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Existe una antigua teoría proveniente de Japón que relata cómo un hilo rojo, atado de manera invisible al dedo meñique, conecta de forma inevitable a aquellas personas que están destinadas a encontrarse y a compartir un camino. La leyenda advierte que, a lo largo de la vida, este hilo puede tensarse, estirarse e incluso enredarse en los obstáculos más inesperados, pero nunca, bajo ninguna circunstancia, se rompe. Dentro de las bibliotecas de la isla, existían decenas de libros polvorientos y tratados metafísicos que intentaban explicar el fenómeno, desglosando sus misterios con palabras elegantes y teorías complejas, y aun así, con todas esas historias disponibles para leer, con todas esas respuestas en apariencia lógicas, Foolish seguía sin encontrar el significado o la respuesta de lo que le estaba pasando. Porque Foolish tenía un hilo rojo. Un hilo de un carmesí brillante, hipnotizante por decir poco, que resplandecía con luz propia incluso en las noches más oscuras de la isla. Y a diferencia de cualquier otra persona que hubiera pisado ese lugar, él podía verlo con una claridad absoluta. Se volvía tangible en sus dedos cuando se aburría, un compañero silencioso al que podía enrollar y desenrollar para calmar la ansiedad, y al mismo tiempo era una presencia que lo hacía sentir desesperado cuando se estiraba de golpe, enredándose en los muebles, en las ramas de los árboles o en las esquinas de los edificios, haciéndole tropezar en los momentos más inoportunos. Él era capaz de entender las pequeñas travesuras de su terco hilo rojo, como solía llamar a esos accidentes que nadie más comprendía, pero lo que no lograba descifrar, lo que le quitaba el sueño noche tras noche, era a quién demonios estaba conectado.
Fue en el primer año del preescolar cuando todo comenzó. Foolish sintió un tirón seco en su meñique y, con la curiosidad desbordante propia de un niño que aún no conoce el miedo, decidió seguir ese hilo descansaba en el suelo, una línea escarlata que flotaba en el aire como si tuviera voluntad propia. Y lo encontró ahí, en el patio de juegos, justo en el centro del caos: un niño de cabello revuelto y rodillas raspadas que se estaba peleando con un chico que les doblaba la edad y el tamaño a los dos juntos, lanzando golpes al aire con una furia desmedida. Foolish no supo cuándo, porque la memoria de la infancia es un borrón de emociones intensas, pero en algún punto perdido de esa tarde terminaron corriendo de la mano del otro, escapando a toda velocidad del niño mayor, con el corazón latiéndoles en la garganta y una risa cómplice que ninguno se atrevió a explicar. Ese fue el primer problema en que lo había metido Juan, el inicio de una cadena interminable de desastres, y definitivamente no sería el último. A los seis años competían para ver quién corría más rápido por los pasillos de la escuela; a los siete se desafiaban por quién sacaba las mejores notas en matemáticas; a los ocho destruían la sala de juegos compitiendo por quién construía la torre de bloques más alta; a los nueve discutían por absolutamente todo, desde el color del cielo hasta el sabor de la leche, y a los diez ya eran oficialmente rivales declarados. "Gané", decía uno con una sonrisa de suficiencia. "Hiciste trampa", respondía el otro con el ceño fruncido. "No hice trampa", se defendía el primero. "Claro que sí", insistía el segundo. "¿Tienes pruebas?", desafiaba Juan con los brazos cruzados. "No las necesito", replicaba Foolish con una terquedad que rozaba lo ridículo. "Entonces deja de llorar", zanjaba Juan, y Foolish, con el rostro encendido, gritaba: "¡No estoy llorando!". Lo peor de todo era que el hilo parecía divertirse genuinamente con esas disputas infantiles, vibrando con una energía juguetona cada vez que ellos chocaban. Cada vez que uno intentaba evitar al otro, algo ocurría: los emparejaban para un proyecto escolar justo cuando habían jurado no dirigirse la palabra, terminaban sentados juntos en el autobús porque era el único asiento vacío, o se encontraban en el mismo rincón apartado de la isla sin haberlo planeado. Una y otra vez, con una insistencia que resultaba casi sobrenatural, como si el universo insistiera en empujarlos a convivir, como si el hilo estuviera constantemente diciendo "Hablen", mientras ellos respondían con un "No" rotundo que retumbaba en el silencio.
