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El silencio en la Baticueva solía ser un lujo reservado para los días en que Batman estaba inconsciente en la enfermería o fuera del planeta con la Liga. Aquella mañana de lunes, sin embargo, el aire olía a una mezcla peligrosa de café negro cargado, ozono y la inminente catástrofe que siempre precedía a los experimentos no autorizados de Tim.
—Dije que era una anomalía temporal de menor nivel —protestó Tim, levantando ambas manos en un gesto defensivo mientras retrocedía tres pasos torpes lejos de la Baticomputadora. Tenía unas ojeras tan profundas que parecían marcas de tinta china y sostenía una lata de Zesti que temblaba levemente en su mano derecha—. Una simple fluctuación de taquiones en el condensador. Nada por lo que haya que llamar a la Liga. —
—¡Literalmente abriste un agujero de gusano en medio de la plataforma de entrenamiento que se tragó a Dick y lo reemplazó con una versión de tamaño bolsillo! —gritó Stephanie, señalando con un dedo acusador la plataforma circular.
En el centro de la plataforma, donde hacía exactamente cuatro minutos estaba Dick Grayson —de veintisiete años, líder de los Titans y acróbata profesional en la cúspide de su capacidad física—, ahora no había nada más que una pila desordenada de ropa de entrenamiento gigante. Y de entre el cuello de una sudadera tres tallas más grande, emergió una pequeña cabeza de cabello negro despeinado con unos enormes ojos azules de pura confusión.
—Hey... —dijo una voz aguda, rasposa y con el inconfundible acento de un niño extranjero de primaria—. Mis pantalones se cayeron y todo huele a murciélago. —
Jason, recargado contra el capó del Batimóvil con una pesada llave inglesa en la mano, se detuvo a mitad de camino de limpiarse la grasa de los nudillos con un trapo sucio. Parpadeó una vez. Parpadeó dos veces. Se quitó el trapo del hombro y caminó lentamente hacia la plataforma con la boca abierta.
—No me jodas —murmuró Jason, inclinándose hacia adelante para mirar al pequeño sujeto desde arriba—. Es Dickface en versión miniatura. —
—¡No me llames Dickface! —chilló el niño, tratando de levantarse pero tropezándose de inmediato con las mangas de su sudadera de Nightwing. Terminó de rodillas en el suelo de concreto, bufando con extrema molestia—. ¡Bruce! ¡Bruce, hay un tipo feo con chaqueta de cuero y cara de malo tratándome mal! —
—¿Tipo feo? —Jason se cruzó de brazos, alzando una ceja con indignación—. Escúchame bien, enano acróbata. Tengo más estilo en mi dedo meñique del que tú tendrás en toda tu pubertad. —
—¡Y a mí que me importa tu meñique, raro! —replicó el pequeño Richard, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos, aunque la sudadera le ocultaba completamente las manos, haciéndolo parecer un pingüino enojado envuelto en una cobija—. ¡Quiero a Bruce! ¡Y quiero mis zapatos! ¡Estos zapatos parecen barcos y hacen que me duelan los pies! —
Damian descendió por las escaleras de la cueva con paso firme, rítmico y la barbilla en alto, seguido de cerca por Titus. El pequeño demonio de trece años observó la escena con un desdén clínico y casi profesional, deteniéndose justo al lado de Tim, a quien le dirigió una mirada cargada de juicio supremo.
—Drake —dijo Damian con un tono helado que congelaría el infierno—. Exijo una explicación coherente antes de que le informe a padre que has alterado la estructura espacio-temporal de esta familia solo para evitar dormir. —
—¡Fue un accidente técnico! —se defendió Tim, dándole un trago desesperado a su Zesti—. Iba a calibrar los sensores de largo alcance y el rayo reaccionó con el residuo cuántico de la última misión de la Liga de la Justicia. No lo encogí en un niño de forma permanente, simplemente... creo que regreso a su infancia. —
—¿A qué edad exactamente? —preguntó Stephanie, agachándose a la altura del pequeño para analizarlo minuciosamente—. A ver, mocoso, ¿cuántos años tienes? —
—Tengo nueve —respondió Dick con orgullo absoluto, alzando la mano derecha y mostrando exactamente cuatro dedos.
—Esos son cuatro, no nueve, genio. —señaló Jason.
—¡Es que la otra mano está atrapada en la manga de la camisa! —chilló Dick, pataleando en el suelo—. ¡Sáquenme de esta camisa! ¡Pica! ¡Pica como si tuviera hormigas adentro! —
—A ver, tranquilo, no te convulsiones —dijo Steph, ayudándolo a salir del exceso de tela hasta que el niño quedó vistiendo únicamente una playera enorme que le llegaba hasta los tobillos, pareciendo un vestido—. Ya está. Dios mío, mírenlo. Es diminuto. Parece un muñeco de trapo. —
—Es el Robin original —murmuró Jason, mirando al niño con una mezcla de fascinación morbosa y profunda perturbación—. Siempre me pregunté cómo era Dick cuando recién llegó a la mansión. Digo, uno pensaría que era un pequeño soldado disciplinado o un trágico huérfano de circo que solo pensaba en la venganza, la gimnasia y el luto. —
—Por supuesto —asintió Damian, cruzándose de brazos con pose madura y segura—. Grayson siempre ha sido un pilar de disciplina y virtud profesional, también debería haberlo sido a una edad temprana. Sin duda, a los nueve años ya poseía una compostura digna de llamar la atención de Batman. —
El pequeño Dick se los quedó mirando a todos en silencio, parpadeando con lentitud. Luego metió su dedo índice con decisión en su nariz, hurgó durante tres segundos con profunda concentración, sacó el dedo, miró su hallazgo con curiosidad y se lo limpió directamente en la pierna del pantalón de Jason.
