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Nueve meses sin ti

Summary:

"Los momentos decisivos en una temporada ocurrían habitualmente en el campo, en un gol en el descuento o en una parada casi imposible antes del pitido final. Martín Zubimendi no esperaba vivir uno de ellos en mitad de un entrenamiento, pero así ocurrió el 17 de marzo de 2022.

El joven se dedicaba a practicar pases tácticos con Mikel Merino y David Silva, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Álex Remiro, su portero, recibía varios remates desde el punto de penalti de parte de Alexander Isak. La defensa se enfrentaba a los delanteros en un partidillo improvisado. Todo parecía normal, esperable, con la Real viniendo de dos goleadas casi seguidas del Athletic y del Real Madrid. Apenas hablaban, todos muy concentrados en sus tareas.

Un grito de dolor quebró el silencio.

Todos los jugadores pararon en seco y se giraron, en busca del origen de aquel alarido casi inhumano. En el centro del campo, tirado en el suelo y aferrándose a su rodilla izquierda como si le fuera la vida en ello, se encontraba su capitán, la estrella de su club y uno de sus mejores amigos en Zubieta: Mikel Oyarzabal."

Notes:

No sé prometo que estoy preparando un AU distinto pero tengo varias cosas escritas de este universo y mientras haya gente que le molen mis chorradas pos tendré que compartirlas.

Work Text:

8 meses y 6 días para el debut de España en el Mundial de Qatar

Los momentos decisivos en una temporada ocurrían habitualmente en el campo, en un gol en el descuento o en una parada casi imposible antes del pitido final. Martín Zubimendi no esperaba vivir uno de ellos en mitad de un entrenamiento, pero así ocurrió el 17 de marzo de 2022.

El joven se dedicaba a practicar pases tácticos con Mikel Merino y David Silva, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Álex Remiro, su portero, recibía varios remates desde el punto de penalti de parte de Alexander Isak. La defensa se enfrentaba a los delanteros en un partidillo improvisado. Todo parecía normal, esperable, con la Real viniendo de dos goleadas casi seguidas del Athletic y del Real Madrid. Apenas hablaban, todos muy concentrados en sus tareas.

Un grito de dolor quebró el silencio.

Todos los jugadores pararon en seco y se giraron, en busca del origen de aquel alarido casi inhumano. En el centro del campo, tirado en el suelo y aferrándose a su rodilla izquierda como si le fuera la vida en ello, se encontraba su capitán, la estrella de su club y uno de sus mejores amigos en Zubieta: Mikel Oyarzabal.

Entre todos le rodearon, le ayudaron a sentarse y le llevaron algo de hielo mientras esperaban a la ambulancia, pero era evidente que algo grave había sucedido. La articulación del de Eibar se iba poniendo roja y aumentando de volumen por minutos. El joven capitán intentaba mantener la calma, pero su mandíbula apretada y su ceño más fruncido de lo habitual lo delataban. Zubimendi lo vio irse de allí en camilla, y le dedicó un amago de sonrisa al despedirse, en un intento de tranquilizarle.

El resto del entrenamiento continuó sin interrupciones, pero Martín no dejaba de darle vueltas al gesto de sufrimiento de su amigo. Aquello no era como la rotura muscular que le evitó jugar uno de los derbis vascos de la Liga. No, aquello no tenía buena pinta.

Un mensaje impersonal en el grupo de Whatsapp de los jugadores y el entrenador fue la primera noticia que recibió. “Se me ha roto el cruzado. Me dan de siete a nueve meses de baja, y eso si me opero. Si no, puede ser aún peor”. De siete a nueve meses de baja, cuando el mundial de Qatar era en ocho, y Oyarzabal se encontraba en el punto álgido de su carrera.

Martín Zubimendi le escribió por privado para ofrecerle ánimos y su ayuda. Mikel Oyarzabal, de habitual parco en palabras, respondió con un “Ok” tan seco que el joven donostiarra hubiera preferido que le dejara en leído.

**

8 meses para el debut de España en el Mundial de Qatar

La cirugía no se hizo esperar. En apenas una semana, el de Eibar ya había entrado a quirófano. Le reconstruyeron el ligamento cruzado anterior con un injerto de semitendinoso y recto interno y confirmaron, tal y como se dijo en la resonancia, que el menisco y los colaterales estaban intactos. Al menos, una buena noticia.

Al día siguiente de la operación, tras el entreno, Merino y Zubimendi se acercaron al hospital a visitarle. Suponían que estaría lleno de familiares y amigos, pero querían verle la cara y borrar de su memoria el último recuerdo que tenían de su capitán. Sin embargo, únicamente había una persona con él en la habitación, ocupando el sofá junto a la cama, y que el donostiarra no había esperado ver allí ni harto de vino.

Unai Simón escuchaba con atención y una media sonrisa a Mikel Oyarzabal, que parecía estar explicándole lo que le había dicho el traumatólogo.

Zubimendi no terminaba de congeniar del todo con el portero. Demasiado grande, sonriente, como si no le importara nada. Nunca entendería la relación que compartía con Oyarzabal, no cuando el de Eibar también solía rehuir de los extrovertidos como Unai. No obstante, Martín estaba sorprendido para bien: el jugador del Athletic había conducido 100 kilómetros para algo que podría haber resuelto con una llamada.

—…va a ser complicado, y voy a necesitar mucha rehabilitación y fortalecimiento de la musculatura, pero hay que confiar. Para una vez que el mundial pilla en noviembre y no en verano…

 —Tú tampoco te fuerces por llegar. Intenta priorizarte —dijo Unai, que hizo el amago de extender su brazo hacia él, pero paró en seco al darse cuenta de que los otros dos jugadores esperaban en la puerta—. ¡Hombre, mira quiénes han venido a verte!

Mikel se giró hacia ellos y les dedicó una sonrisa triste. El pobre estaba hecho un cristo, con un batín de hospital que le quedaba dos tallas grande, un vendaje compresivo en la pierna izquierda desde el muslo hasta el tobillo, ojeras más marcadas de lo normal y un tono de piel cetrino. 