Cuando llegaron a la secundaria, las cosas empeoraron de una manera que ninguno de los dos supo anticipar, porque ya no discutían por juegos inocentes ni por competencias infantiles. Ahora discutían por orgullo, ese orgullo feroz y desmedido que florece en la adolescencia como una maleza imposible de arrancar; discutían por quién tenía la razón en debates que duraban horas, por quién era mejor en el campo de entrenamiento, por quién podía hacerlo primero, más rápido y con mejores resultados. Juan era impulsivo, un torrente de energía que actuaba antes de pensar y que se lanzaba de cabeza a cualquier desafío sin medir las consecuencias, mientras que Foolish era terco, una roca inamovible que se aferraba a sus argumentos y a sus decisiones con uñas y dientes. Una combinación terrible, explosiva, que sacaba chispas de cada conversación que compartían. Y aun así, en medio de aquella tormenta constante de personalidades encontradas, cuando alguno de los dos faltaba a clases por enfermedad o por cualquier otro motivo, el otro pasaba el día entero de mal humor, arrastrando los pies por los pasillos, respondiendo con monosílabos y lanzando miradas de reojo hacia la puerta como si esperara que apareciera en cualquier momento. Ninguno quería admitirlo, por supuesto; ni siquiera ante sí mismos, en la privacidad de su propia conciencia, estaban dispuestos a reconocer que la ausencia del rival les dolía más que cualquier derrota.
"Quizás somos amigos." La idea apareció en la mente de Foolish cuando tenía quince años, una noche en que el insomnio lo mantenía despierto mirando el techo de su habitación, y la conclusión le pareció extrañamente lógica, como si todas las piezas de un rompecabezas encajaran por fin después de años de confusión. Porque sí, discutían constantemente, se molestaban hasta límites insospechados, competían con una intensidad que agotaba a cualquiera que los observara, pero también eran los primeros en buscarse cuando algo salía mal, los primeros en aparecer al otro lado de la puerta con una excusa barata y un hombro dispuesto a soportar el peso del mundo, los primeros en defenderse con uñas y dientes si alguien externo osaba criticarlos. Quizá eso era todo lo que significaba el hilo, quizá lo había conectado con su mejor amigo, con la persona destinada a caminar a su lado en las buenas y en las malas, y la verdad era que esa respuesta le gustaba. Era una respuesta sencilla, cómoda como una manta vieja, una explicación que no requería escarbar en los rincones oscuros de su corazón ni pensar demasiado en las veces que su pulso se aceleraba sin motivo aparente cuando Juan le sonreía. Así que decidió creerla con toda la fuerza de su voluntad, anclándose a aquella certeza falsa como un marinero se aferra al mástil durante la tormenta. El hilo, aparentemente, no estuvo de acuerdo con aquella decisión, y lo demostraría de la forma más catastrófica posible.
Los problemas comenzaron a los veintidós años, y fueron horribles, absolutamente horribles, de una magnitud que ninguno de los dos podía haber previsto ni en sus peores pesadillas, porque el hilo dejó de comportarse de la noche a la mañana como si alguien hubiera activado un mecanismo oculto en su interior. Todo empezó una mañana cualquiera, de esas que prometen ser tranquilas y rutinarias, cuando Foolish estaba desayunando plácidamente en la cocina de su casa mientras Juan se encontraba en el otro extremo de la isla, a kilómetros de distancia, ocupándose de sus propios asuntos, y de repente, sin aviso previo, sin una maldita señal que anticipara el desastre, el hilo dio un tirón tan brutal y tan repentino que le lanzó la cuchara directo a la cara, dejándole una marca roja en la mejilla y una expresión de absoluta incredulidad. Luego, como si aquello no hubiera sido suficiente, lo empujó contra una pared con una fuerza invisible que le arrancó el aire de los pulmones; luego le hizo tropezar en las escaleras del Ayuntamiento, provocando que un grupo de aldeanos lo mirara con una mezcla de lástima y desconcierto; luego se enredó alrededor de una silla y la arrastró por todo el suelo con un estruendo insoportable; luego alrededor de una puerta que se cerró justo en sus narices cuando intentaba