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BANDA SONORA: Por última vez - Nil Moliner & Yoly Saa (2020)
Te he cantado llorando a distancia, la habitación ya no huele a ti,
en el armario duerme tu pijama, y tu calor aún sigue por aquí.
Es curiosa la confianza que pudimos llegar a sentir,
Y ahora como desconocidas, pero sabiéndolo todo de mí…
He luchado contra todos tus miedos, gastando mis vidas por ti,
has jugado con todas tus cartas, y yo me dejaba morir…
He aprendido todos tus sueños: Roma, Tailandia y París.
Ni siguiera me regalaste una caricia cuando me rompí.
Marta de la Reina pensaba que ya conocía sobradamente lo que es el dolor. Que, por suerte o por desgracia, se ha visto irremediablemente forzada a aprender a convivir con él. Con el desgarro en el alma, con la punzada constante en el pecho. Con la falta de aire. Con esa desidia absoluta que se te instala en lo más hondo del corazón y se convierte en una compañía inevitable que te susurra sin descanso que no hay nada que merezca el esfuerzo sobrehumano que implica seguir viviendo.
Marta de la Reina ha coexistido con el dolor. Ha peleado con él. Han negociado juntos los términos de su más que tormentosa relación. Lo ha convertido en su más fiel amante, en su cita ineludible, en el aura que la rodea, en la niebla de irrealidad que lo ha envuelto todo y ha empañado sus días. Ha sido la oscuridad que ha robado el brillo al azul indescriptible de sus ojos, la sonrisa a su impecable dentadura, la vitalidad a cada uno de sus gestos.
Marta de la Reina ha bailado con el dolor durante tanto tiempo que ha logrado compenetrarse con él para que apenas se notase su presencia perenne sobre sus hombros. Pesada. Asfixiante. Infinita. Ha resistido cada uno de sus envites y ha disimulado todos sus pisotones cuando perdía el ritmo, porque a veces le costaba respirar, pero un acompañante como el dolor no permite las treguas. Como una pareja de tango, han sido uno durante cada hora de cada día interminable que han pasado juntos. Mimetizados. Unidos. Fusionados. Hasta tal punto, que ha llegado a convencerse de que no hay otra forma de seguir adelante con esa existencia insulsa e incolora que le ha tocado como condena.
¿Que por qué se ha resignado Marta de la Reina a convivir tan íntimamente con semejante castigo? Porque Marta de la Reina perdió al amor de su vida. Y hasta mucho tiempo después, quizás demasiado, fue incapaz de encontrar una razón que lo explicase. Porque ella la quiere. Vaya si la quiere. No la quiere sutilmente, ni para un rato, no la quiere con un amor desordenado, ni rápido, ni superficial. Lo suyo es un amor desbordado que duele de tan bonito. No como ese dolor de la ausencia, que desgarra con cada bocanada de aire. La quiere para siempre, como sólo se puede querer –con suerte– una vez en la vida. Su amor es para la eternidad. Para abrazar, y besar, y adorar, cada minuto de cada una de sus vidas en cualquiera de los universos en los que se reencuentren. Porque sabe que la buscará esté donde esté, y que no parará hasta dar con ella para seguir amándola, con locura y sensatez, con delirio y templanza, con prisa y devorada por la calma. Han nacido para quererse, y su amor, que tiene tanto de prohibido como de épico, no puede simplemente dejar de ser. Quererla es lo único que da sentido a su existencia.
Marta de la Reina siente auténtica devoción por la joven hija del chófer de su familia que le robó el corazón sin pedir permiso, ni perdón, y que sin pretenderlo llenó sus días con su sonrisa encantadora, su mirada penetrante, ese cabello azabache y su cuerpo de infarto. Con su humor y su acidez, su impulsividad y su sosiego. Con su manera de quererla y recordarle en cada caricia que es merecedora de ese amor que le profesa cuando nadie las ve. Porque ella también la ama, para mayor fortuna. La ama –o la amaba– con la misma urgencia y la misma intensidad, con las mismas ganas de grabar a fuego en su piel que están hechas para existir así, juntas las dos.
