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Lunes 8 de agosto del 2022. Diez de la mañana.
El tiempo estaba fresco, los rayos del sol iluminaban parcialmente el micro de los egresados. Por cada bache que pasaban, se movía ligeramente, los egresados cantaban.
Valentin estaba inmerso en su celular, scrolleando en Instagram hasta llegar al hotel. Uno de sus compañeros miró por encima de su hombro directo a la pantalla de su celular. Estaba siguiendo chicas.
—¿Ya andas fichando minitas, Barco? — dijo formando una sonrisa pícara.
—Mas vale amigo. El objetivo de Bariloche se cumple siempre. — Respondió, y apagó la pantalla de su celular.
El objetivo era claro: comerse a la mayor cantidad de minas posible en cada noche. Para eso, mientras esperaban a abordar el avión, se encargó de seguir y fichar a las minas más lindas que iban a ir al viaje, no importaba el colegio, solo que pudieran cruzárselas en algunas noches.
Algunas aceptaban las solicitudes, otras tenían cuentas públicas, pero el plan podía correr igual, mientras la chica aceptara un beso, era gol.
—Acá el que no corre vuela. — Barco soltó una risa, sacudiendo ligeramente la cabeza.
Quería disfrutar cada momento del viaje a su forma, y una era esta.
La llegada al hotel era el momento esperado del mediodía. Todos querían correr a sus habitaciones asignadas, o instalarse en el bufé por el resto de la tarde a comer.
Barco, por otro lado, estaba relajado, no sabia exactamente si era por la falta de sueño, o porque los nervios de haber llegado habían cesado desde que había puesto un pie en el hotel.
Los coordinadores asignaron cada habitación y les dieron algunos horarios. Valentin recibió la habitación ciento once, numero místico, era una señal. Tomó su valija y comenzó a encarar para las habitaciones. Estaba seguro de que sus amigos ya iban a estar instalados ahí, y en el peor de los casos, ya habían hecho el peor de los desastres en la pieza. Él, que consideraba el orden algo sagrado, iba a padecer ocho días del peor desorden jamás visto.
—¡Por fin llegas, Colo! Para ser jugador de futbol sos bastante lento te digo…
—Cerra el orto. — Valentin cerró la puerta detrás suya ni bien entró a la habitación. Estaba mejor de lo que esperaba.
La habitación estaba cálida, no hacía el frio extremo de afuera, pero tampoco era un horno. Barco no sabía diferenciar si era por el aire prendido en modo calor, o porque sus compañeros de cuarto eran especialmente sucios y alérgicos a la higiene personal.
Dejó su valija cerca de la cama que había elegido, no quería perderla, ni que nadie la abriera sin su permiso. Se iba a poner molesto si llegaba a enterarse que abrían su valija.
—bueno, hoy toca estudiantil, ¿No?
—Si.
—¿Qué te vas a poner vos, colo? De todos nosotros yo creo que el que mas planea estas cosas sos vos.
—¿y que me voy a poner, tarado? Camisa, corbata y listo. Si es la noche mas aburrida.
Uno de sus compañeros soltó una carcajada. Y luego le respondió:
—¿abajo nada? En pelotas, bah.
—sí, para que vengas a chuparme bien la pija en el medio del boliche.
—bueee, andas de malhumor parece.
No era del todo mentira. Cuando Valentin no tenia las suficientes horas de sueño, solía ponerse irritante y de malhumor.
—era joda. Seguro me ponga una bermudita, ni idea.
Se giró en la cama, dándole la espalda a sus compañeros que seguían hablando del disfraz. Él siguió en su celular, buscando en Instagram a las ultimas chicas que le quedaban por seguir. Pestañaba cada vez mas lento.
Hasta que finalmente el sueño se apoderó de él.
Siete y media de la tarde. El sol ya había desaparecido, la habitación del hotel estaba alumbrada tan solo con un velador de la mesita de luz, y la luz que se escapaba del baño.
—Eu, colo. Arriba, dale. — Valentin despertó lentamente, sin entender la situación, quien estaba hablando, o donde se encontraba.
Sus primeros momentos de lucidez llegaron, distinguía lugares y personas. Seguía en el hotel. La almohada estaba ligeramente babeada y su celular se encontraba en el suelo.
—¿eh? ¿qué pasó? ¿Qué hora es? — frotó sus puños contra sus ojos, intentando deshacerse de la pesadez que sentía en ellos. Vio a su compañero a la cara.
—Te quedaste dormido bola. Dale, levántate que los de la habitación de al lado van a hacer previa antes de ir al boliche.
—Ahí voy…
Su amigo soltó su hombro, que había estado sacudiendo un largo rato para que el colorado despertase. Lo dejó solo.
La habitación realmente ya era un completo desastre. Ropa tirada por el suelo, cargadores dispersos por las camas, y el baño… ni siquiera era algo descriptible para la mente aun somnolienta de Barco.
«Dios…» volvió a frotar sus ojos, esta vez con una mueca de dolor. Esto iba a tener que ordenarlo más tarde…
Salió al pasillo ya cambiado, perfumado, y bien peinado. Todavía seguía con sueño, pero capaz algo de alcohol y una charla animada antes de entrar al boliche lo despertaban.