salir; luego alrededor de una lámpara que estuvo a punto de caer sobre su cabeza, y después, como si fuera un ente consciente con un macabro sentido del humor, decidió que todo aquello no era suficiente y empezó a hacer exactamente lo mismo con Juan. "¡¿POR QUÉ ME CAÍ?!", rugió Juan una tarde, frotándose la rodilla lastimada mientras cojeaba hacia Foolish con los ojos llameantes. "¿Cómo voy a saberlo?", respondió Foolish, alzando las manos en un gesto de rendición. "¡ES LA TERCERA VEZ ESTA SEMANA!", insistió Juan, con la voz quebrada por la frustración. "¿Y POR QUÉ ME PREGUNTAS A MÍ?", replicó Foolish, sintiendo que la paciencia se le escapaba entre los dedos. "¡PORQUE SIEMPRE ESTÁS CERCA CUANDO PASA!", gritó Juan, y lo peor de todo era que tenía razón, porque el hilo insistía, insistía e insistía hasta niveles absurdos, hasta convertir sus vidas en una comedia de enredos de la que no podían escapar. Una vez arrastró a Foolish media calle cuando intentó cambiar de dirección para evitar encontrarse con Juan; otra vez cerró una puerta justo cuando Juan iba a atravesarla, haciendo que la madera rebotara con violencia y que Juan cayera encima de Foolish, y ambos terminaron en el suelo, enredados en un amasijo de brazos y piernas, frente a veinte personas que los observaban con la boca abierta. El hilo estuvo perfectamente tranquilo durante el resto del día, inmóvil, satisfecho, como si estuviera terriblemente orgulloso del ridículo público que acababa de provocar. "Creo que tu hilo está poseído", le dijo Tina una tarde, observando la estela carmesí con los ojos entrecerrados de quien analiza un fenómeno paranormal. "No está poseído", respondió Foolish, negando con la cabeza mientras se masajeaba las sienes. "Entonces está loco", contraatacó Tina. "Tampoco", suspiró Foolish. "Foolish", dijo Tina con una seriedad que helaba la sangre. "¿Qué?", preguntó él. "Lo vi intentar aventarte a Juan encima... dos veces".
La situación se volvió tan ridícula, tan insostenible y tan peligrosa para su integridad física, que terminaron visitando a una especialista que vivía en las afueras de la isla, una anciana de cabello plateado y ojos profundos que llevaba décadas estudiando los misterios de los hilos rojos y que los recibió con una taza de té humeante y una sonrisa enigmática. Foolish esperaba una explicación científica, un tratado razonable sobre las leyes invisibles que regían aquella conexión, algo que pudiera comprender y racionalizar para recuperar el control de su vida; Juan, por su parte, esperaba una maldición, un hechizo ancestral que pudiera romperse con algún ritual extravagante. Ninguno de los dos obtuvo lo que quería, porque la vida rara vez concede ese tipo de satisfacciones. La mujer observó el hilo durante casi diez minutos en completo silencio: lo tocó con la punta de los dedos, lo examinó con la meticulosidad de una científica, lo siguió con la mirada mientras flotaba en el aire entre ellos, y luego, sin previo aviso, empezó a reír, una risa suave que se fue transformando en una carcajada profunda. "¿Qué es tan gracioso?", preguntó Juan, cruzándose de brazos con el ceño fruncido y una evidente molestia en la voz. "Ustedes", respondió la anciana sin dejar de sonreír. "¿Nosotros?", inquirió Foolish. "Sí", confirmó ella. "No entiendo", admitió Foolish, sintiendo que la confusión lo envolvía como una niebla espesa. "Eso ya lo noté", dijo la anciana, y antes de que pudieran protestar, señaló el hilo con un dedo nudoso y añadió: "Nunca había visto uno tan desesperado". El silencio que siguió a aquella frase fue tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo. "¿Desesperado?", repitió Foolish, sintiendo un nudo frío en el estómago. "Sí", dijo la mujer. "¿Por qué estaría desesperado?", preguntó Juan con un hilo de voz. La anciana los miró con una expresión que oscilaba entre la ternura y la incredulidad, como si estuviera contemplando a dos criaturas adorables pero irremediablemente lentas de entendimiento. "Porque lleva años intentando decirles algo, y ustedes se han negado a escuchar", explicó ella. Foolish sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral mientras preguntaba: "¿Qué cosa?". La anciana volvió a señalar el hilo, que en