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La música fuerte retumbaba en las ventanas de los vecinos más cercanos que esa noche no podrían dormir. A pesar de ser primavera, la noche de octubre se hacía putear; el viento soplaba fuerte en el barrio cheto de San Isidro, y los alrededores de la zona estaban repletos de personas que asistían a la joda organizada por el español Nico Paz, era muy fácil darte cuenta quién estaba invitado porque la única condición era llevar puesto un disfraz de lo que sea.
Las fiestas de Halloween eran cada vez más frecuentes en Buenos Aires, con niños comiendo caramelos y jóvenes usándolo de excusa para ponerse bien en pedo. De una forma u otra, la celebración atraía a las masas, y que mejor manera que festejar su primer año viviendo en Argentina que con una tremenda joda, como sus amigos solían decir.
Sin embargo, organizar la tremenda joda era una patada en los huevos para Nico, principalmente porque la casa que figuraba en la invitación virtual y la cual estaba explotada de gente, era suya, y cualquier cosa que ocurra dentro era su responsabilidad. Sus papás habían tenido la amabilidad de regalarle una casa cerca del barrio donde ellos vivían, y desde entonces había sido el hogar de todas las reuniones del año, pero nunca una joda tan grande como esta; había gente que Nicolás jamás había visto en su puta vida.
—¡Ey, ey! ¡Cuidado con el sofá! Si saltas de nuevo te vas —le gritó Nicolás a un tipo disfrazado de Scream.
El español estaba parado en el medio del living, vigilando que nadie rompa nada, o peor, que nadie vomite en ningún lado —los borrachos de mierda eran capaces de vomitar en un florero y volverlo a poner en su lugar. La gente lo empujaba sin querer mientras bailaban y aquellos que lo conocían lo saludaban alegremente, comentándole que era un increíble host y que su casa era muy linda. Y no mentían; sus viejos eran personas de mucha guita y se habían encargado de conseguirle una casa que cumpla con todas sus necesidades, actuales y futuras. Tenia dos pisos, en la planta baja se encontraba el living-comedor y la cocina, todo en un mismo ambiente gigante, que contaba con todos los electrodomésticos que podías imaginarte. Arriba habían tres habitaciones, una era la de Nicolás, la segunda la había dejado como el cuarto para las visitas y la tercera era un pequeño estudio donde se sentaba tranquilo a estudiar cuando lo necesitaba. Tenia una terraza y un patio, donde estaba el lugar más preciado de la casa; su jardín. Un pequeño rincón al que le dedicaba la mayor parte de su tiempo libre, donde podía relajarse y hacer eso que tanto le gustaba. Recientemente había plantado unas hermosas No Me Olvides que eran su tesoro más nuevo.
Por desgracia, ahora no se encontraba cuidando de su jardin. Al llegar a la isla de la cocina, Nico se replanteó su vida mientras agarraba una papa frita Quento sabor mostaza, su nueva adicción, y la comía mientras escaneaba su alrededor. A su lado apareció su amigo Enzo, todo transpirado de haber estado bailando en el centro del living. Llevaba puesto un disfraz de vampiro, con un traje y una corbata roja, aunque el maquillaje de sangre falsa que llevaba en la comisura de los labios se había corrido un poco.
—¡Da', Niño Paz! ¡Ponele onda! —le gritó al oído mientras lo sacudía, buscando llamar su atención.
Nicolás lo miró con mala cara, pero se rió al segundo y le dió un empujón al vampiro, acto seguido procedió a acomodarse la ropa; el rubio llevaba puesto un disfraz de Jack, de Titanic. —La gente se comporta como idiota, amigo. Me van a romper la casa.
Enzo tiró su cabeza para atrás levemente y soltó una risa. —¡Y bueno! Cualquier cosa te reponemos si algo se rompe. 'Jate jode', vamos, dale.
Enzo lo empujó para que comenzara a moverse más rápido y lo guió hacia la puerta corrediza que llevaba al patio trasero, donde la joda continuaba. Aunque al principio el frío lo golpeó de repente e hizo que le dé un escalofrío, el sentimiento se le pasó rápidamente mientras empezaba a meterse entre la gente. La cantidad ridícula de seres humanos que había en su patio era preocupante, ya que su patio no era nada chico; al salir te topabas con una galería y una mesa repleta de bebidas alcohólicas de distintos tipos con sillas alrededor, y si hacías cinco pasos, el hermoso césped hacia una aparición —y quizás la última, con toda la gente que lo estaba pisando, se lamentó Nico. El gran patio debía medir unos treinta metros cuadrados, había un árbol gigante que le daba sombra en verano, y al lado se encontraba su hermoso jardín en construcción. Nico se había encargado de amenazar a cualquiera que se pare muy cerca del vallado que le había fabricado.
—Allá está Juli. —le dijo Enzo, y lo arrastró a encontrarse con su novio, que estaba disfrazado de hombre lobo, o eso parecía. Nicolás no entendía mucho su disfraz y tampoco quería preguntar demasiado. Andá a saber qué match habían armado los dos, la mayoría de las veces estaban en su propio mundo.
Más amigos se fueron sumando a medida que los encontraban entre medio del gran tumulto de gente. Las bebidas alcohólicas volaban entre ellos, una atrás de otra, ya que al ser los organizadores de la joda, tomaban gratis.
La gente no paraba de llegar, Nicolás hacia rato ya había dejado de beber, y la música sonaba demasiado alto. Entre el medio del ruido y el griterío, la voz de Enzo se escuchó por encima de todo, mientras gritaba:
—¡Oa, vino Spider-Man!
El grupo de amigos se volteó para mirar adonde Enzo señalaba con la mano, y todos soltaron una carcajada al ver a un pibe bastante petizo disfrazado del Hombre Araña, aunque la razón por la cuál todos se reían era porque encima del traje llevaba puesta una camiseta y un par de shorts de Boca Juniors.