—Chicos, no hacía falta que vinierais. Todo ha salido bien.

—Ya, pero somos tus amigos —respondió Mikel Merino, hinchando el pecho como un pavo—. Claro que íbamos a venir.

—Te hemos traído unos bombones —añadió Martín, que sacó de la bolsa de supermercado una caja de color rojo.

Al convaleciente le empezaron a brillar los ojos al verla, y no tardó en abrirla para degustar el regalo.

—Mis favoritos, sobre todo los de naranja. Me encantan los cítricos. —Extendió la bandeja en dirección a sus compañeros de equipo—. ¿Queréis?

—Qué va, son para ti.

—Y, como son míos, yo os los ofrezco. —Merino y Zubimendi negaron con la cabeza. Oyarzabal se encogió de hombros—. Unai, ¿tú quieres?

—Si me das el de chocolatito con leche… —dijo Unai. Al recibir el dulce en sus manos, sonrió de una forma muy diferente a la que estaba acostumbrado Zubimendi: las arrugas de sus ojos eran más pronunciadas, y había un aire extrañamente tímido en él.

—Entonces, ¿qué te ha dicho el médico? —inquirió Merino.

El navarro se acercó a la cama, se sentó en un lado del colchón y entornó los ojos para estudiar la pierna de su capitán.

—Me ha dado esperanzas de llegar a Qatar. Evidentemente esta liga, copa y Europa League me las pierdo, pero… espero recuperarme por completo para noviembre.

—¡Así me gusta! —dijo Unai, que después de engullir su bombón, se puso de pie y se echó sobre los hombros la sudadera de su equipo, con el logo del Athletic bordado en su pecho—. En fin, será mejor que me vaya —añadió, con una mano sobre el hombro de su rival y compañero de selección—, tendrás cosas secretas que hablar con tus hijos futbolísticos.

Ante sus palabras, la vergüenza inundó el gesto de Oyarzabal, que no respondió.

—¡Soy mayor que él, Unai! —se quejó Merino.

—Y aun así él es tu capitán —dijo Unai desde el umbral de la puerta, con su habitual sonrisa socarrona.

—¡Verás cuando nos veamos en el próximo derbi! —añadió el centrocampista.  

—¿Te recuerdo cómo quedó el último?

Unai guiñó un ojo y se fue, dejando a Merino con la respuesta en los labios. Era cierto que la última vez que pisaron San Mamés (de hecho, no hacía mucho) les habían goleado 4 a 0. Oyarzabal había salido de allí tan enfadado que no quiso unirse a los demás del equipo de vuelta a Donostia porque “tenía que aclarar unas cosas con alguien”. Martín aún se preguntaba si había ido a matar a alguno del equipo rival y a esconder el cuerpo, pero nadie había desaparecido los días posteriores, así que tuvo que darle un voto de confianza.

—No sé cómo podéis ser colegas —se le escapó a Zubi, que vio cómo la atención de ambos Mikel recaía sobre él.

—Ya, yo tampoco lo entiendo —dijo Merino con una media sonrisa.

—Aunque sea un león, tiene sus cosas buenas —respondió con un tono melancólico que descuadró un poco a Martín—. Anda, contadme qué tal ha ido la semana, que me estoy subiendo por las paredes sin poder ir a entrenar.

**

4 meses y 7 días para el debut de España en el Mundial de Qatar

La Real Sociedad sin Oyarzabal supo reponerse. Aunque cayó en octavos de final en la Copa de España y en fase de grupos de la Europa League, se mantuvo en la parte alta de la tabla durante todo el torneo liguero español, alcanzó un nada desdeñable sexto puesto y volvió a clasificarse para la Europa League del año siguiente.

Martín Zubimendi, pese a su corta edad, fue un importante pivote en la parte media del campo, convirtiéndose junto a David Silva y Mikel Merino en el tridente creador de juego para la Real. Estaba contento de haberse vuelto un firme titular y jugar tanto con un gran amigo como con un campeón del mundo, pero echaba de menos mirar a la línea de ataque y encontrar a su capitán.

Tanto él como Mikel Merino iban a visitarle al menos una vez cada quincena. Algunos días, el eibarrés se encontraba animado, y disfrutaba de las anécdotas que le contaban de los partidos y los entrenos. Se rio especialmente con la historia sobre cómo Zubimendi llamó papá al entrenador una mañana en la que no había podido tomarse su habitual café doble.

Otros días, sin embargo, la oscuridad inundaba su semblante, y prácticamente se volvía mutista. Su mirada se perdía en el jardín de su casa, en los brincos que pegaba Xabi entre los matorrales, cada vez más altos y descuidados. Apenas prestaba atención a lo que le decían sus amigos.

Esa mañana de sábado era uno de esos días. No, era mucho peor. Las habituales ojeras marcadas del de Eibar eran dos cuencas profundas que alcanzaban sus mejillas. Sus ojos estaban rojos e hinchados, como si acabase de llorar. Quizá lo había hecho. Se hacía una bola sobre sí mismo en la silla plegable, aunque con la pierna izquierda parcialmente estirada para mantener la rodilla en una posición no dolorosa. Con una mano, jugueteaba con una de sus muletas, apoyada a su lado.

Zubimendi, además, había tenido que ir solo, ya que Merino tenía la fiesta de cumpleaños de su madre. Solía disfrutar de pasar tiempo compartido a solas con Oyarzabal, al que consideraba algo así como un hermano mayor, pero precisamente por eso no sabía cómo ayudarle. Nunca había tenido que consolarle por nada. Él era el pilar recio y fuerte de su equipo.

¿Qué hacías cuando era el pilar quien necesitaba apoyo?

—¿Quieres hablar? —comenzó Martín.

—No hay mucho que decir —respondió Oyarzabal—. El fisio no está contento con cómo estoy avanzando. Cada vez ve más difícil que llegue al Mundial.

—Aún falta mucho, en realidad… —comenzó el donostiarra, que fue cortado por su capitán.

