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¿Y ahora quién aguanta a Pedri?

Summary:

Se necesita un manual para sobrevivir a Pedri y Ferrán era el único que lo tenía.

O: Ferrán Torres se fue al PSG y Pedri se ha vuelto insportable.

Notes:

¡Holi! Vi que una chica en Twitter pidió un fic así (creo que es una chica, si estoy haciendo misgender lo siento mucho), el tuit era algo así como "fic donde a ferrán lo echan al psg y pedri se vuelve tan insoportable". Lo quise hacer exagerado, tipo comedia romantica, a ver qué tal me sale.

En concreto el tuit es este: @Discord_bitch .Os lo dejo para que le deis corazoncitos si queréis.

Chapter Text

El Barça había anunciado oficialmente el traspaso de Ferrán Torres al PSG por unos cincuenta millones de euros. El club lo presentó como una operación necesaria. Una buena oportunidad. Una decisión deportiva. Una manera de recuperar la inversión que había hecho y que consideraba que no había dado los frutos que pretendían. No es que ellos no quisieran a Ferrán, simplemente había jugadores más baratos que podían hacerte el mismo o mejor trabajo, y ahora que Fermín López volvía después de estar lesionado, nada justificaba quedarse con un delantero que fallaba más de la mitad de la ocasiones.

Sí, esa fue la postura del Barcelona en la operación, que comunicó tanto internamente como externamente hacía unas semanas, pero Pedri lo resumió de otra manera que le parecía mucho más acorde.

—Qué puta mierda.

Fermín, que estaba sentado a su lado en el vestuario, levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué?

—Nada.

—Has dicho "qué puta mierda". 

—Pues eso, que todo esto es una putísima mierda.

Siguió atándose las botas ante la mirada interrogante del nuevo ‘7’, quien no entendía a qué rayos venía eso sin venir a cuento. Él sabía que Pedri a veces tenía un carácter complicado, pero no solía ser de los que hablaban al aire por nada, y menos diciendo palabrotas. 

Se encogió de hombros y decidió dejarlo pasar, pero lo anotó en su memoria, para estar atento. 

 


 

Al principio nadie le dio demasiada importancia al asunto. Pedri estaba triste y eso era relativamente normal. Había perdido a un compañero muy cercano con el que pasaba casi todo el día y al que consideraba su mejor amigo. Le podía afectar y todos contaban con ello.

Lo que nadie esperaba era que, tres días después de la vuelta a los entrenamientos, siguiera exactamente igual de irascible y que no solo no se hubiera rebajado, sino se hubiera incrementado la intensidad. 

—¿Quién ha puesto esta música? —habló mirando con disgusto un altavoz inalámbrico que estaba en el césped.

—Yo —dijo Lamine levantando una mano. 

—Pues quítala.

—Pero si acabamos de…

—Lamine —lo interrumpió con voz seca y dura—. Quítala. Ahora.

El delantero lo miró con extrañeza y miró a su alrededor a ver si recibía algún tipo de apoyo, pero nadie se atrevía a decirle nada al canario cuando se ponía así.

—Vale.

La música desapareció y nunca más se pudo hacer un entrenamiento con ella. Lo cual era curioso, pues cuando estaba Ferrán, era él el que solía pedir que se pusiera. 

 


 

Hansi Flick empezó a sospechar que aquello no era tristeza una semana después de que no hubiera cambiado la actitud del centrocampista. Él sabía que la marcha del valenciano iba a suponer un punto de inflexión para la vida de varios de sus jugadores, pero no había calculado este pequeño daño colateral. 

Eso no era tristeza. Era un enfado, con algo de ira, como una especie de  cabreo estructural.

—Pedri, ¿puedes venir un momento? —le llamó al acabar los ejercicios de la tarde.

—¿Qué? 

Se acercó a trote, con la cara roja, pero con una cara de pocos amigos. No era novedad, parecía su cara predefinida últimamente.

—Quería hablar contigo.

—Pues habla.

Flick lo miró. El chico solía ser muy correcto y respetuoso con todos los que formaban parte del cuerpo técnico. La clave era eso, “solía”, en tiempo pasado. 

—Sobre Ferrán.

Pedri cerró los ojos mientras negaba repetidamente con la cabeza.

—No.

—No he dicho nada todavía.

—Ya sé de qué quieres hablar.

—Entonces sabes que… —se vió interrumpido.

