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Era muy tarde, pero la luz de la cocina seguía encendida cuando Ziva atravesó la puerta de su casa. Le habían temblado ligeramente las manos al abrir la puerta, debido al dolor que sentía. Durante el entrenamiento de ese día la habían hecho enfrentarse a diez compañeros distintos, y prácticamente a la vez. El resultado había sido un montón de moretones, pequeños cortes, un labio partido y unos nudillos abiertos que le dolían como si cien agujas se le clavaran al mismo tiempo, además de un cansancio inmenso. A pesar de ello, intentó caminar con naturalidad, fingiendo estar bien. Sin embargo, cuando intentó pasar desapercibida y subir a su cuarto sin interaccionar con nadie, una voz la hizo sobresaltarse.
- Puedes cojear, sé que te duele - la dulzura en la voz de Kate contrastaba enormemente con la brusquedad de sus palabras.
Ziva no dijo nada, solo se arrastró cojeando hasta estar al lado de la novia de su hermano. El suspiro derrotado de la morena mezclado con la preocupación que inundaba sus ojos hizo que la chica israelí apartara la mirada incómoda. Sin embargo, Kate la siguió mirando sin decir nada. Cuando Ziva volvió a alzar la vista la estadounidense sonrió con cariño y le acarició la mejilla suavemente procurando no rozar ningún golpe.
- ¿Qué quieres comer? - Kate se levantó del taburete en el que estaba sentada junto a la isla y se dirigió a la nevera, sin notar la mirada de desconcierto que le dirigió la niña.
- Mm, no tengo mucha hambre. Prefiero irme a la cama.
- No. Ziva has hecho un gasto energético increíble hoy, así que no te vas a ir a la cama sin comer. Y por cierto, luego vamos a curarte las heridas.
- Pero…
- Sin peros. O lo hacemos así o no vuelves a entrenar con el Mossad hasta que tengas la edad adecuada - las palabras de Kate habían sido pronunciadas con autoridad y casi con indiferencia, pero había una rabia profunda debajo de aquella amenaza.
- Tú no decides eso. Tú no decides nada, no eres mi madre joder - Ziva escupió las palabras casi con asco, pero se arrepintió de inmediato al ver la expresión de dolor que se apodero del rostro de la mujer frente a ella. Sin embargo, no se disculpó.
- Tienes razón, no soy tu madre. Pero no pienso quedarme de brazos cruzados viendo como te destrozan. Y si no puedo evitar que te conviertas en una agente con quince malditos años al menos me aseguraré de que comas cuando corresponde, duermas las horas necesarias y evites que se infecten las heridas. Porque sino, te prometo porque me llamo Caitlin Todd que te encerraré en tu cuarto y me pelearé con quién haga falta para mantenerte ahí - Kate no había levantado la voz ni una décima, pero la firmeza de su tono hizo saber a Ziva que sería perfectamente capaz de llevar a cabo su promesa.
- Cualquier cosa - gruñó a regañadientes mientras se sentaba en el taburete que había utilizado la morena minutos antes. El calor de la silla la reconfortó levemente.
Kate sonrió nuevamente antes de sacar de la nevera varios ingredientes. Cascó tres huevos en un plato hondo y los batió para después añadirles queso y varias especias. Volvió a guardar en el frigorífico los huevos junto con el pollo que pensaba echarle a la tortilla antes de acordarse de la prohibición de mezclar carne y lácteos recogida en el Kashrut, que Ari le había explicado hacía ya más de cinco años. Ziva sonrió a pesar de la frustración que sentía en ese momento al darse cuenta del hilo de pensamientos de Kate. A la chica de pelo rizado siempre le había encantado lo mucho que se había esforzado la novia de su hermano por aprender su cultura y su idioma, intentando siempre recordar hasta el más pequeño detalle.
