Chapter Text
Por primera vez en mucho tiempo, me despierto sin la necesidad de mi alarma. Me es extraño que no haya sonado y, cuando miro mi móvil, comprendo el por qué: anoche no la puse. ¿Cómo es posible que se me haya olvidado? No es que sea una persona demasiado cuadriculada, pero sí que lo tengo bastante interiorizado para no llegar tarde al trabajo.
¡Mierda! ¡Las clases de fútbol! Tengo solamente veinte minutos para desayunar e irme, así que debo darme prisa. No me gusta hacer esperar a mis alumnos, y menos a los que van por las mañanas porque son señores mayores que quieren seguir teniendo actividad física; no quiero ser yo quien les retrase sus rutinas matutinas.
Mientras me levanto de la cama, escucho un ruido que proviene de la cocina; ¿de nuevo ha vuelto el ratón que lleva molestando desde que me mudé a este apartamento?
—Hoy sí que te voy a pillar, rata de los coj… —empiezo a decir, arrastrando los pies hasta la habitación en cuestión, pero me callo de golpe al ver que lo que hay husmeando en mi nevera no es un roedor sino una persona. Un chico alto y bastante musculado. Espera, ¿qué?—. ¿Quién coño eres y qué haces en mi casa? Sé defensa personal y juego al fútbol, así que más te vale que te vayas ahora mismo de aquí o te vas a ganar una patada voladora.
Lo que más rabia me da de todo esto es que tiene el valor de sonreír con diversión, cerrando la nevera a sus espaldas y girándose con los brazos cruzados. Me mira de arriba a abajo y acaba por alzar las cejas. ¿Quién se cree?
—Así que ahora puedes verme… ¡Qué interesante! —Se acerca a mí, observándome desde una distancia mucho más corta—. Yo llevo aquí desde mucho antes de que tú llegaras. Por esa regla de tres, quien tendría que irse serías tú.
Noto que me pongo pálido y que las manos comienzan a sudarme. Estoy bastante nervioso, cosa que es bastante rara en mí, aunque intento que no se me note en exceso a pesar de las reacciones fisiológicas que estoy teniendo. ¿Cómo es posible que él ya estuviera en el piso cuando yo me mudé aquí? Por desgracia, lo único que se me ocurre es que…
—Ni que fueras un fantasma.
Genial. Por la curvatura que tiene en los labios sé que estoy en lo cierto. Esto tiene que ser una pesadilla de mal gusto y que es demasiado vívida, porque no soy capaz de darle otra explicación. Lo único que tengo que hacer es desayunar e irme a trabajar, ya me despertaré de este sueño que tiene tan poca gracia.
—¿No vas a decirme nada? —insiste, yendo detrás de mí.
—¿Me dejas hacerme el desayuno tranquilo, que tengo que irme a trabajar?
—Espero que esta vez no te quemes el pezón con aceite hirviendo.
La cara me arde, no sé si de la vergüenza o del increíble cabreo que tengo encima tras escuchar esas palabras. Desde luego, el cortisol lo tengo precisamente bastante alto en este momento. Dejo el cartón de leche con brusquedad sobre la encimera y me giro para poder mirarle.
—No quiero que hagas ningún comentario respecto a lo que hayas visto aquí. —Tal vez he hablado demasiado borde, pero es que estoy empezando a perder la paciencia que tengo, que suele ser mucha. Bastante tengo que lidiar con su presencia repentina.
—Como quieras. —Y alza las manos hacia arriba, en son de paz.
Aunque no sea lo más cómodo del mundo, desayuno rápido con su mirada puesta en mí. Vuelvo a mi habitación —aquí al menos me da privacidad— para poder cambiarme de ropa y coger mi bolsa con las cosas del trabajo, además de la pelota que siempre me llevo por si acaso.
—Me voy. A ver si tengo suerte y, cuando vuelva, te has ido tú.
Cierro la puerta con prisa tras salir del apartamento, sin dejar que me conteste. Tampoco es que me apetezca oír su respuesta; seguro que me decía cualquier comentario que consiguiera sacarme de mis casillas.
En el ascensor me topo con Cucurella, el vecino dicharachero que vive en el piso de abajo. Lo que se me hace raro es que, a pesar de saludarle, él no me dice nada. ¿Tan adormilado va que no se da cuenta al subirse de que hay alguien más en el ascensor? No le insisto, de todos modos.
El camino se me hace bastante corto porque acelero el paso; voy bastante justo de tiempo. Aunque no sé yo si el haber ido tan deprisa me ha servido para algo porque, nada más llegar, me encuentro en la puerta de la escuela un cartel que no me hace ni puta gracia. Porque no es un papel cualquiera, no. Es una esquela. Y tampoco es una esquela de una persona cualquiera, sino que es la mía.
