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Español
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2026-08-08
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Sure Thing

Summary:

Solo una salida a comprar hielo.

Work Text:

La fiesta llevaba exactamente cuarenta y siete minutos siendo una pésima idea.

Karkat lo sabía porque había comenzado a contar desde el instante en que Roxy abrió la puerta, le plantó un sombrero plateado sobre la cabeza y le informó que aquella noche no se aceptaban caras de funeral. Desde entonces tuvo que soportar una cantidad ofensiva de luces parpadeantes, tres canciones distintas reproduciéndose al mismo tiempo, y una charla de quince minutos con John sobre un programa de cocina en que, aparentemente, los participantes preparaban pasteles bajo condiciones diseñadas específicamente para provocarles una crisis nerviosa. John había descrito aquello como “sorprendentemente relajante”. Karkat consideraba que era una contradicción, pero en vez de debatirlo, decidió conservar las pocas fuerzas que le quedaban.

Ahora estaba sentado en uno de los extremos del sofá, con los brazos cruzados sobre el pecho y una bebida intacta entre las rodillas. Alguien había decorado el departamento con pequeñas estrellas adhesivas que brillaban en la oscuridad. Roxy añadió guirnaldas rosas. Calliope hizo unos carteles a mano. Dave, en cambio, no colaboró con absolutamente nada, pero llevaba toda la noche afirmando que su presencia era el elemento estructural de la celebración.

Karkat lo observó desde el otro lado de la sala.

Dave estaba apoyado contra la pared, hablando con Dirk, ambos con lentes puestos dentro de un departamento con una iluminación tan baja que probablemente ninguno de los dos podía ver más allá de su propia nariz. Eso no parecía importarles. Dirk gesticulaba con la copa en la mano, diciendo algo que Dave escuchaba con la cabeza inclinada y el peso apoyado en un solo pie, con ese aire que no le importaba nada. De vez en cuando asentía. De vez en cuando sus labios se curvaban apenas, un gesto pequeño que solo alguien acostumbrado a buscarlo lo habría notado. Y de vez en cuando, sin ningún motivo aparente, giraba el rostro y encontraba a Karkat mirándolo.

Aquella ultima parte había ocurrido cuatro veces.

Cinco, cuando volvió a hacerlo.

Karkat desvió la cabeza con tanta brusquedad que casi golpeo la bebida contra sus dientes. El hielo tintineo dentro del vaso, delator.

—Disimula un poco—dijo Kanaya, desde el sillón contiguo, sin levantar la vista.

—No estaba haciendo nada.

—Naturalmente.

Bebió un sorbo muy despacio, dejando que el silencio hiciera el resto del trabajo. Llevaba un vestido verde oscuro que parecía construido específicamente para recordarle al resto de la habitación que jamás alcanzarían su nivel de elegancia. Karkat, en cambio, se había puesto una camiseta negra limpia, unos pantalones sin manchas visibles, un polerón abierto que le había robado a Dave y el sombrero humillante de Roxy. Estaban jugando en ligar diferentes.

—Solo estaba comprobando que no estuviera planeando alguna estupidez—añadió Karkat, aunque nadie se lo había preguntado.

—¿Dave?

—No, Dirk. Claro que Dave.

—Entiendo. ¿Y has conseguido determinarlo?

Karkat volvió a mirarlo, esta vez sin fingir que no lo hacía.

Dave ya no estaba hablando con Dirk. Dirk seguía ahí, con la boca en movimiento, pero Dave observaba a Karkat por encima del borde de sus lentes, con esa expresión imposible de descifrar que usaba cuando se creía demasiado listo para el resto de la población. Levantó los dedos en un saludo lento, algo perezoso y señaló con la cabeza hacia el pasillo.

Karkat frunció el ceño. Se puso de pie con más fuerza de la necesaria.

—Si—le dijo a Kanaya—. Definitivamente está planeando algo estúpido.

Ella sonrió detrás de su copa y no dijo nada más; se limitó a desearle suerte con los ojos.

Cruzó la sala esquivando a Jade y a Rose, que discutían sobre la viabilidad de cultivar plantas carnívoras gigantes en un invernadero doméstico, y dejó la bebida sobre la mesa con un golpe seco. Dave ya se había separado de la pared cuando llegó hasta él, las manos en los bolsillos, la cabeza ligeramente ladeada. Parecía haber estado esperando exactamente esto.

—Hola para ti también—dijo, antes de que Karkat pudiera hablar.

—Me saludaste desde cuatro metros de distancia como un imbécil que intenta comprar drogas en una película policial asquerosa. ¿Qué quieres?

—Escapar.

Karkat esperó una explicación que no llegó; Dave miraba hacia la ventana empañada, hacia la lluvia que comenzaba recién a marcarse contra el vidrio y algo le dijo a Karkat que aquello no se trataba solo de aburrimiento.

—¿De qué?

—De la tiranía de la alegría colectiva. Apoyo el derecho de Roxy a tomar decisiones equivocadas, es importante preservar la libertad individual incluso cuando se utiliza para obligarnos a usar sombreros con estrellas. Pero necesito quince minutos sin que nadie me pregunte si estoy bien solo porque tengo la cara normal.

Karkat se quitó el sombrero y lo sostuvo frente a él, a modo de evidencia.

—Yo no estoy obligado a usar nada.

—Roxy dijo que te lo pegaba con cinta si te lo quitabas.

Se lo volvió a poner de golpe, mirando a Dave con reproche, aunque el sombrero no fuese idea suya. Dave sonrió, esa maldita sonrisa lenta que nunca parecía costarle esfuerzo y soltó la siguiente frase con la misma naturalidad con la que hubiera comentado el clima:

—Vamos a comprar hielo.

—Hay hielo en la cocina.

—Vamos a comprar un hielo mejor.

Karkat lo miró un segundo entero antes de responder, calculando cuantas de las ultimas cuarenta horas Dave había pasado siendo razonable. La cifra no era para nada alentadora.

—¿Roxy siquiera te pidió que fueras?

—Dijo que se estaba acabando el hielo y luego me miró. Las señales sociales son un arte interpretativo, Karkat. No puedes pretender encerrarlas en una definición única.

—Probablemente porque estabas parado al lado del refrigerador.

Miró hacia la cocina. Roxy bailaba sobre una silla mientras Jane le sujetaba la cintura para impedir que se cayera, ambas riendo demasiado fuerte para una sola broma; ninguna de las dos parecía preocupada por la cantidad de hielo disponible. Cuando volvió a mirar a Dave, entrecerró los ojo, buscando el plan directamente en su cara.

—Quieres irte porque estás aburrido y necesitas un conductor designado.

—Yo puedo conducir.

—Has estado bebiendo. Un vaso que Roxy llenó dos veces.

—Detalles administrativos.

—Dame las llaves.

Se las entregó sin discutir, dejándolas caer en la palma abierta de Karkat. Aquello debería haber sido sospechoso. Karkat no pensó en ello hasta que ya estaban en el ascensor, mirando como los números descendían y Dave, apoyado contra el espejo, no dejaba de observarlo.

 


 

La llovizna se hizo más fuerte cuando salieron del edificio, convirtiendo las calles una sucesión de reflejos rojos, amarillos y blancos. La tierra C tenia ciudades demasiado nuevas para parecer verdaderamente habitadas. Edificios impecables, carreteras sin grietas, arboles jóvenes y delgados sostenidos por estacas para que el viento no los inclinara. A Karkat le resultaba inquietante. Todo parecía una maqueta.

Dave caminaba a su lado con las manos en los bolsillos de la chaqueta, sin ningún esfuerzo por cubrirse, las gotas se acumulaban sobre sus lentes en líneas irregulares.

