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El Castigo

Summary:

Como castigo de Zeus, Giorno, mejor conocido como Apolo, es despojado temporalmente de su divinidad y condenado a servir durante un año como pastor para el humilde mortal Guido Mista.

Chapter 1

Notes:

Semana giomis 2026, día 2: Antigua Grecia

bueno, para hacer una historia ambientada en la antigua grecia me tomé la libertad creativa para convertir un mito relativamente normal y de amistad en algo romántico, porque la mayoría de los mitos griegos sobre romance casi siempre tienen un final amargo o triste y no por ahora no quiero sufrir ni hacer sufrir a nadie.
¡Espero que lo disfruten! (´◡`)🌼✨

Chapter Text

Una punzada en la cabeza obligó a Giorno a regresar de la inconsciencia, pero en el momento en que abrió los ojos, todo a su alrededor se notó difuso y solo lograba reconocer el cielo del amanecer. Otra punzada, lo obligó a cerrar los párpados con más fuerza y pensó que lo mejor sería tomarse un pequeño momento de descanso para despejar el dolor. Así, poco a poco se dejó llevar por la somnolencia.

Cuando despertó por segunda vez, lo hizo al escuchar una cálida voz que lo llamó con insistente preocupación. Giorno siguió sin ver con claridad, además que por la luz intensa del sol que calaba en su débil visión, no pudo reconocer de quién se trataba. Se sentía demasiado débil para responder, pero esperaba que sus gestos y el leve movimiento sirvieran como señal de que comenzaba a recobrar el sentido.

Al dejar de escuchar la voz, por un instante temió que la persona hubiera decidido abandonarlo; no obstante, sintió cómo era levantado del suelo y depositado sobre una superficie cálida. En un principio no logró identificarla, pero por el movimiento acompasado supo que se trataba de un animal.

No tenía idea de quién era su salvador, pero sabía que sus intenciones eran buenas; de lo contrario, ni siquiera se habría acercado. Una sonrisa pequeña surcó su rostro mientras el sueño lo envolvía de nuevo, y prometió para sí mismo que, en cuanto recuperara las fuerzas se encargaría de responder a cada uno de esos actos de benevolencia.

Un fuerte estruendo lo hizo despertar de golpe. Giorno se talló los ojos con el puño y parpadeó varias veces para aclarar la mirada. Por un segundo sintió inquietud al no saber dónde se encontraba, pero tras unos instantes de reflexión, el hilo de los acontecimientos volvió a su mente.

Giorno —o mejor dicho, Apolo— había recibido un castigo del mismísimo Zeus tras un acto de venganza. ¿Cómo esperaba el soberano del Olimpo que reaccionara ante la muerte de una de sus creaciones? Que el descarado dios hubiese decidido acabar con la vida de Asclepio —a quien Giorno siempre consideró como un hijo— en lugar de buscar una solución más sabia al dilema, había sido la peor de las traiciones.

Al enterarse, Giorno apretó los puños con tal fuerza que se hirió las palmas, y la mandíbula le dolió de tanta tensión. Las lágrimas solo brotaron cuando puso fin a la vida de los Cíclopes, los forjadores de los rayos de Zeus. La culpa pesó en su pecho, pero el dolor de la pérdida debía cobrarse con la misma moneda. Sabía que Zeus descargaría su furia sobre él, pero no le importó. Aunque no pudo herir físicamente a la máxima autoridad del Olimpo, la rabia desatada había bastado para hacerle entender su sufrimiento.

Ahora se hallaba allí, en un lugar desconocido y privado de sus facultades divinas. Aun así, era un destino mejor que el Tártaro. Debería agradecer a su madre por intervenir en su sentencia dedicándole las más hermosas ofrendas durante el año que permanecería en la Tierra.

De pronto, el crujido de una puerta de madera atrajo su atención. Al girar la cabeza, distinguió la silueta de un hombre no muy mayor que lo observaba con auténtica sorpresa.

—Oh, ya estás despierto —habló con tono de alivio, con una pequeña sonrisa tímida en sus labios mientras se acercaba con pasos dudosos hacia la cama— ¿Te encuentras bien? ¿Sientes algún dolor? —frunció el ceño con evidente preocupación— ¿Recuerdas cómo terminaste inconsciente en el valle?