—¡Oye! —rugió Red Hood, dando un salto hacia atrás—. ¡¿Qué te pasa, mocoso asqueroso?! —
—Tienes la cara roja como un tomate —dijo el pequeño, sacándole la lengua con total frescura—. Y hueles a humo de motocicleta y a aceite quemado. No me gustas nada. Quiero a mi Bruce. —
—Bruce está arriba en una reunión por videoconferencia con la junta directiva de Wayne Enterprises—dijo Tim, sobándose las sienes mientras se inclinaba sobre las pantallas para buscar una solución al algoritmo del agujero de gusano—. Steph, Jason y Damian, manténganlo ocupado y fuera de peligro. Me tomará al menos un par de horas revertir el flujo de partículas y traer de vuelta a nuestro Dick. —
—¿Mantenerlo ocupado? —Stephanie sonrió con diversión pura, inclinándose hacia el pequeño—. Por favor, Tim, ¿qué tan difícil puede ser cuidar de chibi Dick? Es el ser más amable, optimista y complaciente de todo el planeta. Seguro que a los nueve años era un angelito obediente. —
—A mí no me hables con esa voz de tonta, niña cara de waffle —dijo Dick, arrugando la nariz.
Stephanie se congeló en su sitio. Su sonrisa divertida desapareció al instante.
—¿Qué dijiste? —preguntó ella, parpadeando despacio.
—Que tienes cara de waffle. Y que quiero mis juguetes —repitió el niño con total seguridad—. Y si no me los dan ahora mismo, voy a gritar tan fuerte que despertare a todos los murciélagos y los van a atacar. —
Jason soltó una carcajada escandalosa que resonó en el techo de la cueva, haciendo volar a un par de murciélagos asustados.
—Para ser un mocoso asqueroso vaya que es divertido —exclamó Jason, dándole una palmadita en la espalda al niño que casi lo hace volar un metro hacia adelante—. Tiene agallas. A ver, Goldy, ¿cuáles juguetes? Si son tus pistolas de agarre de entrenamiento o tus bat-rangs de goma, los tenemos con las demás armas. —
—¡No quiero bat-cosas! —protestó Dick, dando un pisotón fuerte con sus pies descalzos contra el suelo frío de concreto—. ¡Quiero cosas de verdad! ¡Mis cosas! —
Antes de que cualquiera pudiera responder, el sonido pesado y rítmico de unos pasos descendiendo por la escalera principal llenó la cueva. Bruce, vistiendo un impecable traje de tres piezas, pero con la corbata ligeramente desajustada, bajó los últimos escalones mientras revisaba una tableta de datos.
—Escuché una fluctuación de energía severa en la red central —dijo Bruce sin levantar la vista de la pantalla—. ¿Qué fue lo que pasó en el...? —
Bruce se detuvo en seco. Sus ojos se fijaron en el pequeño niño de nueve años que vestía una playera gigante como vestido.
Por un segundo, la mente brillante del gran detective evaluó las posibilidades lógicas: un ataque de la Liga de las Sombras, una trampa con toxinas del Espantapájaros, una alucinación o un viaje temporal no autorizado. Pero en el segundo exacto en que los ojos del pequeño se iluminaron al verlo, todo el rigor analítico de Batman se desintegró por completo en el aire.
—¡BRUCE! —chilló el niño con un tono tan agudo que hizo vibrar las pantallas de los monitores.
—...¿Dick? —susurró Bruce. La tablet de diez mil dólares en su mano resbaló y cayó al suelo con un chasquido seco. Su rostro duro, marcial y sombrío se ablandó a una velocidad alarmante, transformándose en una expresión de calidez, culpa e hiper-protección paternal que ninguno de los presentes había visto jamás.
—¡BRUCE! —repitió el pequeño, corriendo hacia él a toda velocidad y lanzándose contra sus piernas como un misil humano.
Bruce se arrodilló de inmediato sin importarle que su pantalón de vestir tocará el sucio suelo, atrapando al niño en un abrazo feroz que parecía capaz de protegerlo de cualquier guerra .
—Dios mío, Dick... —murmuró Bruce, pasando una mano temblorosa por el cabello despeinado del niño, revisándole los brazos, el rostro y las manos como si estuviera buscando heridas invisibles—. ¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¿Tuviste un mal sueño? —
Los cuatro Batkids restantes se quedaron completamente petrificados, observando la escena con los ojos desorbitados.
—¿Acaba... acaba de tirar una tableta de alta tecnología al suelo sin siquiera mirar si se rompió? —susurró Tim, conmocionado.
—Mira su cara —murmuró Jason, frotándose los ojos con los nudillos—. Parece una mamá gato que acaba de recuperar a su gatito perdido del río. Esto es aterrador. Aunque al menos nos confirma quien es el favorito. —
—¡Bruce! —se quejó Dick desde el abrazo, zafándose un poco para mirar al millonario a los ojos con una expresión de dramatismo absoluto—. ¡Revisé mi cuarto arriba y no hay nada! ¡¿Dónde están mis GI Joes?! ¿Y mis Monster Trucks? ¿Y mis Hot Wheels? ¿Y mi plastilina? ¡¿Y mi McDonald's, Bruce?! ¡¿Dónde está mi McDonald's?! —
Stephanie arrugó el ceño, confundida por completo.
—No reviso nada, no ha salido de aquí, además… ¿McDonald's? —preguntó en voz baja—. ¿A qué se refiere el enano? —
—Tenía un set de juego —explicó Tim en un susurro rápido, recordando los registros antiguos de los servidores de la mansión y las viejas grabaciones de seguridad—. Un mini mostrador de juguete de McDonald's que Bruce le compró cuando recién llegó a la mansión. Obligaba a Bruce a ponerse una gorra de papel, fingir que era un cliente y pedir comida de juguete para que Dick pudiera usar la caja registradora, poner las hamburguesas de plástico en una charola y exigirle que pagara con billetes de verdad. —
—¿Billetes de verdad? —Jason ahogó una carcajada de incredulidad—. ¿El pequeño enano extorsionaba al multimillonario de Gotham con comida de plástico? —
—Le cobraba como cincuenta dólares por cuatro McNuggets—asintió Tim—. Y Bruce los pagaba. Todos los días sin falta. —
De vuelta en el centro de la escena, Bruce sostenía al pequeño Dick mirándolo con una mirada tan suave y cuidadosa que rozaba lo ridículo para cualquiera que conociera a Batman.
