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Le pidió matrimonio a Kocho Shinobu.
Nunca se han tomado de las manos (salvo excepciones médicas), nunca se han llamado por sus nombres de pila (aunque está aquella vez cuando Kocho estaba algo ebria) y Giyuu jamás la ha cortejado (no sabe hacerlo), pero aun así, ella ha dicho que sí.
Cuando Giyuu despierta en la madrugada siguiente, duda si creer que lo que sucedió la tarde anterior es real o formó parte de un intrincado sueño febril donde su boca no tenía filtros y escupía lo primero que le pasaba por la cabeza. Tras una breve reflexión, llega a la conclusión de que no. Todo ha sido real. No recuerda los detalles, pero el deseo de enterrar la cabeza en el suelo le da la certeza.
Se queda mirando al techo por varios minutos más, preguntándose si Kocho aceptó en serio o solo fue una forma de hacer que lo dejara en paz. Al parecer fue extremadamente persistente, Shinobu no suele ceder a tonterías. Sí, quizá hubo unas pizcas de chantaje por aquí y por allá, que él mismo se siente sorprendido por su capacidad de convencimiento.
Ojalá esa capacidad de convencimiento se presentara para cosas más útiles, como ser el primero en tomar un baño después de una larga misión.
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Las niñas más pequeñas le llevan la bandeja hasta su cama a primera hora de la mañana. Naho acomoda los alimentos en una mesita y Sumi y Kiyo lo ayudan a sentarse erguido. Normalmente no haría falta, pero se deja hacer al ver las ganas que tienen las chicas de ayudarlo.
Giyuu tiene un punto débil por los niños pequeños, es por eso que dejó vivir a Nezuko.
Su desayuno consiste en tataki de salmón, una gran cantidad de guarniciones y té sencha. Todo luce apetitoso, la porción es grande y el emplatado es tan bonito que los palillos dudan en las manos de Giyuu antes de tomar la primera rebanada de salmón. Es delicioso y, si se juntara más con Rengoku, estaría tentado a decirlo en voz alta.
Disfruta tanto de la comida que no nota que las niñas le echan miradas de soslayo y estrujan nerviosas sus manos o sus delantales. Siguen de pie cerca de la puerta de la habitación, no se han marchado. Quizás están esperando los platos sucios, pero se nota que es algo más.
—Tomioka-sama —Sumi toma valor y Giyuu deja de masticar para darle toda su atención—, ¿verdad que sí se va a casar con Shinobu-sama?
Giyuu habría estado a punto de atragantarse si no fuera porque, para su buena suerte, ha tragado antes de escucharla.
—¿Qué?
Naho es la que habla esta vez—. Ayer cuando despertó le pidió matrimonio a Shinobu-sama, ¿no se acuerda?
Los ojos de la niña se ven vidriosos, como si quisiera llorar, su voz ha temblado. ¿Por qué tiene la impresión de que le está rompiendo el corazón a esta infante? ¿Qué le debe a ella?
—¿O es que todo lo que le dijo fueron mentiras? —Kiyo lo mira acusadoramente, con la voz apretada y los ojos húmedos. Sus puñitos a sus costados. Giyuu sabe que si dice algo equivocado, esos mismos puñitos podrían estamparse directo en su cara. O en cualquier parte de su cuerpo donde las niñas alcancen.
Tras breves segundos de reflexión, asiente. ¿A qué? No sabe. Quizá a la parte en la que se acuerda, porque tampoco él está muy seguro de si lo dijo en serio (lo dijo, pero eso fue anoche, hoy ya es otro día) y si ese matrimonio va a concretarse. Pero el gesto alivia a las niñas al instante y comienzan a saltar felices alrededor de su cama.
—¡Muchas felicidades! —no alcanza a distinguir quién es la que habla.
—¡Shinobu-sama se verá hermosa de blanco!
