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Estoy enamorado de ti.
Brian ni siquiera podía contar con los dedos de las manos cuántas oportunidades desperdició, cuántas veces esas cuatro palabras se le atoraron en la garganta, impidiéndole decirlas en voz alta a pesar de que tenía ahí a Armando, mirándole con sus enormes ojos marrones expectantes, como si él también estuviese esperando a que Brian reuniera el suficiente valor para abrirle su corazón.
La cuestión era que, de hecho, Brian si tenía su corazón en las manos, listo para diseccionarlo frente a Armando, para entregárselo y que viera con sus propios ojos todos los sentimientos que Brian guardaba en su interior por él.
Pero había algo. Algo que le enredaba la lengua, le apretaba la garganta y le impedía confesar lo obvio. Muchas veces, Brian se excusó a sí mismo diciendo que el momento quizás no era el indicado —aunque en realidad si lo fuera—, que ya la próxima vez sería la buena, que de todos modos no tenía que apresurarse porque Armando siempre estaría allí, esperando por él.
Hasta que ya no fue así.
Cuando los rumores sobre un equipo de Grecia mostrando interés por comprar a cierto delantero comenzaron a correr, Brian no le tomó mucha importancia. Rumores como esos siempre se esparcían y él mejor que nadie lo sabía, pues durante las primeras semanas luego del Mundial, sinfín de rumores sobre equipos europeos queriendo comprarlo habían llenado los pasillos de Verde Valle y todas las redes sociales, pero al final se quedó como eso, un rumor más.
Ingenuamente, pensó que sería lo mismo para Armando.
Hasta que la primera oferta golpeó a la puerta de las Chivas, congelando el mundo de Brian por completo.
Lo primero que hizo fue llamar a Armando, por supuesto. El canterano le respondió con la misma confusión e incertidumbre que Brian sentía, asegurandole que no sabía ni entendía nada de lo que estaba pasando.
“Pero no creo que pase de la primera negociación, güero, han ofrecido menos de la mitad que indica mi contrato” fue lo que Armando le respondió al final, sonando tan tranquilo y sereno como siempre.
Y aún así, Brian sintió la necesidad de decirle todo, de vomitar sus sentimientos antes de que otro susto de esa magnitud ocurriera.
Estoy enamorado de ti.
No lo hizo, por supuesto. Luego de un par de bromas y comentarios acerca de la situación, Brian colgó la llamada con la lengua pesada y el corazón acelerado. Se lo diré mañana, se dijo, se prometió, se aseguró. Porque había pasado tanto tiempo planeando cómo confesarle sus sentimientos a Armando como para hacerlo a través de una simple llamada, guiado por el estúpido miedo de que el tiempo se le acabara.
Pero, entonces, la segunda oferta aterrizó a la mañana siguiente, tornando la situación mucho más real, mucho más en serio, tanto que incluso el resto del equipo también miró a Armando con curiosidad cuando lo vieron subir al avión que los llevaría a Torreón para su partido contra Santos Laguna.
Y la expresión que Armando puso al contarles los detalles de la negociación entre Chivas y el mentado club griego no le dió ninguna buena espina a Brian. Porque ya no se escuchó tan tranquilo ni confiado como lo había hecho la tarde anterior durante su llamada. Armando se veía pensativo, pálido y nervioso, como si ni siquiera él estuviese seguro de su futuro en las próximas horas.
Estoy enamorado de ti.
Brian quiso gritarlo allí, a mitad del avión, con el resto del equipo viéndolos. Pero no pudo. Su maldita cobardía volvió a sellarle los labios, impidiéndole decir aquellas palabras que llevaba meses guardando en su interior incluso cuando Armando tomó asiento a su lado en el avión.
“¿A poco si te irás a conocer a Zeus, doll?” bromeó Brian, como si su corazón no se le estuviera haciendo trizas y el riesgo de perder al hombre que amaba no estuviese pisándole los talones.
“No lo sé” respondió Armando, con la voz baja y la mirada pérdida.