—No falta tanto —gruñó, y entornó los ojos hasta prácticamente cerrarlos—. Para que Luis Enrique me convoque, tengo que estar recuperado del todo, ya me lo ha dicho. Para eso, tengo que reanudar los entrenamientos en grupo en al menos dos meses. Y aquí sigo, atascado. Que si gimnasio, que si bici, que si piscina… Pero prohibido correr, y, sobre todo, prohibido chutar. A este paso, voy a olvidar de cómo se siente un balón en los pies.

—Sabías que iba a ser un proceso largo. Te lo dijeron desde el principio.

—No lo entendéis —explotó Mikel, con voz rota y ojos vidriosos, con las lágrimas al borde de sus cuencas, a punto de rebosar y manchar sus mejillas—. No sabéis lo duro que es… Ver a todos a tu alrededor avanzando en sus carreras, ganando títulos, peleando por la clasificación del Mundial… ¿Y si yo no me recupero del todo? ¿Y si me quedo a medias, como tantos otros en el camino? Mikel Oyarzabal, el delantero que nunca fue. Ganó un título con su Real y nunca más se supo, porque le falló la rodilla. Qué pena.

Martín no supo cómo reaccionar. Sentado frente a su capitán, que era un mar de lágrimas, extendió instintivamente la mano hacia él, pero sin saber muy bien qué hacer. ¿Lo abrazaba? ¿Lo zarandeaba? ¿Le daba una torta?

—Y encima, ese idiota… —empezó a balbucear—. No lo entiende. No entiende que me duela verlo. No entiende que me destroza la pena con la que me mira. Y ahora va y ni me llama, ni me dice nada… —Se llevó ambas manos al rostro y frotó sus ojos con fuerza—. Es que lo estrangularía.

—¿Eh?

Zubimendi estaba muy confuso. Algo le decía que ya no estaba hablando de fútbol, pero había una clara falta de información que no le permitía encajar todas las piezas.

—En fin, qué más da —gimoteó, con los ojos cada vez más rojos por la presión de sus puños—. Supongo que todo eso de ser novios se le quedó grande al llegar el primer problema…

—¿Novios?

Su pregunta golpeó al capitán de la Real como si le hubiera dado un puñetazo. Las lágrimas se cortaron de golpe, y unos ojos muy abiertos y asustados le devolvieron la mirada.

—Eh…

—¿Tienes novia, Mikel? ¿Desde cuándo? ¿Cómo es que no nos la has presentado?

—No quiero hablar de ello.

—¡Pero estabas hablando de ello!

—¡Porque estoy enfadado, ¿vale?! ¡Pero no quiero hablarlo, joder!

Zubimendi se encogió sobre sí mismo. Oyarzabal nunca le había gritado así ni mirado con esa rabia. Estaba totalmente ido, peor que tras la goleada del Athletic varios meses atrás. Peor de lo que le había visto nunca. Él, al que consideraba el hombre más sereno y paciente que conocía.

Mikel se dio cuenta al instante de lo que había hecho y reculó. Su gesto contraído y su mandíbula apretada se relajaron de súbito, y sus párpados volvieron a caer a medias sobre sus grandes ojos verdes.

—Lo siento, Zubi, no quería…

—Voy a por pañuelos adentro, ¿vale? Ahora vengo.

Martín no se atrevía a mirar a la cara a su amigo. Estaba un poco asustado de verlo así, y también por sus palabras, porque había parte de razón en ellas. Nada le aseguraba, ni la cirugía del mejor traumatólogo de Euskadi, que su recuperación fuera a ser óptima. ¿Qué haría entonces el diez de la Real? ¿Deprimirse y apagarse poco a poco como una flor marchita? ¿Buscar un trabajo de lo que había estudiado en la universidad? ¿Hacer algo de entrenamiento, o de organización del club? Nada de eso iba a llenarle, y mucho menos con su edad.

Una vez en la cocina, agarró el rollo de papel entero y se lo puso bajo el brazo. Una parte de él temía volver con él, así que decidió darle unos minutos de soledad para calmarse y se distrajo como pudo echando un vistazo a la decoración de aquel cuarto. Era un lugar sobrio, como Mikel, donde no había un mueble o electrodoméstico que sobrara, ni nada especialmente personal más allá de algunas fotos colgadas con imanes sobre la nevera. El corazón se le encogió en el pecho al ver la instantánea que inmortalizaba a los dos Mikel y al propio Martín celebrando la medalla de plata en Tokio. No hacía tanto de aquello, menos de un año, pero se sentía demasiado lejano.

Otra imagen más abajo llamó su atención.

Se trataba de una selfie estilo polaroid tomada a contraluz, donde aparecía un hombre sonriente, del que únicamente discernía sus dientes, la sombra de su rostro y su barba perfilada. Había algo en él que le resultaba familiar, pero no era capaz de identificarlo. En el marco inferior de la imagen, había algo escrito a rotulador con letra sorprendentemente pulcra.

“Pensando en ti desde Grecia – Unai”. Y un corazón al lado.

**

4 meses y 6 días para el debut de España en el Mundial de Qatar

Después de recibir una retahíla de disculpas de Oyarzabal por su explosión nada característica, Zubimendi le dio un fuerte abrazo y fingió normalidad. Sin embargo, su cabeza estaba a mil revoluciones por minuto tras el descubrimiento de aquella foto.

Nada tenía sentido, y a la vez, por fin, comprendía muchas cosas. La conexión que existía entre los dos vascos, aun siendo de equipos rivales. El viaje de Unai para verle tras su lesión. ¿Habrían estado juntos cuando se fugaron para explorar Japón durante las Olimpiadas? ¿Fue allí donde reventó la tensión entre ambos, o quizá fue antes, durante la Eurocopa de ese mismo verano?

Necesitaba hablar con alguien, pero no podía. Aquel tipo de información era del tipo que destrozaba carreras, aún más si cabe que una lesión grave de rodilla. No tenía ni idea de cómo abordarlo, de cómo ayudarle. Él valía para planear jugadas de fútbol, no para interceder en una relación con problemas.

Ese domingo, después de darle muchas vueltas, se levantó decidido. Buscó entre sus contactos el teléfono de Unai Simón, tragó saliva y pulsó en él.