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Después de una profunda meditación de quince minutos (que es el tiempo exacto en el que las trillizas salen de su habitación y entra un kakushi), Giyuu llega a la conclusión de que lo mejor será esperar a hablar con Shinobu y ella decida si lo que se dijo el día anterior es en serio o una simple broma. Por el honor de ella, más que nada, porque el rumor ya se ha extendido como pólvora en la Finca Mariposa. Él puede vivir con la vergüenza. Solo necesita cambiarse el nombre y mudarse al otro extremo del país. O a Okinawa. Okinawa está bien. Siempre ha querido ir a la playa. Los demonios no suelen aparecerse por esos lugares porque, ya saben, la luz del sol y lo abierto de los espacios.
Ya está pensando en cómo pasarle a Sabito el manto del Pilar del Agua o si directamente fingir su muerte cuando el kakushi le arrebata el vaso vacío de la mano y recoge el resto de platos y cubiertos sucios de la mesa. Lo juzga con la mirada, como si fuera culpable de uno de los crímenes más atroces en la historia de la humanidad.
—¿Se casará con Shinobu-sama? —Giyuu se queda atónito, porque normalmente los kakushis no suelen hablarle de forma tan abierta y hostil a ningún pilar. Menos a él. Por alguna razón los miembros inferiores del cuerpo tienen cierto terror a los hashiras.
Cuando Giyuu se tarda demasiado en responder (no lo iba a hacer), añade apresurado—. Felicidades por su boda.
El kakushi se retira dando ruidosos pisotones.
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Giyuu cree que ya debería ser dado de alta.
Ya es mediodía y no hay rastro de ninguna de las Kocho ni de la evaluación médica final en la que le dan palmaditas, le dicen que debe de dejar de comer verduras sin lavar o volverá a tener una intoxicación alimenticia; entonces todos (menos él) se ríen y lo dejan regresar a la Finca del Agua con una receta médica y una bolsita con medicinas.
Por eso se alegra cuando Kanao llega. Como un conejito tímido, lo mira desde el marco de la entrada y se aferra a los bordes de madera de la puerta. Su mirada parece decir “¿puedo pasar?” y Giyuu asiente.
Kanao se para frente a él dando pasos silenciosos y le extiende la mano sin decir nada. Giyuu la imita y la chica deja caer en su mano un prendedor de solapa en forma de mariposa. Él parpadea, confundido, y ella le sonríe suavemente. Se miran fijamente un par de segundos antes de llegar a la conclusión de que Kanao le está dando su bendición y él, al no rechazar el prendedor, le está agradeciendo. Ninguno de los dos emite ninguna palabra durante su intercambio y Kanao se da la vuelta y se marcha tan repentinamente como llegó; parece dar saltitos de alegría cuando cruza el umbral.
De manera que su matrimonio con Kocho es, a todas luces, un hecho.
Giyuu se queda pensando en ello.
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Aoi llega más tarde para darle el alta.
Normalmente tiene el ceño fruncido, pero esta vez está muchísimo más molesta de lo habitual. Con un tono de voz golpeado, le indica las horas a las que debe de tomar su medicina y, pese al desayuno (no aprobado) que le llevaron sus hermanas menores, debe de comer solo alimentos blandos y beber muchos líquidos para recuperarse de la fiebre y vómito del día anterior. Giyuu, quien ya se ha cambiado a su uniforme de cazador antes de que llegara, asiente en silencio.
La situación le provoca cierto deja vu, sabe que debe decir que sí y no cuestionar las indicaciones de la niña. Si lo hace, algo malo sucederá.
Pero entonces, en contra de su mejor juicio, se le ocurre preguntar—. ¿Dónde está Kocho?
Evidentemente es el nombre de su hermana mayor la que provoca que Aoi cruce los brazos sobre su pecho y lo mire con el peor gesto de reprobación de la existencia, igual que se mira a un insecto rastrero que te ha ensuciado la suela de la sandalia. Casi quiere deshacer lo dicho, pero sabe que ya es muy tarde.
—¿Para qué necesita a Shinobu-sama?
