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en cada cosa que hago, vos siempre estas conmigo

Summary:

Lo que terminaba de desarmar a Santiago todos los días era ver el padre en el que se había convertido Joaquín.

Notes:

situada en el futuro
santi tiene 34.
joaco tiene 32.
son padres de mellizos, julieta y franco.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Fueron los pequeños hábitos los que hicieron que Santiago se enamorara de Joaquín a los veintiún años.

En su momento, fueron todas aquellas cosas que solo el arquero notaba, la espera silenciosa después de cada entrenamiento para volver juntos a casa, las meriendas improvisadas en el departamento del menor, o las llamadas a la medianoche cuando a Santiago le costaba digerir una derrota y necesitaba esa voz del otro lado de la línea.

El sentimiento empezó a colarse en espacios más grandes, fueron las miradas disimuladas en cada práctica, las sonrisas cómplices en las juntadas con el plantel, los roces fugaces y cargados de electricidad que ocurrían cuando nadie los miraba. En el vestuario del club, en el micro, en las concentraciones, Santiago creía que camuflaba bien lo que sentía, pero era evidente que no.

No fue hasta dos años después de haberlo aceptado para sí mismo que Santiago finalmente se confesó. A los veintitrés, lo hizo con el terror que eso conlleva, sabiendo que las chances de arruinarlo todo y perder a su mejor amigo eran altísimas.

Contra todo pronóstico, confesarse en ese momento fue la mejor idea que pudo haber tenido el arquero porque no lo perdió, sino que se ganó la vida entera. Y Santiago puede decir que diez años después, alejado del arco profesional y con una familia a cuestas, la historia se sigue repitiendo de otra manera.

Porque son esas mismas cosas las que hacen que Santiago siga enamorándose de Joaquín todos los días, ya no es la espera silenciosa post-entrenamiento; ahora es la manera en la que el delantero se desparrama en la cama durante la noche, dejándolo casi sin espacio para poder acomodarse o incluso la forma en la que se pega a Santiago, buscando los abrazos de medianoche. También nota ese sentimiento que le oprime el pecho  en la manera en la que frunce el ceño exactamente igual que a los veinte, cuando algo no le salía en el momento.

Sobre todas las cosas, lo que terminaba de desarmar a Santiago todos los días era ver el padre en el que se había convertido Joaquín. 

────୨ৎ────

Los sábados por la mañana la casa se transformaba en un pequeño vestuario antes de una final. Mientras el aroma al café recién filtrado y  tostadas inundaba la cocina, Santiago preparaba con calma el termo y el bolso para llevar a la cancha de las infantiles, disfrutando del quilombo controlado que retumbaba en el pasillo de los dormitorios. Julieta, quien compartía con su padre la pasión incondicional por los tres palos, ya estaba sentada a la mesa con el uniforme puesto, las medias estiradas hasta las rodillas y sus pequeños guantes de arquera colocados en las manos, usando los cubiertos con cierta torpeza mientras observaba el show que montaban su hermano y su otro papá.

—Paaaaaa, si no le ponés las canilleras a Franco vamos a llegar tarde y no voy a poder calentar antes del partido —protestó Julieta con la voz seria y la postura firme, mirando a Santiago como pidiendo refuerzos mientras se reacomodaba el elástico de la camiseta.

Santiago no pudo evitar soltar una risa mientras acomodaba la yerba en el mate, observando a Joaquín aparecer por la puerta de la cocina despeinado, con un botín  en la mano y la cara cruzada por una mezcla de desesperación y ternura que lo volvía irresistible.

—Le estoy diciendo desde que nos levantamos que busque la otra media, Juli, pero tu hermano heredó la capacidad de perder las cosas en espacios cerrados —renegó Joaquín mientras miraba de reojo a Santiago dándole entender de donde heredó esa capacidad Franco, y dejándose caer un segundo sobre la silla al lado de su hija para robarle un sorbo al café de Santiago—. Franco, dale que nos vamos, por favor te lo pido. Tu papá tiene que estar en el club antes que nadie.

