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where the light gets in

Summary:

A once mil kilómetros de casa, Joaquín conoce a alguien que, inexplicablemente, se siente como volver.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

A las cinco y media de la mañana, el océano todavía parecía estar de su lado. 

No es que las olas fueran una locura. Estaban bastante bien, de hecho. El problema era el viento, que había empezado a levantarse antes de lo previsto y ya estaba empezando a desordenar la superficie. Cada tanto aparecía una ola buenísima entre otras diez que no servían para absolutamente nada, y Theo ya se había quejado cuando llegaron, todavía medio dormido y con el pelo parado para cualquier lado después de levantarse antes de que salga el sol.

“Could be better,” murmuró el moreno, mirando hacia el oleaje. 

Joaquín se limitó a agitar la cabeza y suspirar, “Siempre decís lo mismo.” 

“‘m gonna assume you’re agreeing with me, bro.”

“Sure. No te aguanto más.”

“Yeah, that’s what I thought.”

Joaquín soltó una risa por la nariz y volvió a mirar hacia el océano. A esa hora todavía no había demasiada gente en el agua. El cielo empezaba a aclararse apenas por encima del horizonte, teñido de tonos naranjas que hacía que todo pareciera un poco más cálido de lo que realmente estaba. Tenían los pies hundidos en la arena húmeda y las tablas apoyadas al costado, esperando a que alguno de los dos se dignara a entrar.

Theo se pasó una mano por el pelo, empeorando todavía más el desastre. “I actually hate mornings.”

“Mentira. Te levantaste solo.”

Theo le dedicó una mirada larga, todavía con los ojos entrecerrados por el sueño. “You’re annoying, mate.”

“Y vos sos el que vino conmigo.”

“Biggest mistake of my life.”

Joaquín sonrió, haciendo un gesto otra vez hacia el agua. “Dale, boludo. Just go for it.”

Theo resopló, pero finalmente agarró su tabla. “Fine. But if I die, tell everyone it was the wind.”

“Sí, seguro. Gonna write that down on your… lápida. Tombstone?”

“You’re not funny. Pelotudo.”

Theo negó con la cabeza, pero ya se estaba riendo cuando empezó a caminar hacia el agua, aparentemente orgulloso de haber recordado el insulto que Joaquín le había enseñado hace años. El castaño lo siguió unos segundos después, acomodándose la correa alrededor del tobillo antes de dejar que la primera ola les llegara hasta las rodillas. El agua estaba helada, lo cual no era ninguna sorpresa para ninguno de los dos. El frío le recorrió las piernas de golpe, pero después de unos segundos el cuerpo empezó a acostumbrarse. Remó hacia afuera, pasando por encima de un par de olas chicas que rompían demasiado cerca de la orilla, y esperó a Theo unos metros más adelante.

Desde ahí, la costa empezaba a verse distinta. Las luces de los edificios todavía seguían encendidas y algunas ventanas se reflejaban sobre el agua oscura. El sol todavía no había salido del todo, pero ya había suficiente claridad como para distinguir la línea de la playa detrás de sus siluetas.

La ola que venía hacia ellos no era enorme, pero calificaba como decente. El viento parecía haberle dado un poco de tregua y durante unos segundos la superficie volvió a ordenarse. Theo no necesitó pensarlo demasiado. Giró la tabla hacia la costa y empezó a remar con fuerza. Joaquín lo vio levantarse justo cuando la ola empezó a empujarlo, primero con cierta inseguridad y después encontrando el equilibrio.

El morocho gritó algo inentendible desde la ola. Joaquín soltó una carcajada y lo vió recorrerla hasta que la espuma terminó por alcanzarlo. La tabla desapareció debajo de él, resurgiendo a la par sobre la superficie unos segundos después.

 

 

Horas después, Joaquín estaba sentado en la arena, con el traje de neoprene enrollado hasta la cintura y la tabla apoyada recostada sobre la arena húmeda. Desde la playa, el agua se extendía hasta el horizonte como una superficie azul demasiado grande para que Joaquín pudiera dejar de mirarla, incluso después de tantos años. Más lejos, las siluetas de los surfistas esperaban, balanceándose con el movimiento del agua.

Sobre la calle principal, Byron Bay ya estaba despierto hacía rato. Los cafés tenían las mesas ocupadas, las bicicletas pasaban constantemente entre los autos y cada pocos minutos aparecía alguien caminando con una tabla bajo el brazo.

Joaquín miró la hora en su celular. “I’m gonna go.”

Theo levantó la cabeza. “Work?”

“Sí.”

“You coming to Roxy’s tonight?”

“No sé. Probably.”

“That’s not an answer.”

“Entonces no. See you, mate.”