Sin darse cuenta, la distancia entre ambos se había reducido. Giorno se incorporó sobre el colchón dispuesto a dar una explicación, pero la garganta seca le impidió hablar. El hombre abrió los ojos de par en par al verlo toser y en un movimiento ágil, tomó un oinochoe para servir agua en un pequeño cuenco que le ofreció con delicadeza cuando la tos remitió un poco.

Giorno dio pequeños sorbos, sintiendo cómo el agua fresca le aliviaba la garganta y calmaba su sed. Al terminar, se pasó el dorso de la mano por la comisura de la boca donde había escurrido un poco de agua, le devolvió el recipiente y murmuró un agradecimiento lo suficientemente audible para su anfitrión:

—Gracias...

El hombre tomó el cuenco y dejó escapar un suspiro que le relajó los hombros.

—No hay de qué —dijo mientras dejaba el recipiente sobre una mesita de madera— Por cierto, soy Guido. Y ahora te encuentras en mi casa. Te encontré desplomado cerca del lecho seco del río. Si no fuera por mi mula, jamás te habría visto entre la maleza.

Giorno asintió lentamente, procesando la información. Se llevó una mano a la sien y fingió sopesar el vacío en su cabeza para mantener a salvo el secreto de su identidad y condena divina.

—Guido... —repitió el nombre en un susurro— Gracias por tu acto de amabilidad. Lo único claro en mi mente ahora es mi nombre. Me llamo Giorno. Solo recuerdo caminar por la montaña y más allá de eso ya no hay mas recuerdos.

Guido frunció el ceño con empatía y se cruzó de brazos sin dejar de mirarlo con curiosidad.

—Seguro que fue por un golpe fuerte. El valle no es un lugar benévolo para los viajeros solitarios, Giorno. Tuviste suerte de que ninguna bestia te encontrara antes que yo.

En ese instante, el suave balido de varias ovejas llegó desde el exterior, acompañado por el tintineo de unos cencerros. Giorno fijó la mirada en la cayada de madera desgastada que descansaba junto a la entrada y luego observó las manos de Guido, ásperas y curtidas por el trabajo al aire libre.

Recordando el compromiso de gratitud que había asumido en silencio mientras lo trasladaba, Giorno apartó las mantas y apoyó los pies descalzos sobre el frío suelo de tierra.

—Me has salvado la vida, Guido, y es una deuda que no puedo dejar sin saldar —declaró con serenidad— No tengo oro ni pertenencias que ofrecerte por tu hospitalidad... pero tengo mis manos. Déjame trabajar para ti. Seré el pastor de tus rebaños; me encargaré de cuidar a tus animales y protegerlos de cualquier peligro.

Guido parpadeó, sorprendido por la solemnidad del ofrecimiento y comenzó a negar suavemente con la cabeza.

—No necesitas pagarme nada, Giorno. Solo hice lo que cualquiera habría hecho... —Guido apartó la mirada con timidez y se rascó la nuca.

—Insisto —lo interrumpió Giorno, con la mirada brillando de determinación que hizo que Guido se detuviera y sus mejillas enrojecieran— Permíteme servirte durante un tiempo. Es lo justo.

Guido guardó silencio durante unos largos segundos, contemplando al joven con extrañeza ante la insistencia. Finalmente, dejó escapar una leve sonrisa de resignación y asintió.

—Está bien. A partir de mañana empiezas con el pastoreo. Por ahora creo que mereces una comida que te ayude a recuperar fuerzas para el trabajo de mañana.

Giorno asintió, dedicándole una sonrisa simpática antes de levantarse con un poco de ayuda para dirigirse a la cocina.

Mientras Guido encendía el bracero para preparar la cena, trataba de conversar, aunque enfocado en su vida, pues con la ausencia de recuerdos de Giorno sería difícil obtener información. Habló sobre que preparar una deliciosa carne de liebre que había cazado por la mañana.