Franco apareció corriendo descalzo por el pasillo, luciendo la camiseta número nueve de River que le quedaba un poco holgada y una sonrisa gigante que era el reflejo exacto de la de Joaquín cuando era más joven.

—¡La encontré! Estaba adentro del bolso de las pelotas —anunció el nene con orgullo, mostrándola en alto como si hubiera ganado un trofeo.

—Menos mal campeón porque ya te iba a mandar a jugar con una media sola y que te juzgue el técnico —bromeó Joaquín, tomándolo de la cintura para subirlo a su falda y ayudarlo a ponerse el calzado, atándole los cordones con la paciencia infinita que solo desplegaba cuando estaba en casa.

Santiago se quedó apoyado contra la mesada de la cocina, contemplando la escena en silencio. Era en esos gestos cotidianos, en la mano de Joaquín despeinando con cariño el pelo de Franco, en el beso en la cabeza que le daba a Julieta ajustándole el agarre de los guantes, y en la mirada cómplice que el delantero le devolvía sobre la cabeza de los chicos, donde Santiago volvía a sentir el mismo latido desbocado en el pecho que había experimentado la primera vez que se besaron.

—¿Qué me mirás así, Beltrán? —preguntó Joaquín con una sonrisa de lado, adivinando el pensamiento de su marido mientras lograba que Franco terminara de acomodarse los pantalones.

—Nada —respondió Santiago saliendo de su trance, acercándose a la mesa para dejar el termo listo en la matera y aprovechar para inclinar la cabeza, depositando un beso suave en los labios de Joaquín que hizo que los mellizos soltaran un "¡ay, que asco!" coordinado— Solo pensaba en lo mucho que me gusta la vida que armamos.

—Bueno, no te me pongas sentimental ahora —le devolvió Joaquín, aunque el sonrojo suave en sus mejillas lo delataba por completo.

—Sos un descarado, encima que te hago un cumplido... —se rió Santiago, negando con la cabeza antes de mirar la hora en el teléfono y levantar la voz—. Bueno basta de boludeo que si no salimos en  cinco minutos nos agarramos el tráfico de la 9 de Julio y no llegamos. Julieta, guardá bien la botella en la mochila antes de que se te caiga. Franco, dejá esa pelota arriba del sillón, que si te la llevás la vas a terminar perdiendo antes de subir al ascensor.

Los chicos acataron la orden entre risas y corridas por el departamento, mientras Joaquín se ponía de pie estirándose la campera y le regalaba a Santiago una mirada complaciente por la eficacia de su grito de mando. 

En cuestión de minutos ya estaban todos abajo en la cochera del edificio; el sonido del cierre centralizado retumbó en las paredes del estacionamiento mientras los chicos se trepaban al asiento trasero para acomodarse en sus sillitas y abrocharse los cinturones, con esa independencia orgullosa que les estaba empezando a nacer a los seis años.

El trayecto en auto hasta el predio de las infantiles transcurrió en un ambiente cálido, con el motor zumbando parejo mientras los mellizos en el asiento trasero cantaban a los gritos las canciones de la hinchada que ya se sabían de memoria, compitiendo a ver quién se sabía más estrofas y quién gritaba más fuerte los goles imaginarios. 

Santiago manejaba con una mano firme sobre el volante y la otra descansando de a ratos sobre la rodilla de Joaquín, sintiendo el apretón suave del delantero cada vez que los nenes salían con alguna ocurrencia desopilante desde atrás, disfrutando de ese pequeño microclima que lograban armar los cuatro dentro del auto antes de llegar al caos de la práctica.

────୨ৎ────

Mientras Santiago se ponía la campera del club y comenzaba a distribuir los conos y las pelotas sobre el césped para organizar la práctica del grupo de los más chicos, Joaquín se quedó a un costado del campo junto a la baranda de contención, intentando pasar desapercibido bajo una capucha gruesa para que los hinchas y los padres no lo abrumaran antes de tiempo. 