Esa no había sido la respuesta que Brian había esperado. Porque el Armando de hacía unos meses, se hubiese reído de su estúpido chiste y le habría dicho que no estuviese chingando, para luego aclararle con convicción que no, que no pensaba irse a ningún lado sin traer el treceavo campeonato al Club.
Pero ahora Armando lo estaba dudando. Peor aún, parecía estarlo considerando y Brian no sabía qué hacer, qué decirle para retenerlo.
(Mentira. Claro que sabía. Sabía las cuatro palabras que quizás marcarían una diferencia en la decisión de Armando si se las confesaba. Pero no podía. No podía).
Las siguientes horas fueron un infierno. Brian nunca experimentó una incertidumbre tan grande como la que sintió en las siguientes cuarenta y ocho horas. Cada que volteaba a ver a Armando, buscándole la mirada con urgencia, todo lo que podía ver en el rostro de su amigo era ansiedad.
Sin embargo, Brian se forzó a guardar la calma, al menos lo suficiente hasta que pasara el partido contra Santos. Tenía que concentrarse en el fútbol, en su trabajo. No podía permitir que sus sentimientos siguieran interfiriendo en su concentración cuando, de por sí, al equipo no le estaba yendo nada bien desde que inició el torneo.
Por supuesto, no tener a Armando en la cancha durante el partido fue duro. Porque todos, absolutamente todos, sabían lo que eso significaba: el directivo no quería arriesgarse a que sufriera alguna lesión cuando las posibilidades de venderlo todavía eran muy altas.
Por suerte, luego de que el silbato tronó y de que Chivas se llevara la victoria —muy a duras penas—, lo primero que Armando le susurró al oído cuando Brian lo jaló en un abrazo al final del partido fue suficiente para calmar la turbulencia de su corazón.
“Rechazaron la segunda oferta”
La tranquilidad que Brian sintió fue tanta que tuvo que cerrar los ojos un segundo y respirar profundo, llenándose los pulmones con el dulce aroma de la colonia de Armando, mientras sus brazos se apretaban con mayor fuerza alrededor de la espalda del canterano y sus labios buscaban la piel cálida de su cuello para depositarle un pequeño y breve beso, como siempre, como cada vez que lo abrazaba.
Estoy enamorado de ti.
Lo único que lo salvó de hacer una confesión a media cancha fue la mano de Campillo jalando la camisa de Armando, separándolos juguetonamente para poder abrazarlos a ambos, visiblemente contento y lleno de la adrenalina de ganar un partido.
Brian se permitió relajarse, confiado de nuevo. Confiado de que todavía tenía tiempo, de que todavía tendría la oportunidad de confesar sus sentimientos en sus propios términos, sin sentirse apresurado ni obligado a hacerlo para retener al amor de su vida.
Pero entonces.
Pero entonces allí estaban ahora, escondidos en un rincón solitario de Verde Valle cuando deberían estar en el entrenamiento. Y Armando estaba frente a él, mirándole con esos enormes ojos marrones —que Brian tanto adoraba y al cual le había dedicado mil poemas— llenos de lágrimas. Porque la tercera oferta había llegado a mitad de la madrugada y Chivas la había aceptado.
“Pero—¿Aceptaron sin consultarte primero?” Brian murmuró, con un nudo en la garganta, mientras trataba de reprimir el temblor en sus manos.
Armando le miró con culpa y completamente devastado y entonces Brian supo que el tiempo por fin se le había acabado.