—¡Nah, sacate eso, Spider-Man! —gritaban Enzo y Julián, mientras le hacían señas un tanto indecentes al pibe disfrazado del superhéroe. Sin embargo, el resto de la gente a su alrededor no parecía pensar así, ya que un grupo de personas lo levantaron del suelo como si no pesará nada y se lo calzaron en los hombros, mientras el Hombre Araña bostero les hacía gestos al resto de los invitados y levantaba tres de sus dedos para hacer la mítica señal de disparador de telarañas.
—¿Lo conocen? —preguntó Nico con curiosidad. Había preguntado a todas las personas que conocía, y nadie iba a traer un disfraz de ese estilo.
—Ni idea —contestó Nicolás Tagliafico, mientras se reía junto a su novia.
Nicolás se quedó un tanto embobado mirando al pibe enmascarado, haciendo cualquier payasada para hacer reír a los demás. No pudo evitar prestar mucha atención a su cuerpo, no porque sea un pajero, pero porque el disfraz era muy pegado; podría haberse pintado el disfraz en la piel y Nico creía que no se notaría la diferencia. Sus brazos estaban definidos, al igual que sus piernas, que se marcaban alrededor del cuello del tipo que lo tenía sentado encima.
—Míralo al Nico, se le cae la baba —se rió Julián, ganándose una carcajada al unísono de todo el grupo, que le dieron empujoncitos amistosos y le hicieron alguna que otra cosquilla. Nico se puso un poco colorado y decidió no responder, para no regalarse.
Mientras tanto, el pibe Spider-Man seguía siendo el centro de atención en la joda, mucha gente le pedía fotos o lo grababa, él daba vueltas por el patio y charlaba con sus amigos, o al menos eso parecía, ya que su máscara parecía moverse en la oscuridad, y por más que el español intentó reconocer a la gente con la que hablaba, le era difícil por los disfraces y las mascaras. Nico se decidió a dejar de mirarlo, hasta que se dió cuenta dónde estaba parado.
Su jardín.
El pendejo hijo de puta estaba pisoteando las flores que Nicolás habia trasplantado esa misma mañana como si estuviera bailando un tango en plena avenida Corrientes. Lo que más bronca le daba al español era que se había encargado de colocar sillas, cinta y carteles alrededor de su pequeño jardín para que ningun estúpido se lo pisotee.
Y ahí estaba el Spider-Man bostero, tirando a la basura todo el esfuerzo que Nico había puesto en cuidar su pequeño parterre. El rubio se acercó empujando hacia el pibe enmascarado con cara de pocos amigos y una puteada en la punta de la lengua.
—¡Sal de ahí, estúpido! —gritó Nicolás mientras gesticulaba con los brazos. Veía que el pibe movía la boca debajo de la máscara pero no lograba escuchar nada de lo que le decía. —¡Callate y sal!— Nicolás estaba al borde de saltarle a la yugular, ¡le estaba pisando las No Me Olvides!
El Spider-Man bostero, resignado, bajó los brazos y se acercó hacia el borde de la valla de proteccion que Nicolás con tanto amor había preparado, buscando hablar con Nico, en busca de una explicación al por qué le estaba rompiendo las pelotas. La gente se aglomeró a su alrededor, chusmeando la situación. El pibe se agarró la máscara desde el centro con la mano derecha y la estiró hacia abajo, quitándosela y revelando unos lindos rizos colorados y una carita pecosa con el ceño fruncido.
—¡Qué querés, flaco! —gritó devuelta el colorado con cara de enojado, como si no fuera él el que estaba molestando en la ecuación.
—¡Me estáis pisando todas las putas plantas!
Mirándolo con expresión confundida, el Spider-Man bostero y colorado miró hacia abajo y se encontró con la escena de vandalismo que él mismo había cometido. Levantó la cabeza con los ojos bien abiertos y se atajó ante cualquier cosa que le vaya a decir el rubio, levantando los brazos en señal de que había comprendido la cagada que se había mandado. El colorado se movió hacia un lado para evitar seguir pisando las plantas y logró salir del intento de corral de un salto.
Al salir, el colorado quedó cara a cara con Nico Paz, quien al ser más alto que él, lo miraba desde arriba con cara de que todavía tenía ganas de pegarle una trompada.
—Disculpá, no vi por la máscara.
—Ah, si, de eso ya me dí cuenta...
Antes de que Nicolás pueda responderle una puteada, Enzo apareció nuevamente a su lado con una sonrisa para calmar las aguas. —Después lo vas a tener que ayudar a acomodarlas, eh. Cómo cuatro horas estuvo hoy con eso —dijo su amigo mientras señalaba con la cabeza al jardín.
Spider-Man bostero hizo una mueca y volvió a mirar a Nico. —Me quedo y te ayudo —le dijo, y parecía sentirse culpable.
Nicolás levantó la mirada de la escena del crímen y miró al colorado. Era casi una cabeza más bajo que él, los rulos color cobrizo se agitaban al viento y el disfraz le quedaba apretado en todos lados. Era lindo. Era muy lindo.
El rubio disfrazado de Jack de Titanic no supo si el tiempo pasó demasiado rápido o, si al contrario, estaba pasando en cámara lenta, pero se quedó escaneando al colorado unos segundos sin importarle mucho lo que pasaba a su alrededor. Recordó como hacía apenas unos minutos, sus piernas habían estado alrededor del cuello de un chabón, se imaginó... cosas. Un tanto indecentes. El español esperaba que la oscuridad de la joda le impida al colorado verle la cara roja como un tomate.
Al ver que su amigo no contestaba, Enzo volvió a dirigir la atención hacia su persona. —¿Qué onda, como te llamás? No te conocemos —comentó el vampiro, mientras estiraba su mano a modo de saludo.
