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A 11 años de ti

Summary:

Un primer encuentro entre rivales predestinados, once años antes de los eventos que ocurren en "A 11 metros de ti", donde Unai Simón descubre cosas de sí mismo que desconocía.

Notes:

Traigo un one-shot más cortito mientras estoy currando en otros donde vemos la perspectiva de Unai Simón y como se puto-pilló cuando era adolescente. Inspirada en una imagen muy concreta que he visto rulando últimamente por twitter:
Imagen

Work Text:

Unai Simón estaba nervioso.

Aquel iba a ser el primer derbi que jugaría contra la Real Sociedad desde su fichaje para el Athletic. Aunque se trataba de los equipos cadetes, la enemistad se transmitía desde las altas esferas hasta las más tiernas infancias que lucharían por ganar tres puntos en la liga vasca.

—Ya ha salido la alineación de los de la Real —dijo Asier Villalibre, delantero de su equipo, sentado a su lado—. ¿Alguno del que tengamos que preocuparnos especialmente?

Unai tenía varios cuadernos donde guardaba todas las notas de su análisis sobre jugadores de otros equipos de la región. Los fines de semana en los que no tenía partido se dedicaba a viajar en autobús por Euskadi para ver qué se cocía fuera de Lezama. Al principio, alguno de sus compañeros lo miró raro por ello; pero pronto se dieron cuenta de la utilidad de aquella información y empezaron a acercarse a preguntar.

—Mikel Oyarzabal —respondió el portero mientras se peinaba la melena estilo casco que llevaba, sin necesidad de sacar ninguna de sus libretas.  

El joven de Eibar era bastante más bajo que él, de cabello corto y lacio, mirada triste y nariz prominente. De entrada, no transmitía carisma o magnetismo. De hecho, por lo que le contó un compañero que había coincidido con él en la cantera del Eibar, era más bien tímido. Sin embargo, todo cambiaba en el campo. Se volvía una bestia hambrienta de goles, presionaba de una forma que resultaba asfixiante, y nadie le había visto todavía fallar un penalti.

Aquella era la primera vez que se enfrentarían directamente. Unai estaba cerca de empezar a morderse las uñas.

—Está bien, le marcarán dos —concluyó Asier, y le dio una palmada seca en la espalda.

El partido no tardó en comenzar. Asier y Oyarzabal, con los dorsales once y cuatro respectivamente, se encontraron en el centro del campo para el lanzamiento de moneda. Unai comprobó que el eibarrés había crecido desde la última vez que lo vio, seguramente llegando al metro ochenta, lo cual podía dificultar aún más el marcaje. Su cabello también era más largo, y caía cerca de sus ojos y alrededor su rostro casi al azar. Le quedaba bastante bien.

Unai paró en seco y se rascó el mentón imberbe, confuso. Su análisis de jugadores se centraba en su estilo de juego, no en su estética. ¿Qué más daba el pelo de su rival?

El guardameta se situó bajo su portería y esperó a que el árbitro pitara el principio del partido para meterse de lleno en el juego. Sin embargo, era incapaz de centrar toda su atención en los pases, en el ataque o en la presión de nueve de los once txuri-urdin. Porque sus ojos, sin saber muy bien por qué, sólo buscaban al dorsal número cuatro.

Esto fue relativamente favorable cuando quien atacaba era Mikel, ya que entre su análisis de juego y las tendencias que veía en su movimiento por el campo, fue capaz de parar cada uno de sus tiros. Su rival estaba cada vez más mosqueado, con un brillo en los ojos que poco tenía que envidiar a un depredador. Él, por su parte, no podía hacer otra cosa que sonreír. Era eso o que, bajo esos iris entre verdes y marrones, le fallaran las rodillas.

No entendía nada. Cada vez que se cruzaban sus miradas, se le aceleraba el pulso y el estómago le daba un vuelco. Si no fuera porque aquella reacción sólo se la provocaba el capitán del equipo rival, pensaría que había pillado algún virus estomacal.

Para su desgracia, esa atención dividida hacia el de Eibar hizo que no viera venir un par de tiros de los blanquiazules, y que aquel enfrentamiento acabara con una derrota 1-2 contra la Real Sociedad.

Asier se acercó a darle la mano, pero fruncía el ceño y apretaba la boca.

—No has estado en tu mejor momento.

—No sé qué me ha pasado.

—Estabas distraído. Sólo despertabas cuando llegaba Oyarzabal a tu área. Ahí sí que has parado unas cuantas peligrosas. —Echó un vistazo tras ellos, donde los de San Sebastián celebraban la victoria entre abrazos y risas—. Tenías razón. Ese tío va a llegar lejos. No me extrañaría que acabara en el primer equipo, o incluso en uno más grande.