—¿Sí? —respondió el guardameta, claramente confuso por la llamada—. ¿Zubimendi, pasa algo?

—Necesito hablar contigo de algo serio. ¿Estás solo?

—Sí, bueno, esta tarde tenemos un amistoso en Alemania y estoy en la habitación del hotel. ¿Qué pasa?

—Es sobre Oyarzabal —dijo con seriedad, y esperó unos segundos. Ante el silencio de Unai al otro lado de la línea, continuó—. Sé lo vuestro.

Otro silencio, aunque éste mucho más incómodo, antes de que el guardameta del Athletic se atreviese a hablar.

—¿Te lo ha contado él?

—No exactamente, pero eso es igual. —Zubimendi tomó aire y agradeció que aquello no fuera una videollamada. Aunque su voz estaba relativamente serena, su gesto delataba el miedo que sentía—. Lo que sí me dijo es que habíais discutido, y… No sé, lo vi destrozado. Sé que no tengo que meterme donde no me llaman, pero… Ya está mal con el tema de la lesión. Quería pedirte que, si de verdad te importa, intentes solucionar las cosas con él.

Unai exhaló el aire de sus pulmones y gruñó por lo bajo.

—No es que hayamos… Fue él quien me dijo que necesitaba espacio, que le ponía nervioso que lo visitara tanto e intentara ayudarlo con la rehabilitación. No sé, parece que dé igual lo que haga, lo hago mal. ¿Le llevo cosas, me preocupo? Mal. ¿Le dejo tranquilo? Mal también.

—No es que sea mal y mal, es que él está mal de base. —Zubimendi se apretó el puente de la nariz con la mano—. Voy a intentar convencerle de que empiece a ir a terapia. Bueno, lo intentaré junto con Merino. Él es más convincente que yo.

—Le vendría bien, sí.

—Pero tú tienes que volver y hablar con él, aclarar las cosas. Y, sobre todo, darle normalidad. Creo que siente que, si te centras en lo de su lesión, es porque le tienes pena.

—¡No le tengo…!

—No digo que tenga sentido, digo que es lo que piensa él. Intenta… No sé. Ver una peli con él. Jugar al ajedrez. Ir a lanzar piedras al río, yo que sé.

Otro gruñido.

—Menos mal que no querías meterte donde no te llaman.

Ante ese comentario, Zubimendi apretó los labios y se hizo una bolita sobre sí mismo en la silla.

—Lo siento, yo…

—No pasa nada, lo entiendo. Y te agradezco esta llamada. —Unai se agitó en el sitio al otro lado del teléfono—. Sobre lo de que Mikel y yo estemos juntos, Martín…

—No lo he hablado con nadie, y no voy a hacerlo ¿Por quién me tomas? Podría irme a cualquier otro equipo, irme de la Real, y seguiría apoyando a Mikel en todo, incluido esto. —Otro suspiro de Unai, esta vez colmado de alivio—. Eso sí, como me entere de que le haces alguna putada, te las tendrás que ver conmigo. 

—¿Hacemos videollamada y me lo dices a la cara? —rio el portero, a lo que un sudor frío empapó la nuca de Martín.

—¡Uy, si yo había quedado a comer, te tengo que colgar!

**

4 meses para el debut de España en el Mundial de Qatar

Esta vez, Merino y Zubimendi no esperaron más de una semana para ir a visitar a Oyarzabal. El chico los esperaba en la cocina mientras desayunaba un bol de kéfir con arándanos y algo de muesli, así como un café. Parecía algo más animado que la última vez que Martín lo había visto.

—¿Qué tal se plantea el amistoso contra el Gladbach de hoy? —inquirió el capitán con genuina curiosidad.

—Buena pregunta —respondió Merino—. Empataron a cero contra el Athletic la semana pasada, así que lo prioritario es conseguir un resultado similar o…

—O se volverá a ver que sois unos cafres —completó una voz grave a su espalda, a lo que Martín Zubimendi y Mikel Merino se giraron y se toparon con el portero de los leones en pijama.

Al donostiarra casi le da un infarto con aquella aparición, a lo que Oyarzabal se encogió de hombros y siguió comiendo.

—¿Qu-qué haces tú aquí?

—Arreglar las cosas, como me pediste.

Zubimendi cada vez estaba más confuso. Sí, era cierto que había hablado con él la semana anterior, pero no esperaba encontrárselo allí en persona.

—Zubi, ¿cuándo pensabas decirme que sabías lo mío con Unai? —soltó el capitán de la Real con tono serio, sin mirarle a los ojos.

—¿Lo sabías? —inquirió Merino, con gesto divertido.

—¿Y tú lo sabías? —le reprendió Martín al navarro, que se encogió de hombros.

—Desde prácticamente el principio.

—Sí, pero a él se lo conté —continuó Mikel—. Tú, en cambio, lo has descubierto. ¿Cómo?

La mirada del jugador más joven se desvió hacia la nevera tantas veces que Unai se percató de la presencia de la fotografía colgada y la tomó entre sus dedos, para seguidamente enseñársela a su novio.

—Creo que tuvo que ser esto. —Una sonrisa tierna, de esas que llegaban hasta sus ojos, adornó su cara—. Ay, no sabía que la habías colgado. Qué honor.  

Mikel asintió al comprobar de qué imagen se trataba, y desvió la mirada ante el gesto de Unai.

—Me pareció un detalle bonito, eso es todo.  

—En el fondo, eres un romántico —respondió Unai, y lo rodeó con sus brazos para darle un fuerte abrazo.

—En el fondo de la fosa de las Marianas —gruñó Mikel, claramente incómodo por recibir esa muestra de cariño delante de sus amigos, pero no se apartó.

Sí que estaban saliendo, sí. Zubimendi todavía no terminaba de creérselo, pero aquello hacía muy difícil negarlo.

—Bueno, que no me ha gustado que te hayas metido en mis cosas, Zubi —continuó una vez aquel oso amoroso lo hubo liberado para servirse su propio desayuno. El aludido hizo una mueca, dispuesto a disculparse, cuando Oyarzabal alzó la mano para interrumpirle—. Aunque te lo agradezco. Estábamos siendo unos idiotas.

