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La lluvia caía torrencialmente frente a Kate. El viento la hacía estrellarse con violencia contra las paredes de la casa, incrementando la sensación de sobrecogimiento que la había invadido en el preciso instante en que empezó la tormenta. A pesar de ser verano, tenía frío. El chal que había cogido antes de salir al porche era demasiado fino como para hacerla entrar en calor. La morena sabía que debía entrar en casa si no quería coger un resfriado pero le era simplemente imposible apartar los ojos de la tormenta. Siempre la habían fascinado. Los truenos y los relámpagos la hacían sentir pequeña e insignificante. Tan absorta como estaba ni siquiera notó que se había emocionado hasta que una lágrima solitaria le hizo cosquillas en la mejilla. No es que tuviera miedo, no exactamente. Las tormentas la impresionaban, pero no la aterrorizaban. La lluvia cayendo sin piedad sobre la tierra, los rayos iluminando el cielo y los truenos rompiendo el silencio de la noche la hicieron pensar en cuando era pequeña y su abuela siempre les decía a ella y sus hermanos que una tormenta solo era la prueba de que Dios estaba triste. El recuerdo hizo que Kate se llevase instintivamente la mano a la pequeña cruz plateada que llevaba al cuello. Antes de aterrizar en Israel, Ari le había pedido que se la quitase, para evitar conflictos. Ella se había indignado, a pesar de entender el motivo de su petición a la perfección, y le había dicho que nunca escondería su fe como si se avergonzara de ella. Ari había sonreído entre exasperado y orgulloso y había depositado un suave beso sobre su cabeza. Kate sonrió al pensar en ello, sin dejar de tocar la cruz. En ese momento escuchó un murmullo que había empezado a reconocer como las silenciosas pisadas de Ziva. La niña de casi catorce años parecía un ninja. La primera vez que Kate viajó a Israel, hacía ya un año, Ziva había conseguido asustarla más veces que todos sus hermanos juntos a lo largo de su infancia, y eso que era la pequeña. No dijo nada cuando la adolescente de pelo rizado se sentó a su lado. A Kate le sorprendió ese movimiento, pues la hermana de Ari nunca había mostrado un gran interés en su presencia, más bien al contrario, muchas veces la evitaba. La chica no llevaba ningún tipo de abrigo, pero el clima no parecía afectarla. Los ojos de Ziva se iluminaron cuando otro relámpago surcó el cielo y su sonrisa, normalmente pequeña y fugaz, empezó a ensañarse ligeramente. Le recordaba mucho a Ari cuando estaba feliz.
Ziva había notado la mirada de Kate, pero esta vez no le importó. Estaba lloviendo, estaba lloviendo a mares, como llevaba años sin llover, y el espectáculo natural que se estaba desarrollando ante ambas era uno de sus momentos favoritos desde que era pequeña. La forma en que los truenos explotaban, haciendo parecer que el cielo iba a romperse en mil pedazos y caerse sobre sus cabezas, la forma en que los rayos cortaban la oscuridad tan momentáneamente que uno se lo perdía al parpadear, y la forma en que la lluvia se estrellaba sin piedad contra todo aquello que se interponía en su camino la hacían sentir fuerte, imparable, libre. Cuando se giró para mirar a Kate, porque seguía notando su mirada, esta estaba contemplando el jardín, como si nunca hubiera apartado la vista de allí. Entonces a Ziva le pareció vislumbrar un reflejo en su rostro. Al fijarse más descubrió que era el rastro de una lágrima. Era demasiado experta en ese ámbito como para no reconocerlo, incluso con la oscuridad que las envolvía. Se preguntó por qué habría llorado. La novia de su hermano siempre parecía tan feliz y sonriente que imaginarla ahogada por las lágrimas la hacía sentir incómoda. Mientras la niña se perdía en sus pensamientos, un trueno especialmente fuerte sacudió el mundo a su alrededor. Kate se tensó de inmediato y empezó a temblar. La mano de Ziva voló sobre la suya antes de poder detenerla.
Kate sintió el calor de una mano que cubría la suya en cuanto todo su cuerpo reaccionó al ruido del trueno. Al instante se relajó. No miró a la niña, porque sabía que si lo hacía aquel precioso momento terminaría tan rápido como había empezado. La estadounidense sintió cómo se le nublaban los ojos al notar el suave apretón de la pequeña mano de Ziva cuando un rayo iluminó el cielo.
