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Con pisadas fuertes y un paso firme, Guido hizo notar su presencia en los corredores del palacio mientras se dirigía hacia el campo de entrenamiento, donde ya lo esperaba el caballero de renombre —como sus padres lo hicieron parecer—, capaz de instruirlo en el arte de blandir la espada durante un enfrentamiento.
Guido estaba muy seguro de que sus habilidades con la espada ya eran buenas. Desde que tuvo uso de razón pasó por diversos entrenamientos para dominar armas y convertirse en el mejor guerrero en batalla. Por supuesto, siendo el príncipe, no quedaría relegado a una posición como un guerrero más entre las tropas. Él sería el líder que los dirigiría a la victoria. Así que, con pesar —y molestia al sentir que devaluaban sus capacidades de lucha—, aceptó acudir al llamado.
Cruzó el jardín que lo llevaría a la sala de preparación y se detuvo frente a las grandes puertas dobles de roble. Revisó que su atuendo se viera presentable antes de entrar. Deseó tener un espejo para arreglarse un poco más, pero recordó que solo se trataba de una práctica.
No es que estuviera nervioso. La sola idea de conocer personas nuevas a veces lo mantenía alerta porque no quería dar una mala impresión. Guido cerró los ojos y respiró profundo para calmarse, invocando su frase distintiva: la calma ante todo.
Apoyó sus manos sobre la superficie de una de las puertas y empujó hacia dentro con su propio peso. La sala de preparación le dio la bienvenida con la iluminación que filtraban los grandes ventanales. Su mirada vagó alrededor en busca del caballero que lo esperaba; sin embargo, no había rastro que indicara que estuviese allí.
—Bien, ese caballero debería tomar clases sobre cómo llegar a tiempo a sus entrenamientos —murmuró Guido con sarcasmo.
Sin la presencia de su instructor, consideró que la mejor opción era esperar en el campo; así tendría tiempo para calentar un poco. Caminó hacia las puertas traseras y las abrió cuidadosamente para evitar que el rechinido molesto de las bisagras le calara en los oídos.
Como siempre, el campo se mantenía en excelente estado. El olor a pasto recién cortado y a tierra mojada invadió sus fosas nasales, causándole gran satisfacción. La naturaleza daba los mejores regalos, y entre ellos, los aromas y la belleza que los ojos de Guido estaban contemplando en ese preciso momento.
¿Qué hacía ese joven en un lugar tan solitario e impropio para su nivel de encanto? Ni siquiera le veía la cara, pero Guido intuyó que un hermoso rostro le daba la espalda. Observó los rizos dorados que danzaban con el viento y brillaban bajo la luz del sol que se colaba por el techo a cielo abierto, dándole un aura etérea; su porte elegante solo lo intrigó más.
Guido enderezó la espalda y comenzó a acercarse con pasos vacilantes. Trató de evitar que se le escapara una risita nerviosa, pues no todo el tiempo se encontraba con personas tan atractivas paseando por el palacio. Esta ocasión parecía como un gran milagro después de vivir la mayor tragedia
—¿Qué es lo que me encuentro? ¿Acaso es usted un príncipe que se perdió de camino al salón de bodas? —preguntó Guido en tono casual, cruzándose de brazos.
Notó el pequeño sobresalto del desconocido y una leve sonrisa elevó la comisura de sus labios al compararlo con la reacción de un gatito. Entonces, el chico giró la cabeza en su dirección y sus miradas se cruzaron, dejándolo impactado y sin aliento. En serio, ¿de dónde había salido? ¿De un cuento de hadas? Lo creería sin dudar. Su perfume floral y afrutado, además de su vestimenta sencilla —una camisa de lino holgada con cuello en V y un pantalón alto de algodón ajustado e introducido en sus botas altas de cuero negro— le daba la apariencia de un personaje de fantasía medieval.
El joven lo miró sin decir palabra, manteniendo su expresión serena. De pronto, y para asombro de Guido, con una velocidad impresionante desenvainó una espada que pareció cobrar vida en sus manos. El destello del sol sobre el metal rebotó contra los ojos de Guido, obligándolo a pestañear un instante. Esa pequeña fracción de segundo bastó para distraerse de la presencia que ahora presionaba la punta de la hoja bajo su barbilla.
