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Afuera todavía se escuchaba de vez en cuando el ruido de una puerta cerrándose en algún pasillo. Brian miró la hora en su teléfono y después volvió a guardarlo. No tenía ninguna razón para seguir ahí. Simplemente todavía no quería irse.
Brian se quedó ahí sentado durante mucho tiempo, con las manos apoyadas en las rodillas y la mirada perdida en el suelo. A su lado, el espacio que solía ocupar Armando estaba perfectamente ordenado, adornado con otro dorsal, como si nunca le hubiera pertenecido a él. Brian estiró la mano de forma inconsciente, tocando la madera con la yema de los dedos.
El fútbol continuaba. Las jornadas seguían pasando, la gente en la tribuna seguía gritando sus nombres y el marcador cambiaba cada fin de semana, unas veces a favor y otras no tanto. Pero para Brian, desde hacía años, cada partido terminaba en el mismo lugar, en ese pasillo oscuro donde la ausencia de Armando pesaba más que su cansancio físico.
Caminó despacio hacia la salida, deteniéndose apenas un segundo frente a la vitrina de cristal donde reposaban las copas del club. Ahí estaba el trofeo de la tan deseada #13, el mismo que habían jurado ganar juntos. En aquel entonces, todo parecía una broma simple. Solían quedarse en la camioneta de Brian en Verde Valle, comiendo cualquier cosa a deshoras, escuchando música y haciéndose promesas absurdas entre risas. “Si te me vas a Europa, te juro que me meto en tu maleta porque allá no vas a saber ni pedir agua” le decía Brian siempre. Y Armando solía responder que si se iba, tendría que irse con él, porque en ese punto ninguno de los dos sabía funcionar muy bien por separado.
Spoiler: si podían. Y la vida no avanza como en las promesas hechas a los veintitantos años.
La oferta de Olympiacos llegó como una sombra silenciosa y se instaló de repente en medio de los dos, el departamento de Brian se volvió su guarida segura durante las semanas previas al esparcimiento del rumor, a la noticia confirmada y el viaje definitivo. Esos últimos días, Armando había pasado la mayoría de su semana ahí: maletas abiertas a mitad de la sala y la habitación principal, sudaderas de chivas dobladas con torpeza sobre los sillones, papeles de visados y aviones regados por la barra de la cocina.
La última noche ninguno de los dos durmió.
Pasaron horas acostados en el sillón de la sala, mirando al del techo, sosteniéndose la mano como si soltarse significara que alguno de ellos iba a caer al vacío. Intentaron hablar de mantener su relación, de llamarse a diario, de los vuelos que Brian tomaría en los recesos de la liga y de cómo nueve horas de diferencia horaria no iban a arruinar lo que tenían. Pero entre mas hablaban y construían planes, más evidente se volvía la mentira.
A las tres de la mañana, entre lágrimas que no intentaron reprimir, tomaron la decisión de terminar. No porque hubieran dejado de quererse, sino precisamente porque se querían demasiado como para ver cómo la distancia terminaba por destruir lo bonito que habían formado, no querían arruinar sus recuerdos o incluso llegar a convertirlos en reproches por teléfono.
Armando no podía perder la gran oportunidad de disparar su carrera por quedarse, y Brian no podía pedirle que renunciara a su sueño por una relación que sobreviviría a migajas.
A las cuatro en punto el interfon sonó. Era la familia de Armando, que venía en auto para llevarlo directamente al aeropuerto. Brian no podía ir. Habían acordado días antes que acompañarlo frente a sus padres y sus hermanos solo habría hecho que la despedida fuera un castigo insoportable. Habría un montón de fans y prensa, sería letal exponerse de esa manera, más cuando sabía que no podrían disimular sus sentimientos.
Caminaron juntos por el pasillo del edificio cargando las maletas hasta la puerta del elevador. El aire afuera se sentía helado. Brian presionó el botón y el indicador comenzó a subir despacio desde la planta baja. Armando se giró para mirarlo. Tenía los ojos hinchados y un puchero.
—Gracias por dejar que me quedara estos días —dijo Armando en un susurro.
—Es tu casa, Armando. Siempre.
El elevador llegó con un golpe sordo y las puertas de metal se abrieron. Armando metió el equipaje y se volteó. Se miraron a los ojos durante un segundo que se sintió eterno y se abrazaron. Fue un abrazo desesperado, apretado, donde los dos intentaron apreciar los años de cariño antes de soltarse. Brian sintió las lágrimas de Armando mojándole el cuello y apretó los labios para no besarlo ahí mismo. No podía lastimarse más, no quería.