El colorado despegó sus ojos del español para mirar a Enzo. —Valentín me llamo. Me invitó mí amigo Leandro, dijo que conocía al de la joda y no sé, pintó —respondió Valentín, mientras se removía nervioso delante de las miradas intensas de los cuatro chabones parados adelante suyo. No parecía cómodo con ser el centro de atención.
Enzo lo entendió instantáneamente. Era increíble como se le daba la charla. —¡Ah, de Lean! Me acuerdo que dijo de traer gente, si. Bueno, yo soy Enzo, y este es Nico —dijo mientras agarraba a su amigo de los hombros—Podrías hacerle un trago, ¿no?
Nicolás le dió un codazo en las costillas para que lo suelte y lo miró con cara de orto, no contento con ser, una vez más, regalado a otra persona por parte de su amigo. Enzo le insistía siempre que tenía que ser más chamuyero —como él— y mandarse más, era muy metido. Siempre terminaba emparejando a alguien con Nicolás, y esta vez no era la excepción. Aunque bueno, el español no podía negar que, al menos, finalmente era alguien de su tipo.
Lindo, bajito, pecoso, cara de orto.
Spider-Man, ahora Valentín, lo miró de arriba a abajo y Nicolás sintió que su mirada le quemaba la piel. —Si él quiere —contestó el colorado, mientras señalaba con la cabeza para que los demás lo sigan hacia la casa.
Una vez que se volteó, Nicolás soltó un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. De repente se encontró pensando que gracias a Dios había elegido el disfraz para hacerse el fachero y no algo cómico.
Mientras tanto, sus amigos y el colorado lo arrastraron hacia dentro nuevamente mientras le aseguraban que nadie le iba a volver a pisar las plantas después de la escena que había hecho en el patio. Nicolás terminó cediendo a la breve pelea, igualmente sus plantas ya habían sido pisadas.
Una vez dentro, el colorado se movió como si conociera la casa de memoria; se acercó hacia la heladera, la abrió como quién se va a servir un vaso de Coca en la casa de sus viejos, hurgó y sacó en sus manos una botella de una bebida que Nicolás no recordaba tener guardada. Ante su cara de confusión, el colorado explicó: —Lo escondí para que nadie me lo afane. Se compran todos la verga del Vodka New Style y después te quieren venir a tomar el Fernet —dijo, levantando la voz por sobre la música.
Julián se rió mientras apoyaba los codos sobre la isla de la cocina. —Son unos hijos de puta, alcohol etílico es eso —dijo mientras hacía cara de asco, y tenía mucha razón. Estaba barato pero después pagás el precio de la quebrada.
Nicolás lo observó preparar la bebida. El color de su disfraz resaltaba en la cocina, que había sido remodelada recientemente con cerámicas negras, a pedido de Nico. Sus dedos delicados se movían rápido sobre la mesa, rompiendo un pedazo de hielo para agregar a la jarra de metal en la que estaba preparando el Fernet. Mientras servía la Coca, se pasó y casi se rebalsa; si no fuera porque acercó los labios en un piquito y sorbió el excedente de bebida, justo antes de que se pueda volcar. Nico se relamió los labios, no se había dado cuenta que lo había estado mirando con la boca semi abierta.
—Ah, bueno.—dijo Enzo en voz baja a su lado, mientras se volteaba para mirar la reacción de Nico, quien miraba intensamente al colorado, como si estuviera realizando la actividad más interesante, o hot, que había visto en su vida.
Valentín agarró la jarra y se la acercó a Nicolás, que se sorprendió ante el gesto y no le quedó otra que agarrarla mientras se puteaba internamente. Si había una bebida que le costaba comprender, era el Fernet. El sabor amargo y dulce no le terminaba de convencer del todo. Sin embargo, se llevó la jarra a la boca, ahí donde el colorado acababa de apoyar los labios, y le dió un sorbo con ganas, como si tomara Fernet todos los fines de semana. No pudo evitar cerrar los ojos al sentir el sabor.
—¿Está muy puro? — preguntó con curiosidad Valentín ante la reacción del más alto.
—No, no. Está bien —mintió Nico mientras tomaba otro sorbo, ya acostumbrado al sabor.
El resto del grupo de amigos —Julián, Enzo y Tagliafico— se acercaron a la jarra de Fernet como si hubieran sido los primeros seres humanos en descubrir el fuego, y se turnaron para beber mientras charlaban entre sí. Valentín parecía menos incómodo que antes, aunque de todas formas parecía ser una persona de pocas palabras en general. Se reía y aportaba alguna que otra broma, pero parecía preferir que la atención no esté en su persona. Nico recordaba como hacía una hora, con la máscara puesta, parecía alguien completamente diferente.
Entre medio de las charlas, el Fernet se terminó, aunque esta vez fueron Enzo y Julián quienes se ofrecieron a preparar otro mientras Nicolás Tagliafico decía que iba a ver en qué andaba su novia. Nico Paz quedó solo junto a Valentín, que se había cruzado de brazos y se estaba ahora recostado contra la vacha de la cocina, quedando de frente a Nicolás.
—¿Te gustan las plantas? —le preguntó, acercándose un poco a Nico para no tener que hablar a los gritos. El rubio sintió el calor de su aliento y el olor semi dulce del Fernet.
Nico se rió ante el tema de conversación, pero respondió de igual forma, acercando su cara al colorado también. Ya estaba un poco risueño por el alcohol. —Si, desde pequeño lo hago. Es relajante.
Valentín asintió con la cabeza y se quedó en silencio pensando un segundo. —¿Y... entonces esta es tu casa? —le preguntó mientras miraba a su alrededor.
Nicolás no pudo contestarle, porque Enzo, siempre Enzo, los interrumpió con un grito escandaloso.