—Ya, a mí tampoco.

En ese instante, de entre el grupo de jugadores rivales, y casi como si notara sus ojos clavados en su nuca, Mikel Oyarzabal le devolvió la mirada. Era seria, analítica, fría, aunque con un deje de curiosidad.

El de Eibar apenas recordaría aquel partido, pero para Unai quedaría grabado a fuego en su memoria.

**

El alavés pasó los años admirando desde lejos a Oyarzabal, yendo a ver algunos partidos de la Real Sociedad sólo por contemplarle jugar y achantándose cuando se enfrentaba a él en los derbis, incapaz de entablar más de una palabra seguida con él, convenciéndose a sí mismo de que aquello era simple admiración. Su novia por aquel entonces le echó en cara que prefiriese ir a ver un partido Real Sociedad – Barakaldo a acompañarla al cumpleaños de una de sus amigas.

—Si tanto te gusta ese tío, deberías tirártelo a él —le había dicho con rabia antes de dejarle.

Aquel argumento no tenía mucho sentido, se dijo mientras bebía para olvidar el dolor de la ruptura. Unai no era gay. Él era un chico alto y fuerte, sin pluma, que jugaba al fútbol y aspiraba a llegar a primera división. Era normal tener ídolos en ese campo. Y, si uno de ellos tenía su edad y a veces se dormía pensando en las últimas fotos que éste había subido a Instagram, tampoco significaba nada.

Su primera convocatoria con la selección española sub-21 llegó como agua de mayo. Henchido de orgullo, llevó las noticias a casa con una sonrisa y apenas pensó en lo que significaba aquella llamada y a quién podía encontrarse en Las Rozas.

No fue hasta que llegó al hotel a hacer el check-in, lanzándole a la recepcionista una de sus sonrisas ensayadas para desarmar a cualquiera, que descubrió que compartiría tanto selección como cuarto con Mikel Oyarzabal.

Por mucho que intentara tranquilizarse, estaba al borde de un ataque de nervios. Apenas pudo mirarlo durante la cena, y prefirió estar con un par de compañeros más del Athletic para evitar la interacción directa. Pero en la habitación no sería capaz de ignorarle.

—¿Te importa si me quedo la cama más lejos de la ventana? —dijo una vez llegaron al cuarto, y le dedicó una sonrisa algo temblorosa en un intento de opacar sus nervios—. Es entrar un mínimo resquicio de luz de la calle y no puedo dormir.

El de Eibar entornó sus preciosos ojos verdes y apretó los labios hasta convertirlos en una línea.

—Lo que quieras —dijo con sequedad, y ocupó el otro colchón—. A mí me es igual.

Mikel empezó a buscar su pijama en la maleta, y Unai se percató entonces de que su compañero de cuarto iba a empezar a desnudarse. No tenía muy claro por qué, pero la idea lo aterrorizaba y emocionaba de igual manera. Así que se dio la vuelta para quitarse su propia ropa, incapaz de mirarle.

—¡Gracias! Es que voy a necesitar un sueño reparador si quiero salir a correr antes del desayuno.

—Sabes que el desayuno es a las siete, ¿verdad?

—Ah, sí —respondió Unai, ya en calzoncillos. Apagó la luz de arriba y únicamente dejó la de la mesilla de noche encendida—. Intentaré que no te moleste mucho mi despertador.

Durante unos minutos, ninguno de los dos dijo nada. Unai sentía que había hecho el ridículo. Que seguramente molestaría al delantero. Que iba a pedir un cambio de habitación inminentemente.

—¿Te importa que te acompañe? A salir a correr, digo.

Unai se giró, increíblemente confuso. La silueta de Mikel se adivinaba bajo la poca luz que emitía la lamparita entre las camas, y le daba al joven un aire casi angelical. No ayudaba que, por primera vez desde que lo había visto, estuviera sonriéndole.

Si no hubiera estado ya tumbado, aquella imagen lo habría derribado de un golpe.

—¿Eh? ¡Ah, claro! ¡Estás invitadísimo!

Entrenar junto a Mikel Oyarzabal fue a la vez la mejor y la peor experiencia de su vida. El jugador de la Real, tras su carrera matutina el primer día, parecía haberlo aceptado como un amigo. Le buscaba en las actividades y estiramientos por parejas, en la mesa en el desayuno e incluso durante el descanso en la sala común. Le trataba como seguramente trataba a los futbolistas de la Real Sociedad B, o incluso a los del equipo principal las dos veces que había sido convocado con ellos.

Y era en estas interacciones, en la cercanía con el joven y en verlo comportarse como una persona normal en lugar de como un futbolista ávido de gol, que Unai Simón no pudo engañarse más a sí mismo.