ese momento brillaba con una intensidad casi sobrenatural. "Que las almas gemelas no siempre se enamoran inmediatamente. A veces primero se vuelven rivales, se observan desde lejos, se miden como dos contrincantes antes de un duelo. A veces se convierten en amigos, en esos amigos que se pelean a diario pero que no pueden vivir el uno sin el otro. A veces tardan años en entenderse, años en descifrar lo que el universo lleva escrito en su destino desde el primer día. Pero cuando finalmente llega el momento de la verdad, cuando la revelación está a punto de estallar, el hilo empieza a impacientarse". Juan parpadeó, procesando las palabras con una lentitud casi dolorosa, y Foolish dejó de respirar por completo, sintiendo que el mundo se tambaleaba bajo sus pies. La anciana sonrió, una sonrisa cálida que contrastaba con el terremoto que acababa de provocar en sus almas, y sentenció: "Y este hilo, queridos, lleva años perdiendo la paciencia". Como si entendiera perfectamente la conversación, el hilo dio un tirón, uno enorme, uno de esos que partían el aire, lo bastante fuerte para hacer que ambos se chocaran hombro con hombro en un encuentro torpe y repentino. La anciana soltó una carcajada y exclamó: "¿Ven? Ya está harto de ustedes". Otro tirón, más suave pero igual de significativo, recorrió el hilo, y por primera vez en toda su vida, Foolish observó aquella hebra carmesí no como una molestia, no como una rareza de feria, no como una simple conexión misteriosa, sino como lo que realmente era: un lazo irrompible que latía con vida propia. Y cuando levantó la vista, encontró a Juan observándolo también, con la misma expresión de asombro dibujada en el rostro, la misma comprensión tardía, la misma realización lenta y aterradora que les golpeaba el pecho como un martillo. Oh. Oh. El hilo no quería que estuvieran juntos porque fueran amigos; nunca había querido eso, nunca se había conformado con una amistad cómoda y predecible. El hilo llevaba veintidós años intentando empujarlos hacia algo mucho más grande, hacia un abismo de sentimientos que ellos habían sido demasiado tercos para reconocer.
El viaje de regreso fue silencioso, demasiado silencioso, un silencio cargado de pensamientos no dichos y de emociones que pugnaban por salir a la superficie. La anciana los había despedido entre risas quedas, negándose a explicar nada más, limitándose a repetir que "el hilo ya había hablado suficiente por todos", lo cual era una frase horrible y profundamente inquietante porque significaba que ahora les tocaba a ellos pensar, reflexionar, enfrentarse a verdades que llevaban años esquivando, y pensar era precisamente lo que ambos estaban intentando evitar con todas sus fuerzas mientras recorrían el camino de vuelta a casa. Foolish caminaba unos pasos por delante, con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada fija en el suelo polvoriento; Juan avanzaba unos pasos por detrás, arrastrando los pies y mordiéndose el labio inferior en un gesto de ansiedad, y el hilo, el maldito hilo, parecía estar teniendo el mejor día de toda su existencia. Se movía de un lado a otro, se agitaba con una energía nerviosa, daba pequeños tirones juguetones, se enrollaba alrededor de sus dedos formando espirales caprichosas, como un perro emocionado al que acaban de prometerle un paseo por el parque. "Está feliz", murmuró Juan en voz baja, casi para sí mismo. Foolish miró hacia abajo y vio cómo el hilo acababa de formar un pequeño bucle en el aire. "No digas tonterías", respondió con la voz más firme que pudo reunir. En ese instante, el bucle tomó la inconfundible forma de un corazón perfecto. "¿Lo viste?", preguntó Juan. "No", mintió Foolish con una terquedad absurda. "Foolish", insistió Juan. "No vi nada", repitió él. "Acaba de hacer un corazón", dijo Juan, señalando la figura flotante. "No hizo un corazón", negó Foolish. "Lo hizo", afirmó Juan. "No", respondió Foolish. "Sí", zanjó Juan, y el hilo, con un descaro que rozaba lo insultante, volvió a formar la figura, más grande esta vez, más evidente, imposible de ignorar. "Odio este hilo", declaró Foolish con la mandíbula apretada, y Juan soltó una carcajada tan genuina que el hilo prácticamente vibró de felicidad. Traidor.