—Cuídate mucho, por favor —murmuró Brian contra su oído.
—Tú también, Brian. Juega bien. Por favor juega bien.
Se separaron despacio. Armando dio un paso atrás hacia el interior de la cabina. Las puertas de metal comenzaron a cerrarse lentamente entre ellos. Armando se quedó mirándolo sin parpadear, intentando memorizar cada rasgo de su cara, mientras Brian permanecía firme en el umbral hasta que la rendija metálica se cerró por completo y el número del piso empezó a bajar.
Cuando Brian regresó a la sala vacía del departamento, el silencio le calaba en los oídos. En la barra de la cocina encontró una fotografía instantánea que Armando había dejado antes de cerrar el equipaje, una imagen gastada de las orillas seguramente por tenerla en la cartera, se veían los dos riéndose tras ganar un partido. Al darle la vuelta, leyó la letra de Armando.
“Algún día vamos a mirar esta foto y vamos a reírnos de todo lo que todavía nos falta vivir”
Brian dejó la foto sobre la barra, se dejó caer al suelo de la cocina y lloró en silencio mientras el amanecer empezaba a asomarse por las ventanas.
—&—
Los años pasaron sin pedir permiso.
Armando triunfaba en Grecia. Había renovado 3 años más. En las noticias de México aparecían de vez en cuando los resúmenes de sus partidos, cuando lograba anotar un gol o solo una toma lejana festejando con sus nuevos compañeros en estadios donde la gente gritaba en un idioma que Brian no entendía, pero se veía que lo amaban. Brian continuó en Chivas, se convirtió en un mediocampista estrella, creció, la cago, maduró, tuvo otras relaciones y rehizo su vida de forma tranquila.
Ninguno de los dos quedó destruido para siempre, pudieron seguir aún en caminos separados. Los dos hicieron amigos nuevos, consiguieron las cosas que soñaban cuando eran jóvenes y fueron felices. Pero de vez en cuando en las noches de insomnio, Brian soñaba con él. No eran sueños tristes, eran sueños donde vivían juntos en un departamento pequeño, donde peleaban por ver a quién le tocaba lavar los platos o donde celebraban juntos después de un partido. Cuando despertaba, a Brian le dolía un poco el pecho y se tomaba unos segundos para ubicarse en la realidad y recordar que esa vida nunca había existido.
Hasta esa tarde.
Brian caminaba por el pasillo interior de las instalaciones del Akron cuando vio a alguien parado frente a la vitrina de trofeos.
Era Armando.
Traía una mochila pequeña al hombro y vestía cómodo. Se veía un poco más ancho de espaldas, tenían un corte de cabello diferente, el rostro le había cambiado por los años fuera, pero mantenía la misma postura inclinada de siempre. Sus miradas se cruzaron.
—Hola —dijo Armando, esbozando una sonrisa apenada y tímida.
—Hola —respondió Brian, deteniéndose a un par de metros—. No sabía que andabas por Guadalajara.
—Aproveché unos días de vacaciones antes de volver a la pretemporada allá —dijo Armando señalando levemente hacia afuera—. Vine a arreglar unos papeles y quise pasar a ver cómo estaba todo.
Después de una corta e incómoda conversación para ponerse un poco al día, decidieron salir de ahí y terminaron en el departamento de Brian, el mismo lugar del que Armando se había ido años atrás.
Cuando entró al departamento, Armando se sorprendió de que todo estaba casi igual como lo recordaba, como hace seis años, se quedó mirando una fotografía en la mesita central de la sala unos segundos, no se atrevió a voltearla. Brian no dijo nada, simplemente se quedó sentado a su lado, con los brazos apoyados sobre las piernas, mirando hacia el mismo lugar. Había algo extraño en estar nuevamente juntos en aquella sala después de tantos años. Todo parecía más pequeño de lo que recordaban. La mesa donde habían cenado tantas veces, el sillón en el que se habían quedado dormidos viendo partidos, la ventana desde la que habían visto amanecer después de noches en las que ninguno quería irse a dormir. Eran las mismas cosas, pero ellos ya no eran los mismos.
—¿Eres feliz allá? —preguntó Brian después de un largo silencio.