Caminó un poco mas hasta llegar a la ciento doce. En la puerta, una cara conocida. Agustín Giay. Compañeros en la sub-15 y sub-20.
—¡Gus! ¿qué onda amigo? que sorpresa verte acá. — el morocho se giró en un segundo cuando escuchó esa voz conocida detrás suyo.
—¡Valen! ¿qué onda? No sabía que viajabas vos también.
—Yo tampoco sabía que vos viajabas, bah, lo supuse, pero no creí que fuésemos a compartir fecha, que loco…
Agustín lo analizó de arriba abajo antes de seguir con la conversación. El disfraz de Valentin no era nada del otro mundo. Una corbata mal atada —porque no sabía hacer el nudo—, camisa desabrochada, seguro para hacerse el lindo, y una bermuda de jean un poco deshilachada en el dobladillo.
—¿vos también venís para eso del after que dijeron? — Valentin rompió el silencio, sintiéndose ligeramente incomodo bajo la mirada de Giay.
—Es mi habitación, de hecho. Hay una bocha de alcohol… no sé como hicieron para entrarlo sinceramente.
Dentro de la ciento doce se escuchaban risas y música, aunque un poco baja.
—¿Queres pasar? Creo que están tus amigos. Vi a varios salir de tu habitación y entrar acá.
—Si, sí. Dale.
Valentin entró primero. No era el caos que esperaba que fuera. Estaban jugando al truco, algunos sentados en la cama y otros en el suelo. Había vasos y botellas por todos lados. Giay no se había equivocado con lo del alcohol. Parecía que habían llevado todo el alcohol de la barra del boliche a su pieza.
Barco se sentó en la cama de enfrente a la que estaban jugando al truco. Entre la ronda, había muchos amigos suyos, mas bien todos sus amigos.
—¿Y colo? ¿ya te decidiste por la chica o la primera que quiera cuando llegues?
—Ni idea amigo… la que quiera, mas bien… —su voz estaba diez niveles debajo de su tono habitual. Valentin era alguien muy social, pero solo dentro de su vínculo. Era complicado para él salir de su zona de confort, mucho menos hablando de temas como con que chica iba a estar esa noche.
Solo necesitaba un par de tragos para soltarse un poco.
—Fa colo, ¿posta es ver cuantas minas te agarras en el viaje? Un poco genérico… ¿no te parece? —comentó uno de los amigos de Giay. Agustín soltó resoplido divertido.
—Qué sé yo amigo… sí. Nomás me pareció divertido.
—Yo te tengo una mejor fosforito.
Valentin giró a ver al chico, era muy alto, algo musculoso. Parecía deportista. Tenía un trago en la mano.
—Al menos a un chabón te tenes que comer. Para agregar a la lista, digo.
La habitación estalló en risas y carcajadas. Incluso el chico del comentario se reía.
Un calor subió por el cuerpo de Valentin, y un gesto de entre enojo y vergüenza se formó en su rostro lleno de pecas.
—Ni en pedo amigo. Un asco.
—Dah, un besito nomas. Al mas fiero que veas, no hace falta buscar mucho.
—Dije que no. Me da asco.
El chico tomó el último sorbo al trago y dejó el vaso en la cómoda. Se acercó a Barco, con una mirada desafiante.
—Vamos a ver si en el boliche te da tanto asco. Te lo apuesto.
—Vas a perder entonces.
La habitación se llenó de tensión. Valentin se sentía incomodado, y un poco desafiado. No iba a hacerlo… tal vez, pero no quería que lo vieran como alguien que cagoneaba solo por un beso.
La puerta sonó, era el coordinador. La tensión entre ellos se cortó.
El boliche estaba repleto de gente. Todos vestidos casi igual, algunos quizás un poco más originales, pero al fin y al cabo eran todas corbatas con cuadros y camisas blancas.
Barco iba exactamente igual al resto, no destacaba para nada. Se estiró la camisa un poco antes de entrar. Podía ya sentir el calor de la gente una pegada con otra. No había tomado mucho en lo de Giay, todavía estaba en perfectas condiciones.
Casi todos sus amigos se fueron a pedir un trago en el famoso vaso que te daban en cada boliche, Valentin incluido.
—¿Un sex on the beach te pediste, posta? Medio gay lo tuyo…
—Cerra el orto amigo.
—Y después te enojas si te dicen que le des un beso a un pibe, fua.
—No tiene nada que ver.
Pronto a la barra se habían acercado como cinco chicos más, todos amigos de Giay. Valentin siguió inmerso en su mundo con su bebida, analizaba a las chicas que había bailando en la pista.
Él no era mucho de bailar, o estar pegado entre tanta gente en la pista. Prefería quedarse lejos y si veía alguna chica linda, encaraba y se iba.
—¿Ya viste alguna que te guste colo? —Giay se acercó a él, apoyando uno de sus codos sobre la barra, con su otra mano sostenía su vaso.
—Si... ¿viste la que tiene la pollera azul con rosa? Esa.