—No pienso hablar de eso, ya dije todo lo que tenía que decir.

—Se ha ido, Pedri, y tienes que asimilarlo.

—Ya lo sé.

—Y no podemos… —No pudo terminar la frase, porque lo interrumpió, otra vez, y el entrenador ya estaba empezando a perder los nervios.

—Ya sé que no podemos hacer nada.

—¿Entonces qué buscas con toda esta actitud?

—No sé de qué estás hablando. 

Se marchó dejando a Flick con la palabra en la boca y mirando la puerta. Se pasó una mano por la cara con hartazgo y soltó un gran suspiro. 

Esta temporada iba a ser dura. 

 


 

La situación empeoró cuando llegó el primer partido de cada equipo. Para mala suerte —¿o buena?—, el PSG y el Barça debutaron casi a la vez. Pedri vio el partido entero de todas maneras, justo después de acabar el suyo.

Lo vio entero, los noventa minutos, a pesar de que sabía que el valenciano no era titular. Sin apartar los ojos de la televisión, esperó pacientemente hasta que su compañero apareció como uno de los cambios. El marcador iba en contra de dos goles, algo dificil de solventar en los minutos que faltaban. 

—¿Pero no dijiste que te daba igual el PSG? —preguntó Gavi.

—Me da igual. —Y aun así, seguía sin apartar la mirada.

Ferran marcó el segundo gol, consiguiendo el empate de su equipo.

Pedri bloqueó el móvil con fuerza y lo tiró hacia delante, sin importarle dónde podía acabar o el golpe que le estaba dando al aparato. 

—Hijo de puta. —murmuró con rabia. 

Gavi parpadeó varias veces antes de recuperar el conocimiento de cómo se transmitían sonidos a través de sus cuerdas vocales.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Por qué lo insultas? Ha marcado, y un buen gol de cabeza, por cierto.

—Ya lo he visto.

—Entonces ¿por qué estás enfadado?

—Precisamente porque ha marcado.

—¿No querías que le fuera bien? Tú mismo lo dijiste.

Lo miró como si acabara de hacerle la pregunta más estúpida de la historia y con un poco de indignación. Claro que quería que a su mejor amigo le fuera bien, no era un monstruo. 

—Claro que sí.

—Entonces...

—Pues eso, déjame en paz.

El sevillano suspiró y decidió que no iba a entrar en esta batalla particular. Su compañero, desde que había sucedido el traspaso, parecía que solo se inventaba excusas para discutir con la gente, y él podría ser de mecha corta, pero empezaba a estar agotado de esto. A veces, hay que escoger las batallas que decidimos pelear, y esta era una que en este momento no tenía ganas de librar, así que lo dejó solo. 

 


 

Una semana después, al siguiente partido, Ferrán volvió a marcar. Y justo cuando sucedió, Pedri rompió una cuchara. Nadie supo cómo, simplemente ocurrió. Probablemente era la primera vez en su vida que veían a alguien romper un cubierto. 

—¿Cómo coño has roto una cuchara? —preguntó Cubarsí.

—No lo sé.

—Estabas comiendo yogurt. Es imposible romper una cuchara sin querer.

—Pues se ha roto, estaría en mal estado o lo que sea.

—Las cucharas no se rompen porque sí.

Pedri lo miró con unos ojos duros. Pau sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral y sus instintos más primitivos le dijeron que estaba siendo perseguido por un depredador. 

—¿Quieres discutir conmigo sobre una cuchara? ¿En serio?

Cubarsí decidió que no, no quería ser devorado ese día.

 


 

Lo verdaderamente preocupante fue cuando Ferrán no marcó en el siguiente partido, y siendo titular.

PSG 0 - 0  Mónaco.

Pedri terminó el partido de peor humor que después de una derrota propia y había un aura asesina a su alrededor, negra y pesada, parecía un espíritu del lago apunto de ir a cazar almas de desvalidos por el bosque.

—No ha marcado —dijo.

Fermín suspiró.

—Sí, ya lo vimos.

—Ha jugado mal, no hizo buenos desmarques y perdió balones.

—Puede pasar, todos tenemos días malos.

—No.

—¿No qué?

—No puede pasar. No a él. 

—¿Y eso por qué? Es fútbol, hombre, sucede. Nos sucede a nosotros también. 

—Que juegue bien, es lo que tiene que hacer. 