—¡Nico, no hay más hielo! —dijo y lo miró con un puchero, mientras señalaba el freezer vacío, suplicante. Ni siquiera tenía que preguntarle, Nico ya sabía lo que su amigo quería, y viéndolo en el estado en el que estaba, todo tambaleante, lo mejor era que no ande en la calle.
Nico igualmente revoleó los ojos, aunque ya había aceptado su destino. —Compramos siete bolsas.
—Te transfiero y trae dos más. Por fa.
Enojado por haber sido interrumpido y aún más por tener que ir a la puta estación de servicio que estaba a cinco cuadras, Nico le dedicó una mirada de odio extremo a su amigo y agarró las llaves que estaban colgadas junto a la puerta corrediza del patio y su celular, dispuesto a ser el héroe de la noche y comprar el hielo. Al darse vuelta para irse, casi se lleva por delante al colorado, que lo seguía de acá para allá.
—Te acompaño —sentenció, y Nico no pudo evitar regalarle una sonrisa. Ni los giles de sus amigos lo acompañaban.
Y así fue como se adentraron a las calles desiertas de San Isidro, un barrio cheto pero peligroso si no sabías andar por la calle, había aprendido Nico con el tiempo. El frío de la noche los envolvía y el español deseó también tener un lindo traje de Spider-Man debajo de la ropa para mantenerlo calentito.
—Re cheto tu barrio —dijo Valentín, rompiendo el silencio a mitad de la primera cuadra recorrida.
Nico se rió. —¿No te gusta, Hombre Araña?—le preguntó con una sonrisa.
—Qué no. Re de chill acá. En La Matanza estoy tapado de laburo.
Nico se rió aunque no entendió mucho el chiste porque no sabía muy bien dónde quedaba La Matanza, aunque por el nombre, le tocó asumir lo peor. —¿Entonces no vienes seguido?
Valentín lo miró de costado y sonrió. —¿Por? ¿Querías que venga?
El pseudo chamuyo del colorado lo tomó un poco por sorpresa, aunque no tenía pensado bajarse del baile ahora. —Si, me gusta como te queda el traje —le contestó el español. Claramente no era exactamente el traje lo que le gustaba.
Valentín se rió ante el comentario y lo empujó un poquito de forma juguetona. —Y decí que me puse el short de fútbol encima, porque se me marcaba todo el orto.
Nicolás soltó entre una risa y una tos, que lo único que le generó fue que se ahogara un poco entre medio. No esperaba que Valentín le fuera a hablar de su orto, lo cual llevó su mente alcoholizada por lugares a los que el español había intentado no ir. En un minuto se imaginó al colorado sin short, y después no pudo evitar pensar cómo se vería sin nada puesto.
Mientras tanto, fuera de su cabeza, Valentín se detuvo al lado suyo para ayudarlo a parar su tos, con unos golpes suaves en su espalda mientras le preguntaba si estaba bien. Para suerte del español, la estación de servicio ya estaba en la calle de enfrente, por lo que pudo desviar el tema de conversación y evitar sentirse un pajero un minuto más.
Valentín tomó la iniciativa y le estiró del brazo mientras se reía, y pasaron juntos por la playa donde habían dos autos cargando nafta acompañados de un empleado de la YPF. Valentín se volteaba de vez en cuando para mirarlo a la cara a Nico, que venía caminando detrás suyo. El colorado tenía los cachetes rojos por el viento frío y los rulos moviéndose para todos lados, y por primera vez en la noche Nicolás quiso estamparle un beso en los labios, ahí, en medio de la estación de servicio. No pudo evitar bajar la mirada por su cuerpo apretado bajo la tela elástica del traje y el conjunto de Boca Juniors mientras el colorado volvía la mirada hacia delante. No sabía si era porque el alcohol en sus venas o lo bueno que estaba Valentín, pero se le escaparon un conjunto de palabras que nunca se había si quiera imaginado que le diría a alguien. Mucho menos se habría imaginado que se calentaría de solo decirlas.
—Igual, el short también te marca bien el culo.
Valentín se volvió a dar vuelta, aunque esta vez con cara de sorprendido ante el comentario del más alto, claramente no se esperaba que juntara el valor para responder el comentario que había hecho. El colorado se mordió el labio inferior mientras lo miraba desde abajo con una mueca en la cara que le generaba un malestar en el estómago a Nicolás.
—Bueno, pero sin el short se me marcaba más.
—Ver para creer.
Ambos pibes ya estaban parados delante de la máquina donde se guardaba el hielo en la estación de servicio, y sabían que tenían que ir a pedirlo adentro, a algún empleado. Sin embargo ninguno se movió.
Se miraban fijamente, ambos testeando las aguas, viendo hasta donde podían llegar con el chamuyo inminente, que ninguno de los dos sabía si era real o una mera provocación que no iba a llegar a nada.
Nicolás lo pensó varias veces antes de actuar, imaginándose la cara de orto que tendrían sus amigos, preguntandose por qué se tardaban tanto, quizás incluso preocupándose, pero le dió igual, y decidió actuar. El colorado aún no le había contestado nada, pero lo miraba intensamente, como desafiándolo a seguir adelante con lo que los dos querían hacer ahí y ahora. El español lo tomó por la cadera y lo acercó hacia su cuerpo, mirándolo desde arriba con los ojos entrecerrados. Y tuvo una idea brillante.
Miró hacia su alrededor buscando ojos curiosos, escaneando el lugar como si fuera a cometer un delito, y al encontrarse con la playa vacía, agarró al más bajito del brazo y tiró de él con rapidez, llevándoselo al baño de la YPF. El corazón no era la única parte del cuerpo que le latía con fuerza.
Valentín se rió ante las acciones un tanto descabelladas del más alto, pero no podía negar que la excitación también le estaba cagando un poco el juicio. Se metieron juntos de un empujón al ultimo cubículo del baño, y cuando Valentín se dió vuelta para cerrar la puerta con la traba, sintió el cuerpo caliente del rubio detrás, dejándole besos húmedos por encima de la tela del disfraz.