El tivke - susurró Ziva, apretándole la mano un poco más.
Kate no entendió las palabras, todavía le costaba mucho el hebreo. Pero al notar nuevas lágrimas corriendo por sus mejillas y captar la mirada de preocupación en los ojos de Ziva, supo que estaría relacionado.
Tranquila, estoy bien - le respondió la mujer limpiándose el rostro.
¿Qué ha hecho mi hermano? - preguntó la israelí con el ceño ligeramente fruncido
La confusión golpeó a Kate ante esas palabras, no solo por el significado, sino también por lo que implicaba que la niña a su lado las hubiera pronunciado.
Ari no ha hecho nada, Ziva - se apresuró a decir Kate todavía sin entender muy bien el por qué de la pregunta.
Entonces ha sido mi padre. - Ziva soltó un suspiro cansado, demasiado cansado para una niña de catorce años - Siempre se ha comportado así con los extranjeros, especialmente con las novias de Ari. Pero eres la primera que ha vuelto después de conocer a nuestra familia.
¿Por qué no volvería? Me encanta estar aquí, sois una familia maravillosa - Kate pasó por alto la insinuación de que su padre era el culpable de su estado emocional. Ziva lo notó pero decidió no mencionarlo.
Las otras novias de Ari tenían miedo de venir, si eran israelíes porque sabían quién es mi padre y si eran extranjeras porque mi padre les parecía intimidante, siempre le faltaba el respeto a sus culturas, sin importar cuáles fueran; si no eran judías no eran buenas para la familia David - la amargura se filtró en las palabras de la adolescente y ni siquiera se molestó en intentar ocultarlo.
No es por tu padre, Ziva - eso dejó aún más confusa a la niña, cuyo ceño fruncido se volvió ligeramente más profundo - es por la tormenta
Oh, ¿te dan miedo las tormentas? - el tono entre sorpresa e indignación de Ziva hizo reír a Kate
Mm, no, no exactamente. Simplemente me hacen sentir insignificante y enana en la inmensidad del mundo, No me da miedo el peligro que puedan causar, digamos que me dan miedo las dudas existencialistas que crean en mí - Ziva la miró como si tuviera dos cabezas antes de sonreír radiantemente
Pues a mí me encantan, siempre me han encantado. Me hacen sentir libre.
Kate la miraba fascinada. La capacidad que tenía la hermana de su novio de hacerle ver aspectos de las cosas que había pasado por alto millones de veces era francamente alucinante. Cuando retumbó el siguiente trueno, no tuvo tiempo de ponerse a temblar antes de sentir el pulgar de Ziva acariciando su mano. Podía parecer un gesto mínimo, pero para Kate significaba el mundo. La chica de catorce años ni siquiera la estaba mirando, como si aquel gesto fuera lo más normal del mundo, como si no acabara de alegrarle la semana en apenas segundos.
Hay muchas tormentas aquí durante el verano - susurró Ziva contemplativamente, más para sí misma que para Kate. La niña sintió en las puntas de los dedos el escalofrío que recorrió a la mujer y un relámpago especialmente largo hizo brillar una lágrima solitaria que se desplazaba lentamente por su mejilla. Sin previo aviso, la abrazó, muy fuerte, quitándole de golpe todo el frío y aquella sensación de pequeñez que se le había instalado en el pecho. Ziva no sabía por qué lo había hecho, había sido un impulso, solo sabía que no quería que Kate llorara más. Por alguna razón desconocida, la mera idea le producía nauseas. Tras un segundo de shock, Kate envolvió a la chica con delicadeza, temiendo estropear el momento y que ella se alejara.
Todá - susurró suavemente contra los rizos morenos de la adolescente antes de depositar un beso aún más suave
Ziva sonrió al escuchar la perfecta pronunciación de aquella palabra. Kate podría haberle dado las gracias en inglés, sin necesidad de complicarse, al fin y al cabo ella misma manejaba el idioma casi como si fuera nativa. Sin embargo, se había molestado en aprender su idioma, y no solo eso, sino que había aprendido la pronunciación correcta de al menos una palabra. Y aunque para Kate resultara insignificante, para Ziva significaba mucho más de lo nunca estaría dispuesta a admitir.