Y aún así, Marta de la Reina perdió a Serafina Valero de la noche a la mañana –nunca mejor dicho– y tuvo que acostumbrarse a fingir que podía seguir respirando, que el mundo seguía girando como si nada hubiera pasado. Nadie supo que su existencia se había venido abajo, que su alma se había quebrado en mil pedazos porque ella se marchó. No pudo llorar, ni gritar, ni quedarse en la cama porque no era capaz de levantarse. Se vio obligada a fingir que todo era igual, pero para ella la vida se paró en el preciso instante en el que comenzó a leer aquella maldita carta que ella dejó abandonada, como broche traicionero de su huida, sobre la mesa del salón en el que compartieron tantas noches de vino y arrumacos. El Universo siguió su curso, pero ella lo perdió todo, porque con la incomprensible desaparición de Serafina Valero, se esfumaron sus ganas de vivir.
Marta de la Reina, además, tuvo que sumar a ese dolor –ya de por sí insoportable, asfixiante, incapacitante y descorazonador– el descubrir –demasiado tiempo después– que el responsable directo de haberlo provocado era el hombre en el que ella confió ciegamente para poner remedio a tan desgraciada situación. Alguien que juró protegerlas, que aceptó su relación y se comprometió a darle la cobertura que necesitaban para quererse sin ser perseguidas y señaladas. Un hombre que se hizo pasar por su amigo, pero que en realidad no fue más que un ser despreciable y egoísta, movido por sus propios intereses y su ambición, que la utilizó a ella para ascender en la escala social, y se deshizo del amor de su vida porque ponía en riesgo sus objetivos. Y sacar a la luz todo aquello, comprobar que había estado ciega y sorda, que fue una tonta que desperdició un tiempo precioso y tal vez la última oportunidad de volver a ser feliz, sí que terminó por romper los pedazos que quedaban de sí misma en trocitos que en aquel momento le parecieron irrecuperables.
Pero no. Marta de la Reina volvió a ver a Serafina Valero. Contra todo pronóstico, cualquier probabilidad, y la más demencial de las esperanzas, la mujer regresó a sus brazos una noche cualquiera en la que ella misma había decidido dejarlo todo para largarse a tratar de encontrarla. Fina volvió. Volvió al lugar que abandonó tantos meses atrás –obligada, ahora lo sabía– como si el tiempo no hubiera pasado. Y volvió para decirle que aún la ama. Volvió para besarla. Volvió para jurarle que no podía vivir sin ella. Volvió para fundirse con su cuerpo y colmarla de placer y sudor. Volvió para convencerla de que era posible borrar todo lo pasado y retomarse exactamente en el mismo punto en que se dejaron. Volvió para hacerle creer, aunque fuera tan sólo durante un instante que bien podría haber durado para siempre, que el dolor ya no tiene hueco junto a ella. Que puede soltarla, esfumarse, que el amor puede reconstruir lo destrozado y devolver a su maltrecho corazón el espejismo de la felicidad.
Y no. Marta de la Reina no tardó demasiado en comprobar que eso no era exactamente así. El tiempo pasa, implacable, y cambia demasiadas cosas. Y se quieren, por supuesto que sí, pero ellas ya no son las mismas. Serafina Valero guarda demasiados secretos, demasiadas experiencias, demasiadas nuevas vidas que se alejan en exceso de lo que conoció junto a ella, y que están a años luz de lo que puede ofrecerle. Habla de libertad, de independencia, de arte y de bohemia. Y ella sigue siendo una mujer de negocios en una ciudad pequeña en medio de la crudeza de la dictadura franquista, donde no hay espacio ni seguridad para nadie como ellas. Tiene su amor, incondicional e inalterado, pero no hay nada de todo lo demás.
Así que Marta de la Reina pronto comprobó que el dolor no se evapora, sino que elige un resquicio del alma en el que quedarse. Agazapado, esperando al momento oportuno para atacarla con más fuerza que nunca. Para volver a emponzoñar sus pensamientos rápidamente, robándole la antigua certeza de que se tienen la una a la otra y que con eso es suficiente. Ya no lo es. Y aunque no duele como la ausencia, es una incómoda piedra en el zapato que la aleja de la plenitud que pensaba que recuperaría si ella volvía a su lado.
Marta de la Reina se equivocó. El dolor nunca se fue del todo. La sobrevuela como un ave carroñera al acecho de su presa moribunda. En cada desencuentro. En cada discusión. En cada palabra por encima de otra. En cada silencio. En cada mentira. Está preparado para volver a devorarla en cuanto llegue la ocasión propicia, el momento de debilidad en el que destruirla por completo. Todavía más que con su ausencia, incluso más que con la traición. Y esa oportunidad, por supuesto, ha llegado.