“Yo accedí, güero. Desde la segunda oferta. Yo—” la voz de Armando se quebró y sus mejillas se empaparon con el río de lágrimas que sus ojos soltaron. “No sé. Al principio estaba seguro de quedarme, pero luego hicieron la segunda oferta y—uh, y me pregunté, ¿y si nunca más se me presenta una oportunidad así? No he podido meter un gol en meses, güero. Todo el mundo oye lo que se dice de mí, de mi rendimiento. Que si haberle calentado la banca a la Selección me arruinó. Que si nunca más recuperaré el ritmo…”
“That's bullshit, Armando” Brian interrumpió, dando un paso para acercarse al delantero, sintiendo sus dedos temblar de necesidad por tomarle la mano, pero al final terminó rechazando el impulso y simplemente apretó los dedos en un puño. “Solo necesitas jugar más y confiar en ti”
“Pero, ¿y si no?” susurró y si no estuviesen en la situación en la que estaban —con el corazón de Brian siendo apachurrado sin piedad—, Brian se hubiese burlado por la ironía de esas palabras que eran el completo contrario al infame ¿Y si sí? “Ya no estoy tan chamaco, güero. Y no estoy rindiendo como debería. Podría tomarme meses volver al nivel del torneo pasado y—No sé, me espanté”
Brian lo entendía. Dios sabía que lo entendía. Pero el corazón se le estaba haciendo añicos y ni siquiera era culpa de Armando. Era suya. De su cobardía. Porque incluso cuando lo tenía enfrente, diciéndole que se iba, Brian no encontraba las palabras para confesar todo lo que había empezado a sentir hace muchos meses atrás.
“¿Es tu sueño, doll?” susurró, con una sonrisa temblorosa en los labios.
Armando alzó la mirada, sus largas pestañas revoloteando con confusión ante aquella pregunta, pero aún así terminó asintiendo con lentitud.
“No mames, güero, claro que sí. Es el sueño de cualquiera, ¿no?” dijo, sorbiendo la nariz torpemente.
Mi sueño es poder decirte que te amo, no irme a Europa.
“Claro” Brian respondió, antes de levantar una mano temblorosa para limpiar una de las nuevas lágrimas que se le estaban escapando a Armando por la esquina del ojo. “Pero si es tu sueño, ¿por qué lloras?”
Armando abrió la boca, pero la volvió a cerrar de golpe, quedándose sin palabras por lo que pareció una eternidad.
Brian no sabía lo que estaba pasando por la cabeza del canterano en ese momento, pero al verlo recuperar su sonrisa unos segundos después, Brian supo que no había manera de que se confesara en ese momento, ni en ningún otro momento cercano.
¿Para qué? ¿Qué cambiaría? Armando había tomado una decisión, por él, por su futuro. Brian no podía arruinar eso. No podía ser egoísta y lanzar sus sentimientos a los pies de Armando con la esperanza de que eso le hiciera cambiar de opinión.
“Es solo que voy a extrañar tu pinche acento pocho, güero”
Brian rio, apartando su mano lejos del rostro de Armando y la metió dentro de los bolsillos de sus shorts deportivos, tratando de fingir una serenidad que no sentía.
“No te preocupes, voy a tratar de llamarte de vez en cuando para que no extrañes tanto mi español todo mocho”
Armando soltó una carcajada, luciendo más relajado, antes de asentir y retroceder un paso, alejándose de Brian.
“Gracias, güey, andaba bien angustiado por todo esto” murmuró Armando, con las mejillas rojas y los labios estirados en una sonrisa genuina. “Pero tengo maletas por hacer, así que—¿Te veo luego? Si es que te dignas a irme a despedir al aeropuerto”
Brian asintió, sosteniendo su sonrisa a duras penas, antes de que Armando se diera la vuelta, comenzando a caminar lejos de él.
Brian lo miró marchar, sus ojos azules clavados en la espalda de Armando mientras la distancia entre ellos crecía y los recuerdos de los últimos meses juntos inundaban su mente, torturándolo.
Estoy enamorado de ti.
Estoy enamorado de ti.
Armando, te amo.
Armando, no te vayas.
No me dejes.
Armando…
Pero no se atrevió a decirlo. Por miedo. Para no arruinar el sueño de Armando. Por cobarde. Porque ya nada cambiaría de todos modos. Brian ya ni siquiera sabía la razón detrás de su incapacidad por confesar lo que sentía por Armando González, solo sabía que lo estaba perdiendo y ya no podría recuperarlo de ninguna forma.
Lo vió alejarse y guardó silencio. Se tragó sus sentimientos, los volvió a empujar al fondo de su corazón, ocultandolos como había hecho por meses. Porque era lo mejor para Armando incluso si eso no era lo mejor para sí mismo.