Con la información que Guido fue desenterrando sobre sí mismo, Giorno se dio cuenta de una cosa: estaba con Guido Mista, el mejor cazador del pueblo y a quien Giorno serviría como esclavo durante un año como castigo impuesto por Zeus.

No estaba seguro si su inesperado encuentro fuese accidental o deliberado por Zeus. Sea lo que fuera, Giorno se sintió aliviado de encontrar su destino temporal en la tierra de forma rápida y con una persona con una amabilidad y carisma encantadora.

Inconscientemente, Giorno comparó esas virtudes con las que presenciaba en el Olimpo, y encontró que no todos los dioses poseían una calidez semejante a la de este hombre mortal. Incluso él mismo carecía de ello, pero se prometió hacer un cambio.

Bajo el cielo del atardecer y con una cena increíble, Giorno se dedicó a apreciar las anécdotas que Guido compartía con él, y prestó atención a cada detalle con la intención de aplicar lo mismo en la cotidianeidad que viviría a partir de ese día.


 

Los primeros días desempeñando labores que nunca antes había ejecutado, resultaron un poco duros para Giorno que en su normalidad nunca tuvo la necesidad de acarrear agua de un lado a otro, lavar túnicas, limpiar pisos y cuidar de animales. Esta última actividad resultaba menos compleja porque solo debía permanecer vigilando al rebaño de ovejas y carneros mientras pastaban en el valle. Además, al ser muy pocos, no se complicaba en contarlos a la hora de regresar.

Con el paso del tiempo seis de las ovejas se volvieron muy apegadas a él. Giorno no sabía si ellas estaban bien con su compañía solo porque las trataba bien o porque quizá podían percibir que anteriormente había sido una deidad. Cualquiera de las dos opciones, le resultó agradable. Casi como lo hacía la simple presencia de su dueño.

Durante esos meses conviviendo con cercanía, Giorno había comenzado a experimentar sentimientos y pensamientos que nunca antes imaginó que podía sentir hacia un mortal. Guido siempre demostraba una calidez tosca hacia él. La comida junto al brasero se volvió algo especial para Giorno porque parecía ser el momento en que Guido abría su corazón y dejaba ver sus anhelos más puros.

Giorno, acostumbrado a la dureza del Olimpo, se dejó llevar por estas nuevas experiencias y de un momento a otro, descubrió cuánto le encantaba la risa de Guido a pesar de lo rara y escandalosa que era. Simplemente la forma de ser de Guido lo terminaron por envolver en el capullo donde el amor se resguarda para después salir convertido en algo más bello.

Desde el fondo de su corazón, Giorno deseó todo lo mejor para la vida del cazador. Y eso, Guido lo notó.

Lo notó cuando comenzó a percibir que la tierra de su campo florecía y los cultivos prosperaban. Desde que Giorno llegó, la suerte parecía sonreírle. Pensó que atribuirle esos efectos podría deformar la verdadera percepción sobre él, pero quizá ya era tarde para retractarse, porque la idea de que su presencia lo bendijera como solo un dios puede hacerlo ya estaba muy arraigada a su mente.

La llegada de Giorno significó algo nuevo en su vida. Por eso mismo al final del día se encargaba de prepararle la mejor comida y servirle una fresca bebida en compensación por su arduo trabajo.

Las sonrisas tímidas en agradecimiento que Giorno le dedicaba en cada momento que pasaban juntos, terminó por sacar a la superficie un sentimiento cálido que removía su interior de forma bellamente caóticas. Guido sintió amor, un sentimiento que mantuvo reservado para su madre y su hermana incluso después de que ambas fallecieran. Pero sabía muy bien que ese amor no era igual al que comenzó a sentir por Giorno.

Cuando lo veía llegar luego de pastorear a las ovejas y lucía agotado, Guido sentía la necesidad de estrecharlo entre sus brazos, acariciar los cortos rizos de su cabello y consolarlo hasta verlo relajarse en sueños.

Al principio, Guido se obligaba a guardar distancia, temeroso de que sus manos toscas profanaran la armoniosa tranquilidad que rodeaba al joven. Pero su afecto no tardó en escapar de sus límites. Sin ser demasiado consciente, Guido inició un acercamiento con gestos pequeños. La forma en que sus dedos se demoraban un segundo de más al entregarle el cuenco de la comida, o el cuidado con el que sacudía el polvo de los hombros de Giorno cuando este regresaba al caer la tarde.