—Me alegra oír eso —respondió Zubimendi—. No que estuvierais siendo unos idiotas, pero… Bueno, se me entiende.

—Anda, ven aquí. —Esta vez fue Mikel quien buscó el contacto primero con su amigo—. Tú también puedes, Merino.

—¡Hombre, claro, yo soy el apoyo original en la sombra!  —respondió el navarro entre risas, y se unió a aquel achuchón.

—¿Yo no puedo? —gimoteó Unai desde atrás.

—Lo siento, sólo están permitidos txuri-urdin —respondió Mikel, a lo que el jugador del Athletic empezó a hacer pucheros mientras aquel trío reía y tanto Merino como Zubimendi le daban besos en las mejillas a su capitán.

Quizá las cosas iban a mejorar. Quizá el apoyo que necesitaba Mikel estaba ahí, en esa cocina, todo saldría bien y llegaría a tiempo para jugar con España.

**

1 mes para el debut de España en el Mundial de Qatar

La recuperación de Mikel Oyarzabal fue lenta, pero iba avanzando. Ya entrenaba a veces junto a su equipo. Seguía centrado en el trabajo de fuerza, especialmente de piernas, pero había podido añadir la carrera a sus ejercicios, así como ciertos movimientos de trabajo con balón. Cada vez estaba más cerca de un entreno idéntico al suyo, de comportarse como un futbolista normal.

Eso no significaba que estuviera recuperado, o que no hubiera días de frustración extrema tanto en Zubieta como en su casa. Zubimendi, Merino y Unai (al que veían casi tan a menudo como a su capitán en sus visitas) estaban allí para él, para recogerlo cuando se enfadaba consigo mismo, con su rodilla, con ellos, con el mundo.

Ese día, durante el entreno, Mikel recibió una llamada que lo mantuvo separado del grupo durante un largo rato. Al regresar, el de Eibar tenía el semblante más serio de lo normal, pero nadie se atrevió a preguntarle hasta una pausa para hidratarse.

—Luis Enrique no me va a convocar —confesó a un Merino y un Zubimendi que lo observaban en silencio. Mikel parecía derrotado, pero resignado.

—¿No? Pero estás a punto de…

—No quiere que me fuerce de más —dijo con voz suave y la mirada cansada—. Opina que, si fuera mi última oportunidad de ir a un Mundial, podría intentarlo, pero que aún me queda al menos uno más con el de 2026. Que no merece la pena. Y quizá tiene razón.

—¿Y si para entonces estás lesionado otra vez?

—¿Y si no vuelven a convocarte?

—Prefiero recuperarme ahora a pensar en potenciales mundiales que no sé siquiera cómo van a ir. —Se llevó una mano al cabello y acarició su nuca—. Igual caemos en fase de grupos y arriesgo el romperme otra vez para nada.

Zubimendi quería llevarle la contraria, decirle que una convocatoria a un Mundial podía ser lo que lo llevara a lo más alto, poner su nombre con otros tantos futbolistas que habían dejado huella en la historia. Pero no podía, porque sabía que lo que más quería su amigo y capitán era volver a llevar la ikurriña en el brazo y liderar a la Real a un nuevo título.

**

12 días para el debut de España en el Mundial de Qatar

Los cuatro jugadores esperaban frente al televisor a que comenzara la retransmisión en directo del vídeo que anunciaría quiénes irían al Mundial de Qatar. Unai Simón, Mikel Oyarzabal, Mikel Merino y Martín Zubimendi estaban nerviosos, incluso si uno de ellos ya sabía a ciencia cierta que no iba a ser convocado.

El capitán de la Real Sociedad tomaba con su diestra la mano de Unai, y con la zurda la de Zubimendi. Puede que hubiera dicho muchas veces a lo largo de esas semanas que no le importaba, que tenía que ser fuerte y centrarse en la recuperación, pero en su gesto había un aire melancólico que Martín no dejaba de ver, y sufría por él. También sufría por sí mismo, por Unai y por Merino; se preguntaba si alguno de ellos habría llamado lo suficiente la atención como para ser llamado a jugar.

Luis Enrique apareció en primer plano. Su gesto serio, su frente arrugada. Dos sendos rótulos rojos a ambos lados del escenario, y en el suelo una pantalla que rezaba “porteros”. El antiguo jugador y actual entrenador se ajustó el micrófono y se colocó en posición neutra.

—Unai Simón —fue lo primero que brotó de sus labios, ante lo que se hizo un silencio en el hogar de Mikel Oyarzabal.

El rostro del guardameta apareció en las pantallas laterales, mientras una voz en off explicaba su edad, el número de partidos con la selección y que aquel sería el primer Mundial que jugaría el de Murgía.

—Robert Sánchez —siguió Luis Enrique, ajeno al ambiente tenso que había provocado a cientos de kilómetros del plató de rodaje.

Zubimendi miró a su derecha, donde el propio Unai parecía estar en shock, con la mirada perdida y la boca entreabierta. Mikel, a su lado, había soltado sus dedos para extenderlos y acariciarle el cabello.

—Que te vas al Mundial —dijo con voz queda y una media sonrisa, que claramente ocultaba mil emociones que Oyarzabal no quería dejar salir.

—Yo… Eh… No creí que…

—¿No creíste que te fueran a llamar? ¿Después de una Eurocopa en la que fuiste titular?

—Ya, pero un Mundial es algo más serio… —dijo Unai con un hilo de voz.

—Lo harás genial —dijo Mikel, y le dio un rápido beso en la mejilla.

Zubimendi sabía que Oyarzabal era bastante tímido con sus muestras de cariño a sus parejas cuando había gente delante, y por un instante sintió que sobraba. El apretón que le dio Mikel y el gesto conciliador que les dedicó a sus amigos de la Real aplacó esa idea.

La retahíla de nombres siguió adelante. En la lista de mediocampistas aparecieron grandes leyendas como Sergio Busquets y Rodri, así como gente más de su edad como Gavi y Pedri, pero ni rastro de Mikel Merino ni Martín Zubimendi. Los dos jóvenes de la Real Sociedad cayeron derrumbados, uno sobre el sofá y otro sobre el sillón que ocupaba.