—No ves una mierda—dijo Karkat.

—Veo conceptos generales. Tú eres una forma gris que emite críticas. El coche es un rectángulo negro. La realidad sigue siendo perfectamente navegable.

Karkat se detuvo frente al vehículo, cruzándose de brazos.

—¿Dónde está estacionado exactamente?

Dave giró lentamente sobre sí mismo, escaneando el estacionamiento. No dijo nada.

Tardaron varios minutos en encontrarlo. Dave insistió en que había recordado perfectamente la ubicación, solo que la arquitectura urbana había cambiado de forma sutil mientras estaban dentro. Karkat ni siquiera se molestó en discutirlo; se limitó a caminar dos pasos por delante, empapándose el cabello, hasta que por fin distinguió el auto entre dos farolas.

Cuando por fin subieron, dejó las llaves en el espacio junto al cambio y se volvió hacia él.

—No voy a conducir una mierda hasta que te quites esos lentes y los seques.

—Karkat esto es discriminación contra mi marca personal.

—Esto es un intento de evitar que mueras de la forma más ridícula posible, atropellado por un objeto rectangular—alzó la voz.

Dave se los quitó, casi con reticencia. Karkat no supo por qué continuaba sorprendiéndolo. Habían pasado años. Lo había visto sin ellos incontables veces, al despertar, al quedarse dormido, después de ducharse, cuando se enfermaba, cuando lloraba, cuando se concentraba demasiado en una pantalla y terminaba dejándolos sobre su cabeza. Y no debería quedar nada especialmente intimo en aquel gesto. Pero aun así, cada vez, sentía que el aire cambiaba.

Dave parpadeo, acostumbrándose a la luz del auto.

—¿Qué?

—Nada. Estaba esperando que apareciera una personalidad.

—Uf. Devastador. Dame un segundo para recuperarme.

Usó la parte inferior de su camiseta para secar los cristales, sin prisa. La chaqueta se levantó con el movimiento, dejando al descubierto una franja de piel sobre la cintura de sus pantalones y Karkat decidió que el parabrisas era mucho más interesante en ese momento, desviando la vista con más fuerza de lo que aquella maniobra requería. La lluvia se deslizaba por el vidrio en líneas torcidas. Le pareció, por un momento absurdo, que tenía más en común con esas líneas de lo que podría admitir sin sentirse terriblemente imbécil.

—Listo—dijo Dave, poniéndose los lentes otra vez.

Karkat tomó las llaves sin mirarlo.

—¿A qué tienda vamos?

—A la más lejana.

—Hay al menos seis tiendas abiertas.

—Podrías haberlo dicho—dijo Karkat, aunque ya sabia la respuesta antes de que llegara.

—Lo dije. Utilicé la palabra escapar. Creo que fui bastante explicito.

—Pensé que era una tonta dramatización.

—Nunca dramatizo.

Karkat soltó una risa breve y desagradable, sacudiendo la cabeza. Encendió el motor. Dave se acomodó en el asiento.

—Mira, la noche ya mejoró.

—Cállate.

 


 

Dave controlaba la música cuando Karkat conducía. Era una regla que jamás habían acordado y que, sin embargo, parecía haberse establecido desde la primera vez que subieron juntos a un vehículo: Karkat se encargaba de evitar que murieran, Dave de reproducir canciones que se negaba a identificar hasta que Karkat adivinara incorrectamente un par de veces.

Aquella noche eligió, como casi nunca lo hacía, algo lento.

El bajo llenó el interior del coche mientras avanzaban por una avenida casi vacía. La ciudad se desplegaba alrededor de ellos; algunas ventanas permanecían encendidas, una pareja corría bajo el mismo paraguas hacia una esquina, un grupo de jóvenes se apiñaban bajo el toldo de una cafetería cerrada. Karkat mantuvo ambas manos sobre el volante, los nudillos un poco más blancos de lo necesario.

—¿Estas ebrio?

—No.

—Estás poniendo música romántica.

—Es una canción. No sabía que ahora teníamos censura temática.

—No tenemos esa idiotez. Estoy intentando comprender qué clase de manipulación psicológica de mierda estás preparando.

Dave apoyó el codo contra la puerta, mirando hacia la calle mojada. Se quedó en silencio, un detalle sutil para dejar que la canción hablara por él. La voz del cantante era agradable. Karkat intentó no prestar atención y fracasó casi de inmediato; sus dedos golpeaban, sin que se diera cuenta, contra el volante en el mismo ritmo.

—Además—dijo Dave finalmente, notándolos sin comentarlo—, y no es taaaaan romántica. Es más como…—hizo una pausa, moviendo un dedo—como una lista de asociaciones conceptuales.

—Una lista de asociaciones sobre amar a alguien.

—El amor también es un concepto.

—Eres genuinamente insoportable.

—Pero consistente. Tú eres bastante consistente también. Puedo contar contigo para insultar cada cosa que hago, incluso cuando te gusta.

—No me gusta.

—Claro.

—¡NO DIGAS CLARO CON ESE TONO! ESE. EL TONO EN EL QUE PARECE QUE TIENES ACCESO A INFORMACION SOBRE MI QUE YO NO HE AUTORIZADO.

Dave giró el rostro hacia la ventana, ocultando la sonrisa contra el vidrio empañado. Se quedó en silencio un rato.

—Te sabes la mitad—dijo al fin.

—PORQUE LA HAS PUESTO CINCO VECES ESTA SEMANA.

—Eso empeora tu argumento.

—No era un argumento. Solo estaba corrigiendo el registro de tu cerebro.

Karkat resopló, negando con la cabeza, aunque algo en su boca se relajó un poco. Doblaron hacia una carretera más amplia que bordeaba la costa; a esa hora, el océano era una masa negra al otro lado de las barandas y la lluvia ligera golpeaba el techo con un ritmo suave que hacía que el silencio se sintiera acogedor.

—¿Dónde queda esta supuesta tienda?

—Sigue derecho.

—Dave.

—Confía en mí.

—Esa frase debería ser ilegal viniendo de ti.

—Pero sigues derecho.

Karkat no respondió. Sus manos se aflojaron apenas sobre el volante y, el silencio que se formó entre ellos nuevamente, no fue incomodo. Hacía tiempo que había aprendido a estar juntos sin llenar cada espacio con ruidos. Al principio, Karkat había interpretado los silencios de Dave como retiradas, castigos, señales de que se había cansado de él; había intentado combatirlos hablando más fuerte, buscando discutir, provocando respuestas. Después aprendió que Dave simplemente podía permanecer callado, que a veces no había nada que resolver, que a veces estaban en el mismo sitio y eso era más que suficiente. La idea aun le parecía sospechosa, sin embargo.

Dave apoyó la sien contra el vidrio, observando las luces pasar.

—Cuando tengamos una casa—dijo, con la voz baja, casi perdida bajo la música—quiero ventanas grandes.

Karkat casi frenó. No lo hizo porque, a diferencia de cierta persona, valoraba la supervivencia, pero sus manos se tensaron notablemente.

—¿Qué?

Dave no se movió, sin apartarse del vidrio, tampoco añadió nada durante varios segundos. Para él, aparentemente, la frase ya venía completa.

—¿De qué mierda estás hablando?

—De ventanas. Iba a dibujarte un esquema.

—¿Qué casa?

Giró la cabeza, por fin, y lo miró directamente.

—La nuestra.

Lo dijo con la misma expresión que usaba para aclarar obviedades, sin ninguna señal de que acaban de arrojar una granada dentro del coche. Karkat sintió que se le tensaban los hombros.

—No tenemos una casa. Tenemos un apartamento en el que vivimos.

—Hasta ahora, un excelente resumen.