Para Guido, observar a Giorno se convirtió en un hábito inevitable. Se encontró fascinado por detalles mínimos, como la manera en que la luz dorada del atardecer parecía encender los hilos de su rubio cabello, o cómo los animales del rebaño, siempre ariscos, se amansaban al menor toque de sus manos. Sin embargo, lo que más le oprimía el pecho era ver a Giorno rumiar sus pensamientos en silencio, con la mirada perdida en el horizonte como si anhelara algo lejano.

Eso despertaba en Guido un instinto de protección devastador. Quería ofrecerle refugio no solo del frío de la montaña, sino de cualquier pena que pesara sobre su espalda.

Una noche, mientras Giorno dormía profundamente vencido por el cansancio de la jornada, Guido se acercó a la orilla de la cama. La penumbra en la habitación apenas dejaba ver el subir y bajar pausado de su pecho. Con el pulso batiéndole en la garganta al contener la respiración, Guido extendió la mano y dejó que la yema de sus dedos rozara la frente templada de Giorno, apartando un rizo rebelde de sus ojos.

El gesto fue tan suave como el aleteo de una mariposa, pero que significó una gran verdad para Guido. Estaba enamorado. Un amor profundo y temeroso que florecía a la sombra de la incertidumbre.

Sin darse cuenta, casi al mismo tiempo, ambos aceptaron la idea del amor que sentían el uno por el otro, pero que no se atrevían a confesar con palabras. Guido siguió demostrando su cariño como siempre; en cambio, Giorno fue capaz de darle un preciado regalo: bendijo su rebaño, haciendo que sus ovejas concibieran mellizos.

El milagro no tardó en manifestarse. El establo se llenó con el balido de decenas de corderos fuertes y sanos. Las ovejas parían de dos en dos sin excepción alguna, algo jamás visto en los valles circundantes. La evidencia se volvió demasiado clara para Guido, quien empezó a pensar en la posibilidad de que la ayuda divina de un dios hubiese intervenido en su vida.

Durante una tarde, mientras contemplaban el corral de las ovejas bajo la luz dorada del atardecer, Guido caminó hacia Giorno y se detuvo a pocos pasos. Las palabras que había guardado durante meses luchaban por salir en busca de obtener una verdad. Respiró hondo antes de decidirse por hablar.

—Esto no es obra de la suerte, ¿verdad? —preguntó Guido con voz suave, mirando a los animales un instante para luego fijar su mirada en los ojos de Giorno— Ningún mortal, por muy hábil que sea, logra que un rebaño entero se multiplique de este modo. Desde el día en que te encontré, la tierra misma pareció responder a tu paso... ¿Quién eres realmente, Giorno?

Giorno lo observó con asombro, pero no dijo nada al instante. Guardó silencio, dejando que el viento de la montaña agitara su cabello mientras una sombra de nostalgia surcaba su rostro. Supo que el tiempo de su secreto había llegado a su fin.

—Tienes razón. Te mentí sobre mí, Guido —confesó Giorno, y por primera vez su voz resonó con un matiz amargo— Mi nombre en este mundo es Giorno... pero cuando me presento como un dios del Olimpo, entonces me llaman Apolo.

Guido no dio un paso atrás, ni lo miró con miedo, ni cayó de rodillas. Solo escuchó en silencio mientras Giorno comenzaba a revelar la amarga verdad tras el motivo por el que había llegado a al mundo terrenal: el castigo de ser despojado de su inmortalidad durante un año entero para servir como esclavo en la Tierra.

—Pensé que al revelártelo verías en mí solo a un desobediente que actúa solo en busca de su redención y no porque en realidad le nazca ayudar de corazón... —continuó Giorno, dando un paso vacilante hacia Guido, mostrando por primera vez la duda en sus ojos que ahora brillaban de un color dorado— Poco a poco fui encariñándome de ti. Te convertiste en una persona maravillosa y me invadió el miedo de perderte si confesaba mi desastrosa realidad.