¿En qué momento me he muerto? No me acuerdo de nada. ¿Por eso he empezado ahora a ver al fantasma? Porque… ¿yo también soy uno? ¡Pero no tiene sentido! En las películas, los fantasmas no comen y yo he desayunado. ¿Es que los de verdad sí que tienen hambre? Tal vez por eso me roba la comida…
No entiendo nada y me estoy empezando a agobiar. Tengo una sensación frustrante, porque no sé ni qué siento al respecto. Siempre me ha costado saber cómo expresarme y cómo ordenar las ideas en mi cabeza pero, si a eso se le suma que es en una situación tan súbita y complicada como esta, la dificultad se duplica.
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Cuando vuelvo a casa, me encuentro al fantasma de nombre desconocido sentado en el sofá, desayunando con total tranquilidad mientras está viendo la televisión. A saber qué ha estado haciendo todo este tiempo en el que no he podido verle, pero tampoco es algo que me vaya a poner a reflexionar ahora mismo. Tengo muchas cosas más importantes que procesar como, por ejemplo, que estoy muerto.
Parece que me estaba esperando, porque me ve y se levanta automáticamente para venir hacia mí. Quizá quiera tener una conversación más extensa que la que tuvimos antes de pirarme y llevarme la estrepitosa noticia, pero yo no sé si es lo que necesito ahora mismo.
—Es una putada enterarse así de que estás muerto, la verdad. Al menos, tienes la suerte de que estoy aquí. Puedo explicarte un poco cómo va esto, si quieres. —Me sorprende su amabilidad, pero ahora mismo la agradezco bastante. Me paso la mano por la cara, tomando una profunda respiración, y asiento con la cabeza como primera respuesta—. Vamos a sentarnos, mejor.
Me explica todo por encima, pero hay un momento en el que desconecto porque empiezo a agobiarme bastante. Miro mis manos con la mirada perdida, dándole demasiadas vueltas a toda la información que he recibido hasta que me he ido a otro plano astral. ¿Solo puedo moverme por el barrio porque esta casa es el lugar al que estoy atado? ¿Tengo que encontrar mi razón para ir a la luz? Al menos, algunas de esas películas de fantasmas que he visto no iban demasiado mal encaminadas. Lo peor de todo esto es que, a pesar de que la gente no me ve, parece que sigo teniendo las necesidades básicas. Y eso explica muchas cosas, como el hecho de que mi nevera estuviera cada vez más vacía a pesar de vivir solo.
—¿Y qué hacemos ahora? —pregunto por fin.
—Pues igual que hacía yo antes de que llegases tú. Robar la comida del súper de al lado hasta que llegue una persona nueva y directamente le robemos a ella.
—¿Y ya está?
—¿Qué más quieres? No nos queda otra que quedarnos aquí hasta que vayamos hacia la luz. Y, por lo que veo, a mí me queda bastante. —No entiendo muy bien a qué se refiere con ese último comentario, pero tampoco le pregunto al respecto. No quiero meterme en asuntos que no me incumben y, menos aún, intentar sacar una información que parece que no quiere darme por el momento.
—¿Llevas mucho tiempo aquí?
—¿Muerto? Desde hace cuatro años. Un par de meses antes de que te mudaras tú. Y llevaba viviendo aquí un año antes de que pasara.
—Hostia puta —digo inconscientemente, porque no quiero ni imaginarme lo bola que se le ha tenido que hacer sentirse tan solo a pesar de estar “compartiendo” piso conmigo.
—Ahora, al menos, no voy a estar tan aburrido. Ya te tengo como compañía.
—¿Y te acuerdas de… cómo fue? —No sé cómo cojones me atrevo a hacerle esa pregunta, pero es que yo no me acuerdo y no sé si es algo que voy a poder desbloquear en el futuro.
—No. Simplemente me desperté así y lo deduje porque nadie me veía ni nada, no sé. —Se encoge de hombros como si no importase, pero soy consciente de que sí es algo que acaba pesando, sobre todo con el paso del tiempo—. Después escuché a mis padres decir que fue un accidente, por ir con la moto por donde no me tocaba.
—Pues vaya puta mierda. Lo siento mucho.
—Ya, bueno. Qué le hacemos, Mikel. —Se levanta del sofá mientras pronuncia esas palabras, haciendo el amago de irse del salón.
Me agobia quedarme solo, con la alta posibilidad de acabar ahogado entre mis pensamientos, así que busco cualquier excusa para alargar un poco más la conversación.
—No es justo. Tú sabes mi nombre, pero yo el tuyo no.
Pero lo único que consigo, antes de que salga por la puerta, es una sonrisa ladina y una sola palabra más:
—Unai.
