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Quieren bajarme

Summary:

Al boludito de Enzo le calienta su ex cuñado.

Notes:

Encara messi

Chapter 1

Notes:

editado jj

Chapter Text

El boliche estaba estallado, la música al palo retumbaba en el pecho y el calor humano ya rozaba lo ilegal, pero a Enzo todo eso le chupaba soberanamente un huevo. Él estaba estacado en el medio de la pista VIP, con un vaso de fernet en la mano y los ojos completamente desorbitados, fijos en un punto exacto de la barra.

 

—No, amigo. No podés ser tan hijo de puta —dijo el Cuti, dándole un viaje con el codo en las costillas que casi le hace escupir el fernet—. Es el ex de Leandro. Literalmente tu hermano lo lloró tres meses seguidos con los temas de la Joaqui. Tené dos dedos de frente, pedazo de asno.

 

—Cuti, miralo —susurró Enzo, sin pestañear —. Mirá lo que es amigo, está tallado por los ángeles, boludo. Mi hermano lo dejó ir porque es un rústico de mierda que no sabe apreciar lo bueno. Yo si le voy a dar el amor que se merece.

 

—Vos sos un forro de mierds, Enzo. Dejá de justificar que te querés comer al ex de tu sangre —el Cuti revoleó los ojos, aunque ya se estaba tentando—. Aparte, Julián no te va a dar bola, es re perfil bajo, mirá la carita de buenito que tiene. Te va a pegar una cortada de rostro histórica.

 

—¿A mí? ¿A Enzito? Andaa gato, mirame el porte.

 

Enzo se acomodó la cadenita de plata, se pasó la mano por el pelo rapado a los costados y arrancó la caminata hacia la barra con el pecho inflado. El Cuti lo siguió dos pasos atrás, haciendo el aguante como el amigo segundero y nefasto que era, disfrutando de antemano el choque frontal que se venía.

 

Julián estaba de espaldas, apoyado contra la barra, tomando una tónica con limón hiper tranquilo, como si estuviera en el living de su casa y no en medio de un quilombo de luces gubernamentales. Tenía una camisa de lino medio abierta que dejaba ver la clavícula y esa sonrisa tímida mientras hablabaa con el barman.

 

Enzo llegó derrapando, frenó a medio metro, apoyó el codo en la barra y le clavó la mirada.

 

—¿Se puede saber qué hace un príncipe como vos perdido en este lugad de mierda?

 

Julián se dio vuelta despacio, sorprendido por la voz. Cuando reconoció a Enzo, parpadeó dos veces, confundido, y después se le escapó una risita.

 

—¿Enzo? Qué hacés acá, che. No te tenía en este boliche.

 

—Y yo no te tenía a vos tan... —Enzo lo barrió con la mirada de arriba a abajo sin ningún tipo de carpa, relamiéndose—. Tan bueno, Juli. Qué onda, ¿el gimnasio te está sentando bien o siempre fuiste este monumento y mi hermano te tenía escondido bajo llave?

 

Julián se puso un toque colorado, pero no se achicó. Levantó las cejas, divertido, y tomó un sorbo de su trago.

 

—Seguís igual de tarado que siempre, veo. ¿Leandro sabe que andás diciendo estas boludeces?

 

—¿Quién? ¿Leandro? No sé quién es, yo soy hijo único —tiró Enzo, haciéndose el graciosito—. Aparte, lo pasado pisado. Ahora estamos en el presente, y en el presente vos estás soltero, yo estoy soltero, y la noche está ideal para que me des un poquito de bola, ¿no te parece?

 

El Cuti, que se había parado al lado haciéndose el sordo mientras miraba el celular, soltó una risa ahogada que disimuló con una tos falsa.

 

 Julián miró al Cuti, levantando una ceja, después volvió a Enzo y negó con la cabeza, cruzándose de brazos.

 

—Sos increíble, eh, sos el hermano menor, Enzo, te conozco desde que usabas brackets. No te hagas el chamuyero conmigo que no te sale.

 

—Ah, ¿no me sale? —Enzo dio un paso más, acortando la distancia física hasta que el olor al perfume de Julián —algo dulce, cítrico, riquísimo— le pegó directo en la nariz. — Poneme a prueba, Juli. Te juro que los brackets ya me los saqué y ahora tengo la boca re bien entrenada. —Rsspondió Enzo, guiñandole un ojo.

 

Julián se mordió el labio inferior, aguantando la risa, pero los ojos le brillaron sutilmente. Se le plantó de frente, mirándolo desde abajo pero con una seguridad que Enzo no se esperaba de un "pibe tímido".

 

—Mirá vos. Muy seguro de tu parte. Pero a mí los pibes así de gatos y regalados no me van mucho. Me gustan más difíciles.

 

—Uf, me muero, se hace el difícil —Enzo se cebó por completo —. Me encanta que te hagas el duro, Juli. Más lindo te ponés cuando sos así. Cuti, decile lo buen pibe que soy, dale.

 

El Cuti guardó el teléfono, y miró a Julián directo a la cara.