—Y acabamos con los delanteros.

Una pequeña parte de Zubimendi, en los más profundo de su ser, esperaba oír al seleccionador decir Mikel Oyarzabal. El de Eibar ya entrenaba al mismo ritmo que los demás, y se merecía igual o más que Unai un hueco en la lista, aunque fuese más suplente que titular.

Pero no hubo suerte. Ferrán, Nico Williams, Yeremi Pino, Álvaro Morata, Marco Asensio, Pablo Sarabia, Dani Olmo y Ansu Fati fueron los elegidos de Luis Enrique para liderar hacia el gol a la selección española al otro lado del mundo, entre jeques árabes, desiertos y explotación.

—Bueno, ya nos contarás qué tal la experiencia de un mundial en invierno —dijo Merino con su habitual sonrisa desde su asiento.

—Seguramente, complicado. Aunque, al menos, habrá público, no como en la Eurocopa.

—Os estaremos apoyando desde aquí —añadió Zubimendi.

Unai Simón les devolvió el gesto con una mezcla de orgullo e incomodidad, y en ese instante alguien empezó a llamarle al móvil, así que se incorporó y se dirigió al pasillo para hablar. Dejó en soledad a los tres jugadores de la Real, que se miraron entre sí y sonrieron con un deje triste. La sensación agridulce que compartían no los abandonaría hasta que terminara el paso de España por el torneo.

**

14 días tras el debut de España en el Mundial de Qatar

El primer partido de España en el Mundial fue un despliegue de goles y juego bonito por parte de la Roja. Siete goles como siete soles que se clavaron en la portería de Costa Rica. Unai Simón apenas tuvo trabajo que hacer, ya que el país de América central no llegó a tirar una sola vez a puerta.

El siguiente en la fase de grupos era la temida Alemania. Los de Flick fueron una férrea competidora y, pese a un gol de Morata al principio de la segunda parte, la posesión se encontró dividida y alcanzaron el empate en el minuto 83 gracias a un tiro de Füllkrug. El portero del Athletic hizo lo que pudo, y paró varios enfrentamientos uno contra uno, pero no fue capaz de evitar que se les escaparan los 3 puntos en las narices.

Zubimendi vio aquellos dos partidos solo en casa, pero para el tercero quedó con Merino, Oyarzabal y algunos más de la Real. Su capitán estaba prácticamente recuperado, ya sin gestos de dolor al doblar demasiado la rodilla y capaz de seguir los entrenos con el mismo nivel o mejor incluso que antes de su lesión. Sin embargo, el entrenador aún no se atrevía a hacerle regresar al campo.

El enfrentamiento contra Japón, el último de la fase de grupos, fue el peor del torneo tanto para España como para Unai. Una derrota 2 a 1 cuando la posesión era claramente española, y dos de los tres tiros a puerta de los nipones terminaron en gol. Zubimendi podía ver la preocupación en la mirada de su amigo, que tras el pitido final escribió algo con gesto distraído en su teléfono mientras Álex Remiro se burlaba de su equivalente en el Athletic.

—Va de que es tan bueno, y luego mira cómo la caga en momentos importantes —rio el de Cascante, que tenía un pique bastante unidireccional hacia el de Murgía.

—¿Como en el último derbi? —respondió Mikel con gesto impasible, a lo que recibió una mirada llena de rabia de su compañero.

—Ahí la cagamos todos, capi. Y no le defiendas. Aunque seáis amiguitos, él es el enemigo.

—Ahora mismo, si vamos con España, es nuestro portero —señaló Zubimendi, que dio un respingo al notar el enfado de Remiro virar hacia él.

Pese a perder, España pasó segunda de grupo gracias a la goleada contra Costa Rica. Su rival en octavos sería Marruecos, una selección defensiva y con varios jugadores nacidos en España. Zubimendi, que lo pasaba fatal siguiendo torneos en las fases eliminatorias, decidió que para aquel momento únicamente quedaría con sus dos amigos. Esta vez fue Merino quien ofreció la casa, y los tres se acomodaron en su sofá con unas cervezas, unas palomitas y sus camisetas de la Selección. Martín sólo había jugado un partido con la absoluta, pero se había guardado la equipación de recuerdo.

—Tengo sentimientos encontrados —confesó Oyarzabal tras un tiro a puerta de Marruecos que paró Unai con decisión—. No sé si os pasará a vosotros. —Zubimendi y Merino lo miraron de reojo, expectantes—. Quiero que les vaya bien, al final conozco a la mayoría y son unos jugadorazos, pero… A la vez, no quiero que ganen. No sin mí.

—Comprensible —dijo Merino—. Supongo que nos pasa a todos.

—Además, seguro que Unai se pondrá insoportable si él tiene un Mundial y yo no —gruñó Oyarzabal, aunque fue incapaz de contener una sonrisa y que el cariño inundara su rostro.

Zubimendi, con gesto inquisitivo, le dio un codazo.

—Sí que te gusta, ¿eh? No puedes hablar de él sin que se te caiga la baba.

Mikel le devolvió una mirada impasible.

—Claro que me gusta, por algo estamos saliendo —respondió con tono monocorde, y le devolvió el codazo.

—No, ya, pero… Es diferente a otras veces. No sé, te veo enamorado de verdad.

El de Eibar se sonrojó y desvió la atención de su amigo para devolvérsela a la pantalla del televisor. Esta vez fue un tiro de Dani Olmo el que fue bloqueado bajo los tres palos.

—No sé —murmuró el capitán de la Real casi más hacia sus adentros que para su compañero—. Supongo. Nunca me había sentido así.

—Un día me tienes que contar cómo empezó todo.

—Me da demasiada vergüenza, lo siento.

—¡Pero si es divertidísimo, tío! —señaló Merino tras engullir un puñado de palomitas, a lo que Zubimendi placó a Mikel y empezó a hacerle cosquillas hasta que aceptó contárselo “cuando llevara un par de cervezas más”.