Durante las siguientes semanas, las cosas empeoraron muchísimo, alcanzando cotas de caos que ni siquiera los años de rivalidad habían logrado igualar, porque ahora sabían, o al menos sospechaban con fundamento, y eso parecía haber desbloqueado algo profundo dentro del hilo, como si hubiera estado esperando durante más de dos décadas a que finalmente entendieran la indirecta y ahora se negara rotundamente a ser sutil. En absoluto. Una mañana, Foolish despertó en su cama y encontró el hilo enrollado alrededor de su muñeca, nada raro en apariencia, hasta que intentó levantarse y descubrió con horror que el otro extremo estaba enrollado alrededor de Juan, quien dormía plácidamente en una silla, al lado de su cama, con un libro abierto sobre el pecho y una expresión de paz que contrastaba con la confusión monumental de Foolish. "¿Qué demonios?", exclamó, y Juan abrió un ojo con lentitud. "Buenos días", saludó con naturalidad, como si despertar en casa ajena fuera lo más normal del mundo. "¡¿POR QUÉ ESTÁS EN MI CASA?!", gritó Foolish. "Buena pregunta", admitió Juan. "¿JUAN?", insistió Foolish, al borde de la histeria. "Me quedé dormido leyendo", se excusó Juan. "¿Y EL HILO?", preguntó Foolish. "Creo que nos ató", respondió Juan tras una breve pausa. El silencio que siguió fue atronador. "¿Nos ató?", repitió Foolish, incrédulo. "Nos ató", confirmó Juan. "¿COMO SI FUÉRAMOS GANADO?", estalló Foolish. "Básicamente", concluyó Juan, y el hilo dio un pequeño tirón, como si estuviera infinitamente orgulloso de su fechoría. Otra vez terminaron encerrados en un almacén, no porque alguien los hubiera encerrado deliberadamente, sino porque el hilo, en un acto de voluntad que desafiaba todas las leyes de la física, cerró la puerta con un golpe seco y se negó a abrirla durante horas. "Voy a matarlo", gruñó Foolish golpeando la madera. "No puedes matar un hilo", razonó Juan. "Encontraré la manera", prometió Foolish con los ojos inyectados en determinación. "Buena suerte con eso", suspiró Juan, y lo peor, lo verdaderamente aterrador, era que empezaban a acostumbrarse: a las comidas juntos que ya no requerían excusas, a caminar juntos por las calles de la isla como si fuera lo más natural del mundo, a que el hilo se calmara inmediatamente cuando estaban cerca, a la tranquilidad absoluta que los envolvía como un bálsamo. Esa era la parte extraña, la que los desconcertaba más que todos los desastres juntos: cuando estaban juntos, todo desaparecía. No había tirones, no había tropiezos, no había puertas que se cerraban ni lámparas que caían; solo calma, una calma densa y envolvente, como si el hilo estuviera satisfecho, como si les dijera en su lenguaje mudo: "Sí, ahí, exactamente ahí, así quería verlos". Y eso, esa sensación de paz que se colaba entre las grietas de su resistencia, asustaba más que cualquier otra cosa, porque empezaba a sentirse natural, empezaba a sentirse correcto, empezaba a sentirse como el hogar que nunca habían sabido que buscaban.
Fue una noche de lluvia cuando todo terminó de romperse, o de arreglarse, dependía de a quién le preguntaras y del momento en que lo hicieras. Ambos estaban sentados bajo el techo de uno de los edificios del Norte, observando la tormenta que se desataba con furia sobre la isla, escuchando las gotas golpear la madera con un ritmo hipnótico que los envolvía en una burbuja de intimidad, como cuando eran niños y se refugiaban juntos de los truenos, como cuando eran adolescentes y compartían silencios cargados de palabras no dichas, como siempre. Juan sostenía una taza caliente entre las manos, el vapor ascendiendo en espirales que se desvanecían en el aire húmedo, y Foolish observaba la lluvia caer con la mirada perdida en algún punto del horizonte, mientras el hilo descansaba completamente inmóvil sobre sus piernas, algo rarísimo, algo que no había ocurrido jamás en todos esos años, porque nunca estaba quieto, nunca, siempre encontraba la forma de moverse, de llamar la atención, de gritar en silencio. "¿Sabes?", dijo Juan de repente, y Foolish sintió un escalofrío recorrerle la espalda, porque siempre era mala señal cuando Juan empezaba una frase así, con ese tono pausado y reflexivo que precedía a las confesiones más devastadoras. "¿Qué?", respondió