Chapter Text
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El vino supo como siempre hasta el final, pero al tragar quedó un amargor fino en el fondo de la lengua, apenas suficiente para que Muninn pasara la lengua por los dientes y bajara la copa.
Freud conocía esa bebida mejor que él: sabía cuánto licor mezclar con el vino, cuánto endulzarlo cuando estaba cansado y qué especias podía añadir sin que terminara apartándolo con una mueca. Después de tantos años, equivocarse con algo así era raro.
—Te quedó amargo.
Freud no respondió.
Al otro lado del fuego sostenía la botella con ambas manos, demasiado quieto para alguien que acababa de equivocarse con una mezcla. Percy tenía la atención clavada en la tierra. Dutch llevaba un rato de pie. Ortega ni siquiera fingía dormir. La tos le llegó antes de que Muninn terminara de ordenar esa imagen; se cubrió la boca con el puño y, cuando volvió a abrir la mano, los dedos tardaron una fracción de segundo en obedecer.
—Freud.
Esta vez Freud alzó la cabeza. La expresión le bastó. Muninn dejó la copa y la base golpeó una piedra porque los dedos ya no calculaban bien la fuerza.
—¿Qué le pusiste?
—Muninn, yo...
Se puso de pie y el mundo se inclinó hacia la izquierda. Alcanzó el tronco con una mano antes de caer de rodillas mientras otra tos le raspaba la garganta. La otra mano buscó por costumbre el peso de sus dagas en la cintura y encontró la funda vacía. Dutch tenía una todavía envainada. Percy sostenía la otra con ambas manos, como si llevara demasiado tiempo sin saber qué hacer con ella.
—¡Devuélvanmelas!
Nadie se movió. Muninn abrió la mano. La niebla acudió a la palma y empezó a condensarse en el comienzo de una hoja, dos centímetros de metal antes de deshacerse entre sus dedos. Volvió a intentarlo. Creación apenas consiguió formar una línea gris que se rompió en partículas húmedas. La garganta se le cerró. Creación no fallaba.
—¿Qué mierda me dieron...?
La última palabra terminó en una tos. Algo caliente le llenó la boca y cayó oscuro sobre la tierra cuando escupió. Sangre. Freud se levantó de golpe.
—Muninn, escucha...
—¿Por qué...?
La palabra salió rota, suficiente para detenerlo. Muninn avanzó hacia él con una pierna que ya no calculaba bien la distancia, tropezó y recuperó el equilibrio por reflejo. No iba hacia Freud porque estuviera más cerca. Después de casi veinte años, era la única respuesta que todavía necesitaba.
Freud abrió la boca, pero no consiguió decir nada. Muninn alcanzó su manga justo cuando una rodilla cedió; Freud lo sostuvo del antebrazo por reflejo.
—¡No me toques!
Freud soltó como si se hubiera quemado.
—Yo no quería...
Muninn levantó la cabeza. La frase le entró más hondo que el veneno.
—¿Entonces por qué?
Freud tomó aire.
—Muninn, yo...
Un movimiento a la derecha le alcanzó tarde. Ortega. Muninn intentó girar mientras abría la mano una tercera vez; la niebla reunió apenas la punta de una daga.
—¡No!
La voz de Freud llegó al mismo tiempo que el acero. Ortega lo atravesó por la espalda y la hoja salió bajo las costillas. Muninn perdió el aire. Durante un segundo solo hubo presión; después llegó el calor y, cuando Ortega retiró el arma, las piernas dejaron de sostenerlo. Freud lo atrapó antes de que golpeara el suelo.
Muninn quiso apartarlo, pero el brazo apenas respondió. Lo que había temido durante tanto tiempo estaba ocurriendo con Freud y con ese maldito grupo que había insistido en llamarse familia, abandonados y bastardos que de alguna manera habían terminado encontrándose unos a otros. Freud cayó de rodillas con él, las manos temblándole, y una quedó cubierta de sangre cuando intentó presionar la herida.
—Muninn. Muninn, mírame.
Muninn lo hizo. El dolor, la culpa y el miedo estaban demasiado claros en la cara de Freud para encajar con lo que acababa de hacer.
—¿Por qué...?
Freud tragó. La voz no le salió a la primera.
—Yo...