Giyuu no quiere explicarle que es para ver si en realidad sí están comprometidos, si el prendedor que le dio Kanao tiene algún significado cósmico y todo esto no es solo una broma compleja.
—No es de tu interés.
Nota cómo Aoi refrena sus ganas de rodar los ojos.
—¿Entonces lo dijo en serio?
Giyuu siente que esta escena se ha repetido de forma interminable a lo largo de la mañana. Como un bucle infinito. No por primera vez desde que se despertó, se pregunta cómo se veía mientras le rogaba que se casara con él. Sus recuerdos son algo borrosos, pero sabe que repitió la pregunta por al menos tres ocasiones. Sabe muy bien que se humilló.
—Es un asunto entre Kocho y yo.
Ella no cede.
—Shinobu-sama nos pidió que lo tratáramos de forma más amable, porque se uniría a la familia. Que será nuestro hermano mayor.
El corazón de Giyuu se salta un latido.
Bueno, quizá tres latidos.
No esperaba este desarrollo de los eventos.
Aoi arquea una ceja.
—Pero yo no confío en usted. ¿Cuáles son sus verdaderas intenciones con Shinobu-sama? Pidiéndole matrimonio —hace un ademán displicente, señalando la cama— así. ¿Y por qué Shinobu-sama aceptaría? ¿La está chantajeando? —Aoi entrecierra los ojos con sospecha.
Para ser francos, Giyuu tampoco sabe por qué Shinobu aceptaría, solo sabe que lo hizo y no es una persona que se retracta de sus palabras. Así que, una vez más, solo da respuesta a la parte que le corresponde.
—Voy a casarme con Kocho —repite con una convicción que acaba de encontrar.
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Antes de abandonar la Finca Mariposa, Giyuu necesita hablar con Shinobu. Por supuesto que preferiría salir huyendo de allí antes de que se encuentre a más personal de la casa, pero necesita cerrar ese asunto antes de marcharse.
Sin embargo (porque no podría ser de otra forma), mientras la busca, se encuentra con la mayor de las Kocho haciendo ronda ambulatoria para los enfermos de las habitaciones contiguas. Está tentado a regresar a su habitación y atrincherarse por al menos otros sesenta minutos, pero elige la dignidad sobre la supervivencia.
Kanae lo nota de inmediato.
A pesar de que quedó casi ciega y perdió motricidad fina en su brazo derecho, producto de su encuentro con la Luna Superior Dos cuando tenía diecisiete, Kanae sigue siendo un alma dulce y una médica excelente. En ocasiones es ella quien realiza sus chequeos médicos, pero usualmente es Shinobu quien suele encargarse de sus temas de salud.
Él y Kanae nunca han hablado mucho, no ahora que ella no forma parte activa de los Cazadores de Demonios, y tampoco antes cuando fueron pilares contemporáneos, empero, Giyuu tiene un gran concepto de ella gracias a las constantes menciones de su hermana menor.
—Oh, Tomioka-san, aquí estás. Qué bueno que te encuentro, me gustaría hablar contigo
Giyuu camina detrás de Kanae hasta su consulta, un pollito siguiendo a la mamá gallina.
Kanae tiene la delicadeza de cerrar la puerta antes de hablar. El tema es serio y Giyuu no cree que se trate de Kibutsuji Muzan.
—Entonces te le propusiste a Shinobu —lo dice como un hecho. No es una pregunta.
Más bien le rogó, pero ella no estuvo presente, así que tampoco necesita los detalles escabrosos.
Giyuu asiente casi imperceptiblemente. No es que pueda negar la verdad.
—Ella te dijo que sí.
Vuelve a asentir.
La sonrisa de Kanae se desvanece un poco, pero hace la pregunta difícil—. ¿Dijiste eso solo porque estabas enfermo o de verdad deseas casarte con Shinobu?
Ah.
Ahí está la pregunta.
No puede evadirla como un deber. Decir que honrará su palabra o simplemente afirmar que se casará siempre y cuando ese sea el deseo de ella. Debe ser honesto con la mayor de las Kocho, aunque eso significa revelarse.
