pero si disminuyó un poco; Nico no se perdió la mirada agradecida que Valen le lanzó a su amigo en común—. Si el segundo rito de iniciación es que la trola copeteada de Julián se te tire encima.

—Nunca me pasó.

—Nunca respiraste el mismo aire con un Juli en pedo entonces. Preguntale al Colo.

Valentín parecía aliviado por la sutil oportunidad de limpiar su nombre. Pero, a la vez, también parecía que estaba a punto de vomitar.

—Momento más traumático de toda mi vida. No por el chape. Tuvo un poco mucha lengua, pero en sí zafó —admitió con la mirada perdida, como si el simple recuerdo de la situación aún tuviera la capacidad de hacerlo temblar—. El problema fue instinto asesino que despertó en Enzo. ¡Estuve meses evitando quedarme solo en una habitación con él por miedo a que me tire un Avada Kedavra!

La bibliotecaria les siseó otra vez y Valentín bajó la cabeza. Hubo unos instantes de silencio antes de que volviera a hablar. Cuando lo hizo, fue en voz tan baja que Nico tuvo que inclinarse sobre la mesa para poder escuchar.

—Encima el boludo de Julián cuando se pone en pedo lo hace al extremo de que se olvida de lo que pasó. Entonces el pobre no entendía porque yo me alejaba cada vez se acercaba de buena onda a hablarme.

—¿Julián y Enzo son un algo?

—Mirame a los ojos y decime que esos dos —señaló a Enzo y a Julián, que convenientemente al parecer también estaban en la biblioteca, solo que en la otra punta, medio escondidos entre las estanterías de Herbología y Botánica. Se los notaba muy ocupados perdiéndose en la mirada del otro como para notar el cuchicheo que los tenía como protagonistas—, no conocen íntimamente el cuerpo el uno del otro.

Nico los observó en silencio. Estaban muy cerca para ser considerado algo estrictamente platónico. Parecía que hasta respiraban en sintonía.

—No son nada. Parece que no tienen los huevos de Licha y Cuti para hablar de sentimientos —Giuliano explicó—. Aunque nos harían un favor. Son insoportables.

—Tienen razón. No sé como no me di cuenta antes —se giró hacia sus amigos de vuelta con un suspiro de rendición—. Perdón por pensar que eras homofóbico. No me había dado cuenta que tenemos a todo el colectivo lgbt acá.

—Tranqui. Perdón yo por asumir —respondió Valen. Por la vergüenza, el rubor parecía haber regresado—. En este punto ya debería saber que si alguien sale del armario es para decir que es heterosexual.

Giuliano, satisfecho por las disculpas mutuas y la paz recién instaurada, tarareó y asintió con la cabeza cual padre orgulloso.

Ante la calma, pudo volver al tema con facilidad—: Conclusión, ¿no oliste nada más? ¿Solo Paco?

Jengibre y pasto recién cortado.

Nico se puso a pensar.

Su mirada se detuvo sobre Valentín un segundo más de lo que debería antes de volver a Giuliano para responder.

—Sí —mintió sin saber por qué. Se aclaró la gargante—. Solo Paco. Explotó antes de que pudiera ver qué más.

—Ufa, ahí va mi chisme matutino. ¿De casualidad no tenés ni idea de quién podría ser?

—No, ni idea. Mucha gente usa Paco. Chicas incluidas.

—¡Qué bronca! Re estaba para hacer de Cupido.

Dos manos golpearon la mesa con fuerza, sobresaltándolos a los tres con efectividad. La bibliotecaria se alzó sobre ellos amenazante mientras los fulminaba con la mirada.

—Ya es la tercera advertencia. ¿Quieren que le diga a Scaloni que sus mocosos están siendo quilomberos otra vez? El último grupo castigado estuvo internado en el bosque buscando al Saci-Pererê por una semana. ¿Quieren ser ustedes los próximos?

Los tres se estremecieron en respuesta. El acontecimiento era bien conocido. De Paul, Almada y Montiel habían terminado todos en la enfermería; ninguno de ellos tenía ni una sola anécdota divertida al respecto.

—No, señorita De Moraes.

—Perdón.

—Ya nos vamos.

Todos empezaron a agarrar rápidamente sus cosas y huyeron de la escena del crimen con la cola entre las patas.