Buscaba sus ojos cada vez que hacía una buena parada durante un entreno o en uno de los partidos de la clasificación para la Eurocopa sub-21. Intentaba hacerlo reír con tonterías, y se hinchaba como un pavo cuando lo conseguía. Cuando lo veía comer frente a él, a veces se encontraba a sí mismo distraído con sus labios o con cómo se movía su nuez al tragar. Durante un día de entreno especialmente cálido, Unai estuvo a punto de tropezar con sus propios pies cuando el de Eibar decidió limpiar el sudor de su frente con la parte baja de su camiseta y mostrarle al mundo su abdomen definido y la pelusilla que descendía hasta perderse en el elástico de sus calzoncillos.  

El futuro guardameta del Athletic regresó a Bilbao con una nueva percepción de sí mismo y el corazón palpitante y roto en su pecho. Porque era imposible que aquello que sentía llegara a buen puerto, no cuando ambos eran hombres, jugaban en equipos rivales y Mikel había mencionado en varias ocasiones a la novia que le esperaba en Eibar.

Con los años, lo que sentía por Mikel fue doliendo menos, aunque no por ello fue menos intenso. De una pasión frustrante adolescente, de lágrimas y gritos en la soledad de su cuarto, se tornó una calidez continua, suave, perenne. Ya casi no reaccionaba cuando lo veía en los derbis y en sus encuentros en la selección. Tomaba sus sentimientos por él como un hecho más de su existencia, los normalizaba, y abrazaba todo lo que el otro quisiera darle. Si era su amistad y su respeto, sería suficiente para él.

O eso se decía, hasta que llegó aquel abrazo en la Eurocopa que lo cambió todo.

**

Mikel Oyarzabal estaba nervioso.

A priori, aquella situación no era una gran novedad. No era la primera vez que iba a presentarle una pareja a sus padres. Además, ambos solían ser bastante simpáticos con las nuevas personas en su vida. Nunca habían dicho una mala palabra de ninguna de sus ex, incluso aquellas con las que no terminaron de cuadrar.

Sin embargo, en esta ocasión, había algo distinto. Su pareja no se trataba de una chica de ojos dulces y voz queda, sino de un hombre de aspecto rudo, más alto que él, y que no sólo no apoyaba a la Real Sociedad, sino que se dedicaba a antagonizarla activamente.

Tras el primer apretón de manos, en un instante de soledad entre Mikel y su progenitor, éste se acercó a su oído y le susurró.

—Ya que te ibas a liar con un hombre, podría haber sido uno de tus compañeros, no el enemigo.

Aita

—Mi hijo, con uno del Athletic… —gruñó el hombre, sus ojos oscuros muy cerrados, para seguidamente dedicarle una sonrisa burlona a su hijo—. Es broma, txiki. Si a ti te hace feliz, yo soy feliz.

La tensión que existía en los hombros de Mikel se desintegró de golpe. Aunque a ambos, como buenos vascos profundos, les costaba demostrarse cariño físico, el más joven no puedo evitar darle un rápido abrazo a su padre antes de apartarse medio sonrojado y seguir a su madre y a su novio a la cocina.

La mujer, de largo pelo rubio y una sonrisa idéntica a la de su hijo, le enseñaba al portero el estofado que había preparado para ese día: unas alubias de Tolosa cocinadas a fuego lento y con todos los tropezones posibles. Un plato típico de aquella zona de Euskadi, que cuando Mikel le había hablado de él a Unai, había reconocido que nunca lo había probado.

“Eso lo soluciono yo fácil con una sugerencia a la ama”, le había escrito por mensaje unos días antes.

—Espero que te guste la morcilla, Unai. Y el buen comer —decía su madre entre risas, mientras tomaba a su yerno del brazo.

—Por supuesto, yo no le hago ascos a nada —respondió el alavés, que le dedicaba una de sus habituales sonrisas.

Aunque intentara transmitir seguridad, la espalda encorvada, los brazos cruzados y las arrugas acentuadas en el borde de sus ojos gritaban incomodidad. Mikel no pudo reprimir el cariño que inundó su pecho. Unai estaba igual o más atacado que él, lo cual, viniendo del jugador de comportamiento habitualmente coqueto y un poco gallito, le pareció muy tierno.

—¿Y tus padres de dónde son? ¿Los dos son vascos? ¿Dónde naciste?

—Bueno, mi padre es de Zamora, pero mi madre es de Vitoria. Se conocieron por trabajo y yo nací en un pueblo de Álava, Murgía…

—¿Me ayudas a poner la mesa, Unai? —dijo el jugador de la Real, a lo que el aludido se giró y le dedicó una mirada de agradecimiento por salvarle del interrogatorio.