La tortilla estuvo lista delante de Ziva apenas unos minutos después. Kate se quedó de pie al otro lado de la isla mientras la adolescente cenaba a regañadientes. A pesar de decir que no tenía hambre, la hermana de su novio devoró la cena en apenas dos minutos, muerta de hambre. La estadounidense no pudo evitar reírse; risa que se intensificó cuando la israelí la fulminó con la mirada. Cuando terminó, se levantó y recogió las pocas cosas que había utilizado para comer. Luego, sin abrir la boca, fue al baño de la planta baja, donde guardaban el botiquín. Kate la siguió despacio, sabiendo que Ziva necesitaba su espacio. Al llamar a la puerta del baño y escuchar un murmullo que se parecía mucho a “Pasa”, se adentró en la habitación. La mujer de ojos avellana se quedó paralizada al ver la escena que tenía delante. La niña de quince años se había quitado la ropa que había utilizado en el entrenamiento y tan solo llevaba puesta su ropa interior. Miles de oscuros hematomas y cortes manchaban su piel tostada, normalmente tersa y suave. Los ojos de Kate se inundaron de lágrimas de rabia. Rabia de que aquella dulce chica tuviera que pasar por todo aquello para conseguir la aprobación de su padre. Desde la muerte de su madre hacía un año Ziva se había vuelto reservada y mucho más disciplinada. Ya no jugaba, ya no reía, y ya no pasaba casi tiempo con Tali. Parecía haber madurado de la noche a la mañana. Pero su hermano y Kate, especialmente Kate, estaban muy preocupados por ella. La chica de rizos morenos había entrado en la academia del Mossad para complacer a su padre, quien consideraba que ya era hora de que su hija hiciera con su vida algo útil de verdad. Sin embargo, viendo lo pequeña y vulnerable que parecía Ziva en aquel baño, Kate tuvo que contenerse para no subir al piso de arriba y matar a Eli David con sus propias manos. En cambio, abrió el botiquín y sacó gasas y alcohol. Buscó por si encontraba betadine, para que no le escocieran las heridas al curarla, pero no se sorprendió en absoluto no encontrar nada ligeramente parecido siquiera. ¿Por qué habría en aquella maldita casa de sádicos algo que disminuyese el dolor?
Kate le pidió a Ziva que se diese una ducha antes de empezar a limpiarle las heridas para eliminar cualquier rastro de suciedad que pudieran tener. La vacilación de Ziva la sorprendió. La niña parecía haber perdido toda la energía con la que le había gritado en la cocina.
- Ay, perdona. Ahora mismo salgo del baño y te doy intimidad, voy a acabar de preparar las cosas - dijo la mujer de ojos avellana suponiendo que la pausa de la niña se debía a la incomodidad.
- No - la rapidez y el ímpetu con los que lo dijo la sorprendieron aún más - Osea, no es eso - intentó disimular Ziva - Es que… me duele - confesó mirando al suelo y mordiéndose el labio. La ira de Kate se hizo todavía más grande ante la sinceridad y el arrepentimiento que destilaban las palabras de la adolescente.
- Puedo ayudarte a ducharte, pero necesito que las heridas estén limpias Zi - el tono de la morena se mantuvo suave; no estaba enfadada con ella.
Ziva no respondió con palabras, sino con un leve asentimiento antes de comenzar a quitarse la ropa interior. Después, Kate se quitó su propia ropa y se metió con ella en la ducha. Encendió el grifo y dejó que el agua se calentara antes coger la alcachofa y rociar con delicadeza a la hermana de su novio con ella. Volvió a colocar la alcachofa en su sitio antes de agarrar su propio gel de ducha y echarse un poco en las manos. Sabía que a Ziva le encantaba y que lo utilizaba a escondidas creyendo que ella no se daba cuenta. La niña se tensó en cuanto sus manos enjabonadas rozaron sus hombros y eso solo hizo que Kate apretara aún más la mandíbula. Iba a matar a los que le habían hecho eso pero ahora mismo necesitaba concentrarse en la chica que estaba en aquella ducha.
- Soy yo, Zi. Estás bien. No voy a hacerte daño, te lo prometo - la tensión en los hombros de la niña disminuyó apenas - ¿Quieres que siga hablando? - Ziva asintió, así que Kate hizo lo que había sugerido mientras empezaba a frotar el jabón por el cuerpo de la niña.
- No voy a tardar nada, te lo prometo. Esto es solo para que las heridas no se infecten. Ni siquiera voy a lavarte el pelo ni nada, ¿si? - se dio prisa, como había prometido, y en cuanto acabó con el jabón cogió de nuevo la alcachofa y le enjuagó el gel del cuerpo.
Kate salió de la ducha y cogió la toalla de Ziva sin molestarse en secarse antes. La niña seguía casi inmóvil dentro de la ducha, como petrificada, abrazándose a sí misma, aunque la morena no sabía decir si se debía al frío u a otra cosa. Volvió a entrar en la ducha y la envolvió con la toalla que había agarrado anteriormente. Le sorprendió que Ziva no se apartara, así que la abrazó con delicadeza pero con firmeza. Le dolía verla así, tan agotada, tan receptiva a sus peticiones, tan poco ella. Una vez fuera de la ducha, la secó con suavidad y la dejó ponerse el pijama mientras ella tomaba el alcohol y las gasas que había sacado del botiquín previamente. Sentó a Ziva sobre la tapa del váter mientras abría el bote y vertía un poco en el apósito que tenía en la mano.
