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Language:
Español
Series:
Part 4 of ordinary people
Stats:
Published:
2026-08-23
Words:
1,681
Chapters:
1/1
Comments:
6
Kudos:
26
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2
Hits:
153

'Cause I don't think that they'd understand

Summary:

Es 2019 y, aunque no ha sido el mejor año de Unai, es convocado para participar en la Eurocopa sub-21.
A Mikel Oyarzabal también le han convocado, porque parece que sus carreras profesionales son dos líneas que están destinadas a juntarse.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

1 de junio de 2019.

Unai Simón ha tenido un año raro.

El verano pasado se confirmaba su cesión al Elche, lo que le generaba un sinfín de emociones que ni siquiera hoy podía reconocer bien. Había miedo, por tener que irse de Bilbao. Esperanza, de poder demostrar lo que valía. Frustración, porque tenía veintiún años y no era capaz de hacerse un hueco en su Athletic. Rabia, porque Mikel, el puto Mikel Oyarzabal, ya llevaba 2 años consolidado en su equipo. Y él no.

Pero solo unas semanas después, una serie de catastróficas desdichas – o lesiones – le llevaron de nuevo a su Bilbao. Y supo reaccionar. Hizo todo le que se le pidió y más, y jugó contra el Real Madrid y contra el Barcelona y brilló.

Pero no sirvió de nada.

La mejoría de los otros porteros lo llevaron de nuevo al banquillo. Y se pasó un año allí, observando.

Observando cómo Mikel Oyarzabal marcaba en los dos derbis que se habían disputado en la liga. Tres goles. Seis puntos de seis para la Real Sociedad.

A Unai le hierve la sangre aún ahora, cuando entra en Las Rozas. A pesar de la alegría y la gratitud que siente por haber sido convocado por primera vez para un torneo importante con la selección de su país, no puede evitar tener el síndrome del impostor.

Casi no ha jugado este año.

Mira hacia abajo, sus zapatillas blancas y sus tejanos apretados y rotos le parecen ese momento lo más interesante del universo. Sabe que Luis de la Fuente le espera en la recepción.

Coge aire profundamente y entra en las instalaciones.

Luis está ocupado dando un abrazo.

Cuando suelta al chico que está entre sus brazos, a Unai se le para un poco el mundo.

Mikel Oyarzabal.

Lleva unos pantalones negros apretados y una camisa de cuadros. Su sonrisa leve y amable, siempre presente, no es lo más llamativo de su cara. Sus pupilas, reaccionando a la gran iluminación del centro, se hacen muy pequeñas y dejan ver mucho mejor ese iris de color verde, con motas marrones. Está moreno, se nota que le ha dado el sol esta primavera.

Se nota que no ha estado en el banquillo.

- ¡Unai!

Luis le saluda con un apretón de manos más fuerte de lo que el chico está acostumbrado a recibir, y hace una pequeña mueca que espera que nadie note.

Cuando se separa, inicia con él una conversación trivial sobre el viaje hasta Madrid. Mikel permanece allí, a su lado.

Luis no tarda en salir a recibir al siguiente futbolista, y se quedan solos.

Mikel cabecea, saludando.

Unai alza una ceja.

Los veintitrés le sientan genial a Mikel. Se ha dejado el pelo largo por detrás, un poco, como imitando la moda de los ochenta. Está moreno y se adivinan brazos musculados por debajo de su camisa de cuadros.

- Enhorabuena por la convocatoria – le dice el eibarrés.

- Lo mismo digo – contesta Unai, educado, aunque solo puede pensar en lo mucho que detesta que este chico juegue para la Real Sociedad.

- Luis me ha dicho que nos toca compartir habitación. Como ya nos conocemos y eso…

A Unai no le sorprende. Sabe que en las primeras convocatorias intentan juntarlos por gustos o por conocidos, con el objetivo de que todo sea menos nuevo, menos traumático.

Suspira y coge su maleta: será un verano largo.

***

16 de junio de 2019.

A Unai le sorprende jugar de titular. Está nervioso, más de lo que le gustaría admitir.

Él sabe que su rol es ser suplente de Antonio Sivera, así que no entiende por qué está debajo de los palos en el primer partido de la Eurocopa sub 21. Ha hecho unos buenos entrenamientos, pero no lo suficiente para quitarle el puesto, y eso lo sabe.

Está tan nervioso que sus manos se están quedando frías y sus articulaciones un poco agarrotadas, a pesar del verano.

- ¡Eh, Unai! – le grita Mikel - ¡Espabila!

Y Unai piensa que le gustaría pegarle un puñetazo al niño prodigio de Eibar.

No todos tenemos magia en el pie izquierdo, ni estamos acostumbrados a jugar de titular” – piensa.

El árbitro hace sonar el silbato y el partido comienza.

***

17 de junio de 2019.

Ya es media noche. Unai piensa que por fin ha terminado el peor día de su vida.

Ha encajado tres goles. Tres. Y han perdido el partido.

Está sentado en el suelo de la habitación, a oscuras, con la espalda apoyada en la cama. Tiene varias llamadas perdidas de su madre que no se atreve a devolver.

Unai llora, en silencio.

Nunca llegaré a ser lo suficientemente bueno”.

Fue fácil destacar cuando era un niño, pues su envergadura lo ayudaba. Pero ahora ya no tiene eso… Y está condenado a ser el eterno suplente. El quiero y no puedo.