—Lo dije porque estaba alucinando —confirma. Porque no puede mentirle. Si hubiera estado lúcido, jamás le habría hecho una propuesta tan desordenada. O simplemente nunca hubiera tenido el valor de hacer una propuesta—. Pero quiero casarme con ella.
La sonrisa vuelve al rostro de Kanae—. Estoy segura de que es lo mismo para ella.
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Nunca se han tomado de las manos, ni siquiera se llaman por sus nombres y nunca la ha cortejado, pero de alguna manera ha terminado pidiéndole matrimonio a la Pilar del Insecto y ella ha aceptado. Giyuu está decidido a conseguir algunas explicaciones, incluso si eso lo lleva a la anulación de su compromiso en menos de veinticuatro horas.
Shinobu salió la noche anterior a una misión, justo después de aceptar su propuesta y asegurarse de que estuviera mejor. Llegó hace menos de una hora de vuelta a la Finca, una de las razones por las que no sabía de su paradero en toda la mañana.
La encuentra en la parte trasera de la casa, con los pies colgando de la veranda sin alcanzar a tocar el pasto. Sostiene su haori de mariposa, el cual antes fue de Kanae, y una aguja. Está remendando los pequeños desgarros en la parte baja de la prenda. A pesar del ajetreo dentro de la finca, ella se ve pacífica y tranquila, cosiendo con parsimonia.
—Kocho —la llama. Es hora de conseguir algunas respuestas.
Shinobu no levanta la vista de su haori—. ¿Qué pasa, Tomioka-san? ¿Ya te dieron el alta? ¿Te sientes mejor?
Él asiente y, al darse cuenta de que no puede verlo, dice en voz alta—: Sí.
Kocho levanta la vista brevemente y palmea el espacio a su lado, invitándolo a sentarse. Giyuu atiende su solicitud y ella vuelve a su tarea. Ahora que está más cerca de ella, puede notar lo ojerosa que está.
—Te ves terrible. —pregunta sin tacto alguno. A ella eso no parece molestarle. Hace tiempo que se le nota acostumbrada a sus modales tan secos y cortantes—. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste?
Su mano se queda flotando con la aguja en el aire. Está pensando.
—Desde el miércoles.
Ya es sábado.
—Deberías ir a dormir.
Kocho reanuda su labor—. ¿Qué pasa? ¿Estás preocupado por mí, Tomioka-san?
Supone que no tiene caso ocultarlo, si al final de cuentas van a casarse (eso espera)—. Sí.
Ella levanta la vista por fin y se encuentra con sus ojos. Giyuu puede haber salido recién de una terrible intoxicación alimentaria por la cual terminó hospitalizado, pero a la que parece que se le está yendo la vida es a ella. Las cuencas de sus ojos están hundidas y círculos morados reposan debajo de ellos.
Giyuu toma la aguja y el haori de entre sus manos, se los quita con facilidad porque ella cede—. Yo puedo hacerlo por ti —ve la duda en sus ojos—. Makomo me enseñó cómo hacerlo. Tú ve a dormir.
Sin esperar una respuesta, continua con el bordado desde donde ella lo dejó. Sus puntadas son incluso más precisas que las de Shinobu y puede que incluso más cuidadosas. Sabe que es un objeto preciado para ella.
Giyuu siente un peso repentino en su hombro izquierdo. No necesita echar un vistazo para saber que la cabeza de Kocho reposa allí ahora.
—¿Qué estás haciendo?
—Dijiste que debía dormir.
Las puntadas de Giyuu se hacen más lentas, no agrega nada.
Escucha su respiración acompasarse. Cuando le dijo que debería dormir más, no se refería a algo como esto, pero supone que está bien. Lo dijo desde la más profunda preocupación por su bienestar, pero de cierta manera también para retrasar la inevitable charla. Frente a ella, suele perder resolución. Pero al verla tan tranquila a su lado, se pregunta de qué diablos se estaba preocupando.
