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Anheló

Summary:

Dónde Arthur manda a hacer un retrato de Merlín en pequeño para poder llevar consigo siempre el rostro de su amado "mejor amigo"

Notes:

Solo Arthur siendo un tonto enamorado

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Sé que está mal lo que siento, que es incorrecto y, sobre todo, imposible, pero no puedo evitar sentirme así cuando estoy con él. Su sonrisa y, por Dios, esos ojos azules como el océano enmarcados por largas pestañas que, si te fijabas bien, de vez en cuando podías ver un hermoso destello dorado en ellos. Su pelo negro y ligeramente azul a la luz del sol, su piel blanca con pequeñas pecas y lunares esparcidos por todos lados que le dan ganas de unir con suaves caricias, y esas orejas ridículamente enormes y como su pelo hacía que se vieran puntiagudas como si de un elfo se tratara. Y simplemente su sirviente,era demasiado para Arthur. De verdad, él intentaba no fijarse en los pequeños detalles del rostro de su sirviente, pero Merlín lo hacía demasiado difícil. Siempre tan hipnotizante con cada expresión. Sin importar qué cara pusiera, se veía hermoso a ojos de Arthur. Y no lo pueden culpar, de verdad que no. Él solo era un hombre.
Estaba harto de toda la situación y bastante preocupado de que alguien se diera cuenta de sus sentimientos y pensamientos extraños hacia su sirviente, y como no podía dejar de verlo ni por un segundo. Y sabía que era sospechoso que siempre lo obligara a estar a su lado aunque no lo necesitara, solo para poder ver su bella sonrisa o sus cejas y frente arrugadas cuando se enojaba. Y ni hablar de sus labios y el cómo siempre los veía, inevitablemente, cuando este pronunciaba su nombre o lo llamaba idiota. Era un espectáculo del que Arthur no estaba dispuesto a perderse. Pero entonces los pensamientos de culpa y remordimiento lo invadían, y sabía que no podía dejar que nadie se enterara de su obsesión porque sería egoísta y, sobre todo, peligroso. Y más si estos sentimientos llegaban a oídos de su padre. No podía poner a Merlín en esa situación. Por mucho que lo lamentara, tenía que desviar sus ojos de Merlín y abstenerse a solo mirar cuando no hubiera ojos que lo pudieran juzgar y acusar, ni siquiera los de Merlín. Entonces eso reducía sus momentos de observación al mínimo. Y quisiera o no, se tenía que conformar con anhelar en silencio. Así que se tenía que bastar con sus recuerdos. Y por más que él se considerara fuerte, no podía con esta situación. Se lo estaban comiendo vivo sus emociones. Y por más que quisiera, sabía que con el tiempo sus recuerdos no le ayudarían y que, lamentablemente, caería en la tentación de ver a Merlín y hacer algo de lo que se arrepentiría. Por mucho que lo anhelara.
Entonces me vi en la obligación de buscar una solución. Un día que lamentaré siempre, pues en una de mis tantas misiones ridículas encomendadas por mi padre, Merlín, mi hermoso y dulce Merlín, salió lastimado por uno de esos maleantes. Todo por mi absurda necesidad de tener a Merlín a mi lado siempre para poder ver su cara y no perderme nada. Por Dios, soy un adulto, próximo rey, y no puedo simplemente poner en peligro a Merlín por mis caprichos egoístas. Entonces tenía que encontrar una solución. No podía llevar a Merlín conmigo a todos lados, y menos si era peligroso. Por mucho que me doliera estar lejos de él y privarme de su encantadora sonrisa, era algo que tenía que hacer si quería seguir viendo, aunque sea unos segundos al día, la expresión de tranquilidad de Merlín mientras este estaba distraído haciendo sus deberes o cualquier otra cosa.
Así que en la penumbra de la noche, en mi habitación, no podía dormir, ya que lo único que me pasaba por la cabeza era el bello rostro de Merlín deformado por el horror y el dolor de la herida. No quería volver a ver esa expresión en su rostro nunca más. Y aunque luego me dedicó la sonrisa más tierna que este podía dar, junto con una mirada llena de comprensión y devoción a mi persona, mientras me susurraba palabras de aliento diciendo que no era mi culpa, no pude evitar sentirme mal. Pues Merlín era mi responsabilidad. Su seguridad debería ser mi prioridad.
Así que me pasé la noche en vela pensando en una solución. Algo discreto y que no levantara sospechas a mi problema. Y entonces recordé una vieja tradición que tenían los caballeros cuando les llamaba el deber. Y aunque no era practicada por muchos, era perfecta, pues nadie se lo cuestionaría. Y hasta podía hacerlo pasar por otra cosa, como un recado de su padre o una lista. Ya sabía que los caballeros tendían a llevar pequeños trozos de pergamino en los cuales se podían ver retratos de sus seres más amados, ya fueran amantes, hijos, hermanas y hermanos, o en algunos casos de su familia completa. Pues los viajes eran largos y algunos recurrían a estos como un recordatorio de por qué peleaban. Como motivación para acabar rápido y poder volver a casa lo antes posible.