Armando tardó unos segundos en responder. Se recargó contra el respaldo del sillón y miró hacia el techo, como si necesitara ordenar varios años de recuerdos antes de encontrar una respuesta que no sonara demasiado sencilla.
—Sí —dijo finalmente—. Sí soy feliz… Al principio no, claro. El primer año fue horrible, extrañaba a mi familia, extrañaba México, extrañaba hablar con alguien sin tener que pensar dos veces lo que estaba diciendo. Pero después las cosas fueron cambiando, empecé a sentirme parte del equipo, hice amigos, aprendí el idioma, empecé a disfrutar la ciudad. El fútbol salió mejor de lo que esperaba, si hubo partidos culeros que todavía recuerdo y momentos en los que pensé que había tomado la decisión correcta. Y aun así… —Armando hizo una pausa y bajó la mirada hacia sus manos— Es que, hubo noches en las que regresaba al departamento después de un partido y lo primero que pensaba era... era en ti.
Brian sonrió ligeramente, aunque los ojos le estaban empezando a picar.
—Yo hacía lo mismo, a veces me quedaba a ver tus partidos completos, aunque al día siguiente tuviera entrenamiento temprano. Me daba mucho orgullo verte… muchísimo. Pero cuando terminaba el partido y te veía celebrar con tus compañeros o salir encabronado, siempre había una parte de mí que pensaba que... que yo debería estar ahí. No necesariamente contigo en la cancha. Solo… ahí, ¿sabes?
Armando lo miró.
—También me pasaba eso contigo
La respuesta fue tan sencilla que Brian tuvo que apartar la mirada.
—¿Entonces por qué nunca regresaste?
Armando soltó una minúscula risa, se escuchó irónica y con un toque triste, después negó con la cabeza.
—Porque sabía que, si regresaba tarde o temprano iba a preguntarme qué habría pasado si me hubiera quedado allá y…no quería que el amor que te tenía se convirtiera en algo que me hiciera resentirte o reprocharte por algo después, Brian, tu nunca me pediste que me quedara, nunca me pusiste una condición… tú fuiste quien me dijo que tenía que aceptar, incluso cuando estabas destrozado, fuiste tú quien me dijo que me fuera.
Brian se quedó callado.
—Y yo hice lo mismo contigo —continuó Armando—. Porque si te hubiera pedido que esperases por mí, habría sido egoísta, te habría pedido que pusieras tu vida en pausa mientras yo seguía con la mía al otro lado del mundo, yo no quería hacerte eso.
Brian se pasó una mano por la cara y soltó una respiración temblorosa.
—Qué ironía, ¿no? Nos quisimos tanto que terminamos intentando protegernos… protegernos sin querer de el uno del otro.
Armando sonrió con tristeza.
—Supongo que sí.
—A veces me hubiera gustado que alguno de los dos fuera un poco más egoísta.
Armando lo miró durante varios segundos.
—Yo también.
Y entonces Brian se rio, pero la risa se le rompió a la mitad.
—Imagínate, ahora me doy cuenta de que así hubiera sido más fácil odiarte.
—¿Me odiaste alguna vez?
Brian negó inmediatamente con la cabeza.
—No, es lo que me duele más, ni una sola vez, no te negaré que estuve enojado contigo algunas veces, estuve enojado con Grecia, con el fútbol, con la distancia, con todo, pero… nunca contigo.
Armando bajó la mirada.
—Yo sí estuve enojado contigo.
—¿Conmigo?— Brian levantó las cejas, sorprendido
—Sí, porque durante mucho tiempo pensé que, si de verdad me amabas, ibas a pedirme que me quedara. —Armando hizo una pausa y tragó saliva—. Después entendí que justamente porque me amabas no lo hiciste.
Brian no respondió. Solo se quedó mirándolo.
Y entonces, después de tantos años, entendió que quizá esa era la parte que más había dolido de todo, ninguno había dejado al otro porque hubiera dejado de amarlo. Se habían dejado porque todavía se amaban demasiado.
—¿Sabes qué pensé cuando te fuiste? —preguntó Brian.
—¿Qué?
—Que algún día ibas a volver.
Armando sonrió débilmente.
—Yo pensé que algún día ibas a ir por mí.
Brian soltó una risa entre lágrimas.
—Fuck, los dos esperando algo que ninguno iba a hacer.
—Éramos unos idiotas.