—Puedo escucharte pensar, Tomioka-san. ¿No tienes algo qué decirme? —Shinobu no se levanta de su hombro, se acurruca incluso más contra él, como si fuera una almohada mullida que le gusta en particular.
Deja de coser y echa un vistazo al pasto verde frente a él, producto de las abundantes lluvias de verano. Las vistas pintorescas están del frente de la casa, pero aquí se respira una tranquilidad diferente. Entiende por qué lo ha elegido para trabajar en su pequeño proyecto personal.
Larga un suspiro hasta que finalmente le pregunta—. ¿La ceremonia debería ser en otoño o prefieres esperar hasta la primavera?
Giyuu la siente sonreír contra su brazo.
—Primavera está bien.
—Sí. Yo también prefiero la primavera.
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Tiene fiebre y está alucinando.
En medio de sus pesadillas febriles, sueña con la batalla final. Una cantidad de sacrificios humanos incontables, sufrimiento sin fin y luego una victoria que sabe a poco. Todos están muertos, solo él y Sanemi quedan vivos. Él incluso ha perdido su brazo dominante. Ni siquiera el Patrón ha sobrevivido.
Despierta delirando, empapado en sudor y sin identificar dónde se encuentra. Lo siguiente que ve es a Shinobu acercarse a su cama, tomarle de la mano y tranquilizarlo.
—Fue una pesadilla, Tomioka-san. No es real. Tranquilízate. Estoy aquí.
Casi le dan ganas de llorar al escuchar su voz suave y aguda. Le aprieta la mano y jadea mientras trata de enfocarla. Le duele todo el cuerpo y ella es muy hermosa. Dios. La ha extrañado tantísimo. Dice que es una pesadilla, pero se sintió como toda una vida separado de ella.
Shinobu le aparta los mechones de cabello húmedo del rostro para que pueda ver mejor y trata de zafarse de su agarre.
—Iré por más medicina —se explica ella.
Pero él no quiere dejarla ir. Si la deja ir, va a terminar muerta. La Segunda Luna Superior se la llevará. Lo acaba de ver. Su cuerpo desapareció en el abrazo de la muerte de ese demonio.
Giyuu afianza su agarre con todas sus fuerzas. Puede que la esté lastimando. Le duele la cabeza y siente que se acerca la inconsciencia nuevamente. Pero no puede dejarla ir. Si la deja ir, no la volverá a ver. Él no quiere no volverla a ver. Le gusta verla. Le gusta hablar con ella. Le gusta estar con ella. Le gustan sus manos tomando las suyas.
Qué sueño tan terrible. Siente que aún lo está viviendo. No quiere dejarla ir. Si la deja ir, puede que se haga realidad. Giyuu no quiere eso. No podría soportarlos. Así que hace lo que mejor se le ocurre.
—Kocho —jadea a media voz.
—Aquí estoy, Tomioka-san.
—Kocho —repite, esta vez con más fuerza—. Cásate conmigo.
En la bruma de la fiebre, la ve parpadear, confundida.
—La enfermedad está hablando.
—No —niega, terco—. Kocho, cásate conmigo.
—Necesito ir por tu medicina, Tomioka-san. Si me sueltas, lograré que te pongas mejor. Y dejarás de decir cosas que no quieres.
Giyuu sacude la cabeza, desesperado. Siente que puede escuchar la voz del cuervo kasugai anunciando su muerte. Está grabado en sus oídos su anuncio lastimero.
—No quiero que te vayas —ruega—. Casate conmigo, Kocho.
La ve morderse el labio. Duda, confundida.
—Por favor —suplica con más fuerza—. Si muero mañana, moriría como un hombre feliz habiendo pasado mis últimas horas sabiéndote mi esposa.
Shinobu se queda sin palabras. Ya no intenta soltarse de su agarre.
—Kocho, por favor, cásate conmigo.
La respuesta afirmativa de Shinobu es lo último que escucha antes de caer en la inconsciencia.