—¿Y qué quieres que haga? De verdad, Pedri, el otro día estabas enfadado porque había marcado y ahora te quejas de que ha jugado mal, no hay quién te entienda.

El canario se levantó de golpe, interrumpiendo con el ruido de la silla lo que estaba diciendo su compañero. Su cuerpo estaba tenso y lleno de calor y sus manos formaron puños a la altura de sus caderas. 

—Me voy a casa.

—Son las cuatro y media, tenemos reunión en...

—Me da igual, no voy a ir.

El delantero llevó sus dedos a sus sienes y las apretó suavemente mientras hacia círculos en ellas. Un spa, un masaje, lo que fuera, pero necesitaba algo si quería aguantar a su amigo así toda la temporada.

 


 

El vestuario empezó a desarrollar una teoría: Pedri se había obsesionado con el hueco ausente de la presencia de Ferrán, y lo quería llenar con enfados y rabia, porque era la única manera en la que era capaz de procesar que ahora ya no tuviera una persona al lado siguiéndolo como un perro durante todo el día. 

Además, sin darse cuenta, empezó a hablar de él constantemente, aunque para los demás no pasaba para nada desapercibido. “Ferrán hacía esto mejor”, “Ferrán se colocaba ahí”, “Ferrán entendía ese movimiento”, “Ferrán no habría hecho ese pase”.

Ferrán, Ferrán, Ferrán.

Parecía que era la única palabra que su cerebro recordaba, todo el resto del diccionario había sido enterrado en lo más profundo. 

—Es que Ferrán… 

—Pedri —lo interrumpió Eric una tarde—. ¿Puedes dejar de hablar de Ferrán durante cinco minutos?

Pedri lo miró.

—No estoy hablando tanto de él.

Dani soltó una risa escéptica. 

—Dios, está claro no te estás escuchando a ti mismo últimamente, ¿eh?

—Bueno, eso no cambia lo que digo, porque tengo razón.

—No tiene sentido.

El ‘8’ dio vueltas a sus ojos mientras miraba hacia arriba, dándoles la sensación de que pensaba que le estaban vacilando. Se miraron entre ellos y encogieron los hombros, sabiendo que el nombre que claramente iba a volver a ser nombrado aparecería en algún momento de la tarde.

Tardó dos minutos y cuarenta y tres segundos exactos de reloj en volver a pronunciar su nombre. 

 


 

La primera reunión seria llegó un mes después. Deco estaba sentado frente a Pedri y Flick estaba a su lado. Joan Laporta había decidido asistir porque alguien le había explicado que aquello podía convertirse en un problema. Al principio se echó a reir por lo absurdo que le parecía la situación que le planteaban, pero tanta insistencia al final terminó por convencerlo de asistir. 

—Pedri —empezó Deco—. Estamos preocupados.

—Pues yo también, no sé qué hago aquí.

—Por tu comportamiento.

—¿Qué comportamiento?

Silencio.

Flick empezó a enumerar con los dedos.

—Has discutido con tres miembros del cuerpo técnico.

—Me estaban tocando los cojones.

Deco se tocó la frente con la mano y se la acarició con lentitud, sabiendo que estaban cayendo otra vez en la misma cantinela interminable. 

—Has llegado tarde a dos entrenamientos.

—Cinco minutos. 

—Has abandonado una sesión porque no te gustaba un ejercicio.

—Es que no necesitaba ese estiramiento, mi muslo no lo necesita.

—¡Has insultado al cocinero!

Pedri frunció el ceño.

—La tortilla estaba fría.

Laporta se pasó una mano por la cara.

—Eso no justifica llamar "asesino" al cocinero.

—No le dije eso.

—Le dijiste "asesino culinario".

—Bueno, es que si está mal cocinada, podría matarme por Salmonella.

Deco respiró hondo y cruzó las manos delante de su cara y apoyó su frente contra ellas. Flick negó con la cabeza, sin saber si quería seguir con esa contestación. ¿Y Laporta? Bueno, él simplemente estaba intentando aguantar la risa.

Sí, eso era grave. 

 


 

La cosa llegó a tal extremo que una mañana Gavi entró al despacho de Deco sin llamar y dando un portazo.

—Hay que hacer algo.

—¿Con qué?

—¡Con Pedri! Nos está volviendo locos a todos. Si vuelvo a escuchar una sola queja por cualquier cosa absurda me voy a tirar por una ventana.