El partido seguía avanzando ante ellos, y ninguno de los dos equipos que luchaba por llegar a cuartos era capaz de penetrar en la portería rival. El juego se extendió a la prórroga y Zubimendi cada vez estaba más nervioso. Empezó a mordisquearse la uña del pulgar derecho en la primera parte del tiempo de descuento, y cuando se acercaba inexorablemente la tanda de penaltis, ya apenas le quedaban cutículas.

—A los penaltis —gruñó Mikel Oyarzabal, y Zubimendi comprendió perfectamente su frustración. En aquellos momentos, gran parte del peso recaía sobre el portero.

Comenzó tirando Marruecos. Sabiri la lanzó hacia su derecha. Unai lo leyó de forma totalmente errónea y su apuesta fue arrojarse hacia el otro lado, así que no pudo bloquearle. Sarabia, por su parte, la tiró también a la derecha, pero el esférico impactó contra el palo.

Zubimendi recordaba haber visto muchas tandas de penaltis en su vida. De la que tenía una imagen más vívida, pese a su corta edad en aquel entonces (apenas 9 años), fue la de España – Italia de la Eurocopa de 2008. Cómo Casillas prácticamente les salvó de dos tiros certeros de los italianos, mientras que la gran mayoría de tiros de España entraron en la portería. Cómo celebró con su familia aquel gol final de Cesc Fàbregas. Cómo la maldición de los cuartos de final se rompió ante sus ojos.

Aquello no tuvo nada que ver. Los demás lanzamientos de los españoles también fueron fuera, o se encontraron con el portero de los marroquís entre medias, mientras que Unai sólo pudo bloquear el tiro de Benoun. No necesitó ver el último tiro de Marruecos para saber que iría dentro, y ese lanzamiento a lo Panenka de Hakimi cayó como un jarro de agua fría sobre los jugadores de la Real, así como el resto de españoles que se encontraban pegados a sus televisores.

En ese 6 de diciembre, festivo a nivel estatal, España fue eliminada del Mundial.

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1 mes y 8 días tras el debut de España en el Mundial de Qatar

31 de diciembre de 2022. Minuto 87 de partido. El cuarto árbitro, junto al banquillo, alzó el cartel luminoso que indicaba una última sustitución para los txuri-urdin, que iban ganando 2 a 0 al Osasuna. Un 19 en rojo, un 10 en verde. Hacía nueve meses que nadie veía ese número por parte de la Real Sociedad. Hacía nueve meses que algo se había quebrado en el equipo, que faltaba una presencia perenne en el once inicial.

La ovación en el nuevo Anoeta fue tan fuerte que Zubimendi, desde el centro del campo, casi se quedó sordo. Él mismo colaboró en el aplauso, con una sonrisa al ver llegar a su capitán. Se había cortado el pelo y afeitado para la ocasión, lo que le daba un aire más juvenil de lo habitual.

El juego estaba sentenciado con una victoria para los blanquiazules. Era prácticamente imposible que los otros remontaran. Tampoco era muy probable que los de San Sebastián fueran a hacer otra jugada brillante que les diera el triplete. Pero la presencia de Mikel Oyarzabal en el campo los motivó a todos. Con el pitido final, Merino y Zubimendi se lanzaron sobre su amigo y les siguieron todos los demás, hasta casi aplastarlo contra el suelo.

El diez de la Real no volvería a ser titular hasta cuatro partidos más tarde, pero en uno de los tres de los que salió del banquillo anotó el último gol de los de Donostia al Athletic de penalti. Los txuri-urdin terminarían la temporada mejor que la anterior, con un nada desdeñable cuarto puesto en liga, cayendo en cuartos en la copa del Rey contra el Barça y en octavos en la Europa League. Para el año siguiente, jugarían la Champions. Y, lo más importante: jugarían con su capitán.

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21 días para el debut de España en el Mundial de Canadá, EE. UU. y México

Zubimendi se sentó en el sofá de su amplio salón, en su vivienda unifamiliar a las afueras de Londres, con el corazón latiendo veloz y un peso en la boca del estómago. Ese día anunciarían la convocatoria del Mundial y, al contrario que la última vez, tenía posibilidades de ir. Luis de la Fuente ya contó con él en la Eurocopa donde, pese a ser suplente de Rodri, estuvo a la altura cuando le tocó sustituirle. Además, había hecho una increíble temporada con el Arsenal, ganadores de la Premier y finalistas de la Champions junto a Mikel Merino y David Raya.

Aun así, no se había atrevido a quedar con ellos para ver el vídeo. Tenía miedo de ilusionarse por nada y quedarse en Reino Unido mientras sus colegas viajaban al otro lado del charco.

Martín tragó saliva, pulsó sobre en enlace que acababan de pasarle y escuchó en silencio.

La escena era muy diferente a la última vez. No sabía si era por haber ganado la Eurocopa, pero había mucha más producción. Aparecía De la Fuente dando un discurso sobre cómo se había aprendido y trabajado esos años, para después escucharse la voz en off del rey, Felipe VI, refiriéndose a la selección como parte de todo el país, no sólo de los futbolistas. Era un mensaje algo genérico, pero bonito.

“Porque, cuando juega nuestra selección, jugamos todos”, dijo el monarca antes de dar paso a una miríada de desconocidos de todas las edades, lugares y trabajos.

—¿Porteros? Unai Simón —comenzó un camarero de mediana edad mientras limpiaba un vaso. Zubimendi sonrió; no tenía ninguna duda de que el guardameta del Athletic iría.

—David Raya —continuó un militar, y Martín apretó los puños para celebrar la presencia de su compañero de equipo, que había hecho una temporada increíble.

—Joan García —completó un chico joven entre varias estanterías repletas de libros.

En la defensa, algunos de los clásicos como Marc Cucurella y Aymeric Laporte, mientras aparecían caras nuevas como Pau Cubarsí y Pedro Porro.

—Centrocampistas —dijo el militar, volviendo a aparecer, y Zubimendi tragó saliva. Podía llegar su momento—. Pedri.

—Fabián —dijo un hombre que parecía trabajar en un taller de coches.