—Dick, amigo, ya estás grande —dijo Bruce con delicadeza extrema, como si estuviera tratando con un artefacto de cristal a punto de romperse—. No has jugado con esos juguetes en mucho tiempo. Ya no los tenemos, los donamos cuando creciste. —
—¡Quiero mis GI Joes, Bruce! —se quejó el niño, agarrándose del saco de diseñador de Bruce y colgándose con todas sus fuerzas—. ¡Cómprame GI Joes nuevos! ¡Y una cubeta entera de soldaditos verdes! ¡No, dos cubetas! ¡Necesito jugar a la guerra, Bruce! ¡Lo necesito! —
—Iremos a la juguetería ahora mismo —lo calmó Bruce de inmediato, levantándose con el niño en brazos como si no pesara absolutamente nada.
—¡No, no vas a hacerlo! —exclamó Tim, dando un paso al frente y extendiendo los brazos para bloquearle el camino—. ¡Bruce, no puedes sacarlo de la mansión! ¡Tiene nueve años! Si la prensa lo ve en la calle, van a cuestionar cuando adoptaste un nuevo hijo o peor, por qué tú primer hijo rejuveneció dieciocho años de la noche a la mañana. ¡Nos va a investigar la GCPD! —
—¡Pero mis GI Joes, Bruce! —chilló Dicky, escondiendo la cara en el cuello de Bruce y haciendo un sonido de llanto falso tan exagerado que hizo que todos los demás Batkids lo mirarán con una ceja levantada.
—¡Iré a comprarte juguetes nuevos! —le prometió Bruce al niño, ignorando por completo la advertencia lógica y fundamentada de Tim—. ¡Vuelvo enseguida! —
—¡Y también quiero un papalote! —exigió el pequeño, levantando la cabeza del hombro de Bruce y mirándolo con ojos brillantes llenos de codicia—. ¡Tienes que volar el papalote conmigo, Bruce! —
—¡Te compraré dos papalotes! —respondió Bruce sin dudar.
—¡Y un columpio! —añadió el niño.
—¡Te compraré un columpio! —
—¡Y un juego de escalar! —
—Nadie va a usar un columpio, un juego de escalar ni ninguna de esas cosas cuando vuelva a la normalidad —refunfuñó Jason, cruzándose de brazos y rodando los ojos con incredulidad—. Míralo, viejo. Te está manipulando como a un principiante en una estafa de la calle. —
—¡Necesito un juego de escalar, Bruce! —exclamó Dick. Sus ojos se le llenaron de lágrimas instantáneas, empezó a sorber la nariz con dramatismo y a frotarse los ojitos con los puños cerrados.
El corazón de Batman, el hombre que había derrotado a dioses, alienígenas y temibles supervillanos, se rompió en mil pedazos de pura culpa.
—Está bien, todo va a estar bien, no llores, amigo —dijo Bruce de inmediato, abrazando al niño con fuerza y balanceándolo de un lado a otro mientras le daba palmaditas en la espalda—. Te traeré el juego de escalar. Y una piscina de pelotas. Y todos los soldaditos que quieras, solo no llores, por favor. —
Bruce miró al resto de sus hijos con una severidad helada que contrastaba absurdamente con el hecho de que se encontraba arrullando a un niño chiflado.
—Cuiden de él. Vuelvo en un rato. Si le pasa algo, se quedan en la banca por un año. —
Sin esperar respuesta, Bruce dejó al pequeño Dick sentado sobre la mesa de trabajo de Tim y corrió hacia el ascensor a una velocidad que normalmente solo usaba cuando las bombas del Joker tenían un temporizador de cinco segundos.
El ascensor se cerró con un zumbido pesado.
El silencio volvió a apoderarse de la cueva.
El pequeño Dick esperó exactamente tres segundos. Miró hacia las puertas del ascensor, sollozó un par de veces más para asegurarse de que la puerta no se abriera de nuevo, se secó las lágrimas de cocodrilo con el dorso de la mano y luego se dio la vuelta hacia sus "hermanos".
Les dedicó una sonrisa engreída, malvada y victoriosa.
—Tú... estás súper consentido —dijo Stephanie, mirándolo entre impresionada y horrorizada.
—Bruce dice que está bien estar consentido porque he pasado por mucho trauma —respondió el niño con total frescura, alzando los hombros como si fuera la explicación más lógica del mundo.
—Esa... esa no es forma de justificar el chantaje emocional, Grayson —intervino Damian, dando un paso adelante con el ceño fruncido—. Padre es un hombre de disciplina. No deberías aprovecharte de su debilidad mental y traumas sin tratar para obtener artículos recreativos de plástico. —
—Wa, wa, cállate, niño con corte de puercoespín —dijo Dick.
Damian se congeló. Su mano bajó automáticamente hacia la empuñadura de su katana. Por detrás se pudo escuchar una carcajada apenas contenida y una voz muy parecida a la de Step murmurando algo que sonó como: Te dije que no debías cortarte el cabello tú solo.
—¿Cómo me llamaste, sabandija de circo? —siseó el pequeño demonio.
—¡Corte de puercoespín! ¡Corte de puercoespín! —canturreó Dick, bajándose de la mesa de un salto ágil que demostró que, incluso a los nueve años, sus reflejos circenses estaban intactos. Se dio la vuelta, les sacó la lengua y corrió hacia las escaleras que subían a los jardines de la mansión—. ¡Voy a trepar árboles hasta que Bruce vuelva con mis cosas! ¡Y si me siguen, le voy a decir a Bruce que me pegaron! —
—¡Oye, vuelve aquí, enano! —gritó Jason, corriendo tras él—. ¡No puedes trepar árboles vistiendo solo un vestido! —
Para cuando Bruce regresó de la juguetería —la cual literalmente había cerrado sus puertas al público general tras recibir un cheque firmado por Wayne Enterprises por el monto total del inventario de la sección de niños de 6 a 12 años—, la mansión Wayne era un caos absoluto.