El colorado no perdió tiempo y se dió vuelta, su boca encontrándose con la del más alto, suave pero feroz. Los besos eran torpes y un tanto desesperados, las mordidas iban de un lado a otro sin rumbo fijo y las dos respiraciones agitadas eran el único sonido dentro del baño de la YPF. Las manos desesperadas de Nico Paz recorrían el cuerpo de Valentín como si quisiera marcar territorio en todos lados, dejar su huella. Le apretaba las piernas y el culo con fuerza y de vez en cuando bajaba la cabeza buscando besar su cuello otra vez.
Del otro lado, Valentín era puros suspiros y gemidos ahogados. Tiraba la cabeza hacia atrás buscando que el más alto profundice el contacto en su cuello, levantando una pierna para que lo pueda tocar mejor, apoyándola sobre el inodoro de dudosa procedencia. Pasaba las manos por el sedoso pelo de Nico y se lo estiraba de vez en cuando, cuando quería escucharlo susurrar en su oído.
Entre medio de los besos y jadeos, el celular de Nicolás sonó en su bolsillo, sobresaltándolo. Abandonó con una puteada la boca del colorado para sacarse el celular del pantalón y mirar la pantalla, aunque ya sabía incluso antes de mirar que era Enzo. Decidió cortarle la llamada y le mandó un mensaje rápido para hacerle saber que estaban bien, y que ya iban en camino con el hielo.
Al levantar la mirada, se encontró con los ojos de Valentín, que lo miraba expectante con los ojos oscurecidos y los labios hinchados, levemente entreabiertos. Nicolás sabía que si seguía mirándolo así un segundo más iba a mandar a la mierda la misión del hielo, por lo que le sonrió y desvió la mirada.
—Perdón —dijo Nico, mientras volvía a guardar su celular —es que, el hielo.
Valentín se rió y se acomodó la ropa, que le había quedado desarreglada después del chape. —No pasa nada, seguimos después —le dijo y abrió la puerta del baño, sin esperar a Nicolás, que lo siguió como si fuera uno de los pibitos del Yandere Simulator.
Los empleados de la YPF los atendieron con desgana y un poco de sospecha, pero finalmente les vendieron las dos bolsas de hielo y pudieron volver a la casa de Nico tranquilos. Aunque no podía evitar pensar en que seguramente los habían visto en las cámaras, por lo que juró nunca más volver a esa estación de servicio, al menos por un tiempo.
Llevando las bolsas colgando a sus costados, ambos muchachos volvieron rápidamente a la casa de Nico, charlando de cosas triviales en el camino que nada tenía que ver con la casi-revolcada que se habían dado hacía apenas unos minutos. La fiesta seguía en la casa de Paz, y fueron recibidos por sus amigos, quienes los encararon apenas pusieron un pie en el umbral de la puerta.
—¡Pensamos que los habían afanado! Pelotudos —les dijo Leandro, su amigo en común, con cara de preocupación. Estaba disfrazado de El Zorro, y los retaba con el sable en la mano, lo cual lo hacía ver un poco gracioso.
—Es que había un viejo que atrasó la fila —mintió Valentín descaradamente, y Nico decidió hacerse una nota mental sobre lo buen mentiroso que era el colorado.
Después de cagarlos bien a pedo, los amigos se separaron y la joda continuó con normalidad para los demás. Ninguno pareció notar la tensión sexual que Nicolás sentía en ese momento y lo agradeció, porque no iban a parar de descansarlo. Nicolás acercó sus labios a los oídos del más bajo y le habló. —Ven.—le dijo simplemente, mientras lo agarraba de la mano y lo guiaba hacia la escalera. Valentín se dió cuenta al instante de lo que hacía el español, y se rió por lo bajo, dejándose guiar.
No era muy difícil darse cuenta a dónde iban, Nicolás había prohibido estrictamente el paso a la planta de arriba, y cualquier persona que lo conozca se iba a dar cuenta que estaba llevándose al Spider-Man colorado a su habitación. Un coro de personas silbándole se escuchó, y la palabra "ganador" retumbó repetidas veces mientras el español dejaba pasar primero a Valentín, que subió con paso rápido y una sonrisa nerviosa en la cara.
Al llegar arriba, ambos se encontraron ante un largo pasillo. Nicolás le mostró el camino hacia su habitacion y abrió la puerta sin encender la luz, ya que las luces de la joda de abajo se filtraban por las ventanas que daban al balcón, iluminando levemente la pieza de Nico Paz. Con cuidado, cerró la puerta detrás de él y dió vuelta la llave, asegurándose privacidad absoluta.
Al darse vuelta, se encontró a Valentín de espaldas, sacándose la camiseta de Boca y revoleándola sobre la cama mientras le regalaba a Nico la linda vista de su espalda con el disfraz puesto. Nicolás no perdió el tiempo y volvió a acercarse al colorado por atrás, no perdiendo la oportunidad de manosearle el orto en el proceso. La música ya no se escuchaba fuerte dentro de la habitación, por lo que escuchó la suave risa del colorado.
—Pará, es un embole sacarme esto —le dijo a Nico, mientras señalaba su traje del Hombre Araña.
—No, dejátelo —le dijo Nico al oído—te lo quiero quitar yo.
Soltando una risita, Valentín se dió vuelta con rapidez y estampó sus labios contra los del español, mientras lo guiaba hacia la cama. El colorado lo agarraba del pelo y lo estiraba, haciendo que el español se pegue a él aún más, mientras le metía la lengua en la boca y exploraba cada parte de su ser. Nicolás le mordía el labio con fuerza y lo agarraba de la cintura, de esa cintura diminuta que parecía haber estado tallada a la perfección, donde sus manos encajaban de manera casi natural. Sentía la tela del traje de Spider-Man caliente debajo de su tacto, y Nicolás añoraba poder sentir la piel de Valentín.