Y él bien que lo sabía, pues en algunas ocasiones había pillado a los pocos que recurrían a esta tradición no escrita viendo los pequeños trozos de pergamino con los rostros de bellas muchachas y señoras, o de tiernos niños. Aunque en algunas ocasiones eran los rostros de bellos jóvenes. Y si bien eran pocos los que la realizaban, esta era una práctica normal y aceptada por muchos. Y sin importar que algunos caballeros y uno que otro señor amargado de la corte de su padre la tacharan de ridículamente cursi, y en casos extremos como una clara muestra de debilidad, no tenía nada de raro. Y nadie hacía más que solo llegar a burlarse un poco del pobre caballero que había sido descubierto admirando el retrato de su persona amada.
Entonces no habría nada de raro que él, como jefe de los caballeros, llevara una, ¿no? Pues era el que más se veía obligado a salir en patrullas y misiones, por mucho que fuera el príncipe heredero y tuviera muchísimas responsabilidades en el castillo. Aparte, eso definitivamente solucionaría muchos de sus problemas. Y sinceramente era ridículo y vergonzoso que no se le hubiera ocurrido antes. Por Dios.
Así pasaron los días en los cuales fue perfeccionando su idea y finalmente concluyó en un magnífico plan, el cual consistía en pagarle a un pintor para que retratara el rostro de su amado Merlín durante su entrenamiento de la tarde con los caballeros. Entonces nadie sospecharía, ni siquiera Merlín, porque bien podría decir que quería ser retratado en batalla para futuras generaciones, aunque Merlín diría que solo era para alimentar su ego mientras deja ver un destello de picardía y burla en sus ojos... por Dios, cuánto ama esa mirada. Entonces, mientras la gente pensaba que el pintor retrataba a Arthur, este estaría retratando a Merlín. Y luego, en algunos días, le entregaría a Arthur la pintura de él en el campo, para que nadie pudiera pensar en lo que verdaderamente mandó a pintar. Un plan perfecto. Pues Merlín siempre estaba puliendo espadas, limpiando armas y lustrando botas durante ese tiempo, justo al aire libre, donde si Arthur quisiera podría verlo sacar la lengua de la concentración mientras fruncía un poco las cejas y sus mejillas y orejas se sonrojaban por estar expuesto al sol por tanto tiempo. Otra expresión que amaba ver en Merlín.
Entonces, aquí estoy peleando con el viejo Sir Karl, mientras un pintor cualquiera tenía el privilegio de poder ver fijamente a Merlín sin que nadie lo cuestionara, ya que le había pagado un poco más para que, si lo atrapaban pintando a Merlín, este mintiera diciendo algo como que no pudo evitar pintar al bello joven. Cosa que nadie cuestionaría, pues él no era tan tonto como para no ver cómo los caballeros más jóvenes desviaban sus ojos a Merlín y se trataban de lucir, como si Merlín fuera una damisela. Cosa que odiaba, pero eso es otro tema aparte. Aparte tenía el cuadro grande para tapar lo que hacía. Entonces estaba completamente seguro de las miradas curiosas e invasivas que le llegaban a lanzar. Sí, definitivamente un plan perfecto. No podía esperar a ver el resultado final y ya no tener que preocuparse porque lo descubrieran viendo a su sirviente, y por fin poder darse el lujo de apreciar a Merlín sin que nadie sospechara. Y dejar de recurrir a sus recuerdos del joven en las noches solitarias de su habitación, pues tendría a su disposición el retrato de Merlín.
Y así pasó el tiempo. Y el pintor, por fin, le entregó el retrato de Merlín.
Oh dioses. De verdad era perfecto. Este había logrado recrear la belleza enigmática de Merlín. Desde su bella sonrisa hasta esos profundos ojos azules. Y aunque no había podido retratar ese singular brillo dorado que estos poseían, sabía que eso ya era pedir mucho. Fuera de eso, todo lo demás era perfecto.
Y así fue como empezó su pequeña rutina nocturna. Después de que Merlín le diera las buenas noches y apagara la última vela de la habitación, él se esperaba varios minutos. A que el castillo se quedara en silencio. Entonces se levantaba. Encendía una sola vela. Verificaba que la puerta estuviera cerrada con seguro. Y finalmente sacaba el retrato de su pequeño escondite, del cajón.
Se dedicaba a observarlo fijamente. Viendo cada línea, peca o lunar que por suerte el pintor había logrado capturar. Se daba el lujo de imaginar una vida donde podía admirar libremente a Merlín. Decir su nombre en voz alta. Profesarle su amor sin miedo a que éste terminara alejándolo de su lado inevitablemente.
Y luego estaban otras noches... noches en las cuales dejaba fluir su imaginación. Imaginación que terminaba en imágenes del rostro de Merlín en situaciones inapropiadas. En la privacidad y seguridad de su cama. Donde podía visualizar ese sonrojo adorable de las mejillas y orejas de Merlín, causado por otra cosa en vez de la luz del sol.