Tres camionetas de carga gigantescas de la juguetería habían descargado cajas tras cajas en la entrada principal.
En el centro de la sala de estar, rodeado por dos montañas de cajas de juegos de mesa, sets de construcción, cajas de herramientas de plástico y una estructura de madera para un columpio de interiores que dos empleados intentaban armar sobre una alfombra persa de doscientos mil dólares, estaba el pequeño Dick.
Tenía puesta una gorra de papel doblada a mano con el logo de McDonald 's dibujado toscamente con marcador rojo, y estaba sentado detrás de una caja registradora de plástico rosa que emitía un chillido irritante cada vez que presionaba un botón.
—Son cuarenta y ocho dólares con cincuenta centavos —dijo Dick con profesionalismo, mirando a Tim, quien estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas y una expresión de completamente derrota.
—Dick, te acabo de dar un billete de cien dólares —dijo Tim, señalando el pedazo de papel verde que estaba dentro del cajón de la caja de juguete—. Tienes que darme cambio. No puedes quedarte con los cien dólares. —
—No hay cambio en esta sucursal —sentenció el niño, cerrando el cajón de golpe con un ¡CLANG! —. Es la tarifa por servicio nocturno. Y tus McNuggets están fríos porque protestaste mucho. Vuelve al final de la fila. —
—¡No hay ninguna fila! ¡Estoy solo yo! Además ¿¡Cuál servicio nocturno?! ¡Es plena tarde! —gritó Red Robin tirándose hacia atrás sobre la alfombra y cubriéndose la cara con las manos—. Llevas dos horas cobrándome dinero real por piezas de lego amarillas diciendo que son nuggets recién fritos. E gastados trescientos cincuenta dólares. Tres. Cientos. Cincuenta. Dólares. —
—Eres un pésimo negociador, Drake —dijo Damian, caminando por la sala mientras observaba la montaña de juguetes con profundo desprecio—. Es un individuo de nueve años. Solo necesitas aplicar la fuerza de la autoridad y la disciplina, eso me aplicaban a mí y funcionó. —
Damian se acercó a la pequeña caja registradora rosa, se cruzó de brazos y miró a Dick desde su altura superior con mirada amenazante.
—Grayson. Abandona este juego infantil de inmediato y regresa a la cueva. Drake necesita analizar tus patrones de pulso para calibrar el desfasase cuántico y devolver a tu yo adulto. —
El pequeño Dick lo miró fijamente. Luego miró la caja registradora. Luego presionó un botón rojo gigante.
¡BEEP!
—Son quinientos dólares por hablarme con todo feo —dijo Dicky sin pestañear.
—No voy a pagarte absolutamente nada —siseó Damian, apretando los puños con rabia—. No reconozco tu divisa de plástico ni tu autoridad simulada sobre esta sala. —
Dick arrugó la cara, llenó sus pulmones de aire y soltó un alarido tan agudo, potente y ensordecedor que hizo que los empleados que terminaban de armar el columpio soltaran los martillos de golpe.
—¡BRUCEEEEEE! ¡EL NIÑO CABEZA DE PUERCOESPÍN ME ESTÁ AMENAZANDO Y NO QUIERE PAGAR SU HAMBURGUESA! —
Desde el pasillo contiguo, la puerta se abrió de par en par con un golpe seco. Bruce apareció en el marco de la puerta, sin saco, con las mangas de la camisa enrolladas y sosteniendo una caja gigante que contenía un set militar con más de mil soldaditos de plástico verde.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Bruce, clavando su profunda mirada directamente en Damian.
—Padre, este sujeto está montando un esquema de extorsión totalmente ilegal en la sala de estar —explicó Damian con rapidez y firmeza—. Está utilizando la simulación de un restaurante de comida rápida para despojar a Drake y a los demás de su dinero real e interrumpiendo las operaciones de la mansión. —
Bruce miró a Damian con una mirada complicada. Luego miró a Dick, quien procedió a esconderse detrás de la pierna de Bruce, mirando a Damian con una sonrisa malvada y victoriosa por un lado de su rodilla.
—Damian —dijo Bruce en un tono bajo y cansado—. Es solo un juego. Tu hermano no es el mismo que el de siempre, ahora es más pequeño que tú y tiene el trauma reciente de sus padres. Si quiere jugar al McDonald's, no te cuesta nada ser un cliente educado y cooperativo. —
Damian parpadeó para después sus ojos se abrieran como platos por la absoluta incredulidad.
—¿Qué? —exclamó el chico de trece años—. ¡Padre, es totalmente absurdo! ¡No voy a utilizar mi dinero para obtener comida de plástico! —
—Aquí tienes quinientos —dijo Bruce, sacando un billete de su billetera y entregándoselo a Damian—. Ve al final de la fila y pide una malteada. Y asegúrate de dejarle una generosa propina. —
—¡Esto es una locura colectiva! —protestó Steph, saliendo de la cocina con un plato de galletas que Jason había preparado al intentar escapar de la situación—. ¡Bruce, le compraste un columpio de interior y uno de exterior! ¡Y lo pusieron sobre tú alfombra histórica del siglo XVIII! —
—El columpio ayuda a desarrollar sus habilidades psicomotrices y su equilibrio —respondió Bruce con total serenidad, mientras se agachaba junto a Dick y le acomodaba la gorrita de papel—. ¿Verdad que sí, amigo? —
—Sí, Bruce —dijo el niño con una voz angelical que rozaba lo escalofriante—. Y el de la chaqueta de cuero se comió dos de mis McNuggets y se fue sin pagar. —
Bruce giró la cabeza tan rápido que le tronó el cuello, fijando su pesada mirada en Jason, quien acababa de entrar a la sala con un tazón gigante de cereal.
—Jason —dijo Bruce con tono inquisidor.