—Entonces, ¿por qué necesitaríamos una casa?

—Más espacio—se encogió de hombros, mirándose las manos—. Cosas. Tus libros. Mis equipos. El montón de mantas que finges no estar coleccionando.

—NO COLECCIONO MANTAS.

—Tenemos nueve.

—¡LAS COMPRAMOS PORQUE HACE FRÍO! ¡TÚ USASTE TRES ANOCHE!

—Soy partidario de aprovechar los recursos disponibles, simplemente.

Karkat volvió a mirar la carretera, aunque sus ojos seguían tirando hacia Dave, como imantados, buscando que le confirmaran que esto era una broma prolongada y no lo que empezaba a parecer.

—No necesitamos una casa.

—Todavía no.

La respuesta quedó suspendida entre ellos. Todavía. No era una palabra particularmente amenazante; no debería serlo. Pero implicaba una continuación, una línea extendiéndose más allá de la noche, del departamento, más allá de cualquier plazo que Karkat se hubiese atrevido a imaginar.

—¿Y donde estaría esa casa? —preguntó, odiándose un poco por la curiosidad que se le colaba en la voz a pesar suyo.

Dave bajó el volumen de la música.

—No sé. Cerca de la ciudad, pero no en el centro. Lo bastante lejos para que no escuches los autos toda la noche, lo bastante cerca para que no digas que nos exilié a un páramo rural. Como cuando Jane nos invitó a quedarnos en su granja.

—PORQUE ERA UNA GRANJA. HABÍA UN ANIMAL MIRÁNDOME POR LA VENTANA.

—Era una cabra.

—NO IMPROTA QUÉ ERA.

—Era parecida a Aradia.

Karkat cruzó los brazos sobre el volante durante el segundo en que el semáforo tardó en volverse verde.

—¿Desde cuando estás pensando en una casa?

Dave se tomó unos segundos, los dedos tamborileando contra la rodilla, antes de responder.

—Un tiempo. Unos meses. Quizás más…

Karkat sintió una presión extraña bajo las costillas, algo entre pánico y… una emoción que no entendía del todo.

—¿Y no pensabas mencionármelo?

—Lo estoy mencionando ahora.

—¡EN MEDIO DE UNA CARRETERA, A LA UNA DE LA MAÑANA, CUANDO SUPUESTAMENTE ÍBAMOS A COMPRAR HIELO!

—Me pareció un ambiente neutral.

—¡NO ES UN AMBIENTE NEUTRAL! ¡ESTOY OPERANDO MAQUINARIA PESADA!

—Es un coche compacto. Está bien. La próxima vez que quiera hablar sobre nuestro futuro, te entregaré un aviso con tres días hábiles de anticipación.

Karkat se tragó la respuesta, la garganta se le cerró un instante. No quería preguntar. Preguntar significaba aceptar que la frase tenía un significado real, abrir la puerta a algo que quizás Dave había cruzado sin darse cuenta y obligarlo a mirar donde estaba parado.

—¿Qué más tiene esa casa imaginaria? —Karkat se maldijo a si mismo a sus adentros.

—No es imaginaria. Solo no existe todavía. Una cocina grande.

—No cocinas.

—Tú sí. Yo puedo cortar cosas.

—Casi te arrancaste un dedo abriendo una lata.

—Era una lata con problemas de agresividad.

Dave se acomodó en el asiento manteniendo la mirada perdida en algún punto del parabrisas y cuando volvió a hablar lo hizo más despacio.

—Un dormitorio extra.

Karkat sintió que su pie presionaba el acelerador un poco más de la cuenta. Redujo la velocidad, obligándose a sí mismo a respirar.

—¿Para qué?

—Visitas. O un estudio. O un cuarto para un niño, eventualmente.

El coche se desvió apenas, las ruedas rozaron la línea blanca, antes de que Dave estirara una mano y corrigiera el volante sin alterarse.

—Carretera.

—¿UN QUÉ?

—Una criatura pequeña.

—¡SÉ LO QUE DIJISTE! ¿QUÉ CLASE DE CONVERSACIÓN ESTÁS TENIENDO AHORA MISMO?

—Una sobre distribución de espacios.

—¡NO PUEDES METER LA POSIBILIDAD DE UN HIJO O LO QUE SEA ENTRE ESTUDIO Y HABITACIÓN DE VISITAS COMO SI ESTUVIERAS ELIGIENDO DONDE GUARDAR UNA PUTA ASPIRADORA!

Dave subió el volumen de la música, quizás para evitar que los gritos rompieran las ventanas, aunque su mandíbula se había tensado a penas, una grieta diminuta en toda esa calma fabricada.

—No dije que fuera a pasar mañana.

—¡NO DIJISTE CUANDO PASARÁ EN ABSOLUTO!

—Eventualmente es una referencia temporal.

—¡ES UNA REFERENCIA TEMPORAL MÁS INÚTIL DE LA HISTORIA!

El silencio que siguió duró mucho más de lo esperado. Dave se miraba las manos, en silencio. Cuando volvió a hablar, la pregunta llegó tan baja que casi se perdió bajo el ruido del motor.

—¿No quieres?

Karkat abrió la boca. La cerró. La pregunta era sencilla, pero la respuesta no tanto. Había pensado en ello, por supuesto, en momentos que jamás admitiría en voz alta sin sentirse extraño. Cuando veía a Dave cargar al hijo de Jane con algo de rigidez, como si le hubieran entregado un artefacto explosivo; cuando observaba a Kanaya enseñarles a leer a los primeros grub humanos nacidos en la tierra C. Había imaginado esa casa ruidosa, juguetes en el suelo, Dave fingiendo indiferencia mientras permitía que la criatura diminuta le llenara los brazos con calcomanías. Se había prohibido continuar siempre, cortar el pensamiento antes que llegara demasiado lejos.

—No dije eso—murmuró, la voz perdió casi todo el volumen de hace unos momentos.

Dave lo observó.

—Entonces, quizás.

—No conviertas mi incapacidad para responder en una autorización.

—Dije quizás. Significa que podríamos hablarlo algún día.

—¿Cuándo?

—Eventualmente.

Karkat lo golpeó en el brazo sin apartar la vista de la carretera, aunque sus labios luchaban contra algo similar a una sonrisa que, genuinamente, no logró contener para nada.

 


 

La tienda estaba cerrada.

Karkat permaneció frente a la puerta automática durante varios segundos, mirando el cartel que indicaba con claridad que el establecimiento dejaba de atender a medianoche. Como si eso cambiara algo. No lo hizo. Miró a Dave.

—Dijiste que estaba abierta.

—Sabía que estaba aquí. No exactamente que estuviera abierta. Es una distinción valida.

Karkat se llevó ambas manos al rostro, arrastrándolas hacia abajo hasta que se le marcaron los pómulos. La lluvia había aumentado; el estacionamiento estaba vacío y las luces interiores de la tienda seguían encendidas, iluminando estantes a los que no podían acceder. Detrás del vidrio había una nevera entera llena de bolsas de hielo y Karkat la señaló con la mano temblando de puro fastidio.

—Ahí está el mejor hielo. Separado de nosotros por las consecuencias de tu estupidez.

—Podemos volver con las manos vacías y decir que se derritió.

—EN EL CAMINO DE REGRESO. ¡NO TENEMOS UN SISTEMA DE REFRIGERACIÓN PARA EL MALETERO!

—Por eso dije que se derritió.

Karkat soltó un sonido que no pertenecía a ningún idioma conocido y regresó al coche a grandes zancadas, salpicando agua a cada paso. Dave lo siguió sin prisa, con las manos otra vez en los bolsillos y apoyó una sobre el techo del coche justo antes de que Karkat pudiera subir, deteniéndolo con un gesto tanto como con sus palabras.