Pero eso no es algo que Arthur fuera a confesar nunca a nadie. No quería pasar por la vergüenza de que lo vieran como un degenerado. Y mucho menos que Merlín lo viera con decepción o asco. Así que esos eran pensamientos que solo se podía dar el lujo de tener durante las noches solitarias y acaloradas de su habitación.
Entonces finalmente llegó el día. Surgió una misión que él consideraba demasiado peligrosa como para llevar a Merlín consigo. Y se peleó con él. Merlín nunca tenía reparos en cuestionarlo. Le preguntó y reclamó varias veces el porqué de su repentina decisión de abandonarlo en el castillo.
Aunque le dio argumento tras argumento de por qué debería ir, no cedió. Ni siquiera por la absoluta mirada de decepción y tristeza que Merlín le dedicó. Arthur no cedió. Pues no iba a volver a poner a Merlín en un peligro innecesario solo porque él no podía controlar su dependencia hacia éste.
Pero para eso era el retrato, ¿no? Para no extrañar a Merlín. Para no levantar sospechas... para no darle una de sus debilidades a sus enemigos.
Así que mientras Merlín preparaba su mochila, él fue y guardó con la mayor delicadeza el retrato en un bolsillo interior que mandó hacer en su túnica. Y finalmente partió a su misión. Vio el rostro lleno de preocupación de Merlín mientras se alejaba más y más de Camelot. Suspiró y dirigió su mirada al frente. Sabía que Merlín estaría más seguro en el castillo. Y continuó su viaje sin volver a dirigir su mirada hacia atrás.
Durante el viaje, lo único que anhelaba era sacar el retrato de Merlín y observarlo. Hasta borrar de su mente la mirada de preocupación que el joven le dedicó antes de partir. Pero lamentablemente no podía, porque si no su plan se iría al carajo. Así que se mantuvo firme. Y esperó... esperó a que llegara la seguridad de la noche.
Se ofreció para hacer la primera guardia. Y ahí, por fin, tuvo la valentía de sacar el retrato de su bolsillo. Siendo alumbrado solo por la tenue luz de la fogata, se dedicó a observar y soñar despierto.
Y así transcurrió el viaje. Donde en el día luchaba y pretendía ser el príncipe perfecto. Para finalmente, en la seguridad de la noche, anhelar a Merlín. Y solo eso. Pues por muy reconfortante que fuera la luz de la luna y el bosque a su alrededor, esto no le podía ofrecer la privacidad de su habitación. Ojalá este viaje acabara pronto.
Dicho y hecho, la misión acabó de manera exitosa. Y no podía esperar a poder ver a Merlín de nuevo. A oírlo gritarle por abandonarlo y ser un bruto sin sentido de supervivencia, como a él le gustaba recalcarle siempre que podía.
Pronto llegó a Camelot. Y lo primero que hizo después de avisarle a su padre del éxito de la misión fue ir a buscar a Merlín.
Cuando lo encontró este lo regañó e ignoró durante 3 días, los cuales, para ser sincero, fueron una tortura. Pues éste solo hacía sus deberes como el sirviente perfecto, y se dirigía a él con "señor" o "majestad". Cosa completamente escalofriante.
Pero al final Merlín lo perdonó. Y le volvió a dedicar su inigualable sonrisa para seguir con su rutina normal. Soltó un simple suspiro mientras lo vestía con esas manos tan elegantes y largas. "Para la próxima vez me llevas o voy a ir aunque no quieras", dijo. Y yo simplemente asentí.
Aunque sabía que no decía la verdad. Pues en estos tres días me di cuenta de algo: prefería que Merlín no me hablara durante tres días, pero poder seguir teniéndolo a mi lado... a no tenerlo.
Así que si me lo llevaba solo a las misiones y patrullas que yo consideraba seguras, él no tendría por qué saberlo, ¿verdad?
Esta situación se repitió varias veces. Merlín amenazaba con no hablarme o ignorarme por completo por no llevarlo a una misión. Pero no importaba. Porque con el tiempo dejó de preguntar y regañarme. Solo se limitaba a dedicarme miradas de decepción y preocupación. Pero ya no recurría a no hablarme o ignorarme.
Y así empezó mi nueva rutina. Y no podía estar más feliz con ésta. Pues cuando no tenía a Merlín a mi lado, tenía su retrato cerca de mí. Y aunque de vez en cuando todavía se le podía ver desviar sus ojos en la dirección de su sirviente, él sabía que nadie le diría nada y que nadie realmente sospechaba del por qué realmente lo hacía. Y así ese pequeño trozo de pergamino se convirtió en el tesoro más preciado de Arthur, pues le daba la seguridad de poder desear y anhelar sin ser juzgado, castigado o cuestionado.

Notes:

Es mi primer fanfic así que disculpen las faltas de ortografía, les juro que me esforzarse por qué fuera gramaticalmente entendible tengo dislexia y estoy medio tonta entonces de verdad agradecería que me corrigieran jajaja, también no me tomen muy enserio está solo fue una alucinada mia que tuve en medio de la noche.
Espero que les haya gustado