—¡Yo no me comí nada! ¡Eran de plástico, anciano! —gritó Jason, señalando al niño con la cuchara de cereal—. ¡El enano está mintiendo! ¡Se está inventando acusaciones falsas solo para torturarnos! —
—Págale a tu hermano por los nuggets que te comiste, Jason —ordenó Bruce.
—¡No le voy a pagar nada! ¡Es un trozo de PVC amarillo que todavía huele a petróleo! —
—Jason. Solo Pagale a Dick.. —
Jason miró a Bruce. Miró al pequeño Dick, quien le estaba dedicando una sonrisa burlona de lado a lado mientras contaba una paca de billetes verdes que ya le había sacado a Tim y a Bruce.
Con un bufido de pura rabia que casi hace explotar el tazón de cereal, Jason metió la mano en su bolsillo, sacó un billete de veinte dólares y se lo tiró directamente en la cara del niño.
—Toma tu dinero, pequeño embaucador—refunfuñó Jason—. Espero que te compres un boleto de ida a tu línea temporal. —
El pequeño Dick atrapó el billete en el aire con una agilidad impresionante, lo guardó con el resto de su botín dentro de la caja registradora y presionó el botón principal.
¡BEEP!
—Gracias por su compra en McDonald's —dijo el niño con una dulzura falsa que daba escalofríos—. Vuelva pronto o le diré a Bruce que me empujó por las escaleras. —
—Lo voy a matar —murmuró Jason en voz baja, mirando a Tim—. Te juro por mi moto que lo voy a lanzar a la piscina con la sudadera puesta y pesas en los tobillos. —
—No si yo lo hago primero —dijo Tim, desplomándose en un sillón cercano—. Llevo tres horas intentando programar el desfasador cuántico, pero cada vez que intento bajar a la cueva, Bruce me pide que le ayude a armar un fuerte de soldaditos verdes en el pasillo. —
—Esto es inaceptable en todos los niveles posibles —sentenció Damian, sacando su propia billetera con absoluta resignación mientras miraba la fila improvisada de peluches que Bruce había organizado frente a la caja registradora—. Somos los vigilantes de Gotham. Entrenados para enfrentar la oscuridad, el crimen y el caos absoluto. No podemos ser sometidos de esta forma por la versión infantil y demente de Grayson. —
—Pues díselo a él —dijo Stephanie, señalando hacia la puerta principal del jardín.
Bruce acababa de entrar con un papalote gigante con la cara de Superman impreso en la tela de colores brillantes.
—Dick —anunció Bruce con un entusiasmo contenido que jamás le habían escuchado con ninguno de ellos—. El viento en el jardín norte es perfecto. Vamos a volar tu papalote. —
El pequeño Dick se levantó de su puesto de trabajo de un salto limpia y ágilmente, dejando tirada la caja registradora con los cientos de dólares dentro olvidada.
—¡SÍ! ¡VAMOS A VOLAR PAPALOTE! ¡Y si no vuela alto, quiero que vayas a Metrópolis y le traigas a Superman para que lo levanté! —chilló el niño, corriendo hacia el jardín a toda velocidad.
Los cuatro hermanos se quedaron mirando la puerta abierta del jardín por donde Bruce y el pequeño tirano acababan de desaparecer.
—Necesitamos que la máquina funcione —dijo Jason, cruzándose de brazos—. Hoy mismo. Antes de que Bruce le compre un pony y nos obligue a hacer la limpieza del establo con cepillos de dientes. —
A las cinco y media de la tarde, la situación en la mansión escaló a un nuevo nivel de locura cuando el pequeño Dick decidió que la comida saludable que Jason había preparado para la comida no era digna de su paladar real.
En la cocina, Jason había colocado un plato de pechuga de pollo a la plancha con verduras al vapor frente al niño.
—No voy a comer esto —dijo Dicky, empujando el plato con un dedo hasta hacerlo rozar el borde de la mesa—. Huele a verde. Y el verde es de soldadito, no de comida. —
—Es brócoli, enano —dijo Jason, apretando los dientes mientras sostenía un tenedor—. Tiene vitaminas. Te va a hacer crecer, aunque viendo cómo terminaste de adulto, tal vez debiste comer más de esto. —
—¡Quiero Chips Ahoy! ¡Y pastelitos de crema! ¡Y una malteada de fresa con cuatro cucharadas de azúcar! —demandó Dick, cruzando los brazos sobre la mesa.
—Aquí no hay pastelitos de crema, Grayson —intervino Damian, quien estaba en la barra preparando un té verde—. Sabemos que Pennyworth no te dejaba comer eso y no porque ahora no este es que puedas comerlo. —
—¡Bruce! —empezó a gritar Dick, tomando aire con las mejillas infladas—. ¡BRUCE! ¡ME ESTÁN DANDO DE COMER COMIDA DE PERRO! —
En menos de tres segundos, la puerta de la cocina se abrió de golpe. Bruce apareció con un plumero en la mano y la camisa arremangada.
—¿Qué sucede? —preguntó Bruce, escaneando la habitación con mirada severa.
—¡El tipo feo de la chaqueta me quiere obligar a comer árboles chiquitos y blandos! —chilló Dicky, señalando el brócoli con una expresión de puro horror, como si le hubieran servido veneno.
Bruce miró el plato de brócoli. Luego miró a Jason.
—Jason —dijo Bruce con tono suplicante, algo raro en él.
—¡Es brócoli, Bruce! —gritó Jason, tirando la espátula sobre la barra—. ¡Es comida normal! ¡No puedes dejar que coma solo azúcar! ¡Se va a volver hiperactivo y va a destruir la mansión! —
—Dick necesita calorías de rápida absorción para mantener su nivel metabólico de acróbata —declaró Bruce con una lógica totalmente inventada sobre la marcha—. Hazle pastelitos de crema. —
—¿Qué? —Jason se quedó boquiabierto—. ¡No sé hacer pastelitos de crema desde cero! ¡Solo Alfred sabe! —
—Entonces ve a la pastelería del centro y compra tres docenas —ordenó Bruce, sacando las llaves de uno de sus autos y tirándoselas a Jason—. Y trae malteadas de fresa que son sus favoritas. —
Jason miró las llaves en su mano. Miró al pequeño tirano, quien le dedicó una mueca victoriosa sacando la lengua y haciendo un ruido de burla con los labios.