—Zubimendi —continuó un señor mayor que vestía una chaquetilla de chef.

El aludido, al escuchar su nombre, disoció un momento de la emoción y casi se le cayó el portátil al suelo. Le temblaban las manos. Le latía el corazón muy rápido, casi en la garganta. Tuvo que volver a poner el vídeo desde la mitad, ya que, tras ese instante de pura felicidad, había perdido por completo el hilo.

Los demás en su posición serían Gavi, el joven jugador del Barça; Rodri, indiscutible en el once inicial (un poco para su desgracia si quería minutos), Álex Baena y, para terminar, su querido amigo y compañero de equipo, Mikel Merino.

—Delanteros —anunció una mujer rubia en una panadería, con gesto serio—. Oyarzabal.

Martín casi no necesitaba escuchar nada más. No cuando todos los que esperaba ver en la convocatoria irían al Mundial con él. Su teléfono, en las profundidades de su bolsillo, empezó a sonar.

Era una petición de videollamada en Whatsapp, en el pequeño grupo que tenían ambos Mikel y él, llamado “Trío maravilla de Zubieta”. Pese a la distancia física con el capitán de la Real Sociedad, los tres jóvenes solían ser muy activos por allí, y se contaban hasta la mayor estupidez que se les pasaba por la cabeza. El último mensaje en el grupo, de hecho, era de Merino hablando de un lunar raro que se había visto en la nalga y Oyarzabal respondiendo “foto o no pasó”.

Era Merino quien iniciaba la llamada, y quien respondió con una sonrisa desde su cocina, lugar en el que había estado repetidas veces de visita durante ese año.  

—¡Que nos vamos a USA, tío! —comenzó el navarro con una de sus habituales sonrisas, que convertían sus ojillos en dos líneas.

—Y a Canadá y México, no lo olvides.

—Pero la copa la levantaremos en Nueva York.

—¿Ya pensando en eso? Qué ambicioso.

Go big or go home, como dicen aquí. Tendremos que salir esta noche con David para celebrarlo.

Zubimendi sonrió aún más, incapaz de contener la felicidad que irradiaba su rostro, aunque seguidamente frunció el ceño al ver que el otro Mikel no se conectaba.

—¿Y Oyar? ¿Dónde anda?

—Había quedado con Unai para ver la convocatoria. Seguramente lo estén celebrando en privado —añadió con un movimiento rápido y repetido de cejas.

—Prefiero no pensar en ello, es como imaginar a mis padres follando —gruñó Zubimendi, ante lo que Merino soltó una carcajada.

Los dos jugadores del Arsenal siguieron hablando, con mil ideas en mente para su futuro viaje a Norteamérica. También charlaron sobre la convocatoria en sí, sobre las nuevas caras de la alineación y las ganas que tenían de conocerlos.

—Marc Pubill parece majete, veremos qué tal es en los entrenos —dijo Merino.

—Y bueno, es verdad que a Cubarsí lo conocimos la última vez, pero el pobre casi no hablaba. Ahora que es mayor de edad, hay que hacerle tomarse alguna cerveza y ver si se suelta un poco —añadió Zubimendi.

—Bueno, el cabrón será tímido, pero las mata callando —rio el navarro—. Ha tenido una temporada brutal con el Barça. Y tiene la misma edad que Lamine. ¿Qué les dan de comer en la Masía?

Pa amb tomàquet, posiblemente. O Cacaolat.

—¿Y tú crees que David conseguirá rascar algún minuto, o Unai seguirá siendo titular indiscutible?

—No lo sé. Unai lleva una racha de imbatible con la selección que lo hará un rival duro. Es como nosotros con Pedri y Rodri.

—Yo sí que creo que jugaremos algo —dijo el mayor, y se llevó una mano a la sien, con los ojos cerrados, muy concentrado—. Como dicen los jóvenes, hay que manifestar. Me veo marcando… Uno. No, dos goles decisivos que nos hagan pasar en la eliminatoria. Y encima en el último minuto del partido.

—Menudo fantasma estás hecho.

En ese momento, el icono de Oyarzabal (él levantando la copa del Rey esa temporada, tras un partido que llegó a penaltis contra el Atlético) parpadeó antes de dar paso a una retransmisión en directo del capitán de la Real. Estaba muy cerca de la cámara, con los ojos entornados, grabándose desde abajo como si fuera un padre.

—¿Qué os pasa?

—¡Estamos celebrando! ¡Nos vamos al Mundial!

—¿Teníais dudas? De la Fuente os aprecia y valora muchísimo. Yo ya sabía que iríamos los tres.

De detrás del eibarrés apareció una figura que pegó su rostro junto al de Mikel, para mirar también a cámara. Unai Simón sonreía, con ese gesto sincero que sólo parecía existir cuando su novio estaba de por medio.

—Hombre, compis de selección —dijo con voz ronca—. Cuánto tiempo.

El capitán de la Real puso los ojos en blanco, pero no pudo contener una sonrisa.

—¿Ves? Lo estaban celebrando —señaló Merino, a lo que Martín prefirió obviar los cabellos despeinados del capitán de la Real, las mejillas sonrosadas del portero del Athletic o el hecho, por lo que se intuía de lo que se veía de sus hombros, de que ninguno llevara camiseta.

Unai pareció leerle la mente, porque bufó entre dientes y habló:

—Te estás poniendo como un tomate, Zubi. ¿Tú no tenías novia?

—Es que sois como sus padres, lo ha dicho antes.

—¡Mikel, cabrón!

Todos en la videollamada, hasta el propio Zubimendi, empezaron a reír. Pronto viajarían a las Rozas para una corta concentración y seguidamente cruzarían el Atlántico en busca de una gloria que España llevaba 16 años sin catar.

Martín Zubimendi miró de reojo la pared de su salón, donde estaban colgadas la bandera de la provincia de Donostia, la camiseta de su último partido con la Real Sociedad y la foto enmarcada de los Mikel y él tras ganar la medalla de plata de Tokio.

Esperaba poder repetir aquella escena con la copa del mundo en sus manos.

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