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Language:
Español
Series:
Part 3 of ordinary people
Stats:
Published:
2026-08-15
Words:
1,603
Chapters:
1/1
Comments:
14
Kudos:
54
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1
Hits:
309

And I don't want de world to see me

Summary:

Un Mikel de diecisiete años es convocado para su primer Campeonato Estatal de Selecciones Autonómicas. Allí se encuentra con un portero al que ya se ha enfrentado, pero aun no conoce.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

13 de diciembre de 2014.

Es domingo y hoy comienzan los entrenamientos para el campeonato estatal de selecciones autonómicas. Mikel Oyarzabal llega a Bilbao en coche, acompañado de su familia. Está deseando sacarse el carnet de conducir en cuanto cumpla los dieciocho, para así no depender de nadie para moverse.

Bilbao le recibe con frío, Mikel tiene que calarse un poco más el gorro de lana y ajustarse los guantes impermeables. Han tenido suerte y aparcado justo delante de las instalaciones de Lezama. Suspira al ver todos los colores y escudos del Athletic.

Qué horror.

El viaje no se le ha hecho muy largo, así que prefiere entrar directamente a preguntar dónde tiene que ir, sin apenas estirar las piernas. Se despide de su familia murmurando un par de palabras ininteligibles, solo como un adolescente lo haría.

La verdad es que Mikel está un poco nervioso. Está seguro que conocerá a muchos chicos de la concentración, pero de la Real no viene nadie y él no es la persona más sociable. Ha sido un año duro. Mikel tiene ganas de que termine pronto, y empezar el 2015 con un buen pie. No es que le haya pasado nada a nadie de su familia, ni a él mismo. Bueno, algo sí. Algo que en realidad llevaba muchos años ahí, debajo de su piel. Reprimiéndolo.

No es nada malo, eso lo sabe. Pero este año ha sido la primera vez que le ha puesto nombre.

A Mikel Oyarzabal le gustan los chicos.

Y no pasa nada. Su padre, su madre y su hermana le han dicho que no pasa nada. Que no hay nada de malo en eso. Y no lo hay.

Pero Mikel tiene diecisiete años, juega al fútbol y quiere ser normal.

Y se odia un poco por no serlo.

Y, además, lo ha intentado. Y no ha podido. No ha podido seguir enrollándose con la chica a la que conoció a principio de verano. Todo era rarísimo. No sentía nada. No es que esperara sentir mariposas o algo así, pero sus amigos le habían dicho que ellos sentían calor, en la cara y en el cuerpo; felicidad; nervios, incluso algo parecido a una corriente eléctrica. Y a Mikel eso no le pasaba cuando besaba a esa chica.

Hasta que sucedió.

Sucedió con un chico que veraneaba en su pueblo desde hacía años. Vivía lejos, fuera del País Vasco, pero lo conocía de veranear allí, aunque fuera un par de años mayor.

Estaban jugando al escondite, de noche, en una de las casas abandonadas de las afueras del pueblo. A Mikel le daba bastante miedo, pero no iba a decir que no. Y fue cuando corrió a esconderse debajo de una cama con él, los dos juntos y apretados, cuando lo sintió.

Calor, felicidad, electricidad, nervios… Todo junto en un segundo y por primera vez.

Y Mikel lo entendió.

Tras eso, comenzaron unos meses duros, llenos de frustración, rechazo y mucha menos masturbación que sus amigos, a juzgar por lo que hablaban. Al final, todo se había reducido a una cosa: su prioridad era el fútbol. Y en el fútbol no había gays. Y él no iba a ser el primero. Así que nadie lo iba a saber.

Sus padres lo entendieron y lo respetaron. Lo llenaron de caricias, besos y abrazos, y Mikel sintió en ese momento un poco menos de asco hacia sí mismo.

Así que el Mikel de ahora sacude la cabeza y da dos pasos firmes hacia el mostrador, mientras se quita el gorro, los guantes y el abrigo.

- Buenos días. Vengo a la concentración de Selección sub-18.

El conserje el sonríe y le señala una puerta, con un letrero al lado en el que se lee “Salón de actos”. Las instalaciones son asombrosas, el edificio parece hecho para profesionales.

Mikel entra, ve a unos diez chavales de su edad y, sin decir nada, se sienta solo. Espera a que lleguen todos, y quince minutos más tarde hay más de treinta adolescentes hablando dentro del salón.

- Muy bien, todos en silencio – entra un hombre de mediana edad, dando palmadas-. Soy Alberto, vuestro seleccionador. Hoy comienzan los entrenamientos de la preselección. Estaréis aquí diez días y, cuando los entrenamientos acaben, anunciaré a los dieciocho jugadores que pasan el corte y disputarán el CESA. ¿Entendido?

Todos asienten en silencio.

- Bien, pues en dos grupos. Los que os conocéis de la sub-16 al vestuario de la derecha, los nuevos al de la izquierda.

Los chicos hacen caso, cogen sus mochilas y se dirigen donde les han indicado.

Entran al vestuario de la izquierda ocho chicos. Mikel los mira. Conoce a uno. Es portero del Athletic. Ha jugado contra él varias veces en la liga cadete. Y es muy bueno. Tan bueno que Mikel se extraña que nunca le hayan convocado. Pero Mikel es mejor.