—Estamos intentandolo, te lo aseguro-

—No, no. Digo algo de verdad.

—¿Y qué propones tú?

Gavi se sentó.

—Traer a Ferrán.

Deco lo miró y se echó a reir.

—Imposible.

—O echar a Pedri.

—Tampoco.

—Pues una de las dos, si no quieres que el vestuario implosione. 

—Gavi, sé serio. 

—¡No podemos seguir así!

—¿Qué ha pasado ahora para que vengas con estas exigencias?

Gavi sacó el móvil.

—Ha llamado "incompetente" al fisio.

—¿Por qué?

—Porque le ha preguntado si quería hielo.

Deco se quedó en silencio.

—¿Y qué le ha contestado?

—"Si necesitara hielo, te lo pediría."

Deco suspiró.

—Eso no es tan grave… Lo he escuchado decir cosas peores.

—Ya, bueno, luego le ha dicho que Ferran sabía poner hielo mejor.

Deco dejó caer la cabeza sobre la mesa y se escuchó el sonido de la madera. Este chico iba a acabar con él, y todavía tenía contrato hasta 2030, tenía que habérselo pensado mejor antes de renovarlo. 

 


 

La gota que colmó el vaso fue un partido contra el Atlético. Pedri estaba calentando y Ferrán acababa de marcar con el PSG. Dani le enseñó el móvil.

—Otra vez Ferran.

Miró la pantalla y se quedó mirando como el valenciano celebraba. Sonrió durante exactamente dos segundos, como si se hubiera olvidado de que debía estar enfadado por algo. Duró poco, porque después frunció el ceño.

—Está demasiado delgado.

—¿Qué?

—Está más delgado.

—Pedri, por favor... No empieces.

—Tiene que estar comiendo mal. La comida de París no le está haciendo bien.

—Es futbolista profesional, creo que tendrán un buen cocinero en el equipo.

—Luis Enrique no le da suficiente comida, seguramente no han calculado bien las calorías que necesita.

El rubio suspiró muy lentamente y extendió la mano, con una paciencia casi calculada.

—¿Quieres devolverme el móvil?

—No.

—Tenemos partido, como, ya sabes, ¿ahora mismo?

—Me da igual.

Y entonces Flick apareció detrás.

—Pedri.

—¿Qué?

—Salimos en cinco minutos.

—Vale.

—Y deja el teléfono.

A regañadiente le devuelve el móvil a Olmo y se fue a calentar solo mientras maldecía a todas las personas que se cruzaba.

Flick miró al cielo y le pidió a Dios que le diera paciencia, porque si le daba fuerzas, probablemente acabaría matándolo. Consideraba que había sido paciente. Muchísimo de lo que hubiera sido con cualquier otro jugador. Había hablado con él, había intentado averiguar qué le pasaba. había permitido que estuviera de peor humor de lo normal… Pero después de que Pedri mandara a paseo a un miembro del cuerpo técnico porque le había pedido que se pusiera un peto, Flick decidió que se había acabado.

—Pedri.

—¿Qué?

—No juegas, deja de calentar, vas al banquillo.

Pedri lo miró como si estuviera viendo a alguien con tres cabezas.

—¿Qué? 

—Vas al banquillo.

—¿Por qué?

Flick lo observó durante unos segundos.

—Porque necesitas tranquilizarte.

—Estoy tranquilo, mucho, de hecho.

Flick cerró los ojos, sin querer convertir esto en una especie de debate. Ya estaba decidido, por mucho que quisiera, lo mejor ahora mismo es que se mantuviera alejado del equipo.

—Banquillo.

—¡Pero…! —intentó protestar.

—Banquillo, González, y espero no tener que volver a repetírtelo.

—¿Por cuánto tiempo?

—Por el que sea necesario hasta que te tranquilices.

Pedri lo miró fijamente e infló un poco los mofletes. Si Gavi tuviera que describirlo, sería una ardilla cabreada. 

—Estoy tranquilísimo.

—Perfecto. —Flick sonrió con suficiencia—. Entonces será fácil, ¿verdad?

El canario le dio una patada al aire y se sentó en el último asiento del banquillo, en la esquina, en casi oscuridad. Sus compañeros lo miraron con pena, pero en el fondo pensaban que esa podría ser una buena lección para su compañero.

Ahora la clave estaba en lo siguiente: ¿cuánto tiempo de banquillo necesitaría para bajar los humos? Solo el tiempo lo dirá.