Guido nunca dejó de mirarlo con atención a pesar de que Giorno evitaba a toda costa el contacto visual. Cuando ya no hubo más por decir, Guido se atrevió a reducir la distancia que los separaba, extendió las manos, y sujetó el rostro de Giorno entre sus palmas ásperas, obligándolo a mirarlo directamente.

—No me importa si eres un humilde viajero o el mismísimo dios del sol —pronunció Guido con voz emotiva y quebrada, pero llena de seguridad— No bendijiste mis campos con ningún poder, Giorno; lo hiciste con tu amor —en un instante el rostro de Guido se ruborizó y su actitud se volvió más tímida— También comencé a tenerte cariño. Demasiado para ser llamado con esa simple palabra. Es amor lo que siento por ti.

Giorno dejó escapar un aliento de alivio. Cubrió las manos de Guido con las suyas e inclinó su frente hasta apoyarla contra la de él.

—Entonces escucha mi propia confesión, Guido —susurró Giorno, permitiendo que las lágrimas que contuvo durante todo su periodo de inmortalidad, humedecieran sus mejillas— He vivido mucho tiempo contemplando el universo, pero jamás me sentí tan vivo como en el momento en que abrí los ojos en tu cabaña. Te amo. Y no hay lugar en el Olimpo que valga más que todo este tiempo a tu lado.

Bajo el manto de estrellas que comenzaban a encenderse en el cielo, ambos se estrecharon en un abrazo cálido y sintieron el corazón del otro latiendo con fuerza contra sus torsos en evidente muestra de emoción.

Giorno fue el primero en deshacer el abrazo solo para sonreír en grande antes de unir sus labios con los de Guido. El beso fue correspondido de inmediato con una desmesurada ternura que selló su promesa de amor.

Tras unos instantes de silencio al separarse, con los rostros aún cerca y la respiración acompasada, una ligera sombra de duda volvió a posarse sobre la mirada de Giorno. Tomó las manos de Guido entre las suyas y las apretó con suavidad.

—No quiero regresar —admitió en un susurro cargado de agobio— Un año es demasiado corto. He probado la inmortalidad y jamás sentí el calor que encuentro en tu hogar. Si renunciar a mi condición divina es el precio para quedarme a tu lado como un mortal más, lo haré. Prefiero permanecer contigo a volver a un lugar sin emociones.

Guido escuchó las palabras con el corazón encogido, pero negó con la cabeza lentamente, esbozando una sonrisa tibia llena de comprensión. Llevó una de las manos de Giorno a su mejilla para sentir su calor y su suave tacto.

—No, Giorno. No puedes renunciar a lo que eres por mí —dijo con voz suave pero inquebrantable— El mundo necesita la luz del sol, y tú perteneces al cielo, no a la tierra baldía. Amarte no significa arrebatarte tu divinidad ni condenarte a los dolores de la mortalidad. Me diste la bendición de tu presencia y con eso ya me has hecho el hombre más afortunado. No dejaré que te vuelvas pequeño por mí.

Giorno sintió un nudo en la garganta al comprender la grandeza del corazón de Guido. Nadie en el Olimpo, entre todos los dioses y héroes que había conocido, le había demostrado un amor tan desinteresado.

—Entonces seré yo quien te eleve al Olimpo —declaró Giorno, alzando la barbilla con la majestuosa determinación de haber tomado una decisión irrevocable— Te lo prometo, Guido. Cuando mi tiempo en la tierra termine y deba reclamar mi lugar en el Olimpo, no pienso regresar solo. Pediré a los dioses un espacio para ti a mi lado y te otorgaré la inmortalidad. Ningún destino ni ninguna ley divina podrá separarnos. Lo juro.

Guido abrió la boca para protestar, abrumado por el peso de semejante promesa, pero Giorno lo silenció con sus labios en un nuevo beso lleno de jubilo.

Aún les quedaban meses por delante para disfrutar, ahora sin la incertidumbre del futuro que fue reemplazada por la certeza de un amor que ni el tiempo, ni los mismos dioses podrían deshacer.