Theo levantó el dedo del medio con una sonrisa falsa. Joaquín se rió, agarró la tabla y empezó a caminar hacia el estacionamiento.

Le gustaba ese momento del día en el que salía del agua y todavía tenía la cabeza vacía. El cuerpo cansado, la piel caliente por el sol, el pelo húmedo y esa sensación de haber dejado todas las preocupaciones del día flotando sobre la espuma. Era, probablemente, lo más parecido a sentirse en paz que conocía. Solo permanecía el peso agradable del cansancio en los músculos y el sonido del océano todavía metido en los oídos.

Se podría decir que había aprendido a medir el verano por cosas bastante concretas. La cantidad de autos que empezaban a aparecer sobre las calles, y los turistas que preguntaban dónde quedaba la playa aunque estuvieran literalmente parados frente al cartel que la señalaba. La cantidad de tablas que alquilaba el local también era un buen indicador. Y, sobre todo, los días en que la costa estaba tan llena que tenía que remar veinte metros solamente para encontrar un espacio donde esperar una ola sin tener que esquivar a alguien.

Joaquín había aprendido a querer un país que no era el suyo. No necesariamente la parte de trabajar más horas y dormir menos, pero sí esa sensación de que durante unos meses todo el mundo quería estar exactamente donde él estaba. A veces todavía le resultaba raro. Había llegado a Australia con diez años y, para cuando entendió que se suponía que aquello debía ser temporal, ya había pasado suficiente tiempo como para que la idea de volver se sintiera extraña.

Argentina existía en su casa. En el mate que su mamá preparaba todas las tardes. En los mensajes de voz de sus abuelos y en los asados improvisados de los domingos. Todavía subsistía en el español que hablaba con sus padres y en los lapsus en los que olvidaba alguna expresión que su mente sólo podía generar en su idioma natal. Pero afuera de eso, su vida estaba ahí.

Sus amigos estaban ahí. Su escuela, su casa y su familia. Igual que la playa, su tabla y, en ese preciso momento, el sol quémandole la piel expuesta. Joaquín estaba acostumbrado, había crecido con eso.

Sabía que en diciembre empezaban a aparecer más autos, que en enero el estacionamiento se volvía imposible y que las playas que durante el invierno podían parecer casi privadas terminaban llenándose de gente que se metía al agua sin saber dónde pararse. 

Había gente de todas partes. Australianos que bajaban desde Brisbane o Sydney para pasar unos días, mochileros que habían llegado hacía una semana y todavía no sabían cuánto tiempo pensaban quedarse, europeos recorriendo la costa y chicos que trabajaban durante unos meses en cafés, hostels, bares o negocios de la zona para después seguir viajando.

 

 

El viaje hasta el local no era largo, pero durante el verano podía duplicarse fácilmente. El aire acondicionado tardó unos minutos en hacer efecto y Joaquín prendió la radio mientras avanzaba despacio. Afuera, el paisaje estaba lleno de gente que parecía tener todo el tiempo del mundo. Turistas caminando sin rumbo, familias con mascotas, nenes en bicicleta, y gente con tablas sobre el techo de los autos.

Joaquín estaba acostumbrado a escuchar acentos distintos mientras trabajaba. Inglés australiano mezclado con británico, alemán, francés, español. A veces incluso tenía que pedirle a alguien que repitiera tres veces lo que había dicho porque el ruido del surf shop y el acento hacían imposible entender una palabra.

Cuando entró al local todavía con el pelo mojado y dejó la tabla en el depósito, era temprano pero ya había chicos buscando trajes de neoprene y una familia intentando decidir qué tabla era más fácil para un principiante. Desde su lugar detrás del mostrador, Juan Cruz ni siquiera levantó la mirada del mate que estaba cebando antes de hablar, “Siempre tarde vos.”

Joaquín soltó una risa y se acercó para sacarle el mate de la mano. El menor se lo apartó antes de que pudiera agarrarlo. “Cinco minutos.” 

“Siete.”

“¿Los contaste? Que vida triste.”

Juan Cruz recién entonces levantó la mirada y le dedicó una sonrisa de costado. “Y lo peor siempre es compartir turno con vos.” 

El castaño se apoyó contra el mostrador y estiró una mano otra vez hacia el mate. Esta vez Juan Cruz se lo dejó. 

El correntino había llegado a Australia unos meses después de cumplir dieciocho, con una Work and Travel, dos mil dólares menos de los que necesitaba y la idea bastante optimista de que un año era tiempo suficiente para decidir qué quería hacer con su vida. 