No era la primera vez que su madre cosía a preguntas a sus parejas, sin darse cuenta de lo violento que podía resultar aquel tercer grado.

Ya en el salón-comedor, Unai y Mikel colocaron el mantel sobre la gran mesa de madera, algo separada de la zona de descanso donde reposaban un largo sofá con chaise longue y un imponente televisor de plasma. Dispusieron los cubiertos, las servilletas, los vasos y los platos, y Mikel fue hacia la cocina a por la jarra de agua helada que esperaba en la nevera. Al regresar a la estancia más grande de la casa, se encontró con el portero de espaldas a él, contemplativo, en dirección a uno de los muebles que albergaba múltiples fotografías de su infancia y adolescencia.

Muerto de vergüenza, se acercó a su novio desde un lateral y lo miró de reojo. Había algo extraño en su mirada, un brillo de reconocimiento observando una de las instantáneas que tanto adoraba su madre. Se trataba de una imagen de su primer derbi vasco en la categoría de cadete, en su primer año con la Real Sociedad tras su paso por la cantera del Eibar. En ella, un jovencísimo delantero de apenas 15 años se preparaba para tirar a portería, y en la distancia un portero de pelo largo peinado “a lo casco”, tal y como solían hacer los guaperas de esa época, esperaba para recibir.

—¿Riéndote de mis pintas de adolescente? —inquirió el mayor con aire divertido—. Esto fue de uno de mis primeros partidos de titular contra vosotros. Fue un poco frustrante. Tiré como diez veces a puerta y no pude marcar. Me pregunto cómo le habrá ido a vuestro portero. No era malo.

Unai, en contra de lo esperable, no le dedicó una de sus habituales sonrisas ni un comentario burlón de vuelta, sino que tomó entre sus manos aquella escena parada en el tiempo y señaló al guardameta del Athletic.

—Era yo.

—¿Eh?

—El portero era yo. Nos enfrentamos aquel día.

Mikel Oyarzabal no se creía lo que oía. Observó con detenimiento el lejano rostro de aquel chiquillo, que tendría la misma edad que él por aquel entonces. Su altura, sus facciones, su cabello castaño oscuro contra el azul de su equipación. Y, aunque de entrada nunca había hecho la asociación, en ese momento vio el parecido.

—Joder, sí que eres tú.

—¿No lo sabías?

—Supongo que lo supe en ese momento, pero me había olvidado. —Devolvió la instantánea a su hueco en el mueble, en un intento de rehuir la mirada inquisitiva de su pareja—. Lo siento.

—No pidas perdón por eso —respondió Unai con una de sus medias sonrisas, y extendió la mano para acaríciale los cabellos—. Ha pasado mucho tiempo, y mientras tú eras la estrella, yo era el portero suplente.

—Aun así, me sabe mal. Tú sí que te acuerdas, y yo…

Unai aprovechó el contacto sobre su pelo, bajó la mano a su nuca y lo atrajo para callarlo con un beso. Fue un roce casto, sin lengua, más para enmudecerlo que otra cosa.

—No te preocupes, de verdad. —Unai posó el pulgar en el labio inferior de Mikel—. El pasado es el pasado, y lo feliz que me haces ahora es suficiente compensación por ello.

—Aunque sí recuerdo que me frustré mucho en este partido —dijo el eibarrés con un puchero, y le pellizcó las mejillas—. Me las parabas todas, pero luego el resto de mis compañeros te las colaban.

El guardameta del Athletic rehuyó su mirada, de pronto con las mejillas encendidas y una sonrisa nerviosa.

—Es que llevaba un tiempo siguiendo cómo jugabas. Casi podía adivinar dónde ibas a tirar.  

Esta vez, fue Mikel quien se sonrojó ante la revelación. Saberse observado por él desde hacía tanto, lo suficiente como para que hubiera estudiado su juego, hizo que se le revolviera el estómago como si alguien hubiera liberado allí una bolsa de mariposas.

—Anda, niños, dejad de daros arrumacos y ayudadme a servir esto —escuchó decir a su madre a su espalda.

El mayor de los vascos se apartó de golpe, como si el contacto con su novio quemara, y carraspeó mientras se acercaba a seguir las indicaciones de su madre.

Mientras repartía el guiso en los distintos platos y escuchaba a sus padres y a Unai comentar lo de la erupción volcánica en la isla de La Palma, apenas podía escucharlos. Su mirada se iba una y otra vez al chico sentado frente a él, ajeno a la atención que le dedicaba su novio. Dos palabras ardían en su lengua, dos palabras que aún no se había atrevido a decir.

Y que tardaría en verbalizar, pero qué significaba esperar un poco más cuando su historia había empezado, aunque uno de ellos no fuera consciente en aquel entonces, 11 años atrás.

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