—Un día de estos —murmuró Jason, caminando hacia la salida de la cocina— voy a vender a este niño al circo… de nuevo. —
A las siete de la tarde, la mansión Wayne se había convertido oficialmente en la zona de juegos más cara, absurda y caótica del hemisferio occidental.
El pasillo del segundo piso estaba completamente bloqueado por una fortaleza gigante hecha de cajas de cartón, almohadones del sofá principal y más de dos mil soldaditos verdes distribuidos en formaciones tácticas complejas. En el centro del fuerte, el pequeño Dick, vistiendo un casco de plástico verde demasiado grande que le cubría la mitad de las orejas, dirigía las operaciones con un megáfono de juguete que emitía un sonido absurdo cada vez que presionaba el gatillo.
—¡Atención, fuerzas enemigas! —gritó el niño a través del megáfono con voz distorsionada—. ¡El fuerte Grayson-Wayne es totalmente inexpugnable! ¡Cualquiera que intente pasar hacia la cueva tendrá que pagar un peaje de tres paquetes de galletas de chocolate, un juguito de manzana y quinientos dólares en efectivo! —
Al final del pasillo, escondidos detrás de una enorme estatua de mármol del siglo XIX, Jason, Tim, Steph y Damian sostenían una reunión de estrategia de emergencia.
—Esto ha llegado demasiado lejos en la escala de lo absurdo —dijo Tim, sosteniendo un escáner portátil que emitía pitidos rítmicos—. Logré aislar la frecuencia cuántica exacta para revertir el proceso. Solo necesito cinco minutos frente a la baticomputadora para cargar la secuencia y traer de vuelta al Dick de veintisiete años. —
—¿Y cuál es el problema? —preguntó Steph—. La cueva está abajo. Solo camina por las escaleras. —
—El problema —intervino Jason, asomando la cabeza con cautela por un lado de la estatua de mármol—. Es que el pequeño tirano puso una trampa de canicas y aceite en todo el descansillo de la escalera. Y tiene a Bruce patrullando en la entrada del ascensor para "proteger la base militar de los invasores". —
—¿Mi padre está custodiando un fuerte de que…? —preguntó Damian, con una mezcla de horror y fascinación morbosa—. Exijo ver esa aberración con mis propios ojos. —
Damian se asomó al pasillo. Efectivamente, a pocos metros de la fortaleza de plástico y cartón, Bruce estaba sentado en una silla de madera victoriana, sosteniendo un libro sobre estrategia militar medieval mientras leía atentamente, vestido con su traje de negocios, pero usando una gorra de camuflaje de juguete que el niño le había puesto en la cabeza.
—Padre —dijo Damian, caminando hacia él con pasos cautelosos y pausados—. Esto es una total degradación de tus conocimientos tácticos y de tu dignidad como líder. Drake necesita acceder al panel de control inferior. —
Bruce levantó la vista de su libro con lentitud.
—El general Grayson ha establecido una zona de exclusión aérea y terrestre en este sector, Damian —dijo Bruce con tanta calma que daba miedo—. Hasta que los suministros de galletas de chocolate y el juguito no sean entregados, no hay paso para nadie. —
—¡Bruce, dile al niño de corte de puercoespín que retroceda tres pasos! —chilló Dicky desde arriba del fuerte de cajas, apuntando a Damian con una pistola gigante de agua —. ¡Está violando el tratado de paz de la sala! —
—Damian, da tres pasos hacia atrás de inmediato —ordenó Bruce sin levantar la voz.
—¡Padre! —protestó Dami, apretando los puños de rabia contenida—. ¡Es un niño de nueve años extremadamente manipulador! ¡No existe ningún tratado de paz! ¡Drake tiene la solución para traer de vuelta al Grayson real y terminar con esta farsa! —
—El Grayson real está aquí —dijo Bruce, mirando hacia la fortaleza de cajas con una mirada llena de nostalgia y culpa reprimida—. Hacía años que no lo veía sonreír de esa manera. Los primeros días, cuando llegó a la mansión por primera vez tras la tragedia de sus padres, apenas hablaba. Solo lloraba por las noches en su habitación. Hasta que poco a poco empezó a tener confianza. Así que, si quiere jugar al ejército hoy, vamos a jugar al ejército con todas las reglas. —
Detrás de la estatua, Jason se llevó la mano a la frente con desesperación.
—Está en una espiral de culpa y nostalgia irreversible —analizó Jason—. El viejo está teniendo un ataque severo de "no le di una infancia normal porque lo convertí en un vigilante a los nueve años". No va a entrar en razón por la vía diplomática. —
—Tenemos que usar la fuerza o el chantaje —sugirió Steph, sacando un paquete de galletas de su bolsillo.
—Yo me encargo de la negociación —dijo Jason dando un paso al frente con una falsa sonrisa—. Hey, Dickie —
El pequeño asomó la cabeza despeinada por encima del muro de cajas.
—¿Qué? —
—Te cambio esto —dijo Jason, sacando de su bolsillo un control remoto de repuesto del Batimóvil que no tenía permitido agarrar—. Por paso libre hacia la cueva para Tim. Este botón rojo de aquí hace que los cañones del Batimóvil echen humo de verdad por el tubo de escape. —
Los ojos del pequeño Dick se abrieron como platos. La avaricia infantil más pura brilló en su mirada con una intensidad aterradora.
—¿Humo de verdad? —preguntó el niño, bajando la pistola de agua.