Joaquín sabía que había terminado el colegio en Argentina unos meses antes. No tenía una carrera decidida, ni demasiadas ganas de empezar una solamente porque era lo que se suponía que debía hacer después del secundario. Un amigo le había hablado de Australia, de la posibilidad de trabajar legalmente durante el viaje, de ahorrar en dólares y recorrer un país que, desde Argentina, parecía estar literalmente en la otra punta del planeta. Los primeros meses los había pasado entre Sydney y la Gold Coast, saltando de hostel en hostel y agarrando trabajos que duraban lo suficiente para pagar la habitación, la comida y una parte del viaje siguiente. Había trabajado en una cocina donde lo hacían pelar papas durante horas, había limpiado habitaciones de hotel y había pasado tres semanas atendiendo un café en el que la máquina de espresso parecía tenerle un odio personal. 

Se habían conocido un viernes cualquiera, cuando Lottie, la dueña del local, le informó con una alegría desbordante que tenía un nuevo compañero para el verano. Joaquín había levantado la vista esperando encontrarse con algún australiano que empezaba a trabajar para costearse la independización. En cambio, se encontró con un pibe de dieciocho años, argentino al igual que él, con una mochila colgada de un hombro y una expresión que dejaba bastante claro que todavía no entendía del todo dónde estaba parado.

Joaquín pasó detrás del mostrador y empezó a acomodar unas correas que alguien había dejado tiradas. Había aprendido a hacerlo sin pensar, la rutina se había vuelto una especie de segunda naturaleza. 

 

 

A las cinco de la tarde, el ritmo de clientela era casi siempre el mismo. Había familias que llegaban con chicos todavía dormidos en los brazos por pasar horas jugando debajo del sol, algunos que preguntaban por clases de surf y grupos de adolescentes que entraban solamente para mirar las tablas y terminaban ocupando media hora del local sin comprar nada. 

Extrañamente, le gustaba la cotidianidad que le ofrecía. Le gustaba el olor a parafina, la arena que arrastraba el viento por el piso, y hasta las preguntas repetidas de la gente. Le gustaba que el trabajo tuviera algo que ver con el surf sin exigirle que estuviera arriba de la tabla todo el día. No era algo que le disgustara, si era sincero consigo mismo, pero la tierra firme también tenía una calma distinta, aunque fuera por unas horas. Pero lo que más le agradaba, sin duda, era cuando terminaba el turno, porque podía caminar quince minutos hasta la orilla para despejar la mente. Sin un plan, sin horarios, sin nadie esperando nada de él.

Había días en los que se distraía pensando en todo lo que había quedado del otro lado del mundo. Casi nada de su vida en Australia había sido un plan demasiado elaborado. Su papá solía decir que habían llegado cuando él era demasiado chico para recordar el miedo que daba empezar de nuevo, pero Joaquín todavía recordaba algunas cosas. El aeropuerto, por ejemplo, y haber dormir durante casi todo el vuelo. Recordaba a sus padres intentando explicarle que iban a vivir en otro país, que iba a aprender inglés, que iba a tener una escuela nueva.

Recordaba haber preguntado cuántos días iban a estar lejos de casa, y que no hubo una fecha de regreso. Ni una promesa de volver después de un tiempo.

Al principio, Argentina había seguido siendo prácticamente todo lo que conocía. Aún se hablaba solamente español en casa. Su mamá seguía cocinando como había cocinado siempre y había llamadas con familiares los domingos y cumpleaños en los que la computadora quedaba apoyada sobre la mesa durante horas para que los abuelos pudieran verlo soplar las velitas desde la otra punta del mundo. En diciembre aparecían cajas con turrones, pan dulce y alguna otra cosa que sus padres habían conseguido importar, y Joaquín tuvo que hacer las paces con el hecho de que en Australia no existían fiestas divertidas como las que pasaba con toda su familia porque nunca se parecían demasiado a las que recordaba.

Con el paso del tiempo, Joaquín había aprendido a manejar por la izquierda, y que los australianos podían estar descalzos en lugares donde jamás se habría imaginado ir descalzo. Tambien a reconocer cuándo se venía una tormenta aunque todavía hubiera sol. 

Crecer no fue difícil en sí. El paso de la adolescencia fue bastante más extraño de lo que se esperaba. En el colegio nadie hablaba como él. Al principio le costaba entender las bromas, y después le costó entender los acentos. Todos parecían hablar con expresiones inventadas y una tonada como la de las películas.

Fue casi repentino, imposible de recordar con exactitud, el momento en el que dejó de traducir mentalmente antes de hablar y empezó a pensar en inglés. A soñar en inglés. A tener conversaciones enteras en su cabeza sin darse cuenta.