Y cuando la primera lágrima descendió por su mejilla, Brian supo que la decisión que había tomado iba a dolerle un chingo.
[...]
Brian no lo fue a despedir al aeropuerto.
O al menos no se atrevió a acercarse. Se quedó parado a la distancia, viendo la silueta de Armando ser envuelta en diferentes abrazos de despedida, desde su familia hasta compañeros del equipo. Lo vio mirar con desesperación a su alrededor, buscando algo, buscando a alguien, buscándolo a él.
Pero Brian no se acercó. No pudo. Sentía que en el momento en que tuviera a Armando frente a él, cometería un error. Le confesaría todo allí mismo, o peor, lo besaría enfrente de todos.
Y Brian no se perdonaría jamás si arruinaba el sueño de Armando.
Así que aguardó a la distancia, hasta que ya no hubo más tiempo. Hasta que anunciaron el vuelo de Armando por los altavoces. Hasta que Armando —con una expresión de decepción— se dio la vuelta y caminó hacia su destino, listo para irse de México, listo para dejar atrás el mundo que conocía, listo para dejar a Brian con todo el amor en las manos sin saberlo.
“Adiós, doll” Brian susurró entre dientes, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón lleno de arrepentimientos.
Armando no lo escuchó, por supuesto. Así como nunca escuchó todo lo que Brian guardaba en su corazón para él.
Pero estaba bien. Porque Brian quería verlo cumplir sus sueños, verlo triunfar y convertirse en el futbolista que todos aspiraban a ser.
Eso era lo que un buen amigo debía hacer.
Amigo.
Debió haberlo besado, si, también debió decirle que lo amaba cuando pudo. Pero al menos podía quedarse con los recuerdos y eso ningún equipo en la otra punta del mundo podría quitárselo.
[...]
“¿Por qué me miras así?” Armando rio, sonando nervioso, mientras terminaba de guardar sus cosas dentro de su bolso deportivo, listo para irse luego de un intenso día de entrenamiento.
“¿Así cómo?” Brian preguntó, fingiendo demencia.
“No sé, así con tu cara de lelo. Me pones de los nervios, güey” rio Armando, el sonrojo brillante de sus mejillas confirmando de inmediato sus palabras.
“Ah. Sorry. Es que tienes una carita de muñeco que me pone de malas” Brian molestó, mientras se colgaba su propio bolso deportivo al hombro, pero sin salir de los vestidores, esperando por Armando.
“No mames, güero, ¿cómo voy a tener cara de muñeco? Soy un cabrón” rio Armando, antes de jalar su bolso con él y comenzar a caminar a la salida.
“Bueno, si, pero un cabrón con cara de muñeca” Brian se encogió de hombros con simpleza, escuchando a Armando quejarse a su lado. “Ya, ya, no hagas pucheros, doll”
“¡¿Doll?!” Armando exclamó, sus mejillas poniéndose más rojas, aunque en su mirada se podía apreciar que el apodo no le molestaba.
“Si, ya sabes, muñeco pero en inglés” Brian volvió a encogerse de hombros, despreocupado. “Pensé que sabías inglés, güey”
“Pendejo, claro que sé inglés, ¿pero por qué «Doll»? ¿No me puedes decir «Hormiga» como los demás?” bufó Armando, fingiendo molestia, aunque siguió caminando tan cerca de Brian que sus hombros se rozaban a cada paso.
Brian lo miró de reojo, sopesando su respuesta.
«Porque estoy enamorado de ti y tu carita de muñeco es lo que más me gusta de ti»
“Pues pa’ chingarte nomas” fue lo que respondió en realidad, ganándose la mirada irritada del canterano. “Y porque yo no soy como los demás, doll”
“Ay, esa pinche labia qué, güey” Armando rio, empujándole el hombro, pero la sonrisa satisfecha en su rostro no pasó desapercibida para Brian.
“Ya, no te enojes, ¿quieres que te lleve?”
“No tenías otra opción, güero”