—Vamos a la playa.

Karkat se quedó inmóvil, la lluvia hacía que el cabello se le pegara en la frente.

—Está lloviendo.

—El océano ya está mojado. Podemos quedarnos dentro del coche.

—¿Para qué?

Se encogió de hombros.

—Para no volver todavía.

Su respuesta salió completamente sin ironía. Karkat lo miró bajo la luz blanca del estacionamiento, tenia el cabello empapado y pegado a la frente, las gotas corrían por el borde de sus lentes, la chaqueta oscura vuelta casi negra. Parecía cansado. No de la fiesta, comprendió Karkat.

—Está bien—dijo, más suave.

Dave se subió al coche sin celebrar la victoria, eso le dijo a Karkat que algo iba en serio.

Aparcaron frente a la costa. No había playa propiamente tal, solo una franja de rocas oscuras y un paseo peatonal que descendía hacia el agua; las olas rompían contra los bordes con una violencia irregular, visibles durante un segundo bajo las luces del camino antes de desaparecer otra vez. Dave reclinó el asiento y se hundió en él. Karkat apagó el motor pero dejó la calefacción encendida y el parabrisas comenzó a empañarse desde los bordes.

Durante varios minutos, ninguno dijo ni una sola palabra.

Dave se quitó los lentes y los dejó sobre el tablero con un gesto lento, deliberado. Karkat observó sus manos, la pequeña cicatriz junto al pulgar, la otra que cruzaba uno de sus nudillos, marcas que conocía tan bien como las propias. A veces olvidaba que seguían ahí. A veces las veía todas al mismo tiempo.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—No me hagas perder la paciencia. Me sacaste de una fiesta con esa mentira sobre hielo, me hiciste conducir durante media hora, comenzaste a diseñar una casa, mencionaste casualmente la posibilidad de criar una criatura y ahora estamos mirando el océano como dos protagonistas de película que son insoportables. Pasa algo. Claramente.

Dave miró hacia el parabrisas, tenía la mandíbula tensa y cuando habló lo hizo sin rodeos.

—Dirk se va. Creo que no para siempre. Va a viajar con Jake, unos meses. Y dijo que estaban considerando instalarse en otra ciudad cuando vuelvan.

—¿Y eso te molesta?

—No.

Karkat esperó, sin apartar la mirada, dejando que el silencio hiciera la pregunta que no necesitaba repetir.

Dave exhaló, largo y tendido.

—Un poco. Porque todos se están yendo.

—Nadie se está yendo, Dave. John vive a tres horas. Rose y Kanaya están buscando un lugar cerca de las cavernas. Jade pasa la mitad del año en la isla. Jane tiene la granja. Roxy quiere abrir un laboratorio al norte. Y ahora Dirk quizás se muda. Eso es lo que hace la gente. Se mueven. No significa que desaparezcan.

—Lo sé.

—Entonces, ¿Cuál es el problema?

Dave apoyó la cabeza contra el asiento, cerrando los ojos un segundo. Sin los lentes, no tenía donde esconder la mirada.

—Supongo que pensé que tendríamos más tiempo.

Algo dentro de Karkat se ablandó, aunque se negó a permitir que llegara a su voz.

—Han pasado años. Todos siguen aquí. Están en una fiesta ahora mismo.

—También.

—Entonces estas siendo estúpido.

—Probablemente.

Karkat se acomodó, girando un poco el cuerpo hacia él, la rodilla casi rozando la de Dave.

—No puedes esperar a que todos vivamos en el mismo edificio para siempre.

—Sería eficiente. Podríamos comprar un edificio más grande. Dividirlo por pisos.

—Roxy provocaría una explosivo antes del primer mes.

—Eso aumentaría el valor histórico de la propiedad.

Dave sonrió, pero la expresión desapareció rápido y cuando volvió a hablar su voz había perdido casi toda la ligereza anterior.

—Solo es raro llegar a la parte después.

Karkat no necesitó preguntar después de que. Ambos tenían varias respuestas posibles: después del juego, después de los que murieron, después de lo meteoros, las líneas temporales, los cuerpos alternativos y las versiones de si mismo que no habían logrado llegar tan lejos. Después de crecer creyendo que toda relación era temporal porque, durante mucho tiempo todo había sido temporal.

—Antes, si alguien desaparecía, había una causa grande—continuo Dave, cruzando los brazos, en un intento de sostenerse a si mismo con ellos—. Un apocalipsis. Viajes temporales. Asesinato. Una cosa tangible. Ahora la gente solo consigue un trabajo, se muda y empieza a comprar tasas hipotecarias. Es profundamente anticlimático.

—Eso creo que se llama vivir.

—No estoy convencido.

La calefacción zumbaba suavemente. El parabrisas estaba casi completamente cubierto de vaho, aislándolos del exterior, el mundo se había reducido solo al interior del coche, los asientos, la música que seguía sonando de fondo, el rostro descubierto de Dave. Karkat levantó una mano y limpio un circulo en el vidrio con la manga, dejando entrar una franja del oscuro océano.

—No todos se van. Y aunque lo hiciera, podrías visitarlos. Hablarles. Comportarte como una persona funcional en lugar de secuestrar a tu pareja para conducir bajo la lluvia.

—Secuestrar es una palabra fuerte considerando que eres tú el que tiene las llaves.

Karkat giró la cabeza, entrecerrando los ojos.

—¿Eso era lo que estabas haciendo? ¿Lo de la casa?

Dave tardó demasiado en responder, seguía mirando sus propias manos.

—No sé. Estaba pensando en ello.

—¿Porque Dirk se va?

—No exactamente.

—Entonces explícate.

Se incorporó un poco, buscando las palabras con lentitud impropia y cuando por fin habló, cada frase salió más despacio que la anterior, construyendo el argumento sobre la marcha.

—No quiero que nuestro departamento se convierta en un sitio donde vivimos porque es conveniente. Cuando nos mudamos juntos fue porque tú necesitabas dejar la casa de John y mi contrato estaba por terminar. Elegimos el apartamento porque era económico, estaba cerca de todo y aceptaban mascotas aunque no teníamos ninguna.

—Aun podemos conseguir una.

—Dijiste que no querías ser responsable de algo que pudiera morir si olvidábamos alimentarlo.

—Esa sigue siendo una preocupación razonable.

—Compramos los muebles porque estaban en oferta. Dividimos los armarios porque tú gritaste que mi ropa estaba colonizando el dormitorio. Nunca hablamos de cuánto tiempo íbamos a quedarnos.

—¿Y?

Dave miró sus lentes, girándolo sobre una de las patilla.

—Y llevamos cuatro años ahí.

Karkat conocía esa sensación. Lo había pensado muchas veces mientras lavaba platos o encontraba las tazas de Dave sobre el escritorio. El apartamento se había formando a su alrededor sin que ninguno lo decidiera, primero los cepillos de dientes juntos, después un estante lleno de películas que Karkat decía odiar, luego fotografías, plantas, libros, mantas. Una vida completa construida mediante accidentes pequeños.

—¿Quieres irte? —preguntó, la voz era apenas un hilo.

—No—dijo Dave de inmediato, sin dejarlo esperar, alarmado—. No quiero vivir contigo por conveniencia.

—Ah.

—No fue eso. Quiero decir que no quiero que esa sea la razón.

—¿Y cual mierda crees que es la razón? Porque, por si no lo has notado, podrías vivir solo. Yo también. Tenemos dinero, opciones, diferentes personas dispuestas a acogernos si un día decidiéramos separarnos. No estamos atrapados en ese apartamento.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo qué estás intentando decir.