Un día se descubrió buscando una palabra en español y, cuando finalmente la encontró, le sonó extraña. Demasiado lejana; como si hubiese pertenecido a otra persona. Fue una de las primeras veces que sintió que algo de sí mismo se le estaba escapando. No de golpe, era más parecido a esas cosas que se desgastan de a poco, con los años, hasta que un día uno se da cuenta de que ya no recuerda exactamente cómo sonaban. Y por eso, con más de once mil kilómetros de distancia entre una parte de su vida y la otra, sus padres se habían encargado de que no desapareciera del todo.

Levantó la vista cuando la campanita de la puerta volvió a sonar y se dió cuenta que llevaba más de cinco minutos con la mirada clavada sobre una tabla que debía encerar. El tono verde azulado le recordaba a su primer shortboard, regalo de su padre en su cumpleaños número once y su primer acercamiento real con el agua.

Una pareja entró preguntando por quillas y tardó apenas unos segundos en cambiar de idioma antes de hablar, como hacía todos los días. El murmullo constante de la calle detrás de los vidrios anunciaba el paso constante de la jornada.

 

 

Para cuando el sol empezó a bajar, Joaquín apenas recordaba en qué momento había pasado el mediodía. Cerró el local y caminó de vuelta al auto con la tabla bajo el brazo. El aire tenía algo distinto y el océano estaba demasiado calmo bajo la luz de la luna. Se detuvo un segundo antes de subir al vehículo, mirando cómo la última luz se deshacía sobre el agua.

Cuando llegó, la casa estaba en silencio. Se dejó caer sobre la cama, agarró el celular una última vez y respondió un par de mensajes antes de dejarlo boca abajo sobre la mesa de luz. Afuera, el sonido de la noche se filtraba por los rincones, mezclado con el viento contra la ventana.

Esa noche soñó con la playa. No era extraño en él. El Pacífico aparecía seguido en sus sueños, a veces como un lugar concreto y otras como una extensión interminable de agua bajo cielos imposibles. 

Esta vez tampoco había nada que pareciera tener demasiado sentido. El sol estaba bajo, aunque no parecía estar saliendo ni poniéndose, y la arena se sentía tibia bajo los pies. Había viento, pero no hacía frío. El aire tenía ese gusto salado que se quedaba en la lengua después de pasar demasiado tiempo cerca del océano y, en algún lugar detrás de él, alguien se reía.

No sabía quién, y bajo la lógica característica del estado de ensueño, tampoco parecía importarle. Había una figura moviéndose entre la espuma, apenas una silueta recortada contra la luz. Joaquín intentaba mirarla, pero cada vez que estaba a punto de distinguirle la cara, el agua le devolvía el reflejo del cielo y todo volvía a confundirse. Solo quedaba una voz. Unas pocas palabras que no alcanzaba a entender, dichas en un idioma familiar.

Después, una mano. Dedos mojados rozándole la muñeca. Estaban hirviendo, pero a la vez se sentían demasiado fríos sobre su piel.

La sensación duró apenas un segundo, pero fue suficiente para que algo dentro suyo se tensara, como si hubiese estado esperando ese contacto desde mucho antes de saber que existía. Cuando abrió los ojos, ya no quedaba nada, sólo el techo oscuro y el rumor lejano de las olas.

Notes:

traducciones

(Podría estar mejor.)
(Voy a asumir que estás de acuerdo conmigo, hermano.)
(Sí, eso pensé.)
(La verdad, odio las mañanas.)
(Sos insoportable, amigo.)
(El error más grande de mi vida.)
(Dale, mandale.)
(Está bien. Pero si me muero, decile a todos que fue el viento.)
(Voy a escribir eso en tu…) (¿Lápida?)
(No sos gracioso.)

 

(Me voy.)
(¿Trabajo?)
(¿Venís a lo de Roxy esta noche?)
(Probablemente.)
(Eso no es una respuesta.)
(Nos vemos, amigo.)

 

HOLA ☝🏼🏄‍♀️

no sé muy bien como empezar porque realmente esta idea surgió en el lugar más delirante de mi cabeza y simplemente no pude detenerme antes de darme cuenta que estaba encarando otro proyecto con varios capítulos…… me emociona mucho estar escribiendo esto !!! aclaro que tengo conocimientos muyyyyy superficiales sobre el surf, los work and travel y sobre todo sobre vivir en australia (por si no había quedado en evidencia) pero espero se asemejen lo suficiente a la realidad.

aclaro que, por el sentido de la trama, existirán algunos diálogos en inglés como el del principio. voy a dejar las traducciones al final del capítulo siempre que sea necesario!!

si leíste hasta acá GRACIAS siempre ♥️♥️♥️♥️ espero volver pronto con más delirios místicos mua mua lxs amo muito