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— Vamos, pronto será tu cumpleaños, dime... ¿Qué quieres? — Dijo ella con una sonrisa entusiasmada.
Sako la miró con una sonrisa tirando de sus labios mientras intentaba mantenerse serio.
— No necesito nada, además quedan tres meses.
— No pregunté qué necesitas sino qué quieres. — La mujer hizo un ligero puchero.
A Sako le parecía adorable y fascinante cómo su faceta de jefa y CEO despiadada y obsesionada con la productividad, cambiaba por completo cuando estaban a solas ellos dos.
En la mansión ya era frecuente ver a Sako y los empleados del hogar y vigilancia ya lo veían como parte de «la familia».
La mujer que ahora estaba sentada en el regazo de Sako siguió insistiendo. Pero a nadie le sorprendía allí, ella era tan reservada menos en su hogar del que ahora era parte Sako también.
— Quiero un beso.
— Eso no es un regalo Kota.
El nombre de pila de Sako sonaba tan dulce en esos labios rojos.
Sako sonrió y dejó un casto beso en esos labios sabor a fresa por el pintalabios.
— Bueno, pero creí que podía pedir lo que quisiera.
— Está bien. Besos. Pero eso ya lo tienes todo el año.
Sako sonrió con suficiencia.
— Lo sé. Tú eres el mejor regalo.
Ella sonrió también aunque con más ternura. Kota no cambiaría por ella, siempre había sido terco, y no le gustaban los regalos caros. Pensaría en algo, quizá una cena y muchos besos.
Por ahora había tiempo.