—Que quiero elegirlo. Todo.

Karkat lo miró, la respiración suya era corta. Dave dejó los lentes sobre el tablero, dejando sus manos ahora libres.

—La casa. El lugar. Las ventanas. Tú.

La ultima palabra fue tan sencilla que Karkat casi no la oyó, aunque le atravesó el pecho de todas formas.

—No puedes ponerme en una lista con las ventanas.

—Era el elemento principal.

—¡ESO NO LO ARREGLA!

—Estoy intentando hablar en serio.

—Eres pésimo haciéndolo.

—Si, me di cuenta cuando comenzaste a gritar.

Karkat se pasó una mano por el cabello, tirando un poco de las raíces. Sentía calor a pesar del frio, a pesar de estar cerca del océano y del invierno al otro lado de los vidrios empañados.

—¿Por qué ahora?

—Porque quiero saber que cuando todo cambie, esto no va a cambiar por accidente, Karkat.

—Eso no tiene sentido. Las cosas siempre cambian, tú, idiota.

—Ya sé. No puedes construir una casa y pensar que eso significa que nadie va a irse.

—No estoy hablando de nadie.

Karkat se quedó quieto, la respiración se le quedó atrapada a medio camino. Dave sostuvo su mirada esta vez, sin apartarla y el silencio que precedió a sus siguientes palabras se sintió más largo.

—Estoy hablando de ti.

Karkat sintió una abertura súbita bajo los pies, el instante exacto en que algo hermoso comenzaba a hacerse posible y, por lo tanto, peligroso. Apartó la mirada, clavándola en el reflejo distorsionado del salpicadero.

—No voy a irme.

Las palabras salieron bajas nuevamente.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

Dave no dijo nada, esperándolo, estirando el silencio y Karkat sintió crecer la rabia antes que el miedo. Siempre llegaba primero la rabia. Era mucho más útil. Le permitía moverse.

—No puedes saberlo. Nadie puede. Ni siquiera yo. Quizás mañana te despiertas y descubres que llevas cuatro años tolerando mi mierda porque confundiste una necesidad traumática de estabilidad con amor. Quizás dentro de seis meses te cansas de escucharme gritar por todo. Quizás conoces a alguien que no convierte elegir un restaurante en una discusión de cuarenta minutos para aceptar la primera opción que diste después de todo.

—Karkat.

—¡NO HE TERMINADO! Quizás la casa no sirve. Quizás ese hijo hipotético te odia. Quizás terminamos siendo exactamente la clase de imbéciles idiotas que se prometen cosas enormes porque no soportan admitir que no tienen el control sobre nada. Así que no, no puedes decir que lo sabes. Y no puedes hablar de veinte años como si fueran una extensión obvia de esta noche. No funciona así.

La lluvia golpeó el techo. Dave permaneció inmóvil, mirándolo sin flaquear, mientras Karkat respiraba demasiado rápido, escuchándose a si mismo, reconociendo la dirección que había tomado la conversación y sin encontrar, aun así, la forma de detenerse.

—¿Cómo funciona, entonces? —preguntó Dave, con calma.

—No lo sé.

—Entonces ninguno sabe. Pero tú estás usando no saber como prueba de que algo va a salir mal.

—No dije eso.

—Lo estás diciendo.

—Estoy diciendo que no puedes estar seguro.

—Estoy seguro ahora. Es lo único que existe.

Karkat soltó una risa sin mucho humor.

—Vaya. Excelente. Filosofía barata para evitar pensar más de cinco segundos.

—Llevo pensando en esto bastante más de cinco segundos. ¿Qué respuesta quieres?

—Una realista.

—Eso te estoy dando.

—¡NO! Me estás diciendo que quieres una casa conmigo porque tus amigos están creciendo y eso te asusta. Estás intentando fijar algo al suelo antes de que también se mueva.

Dave recibió el golpe sin apartar la mirada, su expresión se quebró apenas. Karkat supo que había acertado. También supo que había sido cruel, sin embargo, no retiró lo dicho ni se disculpó.

El silencio fue pesado.

—Quizás—dijo Dave al fin—. Quizás si estoy asustado.

Karkat tragó saliva, Dave jamás iba a admitir algo así tan fácil. Eso hizo que se le apretara el pecho.

—Eso no significa que debamos…-

—No terminé.

La frase no fue fuerte, pero fue suficiente para callar a Karkat. Dave apoyó las manos sobre sus rodillas y las miró fijamente, necesitaba concentrarse en algo pequeño para poder decir el resto. No era nada fácil. Cuando habló de nuevo lo hizo despacio, le costaba un verdadero esfuerzo físico y mental visibles articular aquella sucesión de palabras.

—Quizás me asusta que las cosas cambien. Quizás ver a Dirk hablar de irse me hizo pensar en lo rápido que pasan cuatro años. Quizás no quiero despertarme un día y descubrir que dejamos que nuestra vida ocurriera sin decidir nada. Pero no quiero una casa para atraparte.

—No dije-

—Lo insinuaste.

Karkat cerró la boca.

—Y no creo que vaya a solucionar nada—continuo Dave—. Sé que podríamos separarnos. Sé que podría salir mal. Sé que… no existe una versión del universo donde decir algo bonito lo vuelve automáticamente en una verdad absoluta. Pero también—hizo una corta pausa, tomando valor—. Pero también sé que cada vez que imagino donde voy a estar, tú estás ahí.

Karkat sintió que el aire se le quedaba atrapado en la garganta. Dave hablaba despacio, sin esa cadencia despreocupada que utilizaba para esconderse; cada una de esas palabras genuinamente le costaba algo físico, un esfuerzo de excavación.

—No porque tengamos un contrato o algo así. No porque actualmente vivimos juntos. Tampoco porque sobrevivimos las mismas cosas. Solo estás. Si pienso en el próximo años, estás. Si pienso en diez, también. Si pienso en una estúpida casa con ventanas grandes y una cocina que no sé usar, eres tú quien está gritándome que no deje vasos al borde de la mesa.

—No dejo que los pongas ahí porque los botas. Has roto seis.

—Cinco.

—SEIS.

—Está bien. Seis—sonrió apenas—. Ese es el punto.

Karkat lo miró sin comprender bien.

—¿Qué eres incapaz de cuidar un vaso?

—Que sé lo que vas a decir. Para mí, eso es romántico.

—Tienes estándares lamentables. Y metáforas de mierda.

—Probablemente. Definitivamente.

—Y no puedes asumir que voy a aceptar vivir en una casa solo porque tiene ventanas.

—Podemos discutir el tamaño. La forma. La ubicación.

Karkat golpeó el volante con la palma, aunque el gesto salió sin toda la furia original.

—¡DAVE!

Dave se echó a reír y Karkat sintió la traición de sus propios labios intentando responder.

—No te rías.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—No.

Permanecieron mirándose. La distancia de ambos no era grande; nunca lo era dentro del coche. Sin embargo, Karkat tuvo la impresión de que Dave estaba esperando desde algún lugar lejano, sin acercarse ni obligarlo a cruzar. Dave no solía exigirle una respuesta, muchas veces estaba dispuesto a dejar aquellas palabras entre ellos y permitir que Karkat decidiera que hacer con ellas.

—¿Estas intentando decir que quieres quedarte conmigo? —preguntó.

—No estoy intentando decirlo. Pensé que llevaba diciéndolo como cuarenta minutos.

Una risa escapó de la boca de Karkat antes de que pudiera impedirlo. Se cubrió el rostro con ambas manos.

—Eres un imbécil absoluto.

—También. Te odio.

—Esa parte es terriblemente mala, una basura.