- ¿Qué habéis hecho hoy? - le preguntó a la niña intentando aligerar el ambiente.
- Combate cuerpo a cuerpo - respondió secamente.
- ¿Y cómo ha ido? - Kate podía intuir la respuesta por los moretones pero aún así quería escucharlos de ella.
- Me ha costado un poco, pero les he ganado a todos - la sonrisa de Ziva era radiante. Hacía mucho que Kate no la veía sonreír así. Ni siquiera la mueca de dolor que hizo al sentir el alcohol sobre un corte un poco más grande pudo apagar su expresión.
- ¿Todos?¿Cuántos eran?
- Diez - dijo la chica israelí como si tal cosa.
- ¿Diez? - la sonrisa de la mujer de ojos avellana se desvaneció de inmediato.
- Sí, pero vinieron de uno en uno, no todos a la vez - Ziva no se había percatado de lo que sus respuestas estaban causando en la rabia de Kate.
- ¿Por qué os hacen hacer tantas peleas en un solo día? - la estadounidense trató de centrarse en lo que estaba haciendo para no acabar diciendo alguna inconveniencia.
- Normalmente son menos, como cinco o seis, pero era mi día de prueba.
- ¿Tenéis muchos días de esos?
- No, solo cuando los instructores lo creen conveniente.
- Mm, entiendo - asintió pensativa - Bueno, ya está, hemos terminado. Ya puedes irte a la cama Zi, yo acabo de recoger - sonrió con dulzura a la chica mientras le daba un beso en la sien y se levantaba para recoger las cosas. Sin embargo, Ziva siguió sentada mirándola moverse por el baño.
- ¿Estás bien Ziva? - a pesar de su sorpresa Kate decidió no mencionar las ganas que había tenido antes la niña de irse a dormir para evitar espantarla. Si Ziva seguía allí era por algo.
- Sí. Solo quiero esperarte.
- Está bien - sonrió al pensar en la pequeña declaración que, aunque simple, significaba mucho para ella.
Cuando acabó, Kate le hizo un gesto a la adolescente con la cabeza para que la siguiera. La dejó pasar delante de ella y así poder ir apagando las luces de la casa a medida que subían. Al llegar a la puerta de la habitación de Ziva, ambas se detuvieron. Kate sonrió y le deseó buenas noches a la chica de pelo rizado. Luego le dio un suave beso en la frente y se encaminó hacia su habitación. Un fuerte tirón en el brazo la detuvo y se giró de nuevo hacia Ziva, sorprendida. Aunque su sorpresa solo aumentó cuando la niña la envolvió en un fuerte abrazo.
- Muchas gracias Kate. Te quiero - a la mujer se le derritió el corazón al escuchar esas palabras.
- Yo también te quiero Zi. Muchísimo - la apretó más aún contra sí - Ahora vete a dormir, que necesitas descansar.
- Buenas noches, Kate - se despidió Ziva mientras cerraba la puerta de su cuarto.
Kate se quedó mirando fijamente la puerta durante unos minutos, intentando retener la sensación del abrazo de Ziva. No era la primera vez que la niña la había abrazado, pero si la primera que le decía que la quería. Las ganas de llorar solo aumentaron al recordar la conversación que había tenido con ella antes. ¿Diez? Joder, diez peleas seguidas eran un barbaridad. Y aunque Ziva había dicho que los había ganado a todos, los hematomas que tenía por todo el cuerpo atestiguaban lo mucho que le había costado. Una vez entró en su habitación, ya no pudo aguantar más las lágrimas. Se dejó caer contra la puerta cubriéndose la cara con las manos, sin molestarse por contener los sollozos.
Ari, que seguía despierto a pesar de la hora, se incorporó en la cama sobresaltado por el ruido. Ver a su novia llorando en el suelo desconsoladamente hizo que el poco sueño que pudiera tener desapareciera y se levantó corriendo. Se dejó caer junto a ella y la envolvió en sus brazos mientras le susurraba palabras de consuelo, intentado hacerla sentir un poco mejor.