Desde el centro de la cancha, Santiago vio cómo Julieta corría hacia el arco para colocar sus botellas de agua al lado del poste, imitando cada uno de los rituales que le había visto hacer a él durante sus años en primera, mientras Franco se sumaba al grupo de delanteros para empezar a hacer toques cortos con la pelota.

A la mitad del entrenamiento, cuando los chicos hicieron una pausa para tomar agua y reponer energías, Joaquín se acercó a la línea de cal sosteniendo el termo y el mate que Santiago había dejado sobre el banco de suplentes.

—Míralos —susurró Joaquín cuando Santiago se aproximó a la banda para secarse la transpiración con una toalla—. Julieta se tiró a la izquierda en un mano a mano recién que me dejó helado. Tiene exactamente tu misma lectura de juego, Santi. Y Franco... bueno, se cree que puede gambetear a cuatro juntos, no sé a quién le habrá sacado esa costumbre tan irresponsable.

Santiago sonrió mirando a los nenes, le causaba gracia cuando la gente del club buscaba parecidos físicos o hablaba de herencia genética. No compartían ADN, pero seis años de levantarse a las seis de la mañana, de verlos imitar cada gesto en el vestuario y de criarlos a la par los habían convertido en el reflejo absoluto de sus dos papás.

—Es igual de cabeza dura que el padre que lo crió —respondió Santiago con una sonrisa amplia, agarrando el mate que Joaquín le ofrecía y saboreando la yerba caliente mientras sus ojos recorrían el predio lleno de chicos corriendo tras la pelota—. A veces me paro acá en el medio y no puedo creer lo rápido que pasó todo. Parece que ayer estábamos pensando cómo íbamos a hacer para encarar esto de ser padres, y míralos ahora, están gigantes.

—Hiciste un trabajo increíble con ellos, Santi, Dejar el arco para estar acá todos los días no lo hace cualquiera —dijo Joaquín, cambiando el tono de voz por uno mucho más suave y sincero, acortando la distancia entre los dos para apoyar su mejilla sobre el hombro de su marido sin importar si algún padre del predio los estaba mirando 

Santiago giró la cara ligeramente hacia la derecha, buscando el roce de sus mejillas en ese espacio reducido entre la cancha y la baranda, sintiendo una vez más la certeza absoluta de haber tomado el camino correcto cuando decidió cambiar las luces de los estadios repletos por la tranquilidad de su hogar.

—Volvería a elegir esta vida exactamente igual. —contestó Santiago, entregándole el mate vacío para poder acomodarle el cuello de la campera al mayor y rozar con los pulgares el borde de su mandíbula — Un millón de veces más.

—¿Sí? —preguntó Joaquín con una sonrisa cómplice que arrugó las comisuras de sus ojos.

—Sí —le respondió Santiago en un murmullo—. Te quiero, te quiero, te quiero.

Repitió esas tres palabras seguidas con la misma devoción y ritmo que utilizaba en sus notas secretas hace diez años, observando cómo Joaquín se sonrojaba suavemente antes de volverse hacia la cancha para gritarle a Franco que soltara la pelota antes de que se la sacaran, llenando el predio con la melodía perfecta de la vida que habían construido juntos.

Notes:

hello!!!
bueno fic nueva derepente es mi nueva hiperfijacion escribir /tdah mention/ asi que nada pido Disculpas.
gracias taylor swift por escribir this love y you are in love, canciones que inspiraron esta fic.
los escribi como padres porque esos videos de santi cuando conoce a los nenes hinchas de river me hacen sentir cosas de mama.

espero que les guste !!! love you nos vemos en algun otro momento ustedes recen para que nunca se me vayan las ganas de escribir.
y gracias a alharejo por oficiar de beta reader!!! <3<3<3<3

arrivederci <3