Karkat bajó las manos. Dave sonreía mientras lo miraba con una ternura tan abierta que resultaba casi ofensiva. Karkat se inclinó y lo besó antes de que la sensación pudiera convertirse en palabras.

El movimiento fue rápido, más cercano a un impacto que a una decisión. Dave soltó un sonido de sorpresa contra sus labios, pero correspondió de inmediato. Una mano se cerró sobre el costado de Karkat, la otra terminó en su nuca, los dedos fríos y húmedos entre su cabello. Karkat sabía besar a Dave, conocía la forma en la que inclinaba su cabeza, la presión exacta que lo hacía suspirar, la forma en la que su boca se abría ligeramente cuando le sujetaba la chaqueta y lo atraía más cerca. Habían hecho aquello cientos de veces. Pero esa noche se sintió distinto, tal vez porque todavía podía escuchar sus palabras dando vueltas: diez años, una casa, ventanas grandes, una cocina, todas las versión de mañana extendidas ante ellos y Dave insistiendo en que Karkat aparecía en cada una.

Lo besó con más fuerza. Dave chocó contra el techo del vehículo al acomodarse.

—Mierda—murmuró contra su boca.

—Cállate.

—Solo estaba expresando una observación física.

—Exprésala en silencio.

Volvió a besarlo. La mano en su nuca descendió por su espalda; Karkat se movió sobre el asiento, incomodo por la consola entre ambos, pero se negó a separarse. Dave sabía a la bebida de la fiesta y algo dulce que probablemente había robado de la mesa de postres; su piel estaba fría por la lluvia, su boca caliente. Karkat le mordió el labio inferior y sintió el respiro que quedó atrapado en el pecho de Dave.

—Eso parece una respuesta positiva a la casa—murmuró contra su boca.

Karkat se apartó apenas, sin alejarse demasiado.

—Menciona esa puta casa otra vez mientras te estoy besando y dormirás en el coche.

—¿En nuestro futuro garaje?

—Voy a matarte.

—Antes de eso discutamos sobre un seguro de vida.

Karkat lo besó de nuevo para hacerlo callar. Funciono durante un par de varios segundos, hasta que Dave, con los labios todavía pegados a los suyos, murmuró algo sobre una isla en la cocina, y Karkat lo empujó contra la puerta sin soltarlo del todo, protestando entre unas cuantas risas y por un rato el coche se llenó solo de ese sonido hasta que ambos se quedaron quietos.

—Quiero una biblioteca—dijo Karkat.

Dave se quedó quieto.

—¿Sí?

—No pongas esa voz de imbécil satisfecho. Y tendrá puertas, para que no entres y desordenes todo.

—Puedo aprender a forzar cerraduras.

—Entonces tendré que poner una alarma.

—Eso suena poco saludable para una relación basada en la confianza.

—Nuestra relación está basada en que yo conozco tus defectos—dijo Karkat, eso hizo que Dave sonriera.

Continuo.

—Y no quiero vivir demasiado lejos. No voy a pasar dos horas viajando cada vez que Roxy decida incendiar algo. La cocina puede ser grande, pero tú vas a aprender a usarla.

—Podría negocias tareas alternativas. Puedo limpiar.

—Limpias como si estuvieras ocultando la evidencia de un crimen.

—Es un método efectivo, ¿no?

—Vas a aprender.

—Está bien.

La facilidad de la respuesta hizo que Karkat entrecerrara los ojos.

—¿Eso es todo? ¿No vas a discutir?

—Puedo discutir si te hace sentir mejor. O simplemente aprenderé.

—Y lo de la criatura-

Se detuvo, su voz se quebró a media frase. Dave se movió apenas. Karkat miró hacia el tablero, incapaz de sostenerle la mirada mientras lo decía.

—Eso no es una promesa. Ni una decisión ya. Ni siquiera es quizás oficial. Solo digo que… no es imposible.

Dave permaneció en silencio durante tanto tiempo que Karkat tuvo que mirarlo. Sus ojos estaban brillantes y por una vez no había nada detrás de ellos que pareciera querer esconderse.

—No hagas esa cara—dijo Karkat.

—Esta es mi cara.

—Pues contrólala.

—Estoy intentando.

Karkat sintió una presión detrás de los ojos.

—No llores.

—No estoy llorando.

—Estás a punto.

—Tú también.

—YO NO-

Dave lo besó antes de que terminara. Fue un roce cuidadoso de sus labios, la mano de Dave subió hasta su mejilla, el pulgar pasaba debajo de uno de sus ojos, deteniéndose ahí un segundo demás. Karkat cerró los ojos. No existía ninguna garantía. Eso era lo único real, el coche detenido bajo la lluvia, el océano más allá de los vidrios, la boca de Dave sobre la suya y aquella elección pequeña que estaba ocurriendo ahora mismo. Podría elegirlo otra vez mañana. Y al día siguiente. Quizás eso era lo más parecido a una certeza que alguien podía obtener.

Cuando se separaron, Dave no retiró la mano.

—¿Sabes qué más necesita una casa? Un espacio para tus romcoms. Algo más lindo. Una sala de proyección, con aislamiento acústico para que los vecinos no te escuchen gritar que los protagonistas deberían aprender a comunicarse.

—No grito eso.

—Es una crítica valida.

Karkat suspiró, dejando que el hombro de Dave sostuviera parte de su peso, la adrenalina de los últimos minutos se estada devolviendo lentamente a algo más manso.

—Y tú elegirías las películas—dijo Dave.

—Eso ya ocurre.

—Elegiste una película de cuatro horas que fue horrible.

—Fue una obra maestra.

—Fue un crimen.

—Entonces podemos tener noches temáticas—propuso Dave—. Tú eliges una. Yo elijo la siguiente.

—Nunca respetas los turnos.

—Podemos anotarlos.

—Vas a hacer trampa.

—Tienes una opinión muy baja sobre mí.

—Está sustentada por años de pruebas.

Dave dejó caer la mano de su rostro, aunque la dejó descansando sobre su hombro.

—De acuerdo. Tú administras el calendario. Y elegimos un sofá grande.

—Ya tenemos un sofá.

—Uno más grande. Para las nueve mantas obvio.

—No voy a discutir esto otra vez.

—Y quizás un perro. O un gato. O un pez.

Karkat lo señaló, entrecerrando los ojos.

—No avances tan rápido. Y un pez es peor, viven dentro de una caja de agua esperando que olvides limpiar su mierda.

—Una planta.

—Ya matamos dos. Las dejamos sin agua por un mes.

—El ambiente estaba muy seco.

Karkat se echó hacia atrás en su asiento, negando con la cabeza, sin borrar del todo esa media sonrisa, mientras Dave recogía los lentes y se los ponía.

—Tenemos que volver—dijo, aunque no hizo ademán por encender el motor.

—Probablemente. Roxy va a preguntar por el hielo.

—No voy a premiar tu engaño.

—¿Y si se acabó?

—Entonces beberán cosas a temperatura ambiente y sobrevivirán.

Dave encendió su teléfono; la pantalla iluminó su cara, mostrando once notificaciones.

—Roxy pregunta si morimos. Dice que, si estamos teniendo sexo en su coche, quiere que sepamos que este no es su coche.

Karkat sintió que el rostro de ardía.

—¿POR QUÉ ASUMIRÍA ESO?

—Probablemente porque desaparecimos juntos durante más de una hora. Nuestro error fue construir una coartada demasiado sensual.

—Nada sobre el hielo es sensual, Dave.

—No—dijo Dave, con una ceja levantada.

—Ni siquiera termines esa oración.

—No iba a hacerlo.

—Estabas a punto.

—No puedes probarlo.