—Buen día, Alteza. Me parece que olvidó la cortesía de saludar antes de hacer preguntas —dijo el chico con voz tranquila, pero con un matiz amenazante bajo la superficie— Y no, no soy un príncipe, ni me he perdido de camino al salón de bodas. Soy Giorno Joestar, pertenezco al linaje de caballeros Joestar, y seré su nuevo instructor de combate.
Ahora todo cobraba sentido para Guido. Sus padres mencionaron el apellido Joestar, mas no el nombre del nuevo caballero. En un principio imaginó a alguien totalmente diferente a este joven atrevido y encantador. Pero Guido no podía quejarse al tener esa enigmática mirada de color verde turquesa fija sobre él.
—Bien, lamento mi imprudencia —Guido levantó ambas manos en señal de rendición y sonrió nervioso sin dejar de mirar la espada que aún rozaba su piel— Ahora, ¿serías tan amable de alejar la espada de mí? No quisiera estornudar de repente y encajármela en la garganta.
Con una agilidad increíble, Giorno retiró la espada y la devolvió a su vaina.
—No se preocupe, tengo excelentes reflejos —Giorno retomó una postura recta y firme para mirarlo con seriedad antes de inclinar la cabeza en una reverencia— ¿Le parece bien si iniciamos el entrenamiento ahora, Alteza?
—Por supuesto. Adelante, lo sigo.
Guido le cedió el paso con un gesto de mano. Giorno asintió con cortesía y avanzó hacia la parte central del campo, donde ya estaban preparadas las armas que usarían.
Guido estaba fascinado. Giorno parecía el estereotipo de príncipe inglés: pulcro y con modales dignos del protocolo real. La idea de que fuera un caballero de alto rango le resultaba casi cómica.
—Y... ¿Qué edad tienes? —preguntó Guido casualmente mientras se acercaba a la mesa.
—No creo que sea necesario saber esa información, Alteza —respondió Giorno con voz distante, enfocado únicamente en analizar las espadas.
—Bueno, para mí sí lo es. Me gusta saber la edad de las personas con quienes pasaré gran parte de mi tiempo —Guido lo miró por el rabillo del ojo, pero Giorno no se inmutó ante sus palabras— Por temas de respeto, ¿sabes? Me enseñaron a respetar a quienes son mayores que yo.
—¿Quiere decir que si yo sobrepasara su edad, sería superior a usted y, por lo tanto, debería arrodillarse ante mí? —Giorno apretó la empuñadura de la espada y lo miró con los ojos entrecerrados.
¿Acaso se había molestado? Aunque la postura de Giorno seguía firme, el tono sarcástico y el ceño levemente fruncido enviaban una señal clara a Guido sobre su evidente molestia.
—No exactamente como lo planteas, pero...
—Tengo veintidós —lo interrumpió Giorno de forma seca, dándose media vuelta para caminar hacia el centro del campo— Ya lo sabe. Y no espero que me respete por un número, sino por mi desempeño y porque, para su desdicha, soy su instructor a partir de hoy.
Giorno se colocó en posición de guardia sin apartar su mirada felina. La situación comenzaba a ponerse interesante; Guido acababa de descubrir que este chico sería un hueso difícil de roer.
Con la altivez que lo caracterizaba, Guido se acercó con la cabeza erguida, manteniendo la vista fija en Giorno, quien a su vez empezó a moverse con pasos sigilosos en dirección contraria. La tensión en el aire era tan densa que podía cortarse incluso con las espadas de madera que sostenían.
—¿Un caballero de élite, dices? —comentó Guido mientras rodeaban el espacio, girando la empuñadura con soltura desenfadada— No me malinterprete, Caballero. Tus modales son impecables y pareces salido de un fresco de una catedral, pero... ¿seguro que no te equivocaste de vocación? No quisiera despeinarte ni arruinar ese atuendo tan pulcro. Sería una lástima que la primera lección termine contigo pidiendo una taza de té para recuperarte.
Guido le dedicó una sonrisa burlona, confiado en que su experiencia y fuerza bruta bastarían para poner a prueba al joven caballero refinado. Quería ver su verdadero potencial y pensó que lo obtendría provocándolo hasta sacarlo de sus casillas. Sin embargo, Giorno no perdió la compostura como lo esperó. Solo ajustó el agarre en su espada y le clavó esa mirada turquesa tan profunda que, por un segundo, le erizó la piel al príncipe.