 

—Julián,, la verdad, es un taradito mental. Pero hace bien el asado y si le pegás un bife se calma. Yo te diría que le des una chance así se calla la boca un rato, porque me tiene los huevos al plato desde que te vio.

 

—Gracias por el aguante, amigo, sos un sol —escupió Enzo, mirándolo con ganas de matarlo.

 

Julián largó una risa, de esas que hacen que a Enzo se le caiga la baba de manera poco digna.

 

¿Tan lindo se iba a ver riéndose? la puta madre.

 

—Bueno, Enzo —dijo Julián, dejando el vaso vacío en la barra y dándose la vuelta para quedar bien de frente a él, lo suficientemente cerca como para que Enzo tuviera que bajar la mirada a sus labios—. Si tantas ganas tenés de chamuyar, pagame un trago por lo menos. Vamos a ver si tenés contenido o si sos puro chamuyo de boliche.

 

—Te pago la barra entera, mi amor. Te pago el boliche, la franquicia, lo que quieras —Enzo ya estaba entregadísimo, con la sonrisa de oreja a oreja y el corazón a mil por hora.

 

Pasaron las dos horas siguientes metidos en una burbuja. Enzo no se le despegó ni un segundo. Bailaron, se tomaron un par de tragos más, y la timidez de Julián empezó a mutar en una complicidad picante. Se hablaban al oído por la música, y cada vez que Enzo le tiraba una guarangada de las suyas, Julián le respondía con una sonrisita de coté, rozándole la cintura con la mano "sin querer" o acomodándole la cadena del cuello con los dedos lentos, volviéndolo loco.

La tensión estaba al tope, los cuerpos pegados, la respiración compartida. Enzo sentía que en cualquier momento se lo comía ahí mismo, adelante de todo el mundo, sin importarle siquiera que Leandro pudiera esterarse.

 

Cerca de las cinco de la mañana, las luces del boliche empezaron a parpadear, anunciando el final. El Cuti apareció de la nada, arrastrando los pies y con cara de querer dormir tres días seguidos.

 

—Bueno, gatos, yo me tomo el palo porque no doy más. Enzo, ¿venís o te quedás? 

 

Enzo miró a Julián, con los ojos llenos de ganas y la boca seca.

 

—Yo me quedo un ratito más —dijo Enzo, sin sacarle los ojos de encima al cordobés.

 

Julián sonrió, miró al Cuti y se despidió con la mano. Después, se giró hacia Enzo, acomodándose la campera.

 

—Bueno, yo también me voy ya. Se me hace tarde y más tarde tengo que hacer cosas —dijo Julián, con esa vocecita mansa que contrastaba fuerte con la forma en que lo estaba mirando.

 

Enzo sintió un bajón inmediato, como si le hubieran pinchado el globo en el mejor momento.

 

—¿Te vas? No, dale, Juli... Venite para casa, hacemos un bajón, no sé, jugamos a la Play. Te juro que me porto bien. Bueno, mentira, me porto re mal, pero la vas a pasar bien.

 

Julián se rio bajito, dando un paso hacia atrás, alejándose un toque hacia la salida.

 

—No, Enzo. Te dije que me hago el difícil. Tenés que remarla un poco más si querés que vaya a tu casa.

 

—Pero Juli, me dejás re manija, no seas malo —pidió Enzo, estirando la mano para agarrarlo de la cintura, con cara de perro apaleado.

 

Julián lo miró fijo por dos segundos. El boliche ya estaba con las luces blancas prendidas, desnudando la realidad, pero entre ellos dos la tensión seguía siendo puramente nocturna. De golpe, Julián dio un paso rápido hacia adelante, acortando toda la distancia que él mismo había puesto.

 

Le agarró a Enzo la nuca con una mano firme, obligándolo a bajar apenas la cabeza, y le encajó un beso en la boca.

 

No fue un pico de despedida. Fue un beso de verdad, lento, pesado, húmedo, con un toque de lengua que le hizo temblar las piernas al menor de los Fernández. Duró lo suficiente para que a Enzo se le diera vuelta el mundo y se quedara sin aire, agarrándose de la camisa de Julián como si fuera su salvavidas.

 

Tan rápido como empezó, Julián se separó. Le dio una palmadita suave en la mejilla a un Enzo que había quedado completamente estúpido, con los ojos abiertos y la boca entreabierta, sin poder hilar una sola frase recta.

 

—Chau, Enzito. Buscá mi número si tanto te dio el cuero —le guiñó un ojo, se dio la vuelta y caminó hacia la salida con las manos en los bolsillos, re tranquilo.

 

Enzo se quedó clavado en el piso del boliche, viendo cómo la espalda de Julián desaparecía entre la gente que descongestionaba. Se pasó los dedos por los labios, con la sonrisa más estúpida del mundo pegada en la cara.—Hijo de puta —susurró Enzo, negando con la cabeza, aún incredulo, pero máss que feliz—. Que Leandro me perdone, pero yo a este me lo caso.