Karkat encendió el motor. La calefacción lanzó una ráfaga de aire y el vaho comenzó a retirarse lentamente del parabrisas; el océano reapareció frente a ellos mientras Dave escribía una respuesta, su pulgar se movía rápido sobre la pantalla.

—¿Qué le dijiste?

—Que nos distrajimos hablando de bienes raíces.

—Eso es… de alguna forma cierto.

—Respondió con siete…. No espera, diez signos de interrogación y una imagen de un caballo.

—¿Qué significa el caballo?

—No tengo idea y creo que es mejor no preguntarle.

Karkat puso el coche en marcha. Regresaron a la carretera.

 


 

La música continuo donde la habían dejado. Karkat fingió no reconocer la canción. Dave solo le subió el volumen.

Condujeron hacia la ciudad mientras la lluvia comenzaba a disminuir, las luces aparecían poco a poco en el horizonte, borrosas al principio, luego más nítidas. Edificios, semáforos, departamentos con ventanas encendidas, vidas enteras ocurriendo detrás de cada una.

—¿Grade cuánto? —preguntó Karkat, mirándolo de reojo.

—¿El qué?

—Las ventanas.

Dave se tomó la pregunta en serio pues puso un tono reflexivo.

—Del suelo al techo sería excesivo y tú te quejarías de la falta de privacidad. Pero podrían ocupar casi toda la pared. Orientadas al sur, con cortinas gruesas para que no se vuelva un horno en verano. Kanaya podría ayudarnos con eso.

—No voy a pedirle a Kanaya que confeccione todas las cortinas de una casa que ni siquiera existe.

—Todavía.

Karkat le lanzó una mirada.

—Podría haber una junto al fregadero—continuo Dave—. Así puedes mirar para afuera mientras cocinas.

—¿Y tú qué estarás haciendo mientras yo cocino?

—Ayudando. O estaré sentado en la isla. Si no puedo ayudar, puedo estorbar.

—DAVE.

—Se llama apoyo emocional. Puedo vivir con eso.

Karkat sintió una sonrisa tirando de la comisura de su boca y no intentó detenerla.

—Y quiero una bañera.

Dave lo miró de reojo.

—¿Una bañera?

—Tenemos un agujero con tuberías donde apenas cabemos los dos—Karkat mantuvo la vista en la carretera, tenía la mandíbula un poco tensa—. Y no es solo por eso. A veces no puedo dormir. Y el agua caliente ayuda, más que las mantas, o cualquier otra mierda que hayamos intentado. No siempre te lo digo o te despierto cuando pasa. Me levanto, me meto a la ducha y me quedo ahí hasta que se me pasa. Nunca fue nada que quisiera que supieras tampoco.

—¿Por qué no?

—Porque no es tu problema.

—Pero sí lo es.

—No quiero que empieces a tratarme como si fuera de cristal.

Dave se quedó callado un momento y cuando habló lo hizo con una suavidad particular.

—No iba a hacerlo. Iba a decir que, si la bañera existe, probablemente aparecería sentado en el borde. No con la intención de vigilarse, solo… para hacerte compañía y eso.

Karkat tragó saliva, algo se le apretó en el pecho.

—Es una idea estúpida.

—Es una bañera grande. Yo tengo estándares bajos para las ideas—dejó pasar unos segundos—. Dos lavamanos, entonces. Así no tenemos que compartir cuando un de los dos está de mal humor a las seis de la mañana.

Karkat soltó el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

—Dos lavamanos.

Dave asintió. Karkat disminuyó la velocidad frente a un semáforo. La luz roja bañó el interior del coche.

—Tú eliges el dormitorio—dijo sin mirarlo.

Dave dejó de sonreír un segundo.

—¿Sí?

—Te importa más la luz de la mañana. A mí me importa dormir. Precisamente por eso, si lo elijo yo, será una cueva.

—Una cueva cómoda. Con once mantas para entonces.

—No colecciono mantas.

—Claro—alargó la a.

—No uses ese tono.

El semáforo cambio y Karkat avanzó, aunque unos metros después su postura volvió a tensarse.

—No estoy prometiendo nada—dijo, su voz era tensa nuevamente—. Solo estamos hablando. Podríamos cambia de idea. Podríamos decidir quedarnos en el apartamento. O mudarnos a otro. O descubrir que las casas son una estafa y vivir en una nave espacial.

—Preferiría evitarlo. El seguro es terrible.

Karkat apretó los labios para no reír.

—Pero podríamos.

—Podríamos—repitió Dave, aceptando cada salida que Karkat añadía.

Karkat comprendió entonces que Dave no estaba pidiéndole una garantía o algo similar. Estaba, realmente, ofreciéndole una dirección. No era una jaula grande.

—Está bien—dijo, casi susurrando.

—¿Qué cosa?

—La casa.

Dave se volvió hacia él por completo, olvidando por un momento cualquier pose, no sabía cómo acomodarse bien en ese momento.

—¿La casa qué?

—Podemos buscar. ¡NO AHORA, ESTÚPIDO! Eventualmente.

Dave permaneció en silencio, hasta que Karkat, incómodo bajo esa mirada, no pudo evitar preguntar.

—¿Qué?

—Nada. Es solo que hace una hora dijiste que eventualmente no significaba nada.

—He revisado mi postura.

—Un desarrollo histórico.

—No te emociones demasiado.

—Estoy completamente tranquilo.

—Tienes la sonrisa más imbécil que he visto en mi vida.

—Es mi expresión natural.

—Voy a estrellar el coche.

—Eso haría que el proceso de compra se retrasara.

—Oh dios, cállate.

Dave apoyó una mano sobre la de Karkat, todavía aferrada al cambio. Karkat acomodó sus dedos para que ambas quedasen cómodas, sin apartar la vista de la carretera y condujo así el resto del camino, la lluvia ahora era apenas una neblina sobre el parabrisas.

 


 

Cuando regresaron, la fiesta seguía en marcha.

Roxy abrió la puerta antes de que alcanzaran a tocar, sin zapatos y con una marca de labial en la mejilla.

—¡MIS VALIENTES EXPLORADORES DEL AGUA CONGELADA! ¿DONDÉ ESTÁ EL BOTÍN?

Karkat levantó las manos vacías.

—Murió en combate—dijo Dave, solemne.

—Hay una tienda abierta frente al edificio—dijo Roxy, entrecerrando los ojos—. Literalmente puedo verla desde la ventana.

Karkat giró lentamente hacia Dave, que de pronto encontró algo fascinante en la arquitectura del pasillo.

—¿Frente al edificio?

—La visibilidad urbana es fascinante.

—Voy a asesinarte—dijo Karkat, aunque no le soltó la mano.

Roxy observó a uno y después al otro, y su mirada descendió hasta los dedos entrelazados.

—Oh.

—No.

—No dije nada.

—Lo estás haciendo con la cara.

—Solo tengo una cara.

—¡ESA EXCUSA YA LA USÓ ÉL!

Dave se quitó la chaqueta, colgándola sobre su hombro con un gesto casi orgulloso y volvió a tomar la mano de Karkat.

—Tenemos grandes novedades.

Karkat le apretó la mano con fuerza, una advertencia que Dave decidió ignorar olímpicamente.

—No tenemos ninguna novedad.

—Estamos considerando una propiedad residencial—dijo Dave al mismo tiempo en que Karkat negaba todo. Roxy abrió la boca antes de que Karkat pudiera decir algo más.

—¡DAVE!

—Eventualmente.

El grito de Roxy hizo que varias cabezas se volvieran hacia ellos. John apareció desde la cocina con una plato en la mano; Rose levantó la cabeza desde el sofá; Kanaya observó a Karkat.