—Humo de verdad —confirmó Jason—. Del que huele a carbón quemado y hace ¡BOOM! cuando aceleras. —
—¡No le des eso! —gritó Tim desde atrás—. ¡Va a llenar la mansión entera de humo tóxico, va a activar la alarma de incendios, los bomberos vendrán y no podremos explicar por qué la mansión parece un sauna mortal! —
—¡Cállate, reemplazo, estoy negociando la paz! —siseó Jason en voz baja—. A ver, enano, ¿tenemos un trato o no? —
Dick miró el control. Luego miró a Bruce. Luego sonrió con la misma astucia diabólica con la que, años más tarde, lideraría a los Teen Titans.
—Quiero el control... y también quiero que el niño de corte feo me pida perdón por decir que mi fuerte militar es infantil —demandó Dick, cruzándose de brazos con pose firme.
Damian con el rostro rojo dio un pisotón furioso en el suelo de madera.
—¡Jamás! ¡Prefiero ser arrojado a un pozo del Lázaro antes que pedirle disculpas a una versión enana, mimada y demente de Grayson! —
—Sin disculpa pública no hay paso. —dijo el niño, volviendo a esconderse detrás del fuerte—. ¡Bruce, ordenó el ataque contra los invasores! —
—Damian —dijo Bruce con voz baja, ajustándose la gorrita de camuflaje—. Solo discúlpate con tu hermano. —
—¡PADRE! —chilló Damian, en el límite absoluto de su paciencia.
—Solo hazlo, Damian, por lo que más quieras —suplicó Tim, empujándolo levemente hacia adelante—. Solo dile que lo sientes para que pueda bajar a la cueva y terminar con esta locura. Llevo cincuenta horas despierto y estoy empezando a ver fantasmas bailando en las esquinas. —
Damian apretó los dientes con tanta fuerza que su mandíbula emito un audible chasquido. Miró la fortaleza de cajas de cartón y miró la sonrisita engreída de Dick que asomaba justo por encima del borde.
—...Lamento... haber cuestionado... la validez arquitectónica de tu fortaleza —siseó Damian entre dientes, cada palabra sonando como si le estuvieran arrancando una muela sin anestesia.
—No te escuché bien desde aquí arriba —canturreó Dick desde la fortaleza—. Ahora dilo con voz triste. —
—¡GRAYSON! —rugió Damian, sacando un batarang de su bolsillo.
—¡Suficiente! —gritó Steph, interviniendo rápidamente y arrebatandole el control remoto a Jason—. Toma, mocoso. Nos vamos, antes de que se maten. —
Steph le lanzó el control al niño, quien lo atrapó en el aire con una sonrisa triunfal de satisfacción. De inmediato, con una falta total de prudencia, presionó el botón rojo principal varias veces seguidas.
En la Baticueva, el sistema de escape del Batimóvil se activó de golpe con un rugido del motor, liberando una densa nube que comenzó a subir rápidamente por los conductos de ventilación hacia la sala principal y el pasillo.
—¡FUNCIONA! —gritó Dick con júbilo absoluto, dando saltos sobre las cajas de cartón—. ¡SOY EL REY DE LA GUERRA Y DEL HUMO! —
—¡Tim, muévete antes de que el humo active los rociadores! —gritó Jason, agarrando a Tim por el gorro de su chaqueta y arrastrándolo a toda prisa hacia la puerta secreta del ascensor de la cueva.
La Baticueva estaba sumida en una actividad frenética y desesperada.
Mientras el humo empezaba a colarse rápidamente por los niveles superiores antes de ser purificado por los extractores de aire de la cueva que encendió Jason tras meterse entre el humo, Tim tecleaba a una velocidad sobrehumana en la consola central, con tres pantallas mostrando código en color verde fosforescente.
—¡Está listo todo! —anunció Tim—. Tengo el vector de partículas completamente estabilizado y bloqueado. Solo necesito que el sujeto se coloque exactamente en el centro de la plataforma durante diez segundos sin moverse un solo milímetro. —
En las escaleras principales, Bruce descendía caegando al pequeño Dick en brazos. El niño tenía la cara manchada de chocolate por las galletas que se había comido y llevaba su caja registradora bien abrazada contra su pecho, repleta con los cientos de dólares que les había quitado a todos a lo largo del día.
—Dick, amigo —dijo Bruce con voz suave y paternal mientras lo depositaba con cuidado en el centro de la plataforma—. Necesito que te quedes ahí parado un segundo sin moverte. Tim va a tomar una foto. —
—¿Una foto? —preguntó el pequeño, arrugando la nariz con sospecha—. ¿Me va a dar dinero por la foto o me va a dar galletas? —
—No te va a dar absolutamente nada, Grayson —dijo Damian, parado junto a la consola con los brazos cruzados y una mirada de venganza pura en los ojos—. De hecho, en el momento exacto en que vuelvas a tu edad normal, voy a exigirte el reembolso completo de cada billete que me quitaste. —
—Bruce no va a dejar que me quites nada de mi dinero —dijo Dick, haciéndole un puchero burlesco—. Es mi dinero de mi McDonald's. Me lo gané trabajando arduamente atendiendo clientes quejones. —
—¡Trabajaste vendiéndome trozos de PVC diciendo que eran nuggets, psicópata! —gritó Tim desde la consola central—. ¡Acepta tu destino y no te muevas! —
Tim presionó la secuencia de comandos final en el teclado con un golpe firme de su dedo índice.
El generador ubicado en el techo de la cueva emitió un zumbido grave y potente que hizo vibrar los cristales de las estanterías de la enfermería. Una luz azul brillante comenzó a descender sobre la plataforma circular, envolviendo al pequeño Dick en un halo de energía destellante y giratoria.
—¡Bruce! —chilló el niño, soltando la caja registradora mientras la luz comenzaba a intensificarse a su alrededor—. ¡La luz me pica en los brazos! —
—Tranquilo, amigo, todo va a estar bien, estoy aquí —dijo Bruce, dando un paso adelante con las manos extendidas, pareciendo genuinamente angustiado por tener que despedirse de la versión infantil de su primogénito.