Aunque Marta de la Reina piense que el dolor es su más íntimo amigo, y que la ha oprimido tanto que no puede conocerlo en mayor profundidad, la realidad es que se equivoca. Y lo comprueba con la fuerza de mil puñales atravesando cada poro de su piel. Lo experimenta en un silencio, en un susurro, en una mirada esquiva, en la agonía que ya no es ausencia. Ahora se llama pérdida. Existe un dolor aún peor que creer que el amor de tu vida se ha marchado para siempre, o que descubrir que ha sido tu confidente el artífice de todo el plan que ha dinamitado tu vida mientras te abrazaba y fingía sostenerte y consolarte. Un dolor sordo, implacable, imparable. Ciego, imparcial, inabarcable. Un dolor más afilado. Incapacitante. Irreversible. Incombatible.
Cuando Marta de la Reina piensa que ya nada puede ser peor, descubre que existe una forma de morir en vida que todavía no ha experimentado. Una que, por mucho que se esfuerce, no puede sostener. Porque está cansada. Extenuada, más bien. Porque necesita parar. Porque no puede hacer frente a este nuevo daño, y no tiene otra opción que rendirse. Contra esto no puede luchar. Porque es un dolor terrible. Indescriptible. Es un dolor que jamás pensó llegar a sentir. Que ni siquiera pensó que pudiera existir. El dolor de ver cómo el amor de tu vida se escurre entre tus dedos ante tus ojos, sin que puedas hacer nada para retenerlo a tu lado.
Marta de la Reina lo sabe. La ha perdido. Aún sigue junto a ella, pero en realidad ya no está ahí. Lo siente en sus palabras, que por mucho que prometan, se alejan inevitablemente de ella. Nadie alaba a quien simplemente admira mientras destruye a quien jura amar. La pierde. Segundo a segundo. Serafina Valero ya no le pertenece. Aunque todavía no lo sepa, o no haya sido capaz de reconocerlo en voz alta, no quiere quedarse a su lado. Sus palabras no se corresponden con sus actos, y aunque le asegure –cada vez menos– que es a ella a quien quiere, cada uno de sus gestos la conducen irremediablemente hacia otros brazos. Hacia otra piel.
Y cómo le duele a Marta de la Reina esa otra piel. Una piel con la que no contó y que se le presentó de la nada, sin pedir permiso. Que apareció en el momento oportuno para seducirla y convencerla de que la vida podía ser de otra manera. Una piel que la recibió cuando ella no estuvo. Que la acunó, la abrazó, que abrió ante sus ojos todo un mundo de posibilidades que hasta ese momento desconocía. La protegió. La salvó. La fascinó. Mientras ella estaba ciega de dolor y desconocimiento, completamente perdida y atada de pies y manos al otro lado del océano, otra piel envolvió a la mujer de su vida, y aunque no logró que la olvidara, sí que consiguió hacerle creer que la vida podía seguir sin ella. Ella también lo intentó, pero no hizo más que engañarse a sí misma. No podía superarla, no quería sustituirla. No le servía un remiendo que simplemente camuflase una herida que no dejaba de supurar.
Precisamente por eso, Marta de la Reina es muy consciente de que Serafina Valero era muy feliz antes de que ella volviera a irrumpir en escena –de nuevo en letras sobre un papel– para remover todos sus nuevos cimientos y suplicarle que regresase junto a ella. Y a pesar de todo, ella lo hizo, y por eso se reencontraron, y por eso el dolor se escondió, y volvió la plenitud, y las noches recuperaron su olor, y el calor de su cuerpo, y la felicidad sencilla de poseerse. Pero no es más que una burda ilusión. Porque Serafina Valero nunca regresó a ella por completo.
