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John llevaba todo el día esperando la oscuridad.
El duelo lo había vuelto supersticioso: negociaba con tiempo, relojes, estrellas. Sherlock estaba muerto. Que la Luna cruzara el Sol no podía devolvérselo.
Aun así, John esperaba.
Al menguar la luz, la tarde sangró hacia el crepúsculo. Miró, ojos bajos, medias lunas de sol bajo los árboles: trémulas heridas sobre el pavimento.
Vuelve, pensó. Solo una vez. Que la oscuridad te devuelva a mi.
Las medias lunas se afilaron.
Otra sombra entró entre ellas. El largo vuelo de un Belstaff. El cuello alzado. Rizos quebrando el contorno de la cabeza inclinada.
John conocía aquella forma mejor que su propio dolor.
Se volvió.
Una mano cubrió sus ojos, cálida, firme, viva.
—John, no. No mires arriba durante un eclipse parcial.
Aquella voz era un cuchillo.
Tiró de la mano, pero no cedió; las lágrimas le habían robado la voz. Se aferró al abrigo de Sherlock, besándolo donde alcanzaba, buscando su boca. La boca lo recibió, cálida, mojada de lágrimas y saliva, palpitante de vida.
—John… John —retumbó su voz grave.
John lo besó, probando sal, aliento, vida.
—John, no mires ahora.
John lo besó y susurró contra su boca:
—Preferiría quedarme ciego antes que no volver a verte jamás.
La mano se retiró. La totalidad resplandeció detrás del hombre por quien John había llorado.