El colorado no perdió el tiempo y le sacó la camisa con tanta agilidad que parecía un experto. Le desabrochó los botones entre besos y después se alejó para admirar la obra de arte que tenía adelante, intentando memorizar cada parte del torso marcado de Nicolás que se movía agitado como si fuera una escultura griega viva. El español se rió al ver cómo el colorado lo miraba, y lo acercó hacia su cuerpo para volver comerle la boca con desesperación. Se quitó la camisa del todo y la revoleó por algún lado de la pieza, mientras arrinconaba a Valentín cada vez más cerca de la cama.
Entre besos, Nico Paz volteó al colorado haciendo chocar su espalda contra su pecho, ganándose un gemido del otro mientras le dejaba besos a lo largo de su cuello. En la oscuridad intentó tantear el cierre de su disfraz, el cual jaló hacia abajo cuando lo encontró, dejando la espalda pálida de Valentín al descubierto. Valentín liberó sus manos del traje de Spider-Man y lo dejó caer, colgando ahora de su cintura. Nicolás pasó sus manos por la cintura del colorado, sintiendo la piel suave y un poco transpirada debajo de sus manos. Acercó a Valentín a su cuerpo, especialmente a su pija, y le mostró lo duro que estaba, lo mucho que necesitaba que el pecoso lo toque. Sin pensárselo dos veces y con una sonrisa traviesa entre sus labios, el colorado se sentó en la cama delante de Nicolás, y acercó sus manos a la creciente erección del más alto, que lo miraba desde arriba, anhelando su toque. Sus manos eran lentas, cuidadosas; le bajó el cierre despacio y le pidió que se quite del todo el pantalón.
La pija dura de Nico era visible a través de sus boxers grises. Su pecho subía y bajaba rápido, el español tiraba la cabeza hacia atrás. No podía esperar a Valentín. —Valen, ya.—le rogó mientras le acariciaba los rulos y soltaba suspiros ahogados.
Valentín se rió ante sus súplicas y lo miró desde abajo, sonriente. Cómo lo boludeaba, pero no se podía quejar porque lo volvía loco.
Fue entonces cuando Valentín se arrodilló adelante de Nicolás y comenzó a tocar su erección por encima de la tela nuevamente, esta vez acercando su lengua y lamiendo allí donde el fluido pre-seminal era visible. Nicolás le acariciaba los rulos y le decía lo mucho que quería que empiece a chupar la pija, por lo que Valentín no pudo torturarlo más. Sacó el miembro de los boxers y comenzó a lamerlo como si fuera el Pico Dulce más rico que había probado en su vida. Escuchaba como los gemidos del español cada vez subían más su volúmen, como Nico movía su pelvis hacia su boca cada vez con más frecuencia y como el agarre de su pelo se hacía más fuerte con cada minuto que pasaba chupándosela, succionando, mordiendo un poquito a veces. Lo miraba desde abajo y se derretía de placer al verlo disfrutar de lo que le hacía, de la barbaridad que le estaba haciendo.
Con las piernas temblorosas, Nicolás le estiró el pelo hacia arriba y lo obligó a levantarse, para después empujarlo hacia la cama. Valentín lo miró mientras se subía encima suyo como un depredador listo para comerse a su presa. La idea lo calentó aún más.
Con muchas ganas, Nicolás empezó a besarle el cuello con fuerza mientras iba bajando la cabeza, dejando atrás un camino de besos y mordidas cálido que revisitaba de vez en cuando. Al llegar a la cintura del colorado, volvió a subir para comerle la boca otra vez mientras le tocaba la pija por encima de la tela con fuerza. Nico se sentó entre medio de las piernas del colorado y le arrancó de un tirón los shorts de fútbol que tenía puestos, dejando visibles las piernas con las que había fantaseado hacia unas horas atrás, y no dudó en también estirar para sacarle a la mierda el disfraz del Hombre Araña. Le quedaba hermoso, si. Pero él quería verlo desnudo.
Al tenerlo abajo suyo únicamente en boxers, las ganas de cogérselo así nomás eran mortales. Empezó a tocarlo otra vez por encima de los boxers, viéndolo retorcerse bajo sus toques, y eso que ni siquiera le estaba tocando la piel. Nicolás volvió a atacarle el cuello, le lamió y mordió los pezones para después continuar su camino hacia abajo, donde le bajó la ropa interior y empezó a lamer de a poco la punta de su miembro, deleitándose al escuchar al colorado repetir su nombre una y otra vez, su voz escuchándose por encima de la música.
Valentín le estiraba el pelo, queriendo ser él quien manejaba el pete. Subía y bajaba la velocidad a su gusto, y Nicolás se deleitaba ante los mandatos del pecoso. Cuando el español se sacó la pija de la boca, Valentín le agarró la mano y le mostró cómo quería que lo masturbe, mientras envolvía ambas manos en su miembro y tiraba la cabeza hacia atrás. —Ahi, lindo, dale —le repetía, y los piropos hacían que Nicolás quiera desarrollarse mejor en su tarea, hacerlo sentir bien.
—Me vas a volver loco —le dijo al oído al colorado, mientras estiraba su mano hacia la mesita de luz para agarrar el paquetito de preservativos que siempre tenía guardados por si acaso, y los puso debajo de la almohada mientras volvía a posicionarse en medio de las piernas de Valentín, quien lo miraba con ganas de más.
Con las manos temblorosas y la mente nublada por la excitación, Nicolás comenzó a dilatar al colorado, mientras le dejaba besos dulces en el cuello que contrarrestaban con las ganas de clavarse las uñas en la espalda que tenían mutuamente. Valentín echaba la cabeza hacia atrás mientras Nico metía otro dedo dentro suyo, y otro más, y el español tuvo que detenerlo cuando se quiso masturbar, no aguantando el placer que sentía en ese momento.