—Éramos jóvenes. Pero seguimos siendo unos idiotas.
—También.
Se quedaron callados. Y por primera vez en toda la tarde, Brian dejó de intentar contener las lágrimas. Simplemente se le llenaron los ojos y dejó que cayeran.
Armando lo observó durante unos segundos antes de acercarse y abrazarlo. También rompió en llanto. Lastimosamente no era el abrazo de dos ex novios que estaban intentando volver. Era el abrazo de dos personas que finalmente se permitían llorar por algo que habían pasado años intentando convertir en un recuerdo tranquilo.
—Te extrañé muchísimo —Murmuró Armando, con la voz ahogada por la tela de su playera.
—Yo también. — Respondió Brian, dejando salir un suspiro tembloroso que llevaba guardado desde el momento en que lo vio otra vez después de tanto tiempo.
—Más de lo que debería. — Añadió Armando en un susurro casi imperceptible
—Creo que no hay un “debería” cuando se trata de extrañar a alguien. —Dijo Brian en voz baja, acariciándole la espalda despacio para consolarlo
Armando apretó un poco más el abrazo.
—A veces todavía pienso en cómo habría sido nuestra vida.
Brian sonrió contra su hombro sintiendo una mezcla de ternura y tristeza al escuchar que Armando guardaba exactamente los mismos pensamientos que él.
—Yo también. —Confesó Brian sin dudarlo
—¿Y? — Preguntó Armando separándose un poco para buscar la mirada de Brian
Brian se separó despacio y también lo miró.
—Sonará un poco ridículo, pero en mi cabeza tenemos una casa —empezó a explicar Brian con una sonrisa pequeña—. No muy grande. Tú sigues llegando tarde de los entrenamientos. Yo sigo reclamándote que te quites los tenis en la entrada. Tenemos una cocina horrible porque ninguno sabe cocinar y probablemente peleamos por las mismas tonterías que peleábamos cuando teníamos veintitrés.
Armando soltó una risa mientras se limpiaba las lágrimas.
—Ya sé cocinar.
—Pero no te quitaste los tenis en la entrada— Brian apuntó los pies de Armando, donde claramente seguían sus tenis bien abrochados sobre la alfombra
Los dos rieron. Y por unos segundos la tristeza desapareció. Solo por unos segundos.
Después Brian volvió a mirar la fotografía sobre la mesa.
—Supongo que esa vida nunca existirá.
—Así es..
—Pero pudimos haberla tenido.
—Sí, de esto estoy seguro.
Brian respiró profundamente. sosteniendo el aire un momento para no romper a llorar otra vez.
—Eso es lo que más me duele.
Armando asintió. No intentó contradecirlo. Porque también lo sabía.
Habían perdido una vida que nunca llegaron a vivir. No podían extrañar una casa en la que nunca habían vivido, ni los domingos que nunca pasaron juntos, ni las discusiones por quién iba a cocinar, ni las vacaciones que nunca planearon. Pero, aun así, de alguna manera, podían sentir la fuerte y dolorosa ausencia de todas esas cosas.
—Siempre pensé que, si las cosas hubieran sido diferentes… —Armando comenzó a decir, pero se detuvo. Brian lo miró confundido.
—¿Qué?
Armando respiró profundamente antes de terminar.
—Que tú habrías sido la persona... mi persona indicada.
Brian sintió cómo se le cerraba la garganta. No respondió inmediatamente. Después sonrió con una tristeza que no había sentido en años.
—Tú también.
Y ninguno necesitó decir nada más.
—&—
La despedida fue corta. No se prometieron llamarse o volver a verse pronto, porque ambos sabían que intentar forzar una amistad frecuente sería volver a rascar una herida que por fin comenzaba a cerrar. Armando tomó su mochila, le dio un apretón firme en el hombro a Brian en la puerta del departamento y bajó por el elevador solo.
Esta vez, Brian no se quedó mirando los números descender.
Cerró la puerta, caminó hacia la sala, tomó la fotografía vieja de la mesa y la guardó en el cajón de la barra. La nota manuscrita seguía ahí
“Algún día vamos a mirar esta foto y vamos me a reírnos de todo lo que todavía nos falta vivir”
La leyó una última vez y sonrió despacio. La frase había sido cierta, les había faltado muchísimo por vivir, solo que el camino de cada uno ya no cruzaba por el del otro.