A Marta de la Reina se le resquebraja un poco más el corazón cada vez que lo piensa. Pero es así, necesita asumir la realidad. Esa otra piel –maldita, maldita piel– se ha interpuesto entre ellas y ha creado una brecha que es insalvable. No puede derribar ese muro. No puede esquivar lo inevitable. Debe rendirse. Serafina Valero está cegada de admiración y sumisión por otra mujer que ha hecho de ella lo que ha querido. Ella lo sabe, pero la mujer de su vida no lo quiere ver. Da igual cuánto insista, da igual cuánto lo demuestre. Ha elegido no escuchar, ha decidido que lo que hablan son sus celos y su inseguridad. Ella está celosa, por supuesto que sí, envenenada de celos por ver cómo mira a esa otra mujer, por escuchar cómo habla de ella, por descubrir en sus palabras una devoción que antes sintió por ella. Pero no son los celos los que hablan, sino el miedo que la aterra. El miedo a perderla por completo, aunque sepa ya lo está haciendo. El pavor a verla entregarse de nuevo a esa otra mujer –maldita, maldita mujer– que la quiere como un trofeo para proyectar en ella lo que le plazca. Y que, con esas cartas sucias y traicioneras, le ha ganado la partida.
Porque Marta de la Reina sabe que esa otra mujer no la quiere bien. No la quiere como ella, desde luego. Para ella Serafina Valero es como un juego. Una pieza de arcilla a la que moldea a su gusto. A la que ha deslumbrado y engatusado con el arte y el éxito, con la falsa percepción de una vida tallada a su medida. La quiere para lucirla, para explotarla. Para utilizarla. Y ella… ella la quiere como se quiere a esas cosas que no te pertenecen, pero sin las que no se puede vivir. La necesita como al aire que respira, pero tiene que dejarla ir. Volverá a encerrarse en la amargura cuando ella se vaya, porque ya no le sirve su amor. Su amor puro, desinteresado. Su amor firme e inquebrantable. Su amor, que quemaría el mundo entero si eso sirviera para hacerla sonreír. Pero ya da igual, porque la ha perdido.
Marta de la Reina lo ha visto en sus ojos en esa discusión terrible que han tenido un rato antes. Ella creía que eran indestructibles, que su vínculo era irrompible, pero se equivocó. Se han dicho cosas horribles, y aunque ha logrado que se quede en su casa a descansar después de un sofoco que la ha asustado muchísimo, ha leído en su rabia que no quiere estar ahí. Que, aunque no lo diga, ya no siente que su lugar esté a su lado. No ha tenido fuerzas, pero quería huir. Y a ella no le queda más remedio que allanarle el camino. No merece la pena resistir. No tiene fuerzas para hacerlo. No puede retener a quien no se quiere quedar. La parte en dos, pero Serafina Valero ya no puede quererla como una vez la quiso. Y ella solamente quiere que sea feliz. Aunque tenga que sobrevivir el resto de sus días sin ella y no tenga muy claro que vaya a ser capaz de hacerlo.
Marta de la Reina llena sus pulmones de un aire que le arde por dentro, porque le recuerda que va a tener que seguir adelante así. Las lágrimas ruedan imparables por sus mejillas, y ella busca desesperadamente en sus recuerdos de los últimos días un resquicio al que agarrarse. No lo hay. Debe hacerlo. Sentada en el jardín de su casa, en medio de la penumbra de la noche, sabe que Serafina Valero duerme en la habitación de invitados, y que puede asomarse y sentarse junto a ella para velar su sueño. Pero ya no lo hará. No le corresponde. Ella no la quiere allí. Bebe un trago de coñac, y rasga una hoja del cuaderno que reposa sobre sus piernas.
El amor para Marta de la Reina es un huracán. Que llega y lo pone todo patas arriba y, al mismo tiempo, lo sitúa todo en el lugar adecuado para darle sentido. Es un torbellino, pero también es la calma. El amor es paciencia, es seguridad, es desvelo compartido y reposo eterno. Uno se enamora, y no ve más allá. Pero también sabe que, después de todo eso, el amor se aprende. Te adaptas, cedes, pides perdón. El amor hierve por dentro de tus venas, te vuelve inconsciente y exaltado, te colma de dicha y excitación, pero también te pone a prueba. Por eso se aprende. El amor aparece de la nada y te arrasa, pero después debes elegir quedarte. Cuando no todo es tan bonito, cuando brilla más el gris. Ella sabe que no querría estar en ningún otro lugar del Universo que no sea junto a ella, pero Serafina Valero no tiene tan clara su elección. Y ella no quiere que se quede por costumbre. Porque no la quiere atrapada. La quiere libre. Quiere que la quiera porque elige quererla, y eso ya no es así. Se queda por costumbre, o tal vez por obligación, pero no porque sea una decisión voluntaria. Y no lo puede permitir.