- Shh, ahuvati, está bien. Estás bien, estoy aquí contigo.
- No, no la has visto, nada está bien - se atragantó con sus propios sollozos, que sonaban amargos en los oídos de Ari.
- ¿El que no he visto, motek?
- A Ziva - susurró - Dios - reprimió un escalofrío ante el recuerdo del cuerpo de la niña lleno de hematomas - No la has visto. Estaba llena de golpes y parecía tan pequeña. Ni siquiera ha protestado cuando le he curado las heridas - la desolación en su voz hizo estremecer a su novio.
- Kate, cielo, es normal que tenga golpes. El entrenamiento del Mossad es muy duro.
- ¿Es normal que la hagan luchar contra diez compañeros seguidos?¿Es normal que con quince años tenga que entrenarse como si tuviera veinticinco por capricho de su padre?¿Es normal que su cuerpo adolescente parezca un cuadro de Monet?¿De verdad eso te parece normal, Ari? - sus ojos ahora brillaban con ira y se había alejado de él, horrorizada por su insinuación.
- ¿Un cuadro de Monet?
- ¿En serio?¿En serio, Ari?
- Lo siento, solo me ha llamado la atención.
- Es que no lo entiendo. No entiendo como puedes permitir que tu padre la haya metido en el Mossad.¡Tiene quince años joder!
- ¿Crees que a mí me gusta más que a ti?¿Crees que me gusta ver como destrozan a mi hermanita? Sé cómo es el entrenamiento del Mossad, sé lo duro que es. Por si no lo recuerdas, yo también he pasado por ahí - Ari había empezado a enfadarse también, pero intentaba mantener su rabia bajo control. No le gustaba la situación y no le gustaba lo que Kate estaba insinuando, pero no pensaba gritarle, él no era como su padre.
- Lo sé, cariño. Lo siento - Kate suspiró derrotada volviendo a acostarse contra su novio - Lo siento. Solo…es que odio verla así. Tiene quince años. Debería estar haciendo deberes, yendo al instituto y saliendo con sus amigos. No pasar las tardes siendo apaleada y aprendiendo a disparar a cincuenta metros de distancia.
Ari no contestó nada. Sabía que su novia tenía razón, lo sabía perfectamente, pero no sabía cómo detenerlo. Nunca se le había dado demasiado bien enfrentarse a su padre. Rivka había sido la única capaz de hacerlo entrar en razón, pero desde que había muerto era imposible razonar con él. Lo atormentaba no poder frenarlo. Odiaba ver por lo que tenía que pasar su hermana, y temía por lo que tendría que llegar a pasar Tali. Era cierto que su padre también lo había obligado a entrenar en la academia. La diferencia era que Ari tenía dieciocho años, no quince, y ya había terminado el instituto. Ziva, al contrario, tenía que lidiar con horas de extenuantes entrenamientos, tanto antes como después de las clases, y noches enteras sin dormir para poder mantener el nivel académico que consideraba aceptable. Si bien su padre no le exigía demasiado en este ámbito, ya que consideraba que le Mossad le enseñaría todo lo que necesitase para ser una gran agente, a su hermana le encantaba el instituto, y le encantaba aún más ser la mejor.
- ¿Qué quieres que haga, Caitlin? - siempre le había gustado llamarla por su nombre completo. Nadie más lo hacía, a excepción de su madre cuando estaba enfadada con ella, y a ella le encantaba como sonaba en sus labios.
- No lo sé, Ari. Solo quiero que ella esté bien.
- Sabes que hablar con mi padre sería inútil.
- Por desgracia, lo sé demasiado bien - ambos soltaron suspiros de derrota recordando las innumerables veces que Ari había intentado enfrentarse a él sin éxito.
- Hablaré con ella. Y estaré más pendiente, de ambas.
- ¿Lo prometes? - la mirada suplicante que le dirigió Kate lo hizo sentirse aún más culpable. Últimamente no había sido el hermano ni el novio más presente. Tras la muerte de Rivka había tenido que dejar la universidad para volver a Israel y cuidar de sus hermanas. Kate había hecho lo mismo, a pesar de la discusión con sus padres que le había supuesto, y la quería aún más por ello. Sin embargo, desde que había vuelto su padre lo había involucrado mucho más activamente en las actividades del Mossad, mandándolo a misiones lejos de casa cada dos por tres.
- Lo prometo - selló su promesa con un beso tierno con el que intentó transmitirle todo lo que no podía con palabras.