—¡No te acerques, Bruce! —advirtió Tim a gritos—. ¡La interferencia de masa va a alterar tu estructura de edad también si entras al campo! —
La luz azul se volvió completamente cegadora en toda la caverna. Por un instante, la silueta diminuta del niño de nueve años se distorsionó, estirándose y expandiéndose a medida que el flujo temporal reajustaba su estructura atómica, su masa muscular de acróbata y sus dieciocho años de memoria acumulada.
Un chasquido sordo y seco, similar al sonido de un trueno comprimido dentro de una botella, resonó en toda la cueva.
La luz se apagó de golpe y con un sonido eléctrico el generador se apagó.
En el centro de la plataforma, la caja registradora de plástico rosa yacía aplastada bajo el peso de un cuerpo adulto. Y sobre ella, acostado entre la ropa gigante que ahora le quedaba a la medida, estaba Richard “Dick” Grayson. De veintisiete años. Nightwing. Musculoso, alto y con la expresión profundamente desorientada de alguien que acaba de despertar de una siesta de tres días dentro de una lavadora industrial.
Se paró lentamente, sobándose la nuca con una mano mientras miraba sus largas piernas.
—Cielos... —murmuró Dick con su voz adulta, profunda y rasposa—. Siento como si un camión me hubiera pasado por encima a toda velocidad. ¿Qué demonios pasó aquí? Lo último que recuerdo es que estaba en la sala de entrenamiento calentando y... —
Dick se detuvo en seco y miró a su alrededor con los ojos bien abiertos.
Vio a Tim exhausto y despeinado frente a la computadora. Vio a Jason cubierto de manchas de humo con una expresión de odio puro. Vio a Stephanie comiéndose una galleta con cara de burlona satisfacción. Vio a Damian sosteniendo su katana con los nudillos completamente blancos.
Y finalmente, miró a Bruce.
Bruce seguía ahí parado, vistiendo un traje de diseñador de cinco mil dólares, sin saco, con una gorra de camuflaje de plástico sobre la cabeza y luciendo entre aliviado y nostálgico.
Dick parpadeó. Un rubor profundo y carmesí comenzó a subirle desde el cuello hasta las puntas de las orejas a medida que todos los recuerdos de las últimas horas —el chantaje del McDonald's, el berrinche por los GI Joes, los insultos directos a Damian, la exigencia del columpio y el juego de escalar, el dinero extorsionado y la fortaleza de cajas de cartón— regresaban en una avalancha devastadora a su cerebro adulto.
—Oh, no... —susurró Dick, cubriéndose la cara con ambas manos mientras su voz se quebraba de pura vergüenza —. Oh, Dios mío... no, no, no, no... —
—Bienvenido de vuelta a la madurez, Dickface —dijo Jason, dando un paso al frente con una sonrisa lenta, peligrosa y llena de malicia—. Por cierto, me debes ochenta dólares por un McNugget de plástico que nunca me entregaste. —
—Y a mí me debes trescientos cincuenta dólares —dijo Tim, señalando los restos destruidos de la caja registradora que yacía aplastada en el suelo, con los billetes esparcidos por el piso—. Más el costo del Zesti que me hiciste tirar. —
—Y me debes una disculpa pública y por escrito por tus comentarios deplorables, vulgares y totalmente falsos sobre mi estilo de cabello, Grayson —añadió Damian, dando un paso adelante mientras desenvainaba lentamente dos pulgadas de su katana.
Dick miró a sus hermanos con pánico. Luego miró a Bruce buscando desesperadamente un aliado.
—Bruce... —dijo Dick con voz temblorosa de vergüenza—. Por favor, dime que todo eso fue una alucinación por toxinas del Espantapájaros. Dime que no los obligué a todos a hacer fila para jugar al McDonald's en la sala de estar de la mansión. —
Bruce se quitó el gorrito de la cabeza con extrema dignidad y elegancia y se acomodó el cabello con una mano.
—Estuvo bien, Dick —dijo Bruce con una voz profundamente seria y solemne, pero con un brillo inconfundible de afecto y diversión en los ojos—. El juego de escalar llega mañana por la mañana a primera hora. Ya pagué la instalación completa en el jardín. —
—¡BRUCE, NO! ¡CANCÉLALO, POR FAVOR! —gritó Dick, tapándose la cara con las manos de nuevo mientras Steph estallaba en una carcajada histérica que resonó por toda la Baticueva.
—Bueno —dijo Steph, agachándose para recoger un puñado de billetes del suelo—. Al menos ahora todos nosotros sabemos la verdad absoluta: el gran Nightwing, el vigilante perfecto y líder ejemplar, no era más que un mocoso tirano consentido y mimado al extremo. —
—¡Tenía nueve años y estaba pasando por un trauma terrible, era mi forma de sobrellevarlo! —protestó Dick, su voz subiendo un octavo de tono en un intento desesperado por defender su reputación destruida.
—Tenías un set de McDonald's de plástico y le cobrabas peaje ilegal al multimillonario más peligroso del país —corrigió Jason, cruzándose de brazos—. Eras un monstruo, Grayson. Un pequeño, malvado y adorable monstruo. —
Dick miró al suelo, miró los billetes tirados, miró la cara de juicio de Damian y finalmente dejó caer los hombros con una resignación total y absoluta.
—Voy a subir a mi habitación —anunció Dick en voz baja—. Y no voy a salir de ahí hasta el próximo año. —
—No tan rápido, Grayson —dijo Damian, señalando las escaleras que conducían al pasillo superior—. Tienes dos mil soldaditos de plástico verdes que recoger minuciosamente del pasillo del segundo piso antes de que Pennyworth regrese de sus vacaciones. —
Dick soltó un gemido largo, agudo y dramático de sufrimiento, se dio la vuelta torpemente y comenzó a subir las escaleras con la cabeza gacha, mientras sus cuatro hermanos lo seguían de cerca para asegurarse de que cumpliera hasta el último detalle de la limpieza de su fortaleza imperial.
Bruce se quedó solo en la plataforma circular durante un momento. Miró la gorra de juguete que sostenía en su mano, sonrió con una calidez genuina para sí mismo y luego caminó tranquilamente hacia la computadora central para revisar los detalles del envío del columpio.
