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Sí, ella tenía el poder. Ella era la millonaria, la CEO de la empresa. Por ella la empresa seguía en pie y no se iba al infierno.
Pero siempre habría alguien por encima. Lo sabía. Pero a esos viejos de la junta directiva no les interesaba votar para deshacerse de ella, hacía un buen trabajo.
Bueno, eso es lo que pensaba hasta que la junta cambió de presidente.
Sako Kota era alguien que la juzgaba, no necesariamente por ser mujer o algo así, no, era como si leyera sus secretos desde el fondo de su alma y todo se nublara en la mente de la mujer que normalmente tenía todo bajo control.
Y sabía que se le estaba yendo de las manos en el momento que comenzó a fantasear con Sako-san, como lo llamaba.
Estaba jugando con fuego, tirando de un hilo invisible, y lo peor era que parecía una situación unilateral, un enredo que ella misma se estaba provocando en la mente y en el corazón. Porque pasaban los meses y todo no hacía más que crecer; la obsesión, el deseo.
«Me estoy volviendo loca»
No era su culpa. Kota era un hombre de treinta y tantos años que se veía muy bien. Debían de rondar la misma edad, y no veía anillo en su mano. Eran conjeturas, pero si los dos estaban solteros no veía nada de malo en jugar.
«No, no mezcles trabajo con placer» se dijo a sí misma.
Vio a Sako-san mirándola de reojo en la última reunión, o quizá solo lo imaginó
«Es ridículo, quizá solo necesito descansar»
Pero no se imaginaba las miradas, eran tan reales como la necesidad de respirar.
Kota deseaba, necesitaba, anhelaba. Ella podía notarlo en el temblor de sus manos, en la mirada que le dedicaba que podría fundir el alma y en esos labios que humedecía cuando creía que ella no observaba.
No podían acercarse de esa manera.
No era una prohibición escrita, pero sí subliminal en cada mirada de reproche de los ejecutivos cuando Kota y ella se quedaban mirándose de más, trenzando las palabras para alargar el tiempo juntos.
Su juego no tenía cabida.
Y ella solo podía imaginarse derretida entre los brazos de Sako-san, arrebatada de todo su control y defensas, perdida en esos ojos avellanas.