—No, no —le pidió Nico con una sonrisa—para eso estoy yo.
Valentín se soltó una risita ahogada. —Bueno, dale, cogeme entonces.—lo retó.
Esa mirada desafiante, como le indicaba donde quería que lo toquen, lo estaba volviendo loco a Nicolás. No sabía si era la excitación del momento, pero quería que el colorado lo gobierne así toda la vida.
Fue entonces cuando Nicolás introdujo con cuidado su miembro dentro de Valentín, quien cerraba los ojos con fuerza y respiraba como si hubiera corrido una maratón. Nicolás estaba un poco desesperado por sentir el placer de moverse dentro del colorado, sin embargo esperó a que le confirme que se sentía bien para poder comenzar a moverse de a poco y a un ritmo pausado.
El mundo pareció detenerse mientras estaban juntos, la música de repente sonaba demasiado lejos para ser escuchada y el ruido de la joda ya no tenía importancia. Nicolás lo embestía despacio, casi con miedo de romper al pecoso que tenía debajo, que le clavaba los dedos huesudos en las caderas mientras gemía su nombre. De a poco Paz comenzó a embestirlo con más fuerza, tanto así que la cama rechinaba debajo de sus cuerpos y se golpeaba contra el mueble que tenía detrás, los sonidos de fondo solo haciendo que el momento se vuelva más memorable.
Nicolás tenía las piernas del colorado prácticamente junto a su cara, y le excitó aún más pensar en lo flexible que era, en la cantidad de cosas que podía hacer con el... aunque en ese momento el deseo era mucho más fuerte que la imaginación.
Valentín comenzó a masturbarse debajo de Nicolás, al mismo tiempo que el otro le avisaba que estaba por llegar al clímax, y acabaron prácticamente al mismo tiempo. El cuerpo de Paz cayó rendido sobre el del colorado, sus brazos siendo el único sostén que evitaba que lo aplastara por completo. Podía sentir las manos de Valentín junto a sus caderas, acariciándolo, haciéndole mimos, y lo oyó reír; un sonido ronco y dulce que atravesó todas las partículas de su cuerpo y se clavó en sus tímpanos, difícil de olvidar.
—Nico, no te duermas así que no saliste.—le dijo el colorado entre risas, y Nicolás finalmente se movió de su lugar, ayudando al colorado a sentarse bien sobre la cama mientras buscaba unas toallitas húmedas para que se limpie.
—¿Todo bien?—le preguntó el español, y Valentín respondió asintiendo con la cabeza.
Nicolás no se había dado cuenta que ya había amanecido. Con la luz del sol alumbrando su habitación, buscó un par de boxers limpios y se los puso, mientras veía al colorado volver a ponerse los suyos, mientras temblaba ante el frío de la mañana de domingo. Sin dudarlo, le revoleó una remera de mangas largas y un par de pantalones de dormir a cuadritos para que se ponga, ambos golpeándolo en la cara al llegar.
—La puta madre —dijo Valentín, pero su sonrisa delataba sus verdaderos sentimientos.
Ya vestidos, se acurrucaron juntos en la cama de Nico Paz, con la excusa de que hacía mucho frío como para no dormir abrazados. El español se recostó boca arriba mientras el colorado lo usaba de almohada y le pasaba una pierna por encima de la suya, buscando calentar sus pies congelados. Nicolás se encontró acariciándole los rulos mientras lo escuchaba respirar con tranquilidad.
—Valen—lo llamó —¿Te dormiste?
Valentín sonaba más dormido que despierto, pero de todas formas le contestó. —Todavía no, ¿qué pasa?
Nicolás lo pensó un momento. Planeaba decirle algo sobre el disfraz, sobre que tenía razón al haberle dicho que se le marcaba mucho el orto con el traje, o que le gustaba verlo más sin nada puesto, pero no se animó. —No, nada. Hasta mañana.
Sintió el cuerpo de Valentín vibrar cuando se rió. —Arrugaste —le dijo.
—Después te digo.
—Dale, tarado.
—Hasta mañana —sentenció Nicolás, dándole un besito en la cabeza y callándolo con una cosquilla cada vez que el colorado quería hablar, hasta que se quedaron dormidos de cansancio.
La mañana siguiente fue un tanto caótica en comparación con la paz que había sentido Nicolás cuando se quedó dormido junto al colorado con carita de ángel. Se había olvidado completamente que había cerrado su puerta con llave, por lo que sus amigos lo despertaron a los golpes y gritos desde el otro lado, a las doce del mediodía.
—¡Abran, putos!—gritaba Enzo mientras golpeaba la puerta sin parar.
Lo peor que le podía pasar a Nicolás Paz era escuchar la voz de Enzo apenas despertaba. Era la única forma, hasta ahora, de ponerlo del peor humor posible.
—¿Qué mierda les pasa...? —preguntó Valentín a su lado, mientras se hacía bolita contra la pared y se tapaba con la frazada hasta las orejas.
—Perdona, Valen. Enzo tiene problemas —le contestó el español, mientras le dejaba una caricia en la espalda antes de levantarse.
Esquivando los disfraces esparcidos por el suelo, Nico Paz llegó a la puerta, dió vuelta la llave y abrió la puerta solo lo suficiente para que sus amigos puedan ver su cara.
—¿Qué carajo os pasa? —preguntó Nicolás, irritado. Todavía tenía los ojos pegados, y el cuerpo no le daba para nada. Seguro se veía demacrado.
—¡Oa, ganador! —le gritó Enzo. ¡Por qué hablaba tan fuerte!
—Baja la voz, tarado.—le dijo Nicolás. —Ya, ¿que quieren?—dijo y esta vez miró a Julián, que miraba divertido la situación mientras el intento de ser humano de su novio lo descansaba. Nico esperaba poder hablar con alguien normal.