Encoge las piernas y se abraza a sí mismo, intentando respirar con normalidad, pero es imposible. Sigue llorando, como si sus lágrimas fueran un grifo que se ha abierto por error y ya no se puede cerrar.

Justo cuando el llanto le aprieta el pecho y los sollozos ya se pueden oír en la quietud de la habitación de hotel, la puerta se abre.

Mikel entra y se queda de pie, pasmado, sin saber qué decir. Acierta únicamente a cerrar la puerta tras de sí.

Y Unai no puede dejar de llorar. Se pasa las manos por la cara, intentando esconderse. Está recién afeitado y nota algún grano en el lateral derecho.

Solloza fuerte, y lleva una de sus manos al pecho, como si así pudiera aliviar el dolor.

- Unai…

Mikel por fin lee la situación y se acerca a él, muy despacio, como si Unai fuera un animal herido. Se arrodilla delante de él y posa sus manos sobre las rodillas encogidas de Unai.

>> Respira, tienes que respirar.

Pero Unai no es capaz. No puede parar de pensar en esos tres goles, en la temporada probando cada banquillo de España. En Mikel, delante de él, que ya es una estrella consolidada en la Real con su misma edad.

Su respiración se entre corta y boquea, intentando que el aire entre pero no entra, porque Unai ya no sabe ni respirar.

Se siente un inútil.

Se va a morir asfixiado porque no es capaz de meter aire en sus pulmones.

Perfecto.

Mira a Mikel, delante de él, vestido también con el chándal de la selección. Lo mira presa del pánico, intentando decirle que se va a morir, porque no puede respirar.

Porque nota el pecho hundido hasta la espalda, incapaz de hincharse.

Porque las únicas palabras en las que puede pensar son que es un inútil.

>> Unai, tienes un ataque de ansiedad. Respira, por favor – los ojos de Mikel brillan en la penumbra de la habitación, y se inclina hacia él –. Todo va a ir bien. Estás aquí, conmigo.

Unai coge aire y suena como un silbido agónico, extremadamente frágil. Quiere decirle que no puede pero no encuentra las palabras. Se está mareando mucho, aunque no puede concentrarse tampoco en esa sensación.

Un inútil. Eres un inútil”.

Y entonces, Mikel le coge la cara con sus dos manos y le aprieta un poco los mofletes. Le mira con seriedad y masculla:

- No tenía que suceder así…

Y de repente los labios de Mikel están estampados contra los suyos y Unai no da crédito.

Las manos del portero caen inertes al suelo y sus ojos marrón chocolate se abren, mirando a los del otro chico, también abiertos a un centímetro de los suyos.

Los labios de Mikel son suaves y finos, y huelen a cacao y pasta de dientes.

Cuando Unai nota que se mueven, presionando un poco más contra los suyos, todo cambia.

El portero se separa bruscamente porque ha encontrado la capacidad de respirar de nuevo. Inhala muy fuerte, tanto que tose varias veces. Su cara sigue llena de lágrimas y sus labios, ahora libres, se abren y tiran, porque están cuarteados.

Respira de nuevo, y logra retener el aire dentro.

A un centímetro de él, Mikel Oyarzabal le mira con esos ojos verdes, grandes y tristes, sin pestañear.

Y Unai le parece que es la primera vez que los ve de verdad.

Tiene muchos colores. Varias tonalidades de verde y marrón bailando juntas en un iris cuyo borde es casi negro. Grandes, expresivos. Amables. Preciosos.

Unai sacude la cabeza.

Respira de nuevo.

Mikel sigue mirándole sin decir nada, así que el portero aprovecha para seguir analizándolo. Sus mejillas están levemente coloreadas de rosa, como cuando termina de jugar un partido y, más abajo, una barba desigual y corta adorna el resto de su cara. Una barba, porque Mikel es un chico.

Mikel es un chico y le acaba de dar un beso.

No es que Unai tenga nada en contra de que los chicos se den besos, pero a él nunca le ha pasado. Aunque ahora esté soltero, ha tenido un par de novias. Muy guapas y agradables, le gustaban mucho.

Mikel, sin embargo, es fuerte, alto, tiene el pelo corto y tiene barba. Barba.

- Unai, yo…

El eibarrés comienza a hablar, pero no continúa: no parece encontrar las palabras que quiere decirle.

Unai se lleva la mano a los labios y descubre que aún siente un leve cosquilleo. También descubre que su respiración casi se ha normalizado por completo.

Aún distraído, no se da cuenta cuando Mikel cambia el peso de una rodilla a otra. Cuando vuelve en sí mismo, el  txuri-urdin ya está de pie.

- Me… Me voy a dar una vuelta.

Mikel corre hacia la salida y Unai no encuentra las fuerzas para levantarse y detenerlo. No sabe si quiere.

Sube a la cama como puede y se queda tirado encima de ella, hecho un ovillo. Tiene la mente completamente en blanco, y lo único que puede sentir es el cosquilleo de los labios, ahora extendido por todo su cuerpo.

Su respiración es calmada ahora, como si fuera un robot.

Unai no duerme en toda la noche pero, para su sorpresa, nada tiene que ver con el partido.

Mikel no regresa a la habitación.

Notes:

otro trocito del pasado de mis chicos :) espero que os guste!

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