Marta de la Reina toma su pluma con dedos temblorosos y para escribir sobre el papel que ha arrancado, y que quemará en cuanto termine. No puede arriesgarse a que alguien lea lo que siente y la ponga en riesgo de nuevo, ya ha pasado por ahí. Justo cuando va a empezar a trazar la primera letra, titubea durante unos segundos. Puede subir a verla, tratar de abrirle los ojos una vez más, intentar convencerla de que ella la quiere por encima de todo, y que no lo hace igual esa otra mujer –maldita, maldita sea–. Pero sabe que es inútil, que no servirá de nada. Han cruzado todos los límites, y no pueden seguir destruyéndose así. No se lo merecen. No puede forzarla, y tiene que asumir que la ha perdido.
Por eso, boqueando entre el dolor, Marta de la Reina toma una decisión. La más difícil que ha tomado nunca, porque la devuelve al sinsentido de una existencia vacía. Es, sin embargo, la decisión que libera a Serafina Valero, para que no se sienta obligada a quedarse a su lado. Y también la libera a ella de esa sensación de estar perdiendo continuamente, porque firma su derrota. Y su sentencia. No sabe cómo va a hacerlo, pero aprenderá a seguir respirando sin ella. Guardará todo el amor que siente en un lugar sagrado, y se fundirá de nuevo con el dolor para volverse uno. Dejará que la noche la envuelva, que la oscuridad se vuelva eterna. Alzará las manos, sus armas caerán al suelo, y su rendición se quedará para siempre enterrada en esa batalla que no pudo ganar, en una madrugada que no volvió a ver a su Sol. Ha perdido la guerra más importante de su vida, y ya sólo le queda adentrarse en la negrura que le espera a su porvenir. Revolverse en ella. Beber de ella. Malvivir en ella. Está demasiado cansada, y ya no encuentra fuerzas ni razones para resistir. Se acabó.
Marta de la Reina escribe, y después apura su vaso, y sonríe con amargura. Su pecho escuece, su alma está rota. Pero no puede hacer nada. El dolor la rodea. Incisivo. Oscuro. Desgarrador. No pasa nada, está acostumbrada. Puede que duela más que otras veces, pero tal vez es lo único que se merece en esta vida. Ya ha tocado el cielo una vez, probablemente sin habérselo ganado, así que lo que le espera en adelante no es más es el infierno. Aunque nadie lo sabrá, porque ante todos, el mundo seguirá girando. Rocía lo que queda de alcohol sobre la hoja y la prende con una cerilla. La observa mientras se consume, el fuego iluminando unos ojos anegados en lágrimas. Cuando solo quedan cenizas, se levanta sin hacer ruido, y se retira a su habitación. Ojalá fuera así de sencillo. Las cenizas se las lleva el viento, y parece que nunca existieron. Lo que ella se arranca del corazón le deja un vacío que no puede soportar. Que la ahoga, la atenaza, que le arranca aullidos incontenibles. Es un dolor insoportable que lo emponzoña todo de negro y fracaso. La asfixia. La supera. La vence. Sabe que lo que la está consumiendo en ese momento es humanamente insostenible, pero tendrá que convivir con ello. Aunque hoy no. Hoy ya no puede hacer nada, y mañana… Mañana disimular el dolor de haber perdido volverá a ponerla en pie.
“Sabes que daría lo que fuera por hacerte feliz. Hasta mi vida. Pero no serviría de nada, porque no es lo que tú quieres. O lo que tú necesitas. Yo no soy lo que tú buscas, y aunque te regalase la luna, no lograría hacerte feliz. Sé que me quieres, no tengo ninguna duda, pero no soy suficiente. Y lo siento, lo siento tanto… Te quiero con toda mi alma, pero no puedo más, Amor. No puedo seguir haciéndome esto, fingiendo que no sé, que no veo, que no me destroza por dentro lo que está pasando. Tú necesitas algo que yo no soy, algo que yo no puedo darte. Tal vez nunca debí buscarte, o nunca debí encontrarte. Tal vez no debiste volver. Te querré siempre, Fina, porque has sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Te querré para siempre, pero no tiene sentido que sigamos así…”
Y llegará ese día, me perderás de vista,
y todo va a pasar por última vez.
Y es que ya no sé cómo olvidarte, he pasado tanto tiempo sin poder llorar.
Y es que ya no sé cómo olvidarte, tanto tiempo sin notar tus manos con mi piel.
(Por última vez, Nil Moliner & Yoly Saa)