Muninn esperó, pero no llegó nada más. La respiración empezó a fallarle y tosió contra el pecho de Freud, dejando una mancha oscura sobre su camisa.
—No... —Freud presionó con más fuerza—. No, no...
Muninn intentó apartarlo otra vez. Apenas consiguió mover el brazo.
—Dime...
—Muninn...
—Dime por qué.
Freud abrió la boca sin conseguir responder. Los ojos empezaron a llenársele de lágrimas. Muninn lo había visto negociar bajo amenaza, contemplar cadáveres y mantener la calma cuando todos los demás ya la habían perdido. Ahora estaba arrodillado en la tierra, cubierto con su sangre y llorando.
—... Perdóname...
Muninn frunció apenas el ceño. No quería su perdón. Quería entender.
—Freud...
El nombre apenas salió. El frío ya le había alcanzado las manos y las piernas se reducían a una presión lejana contra el suelo. El fuego perdió los bordes detrás de Freud mientras las voces alrededor se mezclaban hasta dejar de formar palabras.
—Mírame. Muninn, mírame.
Lo intentó y consiguió encontrar su rostro una vez más. Freud lloraba, le temblaba la boca y tenía sangre entre los dedos. La culpa era tan evidente que Muninn entendía todavía menos cómo aquel hombre había podido hacerle eso. Después la imagen perdió nitidez.
La voz de Freud siguió llamándolo desde cada vez más lejos hasta que todo se volvió negro.
...
Una pluma raspaba papel.
Muninn abrió los ojos con una bocanada violenta y durante varios segundos no entendió por qué seguía respirando.
El cuerpo esperaba el dolor bajo las costillas, la sangre en la boca, el peso de Freud sosteniéndolo mientras su voz se alejaba; en cambio había aire limpio entrando a los pulmones y una superficie dura bajo sus brazos.
La mano se le fue al costado antes de que pudiera pensarlo. Encontró tela intacta donde Ortega lo había atravesado y presionó con fuerza, buscando la herida que recordaba demasiado bien. No había sangre, carne abierta ni siquiera dolor. Tragó y el sabor metálico regresó con tanta claridad que se limpió la boca con el dorso de la mano. Estaba limpia.
El pulso empezó a golpearle en la garganta.
Lo primero que necesitó encontrar fue a Freud.
Su atención ya recorría las caras alrededor, esperando aquella expresión deshecha, las manos cubiertas de sangre, cualquier indicio de que hubiera seguido allí después de que Muninn perdiera el conocimiento. Después buscó a Percy, Dutch y Ortega. La mano bajó hacia la cintura y no encontró sus dagas. La piel de la nuca se le erizó.
Y al ver el sitio, estaban en otra locación.
El veneno debía haberlo dejado inconsciente y aquello formaba parte de lo que habían preparado.
Era una explicación miserable, pero pertenecía a un mundo que entendía: drogas, secuestros, habitaciones desconocidas, gente esperando que despertaras.
Solo que alrededor había demasiada luz. Ventanales enormes. Filas de desconocidos sentados ante superficies de madera, papeles abiertos, plumas moviéndose. Una voz masculina hablaba desde el frente con una tranquilidad insoportable mientras alguien carraspeaba, otro pasaba una hoja y dos personas cuchicheaban como si nada hubiera ocurrido.
Nadie lo vigilaba ni parecía siquiera interesado en él. Muninn permaneció quieto mientras la última imagen de Freud volvía sin pedir permiso, la boca temblándole y sangre entre los dedos. Perdóname. Apretó la mandíbula e intentó concentrarse en la voz del frente. Afinidad, mana, vínculo. Reconocía las palabras, pero ninguna le daba contexto suficiente.
Un golpe pequeño sonó junto a su mano.
Muninn reaccionó antes de comprenderlo. Una esfera de tinta rodó sobre los papeles y empezó a derramarse mientras el muchacho sentado a su lado retiraba el codo con una lentitud descaradamente intencional.
Tenía el cabello negro, los ojos verdes y una sonrisa que esperaba algo de él.
—Ups~
Muninn apartó la hoja antes de que la tinta alcanzara el resto.
El desconocido siguió esperando alguna reacción, pero no la obtuvo.
Muninn tenía demasiadas preguntas y ninguna empezaba por la tinta.