Giay buscó a la chica con las indicaciones que le había dado su amigo, pero su mirada se desvió de inmediato al rubio alto que estaba casi en el medio de la pista, estaba rodeado de sus amigos. La expresión de Giay cambió a una totalmente sorprendida.
—Uy yo a ese chico lo conozco. —Valentin intentó seguir la mirada de Giay.
—¿A quién?
—Al rubio ese que está ahí. Entró a fines de mayo a la sub-veinte ¿No te enteraste?
—No… ni idea… ¿Quién es?
—Nico creo que se llama… igual no vive acá en Argentina. No sé de donde es, pero es extranjero según lo que me dijeron. —su mirada seguía clavada en el rubio. —Ni idea. Va a un colegio re de chetos… él es medio cheto.
Valentin le dio un sorbo a su trago, viendo al rubio. Ni siquiera le sonaba conocido, quizás alguna que otra foto en el Instagram del entrenador, pero tampoco eso.
Barco ya se sentía un poco mareado, había tomado tres, cuatro, o quizás cinco tragos. No tenía ni idea que era lo que estaba tomando, cualquier cosa que le ofrecieran, él la aceptaba. Iba por la quinta chica de la noche. No sabía por qué, pero su cuerpo le pedía parar un momento, probablemente era el alcohol en sangre, o toda la gente que lo rodeaba, haciéndolo sentir agobiado. Volvió a la barra. Sus amigos no estaban, los de Giay sí.
—Eu colo. Te vi ahí con una chica, bien ahí eh, era muy linda.
Valentin no respondió, solo le dedicó una sonrisa un poco torcida.
—¿Y el pibe para cuando, colorado? Dale que la noche se termina, eh… —gritó el mismo de la habitación desde el otro punto de la mesa.
—Déjate de joder.
El chico se acercó a Barco, con una mirada pesada, de esas que te intimidan un poco si lo miras a los ojos. Valentin se sintió exactamente así.
—No te da.
—¿Qué decis, culo roto? Déjame en paz. Si sos medio desviadito y te gusta que te la apoyen conmigo no cuentes.
—¿Ves como no te da? Mil vueltas y es solo un beso… capaz no sos el rey que te crees.
Valentin todavía no sabía si había sido el alcohol, la rabia, o ambas, pero su rostro se tornó casi rojo, mirando al que lo estaba desafiando a los ojos con una mirada penetrante.
—¿Queres ver como me da, gil?
—Dale, quiero verlo, fosforito.
Valentin dejó su celular en la barra, deseando que alguien se apiadara de él y se lo cuidaran. Comenzó a caminar casi de a zancadas por el boliche, hasta llegar a la pista, donde estaba la mayor concentración de personas.
El primero que captó su atención fue el rubio del que había hablado Giay. Estaba de espaldas, pero Valentin tenía un subidón de confianza y gritó:
—Eh, vos, rubio.
El chico se dio la vuelta, con una sonrisa encandilante, y unos ojos azules que incluso con tal oscuridad podrían ser reconocibles.
—¿Eh? —respondió, bajando un poco su mirada al chico enfrente suyo.
—Dame un beso. —las palabras resbalaron así sin más, sin filtro, sin siquiera pensarlo lo suficiente como para poder arrepentirse.
—¿pero que dices? —dijo con una tonada española bastante sutil, parecía como si quisiera disimularlo.
—¿Qué te haces el español flaco? Vení, dale.
No hubo más palabras, solo un tirón del cuello de la camisa del rubio para acercarlo a Valentin. Y solo sucedió, sus bocas se encontraron en un segundo. Las luces azules y los láseres se intensificaron sobre ellos, la música sonó mas fuerte y la gente de alrededor parecía desaparecer, como si el destino hubiera estado escrito desde siempre.
El beso se prolongó, el rubio no forcejeó. Lo tenia de la cintura. Valentin podía sentir su pecho subir y bajar agitado.
En el micro había susurros, risitas, gente que casi apuntaba al colorado con el dedo, como si él fuera el centro de atención en ese momento. Él estaba apoyado contra la ventana, le dolía mucho la cabeza, quería llorar, pero tampoco le salía. Todavía podía sentir las manos de ese rubio en su cintura, y la forma en que lo acercaba mas a él, como si le gustara.
Jamás en su vida había sentido algo por un hombre, siempre chicas, todas chicas. Esto se sentía diferente. Sentía lo mismo que cuando estaba con una chica, el corazón un poco agitado, sus pensamientos flotando alrededor de esa persona. Era igual, solo que con una leve diferencia… era un hombre.
El camino al hotel se hizo eterno, pero cuando por fin llegaron, se dio el lujo de respirar. Esa noche iba a estar solo en la habitación, completamente solo. No sabía si era algo bueno o algo terriblemente malo.
Cada vez que intentaba cerrar los ojos, sentía ese beso, las miradas, las manos firmes del otro apretando su cintura. Todavía tenía los labios un poco mojados. Sentía que se le aceleraba el corazón. No le gustaba.
Nada era muy claro en su mente, solo una cosa: le atraía un hombre.