Foolish, preparándose para el impacto. "Creo que la anciana tenía razón", dijo Juan, y el corazón de Foolish tropezó consigo mismo, trastabilló, cayó y se levantó en cuestión de milisegundos. "¿Sobre qué?", preguntó con un hilo de voz. "Sobre nosotros", respondió Juan. La lluvia siguió cayendo, imperturbable, ajena a la revolución que estaba ocurriendo bajo aquel techo. "Juan...", intentó decir Foolish, pero Juan lo interrumpió con un gesto suave de la mano. "No. Déjame terminar, por favor", pidió, y esa súplica, tan inusualmente vulnerable, fue otra muy mala señal. Juan bajó la vista hacia sus manos y por primera vez en mucho tiempo parecía nervioso, realmente nervioso, con ese temblor apenas perceptible en los dedos que delataba la tormenta interna que estaba atravesando. "Toda mi vida pensé que eras una molestia", confesó, y Foolish soltó una risa involuntaria. "Gracias", murmuró con sarcasmo. "Déjame hablar", pidió Juan. "Lo intento", se defendió Foolish. "Pensé que eras insoportable", continuó Juan. "Mucho mejor", ironizó Foolish. "Arrogante", sumó Juan. "Juan...", advirtió Foolish. "Terco", insistió Juan. "JUAN", elevó la voz Foolish. "Y desesperante", remató Juan. "Voy a irme", amenazó Foolish haciendo ademán de levantarse, pero la siguiente frase lo dejó clavado al suelo como una estaca. "Pero también eras la primera persona que buscaba cuando algo salía bien", dijo Juan, y Foolish dejó de moverse por completo, sintiendo que el aire se volvía denso a su alrededor. "Y cuando algo salía mal, y cuando estaba feliz, y cuando tenía miedo", continuó Juan, y el hilo permanecía quieto, quietísimo, escuchando con una atención reverencial. "Y creo que pasé tanto tiempo acostumbrándome a que estuvieras ahí, tantos años dándote por sentado, que nunca me di cuenta de cuánto te necesitaba", dijo Juan, y la voz le falló un poco, quebrándose en la última sílaba como un cristal que se resquebraja. El mundo entero pareció detenerse: la lluvia, el viento, el tiempo, todo se congeló en un instante eterno. "Juan...", susurró Foolish, pero Juan ya no podía detenerse. "Y luego apareció esta teoría estúpida del hilo rojo, y pensé que era imposible, que no podía ser, que era demasiado para nosotros", dijo con una pequeña risa temblorosa. "Pero cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que tiene sentido, de que siempre lo tuvo, de que llevo años mirándote sin querer ver lo que tenía delante", y entonces levantó la mirada, directamente hacia él, clavando sus ojos en los de Foolish con una intensidad que quemaba. "Creo que estoy enamorado de ti", confesó Juan, y el hilo se quedó completamente inmóvil, ni un movimiento, ni uno solo, como si también estuviera conteniendo la respiración. "Y creo que llevo enamorado de ti mucho más tiempo del que me gustaría admitir", añadió con una sonrisa frágil. Por primera vez en veintidós años, el hilo no hizo nada: no tiró, no empujó, no intervino, no provocó ningún desastre. No necesitaba hacerlo, porque Foolish fue quien acortó la distancia en dos zancadas temblorosas, Foolish fue quien tomó su mano con una suavidad que contrastaba con la fuerza de sus sentimientos, y Foolish fue quien lo besó, suave, tembloroso, como si hubiera esperado toda una vida para hacerlo, y quizá era verdad, quizá había esperado exactamente eso. Cuando se separaron, con las frentes apoyadas y las respiraciones entrecortadas, el hilo cayó lentamente sobre sus manos entrelazadas, quieto, completamente quieto, por primera vez desde que Foolish tenía memoria. "¿Se murió?", preguntó Juan con una sonrisa que iluminaba la penumbra. Foolish soltó una carcajada liberadora, sintiendo que un peso inmenso se desprendía de sus hombros. "No", respondió, y Juan insistió: "¿Entonces?". Foolish observó el hilo rojo, aquel compañero caótico y terco que descansaba tranquilo entre sus dedos, sin tirones, sin travesuras, sin caos, finalmente en paz, y por primera vez en su vida comprendió por qué. Después de veintidós años empujándolos, después de veintidós años provocando desastres y desesperándose en silencio, el hilo ya no tenía más trabajo que hacer, porque los había llevado exactamente a donde siempre quiso: el uno en los brazos del otro, justo donde siempre debieron estar.