—¿Se van a comprar una casa? —preguntó John, con la esperanza pintada en la cara con la misma facilidad con la que se pinta de todo lo demás.

—¡NO! —dijo Karkat.

—Sí—dijo Dave al mismo tiempo—. Dijiste que podíamos buscar.

—¡BUSCAR NO ES COMPRAR!

—Generalmente es una etapa previa.

Roxy se lanzó sobre ambos y los abrazó con toda la fuerza que podía tener alguien que ya no medía sus propios movimientos, dejando a Karkat atrapado entre su cabello, el hombro de Dave y un aromo intenso a alcohol dulce.

—¡MIS BEBÉS ESTÁN CONSTRUYENDO UN NIDO!

—¡NO LO LLAMES ASÍ!

—¿Van a tener una habitación de visitas? —preguntó John, abriéndose paso entre la gente.

—Si—dijo Dave.

—No—dijo Karkat.

John los miró a ambos, genuinamente confundido, esperando que la contradicción se resolviera sola.

—¿Dónde me voy a quedar?

—En tu propia casa. Puedes irte al final del día.

—Eso no es muy hospitalario.

—Tendrá una habitación para visitas—decidió Dave.

—Tendrá una biblioteca.

—Puede ser ambas.

—¡NO VOY A DEJAR QUE JOHN DUERMA ENTRE MIS COSAS! RONCAS COMO UNA CRIATURA AGONIZANDO.

—No ronco tanto—protestó John, herido.

—Eso es información nueva y preocupante—comentó Kanaya—. Considérenlo un argumento a favor de la habitación de visitas.

—GRACIAS, KANAYA.

—No estaba de tu lado.

—¿Habrá jardín? —preguntó Jade, abriéndose paso desde el sofá con esos ojos ya brillantes de un modo que Karkat reconocía y temía.

—Si—dijo Dave.

—¿De qué tamaño?

—No sé. ¿Grande?

—¿Lo bastante para un invernadero?

—Dave—dijo Karkat, muy despacio, parecía que estaba desactivando una bomba—, no le prometas un invernadero.

—Podría ser pequeño—insistió Jade—. Solo un par de metros. Nada que pueda comerse a un cartero entero.

—¿ENTERO? IMPLICA QUE HABRÍA VERSIONES PARCIALES ACEPTABLES.

—Exacto.

—NO VA A HABER UN INVERNADERO DE PLANTAS CARNÍVORAS EN MI- NUESTRO JARDÍN.

—Eso lo decidiremos cuando exista el jardín—dijo Dave.

—¡DAVE!

—Estoy siendo diplomático.

—¡ESTAS SIENDO UN COBARTE QUE NO QUIERE DECIRLE QUE NO A JADE!

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

—¡DEJEN DE DISEÑAR NUESTRA CASA! —gritó Karkat.

La palabra que acababa de salir de su boca. “Nuestra”. Karkat la sintió flotando sobre todas las cabezas, brillante y humillante. Dave lo miró con cada de estúpido. Roxy se llevó ambas manos a la boca. John solo sonrió y Rose levantó su copa en dirección a Kanaya, había ganado una apuesta.

—Voy a entrar al baño—anunció Karkat—, y ninguno de ustedes va a hablarme durante el resto de la noche.

Soltó la mano la mano de Dave y atravesó la sala a paso firme, sin mirar atrás. Alcanzó el pasillo antes de que Dave lo siguiera.

—Karkat.

—Muere.

—Nuestra casa.

—No te atrevas.

—Suena bien.

Karkat se detuvo con la mano sobre el marco de la puerta. Dave estaba detrás de él, con el cabello aun húmedo, la camiseta arrugada y una pequeña sonrisa reservada solo para Karkat.

—Voy a arrepentirme de esto—dijo, girándose al fin—. Vamos a discutir por cada detalles. Voy a rechazar cualquier propiedad que tenga una cocina de concepto abierto.

—Ni siquiera sé que significa eso.

—Lo aprenderás. Y no quiero alfombras.

—Son difíciles de limpiar.

—Exacto.

—Estamos de acuerdo en algo.

—No te acostumbres.

Dave dio un paso hacia él, cerrando la poca distancia que quedaba.

—No planeaba hacerlo.

Karkat lo tomó de la camiseta y lo arrastró hasta besarlo. Desde la sala, Roxy gritó algo sobre el amor verdadero; Karkat levantó la mano sin separarse de Dave y mostró el dedo medio en dirección al ruido. Dave sonrió contra su boca.

La fiesta continuaba. Sus amigos hablaban, reían, se movían a través de vidas que ya no cabían dentro de un solo edificio. Algún día vivirán en ciudades distintas. Algunos olvidarían llamar. Otros llegarían sin avisar. Las habitaciones cambiarían de dueño y los muebles se desgastarían. Habría despedidas pequeñas, reencuentros, trabajos, hijos, funerales, cenas aplazadas y planes que no sobrevivirían hasta el invierno. Nada permanecía intacto. Karkat lo sabía.

Pero Dave estaba ahí. Estaba ahí porque había elegido seguirlo al pasillo. Porque lo besaba mientras todos gritaban. Porque mañana despertaría y dejaría una taza demasiado cerca del borde de la mesa, Karkat le reclamaría y Dave prometería moverla, aunque probablemente no lo haría. Una certeza no tenía que ser eterna para ser real. A veces solo significaba mirar a alguien y saber que lo elegirías ahora.

Karkat se separó lo suficiente para respirar.

—Las ventanas no pueden ocupar toda la pared—murmuró, sin aliento.

—Podemos negociar, como dije antes.

—Y quiero que una dé hacia el este. Para que tú la tengas.

Dave dejó de sonreír. Durante un instante pareció no saber que decir.

Karkat sintió una satisfacción feroz.

—Vaya. Finalmente conseguí que cerraras la boca.

Dave lo besó otra vez, lento desde el principio, casi de forma deliberada, una mano subió despacio por el costado de Karkat hasta enredarse en su cabello y la otra la mantenía apoyada firme contra su espalda para acercarlo del todo, sin dejarle espacio para pensar en nada más que eso. Karkat sintió el suspiro de Dave contra su boca antes de sentir el beso mismo, un segundo de aire caliente que se le metió bajo la piel y después en los labios, firmes e insistentes, moviéndose contra los suyos con una intención que no tenía nada que ver con los chistes de hace un momento.

Se aferró a la camiseta de Dave con ambas manos, arrugando la tela entre los dedos y sintió como el pulso le latía en la garganta cuando Dave inclinó la cabeza para profundizar el beso, lo que le sacó un sonido bajo del pecho, algo similar a una queja. El pasillo entero se encogió hasta caber solo entre ellos dos. El ruido de la fiesta, la risa de Roxy, la música que seguía sonando al otro lado de la puerta, todo quedó reducido a un zumbido lejano, sin importancia, mientras la espalda de Karkat chocaba contra una pared y Dave lo seguía, sin romper el contacto, soltarlo no era ni siquiera una opción que estuviera en consideración.

Karkat le sujetó la mandíbula con una mano, sintiendo la respiración irregular de Dave contra la palma y lo besó con más fuerza si es que eso era posible, dejando que aquella noche se convirtiera en eso, en la boca de Dave abriéndose contra la suya, en sus dedos aferrados a su cabello, en el peso completo de otra personaje eligiéndolo sin ninguna condición o garantía, solo porque así lo quería.

Cuando por fin se separaron, ninguno de los dos se alejó del todo. Dave dejó caer la cabeza contra su hombro con la nariz hundida despacio bajo su oreja y se quedó ahí un momento, respirando contra su cuello mientras Karkat lo rodeaba con los brazos, sin decir nada.

Aquella también era una respuesta, una muy clara.