—La apariencia puede ser engañosa, Alteza —respondió Giorno con una voz tan serena que resultaba estremecedora— Soy de los mejores caballeros de la línea actual de los Joestar. Fui instruido por mi propio padre, Jonathan Joestar, así que le sugiero que no dude de mis aptitudes ni se confíe. El acero no distingue entre la belleza y la fealdad, solo reconoce la disciplina. Y por favor, no me obligue a ser más estricto.
Antes de que Guido pudiera soltar otra respuesta ingeniosa, Giorno avanzó. En ese instante, toda la vibra de «príncipe refinado» se evaporó por completo. El entrenamiento comenzó con un choque seco de madera que resonó en las paredes del lugar. Guido intentó tomar la iniciativa con un ataque frontal directo, aprovechando su altura y la fuerza de sus brazos, pero Giorno se movió con la gracia del viento. Esquivó el embate con un giro fluido de torso, desviando la hoja de Guido con un toque mínimo de fuerza aplicado en el ángulo perfecto.
La espada de Giorno trazó arcos limpios, rítmicos y letales. Cada bloqueo estaba calculado a la perfección, obligando a Guido a retroceder varios pasos, asombrado por la velocidad implacable de su instructor, quien en ningún momento perdió la elegancia, dando la impresión de ejecutar una danza feroz. Poseía una técnica marcial pulida al extremo donde cada movimiento tenía un propósito mortal.
—Tiene buena fuerza, Alteza —dijo Giorno con voz agitada mientras intercambiaban una ráfaga rápida de bloqueos que hacían vibrar los brazos de Guido— pero confía demasiado en ella. Su postura pierde el equilibrio al atacar.
Frustrado por verse acorralado por alguien que parecía incapaz de romper a sudar, Guido decidió cambiar de estrategia. Dejó caer la espada a propósito para cerrar la distancia y pasar al combate cuerpo a cuerpo, seguro de que su mayor tamaño le daría la ventaja necesaria para ganar esa batalla. Se abalanzó sobre Giorno buscando atraparlo o derribarlo, pero volvió a llevarse una enorme sorpresa.
Con una agilidad desconcertante, el rubio pisó firme, esquivó el agarre de Guido pasando por debajo de su brazo y rodeó su torso con el brazo derecho para hacerlo girar, aprovechando el propio impulso del príncipe. Giró sobre sus talones y, antes de que Guido pudiera reaccionar, el puño izquierdo de Giorno impactó de lleno contra su mejilla derecha.
El golpe fue certero y cargado de una potencia que Guido jamás habría esperado de esos nudillos de aspecto delicado.
Guido trastabilló un par de pasos hacia atrás hasta terminar cayendo sentado sobre el pasto húmedo. El sabor metálico de la sangre inundó levemente su boca y un ardor punzante le recorrió la mandíbula. Aturdido, se llevó una mano a la cara, parpadeando para aclarar la vista mientras el dolor le sacudía las ideas.
En el centro del campo, Giorno permanecía de pie, ajustándose el cuello de la camisa y sacudiéndose el polvo de las botas. Ni un solo rizo dorado se había desordenado en su larga trenza. Tras un breve chasquido de lengua, se acercó a Guido y le tendió la mano con su habitual expresión impasible.
—El combate real no ofrece pausas para pensar ni permite acciones impulsivas, Alteza —dijo Giorno mirándolo con franqueza, antes de dedicarle una leve sonrisa tranquilizadora— ¿Se encuentra bien?
Guido se quedó congelado observando esa mano extendida. El dolor en su mejilla aún escocía, pero en su pecho algo completamente distinto acababa de encenderse. La fascinación inicial basada en la simple atracción física había saltado por los aires. Detrás de esa fachada de refinamiento, modales perfectos y postura firme, se escondía una fuerza indomable, peligrosa y fascinante que despertaba en Guido una pasión que nunca antes había experimentado.
Una carcajada espontánea vibró en el pecho de Guido, dejando de lado cualquier orgullo herido por el golpe —que bien merecido se lo tenía—. Aceptó la mano de Giorno y se puso de pie de un tirón sin quitarle los ojos de encima al joven caballero que, del mismo modo, también lo examinaba de pies a cabeza. Ya no le importaba demasiado el entrenamiento de espada ni las lecciones de estrategias; en ese preciso instante, lo único que Guido deseaba desesperadamente era despojar a Giorno Joestar de sus capas de indiferencia y descubrir qué demonios se ocultaba realmente detrás de esa seductora, enigmática y letal personalidad.