—Te habíamos dicho que veníamos a ayudarte a ordenar a esta hora, pero como cogiste te olvidaste. Así son —le respondió Julián, mirando a Enzo con complicidad.
Ambos estaban vestidos con pantalones grises anchos y buzos con el escudo de River Plate a un costado. Cómo los dos vivían lejos, Nico los dejaba quedarse a dormir en la habitación de huéspedes, con la única regla de que no cojan, al menos no cuando él estaba en la casa. Prefería no saber si le hacían caso o no.
—¡Pues vayan, y limpien! ¿Por qué me avisan? Dios —les gritó Nico, y les cerró la puerta en la cara a los dos, que se estaban aguantando la risa al ver a su amigo recién cogido y de mal humor porque lo sacaron muy temprano de la cama.
Nico cerró la puerta con fuerza y miró hacia la cama, donde el Colo se había dado vuelta y lo miraba escondido debajo de la frazada, solo sus ojitos visibles. Nicolás sonrió ante la linda vista que tenía.
—¿Sabías que sos muy lindo? —le preguntó.
El colorado se escondió debajo de la frazada otra vez y le gritó que cierre bien el orto.
Más tarde ese mismo día, con ya todos levantados, pidieron pizza por Pedidos Ya y se sentaron a comer en el sillón, mientras charlaban sobre la joda de ayer, la gente que había venido, y le sacaron el cuero a alguna que otra persona. Julián y Enzo decidieron darles tregua a los dos bosteros, y no les preguntaron nada sobre lo que había pasado anoche. Y Nico les agradeció, porque les quería contar con lujo de detalles lo bueno que estaba el colorado.
Después de juntar la mesa y haber terminado de limpiar toda la casa, inspeccionaron si había algo roto que reponer: le habían roto el vidrio a un cuadro, lo cual a Nico le pareció aceptable, no era para tanto. Finalmente, la pareja se fue, y los nuevos conocidos quedaron solos en la inmensidad de la casa de Nico.
Valentín estaba lavando los platos que habían usado para comer. El pantalón prestado le quedaba muy largo, al igual que el buzo que Nico le había prestado al levantarse, por lo que sus extremidades eran apenas visibles. Nicolás no pudo evitar pensar en que estaba usando su ropa, que se iba a quedar con su olor, que ahora iba a asociar el perfume que le ponía siempre a la ropa con él.
Nicolás se acercó a Valentín y se recostó sobre la mesa a su lado, mirándolo con una sonrisita, medio embobado ante la linda vista que el colorado le estaba regalando. Valentín lo ignoró.
El español carraspeó, no gustandole ser ignorado por el petizo. —Me debes un favor.
Valentín cerró la canilla y lo miró mientras se secaba las manos con un repasador.—¿Yo
—Si, tú. Asesinaste mis plantas.
Valentín pareció recordar lo que había pasado anoche en un milisegundo, y se le pusieron los cachetes colorados. Nico no pudo evitar estirar la mano para apretarle uno, a lo que Valentín respondió mordiéndole el dedo.
—No sé nada de plantas, eh —le advirtió—Capaz en vez de ayudarte la cago más.
Nico no le respondió, simplemente lo agarró de la mano y lo llevó hacia el patio. Afuera estaba nublado y corría viento, probablemente llovería más tarde. Nico estiró de la mano de Valentín, que lo sostenía con fuerza, y se detuvo delante de su tesoro más preciado: su lindo jardín, ahora todo pisoteado y con las marcas de las zapatillas de cierto colorado tatuadas en la tierra.
—Uf, no —dijo Valentín, mientras se tapaba la cara de la vergüenza—Me la re mandé, soy un pelotudo.
Nico Paz se rió y le despeinó los rulos. —Podria ser peor, tiene arreglo. Pero hay que empezar ahora, antes de que empiece a llover.
—Bueno, pero no te quiero ensuciar la ropa...
—Después te doy otra, tonto. Espera que traigo las herramientas.
Y así pasaron su tarde, arreglando el jardincito de Nicolás. Metiendo las manos en la tierra mientras el español le contaba sobre su hobby, sobre las distintas plantas y flores que tenía y lo mucho que le gustaban. Valentín lo escuchaba atentamente y le hacía preguntas, y de vez en cuando se asustaba cuando veía una lombriz moviéndose en la tierra.
Trabajaron una hora y media, volviendo a plantar algunas flores y armándoles soportes con ramitas a otras para ayudarlas a crecer. Nicolás miraba con cariño al pecoso que se esforzaba por cavar bien, que le sostenía las plantas cuando se lo pedía. Se le aceleraba el corazón cuando sus manos se rozaban y le dolía la panza cuando lo escuchaba reír.
Más tarde, ambos se bañaron, y Valentín se dispuso a irse para su casa. Se había puesto nuevamente ropa prestada por Nicolás, que le quedaba incluso más grande que la anterior. El español lo acompañó hasta la parada del colectivo, y le prestó un paraguas para que no se moje si empezaba a llover. Charlaron, se rieron... los dos querían volver a sentir los labios del otro sobre los suyos, aunque ninguno se animaba.
Cuando Valentín vió su colectivo aparecer en su campo de vista a tres cuadras, le avisó a Nico, quien le hizo puchero porque no quería que se vaya.
—¿Estás seguro que no te podías quedar?
—Callate. La próxima me llevas mí ropa limpia, ¿dale?—le dijo.
Nico Paz no pudo evitar sonreír ante la idea de verlo otra vez, y le ganó la pelotudez; se inclinó hacia abajo y le robó un beso rápido justo cuando su colectivo paraba delante suyo, por lo que no tuvo tiempo de decirle nada, pero le dió gracia que el colectivero lo haya visto todo colorado. Mientras lo saludaba por la ventana, Valentín le mostró el dedo del medio, aunque todavía se lo notaba sonrojado.