El chico lleva el pelo bastante largo. Parece Justin Bieber en el videoclip de “Baby”. Tiene unos ojos enormes y un poco de pelusilla en el bigote. Mikel también tiene, pero su madre le obliga a afeitársela aunque él no quiera.

- Pues vaya mierda – protesta uno de los chicos que Mikel no conoce -. Venimos de relleno. Está claro. Ya tienen su grupito montado desde hace dos años, pero necesitan gente para entrenar. Me voy a joder el principio de las vacaciones de Navidad para esta mierda, ¿en serio?

Muchos se muestran de acuerdo a él, pero Mikel no dice nada. El portero del Athletic tampoco, parece que está en una especie de trance, mirando sus guantes.

- Unai, tío, ¿a que es verdad? Mucho de ellos juegan contigo.

El portero levanta la mirada. Se encoge de hombros y se levanta, preparado para salir del vestuario. Es desgarbado, sus brazos y sus piernas son muy largos y sus manos muy grandes para la estatura que tiene. Mikel piensa que será muy alto de mayor.

Al menos ahora sabe su nombre.

Saltan al campo y calientan por separado, observando cómo el otro grupo hace bromas y ríen entre ellos. Mikel aprieta los dientes y sigue moviendo su torso para activar el cuerpo.

Hace mucho frío y, si no le van a seleccionar, al menos que no se lesione.

Hacen rondos, ejercicios de cambios de dirección y de movilidad de balón. Un entrenamiento fácil para empezar. Hay al menos cuatro entrenadores que no les quitan ojo, aunque Mikel observa que miran mucho más al otro grupo. Vuelve a apretar los dientes.

Finalizan el entrenamiento con una tanda de penaltis. El que falla recoge el balón, queda eliminado.

Mikel se pone el último en la fila. Es su especialidad, pero quiere observar al portero que no ha dicho nada en todo el entrenamiento.

Mikel tiene delante a siete jugadores. Unai, el portero, para siete penaltis.

Cuando llega su turno, todo el mundo está mirando hacia ellos. Bueno, más bien hacia el portero que ha parado todos los penaltis.

Mikel coloca el balón. De unos pasos hacia atrás. Coge aire. Empieza a correr, concentrado en la portería.

Y tira bien. Tira fuerte y hacia un lado. Pero ve la cara de Unai, y cómo su cuerpo se mueve casi imperceptiblemente. Sabe dónde va el balón. Va a pararle el penalti.

Y, en la última centésima de segundo, Unai se tira hacia el otro lado, aunque sin perder de vista el balón.

Mikel no se mueve, Unai se levanta del suelo. Los entrenadores se acercan a su grupo.

- ¡Madre mía! ¡Menuda intensidad! Qué efectividad, Unai. Enhorabuena. Y tú… ¿Oyarzabal?

- Sí, señor.

- Enhorabuena por haber metido ese penalti tan complicado.

El hombre le sonríe y le da un palmadita en el hombro, pero Mikel no puede parar de mirar al portero.

Se ha dejado encajar el penalti. Mikel lo sabe.

Espera a que todo el mundo se vaya al vestuario y allí, en medio del campo de fútbol, le grita.

- ¡Eh, tú!

Unai se da la vuelta al oír su voz. Da un par de pasos para quedarse a un metro de distancia.

- ¿Qué? – espeta.

- Te has dejado.

- No.

- Sí.

- No lo he hecho en mi vida, no voy a hacerlo ahora.

- ¿Por qué?

Unai se acerca un poco más. Sus ojos marrones le miran con determinación y su pelo empapado de sudor se le pega a la frente.

- Mira, Oyarzabal. Tú eres el mejor delantero del 97. Lo que pasa que no te han llamado nunca porque eres un enclenque, ahora buscan tíos con envergadura. Pero tú eres mejor.

Mikel le mira, sin pestañear, sin dar crédito. Sus ojos verdes se abren al máximo.

- ¿Qué?

- Que te van a seleccionar. Y a mí contigo. Y vamos a ganar el CESA.

Unai le sonríe, y Mikel traga saliva. No entiende por qué lo quiere en su equipo, pero está claro que el chico hará todo lo que esté en su mano por conseguirlo.

El 26 de abril de 2015, la selección sub-18 del País Vasco gana el campeonato estatal de selecciones autonómicas, 3 a 0 a Madrid, con un gol de Mikel Oyarzabal.

Cuando suena el pitido que anuncia el fin del partido, Mikel corre casi cien metros hasta la portería de Unai para abrazarle.

Sabe que tiene que darle las gracias: gracias a ese penalti que le dejó marcar se fijaron en él, y pudo demostrar lo que valía. Gracias a ese penalti, hay decenas de ojeadores de distintos clubes y de la Selección Española viéndolos. Gracias a ese penalti, Mikel Oyarzabal es un nombre que se empieza a mencionar en conversaciones de gente importante.

Pero no le dice nada.

No le dice nada porque, mientras le abraza, Mikel siente calor, electricidad, felicidad y nervios.

 

Notes:

Hola! Espero que os haya gustado :) me estoy encariñando un montón con ellos. Muchísimas gracias por la acogida que está teniendo ordinary people!! Mil millones de gracias por todos los kudos y comentarios, sois muy guays <3
Si os gusta esta parte de su historia mañana subo una más centrada en Unai :)

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